Nota de la autora:

Para compensar el retraso que sufrió el capítulo anterior y previendo que la semana se me complica y voy a tardar mucho si no en actualizar, os dejo por sorpresa esta nueva entrega de la historia.

Han pasado sólo algunos meses desde el último capítulo y las cosas van a ponerse... digamos que intensas. ¿Os había avisado de mi patológica tendencia al dramatismo? Riesgo de pérdidas agudas de monosidad y de subidas letales de sentimentalismo facilón: leer con precaución XD.

Por razones que convienen a la trama, he decidido que si se puede ir vía Bifrost a Jotunheim, entonces el puentecito de marras bien tendrá paradas en otros reinos. Por razones de que lo digo yo y punto, los aesir llegan a la mayoría de edad a los dieciocho años y el cumpleaños de Loki es en invierno, el mismo día que Tom Hiddleston sin ir más lejos, porque los Acuario MOLAMOS.
Una cosa más: las opiniones que se vierten en este capítulo acerca del casco de Loki pertenecen a Sigyn y no a su sufrida autora, a mí no me reclaméis XD

Y una vez más, recordar que no soy guionista ni director ni asalariado de ninguna clase de Marvel y en consecuencia no poseo (lástima) a Loki, así que no saco más beneficio de publicar este relato que el de agradar a quien quiera leérselo


CAPÍTULO IV:

EL LARGO VIAJE.

—¡¿Pero qué demonios llevas en la cabeza?!

La risueña exclamación de Sigyn sobresaltó a Loki, que oteaba desde uno de los ventanales que circundaban el Salón del Trono los preparativos para la inminente ceremonia. Aun sin mirar a su amiga le resultó evidente que ella se estaba aguantando las carcajadas. Loki resopló, frustrado. Estaba preparado para algo así, no podía ser de otra forma con Sigyn, pero no podía evitar que le fastidiara. Le gustaba aquel casco. Le gustaba su forma y su simbolismo y el aspecto solemne y un poco amenazante que le daba. Le irritaba que Sigyn, tal y como él había temido, simplemente lo encontrara gracioso; que no fuera capaz de ver más allá del detalle de los cuernos. Le irritaba que lo siguiera encontrando gracioso a él, en general, preso como estaba de aquella desconcertante necesidad de que Sigyn le tomara en serio. En los últimos meses el ánimo de Loki parecía tan inconstante como los vientos de Muspelheim. Las mismas bromas de Sigyn que un día le agradaban por su camaradería al día iguiente podían escocer más de la cuenta, dejarle un fuerte sabor amargo en la boca y miles de dudas hormigueando en el pecho. Era un sentir tan desquiciante que a veces -sólo a veces, eso sí, y nunca por demasiado tiempo- Loki deseaba perder de vista a Sigyn una buena temporada, sólo por ver si así paraba.

—¿Que qué llevo en la cabeza? Algo menos ridículo que tu pelo; eso te lo puedo asegurar sin necesidad de...

Loki nunca terminó aquella frase, porque al volverse hacia su amiga, al verla, le falló la voz.

Él esperaba encontrarse frente a Sigyn, la Sigyn de siempre, con sus pecas, con su trenzado mal hecho, con su habitual indumentaria al austero estilo de Vanaheim llena de polvo de tiza, seguro como estaba de que ni siquiera para una ocasión como la de aquella noche le entraría en la cabeza a la muy torpe la necesidad de vestir de forma apropiada. No esperaba otra cosa. No podía esperar otra cosa tratándose de Sigyn. Por eso la imagen que hallaron sus ojos lo cogió con la guardia baja. Loki no estaba preparado para algo así, para aquel mar de rizos sueltos apenas contenidos en la coronilla por dos pequeños broches en forma de estrella, más bellos en su libertad salvaje de lo que nunca le habían parecido domados. Ni tampoco para seda y brocados envolviendo unas formas que, vale, quizá alguna vez hubiera imaginado pero desde luego nunca hasta entonces había visto con tanta claridad. Ni mucho menos para aquel escote, cuya modestia no lo hacía menos sugerente ni evitaba que el pulso de Loki se estuviera acelerando hasta marearlo.

—Muchas gracias, hombre —replicó ella a su amago de puya, irónica—, pero no hace falta que proclames constantemente lo mucho que te gustan mis rizos. Alguien va a acabar pensando lo que no es.

El joven, momentáneamente privado del don de la palabra, se obligó a mantener sus ojos por encima de la barbilla de su amiga, temeroso de fijarse demasiado en cosas que prefería, no, que debía seguir ignorando. En los últimos tiempos había estado muy ocupado con sus estudios y su experimentación en los caminos de la magia y sus aventuras al lado de Thor; lo bastante entretenido como para no reparar en la contundencia con la que Sigyn, al fin, se estaba sacudiendo de encima los últimos retazos de la niñez. Y Sigyn le había ayudado mucho a seguir en la inopia, la verdad, gracias a su torpeza y a su peculiar manera de interpretar el acicalarse y a su generoso detalle de no haberse vuelto una coqueta como el resto de las chicas de la corte. En un tiempo en el que todo lo demás cambiaba Sigyn se las había apañado para no dejar de ser la niña pelirroja que un día llegara de Vanaheim, con la única -y muy agradable- diferencia de que ya no suspiraba por Thor ni le ponía ojos de cordero degollado a las primeras de cambio. Y para Loki eso había sido una fuente inagotable de tranquilidad, frente a la cosquilleante desazón que lo invadía cada vez más cuando ella estaba cerca.

Aquello que tenía delante, en cambio, no era Sigyn. Tenía su pelo rojo y sus ojos azules y un mar de pecas extendido sobre su rostro y sus brazos, de acuerdo; pero lo que comenzaba en la linea del escote y se extendía hasta sus pies suavemente abrazado por el índigo profundo del vestido NO ERA SIGYN. Y si lo era, en aquel momento Loki mataría por no haberse dado cuenta. Años, AÑOS de mirar hacia otro lado en lo que a la condición femenina de Sigyn respectaba y de pronto todo el esfuerzo se iba a la mierda por un poco de seda y de... Curvas y de...

—Dime que lo de los cuernos no se te ha ocurrido a ti.

—Es el emblema que he escogido y me gusta —se defendió Loki, en apariencia irritado con Sigyn pero en realidad terriblemente furioso consigo mismo.

—Tiene cuernos —insistió Sigyn sin disimular lo divertido que encontraba aquel argumento— Ya sabes lo que decimos en Vanaheim de los hombres que llevan cuernos en...

—¿Y qué decís en Vanaheim de las cotorras que no saben callarse?

—Oh, vaya. Te has cabreado.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—NO.

—Loki se ha cabreado, Loki se ha cabreado...

¿Qué demonios le estaba pasando? ¿Qué era aquella rabia, aquellas ganas de gritarle a Sigyn que por una vez y para variar le viera como un hombre adulto y le admirara un poco? Hasta entonces Loki siempre se había tomado las provocaciones de Sigyn como lo que eran, tontos desafíos pueriles que despachar con indiferencia cuando no aceptar con entusiasmo. Pero ahora, viniendo de aquella aparición adorable, toda palidez y formas suaves, que se estaría comiendo con los ojos de no ser porque su cerebro le recordaba insistentemente que se trataba de Sigyn...

No era lo mismo. Nada era lo mismo, maldita sea.

—Quita ese ceño, hombre. Sólo bromeaba. Si estás muy guapo así, con... —Sigyn lo miró de arriba abajo de una forma absolutamente inofensiva que sin embargo hizo que toda la piel de Loki se estremeciera. ¿De veras acababa de decir que estaba guapo? Sigyn nunca le había dicho que lo considerase guapo. Ninguna mujer se lo había dicho en realidad, con la notable excepción de su propia madre. Y ahora Sigyn... Claro que no era como si Sigyn fuese una mujer, por mucho que de pronto lo pareciera con su vestido y sus curvas y sus labios bonitos y todo lo demás, se obligó a recordarse—. Con el casco y con la capa y con todas esas... Cosas metálicas. Muy impresionante todo, mucho. Me encantan las botas, por cierto. Ojalá me hubieran dejado a mí ponerme algo tan cómodo y no esta puñetera mierda...

A Loki le sorprendió aquella manera de expresarse, ya que Sigyn no era muy dada a jurar. Claro que tampoco era muy dada a subirse el borde de la falda para mostrarle unas altas sandalias de tacón y de paso los frágiles y desnudos tobillos que normalmente llevaba ocultos bajo unas inofensivas botas y sin embargo eso era justo lo que la muy condenada estaba haciendo en aquel momento. Tal vez fuera por efecto de las pesadas ropas de gala que llevaba encima, pero Loki sentía que el calor empezaba a ser insoportable en aquel pasillo.

—Tu madre se empeñó —explicó Sigyn con resentimiento, asesinando las sandalias con la mirada—. Todo esto es idea suya en realidad. Incluso lo de no recogerme el pelo. Dijo que por una vez debería arreglármelo al estilo de Asgard, llevarlo suelto... ¿Por qué la habré dejado hacer? Es absolutamente horrible, Loki, me siento como un brezal andante caminando sobre zancos y lo peor es que ya no voy a poder quitarme estas porquerías hasta que termine el banquete...

Su madre se había empeñado, pensó Loki con exasperación, acariciando la idea del matricidio. Su propia madre, confabulándose con la extraña belleza de Sigyn en contra de él. Muy bonito. La madre de uno no debería hacer cosas como aquélla. No debería tomarse la libertad de destrozar la tranquilizadora condición asexuada de la mejor amiga de su hijo y resquebrajar así las seguridades que lo habían mantenido tranquilo durante años.

—¿Y por qué le has hecho caso? —quiso burlarse Loki, aunque su pregunta sonó a amarga recriminación— Que yo sepa, mi madre lleva los últimos seis años empeñada en que parezcas una princesita y tú nunca...

—Bueno, ya sabes —le cortó Sigyn, encogiéndose de hombros y mirándose las uñas con aire tímido—. La jubilación del Maestre Finbar, el fin oficial de nuestros estudios... Tu mayoría de edad...

Loki contuvo la respiración sin saber muy bien por qué. Donde antes estaba su estómago ahora sólo parecía haber un agujero negro.

—Supongo que me pareció que la ocasión merecía un pequeño sacrificio por mi parte. —La voz de Sigyn era poco más que un murmullo ahora—. Ya sabes, tú le das tanta importancia a eso de parecer un príncipe además de serlo... Y sólo vas a cumplir dieciocho años una vez, por lo menos en esta vida. Supongo...

Los ojos de Sigyn se clavaron sin previo aviso los de Loki. El joven notó que le ardía el pecho. Los ojos de Sigyn siempre habían sido azules, enormes, curiosos, brillantes y claros como un cielo de verano. Pero Loki nunca había reparado en lo hermoso de su forma ligeramente rasgada, ni en lo espesas que eran sus pestañas cobrizas, ni en el hecho sobrecogedor de que cuando estaban cerca podía verse en sus pupilas como en un espejo. Y lo que ella acababa de decir, la confesión de que todo aquel traicionero despliegue de feminidad solemne en el fondo era por él, en su honor...

—Supongo que aunque sólo sea por esta vez he querido estar a la altura —concluyó Sigyn, sin poder eliminar del todo la nota de anhelo que quería teñir su aire bromista.

El pulso ya acelerado de Loki se desbocó por completo al escuchar aquello. Y quiso decirle a Sigyn tantas cosas en aquel momento, tan diferentes y tan contradictorias las unas de las otras, que las palabras se le enredaron en la lengua. A él, al pico de oro de los Odinson, al mejor domador de frases de los Nueve Reinos.

Quiso decirle a Sigyn que no fuera idiota; que ya estaba más que a la altura desde hacía años y que a nadie tenía en un pedestal tan alto como el que ella ocupaba.

Quiso decirle que era una sucia traidora por estar rompiendo con su estúpido vestido de seda y su apabullante madurez la vitrina imaginaria en la que tan cuidadosamente la había tenido guardada.

Quiso decirle que la encontraba tan asquerosamente bonita que casi tenía ganas de abofetearla por haberse atrevido a ir embelleciendo sin avisarle.

Quiso decirle que se marchara de inmediato a su habitación y que volviera con un vestido de lana oscura manchado de tiza y con el pelo mal recogido y con seis años menos, de regreso al cuerpo de la niña que se había convertido en su compañera de estudios y todavía no le hacía sentir aquella tortura de emociones cálidas y hormigueantes.

Quiso decirle a Sigyn un montón de tonterías que lo habrían dejado desnudo delante de ella, que lo habrían obligado a enfrentarse con la evidencia de lo que llevaba meses negándose. Para Loki aquella posibilidad era demasiado abismal como para poder enfrentarse a ella de golpe y desarmado.

—No te preocupes. La verdad es que desde que tienes pómulos en lugar de mofletes el estar presentable parece resultarte mucho mas fácil —observó. Y sintió que el sarcasmo era una trinchera perfecta en la que parapetarse, pero también que una parte de sí, a la vista de la muy mal disimulada decepción en los ojos de Sigyn, quería abofetearse por haber pronunciado aquellas palabras.

—Eres un imbécil, Loki. Lo sabes, ¿verdad?

—Yo también te quiero.

—Alguien debería advertirle a tu padre que aún está a tiempo de revocar tu mayoría de edad.

—Mi padre...

—Sigyn.

La poderosa voz de Odín sacó a ambos jóvenes de aquel extraño limbo en que seguían suspendidos pese a haber emprendido la tranquilizadora rutina de meterse el uno con el otro. Impresionante en su armadura ceremonial y portando a Gungnir, el rey de Asgard se acercaba a su hijo y a su pupila por el corredor y los contemplaba con gesto inquisitivo, inusitadamente serio.

—Mi señor —saludó Sigyn, haciendo un intento de reverencia que la hizo tambalearse sobre sus tacones.

Y ante aquello Loki se dijo con alivio, esbozando una sonrisa, que no todo estaba perdido. Ella podía haber cambiado, podía ser una mujer sin posibilidad de vuelta atrás, podía parecer una diosa envuelta en seda añil, pero seguía siendo entrañablemente torpe. Su Sigyn aún estaba ahí, en alguna parte dentro de aquella desconcertante belleza pelirroja que parecía habérsela tragado.

—Siento interrumpiros pero necesito que vengas un momento conmigo, querida —dijo Odín clavando en Sigyn una mirada que la hizo encogerse, antes de ofrecerle su brazo—. Hay un asunto urgente del que tengo que hablarte.

Y en una décima de segundo la sensación de alivio se vio anegada por un aluvión de inquietud dentro del corazón de Loki. Su gesto alarmado fue un reflejo perfecto del de Sigyn. Los engranajes de su mente empezaron a girar deprisa tratando de recordar la última vez en que el rey de Asgard había mostrado algo de interés hacia la persona de su pupila y rehén. Y lo recordó. Y al recordarlo palideció: unos cuantos meses atrás, Thor enfurecido y humillado tras un sermón de su padre, Sigyn como clave en los intereses estratégicos de Asgard, la necesidad de preservarla intacta para la alianza matrimonial más ventajosa...

—Tú no, Loki —le detuvo Odín cuando él, sin pensárselo siquiera, se disponía a seguirles—. Es una cuestión familiar que no le incumbe a nadie excepto a Sigyn. Además, hijo, tu ceremonia de mayoría de edad comenzará en unos minutos y deberías estar ya en el Salón del Trono esperándome. Ve yendo hacia allí. No tardaré.

Loki no se movió ni un milímetro, congelado, debatiéndose entre la respuesta natural de obedecer a su padre y el impulso irracional de rebelarse, de impedir que le dijera a Sigyn lo que pensaba que le iba a decir, de tratar de detener lo que temía que iba a ocurrir, de hacer lo que fuera para que...

—Es una orden, Loki.

Después de que desaparecieran de su vista y sin que pudiera importarle llegar con retraso a su propia ceremonia, durante largo rato, Loki permaneció sólo y a merced de sus temores en aquel pasillo, sintiendo el silencio y la marcha de Sigyn como una siniestra ave de mal agüero planeando sobre él.


La ceremonia transcurrió lenta y solemne. El Maestre Finbar fue despedido con honores al término de una larga carrera como preceptor culminada, según sus propias palabras, con los dos alumnos más brillantes que jamás hubiera soñado tener, uno de los cuales, para su disgusto, no había podido estar presente. Después, en medio de un respetuoso silencio que acabó estallando en aclamaciones, Loki recibió de su padre la espada forjada expresamente para él que simbolizaba el paso definitivo de la niñez a la edad adulta, el reconocimiento público de su condición de hombre y paladín de Asgard. Y sin embargo para Loki fue un suplicio. Su ansiado momento de gloria y protagonismo, que ahora se le antojaba un estúpido teatro, pareció durar siglos eternos aunque en realidad no llegara a una hora. Durante todo el tiempo el joven estuvo lanzando miradas furtivas a lo largo del Salón del Trono, esperando en vano ver el rostro de Sigyn entre la multitud. Odín había aparecido sin ella al comienzo de la ceremonia, ignorando o fingiendo ignorar la mirada con que su hijo menor le rogaba respuestas. Aquello redujo a cenizas lo que para Loki había sido una ocasión esperada con ilusión e impaciencia. La sensación de soledad era insoportable. Necesitaba a Sigyn allí, compartiendo su pequeño momento de gloria para que éste tuviera sentido. Necesitaba verla, preguntarle qué era eso tan importante de lo que el Rey quería hablarle a solas, saber que Odín aún no había decidido entregársela a un desconocido en el otro extremo de los Nueve Reinos. La incertidumbre, obstinada e incansable, era un sordo dolor pulsante en sus tripas que le daba ganas de gritar. Pero era Loki Odinson, el Dios del Engaño, y no lo llamaban Embaucador por nada. Nadie fingía mejor que él. Nadie hubiera podido encarnar con más credibilidad al perfecto y feliz homenajeado que parecía ser en la presidencia de la mesa del banquete, flanqueado por sus padres mientras sus ojos seguían buscando en vano entre la multitud.

—Ha tenido que partir hacia Vanaheim —oyó decir a su madre con suavidad, cerca de su oído, como para que nadie más que él pudiera oírla.

Loki no había osado pronunciar el nombre de Sigyn ni preguntar por ella en lo que llevaban de banquete, temeroso de delatar su humillante ansiedad. Pero Frigga podía leer en el corazón de su hijo menor como en un libro abierto. Él la miró como si no supiera de qué le estaba hablando, notando sin embargo el corazón a punto de explotar. ¿Vanaheim? ¿El fin de la guerra civil, quizá? ¿El fin, para Sigyn, de su condición de rehén y de su vida en Asgard?

—La noticia llegó hace pocas horas. Hubo una gran batalla en el Paso de las Tres Reinas. Más de seis mil bajas entre ambos bandos. Sigyn ha perdido la mitad de su familia hoy, Loki. Su hermano Ylvar ha caído en combate y su padre está agonizando por las heridas. Es su deseo ver a su única hija una última vez antes de morir. Udre Lyrsson es quien sostiene ahora la alianza con tu padre, y le ha rogado que permita a Sigyn cruzar el Bifrost hacia Vanaheim para llegar a tiempo —Frigga sonrió con genuino dolor al añadir—. Su madre me suplicaba en una nota personal que intercediera por ellos. Los vanir pueden ser duros y estoicos pero ella siente que necesita a su hija a su lado en estos momentos de dolor. No pude negarme. Y tu padre tampoco. No es el hombre sin corazón que a veces pareces creer que es...

Loki tragó saliva, su emoción dividida entre el alivio y el sentimiento de culpa. Culpa, sí, por alegrarse de que fuera la tragedia de su familia lo que apartaba a Sigyn de su lado, y no algo potencialmente feliz como un compromiso matrimonial. Culpa de saberse un monstruo egoísta y no poder sentir vergüenza de ello. Y luego, de nuevo, la inquietud, la maldita inquietud.

—Pero padre no puede haber hecho semejante tontería. Él mismo es quien dice que Sigyn tiene una importancia capital en los intereses de Asgard. ¿Y va y se la devuelve a quienes más deseosos están de recuperarla, a quienes le han exigido expresamente su retorno en varias ocasiones? ¿Y si Udre decide...? —aventuró con rabia—. ¿Y si se retracta de su alianza con nosotros y...?

—¿Y no le permite volver? ¿Eso es lo que te preocupa, Loki? —una expresión de resignada tristeza inundó los ojos de Frigga mientras acariciaba amorosamente la mejilla de su hijo menor—. Pobre niño mío, qué solo te sientes salvo cuando estás con ella...

Loki se zafó de la caricia y se puso en pie con más ímpetu del que había pretendido, casi tirando la silla con la brusquedad de su gesto. Ningún hombre disfrutaba de la sensación de ser tan transparente como un chiquillo para su madre, y menos en algo tan íntimo y desconcertante y abrumador como lo que a él le estaba comiendo por dentro en aquel momento. Ignoró con descortesía las voces alegres y ebrias que lo llamaban para que se uniera a ellas, repugnado ante el hecho de que aquella noche todos los que a diario lo ignoraban quisieran su compañía y en cambio la única persona que siempre lo había querido cerca estuviera lejos, insoportablemente lejos de él.

—¿Dónde vas, hermano? —lo llamó Thor a voces desde su asiento, con una copa en la mano y una joven cortesana riendo lasciva y estúpidamente, sentada en su regazo—. ¿Es que no quieres celebrar tu mayoría de edad junto a los amigos?

Por supuesto que quería, se dijo Loki con enojo, casi con odio hacia la estúpida y ciega felicidad de Thor, apretando los puños. Quería celebrar su mayoría de edad con su única verdadera amiga, la que le entendía y le apreciaba, la que le tenía invadido el pensamiento y las emociones de una forma que ni siquiera había empezado a vislumbrar hasta ahora, la que lo quería imperfecto y débil y distinto como era sin aspirar, como todos los demás, a que fuera el reflejo de Thor que no sería jamás.

—¡Aún no has contestado a mi oferta! —siguió voceando el mayor, pese a que Loki le había dado la espalda y continuaba su camino hacia las puertas del comedor—. ¿Te unirás a nuestro viaje, hermanito?

—¡Idos al cuerno, vosotros cinco y vuestro estúpido viaje! —les gritó Loki a su hermano y a sus amigos, con una ferocidad tan impropia de él que hasta Thor pareció impresionado, aunque probablemente el idiota pensara que sólo se debía a que el vino se le había subido demasiado deprisa a la cabeza. Todavía le oyó decir algo, mugir a sus espaldas alguna tontería sobre un regalo que esperaba que fuese de su agrado y que Loki ni siquiera se molestó en intentar comprender. Se marchó del comedor como un torbellino de furia recorriendo, sin verlos, los corredores que lo separaban de sus aposentos, tratando de no mirar hacia los rincones en que había compartido travesuras y confidencias con Sigyn, consciente de que si la estúpida generosidad de Odín para con Udre Lyrsson tenía el efecto que él temía ya nunca más volvería a ver a su amiga tropezar por las losas doradas de aquellos suelos.

Cuando entró en sus habitaciones sólo tenía ganas de gritar, de maldecir, de destrozar cosas, de llorar como el niño que ya no era. Lo último que quería era ver a nadie. Lo último que necesitaba era compañía. Y lo último que esperaba era encontrarla esperándolo sobre su cama, envuelta en la perfecta piel de alabastro de una mujer desnuda. Por un momento la sorpresa fue tan brutal que barrió todo lo demás, incluso la evidencia de que la mujer era, sin duda, la más hermosa en la que Loki hubiera posado sus ojos. Su manera de reclinarse sobre el lecho de Loki dejaba muy pocos de sus encantos a la imaginación del chico. Pelo rubio, ojos claros, rasgos que parecían obra del mejor escultor, blancura inmaculada con distintos grados de rosa en todos los lugares apropiados, pechos llenos, cintura esbelta, piernas infinitas. La quintaesencia de la feminidad según Asgard la entendía. El sueño húmedo de un muchacho virgen hecho suave y apetecible carne.

—No os esperaba tan pronto, príncipe Loki. ¿Quizá estabais ansioso por ver qué sorpresa os tenían reservada para vuestra noche de gloria?

El regalo de Thor, comprendió Loki de pronto, sintiendo un torrente de bilis subiendo desde su estómago hacia su boca. Su hermano le regalaba una puta para agasajarle en su mayoría de edad, tal vez creyendo que era necesario pagar para proporcionarle al pequeño de los Odinson lo que los hombres de verdad conseguían gratis, tal vez preocupado de que las mujeres no le gustaran lo bastante y deseoso de darle un pequeño empujón. Tal vez, simplemente, convencido de que aquello era un detalle grato y divertido para un chico pendiente de estrenarse. Jodido estúpido, pensó Loki, al borde de las lágrimas de rabia. Jodido animal de bellota incapaz de darse cuenta de nada.

—Me temo que no es el mejor momento —le dijo secamente a la mujer, tan molesto con Thor que apenas podía apreciar lo erótico de la situación—. Será mejor que te vayas.

—¿Estáis seguro, Alteza? —ella se puso en pie y ladeó suavemente la cadera como para ofrecerle una mejor vista de la mercancía, echándose la rubia melena hacia atrás y mostrándole sin pudor sus pechos grandes, duros, perfectos—. Vuestros amigos consideran que os merecéis un homenaje privado más allá de los honores públicos por vuestra mayoría de edad...

No son mis amigos. Ni siquiera saben quién soy. No tengo ningún amigo y nunca lo he tenido. Sólo...

—He dicho que te vayas —insistió rabioso sin permitirse completar aquel pensamiento. No quería pensar más en Sigyn. No delante de aquella mujer. No cuando Sigyn le había traicionado así, abandonándole al primer llamado de su gente. Quería barrer a Sigyn de su pensamiento. Quería que aquella mujer saliera de sus habitaciones y se llevara a otra parte sus magníficos encantos que deberían estar haciéndole salivar como una bestia en celo pero sólo conseguían retorcer un poco más el nudo de tristeza que le atenazaba las vísceras. Quería quedarse solo, beber, maldecir al Universo en general hasta caer rendido. Quería, antes que todo eso, matar a Thor—. Voy a irme a resolver un asunto. Cuando vuelva quiero que no estés. ¿Lo has entendido?

—Vaya, mi señor, ¿acaso no soy de vuestro agrado?

Loki, que le había dado la espalda para abrir la puerta y marcharse, se sobresaltó al sentirla de pronto tras él, increíblemente cerca, hablándole casi al oído.

—Tal vez preferís otro tipo de compañía —siguió la mujer, que se había puesto de puntillas para rozarle el cuello con los labios y apretaba provocativamente los pechos y el vientre contra su espalda—. Tal vez me encontráis demasiado mayor. Tal vez os gustan más las chicas de cabello oscuro como el vuestro. Tal vez habríais deseado un chico...

Dando a la puerta un puñetazo que hizo temblar el metal Loki se revolvió para encararse con la meretriz, su rostro contraído de ira.

—Tú no tienes ni idea de lo que yo habría deseado —siseó, sintiendo humedecerse sus ojos ante la súbita certeza de que él tampoco había tenido la más remota idea hasta hacía apenas unas horas, las ganas de llorar entreverándose con el lascivo perfume de la mujer en una espiral de sensaciones que lo marearon—. No tienes ni la más jodida remota idea.

La mujer no pareció contrariada por su enojo. Al contrario, la sensual sonrisa de sus labios pintados de carmín se hizo más luminosa, más provocadora. Una de sus manos viajó con descaro a la entrepierna de Loki para explorarla. El muchacho se sintió endurecer contra aquellos dedos expertos. Quiso evitarlo y no pudo. Quiso que le importara y no le importó.

—Sólo estáis tenso, entonces —susurró la prostituta, apretándose sinuosamente contra él mientras lo tocaba por encima del pantalón de cuero—. Dejadme que os relaje. Dejaos llevar, mi señor, y aquello que tanto os preocupa será un recuerdo lejano cuando hayamos terminado...

Loki exhaló un hondo suspiro que fue a la vez de deseo y de agonía. Se dejó conducir al lecho. Se dejó desnudar y manosear por las hábiles manos de la puta intentando dejar la mente en blanco y limitarse a sentir. Sabía que no quería hacer aquello y a la vez sabía que quería desesperadamente hacerlo, que llevaba tanto tiempo deseando probar lo que era estar con una mujer que sólo parecía tener fuego y ganas debajo de la piel. Tenía tanto deseo acumulado en su carne que necesitaba aliviarlo casi más que respirar. Y lo que aquella puta le prometía se le antojaba el paraíso a su mente torturada de inquietud: olvidar lo que le preocupaba, alejarlo de sí a golpe de pura lujuria, disolverlo en sudor y saliva hasta que no significara nada.

—En verdad sois digno de homenajear, mi príncipe -ronroneó la prostituta al bajarle los pantalones y desnudar su miembro—. Muy digno.

Loki no pudo evitar una sonrisa ante aquel presunto halago; una sonrisa que se volvió rictus de amargura al recordar otros presuntos halagos. Al recordar a Thor pocos meses atrás poniéndole en evidencia en una mesa llena de dignatarios extranjeros. Al recordar cómo Sigyn...

Casi gritó de rabia al ver que su mente lo torturaba queriendo volver a donde no debía; queriendo volver a Sigyn cuando debería estar volcada por entero en las deliciosas atenciones de la puta, en el crudo placer de la carne. Trató de sofocar su frustración besando vorazmente el cuello de la mujer, sujetándola fuerte por las caderas mientras ella lo montaba, frotando la pelvis entre sus piernas en busca de alguna sensación lo bastante fuerte como para anular todas las demás. Pero nada era suficiente. La certeza de que aquello no debería estar sucediendo -no así, no con ella- era asfixiante. Tan asfixiante como el perfume caro de la mujer. Tan asfixiante como su perfección de meretriz de lujo. Tan asfixiante como el largo cabello que le acariciaba la cara cada vez que ella se inclinaba para besarle. Loki la volteó con rudeza, incapaz de soportar la suavidad de aquellas perfectas ondas rubias sobre su rostro, deseando la caricia de otro pelo en el que no quería pensar y en el que no iba a pensar. La mujer se abrió para él entre murmullos de placer y jadeos destinados a enardecerle, tan falsos pero tan efectivos que Loki se sintió a punto de estallar. Cerró los ojos mientras ondulaba las caderas buscando la entrada de la mujer, y se dijo que no se estaba imaginando otras manos recorriéndole la espalda. Se dijo que no había pensado, ni por un maldito instante, en rizos rojos, en una blancura jaspeada de pecas retorciéndose bajo su cuerpo, en un vestido de seda de un índigo profundo hecho un ovillo en el suelo junto a sus propias ropas. Se dijo que nada de lo que pasaba por su mente era real, que no estaba pensando en nadie concreto mientras perdía la virginidad con la puta más cara que el oro de Thor había podido comprarle, que no seguía roto por el temor de no volver a ver lo que más apreciaba en el mundo mientras se deslizaba hasta la base dentro de aquella acogedora humedad que con los ojos cerrados podía pertenecer a cualquiera, a cualquiera, incluso a...

—No me toques —murmuró contra el cuello de la mujer entre embestidas frenéticas y rabiosas.

No soportaba la sensación de aquellas largas uñas pintadas de rojo rozándole la piel en insistentes caricias. Casi con rabia le agarró las manos y se las sujetó por encima de la cabeza, decidido a que no le tocara más, a poder soñar sin interferencias que estaba poseyendo al verdadero deseo de su corazón. Y sólo entonces, cuando estuvo seguro de que el roce de sus manos y de la verdad no podría romper su ensueño, la folló a conciencia, con urgencia, con brusquedad, sin preocuparse más que de sí mismo y de su propio placer. Ella no importaba. En realidad ni siquiera estaba allí. Su tacto y su calor eran los de otra, sus gemidos los articulaba otra voz y salían de unos labios jamás tocados por el carmín, sus certeros movimientos de meretriz experta en realidad eran la dulce torpeza de otra virgen como él. Loki cerró con fuerza sus ojos al sentirse cerca del final ,prefiriendo mirar la nada antes que el rostro que temía ver aparecerse, sintiendo sin sentir, imaginando sin imaginar, derramando su frustración en un grito animal a la vez que el placer le hacía derramarse dentro de la mujer.

Todo estaba bien, se dijo como en un sueño mientras lo envolvía la nube de su primer orgasmo en compañía, saboreando inmóvil y en silencio las olas decrecientes del placer todavía con sus manos a modo de grilletes sobre las muñecas de la puta. Se había comportado como un hombre por encima de aquellos estúpidos sentimientos de desamparo más propios de un chiquillo. Se había demostrado algo a sí mismo. Todo estaba bien, se repitió. Todo iba a ir bien...

Y sin embargo, no era así. En absoluto. Lo supo al abrir los ojos y enfrentar la mirada de fingida satisfacción de la prostituta, al recibir aquella sonrisa de carmín que pretendía alabar lo que él sabía una actuación egoísta y torpe y esquivar la zalamera caricia que ella intentó hacerle en el mentón al ver liberadas sus manos.

—No me toques —repitió una vez más, apartándose de encima de ella para tenderse sobre su espalda y clavar los ojos en el techo, su voz tan carente de emoción como una piedra aunque el alma le estuviera ardiendo—. Supongo que mi hermano se habrá ocupado ya de tus honorarios, así que vístete y vete. No tienes nada más que hacer aquí.

De vuelta a la realidad tras la tormenta del deseo la verdad le había asestado un bofetón en la cara, obligándole a admitir que nada estaba bien. Podía mentirse a sí mismo todo lo que quisiera pero sabía perfectamente en quién había estado pensando todo el tiempo. Y durante un breve y dulce momento, justo después de correrse, había esperado realmente ver ante sí el rostro de Sigyn cuando abriera los ojos.

Nada volvería a estar bien jamás.

Permaneció en vela e inmóvil el resto de la noche, acumulando hora tras hora en blanco tendido desnudo boca arriba, tal y como lo había dejado la prostituta al marcharse. Despojado de todas las coartadas que se había construido a lo largo de los últimos años, su secreto anhelo se le había revelado como una infección que lo tenía invadido de los pies a la cabeza. De pronto entendía su angustia por saber a Sigyn lejos de Asgard, su desproporcionada reacción al verla tan bonita aquella misma tarde, sus rabiosos celos hacia Thor en todo lo que a ella respectaba. No podía saber desde cuándo albergaba aquellos sentimientos de deseo y de propiedad hacia quien unas pocas horas antes creía tan sólo su más querida amiga. Pero estaban ahí, dentro de él, fastidiándolo todo, atormentándolo, amenazando con convertir su futuro en un jodido infierno.

No podía ser verdad, se repitió mil veces, obstinadamente. Sigyn era su única amiga verdadera y simplemente la echaba de menos y estaba magnificando las cosas, convirtiéndolas en algo que no eran. Sigyn, además, era la preciosa clave política de Odín, inalcanzable para él, intocable por expreso designio de su padre; y Loki no era tan tonto como para encapricharse justo de aquello que no podía tener.

Sigyn.

Su Sigyn.

Hacía apenas doce horas que había cruzado el Bifrost camino de Vanaheim y ya la echaba tanto de menos que veía fantasmas por todas partes. Sólo de pensar que tal vez no volvería a burlarse de cómo fruncía el ceño cuando se concentraba en un problema o que tal vez no volvería a hacerla rabiar por no poder seguirle el ritmo cuando experimentaban con magia o que tal vez no volvería a escuchar su risa mientras comentaban juntos la última estupidez de Thor o que tal vez no volvería a saberse querido por aquellos limpios ojos azules...

Sigyn.

Simplemente la echaba de menos, eso era. No estaba experimentando un doloroso vacío en el pecho ni un lacerante calor en el bajo vientre ni un pequeño amago de erección sólo con evocar la expresión soñadora que a veces ponía ella después de respirar hondo cuando estaban juntos. Y los escalofríos y la carne de gallina que le erizaban la piel sólo eran debidos a su estupidez de estar desnudo sobre las mantas en mitad de una madrugada de invierno.

Al alba, preso de una súbita determinación, se puso en pie de un salto y se vistió a toda prisa, abandonando sus aposentos rumbo a los de su hermano mayor. Una idea fija martilleaba en su mente, nacida de la acuciante necesidad de detener aquella tontería antes de que se le fuera de las manos.

—¿Pero qué demonios...? —bramó Thor ante la ruidosa irrupción de Loki en su cuarto, molesto por su risa y por su manera de descorrer las cortinas con total insensibilidad hacia su portentosa resaca.

—He cambiado de opinión, hermano —declaró Loki.

Su rostro era la viva imagen del entusiasmo y el optimismo aunque por dentro estuviera hecho pedazos e intentando recomponerse sin tener ni idea de cómo hacerlo. Una vez más, no lo llamaban el Embaucador por nada.

—Me voy con vosotros mañana. Quiero unirme a vuestro viaje.

Thor lo miró unos instantes con sorpresa para luego echarse a reír también, seguro quizá de que era su fantástico regalo la fuente de aquel repentino entusiasmo por parte de Loki, todo energía y felicidad ignorante, como de costumbre. Y por una vez, a Loki no le importó que el muy idiota fuera absolutamente incapaz de ver más allá de lo evidente y comprender a quién tenía por hermano. No le importó nada de nada, centrado tan sólo en aquello de lo que de pronto parecía depender todo su universo.

Necesitaba tiempo y distancia para aclararse las ideas. Y los tendría. Cuando Sigyn regresara a Asgard, si es que regresaba, él estaría tan lejos que no podría tocarla ni con el recuerdo.


Lo que en Asgard llamaban invierno no era más que una broma, un pálido reflejo del invierno de verdad, el que en Vanaheim te laceraba la piel y te entumecía los huesos hasta la médula. Durante los primeros años de su vida en la tierra de los aesir, a Sigyn le había irritado sobremanera la falta de un invierno digno de tal nombre, nostálgica de las heladas y las noches que duraban semanas bajo inclementes tormentas de nieve.

Ahora, lejos de Asgard, añoraba el sol.

Mientras amortajaba junto a su madre -según marcaba la tradición- los cadáveres de su padre y de su hermano Ylvar, Sigyn quiso decirse que era la tristeza lo que la hacía sentir así; que de no ser el luto lo que la había traído de vuelta al hogar ahora estaría plenamente feliz de volver a notar el mordisco del frío en las entrañas. Pero su sentido de la honestidad no le permitió engañarse así. Asgard era su hogar ahora y por eso lo extrañaba. El frío y la sombra de los bosques de Vanaheim la habían golpeado con la hostilidad de lo extraño, igual que en su día hicieran los aires dorados de Asgard. Quizá ya no pertenecía a ninguna parte. Quizá, forastera en Asgard a los ojos de todos y extranjera en su propia casa dentro de su corazón, se había convertido sin darse cuenta en princesa de la Tierra de Nadie. Sólo el olor del invierno la hacía sentirse en casa. El perfume de la nieve cubriendo tierra hibernante era omnipresente en Vanaheim, tal y como lo recordaba de su niñez.

Si cerraba los ojos, se dijo con una sonrisa triste, casi parecía que Loki estuviera por todas partes.

Dejó de sonreír en cuanto fue consciente de aquel pensamiento. Por mucho que necesitara alivio en medio de su pena no estaba bien sentirse feliz pensando en Loki. No cuando ante ella yacían sobre lechos de piedra su padre y el menor de sus dos hermanos, no cuando sus manos los sentían inertes y fríos para siempre mientras los ungían con los aceites rituales y los vestían con sus galas de guerrero, preparando su viaje hacia el Valhalla. Había algo inquietante y probablemente poco sano en encontrar consuelo y calor al evocar la sonrisa traviesa y los ojos verdes y el sarcasmo y el olor -sobre todo el olor- de su amigo.

—¿Por qué no vas a descansar y dejas esto en mis manos, Sigyn? —musitó su madre en su oído, casi sobresaltándola—. Todavía queda la ceremonia más larga de todas. Te necesitaré conmigo y entera mientras vemos levantar la pira en la que arderán. Y ahora pareces tan cansada...

Sigyn miró a su madre, sorprendiéndose una vez más de estar contemplando la versión envejecida y sin pecas de su propio rostro. De niña nunca pensó que se parecieran, aunque su madre insistía en describirla como su vivo retrato. Bergit había tenido el cabello ondulado y dócil, de un castaño profundo que hacía pensar en el corazón de la tierra; su figura era todo lo menuda y graciosa que podía esperarse de una mujer vanir y su cara poseía una belleza extraña y sutil, de las que no entraban a primera vista pero acababan enamorando. En cambio Sigyn había heredado los endiablados rizos rojos de Lyr y sus horribles pecas y, por mucho que le fastidiara reconocerlo, el mote infantil de Cara de Pan había sido de lo más acertado. Sólo los grandes y algo rasgados ojos azules de ambas -un rasgo insólito en la estirpe de Lyr- delataban en opinión de Sigyn su parentesco. Pero los años habían pasado por ella limando su mullida redondez infantil hasta extraer de allí el calco pelirrojo y pecoso de su progenitora. Ahora Sigyn veía a Bergit, canosa y ajada, vistiendo luto por los seres amados, digna y entera pese al dolor, y tenía la sensación de estarse viendo a sí misma treinta años en el futuro. La idea era inquietante, estremecedora. ¿Tendría el mismo destino que su madre? ¿Le tocaría llorar a un esposo al que la guerra y las ausencias habían convertido en un desconocido? ¿Habría de saborear el dolor de enterrar al fruto de su vientre?

—La tradición lo marca así, madre. Y además no estoy cansada —mintió Sigyn, deseando que sus ojeras fueran menos escandalosas de lo que imaginaba—. Deseo estar contigo. Hacía tanto tiempo que no te veía...

Bergit apretó suavemente la mano de Sigyn. Para un vanir aquello era un increíble despliegue de afecto público. Sigyn lo sabía y sin embargo se sorprendió comparando a su madre con Frigga, echando de menos los abrazos de la reina de Asgard. El sentimiento de culpa fue breve pero lacerante. Que Odín y por extensión Asgard fueran ahora aliados de su familia no le impedía sentir que estaba traicionando a su propia sangre con el enemigo. No debería sentir aquellas cosas, no junto a la madre a la que tanto había llorado al partir de Vanaheim, no mientras amortajaba a dos varones de su estirpe.

—Entregué una niña a Asgard y ahora Asgard me devuelve una mujer hermosa y fuerte, una digna hija de Lyr —apreció Bergit, entre el orgullo y la tristeza—. He vivido todos estos años con el temor de que no pudieras ser sincera en tus cartas, de que no te estuvieran tratando tan bien como tú me asegurabas. No es que quisiera dudar del honor de Odín, pero los vanir y los aesir hemos sido enemigos durante tantos siglos... Sin embargo, no hay más que mirarte para saber que te han dado el trato que mereces; que has sido una más entre los de su sangre, una hermana para sus hijos...

Sigyn notó que la mano que sostenía la esponja le temblaba un poco al oír aquello. No pudo evitar ruborizarse ante la equivocada presunción de que Thor y Loki eran como hermanos para ella. Había estado tontamente enamorada de Thor durante ni sabía cuanto tiempo, y en cuanto a Loki... Hermano y amigo eran palabras que no acertaban a definir lo que había sido para ella casi desde el principio; cariño no describía ni una pequeña parte de lo que eran sus sentimientos hacia él. Pero ¿cómo se le explicaba algo así a una madre que al mismo tiempo era una desconocida?

—Han sido buenos compañeros —se limitó a decir, decidiendo que aquello era lo bastante sincero como para no generarle culpa.

—Me contrarió saber que estabas recibiendo clases de su preceptor, lo confieso. Creí que iban a estropearte. Ya me entiendes: el de los libros no es un saber que esté destinado a nuestras mujeres, por mucho que tú siempre hayas parecido capaz de dominarlo. Era un gran temor de tu padre el que adquirieras demasiado conocimiento para tu propio bien; a ningún hombre le gusta que su esposa sepa más que él.

Sigyn trató de ignorar la amargura que le produjo escuchar aquello de su madre. Bergit hablaba realmente convencida de lo que decía, presa de una tradición que en su día -inteligente e inquieta como había sido de niña- la había hecho infeliz pero sin ser capaz de cuestionarla por el bien de su hija.

—Padre temió sin necesidad. El día en que me case sabré hacerme la tonta y seré la mejor de las esposas —replicó la joven con su voz teñida de ironía, queriendo sin embargo sonreír ante el pensamiento de que, de estar allí, Loki habría dicho algo similar.

—Confío en que ese día llegue pronto, Sigyn. La situación se ha vuelto muy difícil ahora que sólo queda Udre para defender nuestro derecho a gobernar Vanaheim. No mantendremos nuestros aliados por mucho tiempo si no se nos ve como una dinastía con posibilidades de perdurar. Y tu hermano...

Bergit calló, mirando grave y pensativa el rostro de su marido muerto.

—Dagmar es ya su tercera esposa y los hijos no acaban de llegar. Tres matrimonios, ningún heredero. Creo que todos sabemos lo que pasa aunque no sea un tema del que se pueda hablar abiertamente. De ser así, Sigyn, de ganarse la guerra y quedar tu hermano sin descendencia...

La joven respiró hondo, casi boqueando ante aquella posibilidad que jamás se había planteado. Si Udre era en verdad incapaz de engendrar descendencia todo estaría en sus manos, se dijo, concluyendo la frase que su madre había dejado en suspenso. Serían sus hijos los herederos de Udre, sería su primogénito quien ocupara el trono de Vanaheim y portara la corona de estrellas de plata. La revelación la mareó un poco y tuvo que volver el rostro, para que su madre no viera en él miedo y desazón en lugar del esperado orgullo. No quería que aquello sucediera. No quería verse como reina madre mientras sus hijos reconstruían Vanaheim a partir de las ruinas ensangrentadas de lo que un día fuera el más plácido de los Nueve Reinos. Lo que quería era el verano perpetuo de Asgard, donde sus días no implicarían deber y dolor sino magia y saber. Quería volver a la biblioteca y al santuario de su sala de estudios. Quería los abismos del mar desplegados en forma de mapas ante sus ojos, quería la inmensidad del Universo y los cuerpos celestes, quería la belleza de las palabras y los signos sin tribulaciones políticas que los mancillaran.

Quería, en suma, que la vida que había llevado junto a Loki en sus años de exilio durara para siempre.

—¿Qué ocurre, Sigyn?

—Nada, es que...

Mentir nunca se le había dado bien cuando se trataba de sus sentimientos. Por más que tratara de parecer tranquila el horror que empañaba sus ojos la estaba delatando, y lo sabía.

—... La idea de casarme se me hace muy lejana todavía, madre. Eso es todo

—En dos semanas cumplirás diecisiete años —repuso Bergit— Te miro y veo a una mujer completa, preparada. Yo era más joven que tú cuando me desposaron con tu padre y sólo un poco más mayor cuando quedé encinta de Udre. No quiero que te hagas demasiado vieja para optar a un arreglo digno de tu categoría. Hay varias familias poderosas interesadas en aliarse con nosotros a través de ti, eso puedo asegurártelo. Confío en que el rey Odín no dilate más esta cuestión y se avenga pronto a estudiar con Udre un compromiso que nos favorezca a todos. Y confío en que ese día, por mucha palabrería de más que tengas en la cabeza, harás feliz a cualquier caballero de tenerte por esposa —declaró Bergit, acariciando la mejilla repentinamente helada y pálida de su única hija— Porque tú siempre has sabido que ése es tu deber como parte de esta familia, ¿verdad?

Sigyn casi no podía respirar. Parecía que de pronto le hubieran colocado sobre el pecho una losa de varias toneladas. Sentía dentro de sí, doloroso, dentado, el deseo de gritar. Sí, siempre había sabido que aquél era su destino, igual que el de todas las mujeres de su clase. Pero a lo largo de los últimos seis años había conseguido olvidarlo. Había llegado a sentirse una persona, no una simple mercancía de carne y hueso con la que los hombres de su sangre pudieran negociar. Había creído que la guerra en Vanaheim duraría eternamente y con ella su condición de rehén en Asgard, y que de esa forma Loki y ella siempre...

Loki. Maldita sea, Loki. Necesitaba tan desesperadamente que él estuviera allí ahora, diciendo sólo para sus oídos algo vitriólico y tranquilizador, del estilo de que ningún tipo estaría lo bastante trastornado como para querer casarse con ella y que por lo tanto no tenía nada que temer...

—Sí, madre. Conozco mi deber. Y estaréis orgullosos de lo bien que voy a cumplirlo —dijo con suavidad mientras tomaba un tarro de aceites perfumados para ungir la frente de Ylvar.

Había disimulado bien teniendo en cuenta las circunstancias. Pero bien no era suficiente cuando se estaba frente a Bergit. Su madre la tomó delicada pero firmemente de la barbilla, forzándola a mirarla. Y Sigyn sintió que aquellos ojos, gemelos de los suyos, le taladraban el alma.

—Doy por sentado que todavía eres virgen, Sigyn, pues como digna hija de tu estirpe no deshonrarías así el nombre de tu padre. Pero ¿lo eres también en tu pensamiento?

En un segundo toda la sangre de Sigyn pareció abandonar su cuerpo, para regresar furiosa y torrencial al segundo siguiente. Ruborizada, sintiendo el pulso golpeándole en las sienes, Sigyn trató de decir algo y no le salió la voz. La mirada de Bergit se ensombreció, más de tristeza que de desaprobación al ver confirmadas sus sospechas.

—No, no lo eres. Hay alguien en tu mente, Sigyn, en tu corazón. Le veo tan claro en ti que casi podría retratarle. Está contigo ahora mismo, aunque en realidad esté lejos.

Los labios de Sigyn temblaron. Quería negarlo pero no podía. Había alguien allí con ella, en verdad. Había estado pensando en Loki, extrañando a Loki, necesitando ardientemente a Loki apenas un segundo antes de que su madre hiciera aquella acusación.

Sólo que Loki no era para ella lo que su madre estaba asegurando...

Porque no lo era, ¿verdad?

—No puedo pretender mandar sobre un corazón joven, Sigyn. Lo creas o no, sé lo que es tener tu edad. Pero quiero que recuerdes que entre entregarse a un joven de pensamiento y hacerlo de obra hay una fina línea que una muchacha de tu posición y con tus deberes no puede permitirse cruzar. Y quiero también que apartes tus ojos de allí donde los hayas puesto —dijo Bergit, su tono más el de un ruego que el de una orden—. Es por tu bien, hija mía. Nada bueno te aguarda a lo largo de ese sendero.

En algún momento mientras escuchaba a su madre los ojos de Sigyn se habían llenado de lágrimas. Algunas empezaron a correr silenciosas y mansas por sus mejillas. La vergüenza que sentía era tan grande como la confusión, como el miedo, como la sensación de que le estaban quitando de las manos algo precioso que hasta ahora ni siquiera había sido consciente de tener.

—No hay ninguna linea que cruzar, madre. No temas por mí —aseguró con dignidad aun sabiendo que mentía, para después retomar en silencio sus deberes funerarios.

Lyr e Ylvar ardieron la noche siguiente en los acantilados que señalaban el punto más septeptrional de los dominios de su clan, mirando al mar infinito con los bosques helados a su espalda. La llamas de la pira todavía bailaban en los ojos de Sigyn cuando llegó el momento de despedirse otra vez de su familia. De lo poco que quedaba de su familia, matizó la muchacha para sí, mirando la desoladora imagen que componían su madre y su hermano mayor y en la que los huecos de los ausentes casi podían tocarse. La pequeña escolta que Odín había enviado con ella a Vanaheim ya aguardaba bajo la nevada el momento de viajar hasta el punto de conexión con el Bifrost. Sólo hacía cuatro días que había cruzado el puente del Arco Iris en dirección al hogar de su niñez pero parecía que hiciera siglos de ello. Sigyn se sentía una persona completamente distinta de la que había llegado de Asgard. La embarazosa conversación mantenida con su madre había roto cosas irreparables dentro de ella. A lo largo de las noches de insomnio que habían sobrevenido tras las palabras de Bergit Sigyn se había negado a mirar en su interior por temor a lo que podía encontrar. Seguía sin atreverse a hacerlo. Pero sabía que cuando regresara a Asgard -cuando volviera a estar junto a Loki - las excusas y las prórrogas se le acabarían y se vería obligada a mirar la verdad a la cara y nada volvería a ser lo mismo. Y eso le daba tanto miedo que casi no quería volver.

—No tienes por qué marcharte —dijo con vehemencia Udre.

Sigyn miró sobresaltada a su hermano mayor, preguntándose si le habría leído el pensamiento. Todavía vestido con ropas de luto pero portando la armadura de acero pulido y las enseñas del lobo y la estrella que lo convertían en cabeza del clan, Udre permanecía en primera fila de la multitud que contemplaba la pira. Nunca había sido un sentimental y no había más que mirarle para saber que la pena no ocupaba demasiado sitio en su corazón, henchido como estaba ya de orgullo y de planes de grandeza para su nueva posición.

—Claro que tengo que hacerlo, Udre. La alianza con Odín...

—La alianza con Odín la firmó nuestro padre, no yo. Quizá las cosas cambien ahora. Al fin y al cabo, ¿en qué nos ha beneficiado pactar con él? —casi escupió Udre— .Un simple acuerdo de no agresión, un ridículo apoyo militar muy por debajo del que él podría proporcionarnos y el compromiso de aceptar a nuestra dinastía en el trono de resolverse la guerra a nuestro favor. Demasiado poco para lo que Odín exigió a cambio —bufó, apartando los ojos de las llamas para mirarla a ella—. Retenerte en su reino como garantía... ¿Quién demonios se cree que es para imponernos eso?

—Udre, no me parece que...

—No me importa lo que a ti te parezca, niña. Lo único que sé es que tú existes para servir a los intereses de Vanaheim y que sin embargo Odín pretende reservarte para usarte en su beneficio —la voz de Udre era áspera y amenazante. Sigyn se encogió en la capa de piel de zorro que llevaba sobre sus ropas de luto, agitada por un temblor que nada tenía que ver con el frío—. Es intolerable. Decidir con quién has de desposarte le pertenece por derecho únicamente a tu familia, a mí, y sólo porque nuestro padre en un momento de debilidad se lo cediera a él... El Senescal de Nornheim te ha pedido en varias ocasiones para su hijo mayor, Sigyn. Nuestra salida al mar a cambio de su capacidad de bloquear los ejércitos de Haraldson por el Sur. Sería conveniente y ventajoso para todos. ¿Y qué hace Odín? Callar y retrasar su respuesta, intentando impedirnos que nos hagamos con un aliado demasiado poderoso para su gusto. Mírate, hermana. Ese cabrón tuerto te guarda en su manga como una carta que usar de una manera u otra en función del resultado de la guerra. No le importa que por el camino envejezcas y te marchites sin haber podido servir a tu gente con un buen matrimonio. Pero eso puede cambiar. Somos lo bastante fuertes como para plantarle cara y retenerte aquí, a donde perteneces. No tienes que cruzar de nuevo el Bifrost, Sigyn.

La joven contuvo un suspiro de tristeza. Habría sido demasiado bonito que Udre la estuviera instando a rebelarse por cariño fraternal, por el simple deseo de conservarla con ellos en casa. Controlar con quién se desposaba era controlarla a ella, a sus futuros hijos que aun sin existir ya representaban una amenaza para él, que todavía aspiraba a tener descendencia propia. No se trataba más que de política. Y a Sigyn le pareció espantoso oír hablar a su hermano así, cegado de soberbia, dispuesto a afirmar su poder frente a Asgard aunque fuera al precio de ganarse a Odín como enemigo y romper la paz que a los vanir y los aesir les había costado siglos firmar.

—Debo volver, Udre —musitó sin mirarle, clavando los ojos en las llamas de la pira—. Se me permitió venir con esa condición y no voy a faltar a mi palabra. No romperé nuestra alianza ni seré responsable de hacer venir otra guerra a Vanaheim...

Cuando Sigyn reunió valor para encararse con él, Udre la estaba mirando de arriba abajo con un desprecio que le heló la sangre en las venas.

—¿Debes volver o quieres volver? —inquirió su hermano, sarcástico—. ¿Acaso te has acostumbrado tanto al oro y al calor del reino de Odín que ya no puedes renunciar a ellos? ¿Vanaheim te sabe a poco ahora?

Encogida por dentro, Sigyn le sostuvo valiente la mirada. Udre acababa de acercarse demasiado a la verdad como para que no le temblara la voz al contestarle, así que guardó silencio. Sí, era cierto, vergonzosamente cierto. No podía renunciar a Asgard, aunque la razón estuviera tan lejos del calor y el oro como uno pudiera imaginarse. Quería volver, necesitaba volver, aunque el regreso la aterrara.

—Asgard te ha cambiado, Sigyn. Te ha contaminado —dijo Udre con asco, como si aquello fuera lo peor que se le podía decir a alguien— Dudo que todavía nos sirvas para nada.

Luego le volvió la espalda y se marchó, seguido por su guardia personal y por una seria y silenciosa Bergit, que apenas sí dirigió a su hija una fugaz mirada de decepción y advertencia. Tras ellos, poco a poco, se dispersó la multitud. Sigyn se quedó sola con los guardias de Asgard en medio de la nieve, entre los bosques y el mar. Respiró hondo, triste, expectante. Sabía que no tendría que ser así, que la familia debería ser lo primero y ella estar dispuesta a todo con tal de complacerles y quedarse a su lado. Pero sólo podía aspirar con fuerza el olor de la nevada que la envolvía en pequeños torbellinos, sintiendo que era el olor de su hogar verdadero y que ese hogar estaba en Asgard, esperándola.

Cuando el Bifrost la llevó de vuelta a Asgard había unos caballos ensillados esperándolos a ella y a su escolta junto al Observatorio. Sigyn subió torpemente al suyo ayudada por uno de los guardias bajo la irónica mirada de Heimdall, y al hacerlo no pudo evitar acordarse de la soltura y la apabullante elegancia que mostraba Loki cuando montaba. No quería pensar demasiado en Loki pero le resultaba imposible, su mente más llena de él cuanto más se acercaban al palacio. Repasaba sin querer y sin cesar los mil recuerdos que tenía de su vida juntos: sus sonrisas, su retorcido sentido del humor, sus genialidades y sus idioteces. Lo recordaba como el niño de los primeros tiempos y se le llenaba el corazón de paz y de ternura, pero de pronto lo veía en su memoria tal y como lo había visto unos pocos días antes, tan carismático y tan guapo con aquel estúpido casco y las ropas de gala de su mayoría de edad, tan Loki y a la vez tan diferente del Loki que creía conocer, y sentía un desasosiego físico que de puro intenso la mareaba.

¿Y si su madre estaba en lo cierto? ¿Y si Loki se había convertido en eso para ella? Hacía años la simple idea de llegar a mirarlo algún día con esos ojos la había hecho reír, por improbable y ridícula. ¿Cómo iba a a ser ahora verdad? ¿Cómo era posible que las cosas pudieran cambiar tanto sin que uno se diera cuenta? No podía ser cierto, se decía Sigyn una y otra vez. Simplemente estaba confundida, triste por el luto, desolada por la consciencia del futuro que la esperaba, viendo cosas donde no había nada. No podía ser cierto que estuviera...

—¡Compañía! ¡Espadas en alto! ¡Saludo al rey!

El grito del capitán de su escolta arrancó a Sigyn de sus absorbentes pensamientos e hizo brincar de anticipación su corazón. Sus ojos buscaron ansiosos a Loki sólo para descubrir que a las puertas de oro del palacio, a modo de bienvenida, sólo estaban Odín y Frigga. Ni rastro de Loki, ni de Thor, ni de ningún otro miembro de la inseparable tribu.

—Bienvenida de nuevo, Sigyn —fue el saludo de la reina, cálida y amable tras la fría solemnidad de Odín, más maternal que lo que su propia madre había sido con ella—. Es bueno tenerte de vuelta en casa. Va a haber tanta tranquilidad y silencio por aquí ahora que Thor y los demás se han ido...

Sin comprender, paralizada, muda, Sigyn sintió encogerse sus entrañas, apretadas por un nudo espinoso y helado.

—No pueden ser niños para siempre, esposa. Viajar, conocer todos los mundos de Yggrasdil, aprender, hacerse adultos... Todos los guerreros que un día fuimos jóvenes hemos pasado por eso —repuso Odín, sin disimular su orgullo de padre—. Nuestros hijos serán hombres cuando regresen, dentro de unos años; y para entonces la fama de lo que hayan vivido será ya leyenda en los Nueve Reinos.

Mundos. Años. Odín no podía estar hablando en serio, no de Loki, no ahora, se dijo Sigyn alarmada, nuevamente rota de ganas de gritar.

—¿Thor y... los demás? —preguntó, sin importarle que su voz delatara su congoja.

Frigga asintió, mirándola con lástima. Sigyn no tuvo que articular la pregunta que le quemaba los labios, no tuvo que pronunciar el nombre que le dolía en el pecho.

—Loki también ha partido con ellos.

Sigyn nunca recordaría cómo llegó desde las puertas del palacio hasta sus aposentos, ni cómo consiguió elaborar alguna excusa que justificara el no querer cenar junto a los reyes en lugar de limitarse a marcharse de su lado silenciosa y ausente como el espectro que sentía ser. Las puertas de los aposentos se abrieron y cerraron solas con violencia a instancias de su mente sin que Sigyn tuviera consciencia de ello. Las habitaciones, a modo de bienvenida, estaban decoradas con flores frescas que se marchitaron al paso de Sigyn como si la desesperada tristeza que emanaba de su persona fuera veneno, pero ella no lo notó: sólo sentía el lastre del silencio y de la soledad, un peso espantoso alimentado por la ausencia irreparable del olor a invierno que tanto adoraba. Durante las horas que tardó en llegar el alba Sigyn permaneció sentada en la cama abrazada a sus propias rodillas, demasiado triste hasta para llorar, paralizada por la punzante angustia de haber comprendido que estaba enamorada de Loki justo cuando él la dejaba atrás, volando en pos de un mundo lleno de maravillas sin fin donde no tardaría en olvidarla.


¡Sexo y Drama, ALBRICIAS! Sólo ha tardado cuatro capítulos en llegar, no os quejaréis. Pero si tenéis queja, ya sabéis: dadle al botón de comentar y hacédmelo saber ;)