Nota de la autora. He tardado bastante en actualizar y me disculpo por ello. Agosto, ir y venir, excusión por aquí, playa por allá, locurón de comidas ricas... Vamos, que el verano es durísimo XD
Gracias a Abii por su comentario, ya que no la puedo contestar por otra vía; a mí me gusta que te guste todo tanto ;)
Respecto al capítulo que nos ocupa, puede que si alguien ya siguió este fic a través de Tom Hiddleston/Loki Laufeyson Spain en Facebook note un pequeño cambio en el título, nada demasiado importante; decidí que me gustaba más este. Y creo que no hay nada más que aclarar. Si resulta que sí lo hay, pues ya contestaré en el tiempo de ruegos y preguntas XD.
Disclaimer de rigor: no soy guionista ni director ni asalariado de ninguna clase de Marvel y en consecuencia no poseo (lástima) a Loki, así que no saco más beneficio de publicar este relato que el de agradar a quien quiera leérselo.
CAPÍTULO VI:
MONSTRUOS
—Si salimos al alba, a primera hora de la tarde estaremos ya en los Altos de Gründhal. Para la noche esos trolls de roca que han estado dando problemas serán historia.
—Son una tribu entera, Thor, y nosotros sólo seis: no es lo que siendo rigurosos podríamos llamar un ejército.
—¿Y quién necesita un maldito ejército? ¡Tenemos el Mjolnir! ¡Vamos, Loki, deja de poner pegas! Esas bestias han estado molestando a nuestra gente y debemos pararles los pies. Las razas de los Nueve Reinos han de saber que no se juega con los hijos de Asgard.
—Sí, supongo que han de saberlo. La cuestión, hermano, es si siempre tenemos que ser nosotros los que se lo expliquemos.
—Maldita sea, Loki, ¿dónde está el problema?
—¿De veras te lo tengo que explicar? El problema está en que nadie nos ha dado vela en ese entierro, y en que si cometemos un error y nuestro padre...
—¿Que no es asunto nuestro, dices? La gente de los Altos de Gründahl es nuestra gente, ¿acaso no le corresponde a Asgard cuidar de Asgard?
—Le corresponde al rey de Asgard tomar decisiones acerca de cómo cuidar de su reino y de sus súdbitos. Corrígeme si me equivoco, Thor, pero me parece recordar que dicho rey no eres tú. Nuestro padre sabe igual que nosotros que esos ataques han tenido lugar, y estoy seguro de que antes o después...
—¡BAH! ¿Antes o después, Loki? ¿Antes o después? ¡AHORA es el momento de hacer las cosas! Antes o después... Hablas como él. Como un político.
—Por lo que más quieras, relájate.
—¿Que me relaje? ¡Relajarnos es lo que nos lleva a tener que soportar agresiones como éstas cada dos por tres! ¡Estamos dormidos en los laureles, hermano! ¡Estamos...!
—Todavía no estoy sordo, Thor. Te oigo perfectamente sin necesidad de que des esas voces.
—¡Vamos, pequeñajo! Ha de hacerse y vamos a hacerlo. Y quiero que vengas tú también. Siempre es más divertido cuando vamos todos juntos. ¿Es que no vas a animarte? ¿Tanto miedo le tienes a nuestro padre, o es acaso de los trolls de lo que estás asustado?
Aquél había sido, como de costumbre, el fin de la discusión.
Apenas veinticuatro horas después, al alba del último día del verano, Loki marchaba a caballo junto a Thor, Sif y los Tres Guerreros, camino de los Altos de Gründhal.
La situación empezaba a ser tan recurrente que ya le aburría: Thor se empecinaba en buscar gresca con alguna peligrosa criatura que en su opinión amenazaba la soberanía y el orgullo de la gloriosa Asgard. Él trataba de disuadirle porque Odín montaría en cólera. Thor insistía. Él aportaba varios argumentos de peso. Thor contraatacaba cuestionando su valentía. Y al final él acababa cediendo y uniéndose a la cruzada de turno de su hermano porque aunque le parecía una solemne estupidez realmente no tenía nada mejor que hacer. Pese a lo que él mismo le dijera a Sigyn la noche de su reencuentro —aquellas palabras insufriblemente petulantes pronunciadas con ánimo de herir que ahora lamentaba y desearía poder tragarse—, Loki ya llevaba un par de meses de vuelta en Asgard sin encontrar el momento de partir de nuevo en busca de saber y de emociones. Las mil maravillas que aguardaban ocultas en los distintos mundos esperando a que él las descubriera ya no parecían tan atractivas como antes. Y por mucho que a Loki le disgustara reconocerlo, la fanfarronería justiciera de Thor le daba unas excusas inmejorables para posponer su tan anunciada partida. Casi le permitían creer que permanecer en casa no era una cuestión de no querer irse o no poder reunir valor para volver a abandonar lo que tenía en Asgard; era su condición de buen hermano la que le impelía a quedarse, vigilando que Thor no hiciera demasiado el imbécil en sus correrías.
Y en el fondo -admitía Loki a regañadientes- sí que era divertido marchar todos juntos a la aventura. Desde luego, mucho más divertido que quedarse en palacio a merced de su aburrimiento y de los peligrosos derroteros por los que solía adentrarse su mente cuando estaba solo y determinada persona de cabello rojo, llena de tímida y cordial indiferencia por su persona, andaba cerca.
A media mañana, ya muy al Sur y adentrados en terreno montañoso, los expedicionarios decidieron hacer un alto para comer algo y permitir descansar a sus monturas, necesitadas de todas sus fuerzas para acometer la escarpada subida a los Altos de Gründhal. Encontraron agua y sombra para los caballos en un pequeño manantial rodeado de árboles, situado junto a una terraza de roca desde la que podía verse, pequeña en la distancia y brillante como una pieza de oro junto al azul del mar, la ciudad de Asgard.
—Padre se va poner furioso cuando se entere de esto —suspiró Loki mientras contemplaba las impresionantes vistas.
—Padre se enterará cuando ya haya pasado todo —replicó Thor, a quien Fandral estaba sirviendo hidromiel del odre que Volstagg, siempre tan previsor en materia de comida y bebida, había traído consigo—. ¿Acaso está ahora en Asgard, cuidando de que esas bestias inmundas no se metan con nuestra gente? No. Está por ahí, en misión diplomática. Haciendo política. Ya se le ha olvidado cómo pensar como guerrero además de como rey —gruñó, sin poder ocultar su desdén por aquella filosofía—. Es como esa tontería que le ha dado con Cara de Pan y sus cacharros. ¿"Una amenaza a miles de años luz a través de las constelaciones"? ¿A quién narices le importa eso? Trolls molestando a la gente de Asgard en nuestras malditas fronteras, jotunns recomponiendo sus ejércitos poco menos que en nuestra puñetera cara, ésas son las cosas de las que un rey debería ocuparse, no de... estúpidos pitidos que lo mismo sólo son interferencias del jodido aparato.
Loki, que justo en aquel momento contemplaba el Observatorio mientras se preguntaba qué estaría haciendo Sigyn, se volvió y miró a su hermano mayor sin parpadear, perplejo de que a aquellas alturas su simpleza le siguiera dando motivos para sorprenderse. Porque una cosa era que él fingiera no darle importancia a la carrera que Sigyn, a pesar de su condición de mujer y de dama noble destinada a no ser más que un decorativo contenedor de futuros herederos, estaba desarrollando en Asgard como estudiosa del cosmos; que fingiera no tener el menor interés por sus ensayos con el Bifrost ni por las pequeñas y complejas maravillas de la ingeniería astronómica que había ido inventando para desarrollarlos... Una cosa era que Loki aparentara con toda credibilidad ese insultante desinterés hacia todo aquello y otra muy distinta que lo sintiera de verdad. En realidad estaba admirado hasta extremos absurdos de los logros de Sigyn. Tan admirado que le dolía no poder mostrarlo, tener que ocultar su curiosidad por el bien de su dignidad y de su decisión de mantenerse sensatamente apartado de Sigyn, comportarse como si el Observatorio y lo que allí estaba sucediendo sólo existieran en la mente de estratega de Odín. Sin embargo Thor era sincero cuando llamaba estúpidos pitidos a las trasmisiones de una especie alienígena belicosa que al parecer había encontrado la forma de invadir dimensiones vecinas mediante agujeros de gusano. Absoluta y pasmosamente sincero. No había un sólo día en que Loki no se maravillara de que ambos fueran hijos de los mismos padres y tuvieran la misma sangre regándoles el cerebro.
—Padre cree que podría ser la forma de evitar una guerra —le recordó a Thor.
—¿Evitar? Evitar mostrar nuestra superioridad y nuestra fuerza es lo que ha hecho que muchos de los Nueve Reinos las estén olvidando. Antes o después tendremos que hacerlo, Loki, le guste a nuestro padre o no.
Loki no pudo contener un suspiro de resignación. Ése era Thor. No tenía templanza ni dos dedos de frente ni nada que se le pareciera. No sabría distinguir una política sensata ni aunque le mordiera en el culo. Y aquél era el que Odín consideraba su heredero dorado, el digno portador del Mjolnir. Había veces en que Loki casi sentía pena por su padre y por su pobre juicio perdido.
—Vamos, pequeñajo —dijo Sif, que descansaba a la sombra de un frondoso árbol cerca de ellos—. Deja de comerte la cabeza con política y empieza a pensar en cómo vas a colaborar luego. Se dice que los trolls no tienen cerebro ni oídos, así que no creo que puedas hacer el truquito habitual de liarlos con tu palabrería como haces con las personas...
—Cualquiera diría que todas las veces que os he sacado de un atolladero lo he hecho hablando —replicó Loki entre la irritación y la arrogancia—. Recordemos Agrïmvordnoor hace tres años, sin ir más lejos.
—Cierto —terció Fandral socarrón, arqueando una ceja—. Desde luego, por el ruido que hacíais en la celda de al lado no parecía que aquella sacerdotisa y tú estuvierais hablando, precisamente.
—Suma, Fandral —puntualizó Thor entre risas—. Era una suma sacerdotisa. No la rebajes de categoría sólo porque tuvo buen gusto y prefirió a un Odinson antes que a ti.
—Y además yo no me refería a eso sino a lo de después —matizó secamente Loki—. Cuando ya la había convencido de que nos ayudara a escapar, quiero decir. No se si os acordaréis de aquel minúsculo favor que os hice al convertir en piedra las monturas de los agrïmves. Pero deberíais, ya que en última instancia fue lo que nos permitió salir vivos de allí.
—Oh, sí. Buen truco aquél, sí señor —asintió Thor.
Buen truco, chico. Si a Loki le hubieran dado oro por cada vez que había escuchado aquella frase condescendiente después de salvarles el culo a su hermano y a sus amigos, ahora sería el hombre más rico de los Nueve Reinos. Habían salido vivos de muchas aventuras gracias a sus trucos en igual o mayor medida que a la lucha armada; y sin embargo a ojos de Thor -que era lo mismo que decir a ojos de Asgard- la magia seguía siendo aquella extravagancia afeminada del pequeño de la familia que poco o nada contaba frente al poder del acero y el músculo. Nadie en todo Asgard parecía capaz de entender el potencial y la grandeza de la magia de Loki.
Nadie.
Salvo, por supuesto, esa única persona que ya no estaba a su lado para hacerle sentir comprendido, valorado, importante.
Loki miró de nuevo hacia el lejano Observatorio, sintiendo en el pecho el ardor de una nostalgia que dolía. Apenas soportaba acordarse de lo que Sigyn y él habían sido el uno para el otro en el pasado y compararlo con el frío simulacro de amistad que tenían ahora. Cruzarse de vez en cuando por los pasillos, mostrarse correctos y cordiales donde antes se insultaban con todo el cariño del mundo, hablar distendidamente acerca de naderías y siempre en presencia de terceros y siempre en medio de una tensión desasosegante cuando antaño, estando a solas, habían parecido las dos mitades de una misma mente... Dolía. Dolía enfrentar el presente con la hermosa amistad que parecían haber perdido para siempre. Y dolía todavía más enfrentarlo con lo que Loki, en algún lugar de su alma inasequible a los dictados de lo sensato y lo correcto, todavía deseaba poder tener con ella. Porque lo deseaba, sí. Por más que Loki se instaba a tener amor propio, por más que se repetía que Sigyn no le importaba tanto, por más que intentaba convencerse de que nunca había puesto sus ojos en ella en serio, sabiendo como sabía que no le estaba permitida... No había pensamiento sobre Sigyn -sobre ellos dos- que no estuviera contaminado de anhelos que lejos de diluirse eran más y más ardientes con el paso de los días, más y más intensos cuanto más esquiva e indiferente se mostraba Sigyn con él. Loki ni siquiera había sido capaz de estar con otra desde que volviera a Asgard, encontrando siempre una buena excusa para declinar las oportunidades que en otro tiempo habría estado encantado de aprovechar. Fingir que podía saciar en otros brazos su lacerante necesidad de Sigyn era imposible teniéndola tan presente, tan cercana. Loki nunca había deseado así, con aquella inquietud constante del pensamiento, con aquella desazón física que rayaba en el dolor. ¿Y por qué demonios se obsesionaba así con Sigyn? Sus recuerdos de los últimos años estaban salpicados de mujeres indescriptiblemente sensuales y hermosas a las que sin embargo no había deseado ni la mitad de lo que anhelaba tenerla a ella. Loki se decía que sólo sentía lo que sentía porque Sigyn le estaba prohibida, que si mañana mismo le permitieran cortejarla y tenerla la fiebre cedería antes incluso de llegar a tocarla, que en realidad Sigyn no era tan brillante ni tan adorable ni tan hermosa ni tan única como su estúpido pensamiento se obsesionaba en considerarla.
Y a veces hasta conseguía convencerse de ello.
Pocas veces.
Bueno; casi nunca, en realidad.
Al Embaucador, al parecer, no se le daba nada bien engañarse a sí mismo cuando la verdad se empeñaba en restregarse por su cara a cada momento.
—Vamos, Loki. Ven y come algo —lo llamó Volstagg, hablando con la boca llena de fiambre de buey—. Un hombre no puede ir a la batalla con el estómago vacío. Ni siquiera uno tan flaco como tú. Y el hidromiel es de primera.
—¿Y no te parece que el mediodía es una hora un poco temprana para empezar a emborracharse? —le preguntó Loki con sarcasmo mientras tomaba asiento en un tronco caído, al lado de Thor.
—¡Nunca es demasiado temprano para calentarse la sangre con el néctar del Valhalla! —replicó Volstagg. Luego, el gigantesco pelirrojo forzó a Loki a coger un vaso que Fandral llenó hasta los topes.
—Relájate y disfruta, hermano —insistió Thor—. Dejemos que nuestro padre se distraiga todo lo que quiera con su política y con la palabrería cósmica de Cara de Pan mientras nosotros cuidamos de Asgard en serio.
—Sí, Thor. Además, la chica hará bien en aprovecharse de la manga ancha de Odín y seguir jugando con su ciencia mientras todavía pueda. No creo que en Nornheim le vayan a permitir hacerlo una vez que sea la nuera del senescal.
En los segundos que siguieron a aquella declaración de Fandral, Loki no escuchó nada. Vio que Sif abría la boca para responder a aquello y que ella y Fandral se enzarzaban en una especie de amistosa discusión, pero fue incapaz de escuchar ni mucho menos entender una sola palabra de lo que se estaban diciendo. No pudo oír más que los estallidos de su propio corazón, que le hirieron en el pecho como golpes de martillo descargados desde dentro.
¿La nuera del senescal?
—Una mujer puede servir a los suyos con más cosas que con su matriz, alcornoque —fue lo primero que alcanzó a comprender, saliendo de los labios de una airada Sif.
—Cuando la mujer es como tú, tal vez —concedió Fandral—. Tú eres una doncella guerrera, amiga, y enorgulleces a la casa de tu padre desde el campo de batalla. Eso es admirable. Es honorable. Lo que hace Sigyn, en cambio... Pst. No es para tanto. Y no creo que esos capullos estirados de Nornheim vayan a consentir que la esposa de su próximo senescal se pase los días construyendo trastos y haciendo mapas estelares en lugar de... Bueno, de lo que quiera que hagan las esposas de los senescales cuando no están pariendo futuros senescales.
Loki no se dio cuenta de con cuanta rabia estaba apretando su vaso de metal hasta que sintió dolor en los dedos, blancos por el esfuerzo. Tampoco se dio cuenta de haber estado conteniendo el aliento hasta que tuvo que tomar una bocanada de aire porque literalmente se ahogaba. Pero ninguno de los otros cinco se apercibió de ello, ni de su súbita palidez, ni del fuego verde que le estaba abrasando por momentos la mirada, demasiado ocupados como estaban en discutir las afirmaciones de Fandral.
—De todas formas sólo es un rumor —objetó Sif, testaruda.
—Es un secreto a voces.
—Ja.
—Tengo fuentes fidedignas.
—Por todos los dioses, Fandral. ¿Fuentes fidedignas las cabezas de chorlito que a falta de algo mejor que hacer pierden el tiempo en tu cama? No me hagas reír...
—¡Oye!
—Sif tiene razón, Fandral —intervino Thor con gesto pensativo—. No tendrías que hacer caso de esos chismes. Nuestro padre ya habría insinuado algo, de ser cierto; al fin y al cabo, él es quien tiene la última palabra en lo que a Sigyn respecta, ¿verdad, Loki?
Loki no contestó, centrado en apurar el contenido de su vaso. Acababa de cambiar de idea respecto al hidromiel. De pronto, el mediodía parecía una hora más que apropiada para empezar a quemarse el esófago y el cerebro a base de alcohol. Fandral no podía estar hablando en serio. Loki sabía cual era el destino de Sigyn, y la posibilidad de que terminara llegando siempre había estado ahí, pero él pensaba... En fin, ahora que Sigyn y sus experimentos astronómicos se habían vuelto tan importantes para la política de Odín... No, imposible. Thor tenía razón. Tenía que tenerla. Cualquier decisión al respecto se habría tomado a puerta cerrada en una negociación formal y solemne con Odín, y ellos dos lo habrían sabido antes que unas insignificantes doncellas chismosas, se dijo Loki, tratando de tranquilizarse pero incapaz de hacerlo, sus viejos temores arrancados con violencia del letargo en el que los había tenido confinados durante años.
—Me limito a contaros lo que cuenta gente próxima a ella —insistió Fandral encogiéndose de hombros—. De todas formas, Thor, diga lo que diga tu padre, lo que es cierto y probado es que Theoric Gunnarson anda detrás de la mano de Sigyn. Y aunque según mis fuentes no sería ni mucho menos el primero, ya que al parecer Sigyn se ha vuelto un partido de lo más codiciado para los nobles de la zona fronteriza con Vanaheim, sí que sería el primero en mostrar un interés tan, digamos, personal. Creo que me explico. Se dice que de tanto insistir Gunnarson le ha acabado tomando cariño a nuestro ratón de biblioteca... Y también se dice que ella está más que encantada con la idea.
Loki tuvo suerte. La carcajada que soltó Thor al oír aquello distrajo a los demás. Nadie, por tanto, lo vio atragantarse y escupir violentamente el último trago de hidromiel ni apuñalar después a Fandral con una mirada cargada de odio. ¿Cómo osaba decir aquello? ¿Cómo se atrevía a hacerse eco de semejante mentira? Porque estaba mintiendo, no podía ser de otra manera. Es decir, Sigyn... Ella no... No, no era cierto. Loki no iba a admitir bajo ningún concepto que fuera cierto. Él no podía tenerla, de acuerdo, y ella no daba tampoco ninguna muestra de querer tenerlo a él. Pero estaba demasiado apegado al patético y egoísta consuelo de que no la tuviera ningún otro, de que Sigyn viviera para su ciencia y sus estrellas, de que sólo forzada y a instancias de su condición aceptaría ser la esposa de nadie. Lo que Fandral estaba diciendo... La sola idea de que ella hubiera puesto sus ojos con agrado encima de otro hombre...
—¡Y nosotros tan convencidos de que Cara de Pan no tenía más que palabrería y planetas en esa cabeza pelirroja! —se mofó Thor—. Qué engañados nos tenía, ¿eh, hermano? ¿Qué te parece?
Atrapado en medio de la encarnizada batalla que la confusión y la ira libraban dentro de él por hacerse con su control, Loki ni siquiera se acordó de indignarse un poco porque Thor siguiera utilizando aquel ridículo mote infantil para referirse a Sigyn. ¿Theoric Gunnarson? ¿En serio? ¿Después de lo que había tenido con él, de lo que habrían podido tener de estarles permitido, la mujer más inteligente y singular de los Nueve Reinos se conformaba de buen grado con eso? ¿Con Theoric Gunnarson? ¿Aquel estirado y taciturno idiota de Nornheim que no sabría hablar más que de caballos ni comprendería jamás su belleza ni sus aspiraciones ni el brillo de su privilegiada mente era quien había ganado el corazón de Sigyn? ¿De su Sigyn?
—Me parece que lo veo improbable —declaró con ironía y forzada frialdad tras aclararse la voz—. Sigyn habría tenido que sacar la cabeza de sus libros para darse cuenta de que Gunnarson existe, y me cuesta creer que tal cosa sea posible.
—Bueno. Antes sí, pero la chica puede haber cambiado desde que es una mujer —repuso Thor, tan divertido ante la idea que Loki habría podido estrangularlo—. Además, ¿tú qué ibas a saber? Tampoco es que seáis tan amigos como antes. Casi ni habláis, de hecho. No creo que la conozcas ahora más que ninguno de nosotros.
Loki sintió que se ahogaba en su congoja y que a la vez la ira le ganaba terreno a la confusión en la lucha por dominarle. Era increíble la capacidad que tenía Thor para darle sin pretenderlo donde más dolía.
—Lo veo improbable —insistió con su mejor cara de indiferencia. Luego tomó el odre del hidromiel para volver a llenarse el vaso y, esta vez sin accidentes, vaciarlo de un solo trago. Entumecerse un poco a base de licor se le antojaba la única manera de seguir pensando con claridad.
—Pues debes de ser el único. Gunnarson tiene revolucionada a la corte. Se ve que esos aires tan serios y estirados de Nornheim son lo que ahora hace a las damas perder la cabeza —bromeó Fandral antes de puntualizar con picardía—. Siempre según mis fuentes, claro. Que si un perfecto caballero, que si rectitud intachable, que si modelo de guerreros, que si gentileza extrema, que si el sueño de toda mujer... ¿No podríais vosotros dos influir en vuestro padre para que apruebe lo suyo y lo case con Sigyn de una vez y así el capullo se vuelva a su tierra? Últimamente cuesta mucho competir contra tanta perfección. Si cito a mis fuentes, Sigyn sería una especie de trastornada si no mostrara inclinación a aceptar sus avances. Y si las sigo citando, la salud mental de Sigyn está fuera de toda cuestión. Al parecer los han visto juntos alguna que otra vez y...
Aquella intolerable insinuación fue más de lo que Loki pudo soportar con templanza. La ira venció por fin a la confusión, tomó posesión de su ánimo y desató algo dentro de él. Algo que Loki reconocía pero a lo que le avergonzaba poner nombre, algo que había permanecido silente y dormido durante años y años en lo tocante a Sigyn. En las entrañas de Loki el pequeño monstruo despertó, se retorció dando rabiosos coletazos dentados, comenzó a crecer vertiginosamente a medida que lo devoraba y se alimentaba de sus temores, de sus inseguridades, de sus amargos remordimientos por la forma en la que había dejado escapar a Sigyn sólo por ser un buen hijo y un príncipe sensato, sólo por hacer lo correcto.
¿Cómo podía ser verdad lo que Fandral estaba insinuando? ¿Cómo podía haber ocurrido algo así delante de sus propias narices sin que él lo viera? ¿Cómo podía haber estado abrigando esperanzas de volver a encender el viejo afecto mientras Sigyn suspiraba por otro? No, no podía ser cierto. Ella no era esa clase de idiota, no...
Pero...
¿Y si sí lo era? ¿Y si Thor tenía razón y ya no conocía a Sigyn en absoluto? ¿Y si la edad adulta la había alejado para siempre de la niña que lo había querido y valorado a él sobre todas las cosas? ¿Y si ahora era como todas y quería lo que todas y en verdad ella y Gunnarson...?
El monstruo, aquel viejo conocido, bramó en el interior de Loki asestando dentelladas a sus tripas encogidas de ansiedad. Pero ninguno de los otros notó la mandíbula tensa del menor de los Odinson ni sus dedos crispados. Siguieron hablando, echando un poco más de sal en la herida, riéndose inconscientemente de su tormento.
—No tiene gracia, Fandral —protestó Sif, la única de ellos que se mantenía un poco seria—. Sigyn es una noble hija de Vanaheim, una mujer honorable. Ata tu lengua antes de insinuar según qué cosas.
Exacto, trató de decirse la parte de la mente de Loki que todavía no estaba siendo devorada por el monstruo de sus celos. Sigyn era una noble hija de Vanaheim. No habría puesto en cuestión su honor y el toda de su familia tonteando con ese estúpido. No se pondría en peligro de aquella manera después de cómo Loki se había sacrificado, alejándose de ella y de Asgard con tal de mantenerla a salvo de su deseo. No sería tan ruin y tan desagradecida, tan boba, tan como todas. No lo sería, ¿verdad?
—Hablamos de más —concluyó Thor—. Si hay algo entre Cara de Pan y su pretendiente de Nornheim, sólo ellos dos lo saben a ciencia cierta. Pero si es así, y mi padre lo aprueba... Me alegraré por la chavala, qué narices. Ya que algún día tendrá que casarse, pues que sea feliz, ¿no? ¿No es eso lo que queremos para ella?
Thor lo había mirado a él al decir aquello, sonriendo con su perpetua despreocupación, ignorante como siempre de lo que había por debajo de la fachada de serena indiferencia que su hermano menor, con ímprobo esfuerzo por su parte, estaba consiguiendo mantener intacta. No, quiso gritarle Loki. No quería que Sigyn fuera feliz. No así, no a cualquier precio, no con aquel imbécil. Estaba siendo infantil y egoísta y mezquino y lo sabía y le daba igual. No había querido a Sigyn en silencio tantos años para que ahora ella prefiriera a otro en sus malditas narices. Se sirvió un nuevo vaso de hidromiel decidido a ahogar los pensamientos sensatos y los malditos reparos morales, que a su entender ya le habían jodido bastante en lo que a Sigyn respectaba.
—¿No decías antes que era pronto para empezar a beber? —oyó mofarse a Volstagg.
Sólo ellos dos lo saben a ciencia cierta.
La mente de Loki, templada bajo los efectos del hidromiel, acarició la idea con perverso placer. Sólo Sigyn y Gunnarson lo sabían a ciencia cierta, en verdad, y sólo el tiempo podía arrojar luz sobre aquel asunto... para quienes no tenían más remedio que ajustarse a las normas, claro. Eso no lo incluía a él. Él tenía sus medios, sus trucos secretos de los que nadie le sabía capaz, sus formas de saber antes que nadie que los rumores no eran ciertos. De saberlo ya. De saberlo de primera mano y así tranquilizarse con la certeza de que si Sigyn no podía amarlo a él al menos tampoco amaba a otro. Porque eso era lo único que iba a comprobar, por supuesto. Había otras posibilidades terribles de descubrir justo lo contrario que Loki desechó apenas las hubo vislumbrado, decidido a que nada lo apartara de su enloquecida determinación.
—Al parecer tenemos un romántico noviazgo por el que brindar, Volstagg. Bien puedo hacer una excepción —se justificó burlón, sintiendo que le dolía la boca del esfuerzo por sonreír con naturalidad.
Si a lo largo de los años se hubieran molestado en conocer a Loki un poco mejor, Thor y los demás, en lugar de reirle la gracia, se habrían preocupado seriamente por aquel brillo de malicia que le estaba incendiando los ojos.
En la última noche del verano Sigyn no era precisamente la persona más satisfecha y feliz de los Nueve Reinos.
A lo largo de los meses transcurridos desde que pusiera en marcha el amplificador de resonancia estelar las transmisiones les habían enseñado mucho sobre aquella civilización desconocida que habitaba más allá de la esfera de Yggrasdil, en la profundidad de las galaxias. Se llamaban a sí mismos algo traducible como chitauri y eran una especie que vivía para la guerra. Las transcripciones de las señales detectadas por el amplificador habían dejado perplejos a los consejeros de Odín: nada menos que tres dimensiones vecinas habían invadido y conquistado a través de agujeros de gusano, esclavizando o aniquilando todo cuanto contenían. Quien los dirigía parecía decidido a ampliar su imperio hasta los confines del Universo conocido. Su campaña de expansión no parecía tener límites. Nuevas transmisiones hablaban de nuevos objetivos, y los cálculos astronómicos de Sigyn situaban estos cada vez más cerca de los Nueve Reinos. Odín había llegado a la terrible conclusión de que los chitauri eran una amenaza para Asgard y de que por tanto debía prepararse el camino para atajarla, para negociar con los potenciales atacantes o incluso para lanzar un ataque preventivo sobre ellos y aniquilarlos primero, si se hacía necesario. El objetivo era abrir una vía hacia la dimensión chitauri que les permitiera explorar aquella civilización desconocida y calcular el riesgo real que sus habitantes representaban para Asgard. Llegar a ellos antes de que establecieran la esfera de Yggrasdil como su siguiente objetivo se había convertido en algo vital. Sigyn confiaba en que de aquella manera podría evitarse una guerra que nadie deseaba. Odín, menos optimista, creía que aquella podría ser su garantía de triunfo en un conflicto tal vez ineludible.
Y era ahí donde entraba el Bifrost. Sigyn estaba convencida de que el puente era la clave. Mística, mágica o simple sublimación de las leyes de la Física, su energía tenía que poder canalizarse y dirigirse hacia nuevos mundos de la misma forma en que en tiempos remotos había sido domada para conectar Asgard con el resto de los Nueve Reinos. Sin embargo los intentos de Sigyn de modificar los vectores de teleportación no estaban dando resultado. El puente se resistía como un ser vivo y salvaje a ser manipulado, y Sigyn todavía estaba lejos de poder desentrañar los misterios de su flujo de poder. Aquello la frustraba hasta extremos enfermizos. La energía del Bifrost, independientemente de su naturaleza, tenía que obedecer a las mismas leyes que controlaban el funcionamiento de los mundos; la mente de Sigyn no contemplaba otra posibilidad.
—Se está defendiendo —le explicó Heimdall, preocupado—. Sabe que lo que pretendéis hacer entraña peligro y no os lo va a permitir.
—Lo que pretendo hacer es en defensa de la seguridad de Asgard, y lo hago autorizada por su rey. Se supone que ésa es la razón de ser del Bifrost; debería...
—Es peligroso —insistió Heimdall—. Modificar los cauces de la energía del Bifrost podría crear una fractura en el tejido de la realidad.
—No a los niveles normales de funcionamiento —le rebatió Sigyn—. Los tiempos de apertura del Bifrost nunca se alargan lo suficiente como para generar una sobrecarga. Para que sucediera lo que decís... Para que se generase una rotura en el espacio-tiempo, un agujero de gusano, alguien debería mantener el Bifrost abierto y a pleno rendimiento durante muchos más segundos de lo permitido; y nadie en su sano juicio...
—Pero los accidentes ocurren —dijo Heimdall, sombrío—. Ni siquiera yo puedo tenerlo todo controlado de manera continua, Lady Sigyn. Un solo percance, ya sea fruto de mi descuido o de la malicia de terceros, y las modificaciones que vos hayáis hecho podrían conducir a un desastre que todos lamentaríamos amargamente.
Sigyn se miró los pies, pensativa y tensa. La seguridad de la ciencia era casi un dogma de fe para ella, pero tenía que reconocerle a Heimdall parte de razón. Jamás podrían descartar del todo la posibilidad de que un enemigo de Asgard forzara una apertura anormalmente prolongada del Bifrost obdeciendo a oscuros propósitos. Y entonces, en efecto, las alteraciones producidas por los ensayos podrían tener un resultado dramático, muy alejado del que ahora buscaban. La apertura de un agujero de gusano en el Bifrost... Sigyn no quería ni imaginar los espantosos riesgos que podrían derivarse de algo así. Sin embargo...
—Tenemos que conseguirlo, Heimdall. Creo que la seguridad de los Nueve Reinos puede estar en juego.
—Y yo creo que estáis tan ansiosa por serle útil al rey que empezáis a cegaros.
—No es cierto —protestó Sigyn, sin poder contener una nota de inseguridad en su voz. Serle útil a Odín era su carta de libertad. Y en los últimos tiempos -desde que todo Asgard murmuraba acerca de ella y de Theoric Gunnarson dando a entender que su compromiso era poco menos que un hecho consumado- probarle al rey su valía resolviendo el asunto de los chitauri se había convertido en una carrera extenuante, obsesiva. Quizá Heimdall tenía razón. Quizá había mucho, demasiado interés personal en aquello que proclamaba estar haciendo por el bien de Asgard—. No es sólo una cuestión de orgullo y tozudez por mi parte. Sólo otro intento y lo dejaremos por hoy, lo prometo.
Pero aquella última tentativa tampoco había dado el menor resultado. El Bifrost se mostraba inexpugnable frente a todos los intentos de Sigyn por desentrañar su funcionamiento y tratar de modificarlo. Los días y las semanas habían ido pasando dejando tras de sí un número incalculable de horas perdidas y de vías agotadas. La frustración y el cansancio empezaban a pasarle a Sigyn una factura evidente en sus ojeras y en su creciente tendencia a la irritación y el desánimo.
Si al menos pudiera descansar adecuadamente por las noches...
Si no consumiera las horas nocturnas pensando en quien no debía y en lo que no debía y cuando conseguía dormir los sueños fueran tranquilos y reparadores en lugar de aquellas turbias sucesiones de imágenes incendiarias que la hacían despertar entre jadeos y sudor...
Si tan siquiera pudiera arrancarse a Loki de la mente y del corazón todo sería un poco más fácil. Pero para que aquello fuera posible Loki debería permitirle ignorar su presencia, o marcharse de nuevo por ahí tal y como había amenazado el día de su regreso, o incluso dejar de existir. Y ni aun así estaba segura de que fuera a ser suficiente. Loki era un dolor al que Sigyn no podía renunciar y que sus entrañas recibían como una bendición, tan ansiosas de él que al parecer con eso se conformaban. Loki era una enfermedad que la estaba consumiendo y ni siquiera estaba segura de querer combatir. No importaba cuánto doliera sentirlo frío y tenso en su presencia, lejano aun dentro del alcance de su mano. No importaba cuánto doliera oír de sus aventurillas gracias a esos burdos chismes que ni siquiera con su existencia de ermitaña en el Observatorio conseguía ignorar del todo. Estaba infectada de Loki hasta la médula, perdiendo el tiempo y la energía y a veces temía que hasta la cordura pensando en él, añorándole, todavía enamorada como una puñetera imbécil sin dignidad y sin remedio. Y estaba tan furiosa consigo misma por ello que si no necesitara el cerebro para cosas importantes ya se habría dado de cabezazos contra una pared, hasta partirse el cráneo.
No, decididamente Sigyn no era la persona más feliz y satisfecha del mundo mientras regresaba a palacio a lomos de Cabriola, la vieja y mansa yegua de tiro con la que llevaba y traía material del Observatorio. Atravesar los festejos con los que la ciudad celebraba el final del verano no había contribuido a mejorar su humor. Ver gente feliz resaltaba su propia infelicidad, ver cuerpos bailando al son de la música le hacía más evidente su propio cansancio. Por todas partes oía hablar de no sé qué idiotez heroica acerca de unos trolls, y se veía tan clara en ello la mano de Thor y sus inseparables secuaces que Sigyn sentía unas ganas incontenibles de gritarle a todo el mundo que se callara. Incluso aquella tontería la hacía pensar en Loki, sabiendo a ciencia cierta que él habría tomado parte en la proeza.
Era una maldita enferma, sí, y estaba empezando a volverse loca, tanto que sus propios sentidos empezaban a confundirla. En aquel mismo instante, entrando en las caballerizas, le parecía percibir el cautivador olor de Loki a su alrededor como si en verdad él estuviera por allí, en alguna parte, cerca de ella. Una vez más trató de convencerse de que todo estaba en su mente. Una vez más se sorprendió expectante, ansiosa, consciente de llevar encima tanta frustración que un cara a cara a solas con Loki sería un completo desastre pero tan deseosa de verle, a pesar de todo, que el anhelo apenas la dejaba respirar.
Sin embargo, para su decepción, sus ojos no hallaron rastro de Loki. Allí, de pie en medio del patio al que daban los establos y entregando las riendas de un impresionante semental negro a uno de los mozos, sólo estaba Theoric Gunnarson, alto, rubio, majestuoso, con su inalterable aire solemne y frío de caballero de Nornheim. No podía entenderlo. El olor había sido tan real y tan inconfundible que no podía estar imaginándoselo. Todavía lo era. Todavía podía sentirlo, maldita sea. Si cerrara los ojos casi podría jurar que Loki...
—Cualquiera diría que os disgusta verme, Lady Sigyn.
La joven se sobresaltó al oír hablar a Theoric con aquel suave matiz de ironía. Enrojeció al comprender que la confusión y la contrariedad habían debido de asomarle con descaro al rostro. Odiaba cuando le pasaba aquello. Normalmente conseguía ser amable con Theoric, a pesar de la amenaza que suponían su presencia en Asgard y su obstinación en rondarla. Normalmente conseguía recordar que Theoric no era mucho más libre que ella en aquella charada, que si trataba de cortejarla sólo era obedeciendo a su padre, al interés de su clan, a la maldita política. Mostrarle a Theoric hasta que punto la enfermaban sus avances galantes nunca era algo que hiciera a propósito.
—Es que me sorprende veros aquí, Sir Theoric —se excusó, tratando de sonar cordial.
—Y a mí me sorprende lo muy tarde que volvéis hoy del Observatorio —replicó él mientras sujetaba a Cabriola por el bocado para ayudar a Sigyn a detenerla—. Alguien debería decirle al Guardián que no está bien retener así a una dama.
—El Guardián no gobierna sobre mí, Sir Theoric. La hora a la que vuelvo del Observatorio es exclusivamente cosa mía.
Theoric la miró, con curiosidad ahora. Sigyn se dio cuenta de que había sonado seca, casi a la defensiva, ofendida por la presunción de que por ser ella mujer Heimdall hubiera de tener autoridad sobre su trabajo o sus horarios. Y se sintió horriblemente mal por ello. Que las galanterías de Theoric la enfermaran por todo lo que implicaban, se recordó, no era excusa para ser maleducada con él. Theoric sólo estaba siendo amable, a su manera. Era un caballero de los pies a la cabeza cuyas atenciones harían feliz a cualquier mujer con dos dedos de frente, y no era culpa suya si ella estaba enferma de otro.
—Ha sido un día duro —se justificó.
—No deberíais seguir con lo que estáis haciendo allí, sea lo que sea. No es digno que una princesa como vos pierda el tiempo con labores de siervo cuando vuestro lugar está en palacio, embelleciéndolo como la flor de Vanaheim que sois.
Sigyn no pudo evitar enrojecer todavía más al oír aquello, aunque no por efecto del halago. ¿Perder el tiempo? ¿Labores de siervo? ¿Cómo se atrevía Theoric a llamar así a sus estudios, a su ciencia? Las palabras subieron por su garganta dispuestas a arremeter contra el hombre por la insultante barbaridad que acababa de decir. Sin embargo las contuvo. El sentir de Theoric no dejaba de ser el de cualquier otro caballero de los Nueve Reinos, criado para ver a las mujeres de su rango como meros objetos decorativos hasta el momento de convertirse en receptáculo de herederos. Ni siquiera Theoric, que era inteligente y amable por encima de su fama de gran guerrero, era capaz de entender hasta que punto la ciencia de Sigyn era importante, beneficiosa para el mundo, absolutamente vital para ella. Tratar de razonar con Theoric sería como intentar hacerlo con todo Asgard en pleno, como darse de cabezazos contra un muro. Sería echar sal en la herida al compararlo con cómo Loki sí lo había entendido a la perfección en el pasado. Sería sufrir sin necesidad imaginando cómo Loki todavía podría entenderlo -inquieto y despierto y brillante y poseedor de una mente superdotada como seguía siendo, el maldito sinvergüenza- de no estar tan ocupado en ningunearla. Sería pensar en Loki más de la cuenta, por enésima vez. Y Sigyn estaba demasiado cansada como para soportar castigarse así.
—Si algo sobra en Asgard son flores, Sir Theoric —replicó, sonriente pero con una leve tirantez—. No creo que se me vaya a echar de menos.
—No deis tantas cosas por supuestas, mi señora, al menos en lo que a mí respecta.
Con una deslumbrante sonrisa Theoric le había tendido la mano, ofreciéndole su ayuda para bajar de la yegua. Sigyn dudó. Por una parte no había nada de inusual en aquella oferta viniendo de un caballero, ni nada de extraño en aceptarla. Por otra, considerando que el interés del futuro senescal de Nornheim en hacerse con su mano era un secreto a voces en Asgard, cualquier gesto entre ambos tenía peligro de volverse oficial. Sigyn tenía demasiado miedo de que Odín viera a Theoric como un partido aceptable, y lo último que quería era inclinar la balanza a su favor pareciendo conforme.
Pero es que además de todo eso...
Quizá sólo fuera el cansancio, que le hacía distorsionar las cosas, pero la mirada que Theoric tenía aquella noche en sus amables ojos oscuros la desconcertaba. No parecía la misma de siempre. Era más intensa, más penetrante, demasiado audaz para lo que Theoric acostumbraba. Un intenso olor de hidromiel procedente de su aliento rozaba las fosas nasales de Sigyn, entreverado con el fantasmal perfume de invierno que seguía flotando a su alrededor, y eso generaba en la joven un intenso desasosiego. Theoric jamás probaba el licor: era un hecho excepcional y notorio que todo Asgard conocía y comentaba. Y sin embargo ahora había bebido, bastante a juzgar por el olor, y miraba a Sigyn con un aire rapaz que le ponía la carne de gallina. Ella optó por evitar cualquier exceso de familiaridad, por ignorar la caballerosa mano tendida y bajar sola de la yegua. Pero de pronto, para su horror, se sintió suave y firmemente sujeta por la cintura. Ignorando su voluntad Theoric la había agarrado para ayudarla a descender de la silla. Sigyn se quedó rígida, paralizada. Su razón dudaba entre zafarse de Theoric con sutileza y revolverse como una fiera en su abrazo para exigirle disculpas por el atrevimiento. Pero el olor de nieve temprana de Loki era de pronto tan intenso -manando desde el corazón de su imaginación febril, pues definitivamente no podía venir de ningún otro lugar- que su cuerpo apenas podía contener el impulso de reclinarse contra el hombre que tenía detrás imaginando que se trataba de él. Para cuando Sigyn quiso darse cuenta sus pies ya tocaban el suelo y Theoric la había hecho girarse hacia él. Ahora sostenía su mano, en la actitud de un perfecto caballero pero con aquella intensa mirada impropia de él todavía perforándole el alma, agresiva y certera como un golpe de lanza.
—Hay algo que deseo pediros, Lady Sigyn, aunque es posible que los rumores se me hayan adelantado... Ya sabéis que dentro de una semana competiré por la corona de laurel en el Torneo de los Campos Áureos. Será un honor para este humilde caballero de Nornheim llevar vuestros colores en mi armadura cuando combata, si sois tan generosa de disculpar mi atrevimiento y concedérmelos...
Sigyn sintió que le faltaba el aire. Desde hacía siglos, lucir la prenda de una dama en las armas del Torneo era la manera en que los nobles de Asgard oficializaban sus compromisos. Theoric no estaría proponiéndole tal cosa a ella si no tuviera buenas razones para pensar que Odín lo aprobaría; si no supiera ya, con todas las de la ley, que Odín lo aprobaba. El corazón de Sigyn empezó a golpearle las costillas, como un pájaro enloquecido de terror encerrado en una jaula demasiado pequeña. Aquello no podía estar pasando. No estaba preparada. Había creído que a base de ignorar las intenciones de Theoric éstas acabarían por desvanecerse y él y su familia por desistir. Había creído, en verdad, que aquel momento no llegaría nunca.
—Vaya, Sir Theoric. Me sorprendéis —consiguió articular con un hilo de voz, tomando las riendas de Cabriola para conducirla apresuradamente a su cuadra.
Para su desazón Theoric caminó a la par con ella, siguiéndola al interior de los establos. Casi no pudo contener el deseo de gritarle que se marchara y la dejara rumiar a solas su angustia.
—Debéis ser la única sorprendida entonces —replicó el de Nornheim con un suave tono burlón, impropio de él una vez más. Tenía que ser cosa del licor, se dijo Sigyn mientras ataba a la yegua. Quizá su certeza de tener el consentimiento de Odín también fuera cosa del licor, aventuró, agarrándose al clavo ardiendo de aquella débil esperanza—. Nunca he ocultado lo inclinado que estoy a una unión entre nuestras familias y lo inclinado que estoy hacia vuestra persona, mi señora. Daba por hecho que os habíais dado cuenta. Pero si no es así, aunque soy un hombre de armas y no de palabras estoy dispuesto a ser todo lo claro al respecto que vos deseéis, si con eso ablando vuestro corazón.
Sigyn se encogió sin querer, apartándose de Theoric todo lo que le era posible. No, se negaba a asumir lo que estaba pasando. Theoric no podía estar haciendo lo que estaba haciendo. No podía estar pidiéndole consentimiento para oficializar su compraventa a la vez que la cortejaba descaradamente y trataba de vestir la farsa de de romanticismo, como si de veras hubiera algo parecido al amor debajo de todo aquello, como si de veras hubiera alguna opción para cualquiera de los dos. Su absurda galantería no hacía más que añadir insulto al dolor. Sigyn volvió al suelo su rostro ardiente de confusión y de rabia, incapaz de mirarlo a él, sintiendo sus ojos clavados en ella y la tensión que saturaba su silencio.
—Os encuentro deliciosa en vuestra timidez, Lady Sigyn, pero ansío una respuesta. ¿Seréis mi dama en el Torneo, ante los ojos de todo Asgard?
Sigyn no podía respirar. El universo entero daba vueltas dentro de su cabeza. No sentía el cuerpo, engullido por una especie de agujero negro que había allí donde debería estar su estómago. Estaba sucediendo: después de tanto pelear por retrasarlo, después de tantas esperanzas de que su talento y su ciencia la harían demasiado valiosa para Asgard Odín la habían entregado finalmente al mejor postor, en contubernio con su hermano. La mente de Sigyn quería girar a toda velocidad y buscar la manera de forzar una prórroga, de engañar, de suplicar, cualquier cosa, lo que fuera. Pero no conseguía arrancar, aprisionada por la certeza de que todo sería inútil. La lluvia no caía hacia arriba. Los ríos no podían fluir del mar hacia las cumbres. Aquél era su destino y estaría esperándola al final del sendero por muchos rodeos que quisiera dar para esquivarlo. Con los ojos llenos de lágrimas, Sigyn tuvo que morderse los labios para no gritar de angustia mientras asentía con la cabeza.
—¿Debo entender que aceptáis?
En medio del dolor que la entumecía, Sigyn apenas notó que Theoric la tomaba suavemente de la barbilla para forzarla a mirarle. Casi gimió al ver la expresión de él. No sabía lo que esperaba encontrar pero desde luego no era aquella sorpresa, aquel gesto duro indeciso entre la perplejidad y la decepción, aquel brillo febril que había en los ojos oscuros de Theoric y hacía que fuera casi imposible sostenerle la mirada. Theoric tampoco quería aquello, se recordó Sigyn. Quizá había albergado hasta el último segundo la esperanza de no tener que seguir adelante. Quizá también para él existía otra persona, alguien a quien habría podido regresar si tan siquiera ella hubiera sido lo bastante valiente y digna como para enfrentarse a Odín y a su propia familia y decir que no y huir, para ser libre allí donde nadie pudiera encontrarla nunca.
—Me hacéis tan feliz, Lady Sigyn...
La voz de Theoric no era más que un susurro pero estaba quemando como ácido en los oídos de Sigyn. Leyó sus labios más que oírle, estremecida por la tensión que endurecía aquel rostro siempre gentil y amable. Contuvo el aliento. Vio que Theoric ladeaba un poco la cabeza, sintió sus ojos entornados y brillantes fijos en su propia boca y comprendió con un escalofrío de horror que él iba a besarla. Todo pacto necesitaba su sello, aunque jamás hubiera esperado tanto atrevimiento por parte de un hombre que en todo era la viva imagen de la corrección. Theoric iba a besarla y la sola idea le daba nauseas. Había deseado tantos años el beso de una boca distinta que casi no podía soportar la cercanía de aquellos labios. Negarse escudada en el pudor era una posibilidad, pero ¿de qué serviría? Antes o después el trato nupcial quedaría sellado con mucho más que un beso. Sigyn trató de hallar un poco de consuelo en el pensamiento de que podría haber sido mucho peor, de que al menos Theoric era inteligente y amable, de que Nornheim no estaba demasiado lejos de Asgard, de que tal vez pudiera volver a ver a Loki aunque solo fuera...
Loki. Loki, Loki, Loki, maldito seas, Loki...
No importaba cuánto se forzara a alejarlo de su pensamiento. Loki estaba allí, con ella, negándose a abandonarla incluso en un momento como aquél. Sigyn había cerrado los ojos tratando de imaginar que era Loki quien la estaba rozando con sus labios, sí, tan patético y vergonzoso como sonaba; y al cerrar los ojos se había sentido abrazada con pasión por el olor del invierno. La maldita esencia de Loki, tan incrustada en su corazón que al parecer ya iba con ella a todas partes, se sentía tan intensa y corpórea que casi parecía más real que el fuerte olor del hidromiel en el aliento de Theoric, y casi le permitía a Sigyn creer que más allá de estar soñando despierta era Loki, y no Theoric, quien estaba a punto de besarla.
No pudo soportarlo.
La fugaz visión de la condena que iba a ser el resto su vida, yacer con un hombre mientras pensaba obsesivamente en otro, se cruzó como un latigazo por detrás de sus párpados cerrados. No podía hacer aquello. No tenía estómago para interpretar aquella farsa que ni Theoric ni ella se merecían. Se revolvió como una culebra esquivando los labios de Theoric en el último segundo. Se zafó de su gentil agarre en la barbilla y luego lo miró entre desafiante y contrita, sin saber qué esperar de él pero creyendo, en su inocencia, estar preparada para lo que fuera.
La expresión de confusión de Theoric sólo duró un segundo, pronto reemplazada por una feroz sonrisa burlona que ya sin lugar a dudas era absolutamente impropia de él. Una sonrisa que pronto cedió a una carcajada gélida, seca, cruel. Ante los ojos espantados de Sigyn Theoric, simplemente, desapareció. Pero en el vacío, por todas partes a su alrededor, envolviéndola y aterrorizándola, reverberó hasta lo ensordecedor aquella risa, acompañada del lento restallar de un irónico aplauso.
—Bravo, Sigyn, bravo...
La joven se giró hacia la voz que acababa de sonar a su espalda, con el corazón a punto de salírsele por la boca.
Y sucedió.
Un grito de horror brotó de los labios de Sigyn al ver materializarse de la nada a Loki, que todavía reía, que todavía aplaudía con hiriente aire de mofa mientras vertía en ella una mirada que era pura hiel. Cubriéndose la boca con las manos para no volver a gritar Sigyn retrocedió torpemente varios pasos, alejándose de Loki hasta encontrar el apoyo de un pilar cercano. La cabeza empezaba a darle vueltas. Creía entender lo que estaba pasando pero no podía admitirlo, porque la sola idea le resultaba espeluznante.
—Y yo que no podía creer lo que se decía por ahí —dijo Loki con absoluta naturalidad, como si no hubiera pasado nada del otro mundo, como si aquello fuera normal—. ¿Sigyn, la entregada erudita del cosmos, la intelectual, babeando como una adolescente sin cerebro ante la idea de prometerse a Theoric Gunnarson?¿La misma Sigyn cuyo mayor orgullo en el pasado era la pretensión de ser distinta de las otras cabezas de chorlito y estar a mi mismo nivel? —Loki meneó la cabeza, chasqueando la lengua con sorna—. ¡Imposible, pensaba yo! ¡Si el tal Gunnarson es prácticamente una versión con cerebro y modales de mi hermano!
La mente de Sigyn intentaba encajar lo que estaba ocurriendo, sin conseguirlo. Loki sonreía con aire de niño travieso y sin embargo sus palabras fluían con la intención de abrasar como si fueran lava, subrayadas por el brillo malsano de sus ojos verdes; el mismo brillo, alcanzó a pensar Sigyn en medio de su estupor, que antes la había desconcertado en lo que creía que eran los ojos de Theoric. Sintió que le fallaban las piernas. ¿No lo había imaginado, entonces? ¿Le había sentido allí porque en verdad estaba allí? ¿Era Loki el que había estado a su lado todo el rato, mintiendo, pretendiendo cortejarla, intentando besarla, usando sus nuevos y secretos talentos mágicos para suplantar a Theoric con el único objeto de reírse de ella?
—¿Loki...? ¿Qué...? —balbució con la voz quebrada.
—Sigyn habría evolucionado un poco, sostenía yo. Nunca sería tan obvia, tan carente de originalidad, tan patéticamente previsible. No podía ser verdad lo que decían. Y necesitaba comprobarlo con mis propios ojos, entiéndelo. No vas a enfadarte por una pequeña broma, ¿verdad?
—¿Una pequeña...? Loki, ¿qué demonios te crees que...? ¿Has...? —Sigyn jadeó, todavía sin poder respirar con normalidad, todavía dándole vueltas a todo lo que acababa de suceder, a las palabras, a las sensaciones, a los olores—. Maldita sea, Loki, ¿estás borracho?
—Puede que sí, pero no lo bastante como para no poder apreciar el bonito recital de romanticismo que has dado —replicó Loki, con una sensible agresividad agazapada bajo su jocosa despreocupación—. Sí que tenían razón quienes hablaban de vosotros dos. Vaya si tenían razón —siguió, llevándose teatralmente una mano al pecho—. Reconozco con humildad mi error al creerte por encima de eso. Qué adorable has estado con tus mejillas ruborizadas y tus ojos bajos y tus silencios. Qué perfectamente ceñida al guión: callándote como una damita sumisa ante sus menosprecios a tu amada ciencia, permitiéndole propasarse contigo...
Había sido Loki todo el tiempo, todo el maldito tiempo. Sigyn boqueó incapaz de decir nada, incapaz de hacer otra cosa que no fuera mirar a Loki con incredulidad y repulsión. ¿En serio había sido capaz de hacerle eso? ¿A ella? ¿A quien durante años había sido su única amiga, a quien lo había querido más que a nada en el mundo?
—Dispuesta a todo con tal de complacerle, ¿verdad? —siguió Loki, poniendo cada vez más veneno en sus palabras—. Si ya en su día renunciaste a la magia con tal de encajar, ¿por qué no habrías de renunciar ahora a tu cerebro? Pobre, pobre Sigyn... ¿Tanto miedo tienes de estar volviéndote demasiado vieja que incluso tu ciencia puedes sacrificarla cuando está en juego que te lleven al altar? ¿Qué es lo te ha pasado para que cambies tanto?
Sigyn sintió que una mano invisible y helada la estrangulaba, y que al mismo tiempo alguien prendía en medio de su pecho un fuego dispuesto a propagarse hasta arrasar con todo. ¿Que qué le había pasado? ¿Y qué le había pasado a él? ¿En qué monstruo se había convertido durante sus años fuera de Asgard para que ahora le pareciera que lo que acababa de hacer era admisible? No podía creerse que Loki le estuviera hablando así, con aquel tono de burla, con aquel sarcasmo vibrando frío y asesino en cada palabra que se descolgaba de su radiante sonrisa. No podía creer que él le estuviera echando en cara el aceptar un destino que no podía eludir, ni que se sintiera con derecho a juzgar si lo hacía con gusto o no cuando él no se había privado de hacer lo que le daba la gana sin perder un sólo minuto en tenerla en cuenta.
—Me da tanta pena tener que decirte que en realidad no hay nada que puedas aceptar... Oh, tu pobre buen Theoric lo ha intentado, me consta, pero he investigado y mi padre no está por la labor. Qué lástima, viendo la tierna parejita que habríais hecho juntos si fuera verdad: el caballero perfecto y la perfecta princesa —casi escupió, dejando que un desdén brutal vistiera de insulto aquellas dos últimas palabras pero sin dejar de sonreír, desquiciando del todo a Sigyn con aquel forzado buen humor que parecía propio de un loco— . Si hasta has aprendido a hacerte la difícil, con ese numerito casto de no dejarte besar por él, como si a estas alturas pudieras hacer creer a nadie que no lo estabas deseando y...
—¿Y QUÉ MIERDA SABES TÚ DE LO QUE YO ESTABA DESEANDO? —bramó Sigyn de pronto, colérica. Hasta ese instante había estado paralizada por la sorpresa, por el estupor, por el horror, por el asco, pero aquellas últimas palabras habían azotado sin piedad un punto de su alma que llevaba meses, no, años al borde del estallido. Los ojos de Sigyn apuñalaron a Loki iluminados por una chispa rabiosa que se asemejaba al odio y que quizá en cierto modo lo fuera. ¿Qué sabía él de nada, en efecto? ¿Qué sabía de sus días en soledad y de sus noches en vela? ¿Qué sabía del desgarro que había sentido hacía sólo unos momentos, al creer que su compromiso y su adiós definitivo a Asgard y a él eran un hecho irrevocable? ¿Qué sabía él de lo que de veras deseaba en el momento de esquivar el beso de Theoric?—. DÍMELO, ANDA, ¿QUÉ MIERDA CREES QUE SABES TÚ DE MÍ SI YA NI SIQUIERA ME CONOCES, JODIDO CRETINO?
Loki recibió su repentina explosión con sorpresa pero sin arredrarse, casi se diría que ferozmente feliz de haber provocado una pelea. Sonrió de medio lado con aire desafiante, poniendo tanta amargura en cada palabra y gesto que a Sigyn se le revolvió el estómago.
—Vaya, qué chica tan malhablada eres ahora, con lo dulce y modesta que parecías hace un minuto... Me pregunto si tendrás en todo esa doble cara. Me pregunto hasta dónde habrías llegado con tu Theoric después de ese numerito virtuoso de no dejarte besar, si él hubiera insistido lo bastante...
Sigyn no quiso notar que había algo más que desdén y burla en la voz con la que Loki había dicho aquello, algo dentado y venenoso y fuera de control, la clase de rabia con la que uno se hacía infinitamente más daño que el que podía llegar a infligir al otro. Lanzada ya cuesta abajo y sin freno por el sendero de la ira, Sigyn tan sólo oyó la afrenta y decidió que ya había soportado demasiado durante demasiado tiempo, y que no podía seguir fingiendo que le daba igual.
—¿Qué te preguntas QUÉ? —gritó, abandonando la seguridad del pilar contra su espalda para encararse con Loki. Su cercanía la golpeó con más fuerza de lo que habían hecho sus provocaciones y por un momento la deliciosa mezcla de olores que emanaban de él -el licor en su aliento, el invierno irradiando de su piel- casi la hizo flaquear. Pero no cedió, traspasado por mucho el punto en el que aquel obstinado amor todavía podía ser más fuerte que el torrente de cólera que la arrastraba—. ¿Tú te preguntas sobre mi virtud? ¿Tú? ¿En calidad de qué, Loki Odinson? ¿Con qué maldito derecho, después de la manera en que te marchaste y dejaste de escribir y te desentendiste de la única amiga que tenías? ¿Te pregunto yo acaso por tu virtud? ¿Te pregunto yo si todavía te queda algo de ella después de revolcarte con cada puta que te has cruzado desde que saliste de Asgard y dejar media docena de bastardos repartida por los Nueve Reinos?
—¿CÓMO?
—¿Te pregunto yo si te queda dignidad después de meter en tu cama a cada pequeña buscona de Asgard que solo quiere curiosear y luego ir contando por ahí que no eres para tanto? ¿Te lo pregunto, maldito imbécil?
—¡Por supuesto que no! —replicó Loki mostrando sus dientes al reír sin el menor rastro de humor, el rostro tenso de ira contenida, la adrenalina agitándole la respiración y dilatando sus pupilas e hinchando las venas en sus sienes— Serías estúpida de preguntármelo cuando es un asunto que de importarle a alguien sólo le debería importar a mi esposa, algo que por suerte para mí ni eres ni serás jamás. Te has abaratado mucho, amiga, créeme y a diferencia de tuTheoric yo me tendría en demasiada estima como para aceptar mercancía de segunda.
Por un instante el dolor de escuchar aquello fue casi demasiado para Sigyn. Por un instante casi le pareció que los ojos de Loki perdían él ánimo asesino para reflejar un remordimiento abismal ante las palabras pronunciadas. Y para su vergüenza, en medio de su despecho y de su vergüenza y de sus ganas de matar a Loki, todavía fue espantosamente consciente de amarlo, de albergar esperanzas de no sabía muy bien qué y sentirse feliz por que la historia de Theoric fuera mentira y aún no hubiera llegado su momento de renunciar para siempre a él. La frustración por no poder controlar aquella humillante debilidad fluyó a través de Sigyn como lava por las entrañas de un volcán subterráneo. Su visión se anegó en rojo. Levantó una mano con la palma vuelta hacia Loki casi sin ser consciente de lo que hacía, la magia arremolinándose bajo su piel ansiosa por desatarse, su alma incendiada por el ansia incontenible de herir a Loki, de barrerlo de su vista, de destruirlo si era necesario para sanar de él Pero Loki fue demasiado rápido. Una de sus manos la atrapó por la muñeca y le retorció el brazo para sujetárselo con fuerza brutal a la espalda, inmovilizándola contra su pecho en lo que habría parecido un estrecho abrazo de no ser por los las miradas de odio y los dientes apretados.
—¿Crees que puedes desafiarme, Sigyn? —inquirio Loki con saña, la voz temblando por el esfuerzo de no gritar, mirándola tan de cerca y tan fijamente que Sigyn pudo verse en sus pupilas dilatadas por la adrenalina—. ¿Crees que puedes amenazarme con tu ridícula magia atrofiada? ¿Sabes lo que podría hacerte? ¿Sabes...?
El último pensamiento coherente de Sigyn fue la dolorosa consciencia de lo cerca que estaba Loki, de la solidez de su cuerpo contra el de ella, de su repentino silencio y de su olor, su maldito olor, sobre todas las cosas, embriagándola y abrasándola de anhelo hasta evaporar toda noción de qué los había llevado hasta aquel punto. Después de eso, el mundo se redujo a los labios de Loki sobre los suyos. La sorpresa le duró a Sigyn apenas un par de segundos, el tiempo que tardó en darse cuenta de que ya estaba correspondiendo al beso hambriento de él con una fiereza que la asustaba pero que no podía ni quería molestarse en aplacar. Estaba besando a Loki y era una completa locura que no podía ser, pero mientras durase no iba a pensar, no se iba a permitir tener conciencia de nada fuera de ellos dos y de sus bocas que se mordían y se lamían y se buscaban haciéndose daño en el afán de poseerse. Sigyn rodeó el cuello de Loki con el brazo que le quedaba libre y se apretó contra él hasta sentir que no cabía una sola molécula de aire entre sus cuerpos. La respuesta de él fue ceñirla más fuerte todavía, apretar la presa sobre su muñeca hasta hacerla gemir de dolor y después volcarle en los labios sus propios gemidos graves y ásperos saturados de impaciencia, que hicieron erizarse toda la piel de Sigyn en carne de gallina. Todo en Loki -su lengua invadiéndole la boca, su forma de respirarla como si se ahogara, su manera de sujetarla y atraparla entre su cuerpo y el pilar- hablaba de una necesidad tan hermana y espejo de la suya propia que por fuerza tenía que significar algo, ser más que la adrenalina y el alcohol actuando a través de él, contener alguna esperanza de no haber amado en vano todos aquellos años. Una voz dentro de sí le gritaba a Sigyn que sólo se estaba engañando, como la redomada idiota que era. Y Sigyn no quiso escucharla porque en algún momento Loki había soltado su muñeca para rodearle con ambos brazos la cintura y ella tenía ahora las dos manos enredadas en los negros cabellos de él y ninguno estaba haciendo nada por apartar de sí al otro y, maldita sea, eso tenía que significar algo.
Fue violento y dulce como no lo había sido el mejor de sus sueños, un incendio que arrasó con los últimos vestigios de su paz, la antesala de un infierno al que Sigyn se habría dejado conducir con los ojos vendados, feliz de descender hacia su propia perdición. Pero acabó tan bruscamente como había surgido. En algún momento Loki y ella tuvieron que separarse para respirar y buscar algún asidero en medio del vértigo, y entonces él abrió sus ojos y la miró y en un suspiro todo hubo terminado. Sigyn jamás había visto una aflicción tan abrumadora como la que vio en ese instante en los ojos de Loki, la viva imagen del remordimiento y la incredulidad mientras la miraban como si la estuvieran viendo por primera vez aquella noche. Y comprendió que su absurda esperanza había muerto casi antes de nacer pero aun así siguió abrazada a él, tratando de prolongar el instante sin la menor dignidad o vergüenza. Quiso rogarle -rogarle, sí, tan patética era ya frente a su necesidad- que no se marchara, que no la abandonara a su suerte frente a la fría realidad que le reemplazaría, que permaneciera sordo y ciego a la razón y no dejara de besarla nunca. Pero no le salió la voz. Sus labios, todavía doloridos y húmedos, apenas acertaron a vocalizar torpemente su nombre.
-Lo siento, Sigyn.
Tan sólo eso: un débil "lo siento". Loki no le dejó a Sigyn más explicación ni más consuelo que aquél antes de desaparecer y dejarla abrazando el vacío, desarmada frente a la ominosa conciencia de lo que acababa de suceder.
¡Muahahahaahahah, por Neón, Catión y Viricón, pero qué mala soy!
Espero ansiosa vuestras maldiciones, y tal. E intentaré no tardar mucho en contestar los eventuales comentarios esta vez.
A las que no se apeen del fic tras este bajonazo las veo en el siguiente capítulo, en el que...
...
..
.
Nah, os lo tendréis que leer XD
