Nota de la autora:
Igual voy a ocupar más espacio disculpándome y advirtiéndoos por lo que vais a leer que con el capítulo en sí mismo, pero bueno XD
Adelantándome a posibles controversias sobre la linea temporal... ¿Cuánto tiempo ha pasado desde el final del capítulo anterior? Ni idea. No sé si os he dicho antes que para mí en este fic los Nueve Reinos en general y Asgard en particular son nórdico-divino-medievales o extraterrestres según me convenga (como para el Branagh en la película, más o menos). Pero esa es mi percepción. Dependiendo de la vuestra pueden haber pasado entre 6-7 años y un par de milenios. O 6-7 años asgardianos equivalentes a un par de milenios en la Tierra porque cuando se es un dios/alien/whatever el tiempo es muy relativo. Lo que sea. La cosa es que ha pasado mucho tiempo desde que los chicos se fueron a hacer el cabra por ahí y Loki tiene la edad (la que cada una le echéis) y la pinta (ay omá qué rico) que luce al principio de Thor . Se acabó el rollo teenager. A partir de ahora, sólo adolescencia mental, como está mandado en una historia de amor XD.
Igual véis que hay vagas alusiones a cosas que pertenecen a la mitología o a los comics de Marvel. Sí, esa misma mitología y cómics que luego no seguiré y me pasaré por el forro. No os hagáis muchas ilusiones al respecto.
También veréis que porque me ha salido de ahí he ampliado, re-interpretado y re-diseñado el Observatorio, como si en vez de una simple escritora fuera Santiago Calatrava. Con dos cojones.
Y, bueno, se avecina un poco de pseudociencia de garrafón que os juro que es importante en el devenir de la historia (o algo) y encima mola. Cero rigor, me lo invento todo, TO-DO. Si hay algún astrofísico en la sala le pido perdón por adelantado XD.
Por último, no soy guionista ni director ni asalariado de ninguna clase de Marvel y en consecuencia no poseo (lástima) a Loki, así que no saco más beneficio de publicar este relato que el de agradar a quien quiera leérselo
CAPÍTULO V:
EL REGRESO.
El tiempo transcurrió lento como la deriva de los glaciares; y al igual que ésta, arrasó a su paso con cosas que habían parecido inmutables y eternas.
Al principio hubo cartas. Cartas largas, dulces, maravillosas. En ellas Loki parecía ser el Loki de siempre, ingenioso y sarcástico y brillante. Compartía con Sigyn todo lo que estaba viviendo por aquellos mundos lejanos: sus aventuras, sus impresiones, sus expectativas, sus descubrimientos, sus frustraciones, sus cada vez más frecuentes y enconados desencuentros con Thor y los otros que siempre acababan bien pero cada vez le dejaban un poso más amargo en el alma... También se preocupaba por saber de ella, mostrando un genuino interés por su día a día, por sus sentimientos, por el sorprendente rumbo que había decidido darle a su vida en palacio ahora que sus estudios oficiales habían terminado. Sigyn respondió a aquella calidez abriéndose a él de la misma manera. Tratarse en la distancia fue tan parecido a estar todavía juntos, a seguir siendo los más estrechos e inseparables amigos de los Nueve Reinos, que durante aquellos primeros meses Sigyn apenas sintió el dolor de su amor tardíamente descubierto y no correspondido.
Pero aquello no duró. No podía durar.
Sigyn conseguía mantener el pensamiento a raya pero con cada día que pasaba el cuerpo y las emociones se le rebelaban más y más. Ella quería recordar al querido buen amigo pero su piel ansiaba al amante que nunca había sido, ardía por los abrazos que nunca se habían dado, clamaba por el roce de las manos que nunca la habían tocado salvo en medio de juegos inocentes. Algo de aquel anhelo debió de acabar filtrándose a lo que escribía, poco a poco, sin que ella se diera cuenta, hasta llegar a algún error que torció irremediablemente las cosas. Quizá fue la insistencia de sus lamentos acerca de lo muy silenciosa que se sentía la biblioteca desde que no la saqueaban juntos, acerca de la insipidez del vacío que Loki había dejado tras su marcha; quizá fue un "te echo de menos" a destiempo demasiado parecido a un suspiro. Fuera lo que fuera, Loki debió de notar lo que había bajo esa superficie y no lo recibió con agrado. Poco a poco el tono de sus cartas empezó a cambiar. Sin que la frialdad y el desapego fueran nunca demasiado evidentes por parte de Loki, Sigyn comenzó a sentirlos, metiéndose insidiosos debajo de su piel cada vez que llegaba una nueva carta en la que él no mostraba el menor interés hacia su persona. De pronto Loki se limitaba a relatarle sus correrías, sus avances en la magia, sus cada vez más variadas y sorprendentes habilidades. De pronto sus misivas ya no eran más que una mera exhibición de lo interesante y plena que era su vida lejos de Asgard y, por tanto, de ella. Aquellas cartas le dijeron a Sigyn, a voz en grito, que Loki ni la necesitaba ni la extrañaba. Y empezaron a llegar por la misma época en la que empezaron a llegar a Asgard las historias, los rumores. Alianzas extrañas, aventuras turbias, hechiceras bellas y peligrosas, hijos ilegítimos... Era imposible que todo fuera verdad, pero por mucho que a la gente le gustara inventar y magnificar rumores Sigyn no podía ignorar el fondo real de aquellas fantasías: el hecho de que Loki parecía haber abrazado con entusiasmo su condición de hombre adulto para convertirse en una especie de diablo lascivo al que el mero recuerdo de su tonta amistad inocente debía de estorbarle. Durante meses, Sigyn pasó mil noches en blanco devorada por los celos, odiando a Loki en silencio casi tanto como se odió a sí misma por seguir pensando en él así, con las esperanzas rabiosas a pesar de la evidencia y la piel y el alma incendiados. Y cuando se cansó de llorar de rabia y de abandono, cuando se hartó de hacer el ridículo a sus propios ojos, Sigyn acabó por seguirle a Loki la corriente. Se terminó para siempre el volcar el corazón en cada carta. Por alguna razón, espaciar la correspondencia, vaciarla de sentimiento y limitarse a contarle a Loki las cosas que le contaría a cualquiera dolió mucho menos de lo que Sigyn esperaba. Quizá fuera lo mejor, después de todo. Pretender mantener vivo lo que no podía sobrevivir al tiempo y a la distancia habría acabado agotando las fuerzas de Sigyn y le habría hecho trizas el corazón. Con el tiempo las cartas de Loki simplemente dejaron de llegar y Sigyn no trató de insistir. Al contrario: lo sintió como un alivio, igual que habría sentido la muerte de un ser querido tras una larga y penosa agonía.
Sus circunstancias, se dijo Sigyn un buen día, ya eran lo bastante deprimentes y complicadas sin incluir amores imposibles. Necesitaba todas sus energías puestas en ella misma y no iba a desperdiciarlas en Loki, después de la forma tan entusiasta y gratuita en que él la había dejado atrás.
Así que se centró en su propia vida, en encontrar la manera de hacerse con el control de su futuro y eludir su destino de mercancía nupcial tanto tiempo como le fuera posible. Se volcó en la ciencia del estudio del cosmos, su gran pasión desde la niñez, y no tardó en encontrar la forma de usarla como medio para sus fines. Al mismo tiempo, poco a poco, fue desechando la magia hasta renunciar por completo a ella, diciéndose a sí misma que no podía perder su tiempo ni sus fuerzas en algo tan ligado al recuerdo de Loki que sólo pensar en practicarlo la envenenaría de nostalgia.
El tiempo fue pasando, plácido pero implacable, y un día, por fin, Sigyn logró convencerse de que ya no echaba de menos el perfume del invierno. Y su vida estuvo tan llena de problemas importantes que resolver que durante años consiguió creérselo de verdad.
Hasta que los viajeros regresaron.
—Bien, a ver si ahora podemos hacerlo sin mayores desastres —dijo Sigyn mientras se sujetaba el lápiz detrás de una oreja, levantando la voz para hacerse oír en medio del barullo que armaban los operarios en la Sala Superior del Observatorio de Asgard—. He revisado todos los cálculos y el fallo parece estar en la fuerza que estáis aplicando ahí... Y ahí. —Desde su atalaya en lo alto de la escalera de tijera, la joven señaló dos puntos del complejo mecanismo levantado ante ella—. Lo estamos haciendo mal. Es justo al revés, invirtiendo el vector de inercia para que el sincronizador empiece a girar con sentido de rotación antihorario. Y el resto de piezas tienen el punto de ensamblaje curvado para asegurar que no se suelten, no basta con introducirlas tal cual sino que hay que angularlas hacia la parte superior. ¿Me he explicado con claridad?
Como de costumbre, un muro de caras largas y ceños fruncidos contestó a su discurso. Sigyn se contuvo para no bufar. Ya había perdido la cuenta de los minutos que habían perdido aclarando cosas que a su juicio estaban claras como la luz del día.
—Tú, más fuerza a la derecha; tú, menos fuerza a la izquierda. Los demás, meted los extremos del mecanismo todos a la vez y hacia arriba —explicó con cansancio—. ¿Ahora sí?
Mientras los operarios refunfuñaban y se disponían a tomar posiciones para el nuevo intento, Sigyn levantó la vista hacia Odín, que contemplaba la operación desde la estrecha galería superior.
—Cuando dije operarios capaces no me refería solamente a capaces de romper el mármol a cabezazos. Habría agradecido que algunos tuvieran... ¿cómo decirlo, Majestad? Unas mínimas nociones de lo que estamos haciendo aquí.
Por lo general Sigyn seguía dirigiéndose a Odín con la misma mezcla de temor y reverencia que le mostrara de niña. Pero en los últimos tiempos Odín y ella se habían convertido en algo parecido a colaboradores, más allá de simples tutor y pupila, y eso hacía que a veces Sigyn se relajara y perdiera de vista el protocolo para ser tan franca como le parecía oportuno. Y aunque Odín no parecía precisamente encantado con aquel nuevo estado de las cosas en el que su rehén de Vanaheim se tomaba la libertad de hablarle casi de tú a tú, era condescendiente con ella y se lo toleraba. Sigyn se había hecho demasiado valiosa para él con el correr de los años.
Aquella, de hecho, había sido la estrategia de la joven desde que se quedara sola en Asgard, privada de su único amigo verdadero y con la amenaza de un matrimonio arreglado pendiendo como el hacha de un verdugo sobre su cabeza. En sus primeras noches de insomnio tras la partida de Loki Sigyn le había dado vueltas y vueltas a la cabeza, hasta llegar a una conclusión. Y la conclusión había sido que, ya que su destino parecía reducirse a una cuestión de su valor a ojos de Odín, entonces tendría que resultarle más valiosa soltera en Asgard que desposada por política en cualquier otro lugar de los Nueve Reinos.
Y por lo pronto lo estaba consiguiendo. A Sigyn no le había costado encontrar la parte práctica de su poderoso don para la Cosmología. Para un monarca ambicioso y celoso de la defensa de su reino como era Odín, contar con un cerebro capaz de ingeniárselas para localizar amenazas y alianzas cósmicas en las simas del océano de estrellas era, de momento, más útil que todas las ventajas estratégicas que pudiera sacar Asgard de un matrimonio concertado. Algunos años atrás, después de largas y farragosas negociaciones entre Odín y Heimdall, Sigyn se había hecho dueña y señora de la abandonada parte alta del Observatorio, y la había llenado con sus libros, sus escritos, sus pizarras llenas de miles de símbolos incomprensibles para el asgardiano medio. Había pasado tantas horas allí desde entonces que casi lo consideraba más hogar que sus habitaciones de palacio. Muchas veces llegaba rayando el alba y no se marchaba hasta muy entrada la noche. Pero en el Observatorio o fuera de él la mente de Sigyn nunca descansaba. Cuando se apartaba de la contemplación del Universo aquel cerebro hiperactivo se ponía a trabajar en nuevos diseños, en la fabricación de complejos aparatos y sistemas de medida nacidos de su necesidad de ir siempre un poco más allá. Y Odín no había dudado en alentar aquella creatividad febril, razonando que bien podía dejar a la joven dama jugar un poco con su ciencia cuando él, y por extensión Asgard, eran los mayores beneficiarios de ello.
Pocos meses atrás Sigyn había detectado una zona de actividad excepcionalmente aumentada en dirección Sur-Suroeste respecto a Polaris. Las mediciones sugerían un alto flujo de energía entre mundos no interconectados de forma natural como sí lo estaban los de la esfera de Yggrasdil; algo tan inusual como preocupante. La energía parecía transmitirse en una especie de código imposible de detectar por los intrumentos convencionales de medición. El complicado aparato que estaban intentando ensamblar aquella noche, bautizado como amplificador de resonancia estelar, era la respuesta de la mente incansable de Sigyn a la urgencia de captar y desencriptar aquellas transmisiones. Y su puesta en marcha estaba siendo tan accidentada que Sigyn ya se habría liado a soltar juramentos si a una mujer de su condición semejante desahogo le estuviera permitido en público.
—Creo que hice mal dejando en su día que pasaras tanto tiempo con Loki —replicó Odín con una sonrisa condescendiente—. Por lo visto mi hijo te hizo crearte la impresión de que es fácil entenderte cuando hablas de tu ciencia.
Sigyn consiguió dominar bastante bien el escalofrío que todavía la dominaba al escuchar aquel nombre, a pesar de todo el tiempo transcurrido, y pudo devolverle al rey una sonrisa forzada pero aceptable.
—La próxima vez desearía seleccionar yo misma a los operarios, o al menos tener tiempo de instruirlos un poco —insistió—. Tendríamos esto funcionando hace horas si no se saltaran sistemáticamente todas mis indicaciones porque son incapaces de obedecer a una mujer.
Odín hizo un leve gesto con la cabeza, una especie de burlón "a sus órdenes" que subrayó con el malicioso brillo de su único ojo, como recordándole a Sigyn, por si se le había olvidado, quién mandaba allí en última instancia. Sigyn se encogió un poco por dentro, consciente de haber perdido de vista una vez más cual era su lugar y de que aquello equivalía a jugar con fuego cuando quien dictaba el lugar de cada uno era el Padre de Todos. Pero procuró no dar muestras de su temor. Decidida a no perder más tiempo e ignorando el leve temblor de sus manos se volvió hacia los operarios. Comprobó que la posición de cada uno estuviera en orden antes del delicado momento del ensamblaje. Echó un último vistazo a sus extensos cálculos y dio un par de directrices más a alguno de los hombres. Ella misma empuñó la larga barra de aleación de vanadio que habría de coronar el artilugio.
—A mi señal, todos al tiempo. Una... Dos... ¡Ahora!
Aquella vez la sincronía y las distintas fuerzas aplicadas fueron perfectas. En una armonía de sonidos metálicos todas las piezas del artilugio quedaron ensambladas en su lugar. El impulso imprimido al eje de giro fue el adecuado y, con un suave zumbido, la espiral del sincronizador comenzó a girar en sentido contrario a las agujas del reloj, coronada por la barra de vanadio que apuntaba hacia las estrellas a través de la escotilla abierta. Las vibraciones de la espiral produjeron una reacción en cadena que puso en movimiento el resto de partes del amplificador de resonancia. En medio de los escandalosos vítores de los operarios -ya podían alegrarse, se dijo Sigyn con ironía, después de tres intentos fallidos- la joven pudo percibir el tenue sonido de unos pitidos cortos e intermitentes que se sucedían según una especie de código. Intercambió una mirada de triunfo con Odín, que también había estado atento a oírlo.
—Ya lo tenemos —musitó, satisfecha—. ¿Advertís la pauta, Majestad? Es un lenguaje, estoy segura de ello. Con suficiente tiempo podremos definir el patrón y también calcular la distancia desde la que nos llega. Quizá incluso podamos situar con exactitud la fuente de la emisión en un mapa estelar.
—Y de esa forma sabremos quienes son —añadió Odín sin mirarla, observando pensativo el amplificador y luego el cielo nocturno, infinito sobre sus cabezas—. Y también lo que debemos hacer en caso de que sean una amenaza.
Sigyn se encogió de hombros.
—Eso ya no es competencia mía —replicó con genuino desinterés—. Es política.
—Todo es política, Sigyn, incluida tu ciencia.
Incluida yo, pensó la joven con resentimiento.
La ciencia era un fin en sí mismo, una pasión casi obsesiva que muchas veces hacía a Sigyn olvidarse de todo lo demás; pero de vez en cuando la realidad -en forma de noble aspirante a su mano- volvía a Asgard para recordarle el destino que trataba de eludir el día en que inició su carrera de estudiosa del cosmos al servicio de Odín. A lo largo de los últimos años Sigyn había visto desfilar por la corte de Asgard un posible pretendiente tras otro. Ninguno había pasado de ser una vaga amenaza, desestimados todos por Odín sin ni siquiera haberse llegado a plantear formalmente la cuestión. Sin embargo nunca había, en opinión de Sigyn, la suficiente seguridad de que el siguiente no fuera a ser lo bastante apropiado a ojos del rey de Asgard y de su hermano Udre. Sigyn jamás bajaba la guardia. En los últimos tiempos Theoric Gunnarson, el primogénito del Senescal de Nornheim, se había vuelto a postular como una posibilidad más que sólida. Gunnarson se había trasladado a la ciudad de Asgard junto con un pequeño séquito de llamativos caballeros del Norte que tenían revolucionadas a todas las mujeres de la corte, con la evidente intención de avanzar en las negociaciones. Él y su familia llevaban tanto tiempo insistiendo en hacerse con la mano de Sigyn que ella temía que acabaran triunfando aunque sólo fuera por agotamiento. Y no era que Theoric la desagradara del todo. Al contrario: un guerrero apuesto y caballeroso que trataba de ser amable y en ocasiones hasta galante con ella, en lugar de limitarse a calcular su precio o sus posibilidades de parir hijos sanos como todos los demás, suponía una novedad casi agradable. Sigyn no odiaba a Theoric. Ni siquiera podía conseguir que le cayera mal, noble y educado e incluso inteligente como era. A veces hasta se sentía un poco culpable de no estar tan emocionada con la situación como lo estaría cualquiera de las muchas jóvenes de Asgard que bebían los vientos por él. Pero no podía forzarse a que la idea la hiciera feliz. No era capaz de aceptar con gusto su condición de moneda de cambio sin voz ni voto en su propio destino. Y cuando estaba frente a Odín Sigyn se preguntaba a menudo, con amargura, si él la habría visto alguna vez como una simple niña bajo su tutela, como un ser humano con sentimientos más allá de una valiosa pieza de su ajedrez político. Estaba convencida de que la respuesta era un rotundo no.
Sus tristes pensamientos fueron interrumpidos por la silenciosa entrada del Guardián del Bifrost en la Sala Superior, donde por lo general trataba de no adentrarse. Heimdall miró el amplificador de resonancia estelar con la misma expresión de horror y desdén que reservaba para todos los extraños aparatos de Sigyn. Para alguien dotado de ojos omniscientes con los que vigilar los Reinos de Yggrasdil -los únicos que realmente importaban, en su opinión- aquellos artilugios encaminados a ver más allá de ellos no eran más que chatarra. Chatarra que estaba invadiendo su Observatorio de una forma que sólo toleraba porque el rey en persona así se lo había solicitado... Pero Sigyn sentía, pese a todo, que Heimdall había llegado a adquirir respeto por ella. Su -en opinión de él- molesta e inútil obsesión por el cosmos y por los mecanismos complicados no era obstáculo para que el Guardián hubiera aprendido a apreciar su talento, su tenacidad, su presencia introvertida que en nada perturbaba el día a día del Observatorio salvo por su manía de llenarlo de cacharros. Hacían un buen equipo en realidad, él guardando Asgard desde el Bifrost y ella vigilando las fronteras de sus cielos.
—Esto tampoco interferirá con el Bifrost, ¿verdad? —preguntó Heimdall con abierta desconfianza.
—¡Claro que no! Nunca pondría en marcha un aparataje sin comprobar eso primero —repuso Sigyn mientras empezaba a bajar con sumo cuidado la escalera, casi ofendida de que aquel punto se cuestionara—. La frecuencia del amplificador está en una longitud de onda muy alejada de la de los umbrales de puesta en marcha del Bifrost. No habrá ningún problema de interferencias.
—Me alegra oír eso, Lady Sigyn, porque necesitaremos el puente a pleno rendimiento esta noche. Los príncipes vuelven a Asgard, Majestad.
Una algarabía de vítores y aplausos siguió al anuncio de Heimdall, pero Sigyn, ensordecida por el súbito tumulto de la sangre en sus sienes, no lo oyó.
Los Príncipes volvían a Asgard.
Las manos de la joven se crisparon con fuerza sobre los largueros de la escalera, hasta ponerse blancas, y sus pies trastabillaron peligrosamente sobre el peldaño que acababa de bajar. Sólo aquel detalle delató el infierno de escalofríos y vértigo que acababa de desatarse dentro de ella, y famosa como era por su torpeza, aquél no era un gesto que pudiera resultarle sospechoso a nadie. Con una notable excepción. Sin necesidad de levantar el rostro de sus pies incapaces de seguir bajando peldaños, Sigyn supo que Heimdall la estaba mirando con curiosidad. Nada podía escapar a la sobrenatural agudeza de sus sentidos de Guardián. Nada. Las reacciones de una joven mujer cuyo interior estaba resquebrajándose y desmoronándose a pasos de gigante tenían que ser tan escandalosas para él como un incendio en mitad de una noche oscura.
—¿Mis hijos regresan al hogar? —retumbó la voz de Odín, cargada ahora de alegría como no había sonado en años—. ¡Qué gran día para nuestro reino! Primero conseguimos penetrar en los secretos de las estrellas y ahora esta magnífica noticia. ¡Esta noche habrá fiesta por todo Asgard en honor de los héroes que regresan!
Los vítores de los operarios se redoblaron ante aquellas palabras de su rey. Sigyn, todavía en medio de su ataque de vértigo y con la taquicardia a punto de reventarle el pecho, no pudo evitar una pequeña punzada de tristeza al darse cuenta de que era sólo el nombre de Thor y en ningún momento el de Loki el que los hombres vitoreaban junto con el de Odín. Al instante, dándose cuenta de lo que acababa de sentir, viéndose todavía pensando en Loki por encima de todo a pesar del tiempo transcurrido desde que dejaran de tener contacto y de las muchas maneras en que se había convencido de que él ya no la importaba, notó otra punzada todavía mayor, de fría y lacerante ansiedad. Tanto esfuerzo a lo largo de los años, tantas defensas construidas alrededor de su alma a base de pensamientos racionales que explicaban perfectamente por qué ya no seguía enamorada de Loki, ¿y ahora esto? ¿Cómo iba a mantener en pie aquella tranquilizadora creencia que la había sostenido a lo largo de años de soledad y de sueños inconfesables? ¿Cómo iba a pretender ahora que ya no sentía nada por él, cuando el simple anuncio de su regreso la estaba matando de pánico y de felicidad al mismo tiempo?
—Ven conmigo, muchacha. Asgard va a vivir hoy una celebración como no ha conocido en muchas décadas. Querrás prepararte para ella.
Sigyn miró el brazo que le ofrecía Odín como habría mirado el hacha en manos de un verdugo, tragando saliva con esfuerzo.
—No, Majestad.
No fue consciente de su negativa hasta haberla pronunciado, hasta verse enfrentada al gesto de extrañeza de Odín. Sus propias palabras le supieron extrañas en la boca, y el temor de haberse delatado se agarró a su garganta como una despiadada mano de hierro.
—¿Es que no deseas ver a mis hijos? Hubo un tiempo en que eráis casi como hermanos, me sorprende que no estés ansiosa por reencontrarte con ellos.
—No es eso, Majestad. Es que...
Si tan sólo pudiera explicar sin traicionarse que no era una cuestión de no estar ansiosa sino de estarlo demasiado, que no era una cuestión de no desear sino de haber deseado tanto que el alma ya no le daba más de sí... Si tan siquiera pudiera serenarse un poco y contener el galope de su corazón y conseguir pensar con claridad... Quizá teniendo tiempo de prepararse para volver a mirar a la cara a ese Loki que ahora sería un completo extraño pudiera sobrellevarlo sin romperse ni ponerse demasiado en evidencia. Pero no así. No aquella noche. Sigyn no lo soportaría.
—Las primeras horas del funcionamiento del amplificador son cruciales —explicó, parapetándose detrás de su ciencia frente a Odín, una vez más—. Debo quedarme a vigilarlo estrechamente durante toda la noche, tomar notas y hacer ajustes, esas cosas... No puedo irme ahora, con gran dolor de mi corazón. Transmitidles a vuestros hijos y a sus amigos mi alegría por su vuelta, Majestad.
Odín la miró fijamente, sin salir de su asombro. Le costaba creerla, Sigyn podría jurarlo, pero la ciencia era un excelente escudo. Nadie entendía lo bastante de su arte de navegar las estrellas y nadie podía, por tanto, discutirle si algo era o no necesario cuando ella lo aseguraba. Ni siquiera el Rey de Asgard.
—Así lo haré, Sigyn.
Mientras Odín y los hombres se marchaban la joven clavó sus ojos en el amplificador de resonancia estelar, que zumbaba suavemente emitiendo enigmáticas ráfagas de pitidos de tanto en tanto. La espiral del sincronizador giraba con una belleza perfecta envuelta en una suave luz verdosa.
—La reina se disgusta cuando os quedáis hasta tarde en el Observatorio, Lady Sigyn. Quizá sería buena idea que fuerais con los demás y descansarais por hoy de tanta ciencia. Yo puedo vigilar vuestro artilugio, si tan importante es...
Heimdall seguía allí, mirándola curioso con sus ojos de color dorado. Sigyn ignoraba si su capacidad de ver todo lo que ocurría en Asgard se extendía también a lo que había dentro del corazón de las personas, pero en aquel momento deseó fervientemente que no fuera así.
—¿No tenías que ir a abrir el Bifrost, Guardián? —inquirió con tirantez, sin mirarle.
Por toda respuesta Heimdall esbozó una sonrisa indefinible y le hizo una pequeña reverencia a modo de despedida. Sigyn se quedó sola en el interior del Observatorio con la mente en otro lugar, con el corazón hecho pedazos a sus pies y a la vez latiendo más vivo que nunca dentro del pecho.
—¿Quién es ése?
Loki miró en la dirección que Hogun acababa de señalar con un gesto de su barbilla. También él se había fijado en aquel hombre y tampoco él lo había visto antes. Lo recordaría, de ser así. Era una visión realmente llamativa. Tenía el cabello de un rubio casi blanco y unos oscuros y penetrantes ojos de halcón. Tanto sus rasgos rotundos y angulosos como su vestimenta -rica en adornos de acero y piel de lobo- delataban su orígen norteño. Hogun no parecía ser, ni mucho menos, el único que había reparado en él: Loki nunca había visto tantos ojos femeninos desviarse hacia otro hombre estando Thor y Fandral presentes.
—No lo sé —admitió—. Es de Nornheim, eso puedo jurarlo por las runas que lleva en la coraza, pero salvo eso...
—Es Theoric Gunnarson, el hijo mayor del Senescal —les informó, desde el regazo de Thor, la hermosa y vivaracha cortesana con la que el mayor de los Odinson parecía decidido a festejar aquella noche su regreso al hogar—. Él y sus hombres de Nornheim llevan un tiempo en la corte revolucionando el gallinero. Se rumorea que busca esposa pero que no acaba de conseguirla. Cosa que no entiendo, teniendo como tiene una hilera de niñatas de buena cuna babeando por él y haciendo cola para calentarle la cama...
Loki no pudo evitar levantar una ceja con ironía ante el genuino tono de censura de la chica: casi podría jurar que mientras hablaba con aquel aire de dignidad ofendida la muy fresca le estaba manoseando a su hermano la entrepierna.
—Las muy indecentes —terció, con un burlón tono escandalizado—. Qué falta de decoro. Qué vergüenza. Cuánto tendrían que aprender de las niñatas perfectamente honorables que están dispuestas a calentarle la cama al príncipe Thor, ¿verdad, querida?
Loki disfrutó de la mirada asesina que le dirigió la pequeña cabeza hueca. Thor, lejos de salir en su defensa como el caballero que no era, acogió el asunto con una atronadora risotada ebria coreada por Fandral y Hogun. Volstagg no rió porque estaba demasiado ocupado engullendo comida, y en cuanto a Sif... A Loki no le costó localizarla, en una punta distante de la mesa, hablando con uno de aquellos llamativos hombres de Nornheim mientras lanzaba patéticas miradas de soslayo a Thor y a su putita. Qué enternecedor todo, pensó con desdén.
—No le hagas caso, preciosa —bromeó Thor contra la oreja de la joven, que todavía apuñalaba a Loki con la mirada—. El pequeñín está resentido porque no tiene quien le caliente la cama a él.
—Lo que tú digas, Thor —suspiró Loki, displicente.
—Si no fueras tan quisquilloso ya estarías pasando un rato agradable por ahí en lugar de marear la comida en tu plato, hermanito. ¿No te has dado cuenta de que la hija pequeña de Lord Ardaal te sonríe mucho? Parece que a las chicas ya no les importa tanto que seas un esmirriado ahora que tu fama te precede...
Thor y los demás volvieron a estallar en una carcajada, bastante borrachos ya de vino y de euforia a aquellas alturas del banquete. Loki, más por curiosidad que por verdadero interés, miró hacia la joven en cuestión. Oh, sí, la reconocía. Había sido una más entre tantas chicas que lo habían tratado con desprecio en sus años de adolescencia, una de las muchas Tontas del Haba que casi lo habían apartado de sí a codazos para que su interés por ellas no las interrumpiera en su embelesada contemplación de Thor... Pero la recordaba bien, por lo especialmente cruel que había sido en su día a la hora de manifestarle su desdén. Ahora Loki podía ver, incluso desde lejos, que los años habían sido generosos con ella. Su hermosura no había decaído ni un ápice. Seguía siendo la misma belleza rubia de piel exquisitamente dorada y formas rotundas: la quintaesencia de la perfección asgardiana. Y Thor no le había mentido. Estaba sonriéndole. A él. Al hijo invisible de Odín. Al del cabello negro. Al pálido. Al menudo. Al defectuoso. Al mago.
Vivir para ver.
—Lo que cuentan tiene que ser asombroso para que esa idiota me esté poniendo ojos tiernos después de las cosas que me dijo hace años —replicó Loki entre la displicencia y la diversión, haciendo reír de nuevo a su hermano. Hacía tiempo que el resentimiento de saber que sólo lo miraban a él las que no podían tener a Thor o incluso a Fandral ya no quemaba a Loki como en su primera juventud. Había otros mundos aparte de Asgard, otras civilizaciones, otras mentalidades. Había conocido mujeres capaces de verle como algo más que un premio de consolación, aunque fuera obedeciendo a oscuros intereses que poco o nada tenían que ver con el amor ni maldita la falta que hacía. Descubrirlas había sido uno de los muchos aprendizajes de aquellos años; quizá no el más importante pero sí, desde luego, el más divertido y jugoso. No había habido nada de romance en todo aquello, cierto. A cambio había sido instructivo. Tremendamente instructivo. Loki no cambiaría todo lo que había aprendido acerca del sexo y de la magia y de sí mismo por unas estúpidas palabras de amor y unas cuantas miradas de adoración barata. Esas patrañas sensibleras estaban bien para quien las necesitara, pero no para él—. Un día voy a tener que pedirle a los bardos de Asgard que me expliquen qué es exactamente lo que van contando de nosotros...
—Bebamos, hermano —le instó Thor, tomando una jarra y llenando las copas de los dos hasta arriba. Parecía, en su estilo habitual, tan despreocupado, tan seguro de sí mismo, tan feliz por todo en general y por nada en concreto que Loki no podía evitar unas inmensas ganas de abofetearle compitiendo dentro de su corazón con el anhelo de poder compartir esa dicha—. ¡Ah, qué sensación verse de nuevo en el viejo hogar después de tanto tiempo! Nada ha cambiado, ¿verdad?
Loki lo miró con una expresión de satisfacción impecable, perfecta, sin evidencia alguna de la grieta que las palabras de Thor acababan de abrir en su ánimo.
—Nada ha cambiado —concedió, brindando con Thor para después casi vaciar su copa de un solo trago.
Nada había cambiado.
Salvo por las partes en que nada era lo mismo, se dijo Loki, invadido de un repentino mal humor que por más que lo intentó no pudo achacar sólo al cansancio y a la cercanía exultante de Thor y a las sonrisas seductoras de aquella estúpida pero muy hermosa engreída con la que quizá en otro momento, en otro día, con otro espíritu, no le habría importado jugar un poco. Todas sus emociones estaban envenenadas de despecho aquella noche. Hasta bien avanzado el banquete había esperado en vano ver aparecer a Sigyn, incapaz de creerse que de verdad ella no fuera a asomarse a la celebración de su regreso por aquella maldita tontería de los ajustes de su máquina astronómica. Que Sigyn ya no tenía demasiado interés por él era algo que le había quedado bastante claro al dejar de recibir sus cartas y empezar a saber de su vida a través de terceros, pero aquel plantón suponía tanta indiferencia que rayaba en el desprecio. Loki aún trataba de decirse que no era nada personal, que Sigyn siempre había tenido una fuerte tendencia a abstraerse de todo y de todos cuando tenía la mente puesta en su ciencia. Pero el fantasma del rechazo llevaba horas retorciéndose dentro de él como un animal herido y rabioso. No creía que la indiferencia del mismo Odín ante su retorno hubiera podido ofenderle tanto. Sigyn no tenía derecho a portarse así con él, después de lo que habían sido en el pasado y de lo diíicil que le había resultado dejar de pensar en ella durante sus años fuera de Asgard.
Porque había sido difícil, sí. Jodidamente difícil.
Al principio fue suficiente con ignorar las dulces muestras de afecto de Sigyn en sus primeras cartas, con convencerse a sí mismo de no buscar significados ocultos en las cariñosas palabras de ella. Pero hubo un momento en que con eso no bastó y entonces Loki se obligó a volverse frío, a poner de veras, por fin, la distancia que había buscado al partir de Asgard junto a Thor y sus amigos. Y cuando tampoco con eso bastó Loki se exigió a sí mismo dejar de escribir y destruir las cartas guardadas para no ceder nunca más a la necesidad de recrearse en ellas, de volver a releer aquellos "ojalá estuvieras aquí" que le llenaban de calor el corazón y le hacían imaginarse cosas tan vívidas que tenían su propio olor y su propio tacto. Consciente de que aquella fantasía le era inasequible y de que no habría ninguna felicidad para él al final de ese camino, Loki terminó prohibiéndose pensar en Sigyn de ninguna manera, ya que al parecer no era capaz de limitarse a pensar en ella como antes. Había sido un proceso largo, interminable, doloroso, desgarrador a veces, en el que había tenido que mostrarse despiadado consigo mismo y con sus deseos, pero al final lo había logrado.
Y ahora, después de tanto sacrificio, Sigyn no se dignaba aparecer por la celebración de su regreso. No le ofrecía nada a cambio de todo el esfuerzo invertido en dejarla atrás: ni una sonrisa ante la que no sentir vértigo, ni un abrazo de amiga en el que no derretirse, ni un indiferente "veo que no te has muerto" por el que no dolerse. Nada con lo que poder demostrarle y demostrarse a sí mismo hasta que punto había conseguido superar su pequeño ataque de locura y olvidar lo que había llegado a creer que sentía por ella.
Con la mente envenenada por aquellos pensamientos Loki volcó el escaso vino que quedaba dentro de su copa. Antes de tocar la mesa el líquido carmesí se transformó en una lluvia de arañas que comenzaron a corretear sobre el mantel y los platos cercanos, ante los gritos de espanto de las mujeres.
Arañas.
—Loki, ¿no ves que estás asustando a las damas? —le gritó Thor entre carcajadas y guiñándole un ojo, con la estúpida cortesana estrechamente abrazada a él en medio de su pánico.
Loki miró a su hermano. Miró a los Tres Guerreros, que contemplaban la escena con expresión entre condescendiente y divertida, nada más que la travesura de un chiquillo para ellos. Miró a sus padres, sentados cerca de él en la cabecera de la mesa, y a Sif en el otro extremo censurándolo con su habitual cara de asco. Miró a la multitud que llenaba la Sala de los Banquetes. Y se sintió solo, más solo de lo que se había sentido en años, ajeno a todo aquello de lo que en teoría era parte y protagonista simplemente porque otra vez le faltaba una persona, esa única maldita persona que ni siquiera estaba seguro de qué significaba ahora para él pero que aún seguía infectando su ser y lo había contaminado todo, incluidas sus travesuras y su magia: las arañas, las jodidas arañas, eran idénticas a aquella que conjurara sobre la mano de Sigyn en el primer día de sus clases conjuntas.
—Creo que iré a tomar un poco el aire —replicó, devolviéndole el guiño a Thor con tanta desenvoltura que nadie habría podido imaginar la amarga furia que bullía debajo—. Demasiado vino.
—¿Es que no piensas arreglar este desastre, desgraciado?
Antes de irse, esbozando su mejor sonrisa traviesa, Loki convirtió las arañas en pequeñas bolas vivientes de fuego que ardieron fugaces y se retorcieron sobre la mesa hasta no ser más que cenizas que luego hizo desaparecer, satisfecho de los gritos de horror y repugnancia que levantó con ello pero no tanto como de perder la fiesta de vista. Necesitaba aire fresco de verdad.
Sin embargo no fue a los jardines sino la vieja sala de estudios a donde lo condujeron sus pasos errantes. El silencio y la visión de los pupitres vacíos en la penumbra del aula abandonada lo golpearon con dureza, pero no tanto como la imagen de la pizarra, ocupada de un extremo a otro por una ecuación que calculaba magnitudes astronómicas. Había pasado demasiado tiempo desde su última clase como para que los símbolos trazados con tiza aquel día hubieran podido resistir así de claros y legibles. La ecuación tenía que ser reciente. Por alguna razón, la evidencia de que Sigyn todavía entraba en su aula a menudo azotó el alma de Loki de una forma en que no lo habían hecho ni la tensión por volver a ella ni el despecho por su desplante. Evaporada de pronto la rabia, la imaginación de Loki volvió, enternecida y triste, a aquel primer día como compañeros de estudios, a su estúpida pataleta de chico que se creía muy mayor para tratar con niñas, al momento en que se vio cautivado por la inteligencia y la magia de Sigyn. Ahí era cuando todo había empezado a ir mal, se dijo Loki, mucho antes de su descubrimiento de Sigyn como mujer y del pequeño ataque de locura en el que se había llegado a convencer de que estaba enamorado de ella. Ahí se había torcido todo, en el mismo momento en que le abrió a Sigyn el corazón sin darse cuenta y sin prever hasta qué punto esa chiquilla iba a llegar a importarle. Si tan sólo pudiera volver atrás en el tiempo, no permitirse a sí mismo simpatizar con ella, no dejar que nadie llegara a poseer semejante poder sobre él...
Como hechizada por sus recuerdos, la puerta, igual que entonces, se abrió de pronto con estrépito. Y no fue otra que Sigyn la que entró atropelladamente por ella, portando la luz de una lámpara de aceite y murmurando cosas para sí a media voz, como una loca.
En los últimos días Loki había abrigado muchos y muy distintos sentimientos anticipando el momento en que volvería a ver a Sigyn, y sin embargo su primer impulso al tenerla ante sí, el simple y desnudo deseo de abrazarla, lo cogió totalmente desprevenido. Asustado, se retiró un poco más contra las sombras que lo envolvían, conjurando una ilusión óptica que lo hacía indistinguible del fondo. Un hechizo innecesario, se dijo al momento, consciente de que no tenía que temer que Sigyn lo viera porque para su mirada azul, igual que cuando eran niños, ya no existía mundo fuera de la pizarra. Loki la observó en silencio casi sin atreverse a parpadear por no delatarse, bebiéndose con los ojos cada rizo prófugo de su cabello mal recogido, cada pequeño movimiento de su cuerpo mientras borraba los signos de la pizarra y luego agarraba una tiza para empezar a escribir frenéticamente, cada pequeño matiz de la suavidad con que la tela oscura del vestido abrazaba sus formas. Sus malditas, benditas formas. Los años habían madurado lo que Loki ya recordaba como unas curvas exquisitas hasta hacer de ellas algo tan deseable que lo tenían con la boca abierta, conteniendo el aliento para no resollar, crispando sobre los faldones de su casaca de cuero las manos que ignorando todo cuando se había forzado a creer durante años ahora sólo querían tocar a Sigyn. Por un instante, igual que hiciera incontables veces durante los primeros tiempos de su largo viaje, Loki se imaginó acercándose a ella, deteniendo con suavidad su escritura, inclinándose sobre su oído, diciéndole "soy yo, he vuelto, te he echado de menos", tomando su barbilla...
—¿Loki?
El corazón de Loki dejó de latir un par de segundos y luego arrancó de nuevo, galopando a una velocidad mareante. En algún momento, mientras él soñaba despierto, Sigyn había dejado de escribir. Ahora permanecía quieta frente a la pizarra, sujetando la tiza con fuerza, respirando hondo. Y acababa de llamarle. Sigyn sabía que Loki estaba allí a sus espaldas, como siempre, como si tuviera ojos en la nuca o pudiera escuchar las vibraciones del aire en torno a su persona. Sigyn todavía era capaz de intuirle de aquella manera inexplicable que en el pasado le sacaba de quicio y le complacía a partes iguales. Todavía sorprendido y confuso, todavía estremecido por volver a oír su nombre saliendo de los labios de Sigyn, Loki la vio volverse hacia él. Vio su rostro pecoso, pulido por el paso de los años, y no pudo creerse que realmente hubiera existido un tiempo en el que le parecía fea. Vio sus labios entreabiertos. Vio sus grandes, dulces, añorados ojos azules, que parecían buscarle empañados de confusión y de sorpresa.
Y en un segundo el hechizo de invisibilidad se desmoronó, completamente olvidado por Loki en medio del horror de comprender que aún estaba enamorado de ella
A Sigyn las mejores ideas siempre se le ocurrían cuando se retiraba a dormir. Desviarse del camino a su dormitorio para ir a la carrera hasta la sala de estudios y apuntarlo todo antes de que se le olvidara se había convertido en una costumbre casi diaria para ella. Ni se le había pasado por la cabeza la posibilidad de que que aquella noche el aula no fuera a ser un santuario seguro, convencida como estaba de que Loki permanecería con los demás hasta el alba en la Sala de los Banquetes para celebrar a lo grande su retorno.
Pero de pronto le había sentido allí, tras ella. Le había olido, la esencia del invierno idéntica a la que recordaba con pasión y nostalgia pero más fresca e intensa que nunca al emanar de él, al envolverla, al abrazarla. No podía estar equivocándose. Sabía que Loki estaba allí mirándola con la misma seguridad con que sabía que no podía respirar, que no tenía valor para volverse y enfrentarse por fin con lo inevitable.
—¿Loki? —lo llamó, casi en un lamento, furiosa consigo misma por no poder controlar su voz.
Durante interminables segundos esperó, deseó fervientemente haberse equivocado y que no hubiera respuesta. Pero a pesar del obstinado silencio el olor de Loki seguía allí, abrumador como una tormenta de nieve cercándola en furiosos remolinos, más y más fuerte con cada segundo que pasaba. Reunió al fin coraje para darse la vuelta. Y todavía no había podido encajar la sorpresa y la decepción de no ver a Loki ante sí cuando de repente, en un parpadeo, él emergió de entre las sombras del fondo del aula en las que había estado oculto.
Si es posible morir con el corazón todavía en marcha y a la vez sentirse insoportablemente vivo pese a no poder respirar, entonces eso fue lo que Sigyn sintió en aquel instante anhelado y temido durante años. Unos ojos mucho más verdes y penetrantes de lo que recordaba la miraban desde el rostro adulto y bellamente cincelado de un completo desconocido, y apenas podía reconocer en la esbelta pero imponente presencia de aquel hombre envuelto en cuero y metal al Loki que era su Loki cuando partió de Asgard. Sin embargo al mismo tiempo en su mirada, en su postura, en la pequeña sonrisa arrogante que curvaba sus finos labios, en su gesto de calculadora curiosidad, en su manera de llevar el pelo negro echado hacia atrás... En todo era tan él que a Sigyn le dolió el cuerpo de puras ganas de abrazarlo. Pero, por supuesto, no lo hizo. El tiempo transcurrido pesaba mucho, demasiado. El recuerdo del lento desapego de Loki a través de sus cartas también. Una no iba y se echaba a los brazos de alguien que tan alegremente la había dejado atrás como si no hubiera pasado nada.
—Vaya. Loki. Me has asustado. No... Caray, no... No esperaba verte aquí... No...
—Yo también me alegro de verte, Sigyn.
La sonrisa burlona y condescendiente de Loki al señalar lo torpe de su saludo atravesó a Sigyn de parte a parte. Estaba tan guapo que cortaba el aliento. Parecía tan hombre, tan seguro de sí mismo, tan lejano del patético manojo de nervios que ella se sentía en aquel momento... No era justo. No era justo en absoluto que Loki se hubiera marchado de aquella forma y que luego la hubiera dejado completamente de lado y que ahora volviera así de espectacular y de majestuoso y de él mismo y ella, en lugar de tener un poco de dignidad, sólo pudiera sentir que se derretía al mirarlo.
—Se te ve... Distinto.
—Tú en cambio estás igual que siempre.
Por un momento casi pareció que lo hubiera dicho como un halago y que en su sutil tono de burla vibrara el viejo cariño de siempre. Pero Sigyn era demasiado consciente de sus ojos mientras la estudiaban, demasiado consciente de todas las referencias con las que ahora podía compararla, demasiado consciente de su modesto vestido manchado de tiza, de su pelo, de sus pecas, de su parco atractivo, de no poder salir ganando en ninguna comparación si los rumores llegados a Asgard tenían algo de cierto. Oír aquel "igual que siempre" fue peor que recibir un bofetón en mitad del rostro.
—Por lo que cuentan los bardos, parece que tus artes mágicas son asombrosas ahora —dijo forzándose a no desviar su mirada de la de Loki, tan intensa y fija que costaba un mundo sostenerla.
Si Loki captó la indirecta nada en su gesto sugirió que le importara, que tuviera el menor remordimiento por haber sido el primero en dejar de escribir y cortar del todo la comunicación entre ellos dos. Se limitó a asentir con presunción, antes de replicar:
—En cambio, yo he podido deducir esta noche de la cháchara de mi madre que tú has relegado tu magia en favor de la ciencia. Una verdadera lástima, si me permites decirlo.
Los demonios de la soledad y el abandono se retorcieron dentro de Sigyn, queriendo gritar de rabia. ¿Así que le parecía una lástima? ¿En serio? ¿Y cómo podría haberlo hecho de otra forma sin acabar volviéndose loca a base de recuerdos? ¿Quién se creía Loki que era para criticar sus decisiones respecto a la magia cuando él, siendo su guía y su único compañero en aquella senda, no había estado a su lado para ayudarla a tomarlas?
—Hay quienes no piensan así, Loki —repuso, tensa—. Mi ciencia está siendo muy útil para Asgard.
—Oh, lo sé. Madre no paraba de hablar de tus constelaciones y tus aparatos. Supongo que ellos son la razón de que no te hayas dejado caer por la celebración de la vuelta a casa de tus viejos amigos... Claro que lo entiendo. Demasiado trabajo por hacer, ¿verdad? Ajustes de última hora, cálculos que rehacer, mil detalles que vigilar... No podías arriesgar meses de trabajo por una tonta fiestecilla de bienvenida, supongo.
Escuchar de labios de Loki las mismas excusas que ella misma le diera a Odín unas horas antes sólo que envueltas en suspicacia y sarcasmo le rompió a Sigyn el corazón. Él la había llegado a conocer demasiado bien, se recordó. Y era inteligente, extraordinariamente inteligente. Hablaba a la perfección su mismo idioma. No se había tragado, ni por un momento, el cuento de que la meticulosa obsesa del método científico temiera haber dejado cabos sueltos tras la puesta en marcha de su obra. Loki sabía que simplemente no había querido ir. La posibilidad de que también se imaginara el por qué era remota, pero tan espantosa que Sigyn empezó a temblar y lamentó de veras no haber llegado a ser lo bastante hábil con la magia como para poder ordenar al suelo que se la tragara.
—Exacto. Siento no haber podido estar. Si tú... Si alguno de vosotros hubiera escrito para anunciar que regresabais yo me habría encargado de que las dos cosas no coincidieran. Pero no lo hicisteis.
—Oh, no te preocupes —replicó Loki con la más inocente y luminosa de sus sonrisas, sus ojos, sin embargo, intensamente clavados en Sigyn con una expresión que ella no pudo definir—. Habrá más fiestas de adiós y bienvenida a las que puedas asistir, en un futuro. No sé exactamente cuáles serán los planes de Thor de ahora en adelante, pero los míos no pasan por quedarme mucho tiempo en Asgard. Una vez que has descubierto todo lo que ofrece el mundo...
Sigyn contuvo el aliento el tiempo suficiente para empezar a marearse. ¿De verdad hablaba de volver a marcharse? ¿Ahora que justo acababa de regresar? ¿Ahora que ella empezaba a comprender que seguía enamorada de él sin remedio y que lo quería cerca aunque fuese así, bajo la forma y los distantes modos de un perfecto desconocido?
—Te aburrirías ahora teniendo que conformarte con la vieja y buena Asgard, ¿verdad? —le preguntó con apenas un hilo de voz, incapaz de esconder su tristeza de saberse incluida en aquel lote.
—Ni te lo imaginas.
El coraje de Sigyn huyó miserablemente ante aquella frase que sonó a latigazo y por unos instantes la joven se miró los pies, tratando de volver a componerse. Pero no mirar a Loki la hizo sumergirse de lleno en la forma en que su olor a invierno -más intenso, más próximo aún que antes aunque él no se le hubiera acercado ni un solo paso- la abrazaba. Y eso le hizo recordar los largos años en que lo había extrañado sin consuelo, anticipar los largos años que tendría que volver a vivir sin ello sólo porque el fascinante mundo que había ahí fuera era, para Loki, más interesante que nada que Asgard y ella pudieran ofrecer.
—Pues la próxima vez espero poder despedirme de ti; como si fuéramos amigos, ya sabes —declaró amargamente antes de darse cuenta de lo que decía.
En el silencio incómodo y denso que siguió Sigyn no se atrevió a levantar la mirada, segura de haber delatado demasiado con aquellas palabras e incapaz de afrontarlo. Sintió que en el perfume que la envolvía se recrudecía el matiz del hielo imponiéndose a todos lo demás, como si acabara de sobrevenir una glaciación sobre los bosques.
—Oh, pero... Si no recuerdo mal, querida Sigyn, fuiste tú la primera en marcharse de Asgard sin decir adiós, ¿no?
Sigyn miró a Loki con los ojos muy abiertos a causa de la indignación y la sorpresa, incapaz de creerse que el sinvergüenza le acabara de hacer a ella aquel reproche, incapaz de encajar la nota extraña que había en su voz, el tono quebradizo de quien además del resentimiento también llevara una pesada pena a sus espaldas. No podía ser cierto. Loki no podía tener la cara tan dura y ella tenía que haberse imaginado el rencor y el dolor que se entreveraban en las palabras de su antiguo amigo. Porque Loki, tras lanzar la indirecta, se limitaba de nuevo a sonreír, deslumbrante e indiferente a la vez, como si acabara de hacer una simple observación a propósito del clima.
—Loki, yo...
Loki la cortó haciendo con la mano un gesto displicente, demasiado hostil pese a lo que sugerían su sonrisa cordial y su expresión de "tranquila, si no me importa". De todas formas Sigyn no habría sido capaz de terminar la frase, insegura de qué decirle y ahogada por un nudo gigantesco en la garganta.
—Será bueno estar por aquí una temporada, de todas formas. Un hombre necesita descansar en el viejo hogar de vez en cuando. Aburrirse un poco es necesario a veces. Ya nos veremos, Sigyn.
En el silencio que siguió a la marcha de Loki Sigyn cedió a la flojera en las piernas contra la que llevaba minutos luchando, se dejó caer pesadamente en uno de los pupitres e intentó recobrar un ritmo de respiración que no doliera.
No podía creer que todo aquello estuviera ocurriendo de verdad: que Loki hubiera vuelto a Asgard, que fuera a marcharse otra vez, que la vieja amistad pareciera no ser más que una memoria distante, que ella todavía estuviera tan estúpidamente enamorada de él como en aquellos primeros días de su ausencia...
No quería creerlo.
En otra vida Loki había sido más que un hermano para ella, más que un amigo, más de lo que nadie en los Nueve Reinos y más allá de ellos podría llegar a ser nunca. En otra vida lo habían compartido todo, la magia, los libros, sus pensamientos, sus pesares, sus aspiraciones. En esa otra vida, ante el regreso de Loki de aquellos viajes maravillosos los dos podrían haber estado toda la noche en vela, hablando y hablando sin parar. En esa otra vida Sigyn habría cogido la mano de Loki para tirar de él hasta el Observatorio y mostrarle, orgullosa, el fruto de su trabajo, la belleza de su máquina al girar buscando el pulso de los mundos. En esa otra vida, tras una separación tan larga como la que habían sufrido, cada uno sería la única persona del Universo con la que el otro querría estar.
Y Sigyn, que no quería creer que aquella vida y aquel tiempo estuvieran ahora tan lejanos como las estrellas -igual de hermosos en la distancia, igual de inalcanzables-, se aguantó las ganas de llorar mientras contemplaba las fórmulas escritas de su puño y letra en la pizarra, presa de una rabia y un desánimo como no recordaba haber sentido en toda su vida.
Ahí tenéis el reencuentro. Algunas me habíais expresado el deseo de que tras la separación la vida los encuentre cambiados y yo creo que por ahí van los tiros, pero eso lo tenéis que juzgar vosotras, ya sabéis, con esos bonitos comentarios que tanto me gustan. Por cierto que esta semana voy con un poco de retraso para contestarlos pero contestaré. Tenía que elegir entre eso o actualizar y NO ME DIGÁIS POR QUÉ pero creo que preferís esto XD. Un saludo ;)
(Y muchas, muchas gracias por sus reviews a Annette, a quien no puedo contestar más que por aquí. Me encanta con cuánta pasión lo vives :) )
