Nota de la autora:
No creo que haya muchas cosas que aclarar a priori de este capítulo, así que me limitaré al disclaimer. Ya sabéis: no soy guionista ni director ni asalariado de ninguna clase de Marvel y en consecuencia no poseo (lástima) a Loki. No saco más beneficio de publicar este relato que el de agradar a quien quiera leérselo.
CAPÍTULO I
MAGIA Y LIBROS
La sala de estudios estaba vacía cuando Loki entró. Como de costumbre él era el primero en llegar. Thor vendría con retraso, sin una buena excusa que darle al Maestre Finbar. Y el consiguiente castigo –tibio castigo, matizó Loki para sí- no le daría al bruto de su hermano mayor ningún incentivo para cambiar de actitud. Al fin y al cabo, a sus catorce años Thor llevaba casi una década haciendo de su capa un sayo en lo que a los estudios se refería sin que nadie se hubiera puesto nunca demasiado duro con él. Nadie se ponía nunca demasiado duro con Thor, ni siquiera su padre: ése era su problema, la raíz, a ojos de Loki, de aquella arrogante chulería que con el paso a la adolescencia estaba empezando a convertirse en algo serio y preocupante.
Con él, claro, era harina de otro costal. A él no le bastaba con sonreír pícaramente por entre los mechones de un deslumbrante flequillo rubio para que se le perdonara todo. De hecho, lo único que conseguía al sonreír con aire encantador era que su madre sospechara que tramaba algo y lo castigara a título preventivo. No, él no podía llegar tarde a las clases del Maestre Finbar ni podía entregar a destiempo sus deberes ni podía sacar calificaciones que no fueran excelentes. Ya que al parecer no se esperaba gran cosa de él ni como príncipe ni como guerrero Loki tenía que darlo todo como futuro sabio de la familia, viendo que Thor había llegado tarde el día que repartían los cerebros.
La mayor parte de las veces conseguía convencerse de que no le importaba, de que era mejor no vivir con la presión de que todo el mundo te adorase, de que prefería ser el hermano listo aunque Thor se llevase la mayor parte de la diversión. Pero había momentos, como aquél -esperando solo al Maestre Finbar en aquella helada sala de estudios con el sol apenas asomando por el horizonte allá en las lejanas montañas- en que de veras odiabaa su hermano, quien a buen seguro se estaba tomando su tiempo en desayunar como un animal cuando no roncando todavía, bien calentito en su cama. Le odiaba tantoque le partiría la cara o algo peor si tan siquiera…
Los ojos verdes del muchacho se estrecharon con enojo cuando sintió moverse el pestillo de la puerta de la sala. Qué propio del imbécil de Thor, pensó, llegar cuando le daba la gana y encima entrar sin llamar, como si en lugar de un príncipe de Asgard fuera un simio sin modales. Para su sorpresa, sin embargo, quien recibió su resoplido de desaprobación y su mirada asesina al abrirse ruidosamente la puerta no fue Thor sino otra persona. Una persona cuya presencia allí aumentó el ya notable mal humor de Loki hasta extremos peligrosos.
Era aquella mocosa, Sigrid o Siryn o como se llamara. La que había llegado a Asgard hacía una semana venida de tierras de Vanaheim. Su invitada. Loki le clavó una mirada de pura indignación mientras ella entraba en la sala cerrando la puerta tras de sí. Dichoso fastidio omnipresente de cría. ¿Es que tenía que soportar verla por todas partes? Estaba haciendo un gran esfuerzo por limitarse a ignorarla y ella no se lo ponía nada fácil, siempre en medio, siempre imponiéndole su fea cara: en el comedor, en los pasillos, en los jardines... Y ahora al parecer también en su santuario de la sala de estudios. Loki consideraba que se estaba portando muy bien absteniéndose de escarmentara la muy pesada de la forma en que él sabía hacerlo; tan bien, de hecho, que su madre debía de sentirse muy orgullosa de él, a la par que un tanto incrédula. Si incluso había intentado ser amablecon ella al ser presentados, y todo. Lo había intentado de veras, sin que su madre tuviera que coaccionarlo ni nada. Y casi lo había conseguido cuando ella, la idiota, se encargó de echar todos sus esfuerzos por tierra al saludar primero a Thor –todos saludaban primero a Thor, todos- y mirarlo con aquella cara de adoración y arrobo que la hacía parecer un besugo fuera del agua. Toda ilusión de estar a punto de conocer a una persona medianamente inteligente o interesante se había hecho añicos en aquel momento. Desde entonces, Sigrid o Siryn o lo que fuera había pasado de inmediato a la categoría de "Tontas del Haba" en la que Loki catalogaba a todas las bobaliconas admiradoras de su hermano, que parecían ser legión; y él había perdido del todo la poca curiosidad que hubiera podido tener en ella. Tenía ya doce años, por todos los demonios, y era un príncipe de Asgard y había unos mil millones de cosas importantes e interesantes de las que ocuparse y, en fin, ella no era más que una niña: una mocosa pelirroja de Vanaheim con cara de pan a la que NO pensaba hacer de niñera por mucho que su madre le lanzara continuas indirectas sutiles al respecto.
—¿Qué haces tú aquí? —le espetó.
Nada de tratamiento galante esta vez, como cuando los demás –la reina sobre todo- estaban delante. Loki habló con sequedad y enojo, disfrutando de la novedad de poder ser con la cría tan hostil como le viniera en gana, para variar.
—Ésta es la sala de estudios de los príncipes, ¿no? —contestó ella, mirando a su alrededor con aire dubitativo pero sin mostrarse demasiado intimidada por él, cosa que le irritó.
—Precisamente por eso te lo pregunto. Tú no tendrías que estar aquí, así que…
—Vuestra madre en persona me ha dicho que venga, príncipe Loki.
Loki entrecerró los ojos, mirándola con aire calculador. A diferencia de él, Sigyn -exacto, Sigyn, ése era el nombre- sí que había usado el trato formal. Y de alguna forma había conseguido que sonara tan poco respetuoso como la falta de formalidad de él. Había en la cara redonda y pecosa de la chiquilla un solapado aire de desafío que hacía que Loki quisiera levantarse y darle una patada en el culo.
—¿Mi madre? —replicó con suspicacia—. No te creo. ¿Para qué te haría venir mi madre aquí a molestarme cuando sabe que el Maestre Finbar tiene terminantemente prohibido que todo aquél que no sea alumno suyo…?
Un repentino presentimiento congeló el discurso de Loki a medida que el chico comprendía lo que estaba diciendo y caía en la cuenta de que Sigyn llevaba en la mano una pluma y un cuaderno. Uno de los cuadernos reglamentarios en las clases del Maestre Finbar, para ser exactos.
—No —declaró, entre el horror y la incredulidad—. No, no, no. De ninguna manera. No serán capaces de…
Loki se levantó sin terminar la frase y salió de la sala de estudios pasando como una exhalación al lado de Sigyn y casi tirándola al apartarla de su camino. Recorrió con paso acelerado y furioso los corredores de palacio mientras se repetía a modo de mantra, para tranquilizarse, aquel "no serán capaces" que sin embargo sabía falso, consciente de que no había nada de lo que sus padres no serían capacescuando se trataba de fastidiarle.
—¡Padre y tú no pensaréis de verdad que voy a dar clase con esa mocosa, ¿no?! —bramó al entrar en la sala de música.
La reina Frigga levantó los ojos de su arpa y taladró con la mirada al menor de sus hijos en una silenciosa invitación a que matizara lo que acababa de decir. Pero Loki estaba demasiado enfadado en aquel momento como para hacerse el niño modelo que tan bien se le daba interpretar. Se limitó a cruzarse de brazos, mimetizar la mirada de su madre y levantar la barbilla con aire arrogante.
—Me gustaría que no te refirieras a Sigyn Lyrsdottir en esos términos —dijo Frigga con tirantez.
—Y a mí me gustaría que ella no estuviera en MI sala de estudios con evidente intención de quedarse. Si te parece, madre, podemos hacer un trato.
Frigga suspiró con resignación. En algún momento había llegado a creerse las palabras de su esposo, que afirmaba que Loki no pondría problemas a aquel arreglo porque era un muchacho sensato y razonable. Qué ilusa.
—Loki, cariño, ven aquí…
—No soy un bebé para que me engatuses con un par de mimos, madre. De hecho, no sé si te has dado cuenta de que prácticamente ya soy un hombre y que no me puedes poner a cuidar de esa… de esa…
—Se trata de tenerla compañera de estudios, no de "cuidarla".
—¡Pero es una niña! –estalló Loki casi gimiendo, en un arrebato de furia pueril que desdecía, adorablemente a ojos de Frigga, su anterior declaración de madurez— ¿Thor puede estar todo el día en los patios de adiestramiento haciendo cosas de hombres y yo tengo que quedarme horas y horas con el culo pegado al pupitre sin hacer otra cosa que estudiar y estudiar y morirme del aburrimiento y encima me endilgáis a una niña?
Estaba tan enfadado que no era capaz ni de controlar su voz, normalmente tan calmada, tan adulta pese a su agudo timbre infantil. Frigga sabía que no iba a ser fácil hacer que Loki entrara en razón. Podría llegar a plegarle a su voluntad en aquel asunto pero no a convencerle. Estaba en esa edad. Durante los años críticos de la entrada en la adolescencia era complicado hacer entender ciertas cosas a un chico que sólo quería ser como su hermano mayor. Loki era más joven que Thor, pero no lo bastante como para verse realmente distinto a él, de modo que no aceptaría nunca aquellas necesarias diferencias en su educación. Frigga sólo podía esperar que la cosa mejorase con el tiempo.
—A partir de ahora Thor va a pasar cada vez más tiempo con Sir Kiggard y tú cada vez más tiempo solo en la sala de estudios, al menos hasta que se considere que estás preparado para unirte a tu hermano en los patios de adiestramiento. Sigyn sólo es un año más joven que tú, de modo…
—¿Y por eso me la tenéis que cargar a mí? ¿Por qué no a Thor, si la muy lerda poco menos que babea cada vez que le mira? ¿Por qué no me dejáis a mí estudiar tranquilo y que la soporte él mientras entrena, eh? Seguro que estaríamos todos más contentos.
Frigga no pudo contener una sonrisa ante aquel excepto Thorque iba implícito en el "todos" del plan de Loki. Ni siquiera ella, con su don de vidente, podía vislumbrar el día en que sus dos hijos dejarían de intentar fastidiarse el uno al otro por todos los medios. Si no fuera porque sabía que en el fondo se adoraban…
—Supongo que hasta tú te das cuenta de lo absurdo que es eso que dices, Loki. Sigyn es una niña y…
—Pues júntala entonces con el marimacho de Sif, a ver si se le pega algo, pero que no…
—¡Sigyn desciende de reyes, Loki! Por supuesto que no va a juntarsecon nadie en los patios de adiestramiento porque no está en su destino ser una doncella guerrera como Sif, a quien por cierto te agradecería mucho que dejaras de llamar esas cosas horribles —dijo Frigga con tono duro. Su gesto repentinamente serio, evaporada la dulce sonrisa maternal, anunció a Loki que estaba perdiendo la batalla—. Es una princesa y me da igual en calidad de qué haya venido a Asgard: se la tratará como tal. Eso incluye compartir contigo al preceptor de los príncipes, hijo. Y ahora, si no te importa, deja de saltarte las clases y vuelve a la sala de estudios. De inmediato.
—¡Pero madre…!
—Pero nada. A tus clases, venga.
La mirada que Loki dirigió a su madre quiso ser de odio y de desafío pero lo traicionaron las lágrimas que empañaron sin permiso sus ojos verdes, y el temblor en su barbilla. Se dio la vuelta y se marchó de la sala de música a toda prisa, dando grandes y furiosas zancadas. Lo último que quería era llorar de rabia delante de su madre como el crío que clamaba no ser por culpa de la estúpida pelirroja y de su hermano con sus malditos privilegios de primogénito y su maldito don para que todo el mundo le bailara el agua y su maldita facilidad para salirse siempre con la suya.
—Mierda. Mierdamierdamierdamierda...
Preso de una incontenible necesidad de atizarle a algo Loki dejó escapar un rugido de ira y le asestó una patada a lo primero que pilló. Para su desgracia, lo primero que pilló resultó ser una de las antiquísimas y muysólidas armaduras de acero que decoraban aquel pasillo Se arrepintió al segundo, habiendo calculado mal la dureza del metal y la fuerza de su golpe. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano por no blasfemar mientras botaba sujetándose el pie que tan tontamente acababa de magullarse, y también por no llorar de dolor y de humillación ante la posibilidad de que cualquier guardia lo hubiera visto en un trance tan ridículo.
Maldito Thor.
Maldita estúpida pelirroja que nunca debió salir de Vanaheim para meter las narices en su vida.
El Maestre Finbar ya había dado por comenzada la clase cuando Loki -sereno, impasible, abrigando en su interior planes de fría venganza homicida y ligeramente cojo- entró en la sala de estudios algunos minutos después. El anciano, ocupado en hacerle a su nueva alumna un interrogatorio exhaustivo acerca de lo que sabía y lo que no, miró al chico con aire reprobador por encima de sus lentes.
—Sabéis bien que la puntualidad se considera sagrada en este aula, príncipe Loki. Espero que esto no vuelva a ocurrir.
Una sola vez desde que tengo uso de razón, bufó Loki para sus adentros, ocultando la rabia detrás de su mejor expresión modosa y contrita. Una sola vez que llego tarde y ya me la cargo, encima de que ni siquiera ha sido culpa mía sino de esa...
Aquella vez Sigyn por lo menos tuvo la decencia de encogerse un poco en su asiento cuando Loki la asesinó con la mirada antes de ir a sentarse lo más lejos de ella que le era posible.
Qué infierno le esperaba. Qué condenado horror. Ya se imaginaba el recochineo de Thor y de los demás cuando supieran que a diferencia de ellos -Sif no contaba, era uno más de los chicos, la muy marimacho- él tenía que andar tratando con niñas en lugar de hacer cosas de hombres. Ya casi le parecía oír las horrendas bromas que harían a su costa. Como si normalmente no se metieran lo suficiente con su hombría por ser pequeño y larguirucho y listo en lugar de un buey con gigantismo como ellos. Iba a ser peor todavía que cuando intentó blandir la espada prestada por Hogun y casi se luxó un hombro. Iba a ser peor que nada en su vida, demonios...
—¿Así pues, Lady Sigyn, nunca habéis tenido un preceptor? ¿No habéis recibido educación reglada en vuestro hogar de Vanaheim?
—No, Maestre Finbar. Lo lamento mucho.
Hasta aquel día Loki había conseguido evitar oírla hablar. Para su sorpresa, más llamativo aún que el acento de Vanaheim le resultaba el timbre grave y algo áspero de su voz. Estupendo. Loki ya se imaginaba a Fandral, normalmente el más ocurrente a la hora de tirarle puyas, diciendo que hasta una niña parecía más hombre que él o algo similarmente ingenioso. Estupendo, insistió. Y encima la pequeña idiota nunca había dado clases antes. No es que Thor fuera el compañero de estudios soñado pero al menos sabía hacer algo mejor que danza y punto de cruz o las malditas chorradas que les enseñaran a las niñas en Vanaheim.
Qué-maldito-infierno, gimió para sí.
—Pero algo sabréis hacer. La reina me ha dicho que no sois precisamente una iletrada. Ha sido muy entusiasta al describirme vuestro nivel de conocimientos, en realidad —explicó el preceptor, para luego añadir—. Me aseguró que estabais prácticamente a la altura del príncipe Loki y que el nivel de las clases no se resentiría.
Loki apretó tanto la mandíbula al escuchar aquello que se hizo daño. ¿Cómo, CÓMO osaba su madre comparar a esa niñata con él?
—La reina es demasiado amable conmigo y exagera —replicó Sigyn.
—Estoy de acuerdo, palurda —terció Loki entre dientes, incapaz de aguantarse.
Por el rabillo del ojo vio cómo ella enrojecía y crispaba los dedos sobre su pupitre. Era Obvio que le había oído, pero no parecía que fuera a decir nada. Por lo visto prefería dejar la bronca entre ellos sin quejarse al profesor. Al menos, admitió Loki, no era una chivata.
—Lady Sigyn, quiero que salgáis a la pizarra y nos mostréis a mí y Su Alteza algo de lo que sepáis. Cualquier cosa: Aritmética, Gramática, Química...
La mocosa parecía nerviosa. Normal, pensó Loki. Once años tirados a la basura sin aprender otra cosa que punto de cruz y de pronto tenías que salir a demostrar de forma humillante que la reina sólo estaba siendo MUY amable contigo al compararte con su hijo listo.
—Vamos, Lady Sigyn, no tenemos todo el día.
Aquello iba a estar bien. Loki se reclinó en su asiento y se cruzó de brazos mientras clavaba en la chiquilla una mirada de superioridad de las que solían ganarse una buena reprimenda por parte de su madre. Sólo el temblor de la mano de la pelirroja al coger la tiza ya anunciaba suficiente diversión como para casi compensar el disgusto que le había dado.
Sin embargo...
Loki intentó y casi consiguió mantener el rostro impávido, no mostrar sorpresa como sí estaba demostrando un desencajado Maestre Finbar. Pero era difícil, muy difícil no quedarse boquiabierto ante aquello. Porque tras un arranque titubeante Sigyn había empezado a escribir símbolos a un ritmo que más que fluido era directamente endiablado, llenando toda la pizarra hasta el punto de tener que utilizar cualquier esquina disponible para continuar. Su cara de concentración era bastante ridícula, con el ceño fruncido y casi bizqueando en el esfuerzo de controlar la tiza a aquella velocidad de escritura, pero Loki ya no tenía ojos para fijarse en ello. Reconocía perfectamente aquel lenguaje. Todavía podía recordar, de hecho, lo que él había sudado para aprender los símbolos, para dominar las constantes, para comprender las magnitudes.
La mocosa que juraba no haber recibido educación reglada en toda su vida estaba desarrollando, como si tal cosa, el Principio de la Incertidumbre Cósmica de Langaas.
—Es la ecuación simplificada —se justificó Sigyn con las mejillas encendidas mientras se limpiaba el polvo de tiza de las manos en su vestido azul oscuro, llenándolo de marcas—. No hay bastante pizarra para el desarrollo detallado pero también podría...
—Creo que es suficiente demostración, Lady Sigyn —dijo el Maestre Finbar después de carraspear—. Definitivamente, creo que la reina no exageraba. ¿No creéis, Alteza?
Los ojos de Loki se entrecerraron al mirar a Sigyn con aire calculador. Se sentía sorprendido y no le gustaba que lo pillaran por sorpresa. Se sentía un poco admirado y no estaba acostumbrado a admirar a nadie. Se sentía, sobre todo, confuso respecto a aquella mocosa capaz de desarrollar una ecuación inasequible a muchos sabios adultos pero también de quedarse embobada como un pasmarote cada vez que Thor le dirigía la palabra: ¿se había precipitado al considerarla idiota o es que a ella se le daba muy bien fingir que tenía cerebro?
—Ya lo veremos —fue su lacónica respuesta.
Sigyn le replicó con una mirada que de haberse podido embotellar habría dejado cortos a muchos venenos conocidos. Loki resopló. Iba a tener que explicarle tres o cuatro cosas a aquella cría si aspiraba a tener la fiesta en paz. Como por ejemplo, que las miraditas de las niñas no le impresionaban. O que podía no ser tan buen guerrero como su adorado Thor pero en cambio sí sabía un poco de magia. O que tenía un talento para los trucos y las travesuras con el que podía hacérselo pasar muy mal si ella insistía en ponerse chula.
El resto de la mañana transcurrió en aparente tranquilidad. El Maestre Finbar desarrolló las distintas materias del día con su habitual despiste, ajeno a todo lo que no fuera el saber compartido e ignorando, por tanto, los cruces de miradas asesinas que tenían lugar de vez en cuando entre sus dos alumnos. Loki terminó mentalmente agotado a la altura del descanso. Poner a alguien en su sitio a base de expresiones hostiles y a la vez fingir que le estabas ignorando era un poco complicado. Sobre todo si el alguien en cuestión se hacía tan difícil de ignorar como Sigyn. Parecía capaz de seguir cualquier tema que el profesor abordara y tener respuesta para todo, la muy odiosa. Hacia el final de la primera clase Loki había reconocido para sus adentros -con fastidio, eso sí- que igual después de todo sí era un poco lista. Mediada la segunda clase había empezado a considerar la posibilidad de que sí estuviera un poco a su altura. Para el comienzo de la tercera Loki -a quien pese a su talento para las mentiras se le daba fatal mentirse a sí mismo y que además era competitivo a muerte por naturaleza- ya se había olvidado de sus reparos y reconocía abiertamente estar en presencia de una rival más que digna a la que, por supuesto, tenía toda la intención de machacar en el futuro y poner en su sitio.
—Estáis excepcionalmente participativo hoy, príncipe Loki —manifestó el Maestre Finbar justo antes del descanso, con aire de satisfacción.
Por supuesto que lo estaba. Aquella mocosa había sido más competencia y estímulo para él en un par de horas que Thor en años enteros de clases conjuntas. Parecer más listo que Thor no había representado ningún desafío. En cambio aquella niñata...
La miró de reojo mientras ambos resolvían un problema algebraico propuesto por el Maestre Finbar, justo a tiempo de pillarla mirándolo a él.
Y entonces sucedió.
Nerviosa de verse descubierta Sigyn derribó su tintero con el codo. Pero el desastre de tinta derramada y cuadernos arruinados no llegó a producirse. Los sorprendidos ojos de Loki vieron cómo el objeto quedaba congelado en el aire en mitad de su caída y luego volvía solo, mansamente, a su posición de partida. Y después de ver eso se clavaron inquisitivamente en los ojos azules de la niña y en su mano izquierda, levantada con la palma mirando hacia el tintero de una forma más que curiosa. Sigyn compuso un gesto que quiso parecer inocente pero su cara estaba roja como la grana, delatándola. Loki se quedó boquiabierto; más aún cuando la mirada de ella -yendo aterrorizada de él hacia el Maestre Finbar y luego de nuevo hacia él en una especie de ruego silencioso de que no la descubriera- le confirmó sus sospechas.
Cuando el preceptor les anunció que podían tomarse su media hora de recreo Sigyn salió del aula tan deprisa como si la persiguieran todos los ejércitos del infierno, tanto que a Loki, que tenía las piernas más largas que ella y también una agilidad casi proverbial, le costó horrores alcanzarla por el pasillo y ponérsele delante para bloquearle el paso.
—Te he visto —la acusó en tono triunfal.
—No sé de qué me hablas —replicó Sigyn, abandonando el trato formal que hasta entonces siempre le había dado para marcar las distancias. De alguna forma eso envalentonó a Loki.
—Y una mierda. Ese tintero se iba a caer y ha vuelto solo a su sitio. Sé que has sido tú y sé cómo lo has hecho pero...
—¿Tú qué vas a saber? Vamos, déjame pasar. Quiero ir a...
—No vas a ninguna parte hasta que confieses.
—Porque tú lo digas.
—Porque yo lo digo, exacto.
—Puedo gritar.
—Y yo puedo hacer que grites, así que cuidado con amenazarme.
—Te digo que...
Sigyn puso una mano sobre el pecho de Loki para apartarlo de su camino y ésa fue la gota que colmó el vaso de la paciencia del príncipe. Un rápido gesto de sus dedos y una espantosa, gigantesca araña peluda se materializó sobre la muñeca de Sigyn para trepar rápidamente por su brazo. Afortunadamente para Loki las paredes que separaban la sala de estudios del corredor eran tan gruesas que el Maestre Finbar no habría podido oír el grito de pánico de la niña ni aunque hubiera estado atento. Sonriendo con arrogancia, el chico repitió su gesto y la araña simplemente dejó de estar allí. Sigyn boqueó, sujetándose y mirándose la mano hasta asegurarse del todo de que el monstruo ya no estaba allí. Y luego miró a Loki. Y cualquiera que no tuviera los arrestos y el aplomo de Loki se habría echado a correr ante semejante mirada; para que luego dijeran su hermano y los idiotas de sus amigos que no era valiente.
—Magia —se limitó a decir, abortando el bombardeo de insultos que a buen seguro estaba por caerle encima—. Sé perfectamente qué has hecho antes con el tintero porque yo puedo hacerlo también. Entre otras muchas cosas, claro —añadió, sin poder evitar presumir un poco de algo en lo que se sabía, sin lugar a dudas, superior a Thor y a cualquiera que le pusieran delante.
Sigyn todavía se acariciaba la muñeca con gesto de asco y angustia pero en sus ojos había surgido una chispa de curiosidad ante las palabras de él.
—¿Qué más sabes hacer? —preguntó Loki, cuidadoso de no demostrar demasiado interés.
—No lo sé.
—¿No lo sabes?
—No, no lo sé. Muevo objetos, cosas así, nada importante. A veces le hago cosas raras a los árboles o a las flores pero es sin querer. Simplemente me sale.
Los ojos de Loki se desorbitaron, escandalizados.
—¿Estás diciendo que puedes hacer magia de forma espontánea y que no te has preocupado de investigar hasta dónde llegas?
—¡Me lo tienen prohibido! —repuso ella, enojada por el tono burlón de Loki—. Es algo que viene de la familia de mi madre y que se supone que hace muchas generaciones que no ocurre y que a mí no debería ocurrirme. Mi madre se preocupó muchísimo cuando supo que yo podía hacer estas cosas y me hizo jurar que nunca lo usaría, que no dejaría que nadie se enterase... —apretó los labios y se miró los pies, suspirando—. Por favor, no te chives de que he hecho magia. Me caerá una buena bronca si alguien más se entera.
Loki frunció el ceño, incapaz de comprender. Estaba acostumbrado a la mentalidad de Asgard, que idolatraba el acero y la batalla y miraba la magia por encima del hombro, considerándola una especie de trampa que no podía compararse en absoluto con el gran arte del guerrero. Pero eso era una cosa, y ser visto como una especie de vergüenza familiar a esconder otra cosa muy distinta. No podía ni imaginarse lo que habría sido de él si le hubieran quitado la magia, las largas horas ganadas al aburrimiento experimentando con sus poderes y tentando sus límites. No pudo evitar sentir un poco de lástima por Sigyn, dado que podía ponerse perfectamente en su lugar. Y frunció un poco más el ceño al darse cuenta de lo cerca que estaba ese pensamiento del lugar en el que empezaba la simpatía. Sigyn seguía sin gustarle, se recordó. Seguía siendo una niña, pelirroja encima, con cara de pan. Seguía siendo una condena que iba a invadir su cómodo espacio personal por decreto de sus padres. Seguía siendo una adoradora de Thor, una "Tonta del Haba".
Pero podía hacer magia y eso era... Bueno, interesante. Un poco.
—¿Tampoco te dejaban estudiar? —inquirió con ironía, todavía reacio a creer que aquella historia de no haber recibido enseñanza formal fuera auténtica y no una forma de darse importancia.
—En Vanaheim hay saberes que se consideran de hombre y saberes que se consideran de mujer —le explicó Sigyn con una nota de disgusto en la voz—. Está muy mal visto que unos metan las narices en los saberes de otros.
—Y sin embargo tú has metido las narices hasta el fondo donde no te tocaba— observó Loki.
Sigyn se encogió de hombros.
—Siempre me han gustado los libros. En mi hogar de Vanaheim teníamos una biblioteca muy notable y… Bueno, descubrí la manera de entrar a escondidas.
—¿Notable? Seguro que no tanto como la de aquí. Si la vieras te quedarías pasmada, seguro.
Se miraron unos momentos en silencio. La mención de la biblioteca del palacio de Asgard había puesto una luz peculiar en los ojos de Sigyn, algo que se parecía bastante a la felicidad y que Loki no creía haber visto en ella desde que estaba en Asgard. Claro que tampoco era que la hubiese mirado mucho, la verdad. En realidad la estaba viendo por primera vez. Magia, libros, disposición a saltarse las normas cuando algo le parecía digno de ello: Sigyn parecía tener dentro de sí todo lo que hacía de él mismo un bicho raro en el palacio de Asgard, todo lo que le convertía en un espécimen único sin nadie con quien hablar para compartir las cosas que de veras le interesaban. Si no fuese una niña Loki tendría que admitir que se parecía bastante al amigo que siempre había querido tener.
—¿Y por qué no haces lo mismo con tu magia? Si ya has desobedecido con lo de estudiar por tu cuenta...
—Estás de broma, ¿no?
—¡Claro que no!
—¡La magia no es algo que pueda enseñarse uno mismo ni que pueda aprenderse de los libros sin un guía!
—¿Ah, no? —replicó Loki presuntuosamente.
—¡Es peligroso jugar con eso!
—¿Ah, sí?
Sigyn recuperó su gesto de enojo ante aquel tono irónico y arrogante y Loki sintió a punto de quebrarse el hilo de comprensión o lo que fuese que quería establecerse entre ellos, demasiado frágil todavía. Y debería darle igual porque, demonios, no dejaba de tratarse de una niña y todo eso, pero no le daba igual. No todos los días se encontraba uno un espíritu afín en medio de un lugar en el que todos los demás parecían pertenecer una especie distinta. Magia y libros, demonios. Magia y libros. Podía ser generoso y pasar por alto lo de ponerle ojos de besugo a Thor si lo demás funcionaba.
—Yo podría ayudarte —dijo, condescendiente.
La primera reacción de Sigyn no fue precisamente de entusiasmo, pero tampoco él lo esperaba; ya le había demostrado antes lo antipática que podía llegar a ser.
—¿Y por qué debería fiarme de ti?
—Esta sí que es buena —se ofendió Loki—. Te ofrezco mi ayuda desinteresada y vas y...
—Lady Sif dice que antes era rubia y que es culpa tuya y de tu magia que ahora tenga el pelo negro. Dice que lo hiciste a mala idea, que eres un bicho y que no debería confiar en ti ni borracha. ¿Tiene razón?
No tenía por qué soportar aquello. Loki miraba a la pequeña pelirroja, cruzada de brazos y ceñuda frente a él en el corredor, con su vestido lleno de polvo de tiza y su fea cara mofletuda y pecosa contraída en un rictus de desconfianza, y se decía que no tenía que soportar aquello sólo porque a veces se sintiera un poco solo y aburrido y quisiera, no sé, un poco de conversación sobre algo que no tuviera nada que ver con caballos o espadas o hachas de doble hoja.
Sin embargo... Magia y libros. La idea era demasiado atractiva.
—Tiene razón en lo del pelo: es uno de mis mejores trabajos, de hecho. Si puedes confiar en mí o no, eso ya deberías decidirlo tú y no dejar que te lo diga la primera arpía que te cruces.
Realmente era la respuesta más honesta que podía dar, y le agradó ver que Sigyn parecía reflexionar sobre ella en lugar de limitarse a torcer el gesto, como solían hacer los demás cuando era sincero.
—Sif se pondría como un basilisco, ¿no? —fue la respuesta de la niña al cabo de unos momentos. Parecía más divertida de lo que quería reconocer al imaginarlo, y eso agradó a Loki todavía más.
—Ni la mitad que mi madre. Estuve castigado siglos.
El silencio volvió a caer sobre ellos. Sigyn se miró de nuevo la mano en la que antes apareciera la araña de Loki, más fascinada ya que espantada por el recuerdo. Loki la miró a ella sin querer admitir su impaciencia por la respuesta que todavía no le había dado. Magia y libros. Alguien con quien poder compartir eso y tal vez los sonidos que llegaban de los patios de adiestramiento a través de los ventanales del corredor, recordándole lo que a él todavía se le negaba disfrutar, no le resultaran tan insoportables.
—Promete que no se lo dirás a nadie —le exigió Sigyn al cabo de su reflexión.
Era el sí menos complaciente que le hubieran dado jamás, pero a Loki no le importó: si iba a ser su alumna en cuestiones de magia ya tendría tiempo y ocasión de ponerla en su sitio.
—Prométeme tú que no irás lloriqueando a mi madre cuando te haga trabajar duro —le exigió él a su vez, burlón.
—Yo no lloriqueo.
—Claro que lloriqueas: eres una niña.
—Y tú un imbécil.
Pese al intercambio de hostilidades, el aire entre ellos era más cordial de lo que había sido desde que se conocían. Quizá eso fue lo que convenció a Sigyn y le hizo tenderle su mano, no sin antes escupirse en la palma. Loki tuvo que reconocer que para ser una niña conocía bien los códigos de honor entre caballeros. Imitó su gesto y estrechó su mano en un apretón solemne. Tenían un trato que ya sólo podría rescindirse unilateralmente con la muerte de alguno de los dos. Las palabras se las llevaba el viento y el papel firmado podía romperse o arder, pero un apretón de manos con escupitajo era sagrado; eso lo sabía cualquiera en cualquiera de los Nueve Reinos.
—Luego cuando acaben las clases podemos ir a la biblioteca. Hay una parte en la que teóricamente no deberíamos entrar y que está llena de libros sobre magia. Pero yo sé cómo colarme. Es un truco buenísimo —le aseguró a Sigyn, que pareció indecisa.
—No creo que esté bien empezar mi vida en Asgard violando normas —repuso ella.
—Con esa actitud no llegarás a ninguna parte —se quejó Loki—. Si vamos por ahí respetando todas las reglas no hay manera de avanzar. Además, no nos pillarán.
—Pues con lo del pelo de Sif bien que te pillaron.
—Oh, vaya. Por una vez que mataste un perro...
Un estruendo procedente de los patios de entrenamiento los sobresaltó a los dos; un estruendo acompañado de una risa no menos sonora que Loki reconoció de inmediato como la de su hermano. Sigyn se aproximó al ventanal, curiosa, olvidando al parecer que estaba manteniendo una conversación con él. Loki miró hacia el techo con aire resignado. Por supuesto, gruñó para sí. Ni siquiera cuando se lo estaba pasando medio bien podía Thor dejar de restregarle por las narices que él se lo estaba pasando mucho mejor. Se acercó a Sigyn y contempló con ella lo que sucedía en el patio. Thor practicaba con Fandral la lucha con espada corta, observados de cerca por Sir Kiggard. Un bonito espectáculo, aquél de los dos descerebrados mayores de Asgard pavoneándose con armas en la mano y compitiendo por ver quién tenía la cornamenta más grande, se dijo Loki, intentando ignorar la punzada de envidia y el sentimiento de injusticia que lo invadían al pensar que aquello todavía le estaba vedado por una razón tan estúpida como la edad.
—Vaya dos cabestros —masculló con desdén.
—Ya —fue la lacónica respuesta de Sigyn.
Sin embargo sus ojos no sabían mentir: ahí estaba otra vez aquella mirada soñadora, mezcla de adoración y anhelo, prendida de la imagen de Thor. Loki lo vio tan claro como lo había visto el día en que se conocieron. Y lo que entonces simplemente le había irritado y asqueado un poco ahora casi dolió. Fue un recordatorio un poco cruel de que por mucho que aquella niña le estuviera resultando sorprendente a algunos niveles en el fondo era una idiota, no muy diferente de todas las otras docenas de idiotas que poblaban Asgard y conformaban la ingente legión de las "Tontas del Haba". Quizá, después de todo, mostrarle algo de interés y simpatía y hacer aquel trato con ella había sido un error garrafal. Quizá debería mandarla a la porra y sugerirle que fuera a aprender magia con su perfectísimo y estupendísimo hermano mayor, a ver qué tal le iba. Quizá...
—¿No te huele como si se estuviera acercando el invierno? —le preguntó ella de pronto después de inspirar profundo, todavía con aquella expresión soñadora en los ojos sólo que ahora mirándolo a él.
La cara de Loki fue un poema. Era inusual en extremo que al chico, a quien apodaban Lengua de Plata por su proverbial facilidad de palabra, le fallara el discurso.
—¿Cómo?
—¿Tú no sientes ese olor a nieve? —insistió ella.
Va en serio, se maravilló y horrorizó Loki a partes iguales. Me lo está preguntando de verdad. Está chalada.
—Estamos en Agosto, Sigyn. En Asgard —dijo lapidariamente, tratando de ocultar su regocijo.
Quizá no se había equivocado, después de todo. Si ponía a un lado la amargura que le provocaba aquella estúpida adoración de Sigyn por Thor las posibilidades que se abrían ante él eran interesantes. Más que interesantes, de hecho. Alguien como Sigyn, lo bastante chiflado como para oler nieve en la tierra del Verano Perpetuo, iba a ser un compañero interesante sí o sí. Loki casi no podía esperar a ver qué les deparaba el futuro compartiendo libros en público y prácticas de magia en secreto, convencido de que aunque fuera un absoluto desastre al menos sería un desastre divertido.
La gente que ya ha comentado es testigo de que no me como a nadie por comentar, así que ánimo. XD
