Vanessa Doofenshmirtz dejó caer su bolso al suelo, mientras que a su lado Monty Monograma la miraba preocupado.

— ¿Estas bien querida?— le preguntó y ella asintió en automático, con una sonrisa demasiado tensa para ser verdadera. Monty la dejó en casa, todavía no muy convencido. Trató de besar sus labios y ella en cambio le regaló un frío beso en la mejilla, a lo que el suspiró resignado, sospechando de que iba todo.

Ferb Fletcher. Ni París, ni la universidad, sus amigas o él, habían logrado que la chica que amaba se olvidara de ese mocoso genio.

No ignoraba que alguna vez, cuando ellos aún no estaban juntos y el tarado de Jhonny y ella recién habían roto, Vanessa y el mocoso tuvieron algo que ella terminó por la diferencia escandalosa de edades. Pensó todo de nuevo. Cuando la recibió del aeropuerto, Vanessa estaba bien. Cuando subió al auto estaba animada. Así qué todo tenía que ser culpa de ese estúpido mensaje multimedia que le envió Mary, la chica del pelo rosa. Igual, no tuvo que devanar mucho sus sesos, porque a los cinco minutos, el mismo mensaje de la chica-rosa, llegó a él desde alguien diferente.

ChismeGlamour. La página favorita de los pubertad hormonada de la la Zona Limítrofe. Sólo por curiosidad y para cimentar sus sospechas sobre el estado de su novia, abrió el vínculo para ver al niño Fletcher besando como un loco a una morena de ojos azules.

Frunció el ceño mientras su mente procesaba las imágenes. Luego, lanzó un golpe al volante, haciendo que todos los transeúntes lo miraran extraño.

Era inaudito, exasperante. Él era el hijo del Mayor Monograma, ¿cómo era posible entonces que le ganara un mocoso británico?

Mientas Monty seguía con sus preguntas internas, Vanessa prendió el computador, se dirigió a la página y vio con rabia como una tal Isabella se comía a besos a SU Ferb.

Comenzó a llorar. Ella fue la idiota que pensó que Ferb aguantaría sus dudas para siempre. Lo último que había sabido de él, era una carta que recibió a París desde Inglaterra cuando a las pocas días de comenzar su noviazgo con el hijo del Mayor Monograma.

"No me preguntes cómo lo sé. Lo sé todo. Todo me duele de la misma forma, el haber sido tu escape, tu juguete, pero aún así, no resentir, el haber sido tuyo.

Habría de esperarte hasta que la espera me carcomiera los huesos pero ya veo que tú, amor ingrato, no supiste apreciar mi esperanza, mientras guardaba tu delirio para contemplarlo mío, nuestro entre la soledad.

Hasta siempre, Vanessa, porque siempre he de amarte y siempre, me recordarás"

Decía el escrito sin remitente que la tuvo dos semanas encerrada sin hacer algo más que gritar y andar por allí como una especie de zombie incapaz de reír, incapaz de llorar. Sabía que no era Jhonny, pues el chico carecía de materia gris suficiente para escribir palabras tan hermosas. Así que sólo podía ser Ferb, y de pronto supo que, por su propia tontería de pensar que un clavo sacaba a otro, tendría que adaptarse a vivir sin él.

Apreciaba a Monty, incluso lo quería. Pero la verdad sea dicha, solo ha sido capaz de amar una persona en toda su vida, misma que ahora, sin saberlo, acababa de romperle el corazón en pedazos atómicos de la misma manera en que ella rompió el de él hace años.

Era su culpa. Ella lo dejó a él, ella se fue primero y ella, no había contestado la correspondencia que religiosamente recibía durante un año, hasta que Ferb apareció en París, mientras ella estaba en la primera cita con Monograma. Lo supo después. Cuando una de las chicas de la residencia se puso a hablar de lo hermoso que era el chiquillo británico que había estada por allí y de lo extraño que era su cabello verde con la piel pálida que tenía.

Vanessa se sintió la más idiota del mundo, tal cual ahora se sentía al ver que quizás, mientras ella pretendió olvidarlo, Ferb rehizo su vida.

Apago el computador, después el teléfono y se atrincheró en su habitación, decidida a trazar un plan que le devolviera aquello que le había pertenecido.

— Prepárate, Isabella...— le dijo a la nada, mientras las enseñanzas de su padre hacían eco en su cabeza.