Nota sobre el capítulo:
Nuestros chicos siguen evolucionando, y con ellos su relación. Han pasado algo más de dos años desde el último capítulo. Loki tiene diecisiete y ya es todo un hombre. Sigyn tiene dieciséis y no lo es, lo cual es causa de ciertos conflictos y momentos incómodos. Revelaciones sobre el futuro, revelaciones sobre sentimientos extraños y revelaciones embarazosas a cargo de un Gañanbrodah que cuando le da por piropear a su hermano la caga todavía más que cuando se burla de él.
Nota de la autora:
Lamento el retraso que habéis tenido que sufrir quienes estéis siguiendo esta historia. La vida a veces es un poco pesada con sus exigencias ;) Y pasemos a la historia, no sin antes recordar el disclaimer de rigor: no soy guionista ni director ni asalariado de ninguna clase de Marvel y en consecuencia no poseo (lástima) a Loki, así que no saco más beneficio de publicar este relato que el de agradar a quien quiera leérselo
CAPÍTULO III:
INTOCABLE.
La daga se clavó en el tronco del haya con un sonido suave y seco, justo en el centro de la diana una vez más, compitiendo por el poco espacio disponible con el resto de sus hermanas de empuñadura de plata. A lo largo de la hilera de árboles que rodeaban la arena del patio de adiestramiento varios juegos más, de distintos tamaños y materiales, eran testimonio de la misma certera puntería. Loki, todavía jadeando, se sopló los mechones de pelo negro que le habían caído sobre los ojos. No se molestó en disimular la sonrisa presuntuosa que le vino a los labios al contemplar el resultado de su pequeña demostración. Que no era capaz de lanzar todas y cada una de sus dagas al centro de la diana en menos de un minuto, le habían dicho los idiotas. Mediados los diecisiete años y con una constitución todavía esbelta y delicada tal vez no tuviera la fuerza bruta necesaria para ser considerado en toda ley un guerrero, eso lo admitía; pero a nadie en los Nueve Reinos se le daba lanzar cuchillos mejor que a él. A nadie. Eso era algo que incluso Thor y los otros cuatro deberían poder reconocer como un mérito y un honor...
—Muy bonito, Lady Loki —tronó a sus espaldas la ronca voz de Volstagg—. Ahora a ver cuándo aprendes a hacer algo realmente útil en la batalla.
... Si no fuera porque eran completamente imbéciles, claro. Era un verdadero asco que nadie en toda la maldita Asgard pareciera capaz de apreciar ninguno de sus talentos como luchador, mágicos o no. Aprovechando que los otros no podían verle porque aún los tenía a la espalda Loki apretó los dientes con ánimo asesino y empezó a desclavar las dagas para introducirlas meticulosamente en sus correspondientes fundas, repartidas a lo largo de sus ropas. Aunque hacía tiempo que había adoptado la política de no demostrarlo, la condescendencia que mostraban hacia él Sif y los Tres Guerreros -empeñados en hacer obvio que sólo le toleraban por ser hermano de Thor- seguía doliendo como siempre. Cada día parecía doler más, de hecho. Pero Loki lo llamaban el Dios del Engaño, el Embaucador, el actor más consumado de la esfera de Yggrasdil. Su expresión era de absoluta indiferencia y amabilidad cuando se volvió hacia ellos; su sonrisa jovial, pícara, encantadora incluso.
—El día que un Gigante de Hielo te haya arrebatado tu hacha y la tengas metida en el culo y dependas de mis dagas para salir con vida ya me dirás si lo encuentras útil o no —replicó, sin que una sola pizca del veneno que lo amargaba asomara a sus palabras.
—Eh, gatita, tranquila, no hay ninguna necesidad de sacar las uñas —dijo Fandral a su lado, palmeándole la espalda—. El viejo Vols sólo bromeaba, ¿verdad?
Loki había visto durante años cómo su hermano y sus amigos se mostraban afecto los unos a los otros; suficiente para darse cuenta de que aquellas palmaditas de Fandral eran una burla más y no un gesto de aprecio. Rabioso e incómodo, Loki tuvo que emplear a fondo su autocontrol para no revolverse hacia el rubio galán del grupo y hacerle una pequeña demostración de lo que él consideraba bromear. Algo sencillo, divertido, como conjurar un hechizo que le sacara a aquel memo el corazón por la boca y después echárselo de comer a los cuervos.
—Me parto de risa, Fandral —aseguró, todavía manteniendo su fachada impasible, incluso fingiendo una nota de diversión—. En serio, llamarme afeminado es un chiste tan bueno y tan original que nunca deja de maravillarme. Cuando cambiéis de recurso no sé si voy a ser capaz de encajarlo.
—Bueno, últimamente te has empezado a afeitar. El día menos pensado dejarás de ir por ahí con cara de niña y te dejarás una barba como está mandado y...
—Y aun así seguirás siendo nuestra chiquitina preciosa —terció Sif, que estaba un poco apartada de ellos puliendo el filo de su espada con un canto.
Había en su tono de voz suficiente veneno como para emponzoñar todo el agua de Asgard. Loki sintió que le ahogaba la bilis. No podía decirse que tuviera una maravillosa y tierna amistad con ninguno de los comparsas de su hermano mayor, pero al menos a los otros tres los soportaba. Lo de Sif eran palabras mayores. Seguía guardándole rencor por aquel estúpido asunto de su melena, la muy zorra. Cuando Sif se metía con él no era sólo por costumbre y por echar unas risas, como en el caso de los Tres Guerreros y Thor. Sif tiraba a matar. Y Loki era consciente de que sus hachazos le herían más que los de los otros. Quizá era porque se trataba de una mujer. Una mujer hermosa, tan loada en Asgard por su belleza como por condición de guerrero. Que Loki estuviera dispuesto a castrarse antes que pensar en Sif como pensaba en otras chicas no quitaba para que ver su hombría cuestionada por ella hiciera hervir su sangre más que cuando lo hacía cualquier otro. Chiquitina preciosa. Loki era casi tan alto como Thor, había ganado bastante fuerza gracias al adiestramiento con las armas y hasta Sigyn reconocía -a regañadientes, eso sí, pero lo reconocía- que ya apenas recordaba a una anguila por su falta de anchura. Pero Sif se obstinaba en restregarle por las narices su ligereza, su debilidad, su vergonzante desviación respecto al patrón de lo que debía ser un verdadero hombre de Asgard. Chiquitina. La muy asquerosa. Si Loki no tuviera un buen remanente de escrúpulos dentro de su conciencia a la hora de hacer uso de la magia se iba a enterar de verdad aquella harpía. Se iban a enterar todos, qué narices. Creían saber con quién se estaban metiendo pero no tenían ni idea. Ni idea.
—Qué bien, Sif, así el día de mañana tú y yo podremos ser las dos solteronas mejor avenidas de Asgard... Porque no esperarás convencer a ningún desgraciado de que se case contigo sabiendo que le tocará ser la esposa, ¿verdad?
Bueno, también él sabía jugar a aquel juego de dar donde más dolía, se dijo Loki con satisfacción al sentir sobre sí la mirada homicida de Sif. Entre vanagloriarse de ser considerada la mejor doncella guerrera de los Nueve Reinos y aspirar a ser un hombre había una fina linea que Sif no había cruzado. Podía vestir armadura pero procuraba dejar claro a cada paso que no era un chico lo que había debajo del cuero y el metal. Las palabras de Loki eran ácido sobre su vanidad; la ofensa, muy superior a las que normalmente ya le bastaban para enzarzarse en una pelea con Loki. El intercambio de galanterías tenía todas las trazas de ir a desembocar, para regocijo de los otros tres, en una bronca de campeonato.
Pero no ocurrió nada porque Thor llegó justo en aquel momento, procedente del interior del palacio. Y Loki se dio cuenta con solo mirarle de que algo iba mal. Thor tenía la horrible costumbre de llegar tarde a todas partes excepto a donde estaba la diversión. No era normal en él retrasarse cuando había quedado con los demás en los patios de adiestramiento. Y aún era menos normal que llegase con aquella cara, con aquellas zancadas furiosas que levantaban a su paso las hojas secas del otoño que alfombraban la arena, con aquel lenguaje corporal que lo asemejaba a una tormenta en ciernes y hacía presentir los truenos.
—¿Thor, dónde demonios te habías...? —empezó Fandral, sólo para ser abruptamente cortado por un gesto autoritario del príncipe.
—Ahora no, Fandral. ¡Hermano! —bramó Thor, siguiendo su camino hacia el patio contiguo sin tan siquiera pararse a mirar al aludido.
Loki arqueó ambas cejas, intrigado. Su mirada se cruzó con una igual de perpleja en los ojos normalmente inexpresivos de Hogun.
—¿Y a éste qué tripa se le ha roto?
Hogun, en su taciturna linea, se limitó a encogerse de hombros. La voz de Thor atronó de nuevo el patio, vibrante de indignación.
—¡Hermano, ven conmigo!
—¡Podrías saludar al menos, ¿no?! —replicó Loki.
—¡Que vengas! —insistió el otro, sin volverse a mirarle.
Irritado y consciente de que no debería complacer a Thor cuando se portaba como un simio asilvestrado pero sin poder evitar la curiosidad, Loki echó a andar tras él. Extendió su brazo con rapidez de reflejos, bloqueando a Sif en su más que evidente intención de seguirles.
—A menos que haya oído mal, Thor ha llamado a su hermano y yo soy el único que tiene. Entiendo que eso te excluye, Sif, ¿no estás de acuerdo?
Loki se limitó a sonreír ante el gesto iracundo y frustrado de la joven guerrera, mezquinamente satisfecho de verla relegada en favor de él, para variar. Siguió a Thor hasta el patio contiguo, que quedaba más apartado del palacio y estaba resguardado de posibles espectadores por una espesa arboleda. Se lo encontró dando sablazos al aire con una de las espadas que se usaban en los adiestramientos. Parecía estar simplemente practicando sus golpes, como de costumbre, pero sólo había que mirarle a la cara para saber que dentro de su pensamiento estaba despedazando a alguien. Si había algo que a Thor se le daba mal -rematadamente mal- era controlar sus emociones.
—Muy bien, ¿qué es lo que ha pasado? —preguntó Loki sin rodeos.
Thor se limitó a resoplar y a seguir decapitando el aire. Loki suspiró. Aparte de controlarlas, al mayor de los Odinson también se le daba fatal expresar sus emociones. Por lo general, su capacidad de gestionar los enfados no le daba para mucho más que patear el suelo como los toros. En el mejor de los casos mugía las emociones, más que verbalizarlas. Loki se preguntaba a menudo qué sería del mastuerzo de su hermano si no lo tuviera a él. Esperó paciente a que Thor se aburriera de hacer el animal para acercarse a él sin riesgo de ser decapitado y posar una mano sobre su hombro.
—Thor... —lo llamó con suavidad.
El otro se tomó unos segundos para respirar hondo antes de volverse. Loki estudió su ceño fruncido, sus labios queriendo contraerse en una mueca de ira, su tez enrojecida pese a que el ejercicio que acababa de hacer no era nada para su descomunal fuerza física. Estaba realmente disgustado y aquello era insólito tratándose de Thor, la persona más despreocupada y feliz de todo Asgard.
—¿Me vas a contar qué demonios ha pasado, Thor? Estoy empezando a preocuparme.
—No sé ni por dónde empezar —gruñó el mayor, apartándose el pelo rubio de la cara con gesto exasperado—. Es... Yo... Me da hasta vergüenza que se enteren los otros, van a estar riéndose hasta... No... Yo no... O sea, no te vas a creer el puñetero sermón que acaba de echarme padre...
Así que eso era, pensó Loki con desdén. Thor, el despreocupado, el feliz, lo sobrellevaba todo con un humor a prueba de hachazos, absolutamente todo, excepto que Odín le recriminara por algo. Cómo se le notaba la poca costumbre de verse cuestionado por su padre, de ser tomado por algo menos que perfecto. Loki estaba más que habituado a eso.
—Sorpréndeme —le retó.
—¡Comportamiento escandaloso e inapropiado, me dice! —siguió bufando Thor— . ¿Te lo puedes creer, hermano? ¿Te parece a ti que alguna vez me haya comportado YO de manera inapropiada, eh?
Loki no pudo contener una sonrisa sarcástica ante aquellas palabras.
—La pregunta es retórica, ¿verdad?
—Loki...
—¡Vamos, hombre, no puede ser para tanto! —afirmó Loki, burlón— ¿Por qué ha sido esta vez? ¿Te has metido en broncas en algún reino con el que tuviéramos un acuerdo de paz? ¿Ha tenido que recordarte que no es de buena educación cabrear a dignatarios extranjeros cuando están como invitados en nuestra casa?
Thor resopló una vez más, mirando con fijeza uno de sus enormes puños.
—No. Ha sido una maldita charla sobre mujeres y comportamiento honorable —casi escupió—. Sobre Cara de Pan, en concreto.
Aquello pilló a Loki con la guardia baja. El joven no pudo evitar que una expresión de profundo desconcierto asomara a sus ojos.
—¿Sobre... Sigyn? —inquirió.
—Sobre Sigyn, sí —le confirmó su hermano, ceñudo—. De pronto, no sé por qué, nuestro padre se ha sentido en la necesidad de recordarme que mientras Sigyn esté bajo su tutela yo debo ser respetuoso con ella.
—¿Respetuoso? Pues a buenas horas —se extrañó Loki—. Puedo recordar por lo menos dos docenas de veces en que delante de las mismas narices de padre le has dicho a Sigyn cosas como que...
—Por todos los demonios, Loki: padre hablaba de esa clase de respeto que se tiene que tener hacia las chicas decentes para que lo sigan siendo, hermanito —aclaró Thor con aire condescendiente—. Me entiendes, ¿verdad? Espero no tener que hacerte un esquema de esos que tanto te gustan..
Durante unos interminables segundos el estupor fue tan grande que Loki, Lengua de Plata, no encontró nada inteligente que contestar. Porque Thor no podía estar hablando en serio. No podía estar diciendo, como si tal cosa, que su padre y él habían estado conversando acerca de Sigyn en aquellos términos.
—Pero, ¿Sigyn? ¿ Por qué...? Es decir, tú...
Loki trataba de sonar desenvuelto pero no recordaba haber titubeado tanto desde que era un niño pequeño. Su mente estaba colapsada de desconcierto, de dudas. De temores. No podía entender por qué pero estaba asustado, queriendo entender pero con miedo a saber. Su pecho parecía a punto de estallar, henchido por la necesidad de preguntarle a Thor, abiertamente, si el sermón de Odín había estado justificado. Si había osado, siquiera en sueños...
—Va y me dice que entiende que todos los hombres jóvenes tenemos nuestras necesidades y estamos en la edad del romance y todo eso pero que a ella ni mirarla. Que pasa por alto mis comportamientos inapropiados con otras chicas pero que por ahí no me meta o lo lamentaré. Que la pena de destierro sería lo más suave que se le ocurriría para castigarme. Que no permitirá que mi falta de juicio perjudique los intereses de Asgard. Que esto es un jodido asunto de estado, que Sigyn es de un valor estratégico incalculable o algo así, que ser él quien escoja con quién desposarla es parte de su pacto con Lyr y que hasta que llegue el momento en que él elija el arreglo matrimonial más sabio para nuestro reino ella es intocable. Esa es la palabra que ha usado el viejo, la palabra exacta: intocable...
Thor remató su atropellado e indignado discurso con un bufido rabioso. Loki guardó un espantado silencio. Su mente operaba a toda velocidad tratando de evaluar las profundas ramificaciones políticas de todo cuanto su hermano estaba diciendo, sin conseguirlo. Ni siquiera podía pararse a pensar en lo que aquello implicaba acerca del futuro para Sigyn, lejos de Asgard y por lo tanto de él. Nada parecía contar al lado de lo único que le importaba a Loki en aquellos momentos, lo único que deseaba saber, lo que le estaba matando no saber.
—Pero Thor... Tú y Sigyn nunca...
No pudo terminar la frase. Tenía las palabras atascadas en un nudo que le estrangulaba la garganta. En su vida había tenido más miedo del que sentía ahora ante la posibilidad de ver materializado lo que siempre había querido dar por imposible. Y cuando la respuesta de Thor llegó bajo la forma de una de aquellas atronadoras carcajadas suyas, el alivio de Loki fue tan ardiente que le pintó las mejillas de rojo.
—¡Sí, esa cara de horror se me quedó también a mí al pensar que padre pudiera creer eso! —bramó el mayor entre risas, ingenuo como siempre, incapaz de ver lo que tenía delante de las narices aunque estuviera escrito con mayúsculas en letras de sangre—. ¡Por todo lo que es sagrado, que estamos hablando de Cara de Pan!
Exacto, se dijo Loki, tan feliz de oír hablar a Thor en esos términos que casi le daba vergüenza. Estaban hablando de Cara de Pan. Lo que sucediera en el futuro con un hipotético arreglo matrimonial que tal vez se llevara a su mejor amiga a la otra punta de los Nueve Reinos estaba lejano, y ya vería más adelante cómo lidiar con la vaga angustia que le estaba produciendo la idea, pero por lo que respectaba al presente Sigyn era Sigyn y era invisible para Thor y así debía seguir siendo. Loki sentía como si de pronto todo su mundo descansara sobre aquel pilar.
—Prepárate para que te caiga una sermón parecido, Loki. Aunque a lo mejor a ti te tiene que dar primero una charla sobre las flores y las abejas, ¿eh? —declaró Thor, ya de mucho mejor humor después del desahogo, provocando el consabido gesto de resignada exasperación con que Loki solía recibir las bromas acerca de su madurez viril. Y acto seguido, en uno de aquellos raros arrebatos de amor fraternal que le daban de vez en cuando, propinó a Loki un recio y descoyuntante apretón de hombros— ¡Basta de este estúpido tema! Venga, hermanito, coge una de esas espadas y entrenemos un poco...
—Thor... —protestó Loki.
—Ni Thor ni nada. Que sólo puedas ser el segundo mejor guerrero de Asgard no quiere decir que no puedas ser un segundo mejor excelente. Coge la dichosa espada, vago, antes de que con tantos truquitos de magia se te olvide pelear como un hombre.
Loki arqueó las cejas con ironía ante lo burdo de aquella provocación. Así era Thor, todo sutileza. Sin embargo, la idea de practicar sus estocadas no le resultaba desagradable del todo. Su manejo de la espada había mejorado lo suficiente como para hacer pasar un mal rato a cualquiera, incluido Thor. Y ante la inquietud residual que todavía le hormigueaba en las tripas después de lo que acababan de hablar, hacerle pasar un mal rato a Thor se le antojaba a Loki de lo más apetecible.
—Sin trucos de los tuyos —oyó advertir a su hermano mayor mientras tomaba del soporte una de las espadas, la más ligera y manejable, fiel a la muy poco asgardiana filosofía de que lo más pesado no era necesariamente lo mejor.
—No necesito trucos de los míos para hacerte sudar, hermano —replicó Loki con arrogancia, haciendo elegantes y contenidos movimientos con la espada para calentar los brazos.
—Eso ya lo veremos —le retó un sonriente Thor que también se disponía a preparar sus músculos antes de ponerse en guardia. Pero la expresión del mayor volvió a ensombrecerse de pronto, los ecos de la charla con su padre todavía espoleando su enojo—. Intocable —masculló con resentimiento—. Ni que yo quisiera tocarla. Nuestro padre debe tener jodido el ojo que le queda si cree semejante cosa de mí. ¡Joder, que es Cara de Pan! Vale que ha mejorado un poco desde que llegó aquí de niña, pero con la cantidad de auténticas bellezas que hay en cada esquina de Asgard yo tendría que estar muy desesperado para fijarme en... Bueno, en... ¡En nada, en realidad! Esa es la cuestión. Ni culo ni tetas en condiciones, ni unas buenas piernas. Cero. Por más que la miras, aparte de esa cara rara llena de pecas la pobre no tiene nada en lo que uno pueda querer fijarse. Y haber tenido que aguantar que padre me sermonee por ella...
Sumido en su monólogo y en la preparación para el combate Thor no vio cómo Loki palidecía, cómo su jovial expresión cambiaba hasta convertirse en una máscara helada que se resquebrajaba por efecto de la ardiente ira que bullía debajo. Por más que la miras, se repitió el joven, rabioso. La había mirado. En algún momento del pasado Thor había estado buscando en Sigyn, puede que concienzudamente, algo digno de mirar. Y ahora se lo estaba confesando a él como si tal cosa, como si la idea no le hiciera hervir la sangre de indignación y el corazón de celos, los mismos celos absurdos que juraba y perjuraba no sentir pero que aun así lo torturaban salvajemente de tanto en tanto. Thor no podía hacerle aquello, rugió Loki para sus adentros. No tenía ningún derecho a mirar a Sigyn como a una chica más cuando él llevaba tanto tiempo obligándose a a no hacerlo.
—¡Adelante, herman...! ¡EH!
La carga de Loki cogió a Thor en guardia pero totalmente desprevenido, incapaz de prever aquella agresividad desaforada por parte de su frágil y delicado hermano menor. Sólo gracias a su superior potencia física pudo parar el golpe sin verse desarmado. Giró con rapidez sobre sí mismo con el tiempo justo de parar otro ataque, más vehemente aún que el anterior. Donde Loki normalmente se valía de su astucia y su agilidad ahora sólo había fuerza, una fuerza avasalladora que buscaba ganar a cualquier precio, aplastar, arrasar. Los ojos de Thor se iluminaron con viveza: aquélla era la clase de juego que le gustaba, aquél era el hermano del que podía sentirse orgulloso.
—¡Esto sí que es un Odinson! —exclamó con infinita satisfacción mientras paraba golpes de la espada de Loki, que no dejaban de llover—. ¡Tendremos que recordar qué has desayunado hoy, pequeñajo!
Loki no respondió nada articulado ni comprensible, nada remotamente parecido a las frases ingeniosas y agudas que era famoso por soltar sin el menor esfuerzo. Fue un grito primario y profundo lo que brotó de su boca para retar a Thor a seguir luchando, la llamada de una bestia que hasta entonces no sabía que hibernara dentro de él y que parecía haber sido llamada a la vida por...
Ah, no.
No, no, no, no, no.
Loki se negó en redondo a pensar en eso. Se negó a pensar en nada en absoluto mientras seguía asestando y parando estocadas, Thor y él girando el uno en torno al otro en medio de bramidos y risas ahogadas y ruidos metálicos que acabaron por atraer hasta allí al resto del grupo. Porque el instinto le decía que si se parara a pensar quizá tendría que acabar preguntándose por qué demonios Sigyn era la fuente de toda aquella rabia insólita, visceral y ardiente; y aquello era algo a lo que Loki no estaba dispuesto bajo ningún concepto.
Sigyn era Sigyn. Para Thor, para todos, incluso para él mismo. Aquel pilar tenía que seguir en pie para sostener su mundo.
Algunas horas más tarde Sigyn se encontró con Loki en el largo pasillo abovedado que llevaba de la biblioteca a la Sala de los Banquetes de palacio. Mejor dicho, tropezó con Loki, demasiado inmersa en repasar mentalmente la lectura de un tratado de Magnetismo Cósmico como para prestarle atención a lo que tenía delante y ganándose por ello una intensa mirada de desaprobación.
—No descansarás hasta que te hayas abierto la cabeza contra una columna por ir pensando en las musarañas, está claro —fue la lapidaria réplica de Loki a su disculpa.
Como venía sucediendo en los últimos tiempos, toparse con Loki y sentir su mirada clavada en ella produjo en Sigyn un extraño desasosiego, muy distinto del que solía sentir con la cercanía de Thor pero también inquietante a su manera. A veces -muchas veces, demasiadas veces últimamente, en realidad- Sigyn no sabía a quien estaba viendo cuando miraba a Loki. Sabía que era una tontería, una simple sensación estúpida como tantas otras que experimentaba a veces. No era más que su Loki de siempre con sus mismos ojos verdes, su mismo pelo oscuro pulcramente peinado hacia atrás, su misma sonrisa traviesa, su perenne expresión de inocencia que anunciaba trastadas inminentes. Y sin embargo el resto de él...
—Tarde y sin vestirte en condiciones —añadió Loki—. Madre va a estar contenta.
—Voy vestida en condiciones —gruñó Sigyn, ceñuda. De alguna manera, Loki siempre se las arreglaba para enfocarla hacia la irritación cuando su mente quería derivar por terrenos espinosos.
—Vas vestida como si todavía siguieras en Vanaheim. Y encima llevas el mismo vestido que llevabas esta mañana y a la hora de la comida. Es una cena formal para los diplomáticos de Nivorn, madre ha debido repetirlo unas cien veces durante el desayuno —observó Loki con malicia, alargando una mano para apartar de la frente de Sigyn los rizos que se le habían escapado del recogido—. Al menos podrías haberte molestado en peinarte un poco, ¿no te parece?
Sigyn sintió un extraño vacío en la boca del estómago y se revolvió para apartarse de los dedos de Loki, diciéndose a sí misma que sólo era porque odiaba que le tocaran el pelo. Bajó la vista para mirarse el vestido -el mismo vestido modesto y austero al estilo de Vanaheim de la mañana y de la tarde, en efecto: lino púrpura sin escote ni adornos, con manchas desvaídas de tiza aún visibles en el regazo- y por hacerlo se perdió la fugaz expresión dolida que cruzó como un cometa los ojos de Loki mientras sus dedos sujetaban el vacío.
—Bueno, puede que sí me vista como siguiera en Vanaheim —repuso, a la defensiva—; algunos no tenemos la necesidad compulsiva de cambiarnos de ropa cincuenta veces al día, ¿sabes?.
—¿Insinúas que yo sí?
—Insinúo que te has vuelto un presumido. Thor y tú sois un par de divas, no sé quien de los dos es peor. El día menos pensado superaréis incluso a Fandral.
—Vestirse de forma apropiada a las circunstancias es parte de las obligaciones de un príncipe —afirmó Loki, visiblemente molesto— Es una muestra de respeto por...
—No sé qué tiene que ver el respeto con todos esos... —Sigyn hizo un gesto con las manos en dirección a la ornamentada túnica de cuero y terciopelo que llevaba el joven, poniendo cara de grima— Dorados y cosas. Llevas más metal encima que el que produce Vanaheim en un año.
Sigyn no pudo evitar sonreír con alivio ante el gesto de enfado de Loki. Podía parecer un hombre y resultar inquietante por ello, pero seguía poniendo cara de niño malcriado cuando se enojaba y eso era algo que, sin saber por qué, le daba una enorme tranquilidad.
—Y además este pelo... ¿Quién te ha dicho que te queda bien así? —añadió con sorna, poniéndose de puntillas para alcanzar a despeinárselo.
—¿Que te crees que...? —Loki trató de impedírselo. Pero Sigyn, la torpe Sigyn, era increíblemente rápida cuando se trataba de fastidiar a su mejor amigo. Para cuando él consiguió sujetarle las manos ya tenía todo el cabello alborotado, cayéndole a los lados de la cara. La expresión enfurruñada de Loki hizo reír a Sigyn carcajadas y con ello el chico se enojó todavía más— Me lo ha dicho el mismo que te dice a ti que no te rapes ese brezal que tienes encima de la cabeza y que no te aconseja que te cosas la boca.
—Vaya: Loki se ha cabreado, Loki se ha cabreado... —canturreó Sigyn burlona, entre esfuerzos por liberar sus muñecas de la fuerte presa de las manos de él.
—Y que semejante niñata descerebrada esté casi a mi nivel en las clases de la vieja momia... —gruñó Loki.
—¿Casi? Recuérdame quién ha sido de los dos el primero en deducir el algoritmo de apertura del Bifrost, que tengo mala memoria. ¿He sido yo? ¿Eh? ¿Eh? Recuérdamelo, anda...
—Lo que te voy a recordar es que puedo ponerte en órbita con un simple chasquido de mis dedos y que ahí sí que estás patéticamente a años luz de mi nivel.
—Loki se ha cabreado... —volvió a cantar Sigyn.
El joven príncipe sonrió de lado con increíble arrogancia y arqueó un poco su ceja derecha. No hizo el menor gesto ni pronunció palabra alguna, pero en cuestión de segundos todo el trenzado del pelo de Sigyn estuvo deshecho, las horquillas formando un pequeño montoncito en el suelo, sus espesos rizos horriblemente deformados, aplastados por las trenzas que los habían contenido durante horas, extendidos como una salvaje y nada favorecedora aura roja alrededor de su rostro y sus hombros.
—¡Serás...! —protestó Sigyn, liberándose al fin de él— ¿Cuantas veces te he dicho que no me despeines?
—¿Y cuántas veces te he dicho yo lo mismo?
—No lo compares, tú te puedes peinar con la mano en un segundo y yo necesitaría horas con el peine para para parecer una persona normal —se lamentó Sigyn, tratando inutilmente de sujetarse el pelo en la nuca con un par de horquillas rescatadas del suelo, para regocijo del chico—. ¿Qué hago yo ahora?
—Presumir de pelo bonito —sugirió Loki con sarcasmo— Los dignatarios de Nivorn van a quedarse obnubilados contigo.
—Haz el favor de dejarlo como estaba o...
—¿O qué?
Sigyn extendió con rapidez una mano frente a él pero Loki fue más rápido al desmaterializarse. Para cuando el torrente de magia fluyó de ella, Sigyn sólo tenía delante de sí el vacío y un desdichado jarrón lleno de flores secas que voló por los aires para ir a estrellarse contra la pared. Un poderoso olor a nieve recién caída la envolvió de pronto surgiendo de algún punto detrás de su nuca, anunciándole que tenía a Loki a su espalda. Y cerca. Terriblemente cerca.
—Hace falta un poco más de habilidad para pillarme, ya deberías saberlo.
Algo en la voz de Loki hizo que Sigyn sintiera las piernas flojas y cosas extrañas en la boca del estómago. Nunca la había oído así, tan oscura y honda, tan próxima. Parecía la voz de Loki y a la vez no lo parecía en absoluto. Sonaba tan cercana que no se limitaba a llegar a sus oídos sino que resonaba dentro de ella, en su cuerpo, vibrando. La sensación de desconcierto y de indefensión ante aquellas sensaciones fue tan poderosa que la magia obró por si sola en su auxilio, fuera de control. Sigyn sintió una oleada invisible y cálida manar de ella, haciendo que ante sus alucinados ojos los ramilletes secos desperdigados por el suelo volvieran a florecer, tan vivos y frescos como si acabaran de ser recolectados del jardín. Después, la ola se replegó de nuevo hacia Sigyn acumulándose en el centro de su pecho, donde estalló. La fuerza con la que su poder mental golpeó a Loki los cogió desprevenidos a los dos.
—¡Loki! —se alarmó Sigyn al volverse y ver a su amigo tirado en el suelo después de haber volado casi tres metros e impactado contra una de las columnas doradas del corredor.
—¿Cómo has hecho eso? —inquirió él, poniéndose en pie con rapidez y rechazando su ayuda, visiblemente admirado a su pesar—. Lo de las flores... El golpe... Nunca ha sido tan potente, ¿cómo demonios lo has hecho esta vez?
Sigyn respiró hondo varias veces, todavía asustada e incrédula .
—¿Y yo qué sé? —casi gimió.
Era cierto. No lo sabía. Cada vez que creía tener su magia controlada sucedía algo extraño, alguna emoción desconocida y mareante que parecía multiplicar el poder y lo ponía fuera de control. Por alguna razón aquellas sensaciones extrañas las sentía siempre en presencia de Loki, teniéndolo cerca; y junto a ellas sentía también la ominosa sospecha de que no era del todo normal ni correcto sentirlas. Y eso era algo que no podía ni pensar en explicarle a Loki. Igual que lo de su olor. Igual que demasiadas cosas que tenían que ver con él, si lo pensaba bien.
—Hazlo otra vez —la retó Loki, retador y entusiasmado a partes iguales.
—No.
—Vamos, inténtalo.
—¡No, Loki! —objetó Sigyn, horrorizada ante la idea de dejarse llevar de nuevo por aquella perturbadora corriente de emociones y poder—. Vamos a acabar causando algún desastre. Y llegaremos tarde. ¡Y haz el bendito favor de dejar mi pelo como estaba!
—¿Como estaba? ¿Estás segura? ¿No prefieres que te lo deje decente? —se burló Loki, sin ocultar su decepción porque ella, una vez más, tuviera demasiados reparos y no fuera capaz de pensar como un mago, como él.
—El próximo golpe no te lo daré con magia sino con la mano abierta, Loki, tú verás.
—Pusilánime... —Loki cruzó los dedos índice y corazón de su mano derecha y los apuntó hacia la cabeza de Sigyn. Con un suave giro de su muñeca, los asilvestrados y largos rizos empezaron a trenzarse y retorcerse solos, formando un pulcro nudo de perfectas espigas rojas en su nuca. Sigyn notó un escalofrío recorriendo su cuerpo desde el cuero cabelludo hasta las puntas de los pies. La magia de Loki le hacía cosquillas, pero no eran unas cosquillas de las de retorcerse a carcajadas. Era una sensación hormigueante y dulce, cálida, maravillosa, tanto que cuando el hechizo cesó Sigyn tuvo que reconocer con vergüenza su decepción porque él no se hubiera recreado un poco más—. Perfecto —declaró él con una sonrisa vanidosa, satisfecho de su habilidad—. Mucho mejor que antes. ¿Quieres que haga algo más por ti? —le ofreció con presunta cortesía mientras retomaban el camino hacia el comedor—. ¿Cambiarte la cara, por ejemplo?
Sigyn adoptó esa expresión que Loki debería haber aprendido a temer hacía tiempo. Sin pensárselo medio segundo le dio un empujón que casi le hizo colisionar contra una armadura ornamental. Riendo, Loki recuperó el equilibrio y le devolvió el golpe a Sigyn, obligándola a apoyarse en una columna para no irse al suelo. Sigyn contraatacó con entusiasmo. Aquellas niñerías a las que todavía se entregaban de vez en cuando la hacían sentirse bien después de esos momentos extraños en los que no era capaz de describir lo que sentía por culpa de Loki. Pegarle, meterse con él, reírse juntos: ese era un terreno conocido que no le asustaba pisar. Siguieron adelante empujándose el uno al otro entre amenazas y risas hasta que a las puertas de la Sala de los Banquetes casi atropellaron a la reina, que los observaba con gesto serio, cruzada de brazos. Sigyn, aturdida por la sorpresa y el azoramiento de verla allí, no se dio cuenta de que Loki la estaba sujetando por la cintura en medio de su tira y afloja; y él tampoco pareció advertirlo, limitándose a enderezarse sin soltarla para enfrentar con aplomo la desaprobación de su madre.
—¿Os parece que ésta es manera de comportaros? —preguntó Frigga con tono severo. Pero Sigyn creyó notar algo más allá de la simple censura en sus ojos. Frigga los miraba como si pudiera ver a través de ellos, más allá de ellos. La posibilidad de que fuera realmente así -Frigga era vidente, no había que olvidarlo- le puso a Sigyn la carne de gallina.
—Es obvio que sí, madre —replicó Loki con frescura.
—Ya no tienes edad para ir haciendo el gamberro por palacio, Loki. Y deberías pulir un poco esas maneras a la hora de tratar con una dama, ¿no crees? —insistió la reina.
Loki siguió la mirada de su madre hasta la cintura de Sigyn. Al llegar allí, al ser consciente de su propia mano reposando inocente sobre el vestido púrpura, reaccionó como si de pronto se estuviera quemando y se apartó con brusquedad, azorado como pocas veces le había visto Sigyn en todos sus años de amistad. Se recompuso enseguida, maestro como era en el arte de domesticar sus emociones, pero Sigyn lo conocía demasiado bien como para no reconocer la turbación en sus ojos. Y no pudo entender por qué. No era como si fuera la primera vez que se tocaban ni...
—Oh, pero Sigyn no es una dama, madre.
Distraída una vez más de sus dudas gracias a una puya de Loki, la chica taladró a su amigo con la mirada y le dio el codazo en las costillas que él parecía estar pidiendo a gritos, ignorando el suspiro de resignación de Frigga.
—Idiota.
—Vaya lenguaje para una señorita.
—Callaos los dos y entrad de una vez. Tu padre estaba a punto de mandar a su Guardia a traerte por los pelos, hijo. Y haced el favor de...
Loki la interrumpió con el más viejo de sus trucos: un afectuoso y desarmante beso en la mejilla que luego subrayó con la más inocente de sus sonrisas.
—Sí, madre. Comportarnos —dijo, pícaro, ofreciéndole su brazo a Sigyn con afectación y arrancando una involuntaria sonrisa a la reina—. Vamos, Sigyn; como si fueras una dama, ya sabes...
Sigyn le pegó otro codazo, por supuesto, pero le acabó siguiendo el juego. Tenía que reconocer que una parte de sí se estaba derritiendo un poco con aquel despliegue de encanto. Le admiraba lo embaucador que era Loki, la astucia con la que sabía darle la vuelta a prácticamente cualquier situación, el carisma que era capaz de desplegar cuando quería y al que nadie parecía inmune del todo. Entraron en el comedor solemnemente cogidos del brazo y a duras penas aguantaron la risa al saludar a Odín con una pequeña reverencia antes de ir a reunirse con Thor y los demás, que los llamaban entre voces y risas desde la otra punta de la larguísima mesa.
—¡Esas copas en alto, llega Loki el Grande! —saludó ruidosamente Volstagg, levantando su cáliz lleno de vino en un brindis al que Fandral, Hogun y Thor se unieron con entusiasmo.
—Oh, no, maldita sea... —murmuró Loki, tan bajo que Sigyn casi estuvo segura de habérselo imaginado.
—¡Por mi no tan pequeño hermanito! —propuso Thor.
—¡Por tu no tan pequeño hermanito! —corearon todos excepto Sif, que por alguna razón parecía muy ocupada examinando el fondo de su copa y muriéndose del bochorno.
Sigyn los miró uno a uno, perpleja, mientras se sentaba al lado de Loki. Y al volverse hacia Loki en busca de una explicación lo encontró, para su sorpresa, tan abochornado o más que la propia Sif.
—¿Queréis dejarlo ya? —le oyó mascullar contra el borde de la copa que acababa de llevarse a los labios.
—Buena idea —masculló Sif a su vez— Si tengo que volver a oír hablar de eso creo que voy a...
—¡Por el glorioso estandarte de los Odinson! —insistió Thor, llorando de risa.
—¡Por el glorioso estandarte de los Odinson! —volvieron a corear los otros. Con ello atrajeron la atención de otros comensales más alejados e incluso de la presidencia de la mesa que ocupaban los Reyes y sus invitados de honor, haciendo que Loki se pusiera rojo como la grana.
Aquel detalle disparó el asombro y la curiosidad de Sigyn hasta el infinito. No podía recordar cuándo había visto a su amigo ruborizarse por última vez. Bueno, en realidad sí podía recordarlo -había un peculiar libro antiguo por medio, lleno de grabados de gente desnuda practicando sexo- pero no era algo que le gustara recordar; por alguna razón se ponía muy nerviosa al hacerlo.
—¿De qué van estos cafres, Loki? —susurró Sigyn, inclinándose un poco hacia el oído de su amigo para que él pudiera escucharla en medio del jolgorio.
—De nada que te importe —replicó el chico secamente.
Sigyn se puso rígida. Loki se había vuelto a apartar de ella como si quemara, igual que antes delante de su madre, visiblemente incómodo. Lo miró con fijeza en vano, ya que sus ojos verdes parecían empeñados en mirar a cualquier parte menos a los suyos.
—Tampoco te pongas en plan perdonavidas que no hay necesidad, ¿vale? —le reprochó irritada.
Thor, que estaba sentado al otro lado de Loki, rodeó los hombros de su hermano en un vigoroso abrazo y se asomó por delante de él para mirar a Sigyn con aire guasón.
—Cuidado, Cara de Pan: ¡no despiertes las iras de la Gran Serpiente de Asgard! —bramó con el tono teatral de un bardo para acto seguido volver a romper en carcajadas y zarandear afectuosamente a Loki— .¡Alegra esa cara, hermano, es el orgullo el que me hace hablar así!
—Pues ya podrías decirle al orgullo que cerrara el pico, imbécil —replicó Loki entre dientes.
Pero Thor, que no era de los que cogían las indirectas sutiles ni tampoco las directas a la yugular, siguió a lo suyo, después de apurar el contenido de su copa y posar ésta con estrépito en la mesa.
—Deberías haber visto al pequeñín antes, en la arena de los patios de adiestramiento —le dijo a Sigyn henchido de genuino orgullo fraternal, para luego recuperar el tono burlón y añadir— Y yo sin entender de dónde venía toda esa hombría repentina hasta que...
—¡Bien, Thor, suficiente! —le cortó abruptamente Loki, escapándose de su abrazo con una insoportable vergüenza reflejada en el rostro— Lo desarmé hoy en un combate a espada y todavía está conmocionado por la novedad —le explicó a Sigyn con desgana, sin mirarla—. No le hagas ni caso.
La muchacha sintió desorbitarse sus ojos. ¿Loki había conseguido desarmar a Thor -el poderoso Thor, el invencible Thor, su adorado y odiado hermano mayor al que se pasaba la vida tratando de superar- y en lugar de alardear de ello durante horas y horas hasta resultar insoportable quería que Thor se callara? ¿Qué demonios estaba pasando allí?
—...Hasta que fuimos a las duchas —prosiguió Thor, ignorando por completo el bochorno de su hermano—. No sé cuanto tiempo hacía que no nos duchábamos juntos tras un adiestramiento; creo que a Loki ni siquiera le había empezado a cambiar la voz entonces, para que os hagáis una idea, así que os podéis imaginar mi sorpresa cuando...
—¡THOR! —bramó Loki, su cara tan roja ya que parecía al borde de la combustión espontánea.
Sigyn seguía sin ser capaz de parpadear, mirando a uno y otro hermano sin terminar de comprender pero con una terrible sospecha cobrando forma en su mente. Los ojos de Thor chispeaban con la clase de diversión que el mayor de los Odinson sólo encontraba en el humor más escatológico. Los de Loki no eran capaces de mirarla. Se estaba hablando de duchas. Se había hablado de hombría. Se habían hecho un par de metáforas escasamente sutiles que...
No. Por todos los dioses de sus padres, NO.
No podía ser que en medio de una cena formal con dignatarios extranjeros Thor estuviera bromeando con eso.
No podía estar sentada a escasos centímetros de Loki mientras hablaban de... De su...
—¿Pero a qué tanto pudor, hermanito? ¡Mas vino! —reclamó a la joven y bonita sirvienta que atendía aquel lado de la mesa y que se apresuró encantada a cumplir los deseos del príncipe—. ¡Por el espadón mayor de Asgard!
—¡Por el espadón mayor de Asgard! —corearon los otros tres, copas en alto.
En medio del regocijo de los chicos Sigyn buscó la mirada de Sif, que parecía no saber ya dónde meterse o estar a punto de vomitar o ambas cosas al mismo tiempo.
—No están hablando de espadas, ¿verdad? —aventuró con horror.
Por toda respuesta Sif volvió a parapetarse detrás de su copa. Y Sigyn quiso que se la tragara la tierra, en espléndida sintonía con lo que sugería el lenguaje corporal de Loki. De pronto era ella la que no podía mirarle a él a la cara. De pronto las sensaciones que se habían despertado en su cuerpo un rato antes volvían a arremolinarse dentro de su estómago, furiosas y confusas, indecisas entre el bochorno, el horror y aquello otro que no sabía cómo llamar pero que estaba cada vez más presente cuando Loki la rondaba a ella o a sus pensamientos. Thor y los demás estaban realmente hablando de eso, bromeando con ello en sus malditas narices como si ella no llevara meses... No, años intentando fingir que no reparaba en su existencia. Es decir, daba por hecho que Loki no tenía ninguna tara genética y que por lo tanto estaría dotado de las mismas cosas que el resto de los hombres y todo eso. Pero es que Loki no era un hombre: era Loki. Su dotación era algo en lo que, simplemente, se había negado a pensar. Por lo que a ella respectaba no existía. Y sin embargo allí estaban Thor y los otros tarugos hablando alegremente de ello, de su tamaño, delante de sus narices y de las del propio Loki, que parecía a punto de caer fulminado por una apoplejía...
—¡Bien por ese espadón! —voceó Volstagg tras vaciar su copa. Luego dio un codazo a Fandral e intercambió con él una mirada cómplice que hizo a Sigyn prepararse para lo peor—. Ahora sólo queda ocuparnos de que el chico lo desenfunde, ¿eh?
Aquello fue demasiado. Sigyn sintió que la sangre la abandonaba. Junto a ella Loki, derrotado, se limitó a esconder el rostro tras una de sus manos suspirando con resignación.
—No vamos a permitir que la mayor arma de los Odinson se quede sin estrenar mucho más tiempo —le secundó Fandral ante las sonoras carcajadas de Thor—. ¡No señor! ¡Con un poco de suerte puede que ni tengamos que pagar!
La sangre volvió de golpe a la piel de Sigyn, acumulándose toda en el rostro. Sentía tanto pudor y tanta vergüenza ajena y, sobre todo, tanta indignación por lo que le estaban haciendo a Loki que quería levantarse de la silla, insultarlos a todos y repartir unas cuantas bofetadas más que merecidas. Conteniéndose a duras penas se volvió hacia Loki y lo llamó con suavidad. La cara de él era un poema cuando emergió de detrás de su mano para dirigirle a Sigyn una mirada que parecía implorar su perdón. Su perdón. En medio de aquella pública y soez diversión a su costa lo único que parecía preocuparle a Loki era que ella estuviera delante, que tuviese que ser testigo. Y Sigyn, por encima de lo tremendamente embarazoso de la situación, sintió una arrebatadora oleada de cariño inundando sus entrañas. Preocupado por ella a pesar de todo, tanto como ella lo estaba por él... Al diablo con Thor y con Sif y con los Tres Guerreros y con su cortedad de miras y sus estúpidas bromas, se dijo. Creían que la amistad que había entre ella y Loki sólo se basaba en que ambos eran listos y apreciaban las mismas cosas raras pero no podían estar más equivocados. Era el hecho de ser lo primero el uno para el otro lo que hacía de su vínculo algo que ellos no podían entender ni mucho menos rozar, algo demasiado fuerte como para que la evidencia de que se definitivamente se estaban haciendo mayores pudiera romperlo. Con dotación o sin ella, Loki era Loki. Sigyn sabía que daría lo que fuera porque eso no cambiara.
—Tranquilo —le dijo, sonriente, deseosa de borrarle aquel ceño fruncido—. No voy a desmayarme porque estos animales estén hablando de tu... chisme.
Desorbitados de estupor ante semejante declaración, los ojos de Loki parecieron el doble de grandes. Sigyn no pudo por menos que echarse a reír. Buscó la mano de su amigo sobre la mesa y le dio un suave apretón. Le sintió envararse ante el contacto y por un doloroso instante, tensa también, temió haber hecho algo que no debía. Sin embargo ésta vez él no se apartó.
—¿Puedo pedirte una cosa, Loki? Sólo una. Ya sé que tenéis la misma sangre y que por lo tanto es probable que estéis tarados en la misma medida, pero prométeme que no vas a cambiar y a volverte un imbécil como el tarugo de tu hermano...
Por un momento la mirada de Loki se volvió tan intensa que a Sigyn se le olvidó respirar. Había tantas cosas en aquellos ojos verdes que era imposible distinguirlas unas de otras para ponerles nombre. Pero la sorpresa estaba sin duda por encima de todas. Y Sigyn, de pronto, entendió por qué.
Ella misma fue la primera sorprendida ante lo que sus palabras acababan de decir entre lineas.
No podía decir por qué, ni cómo había sucedido, ni en qué momento su viejo amor platónico había empezado a quedársele pequeño. Pero vapuleada por la repentina certeza de que Thor había dejado de ser su ídolo Sigyn tuvo que combatir el impulso de agarrarse con fuerza a la mano de Loki, muerta de vértigo al ver que su sólido y pequeño mundo empezaba a tambalearse.
NOTA:
Espero que hayáis disfrutado el capítulo. Sé que la trama no avanza mucho y lo cierto es que tampoco lo pretende. Este fic nació en y para una página de fans muy locas de Loki y Tom Hiddleston, y con ese espíritu se desarrolló. Mucho de lo que sale en los capítulos no es sino una referencia/homenaje a las fiestas que nos montamos allí comentando las fotos. Espero que no resulte ser una de esas bromas privadas que no se pueden entender fuera de contexto.
Y ya sabéis, a comentar, que me hace mucha ilu y contesto a todo el mundo. Annette, por cierto, gracias por el comment y a seguir disfrutando ;)
