Nota de la autora: A modo de trailer... Los niños crecen, los problemas también. Loki tiene quince años, Sigyn catorce. ¡Llegan las hormonas a sembrar el caos y la diversión! En serio, monosidad porque sí, insisto en que no busquéis grandes tramas ni coherencias diversas. Desconectad el cerebro y disfrutad ;) Y recordad: no soy guionista ni director ni asalariado de ninguna clase de Marvel y en consecuencia no poseo (lástima) a Loki. No saco más beneficio de publicar este relato que el de agradar a quien quiera leérselo.
CAPÍTULO II
CARRERAS PERDIDAS
A solas en la sala de estudios, Sigyn fantaseaba con haber nacido hombre mientras describía furiosas trazas de tinta sobre su cuaderno de dibujo. Imaginaba que se llamaba Sigfrid -el nombre que su madre tenía escogido para ella en caso de que fuera varón- y que era un joven alto y fuerte y ducho en el arte de la guerra como Udre e Ylvar, sus hermanos mayores, o como el mismo Thor. Imaginaba que podía manejar la espada tan bien como manejaba la pluma y que su puño era capaz de doblar el acero y que así podía volver a donde estaba Thor y partirle la cara.
¿Cómo se atrevía? ¿CÓMO SE ATREVÍA?
Entendía bien a Loki cuando se quejaba de que lo peor de Thor no era que se riera de uno sino su completa ceguera al hecho de que esa diversión podía ser la humillación del otro. Le entendía perfectamente. Ella se sentía igual en aquel momento. Lo peor de lo sucedido un rato antes en los patios de entrenamiento no era que Thor se hubiera reído de su torpeza como si a aquellas alturas para él fuese una novedad que en lo referente a manejar armas las manos de Sigyn parecían de madera. Lo peor no era aquel cariñoso pero humillante "Cara de Pan" que Thor insistía en llamarle. No: lo peor era la completa inocencia con la que él ignoraba cómo aquellas cosas herían a Sigyn y luego se sorprendía de su enfado, acusándola de no tener sentido del humor. Sentido del humor. ¡JA! Podría darle a ese memo presuntuoso lecciones avanzadas de cómo mostrar sentido del humor cuando las cosas tenían gracia...
Sigyn se sentía horriblemente mal por lo ocurrido. Se sentía mal por haber accedido a la invitación de Thor, por haber cogido aquella maldita espada de entrenamiento para tomar parte en el juego, por haber vuelto a caer en el deseo de intentarlo, de ser de veras un miembro del grupo en lugar de la pequeña mascota a la que a veces permitían quedarse a mirar. Y se sentía aún peor porque aquellos fracasos y los chanzas a su costa que les seguían la siguieran afectando así, cuando a aquellas alturas ya debería estar más que acostumbrada y ser capaz, como era Loki, de no aparentar más que indiferencia ante las bromas de Thor y los otros. Pero Loki era el Dios del Engaño y un maestro del disimulo. Ella sólo era una chica de Vanaheim especialmente dotada para cosas tan poco prácticas como la Cosmología y el Álgebra y no podía competir con él en ese terreno.
Al notar una lágrima a punto de salírsele por el rabillo del ojo Sigyn se enfureció y retomó su trabajo con la pluma y la tinta, trazando lineas decididas y violentas sobre el papel hasta quedar medianamente satisfecha de su trabajo.
Y pensar que apreciaba tanto a Thor, se dijo con rabia. Pensar que le admiraba así...
Pero ¿qué más podía esperar de él, en realidad? Thor personificaba todas las virtudes que se veneraban en Asgard, de las cuales ella no poseía ninguna. Sus dones -incluida esa magia inútil que estaba muy lejos de poder dominar y tenía que guardar en secreto- no eran nada que pudiera interesar al primogénito de Odín. Su talento para las lides físicas con las que tanto se divertían Thor y los otros era nulo: apestaba con la espada, apestaba con las dagas y apestaría con el arco y las flechas si los demás estuvieran tan locos como para permitirle acercarse a ellos y dispararlos. Lo único que se le daba bien en el plano físico era correr y trepar a los árboles y eso no es que levantara precisamente admiración y reverencia por parte de unos jóvenes guerreros capaces de partir un bloque de mármol en dos con un golpe de hacha. Thor sólo sabía valorar aquellas cosas en un semejante. Salvo si era una chica, claro. En ese caso se avenía a admirar otra serie de dones que -vaya casualidad- Sigyn tampoco poseía en absoluto.
A veces Sigyn creía que quería ser como Sif -hermosa, fuerte, orgullosa, diestra en la batalla, toda una mujer tal y como Asgard consideraba que las mujeres podían serlo- pero el anhelo le duraba poco. En realidad lo que quería era ser como ella misma y que aun así Thor, al mirarla, creyera que las vistas merecían algo más que condescendencia de hermano mayor y un par de chistes malos. Y no poder tener algo tan sencillo como eso dolía, dolía tanto...
Impulsada por la frustración la pluma de Sigyn describió nuevas líneas con trazos asesinos, componiendo una imagen que llevó a los labios de la chica una sonrisa efímera y no demasiado feliz. Pronto ganó otra vez el malestar y con ello se desbordaron las lágrimas. En momentos como aquél Sigyn odiaba Asgard y todo cuanto contenía. Odiaba su luz dorada, su clima de ensueño, su elegante pompa, su ciega adoración por la gloria del guerrero y la belleza. Odiaba tener que estar presa allí hasta que Odín decidiera lo contrario, sin voz ni voto al respecto, sin esperanzas de que se le permitiera volver pronto a su llorado Vanaheim, donde las estaciones cambiaban de verdad y nadie se metería con ella por ser pelirroja y no medir dos metros.
Vanaheim.
Llevaba sólo tres años lejos del hogar, pero a veces parecía que fueran siglos. Lo echaba tanto de menos que algunos días creía posible enfermar de nostalgia hasta morir.
Si no fuera por...
El olor acarició sus fosas nasales con suavidad, anunciando a su portador bastante antes de que éste llegara a su lado. A Sigyn le maravillaba la sensibilidad que su cerebro mostraba a la hora de percibirlo. Tenía que ser cosa suya y no del aroma en si mismo, ya que nadie aparte de ella, ni siquiera el propio Loki, parecía sentirlo nunca.
—Si has venido a seguir con el recochineo ya te puedes ir largando —le dijo con aspereza, limpiándose las lágrimas con rapidez antes de volverse a mirarlo.
Como de costumbre, Loki acusó la sorpresa de verse sorprendido. Llevaba aquellos tres años intentando una y otra vez pillar a Sigyn desprevenida, sin conseguirlo nunca. A pesar de que no había muchos gatos que pudieran competir con su sigilo al moverse, ella siempre parecía saber cuándo lo tenía detrás, como si tuviera ojos en la nuca. Loki no tenía forma de saber que Sigyn le presentía así porque podía olerle. Y ella, por supuesto, no iba a decírselo. No era algo que estuviera dispuesta a compartir con él aunque lo compartían prácticamente todo. Loki pensaría que estaba loca de remate si le confesaba una cosa así, y con razón: ella misma todavía tenía, a veces, la impresión de estar chalada.
—Bien, veo que al menos has recuperado el don de la palabra aunque sea para ser desagradable conmigo —replicó Loki, adoptando una expresión dolida tan falsa que delataba picardía a gritos. Sigyn se preparó para la usual e inevitable salva de ironías a su costa.
—Vale —suspiró la chica—. Ríete un poco de mí, recuérdame lo idiota que soy por admirar a Thor y déjame estudiar: algunos no podemos presumir de que nos basta con leer la lección una sola vez para bordar el exámen...
—¿Estudiar? ¿Y esto qué es? Porque yo juraría que no son esquemas...
Con una malévola sonrisa Loki le arrebató a Sigyn el cuaderno de dibujo de las manos, más rápido que los mejores reflejos de ella. La muchacha enrojeció hasta extremos insólitos pero no intentó recuperar lo robado. Había pasado demasiadas veces por situaciones parecidas como para tener esperanzas de éxito en un cuerpo a cuerpo contra Loki. La situación ya era bastante humillante en general; lo último que quería era darle a él la diversión adicional de una pelea.
—Uh. Estás realmente enfadada, ¿eh? —se admiró el chico, silbando con admiración—. Es increíble el realismo de este dibujo; cualquiera diría que has visto decapitar a Thor docenas de veces... Y el detalle de que tenga la lanza de nuestro padre incrustada en el cráneo es elegantísimo. Deberíamos ponerle un marco y colgarlo en algún lugar privilegiado de palacio, ¿no crees?
En medio del rubor que le encendía la cara los ojos azules de Sigyn, normalmente serenos y amables como un cielo de verano, ardieron peligrosamente. No era una persona violenta y en momentos como aquél lo lamentaba: Loki realmente se merecía una torta, como se la había merecido Thor un rato antes.
—Ja, ja, ja —casi ladró, irónica—. Muy gracioso. ¿Me lo devuelves?
—Creo que no.
—Loki...
—Es más, creo que Thor debería ver esto, con lo que le gusta a él que lo retraten.
—Loki, dámelo.
—Ven a por él.
—DÁMELO.
—No.
El cuaderno voló de pronto de las manos de Loki para ir a parar a Sigyn, para sobresalto de la muchacha. Desprevenida como estaba, tuvo que hacer una serie de complicados y ridículos aspavientos para que el objeto no le golpeara primero en la cara y se le cayera al suelo después. Loki, en cambio, no perdió ni el aplomo ni la sonrisa. Era exactamente lo que esperaba. Sigyn y él habían aprendido unas cuantas cosas en aquellos años acerca de la magia vanir de la chica. Era algo extraño y mal definido: a veces se manifestaba como el don de mover objetos sin tocarlos, a veces como una vaga capacidad de influir en los elementos o alterar el nivel de vida de las cosas -manzanos que florecían fuera de temporada en presencia de Sigyn, una nidada de petirrojos que eclosionaba antes de tiempo con la cercanía de su mano-, chispas de energía mística aquí y allá que parecían ser mucho a la vez y nada en particular y a las que, a diferencia de los poderes de Loki, no había manera de domesticar. Pero aquella magia vanir, de forma inequívoca, se servía de las emociones como alimento y detonante. Y aunque Sigyn era reacia a adentrarse por aquel camino -más inclinada como estaba hacia la ciencia y la belleza de los fenómenos que sí podían explicarse- a Loki le gustaba provocarla para investigar sus umbrales y sus límites. La fuerza con que su mente le había arrebatado ahora el cuaderno de las manos sin ni siquiera pretenderlo indicaba lo muy enfadada, alterada, cargada de energía que estaba. En la expresión exultante con la que Loki presumió del éxito de su treta hubo, sin embargo, una vaga nota de exasperación. Si tan siquiera Sigyn pudiera, o mejor dicho, quisiera aprender a canalizar ese maravilloso potencial en lugar de volcarse tanto en la ciencia...
—Pero no te pongas así, mujer, si me encanta —Loki no intentaba disimular lo bien que se lo estaba pasando a costa de la situación—. Es genial que la estulticia de mi hermano estimule así tu creatividad. Ilustrar su asesinato me parece un gran avance respecto a lo que hacías antes; ya sabes, eso de llorar en lo que tú creías que era en secreto y vagar durante días como un alma en pena poniéndole ojos de besugo...
Si había algo peor para Sigyn que soportar la forma en que Thor le pisoteaba el amor propio y las esperanzas, era tener que soportar las bromas de Loki al respecto. Pero tenía que reconocer que al menos Loki mostraba cierta delicadeza. Aunque era despiadado a la hora de mofarse de ella, siempre esperaba para hacerlo a que los dos estuvieran a solas. Y eso era algo que Sigyn nunca podría agradecerle lo bastante. De darse la situación contraria... De haber sido Loki el objeto de su silenciosa adoración y Thor el que estuviera al tanto de sus sentimientos, Sigyn no creía que el mayor de los dos hermanos hubiera dejado pasar la oportunidad de hacer comentarios jocosos delante de terceros, de cuartos, de la totalidad de Asgard si se terciaba, sin importarle matarla de la humillación ni pensar siquiera que para ella podía no ser divertido.
De haber sido Loki el objeto de su silenciosa adoración, se repitió Sigyn, una suave hilaridad abriéndose paso en su ánimo en medio del enfado. De haber sido Loki. De entre todas las ideas absurdas que jamás hubiera tenido, aquella tenía por fuerza que llevarse la palma.
—Thor no debió decirte eso —dijo Loki de pronto, rompiendo el hilo de sus pensamientos—. Hoy no.
Se había puesto serio. Se acercó un poco más para apoyarse en el pupitre donde Sigyn estaba sentada. Su proximidad llevó una nueva vaharada de perfume de invierno hasta la chica. Cuando estaba así, recién duchado tras una dura sesión de adiestramiento en las armas, su inconfundible olor personal se imponía triunfal a esos omnipresentes aromas de Asgard que se pegaban a la piel de uno como un sudario. Y estar en el radio de aquel aura era una bendición para la moral maltrecha de Sigyn, que no pudo evitar una mirada soñadora tras inspirar hondo.
—¿Sólo hoy, Loki?.
—Especialmente hoy —se corrigió él—. Has recibido carta de tu madre. Siempre estás un poco sensible cuando recibes carta de tu madre. Todo te afecta demasiado. No tiene nada de divertido meterse contigo cuando no eres capaz de defenderte.
Sigyn notó que se le desorbitaban los ojos.
—¿Cómo...?
Loki no dejaba nunca de sorprenderla. Hasta donde ella sabía, el título de Dios del Engaño no confería el don de la clarividencia. La tarde anterior Loki había estado fuera del palacio, recorriendo el cercano Bosque de Uphna a caballo junto a Thor, Sif y los Tres Guerreros. No tenía forma de saber que ella, en efecto, había recibido carta de Vanaheim.
—Se nota muchísimo cuando has tenido noticias de casa —se explicó Loki, encogiéndose de hombros—. Siempre que te llega una carta de tu madre te pasas varios días tan callada que no pareces tú, y lloras por todo. Anoche no viniste a cenar con nosotros. Hoy has amanecido con los ojos enramados. Antes, en clase, estuviste a punto de soltar la lágrima cuando la vieja momia te corrigió el planteamiento de un problema de Álgebra, cuando normalmente encajas tan bien las críticas que dan ganas de sacudirte... Sé sumar dos y dos —concluyó Loki, sin privarse de añadir con petulancia: —Y a diferencia de ti también sé plantear correctamente ese problema de Álgebra.
Sigyn miró a su amigo sin parpadear. Le resultaba increíble -y desconcertante- que alguien pudiera leer con tanta claridad en ella. A veces tenía la sensación de ser absoluta y dolorosamente transparente para Loki, para bien y para mal. Y si bien no podía decir que eso la hiciera muy feliz, tampoco era algo que le desagradase del todo. Viviendo como vivía rodeada de gente que parecía incapaz de entenderla, Sigyn agradecía tener alguien a quien no necesitara explicarle nada, aunque se pasara la mayor parte del tiempo deseando matarlo.
—La sensibilidad de Thor es famosa por ser del mismo tamaño que su cerebro —remató Loki. Sigyn pudo percibir en su ironía un leve tono de disculpa, como si el hecho de ser hermanos arrojase sobre él parte de la falta del mayor—. Además, a estas alturas el muy patán ya debería ir pensando en cambiar de broma. Lo de "Cara de Pan" se quedó obsoleto cuando perdiste los mofletes el año pasado, después de la pulmonía. Y encima ni siquiera fue idea suya.
—Lo sé —dijo Sigyn con ojos acusadores. El mote había sido motivo de la primera de las muchas peleas que había librado contra Loki desde que eran amigos.
—Y esto de que seas tan hábil luchando como con el bordado y la danza forma parte de tu encanto, Thor no tendría que... ¡Eh! —protestó Loki.
Estrechando los ojos hasta que no eran más que dos líneas de azul entre sus pestañas, Sigyn había vuelto a empuñar la pluma. Y ahora estaba dibujando de nuevo, aún con más determinación que antes pero ya sin rabia ni dolor: a diferencia de sus disgustos con cualquier otro habitante de Asgard, los enfados que Loki le provocaba tenían el curioso poder de hacerla sentirse mejor, más viva. Torpe como era en casi todas las tareas manuales, Sigyn tenía sin embargo un don para el dibujo. En unos pocos trazos había conseguido perfila la silueta de una horca y, colgada de ella, la reconocible figura alargada de un muchacho de pelo oscuro.
—Y que se suponga que soy yo el que tiene mala idea... —suspiró teatralmente el chico.
—Eres un mal bicho, Loki Odinson. Debí hacer caso a Sif en su día y procurar no tocarte ni con un palo —gruñó Sigyn.
Ante aquello Loki se limitó a lucir la más inocente y luminosa de sus sonrisas, aquella con la que casi podría convencer al mismísimo Heimdall de que no era un astuto y consumado embaucador. Dejándolo por imposible pero de mucho mejor humor que hacía un rato Sigyn se levantó.
—Me encantaría quedarme el resto de la tarde a escuchar cómo me insultas después de criticar a Thor por insultarme, pero tenemos un trabajo conjunto de Herbología Comparada que hacer para mañana —gruñó, yendo hacia la puerta—. Te lo recuerdo por si se te había olvidado con la emoción de jugar a los guerreros en los patios de adiestramiento...
Loki la siguió fuera del aula. No le costó alcanzarla y apenas en dos zancadas estuvo a su altura. Sigyn notó un pequeño escalofrío al sentirle a su lado, sobresaliendo de ella como sobresaldría una torre de una pequeña muralla. Todavía no se había acostumbrado a aquello. Loki estaba tardando un poco más de lo normal en desarrollarse, y durante un buen par de años los dos habían sido casi de la misma estatura. Pero apenas un par de meses atrás, por los días del decimoquinto cumpleaños de él, se había producido el asombroso cambio. Sin que Sigyn pudiera decir muy bien cómo o en qué momentos precisos había sucedido, Loki de pronto le sacaba una cabeza. Su cuerpo parecía haberse limitado a estirarse para adaptarse a la nueva longitud, sin desarrollarse a lo ancho, con lo que su nueva y desgarbada apariencia era más cómica que agraciada. Sin embargo había algo ligeramente perturbador en él: la forma en que su cara antes casi femenina estaba cambiando también, sus cejas que se espesaban, sus rasgos que se endurecían y dejaban de ser los de un niño, su voz reconocible e irreconocible al mismo tiempo. Cuando estaban juntos Sigyn se sentía a veces al lado de un completo desconocido que la llenaba de inseguridad. Lo cual era absurdo, porque al mismo tiempo, de forma abrumadora e inequívoca, seguía siendo Loki, el Loki de siempre, su Loki.
A veces Sigyn se preguntaba con curiosidad si a él le pasaría lo mismo, si también tendría la sensación de ver a una persona nueva cuando la miraba. Se lo preguntaba y se decía que era improbable. Ella sí que seguía siendo la de siempre, por dentro y por fuera, de los pies a la cabeza. La misma niña pelirroja de Vanaheim, con las mismas pecas y los mismos rizos ingobernables y la misma voz ronca y poco elegante. Sin aquellos mofletes infantiles que sus doncellas asgardianas habían llamado eufemísticamente "la viva imagen de la salud" para no decirle que parecía gorda, en eso Loki tenía razón... Pero a todos los demás efectos seguía siendo la misma Cara de Pan de hacía tres años. No, seguro que Loki no tenía aquellas impresiones. Y era mucho mejor así. Con uno de los dos que estuviera chalado y preso de ideas extrañas ya era más que suficiente.
—Vas muy callada. ¿En qué piensas? —le oyó preguntarle.
A ti te lo voy a decir, para que me cosas a bromas, se dijo Sigyn, Y sonrió, maliciosa. Y sin previo aviso echó a correr como una exhalación por el pasillo.
—¡El que llegue el último a la biblioteca redacta el trabajo! —gritó.
Herido por lo ocurrido hacía un rato con Thor, el orgullo de Sigyn necesitaba un pequeño bálsamo, quedar por encima en lo que fuera. Y había algo en lo que ella siempre ganaba a Loki. Algún día él controlaría del todo sus nuevas y larguísimas piernas y aquello cambiaría también, como todo lo demás, pero de momento nadie en Asgard corría más rápido que ella. Nadie. Pronto Sigyn oyó tras de sí las zancadas y la risa de Loki, acercándose deprisa pero no lo bastante deprisa. Él se emplearía a fondo para ganar y ella le volvería a vencer a menos que hiciera trampas, algo nunca descartable cuando se trataba del mayor embaucador de Asgard. Y la idea de que algunas cosas todavía fueran como siempre parecía un maravilloso asidero en medio de aquellos días de marejada en que todo parecía estar cambiando demasiado deprisa.
Algunas cosas no deberían cambiar nunca, se dijo Loki mientras entraban callados en la biblioteca, después de llegar a las puertas en medio de la habitual escandalera de la competición.
Sigyn le ganaba cada vez con menos ventaja y Loki casi temía el día en que conseguiría adelantarla y ser el primero en llegar a la meta, convencido de que ese momento significaría traspasar una linea desde la que no habría vuelta atrás. Pero de momento, cada carrera que perdía frente a Sigyn era una prórroga que posponía lo que Loki intuía inevitable.
Y eso le tranquilizaba.
La sensación de cambio empezaba a ser vertiginosa. Últimamente nada era lo mismo. Thor y él, por ejemplo. Loki se había unido el año anterior al adiestramiento de los mayores y en teoría ya formaba parte de su grupo, compartía con ellos un vínculo antes inexistente basado en la camaradería de los guerreros y las bromas viriles. En teoría. En la práctica... Por un lado Loki lo vivía así, pero por otro no podía evitar sentirse más lejos de ellos cuanto más estrecho era el contacto. Incluso de dicho, sobre todo de Thor. Su hermano y él siempre se habían llevado a matar, pero antes estaban mucho más unidos, o eso le parecía a Loki al mirarlo desde la perspectiva de los años. Ahora que estaba incluido en el mundo de Thor y que todo debería ser más fácil y fluido entre ellos, resultaba que sucedía justo lo contrario. Por más que admitiera el gran amor que Thor y él se tenían en alguna parte del fondo de su obstinada rivalidad, Loki no conseguía terminar de entender a su hermano, sentirse afín con él, hablar su mismo idioma. Estaba seguro de que a Thor, el muy lerdo, le sucedía exactamente lo mismo. Y se decía que debería estar orgulloso de poseer esas cualidades que lo hacían diferente dentro de ese grupo de cabestros pero era demasiado poderosa la tristeza de no encajar, de no poder llegar a ser como Thor y los demás. La tristeza y los celos: unos celos terribles de que tarugos como Fandral o Volstagg o Hogun o la propia Sif parecieran más hermanos de Thor que él, que llevaba su misma sangre.
Odín también había cambiado, tanto que a Loki le empezaba a costar llamarle padre en la intimidad de su mente cuando pensaba en él. Que Thor era su ojito derecho era algo antiguo y que Loki creía tener más que asumido, pero en los últimos tiempos la predilección del rey por su primogénito ya resultaba escandalosa. Thor parecía representar todo lo que Odín admiraba de sí mismo. Loki, en cambio, se sentía como la personificación de las cosas que no valoraba o que directamente despreciaba. Su falta de fuerza física, su naturaleza poco bulliciosa, su manía de ponerle cerebro a todo en lugar de pensar con las gónadas, incluso su talento con aquel arte menor que para Asgard era la magia... Loki nunca se había sentido el favorito de su padre pero ahora parecía contar tan poco al lado de la gloria de Thor que a veces creía haberse vuelto invisible.
Pero él también había cambiado. Y mucho. Así que igual las cosas sólo parecían diferentes porque él las miraba con ojos nuevos. Igual Thor no era cada vez más tarugo y arrogante ni su padre cada vez más injusto a la hora de repartir su afecto, sino que era él quien cada vez tenía más inteligencia y más dureza a la hora de juzgarlos. Igual las chicas que hace dos días eran un fastidio y que de pronto parecían mucho más guapas e interesantes en realidad sólo lo parecían porque él las miraba con otras... Bueno, no se atrevía a llamarlo "intenciones" porque la sola idea de intentar algo le parecía inconcebible aún, pero él se entendía.
Por eso era genial que Sigyn todavía le ganara todas las carreras, la condenada, y que cuando la miraba siguiera siendo a sus ojos la niña de siempre. Más delgada, eso sí, la mullida cara de bebé pecoso no más que un recuerdo después de la enfermedad que la había tenido postrada casi dos meses el verano anterior; pero en lo demás la misma torpe, entrañable, brillante, generosa, odiosa rata de biblioteca que era cuando llegó de Vanaheim. Incluso el que todavía abrigara dentro de sí aquel ridículo amor platónico por Thor que a él tanto le irritaba estaba bien. Significaba que algo más en sus vidas seguía siendo reconocible.
—Ya podías ayudarme a bajar ese libro rojo de ahí arriba, so zángano —la oyó decir.
Llevaba un rato sumido en sus pensamientos y mirando sin ver cómo Sigyn saqueaba las estanterías de aquella sección. Por alguna razón, los autores que escribían sobre Botánica Medicinal no entendían el significado de la palabra mesura. Los volúmenes eran gigantescos, tanto que Sigyn había empezado a sudar por el esfuerzo. A consecuencia de ello su pelo -aquella imposible y espesa maraña de rizos que una de sus doncellas arreglaba y recogía todas las mañanas sudando tinta en el empeño- se estaba humedeciendo y rebelando en sus sienes, escapando de la prisión de trenzas y horquillas convertido en largos muelles de alambre rojo.
—Te recuerdo que ya he perdido la carrera y que me va a tocar redactar a mano el puñetero trabajo; justo es que la búsqueda bibliográfica la hagas tú —declaró Loki con sorna.
—Pero es que no llego —se quejó Sigyn señalando hacia la balda, que quedaba muy fuera del alcance de su mano.
—Si recordaras de vez en cuando que no necesitas llegar a las cosas para cogerlas... —bufó el chico.
Sigyn frunció el ceño y fue a posar su carga en la mesa más cercana. Loki frunció el ceño también. Por más que le hacía practicar sus raras habilidades mágicas junto a él, Loki no conseguía que Sigyn pensara como un mago, algo que a él le era tan fácil como respirar. Usar su magia no era nunca la primera opción para ella. Muchas veces hasta parecía olvidar lo que podía hacer con la mente. Los once años que había pasado reprimiendo sus dones parecían pesarle demasiado.
—No creo que pueda mover algo tan enorme —se justificó.
—Si no perdieras tanta energía mental suspirando por Thor ya lo tendrías más que dominado.
A Loki le satisfizo verla ruborizarse y resoplar. Nunca perdía oportunidad de meterse con ella por ese motivo. Y es que se lo merecía. Por poco original, por tonta, por mancillar de aquella manera lo que por lo demás, a ojos de Loki, era la segunda inteligencia más brillante de los Nueve Reinos solo un poco por debajo de la primera, que era la suya. Si era honesto tenía qe admitir que le escocía mucho aquella pertinaz adoración no correspondida de su mejor amiga hacia su hermano. Puede que incluso le escociera demasiado teniendo en cuenta que... Que... Bueno, que tampoco era como si quisiera ser él por quien ella suspirara ni nada de eso.
—Y si tú no perdieras tanta fuerza por la boca igual ya tendrías hombros y no parecerías una anguila —replicó la chica.
—Vaya. Qué golpe tan bajo. Voy a echarme a llorar.
—Sigue así y te vas a enterar de lo que es un golpe bajo. Con la rodilla.
—Pues creo que tendrías que ser capaz de coordinar varias articulaciones para eso, Lady Vivo En El Suelo Porque Me Piso Mis Propios Pies... Mira cómo tiemblo.
Sigyn apretó los dientes y se giró hacia la estantería, elevando hacia ella la palma de su mano derecha. Al parecer estaba lo bastante irritada con sus provocaciones como para que la magia fluyera con rapidez y fuerza de su cuerpo; tanto que aparte de atraer hasta sus manos el libro deseado consiguió desplazar de su sitio un segundo volumen mucho más pequeño, que cayó estrepitosamente al suelo.
—Estás inspirada hoy —observó Loki, cogiendo el enorme tomo de las manos de ella y sonriendo en respuesta a su expresión furibunda—. Vamos a tener que pedirle a Thor que hiera tus sentimientos más a menudo.
Sintió los ojos de Sigyn clavados como dagas en su espalda mientras iba hacia la mesa. Loki sonrió para sí: si la muy boba mostrara con una espada en la mano la mitad de la furia asesina que podía llegar a mostrar con los ojos, a esas alturas tendría a Thor y a los otros lelos rendidos a sus pies. Porque los muy brutos no eran capaces de valorar nada aparte de eso salvo, si el sujeto a admirar era de sexo femenino, unas buenas tetas y una cara bonita, algo de lo que Sigyn también carecía y que...
Loki sintió un súbito y fuerte calor en las mejillas al darse cuenta de que acababa de pensar en las tetas de Sigyn aunque sólo fuera para reseñar la ausencia de las mismas. Por todos los ejércitos del Hel, no había querido decir eso. No es que él la hubiera mirado ahí para saber lo que tenía y lo que no, aclaró para sí con rapidez. Simplemente...
—¿"El jardín de las almas en flor"? ¿Qué mierda de título es ése para un tratado de Botánica Medicinal? —la oyó preguntar a su espalda.
Para cuando un extrañado Loki se volvió hacia ella Sigyn ya había abierto el libro por una página al azar y la estaba ojeando. Su cara había adquirido la graciosa expresión de concentración que le era tan característica, con el ceño un poco fruncido y los labios apretados. Pero poco a poco las cejas fruncidas se arquearon más y más y más para ir componiendo un gesto de perplejidad absoluta.
—Vaya... Pues juraría... Que esto... No... Va... De... Botánica... —fue afirmando con un hilo de voz, su expresión volviéndose más y más perpleja según pasaba páginas. Y tras pasar una en concreto sus ojos azules casi se salieron de sus órbitas mientras de su garganta brotaba un agudo grito de sorpresa—. ¡HALA!
Y entonces, para desconcierto de Loki, empezaron las carcajadas. Sigyn estaba, literalmente, retorciéndose de risa ante sus ojos, sujetando el libro contra su estómago con manos temblorosas.
—¿Pero qué...?
—Ay, mi madre... Definitivamente... Creo que no es... Botánica —articuló Sigyn con dificultad entre risas histéricas, tendiéndole el libro a su amigo.
Loki lo aceptó con suspicacia, incapaz de comprender a qué venía aquel ataque de hilaridad a cuenta de un simple libro. Pero le bastó echar una ojeada a la página causante del escándalo para entenderlo. Y también para palidecer. Los grabados eran muy antiguos y bastante recargados y con un sentido de la perspectiva un tanto extraño pero no dejaban absolutamente nada a la imaginación. Resultaba más que obvio que se trataba de dos seres humanos. Y que al menos uno de las dos era varón. Y que estaban... Estaban...
—¿Pero qué demonios hace esto en la sección de Botánica? —exclamó Loki mientras cerraba con violencia el libro, consciente de que había vuelto a ruborizarse y de que esta vez Sigyn se había dado cuenta. Ella, doblada por las carcajadas, le señaló con un dedo tembloroso.
—¡Ay, si vieras la cara tan graciosa que se te ha quedado...! —la voz de Sigyn sonaba aguda, ahogada por la risa—. ¡Si te has puesto rojo y todo!
—¡Esto no tendría que estar aquí! —casi bramó él, enrojeciendo todavía más—. ¡Si mi madre...! —Loki no pudo terminar la frase. La sola idea era aterradora. Si la reina se enteraba de que Sigyn había visto algo así estando con él, la furia asesina de todos los Gigantes de Hielo juntos iba a parecer un estornudo en comparación.
—¡Pero no te pongas así, hombre, si sólo son unos dibujos! —sin poder dejar de reír, Sigyn le arrebató el libro de las manos y lo volvió a abrir al azar. La imagen hizo a sus ojos desorbitarse y a ella buscar apoyo en la estantería, temblando de risa otra vez— ¡No me fastidies! ¡Esto no puede ser físicamente posible, mira...!
Loki, horrorizado, apenas tuvo tiempo de darle un manotazo antes de que le pusiera el libro delante de la cara.
—¡Aparta eso de mí! —le gritó. Y luego, pensándolo mejor, chasqueó dos dedos de su mano izquierda e hizo desaparecer el libro, ignorando el jocoso grito de protesta de Sigyn. La miró con ojos espantados, sin poder creer que la muy asquerosa se lo estuviera pasando tan bien cuando él no sabía dónde meterse—. No entiendo qué narices hacía esa cosa entre los libros de Botánica... No debíamos haber visto... Tú no tendrías que... ¡Deja de reírte!
—¡Jolín, no creo que sea para tanto! No es como si hubiéramos matado a nadie o desencadenado el Ragnarok o algo así, sólo era un tratado antiguo de cochinadas...
—No tiene ninguna gracia, Sigyn.
No, no la tenía. Al menos Loki no se la veía. No encontraba gracioso que él y su amiga más cercana -su única verdadera amiga si lo pensaba bien- acabaran de estar mirando juntos por accidente una especie de manual ilustrado de posturas sexuales. Sigyn era una niña todavía, era la pequeña del grupo, era Cara de Pan. Unir Sigyn y sexo en la misma situación era algo que, simplemente, no estaba bien. No lo estaba.
—Te estás portando como una novicia, Loki, y sin razón ninguna —le reprochó Sigyn, poniéndose un poco seria—. Eso es una cosa natural, digo yo.
—¿Natu...? ¿Pero qué sabrás tú de eso? —se indignó Loki, sintiendo que su desasosiego crecía monstruosamente con cada palabra que ella pronunciaba.
—A ver, Asgard está lleno de caballos. Es imposible no saber de eso.
Loki no daba crédito. Sigyn y él, por supuesto, nunca habían hablado de aquel tema hasta entonces; pero en el caso de haber estado tan loco como para pensar en ello Loki habría dado por supuesto que ella era tan inocente al respecto como pudiera serlo un bebé. La idea de que Sigyn pudiera tener nociones acerca de semejantes asuntos era perturbadora. Profundamente perturbadora. Horriblemente perturbadora.
—No es lo mismo —replicó sintiendo que le temblaba la voz.
—Pues yo tengo entendido que en todos los mamíferos...
—Somos personas —insistió, obstinado—. No es lo mismo.
—¿Ah, no? Vaya. Ahora va a resultar que a ti te encontró tu padre en un huerto de repollos —dijo ella con sarcasmo—. ¿Y qué narices has hecho con el libro, por cierto?
—Ponerlo a salvo de caer en manos de niñatas que no tienen por qué leerlo.
—Ja. Por qué será que me da que va a aparecer en la habitación de alguno...
El rostro de Loki, que llevaba furiosamente rojo el último par de minutos, se tornó casi incandescente al pillar la indirecta. Si la idea de que Sigyn tuviera nociones era perturbadora, la idea de Sigyn pensando -acertadamente- que él pensaba en esas cosas... Loki no tenía palabras para describir lo desasosegante que eso le resultaba. Era Sigyn quien estaba frente a él. Se le caían las espadas de la mano, lloraba cuando echaba de menos Vanaheim y le ganaba todas las carreras. No estaba dispuesto a verla bajo ninguna otra luz y no era justo que la vida pretendiera obligarle a ello.
—A palabras necias, oídos sordos. No pienso contestar a esa tontería —declaró muy digno, recobrada la mayor parte de su compostura— . Es más, no pienso seguir teniendo esta conversación. Por lo que a mí respecta ese libro no existe y tú y yo no hemos visto nada. Y ahora, si no te importa, hay un trabajo que me gustaría empezar a redactar.
Le dio la espalda sin más para ir a sentarse en la mesa donde les aguardaban los libros, sintiéndose un poco mareado por efecto del intenso rubor que todavía le teñía la cara.
—No te habrás enfadado, ¿verdad? —inquirió Sigyn con algo de preocupación en su voz.
—Que-te-sientes —replicó él, sin querer mirarla.
—Vaya. Te has enfadado.
La voz de ella sonaba como si de verdad la sorprendiera. Como si no entendiera qué había dicho o hecho mal para provocar en él una respuesta así. Loki estuvo tentado de sonreír y decirle que no dijera tonterías, pero sintió que no podía mirarla a la cara sin ser consciente de ella teniendo nociones y riéndose de lo que ni siquiera debería poder entender.
—Loki... No te enfades, anda... Que no estaba diciendo en serio lo de que te ibas a quedar tú el libro...
Loki resopló. Como si fuera aquél el único problema. Como si ahora, por culpa de lo ocurrido, la condenada chiquilla no acabara de infiltrarse en la categoría de seres sexuados en la que tan cuidadosamente había evitado incluirla. Como si la idea de ella entendiendo de esa clase de cosas, sintiendo esa clase de sentimientos, quizá pensando en Thor como él mismo pensaba en otras chicas, no lo estuviera poniendo enfermo.
—Loki... —insistió Sigyn, sentándose a su lado y dándole un suave codazo, y luego otro, y otro, hasta que él sintió que podía controlar su rubor y su expresión facial y se avino a mirarla—. No te vas a enfadar por esa tontería, ¿a que no?
Loki sonrió con desenvoltura y desdén. El momento de debilidad había sido intenso y terrible pero cuando era dueño de sí mismo nadie disimulaba mejor que él.
—No alucines. Vamos, abre esos libros de una vez.
Nada iba a cambiar, se dijo obstinadamente, fijando su atención en los rizos imposibles de Sigyn, en su redonda y pecosa cara de niña, en la forma en que le estaba sacando la lengua como si no hubiera pasado un sólo día desde la primera vez que lo hizo. Nada iba a cambiar entre ellos. No iba a permitirlo.
Y sin embargo...
La desazón estaba ahí, agazapada tras los pensamientos sobre Sigyn y sus nociones que Loki quería confinar al fondo de su mente. La desazón estaba ahí y le decía que el punto de no retorno que tanto temía traspasar estaba ya atrás, muy atrás; que llevaba meses negando lo innegable y perdiendo carreras a lo tonto. Loki se sintió como un náufrago, engullido por la tormenta de las cosas que cambiaban sin un sólo salvavidas al que asirse.
Insisto en que estoy a dieta de críticos y por lo tanto no me como a ninguno. Animaos a decir qué os parece, ya sea para tirar flores o tomates.
