Nota de la autora: ¡He vuelto! Siento el retraso. Si Agosto no me dejó actualizar como Odín manda por ser demasiado divertido, Septiembre no me ha dejado porque ha sido un mes de mierda. He querido subir el capítulo de una vez y por ello lo he revisado menos veces de las normales. Si hay algún error gordo me lo decís y lo corrijo.

En fin, seguimos justo donde lo dejamos. Os pediría disculpas por el cliffhanger del último capítulo pero creo quJAAAJAJAJJAJAJA, NO XD
Quiero aclararos que en este fic, por aspectos relacionados con la monosidad Disney, Loki no tiene hijos habidos fuera del matrimonio. Lo siento por las fans de las criaturitas, entre las cuales me encuentro. Prometo fics venideros en los que la prole raruna de Loki lo dé todo, para compensar XD.

Muchas gracias a Abii, ShashaRashaD y Alessandra por los reviews anónimos. Al resto, cual Scarlett O'Hara, pongo a Dios por testigo de que os contestaré los del capítulo anterior a lo largo de esta semana.

Nos vemos al final del capítulo y si os apetece debatimos si la historia y el personaje de Loki derrapan estrepitosamente o no ;)

El disclaimer que no falte: no soy guionista ni director ni asalariado de ninguna clase de Marvel y en consecuencia no poseo (lástima) a Loki, así que no saco más beneficio de publicar este relato que el de agradar a quien quiera leérselo.


CAPÍTULO VII:

COMO LOS RÍOS Y EL MAR.

Idiota. Idiota, idiota, idiota, idiota...

El primer amanecer del otoño sorprendió a Loki despierto y resacoso, con la cabeza mareada de tanto dar vueltas en torno a la misma idea. Estaba levantado cuando un levísimo resplandor rosado en el Este anunció la llegada del sol: medio desnudo y helado, en pie junto al amplio ventanal de su dormitorio, con la frente y las palmas de las manos apoyadas en el tibio cristal como si así esperara aplacar la quemazón de las imágenes que ardían en su mente, sintiendo como un regalo de los viejos dioses el mordisco del frío y la carne de gallina.

¿Qué has hecho, maldito imbécil? ¿Qué demonios has hecho?

No podía precisar cuánto tiempo llevaba así, en aquella postura, mirando hipnotizado y ausente el paisaje nocturno de Asgard bajo las estrellas que se desvanecían poco a poco. ¿Horas? ¿Casi toda la noche, tal vez? Apenas había resistido unos minutos tumbado en la cama, y se había cansado pronto de dar vueltas por la habitación como una pantera enjaulada. En algún momento había llegado a plantearse beber todavía más hasta caer en coma para así encontrar un poco de descanso, su dignidad ya no más que un vago recuerdo a aquellas alturas. Pero ni siquiera lo había intentado, demasiado consciente de que el nudo que tenía en el estómago no le permitiría tragar ni siquiera un poco de agua.

Su aliento le devolvía la peste del hidromiel al rebotar contra el cristal. La vergüenza le daba ganas de abofetearse. Ni siquiera había tenido la decencia de cometer aquella abominable equivocación estando sobrio, como habría hecho si no fuera un jodido cobarde. Desde el momento en que había sabido de los rumores que hablaban de Sigyn y de su presunto amor por Theoric Gunnarson había sabido también a dónde lo conducirían sus impulsos si se permitía alimentarlos y desatarlos; y aun así había seguido adelante, bebiendo durante todo el día, negándose la sobriedad que le habría permitido pensar mejor las cosas y darse cuenta de que aquello era algo que simplemente no podía hacer. Había bebido a conciencia durante toda la jornada, no lo bastante como para estar borracho en el momento de acometer la batalla contra aquellos trolls de roca a los que se había sentido feliz de masacrar pero sí lo suficiente como para permanecer entumecido, ciego a lo intolerable de sus intenciones. Había bebido porque sabía que no tenía derecho a hacer lo que pensaba hacer pero aun así tenía que hacerlo, incapaz de soportar el dolor de aquellos amargos celos, y por lo tanto necesitaba embrutecerse para barrer de sí cualquier asomo de reparo. Había bebido para intentar convencerse de que sólo hacía lo que hacía a expensas del alcohol, buscando la forma de absolverse en ese futuro inmediato que ya sabía lleno de pesar y de remordimientos. Pero el licor no había sido la causa de nada. Podía culpar cuanto quisiera al hidromiel, escudarse en su ebriedad ante la propia Sigyn e incluso sonar honesto y convincente, y sin embargo no conseguiría engañarse a sí mismo.

No había más culpables de lo ocurrido que él y su mente enferma.

Jodido estúpido, maldito monstruo, idiota, idiota, idiota...

Suplantar a Theoric Gunnarson para sonsacar a Sigyn y comprobar que los rumores sobre sus amoríos no eran ciertos. ¿En qué momento se le había metido en la cabeza que una treta tan ridícula como aquella podía salir medianamente bien? ¿Qué demonios le había pasado por la cabeza para decidir que lo que pudiera sacar de aquel repugnante engaño merecía el riesgo de arruinar para siempre las ya muy deterioradas cosas entre ellos dos? ¿Qué le había hecho pensar que podría dominar sus celos en caso de descubrir lo contrario de lo que deseaba?

Cuanto más pensaba en ello más dolía, más fuertes eran las ganas de abrirse la cabeza a golpes contra la pared. Joderlo todo, eso era lo único que había conseguido. Ni tan siquiera sabía qué era lo que había descubierto, en realidad. Estaba más confuso que antes, más perdido que nunca, más inseguro de todo salvo de que había destruido, de forma irrevocable, los últimos vestigios de aquel afecto que había significado más que nada en el mundo para él.

Porque Sigyn no le perdonaría algo así.

Sigyn.

—Lo siento, Sigyn —musitó sin voz—. Maldita sea, lo siento, lo siento, lo siento tanto...

Sentía el sucio engaño, haberse aprovechado de los poderes mágicos que mantenía en secreto para burlarla. Sentía tanto pesar por cada insinuación, por cada reproche, por cada acusación, por cada una de las rabiosas e hirientes palabras que le había escupido, que no podía recordarlas sin sentir deseos de arrancarse la lengua. Mercancía de segunda. Le había llamado eso. A Sigyn. A su Sigyn. Sólo por verla encogerse de dolor. Sólo porque pensaba que ella no era reacia al interés de un hombre más bueno y más noble y más digno de lo que él sería jamás. Sólo porque no podía soportar estar viéndola ante sí tan acalorada y tan viva y tan bella y pensar que aquello iba a ser de otro que jamás podría llegar a quererla la décima parte de lo que él la quería ya.

Mercancía de segunda.

Maldito, maldito idiota.

Y lo que había pasado después...

¿Qué había pasado después, en realidad?

Loki no quería pensar en ello. No sabía qué pensar. Por el contrario sí sabía lo que deseaba pensar, y trataba de evitar a toda costa que su deseo sacara conclusiones de lo sucedido en aquel último minuto. Porque había sido simple casualidad, simple fruto de un insoportable acúmulo de tensión. Porque no podía significar nada. Porque él no se merecía que significara nada, después de lo que le había hecho a Sigyn.

Sin embargo...

Lo quisiera o no, era lo único que Loki tenía en la mente, agazapado en el asco de sí mismo, sumergido bajo los reproches que se hacía sin descanso, sobrevolando los remordimientos. La había besado. Se habían besado. Por un instante eterno había tenido a Sigyn a merced de su boca de una forma que no podía compararse con ninguna de las fantasías que hubiera alimentado al respecto, más violenta y a la vez más dulce que nada que hubiera soñado, y había sido... No. No debía pensar en eso. No se merecía aquel suave calor dentro del pecho que aplacaba su ansiedad y su culpa, ni ninguno de los benditos escalofríos de placer que estallaban como pequeños relámpagos a lo largo de su piel.

Pero no podía dejar de evocarlo, de torturarse tratando de discernir hasta qué punto había sucedido tal y como creía recordar y hasta qué punto estaba idealizándolo, convirtiéndolo en lo que desearía que hubiera ocurrido. Todavía tenía el sabor de Sigyn prendido de la lengua. Todavía le parecía sentirla contra su pecho ahora desnudo, entregada y cálida, casi más agresiva que él mismo en su forma de buscarle. Y ella no se le había resistido más que por un segundo. Él podía haber perdido el control y desatado la locura pero Sigyn había participado en ella con un entusiasmo que no podía fingirse ni podía significar otra cosa más que lo que parecía significar. Loki no encontraba forma de convencerse de lo contrario.

Y al mismo tiempo no podía creérselo. No quería creérselo. Asumir que allí había intervenido algo más que su propio deseo implicaría asumir que Sigyn... Que ellos dos... Que quizá a pesar del desapego y la distancia y la tensión de los últimos meses aquello que había transpirado entre ambos cuando aún no eran del todo adultos había sido real y mutuo y todavía estaba vivo y por lo tanto...

Para. No pienses en eso. No sigas por ahí, jodido idiota, condenado imbécil. ¿No has hecho, no te has hecho ya bastante daño? Arrepiéntete. Laméntalo. Discúlpate y luego no vuelvas a pensar jamás en ello...

Pero ¿cómo ignorar algo así? Él besando a Sigyn, Sigyn besándolo a él. Las lenguas, los dientes, el aliento roto, los brazos doloridos en la compulsión de abrazar al otro hasta metérselo bajo la piel. Lo había sentido así y lo había sentido en ella y todo lo que se dijera para convencerse de lo contrario no podría convencerlo de que aquella desesperada y deliciosa locura no la habían deseado y disfrutado los dos por igual.

Maldita sea. Maldita sea, maldita sea, ¡maldito sea yo mil millones de veces, joder!

¿Qué había hecho?

¿Qué iba a hacer ahora?

Suspirando, Loki se separó un poco del cristal y miró su magullada mano derecha, los nudillos despellejados manchados de sangre reseca. En algún momento de las primeras horas de su vela, todavía demasiado alterado por lo ocurrido y demasiado borracho como para no darse cuenta de que era otra completa estupidez, Loki había descargado un puñetazo contra una pared. Lo había hecho en pleno arrebato de frustración, buscando que el dolor le sirviera para centrarse y poner de nuevo los pies en la tierra y empezar a pensar con claridad, con el cerebro y no con las vísceras. Estaba claro que todas sus ideas eran jodidamente brillantes aquella noche. Ahora tenía una mano hecha polvo y la cabeza tan aturdida como antes, las entrañas encogidas por la misma incertidumbre, la carne igual de tensa de tanto recrearse en la violenta dulzura de los pocos besos compartidos con Sigyn y en sus suspiros y en sus ojos azules mirándolo por un instante con aquella adoración que toda su vida había codiciado y que nadie aparte de ella le había mostrado jamás...

Se abrazó a sí mismo y cerró los ojos. Volvió a posar la frente contra el cristal. Respiró hondo. Igual que hacía años -igual que la noche en que se dio cuenta de que estaba enamorado de la única chica de los Nueve Reinos que no podía tener- Loki reconoció la necesidad apremiante de tomar medidas antes de que la situación se le fuera de las manos. Pero era muy consciente de lo precipitada e innecesaria y estúpida que había sido su decisión de entonces, aquella cobarde estrategia de salir huyendo por no enfrentarse a la verdad. Actuar ahora en caliente sería otro desastre, Loki estaba seguro de ello: aún se notaba aturdido por la resaca, su mente acusaba la falta de sueño, su sangre estaba turbia de deseo. Nada bueno saldría de ninguna decisión que tomara en aquel estado.

Dejarlo correr, sin embargo, no era una opción. Limitarse a huir de nuevo tampoco. Ya no era el chiquillo de entonces. A lo largo de sus viajes con Thor había encarado peligros que harían encogerse de miedo a guerreros invulnerables, sin que al hacerlo le temblara la mano o le fallara el aplomo... ¿Y ahora no iba a poder mirar a Sigyn a los ojos y pedirle disculpas escudándose en su borrachera y asegurarle que aquello no habría sucedido de no ser por el alcohol y que jamás, JAMÁS volvería a suceder?

Sigyn.

Su Sigyn.

Su rostro acalorado, sus manos en su pelo, sus labios heridos de él, sus ojos celestes, la forma en que lo había mirado después de besarle y antes de que él se esfumara: aquella plenitud, aquel desamparo, aquel reflejo perfecto de sus propios sentimientos de felicidad porque aquello estuviera sucediendo y de desolación porque tuviera que acabarse...

No. No iba a poder. Una mierda iba a poder. Enfrentarse a una Sigyn ultrajada por su atrevimiento, a una Sigyn que en verdad estuviera asqueada de su comportamiento y deseosa de no volver a verlo ni en sueños sería casi sencillo para un mentiroso consumado como él. Podría presentarle unas disculpas que sonarían sinceras, buscar apoyo en los ojos que sabría enamorados de otro hombre y encontrar la forma de excusar lo inexcusable. Eso sabría hacerlo. En cambio... ¿Cómo ir a Sigyn y desdecirse de su infantil ataque de celos hacia Gunnarson y asegurarle que no la habría tocado ni por equivocación de no estar ebrio cuando casi sabía que ella desearía tanto o más que él volver al punto en el que se habían separado unas horas atrás? ¿Cómo se hacía algo así? ¿Cómo se fingía que una mujer te era indiferente cuando de pronto estabas prácticamente seguro de que a lo largo de los últimos meses de frialdad y de los últimos años de desapego ella había sentido por ti la misma necesidad que tú sentías por ella? Loki no tenía ni la menor idea de cómo salir airoso de algo semejante. Nunca se había enfrentado a nada parecido. Nunca había estado enamorado de nadie más que de Sigyn. Iniciar y terminar cosas había sido sencillo cuando no se sentía nada, pero ahora...

Un desastre. Loki estaba seguro de que tratar de arreglar aquel caos iba a ser un completo desastre. Y sin embargo tenía que hacerlo. No quedaba otra salida. Sigyn merecía una disculpa, y merecía también que él volviera a apartarse de su camino. Que ella correspondiera o no a su deseo, que lo amara o lo odiara, eso era indiferente. No eran el uno para el otro y no lo serían nunca. Odín ya les habría forzado a casarse años atrás si tuviera aquel destino en mente para ellos. No. Sigyn estaba destinada a ser de cualquiera menos de él; a no ser de nadie en el mejor de los casos, sirviendo a Asgard desde el Observatorio como una especie de sacerdotisa de la ciencia de las estrellas. No iba a ser Theoric Gunnarson, por lo que Loki había podido descubrir, pero sería cualquier otro, cualquier día. Nada que ellos dos pudieran hacer serviría para desafiar los designios del Padre de Todos y él no comprometería el honor de Sigyn ni perdería sus fuerzas y su razón intentando que las cosas fueran de otra manera. Había tenido aquel punto tan claro como la luz del día desde hacía años; no iba a perderlo ahora de vista sólo porque con unos cuantos besos -maravillosos, ardientes, embriagadores, inolvidables besos- Sigyn le hubiera dejado entrever hasta qué punto ellos dos eran una posibilidad real y tangible. Sería un hijo obediente, una vez más. Sería el buen amigo de Sigyn, preocupado por ella sobre todas las cosas, que jamás debería haber dejado de ser en aras de su propio egoísmo. Sería el príncipe sensato y consciente de su posición y sus deberes que se vanagloriaba de ser cada vez que afeaba a Thor su zafiedad. Sería el Loki que todos creían y esperaban que fuera, aunque maldita la gracia que le iba a hacer. Y lo sería ya, cuanto antes, sin dejar que las esperanzas prendieran raíces en ninguno de los dos.

Era lo mejor para todos, se dijo. Estaba convencido de ello, se dijo. Estaba conforme, se dijo. Que sus uñas estuvieran clavándose en las palmas de sus manos hasta romperle la piel era algo circunstancial que no significaba nada.

Se concentró en Sigyn, tratando de perseguir su energía vital a lo largo del palacio para localizarla. Ella podía estar ahora en cualquier parte de Asgard menos en su propia cama. Si la conocía un poco bien -y Loki volvía a estar seguro de que así era, lamentando amargamente haber dudado de ello por culpa de las palabras de Thor y de sus propias inseguridades- Sigyn tampoco habría pegado ojo aquella noche. ¿El Observatorio? Era una posibilidad. Pero Sigyn ignoraba que Loki había desarrollado con los años el poder de burlar los sentidos de Heimdall, de ocultar a sus ojos omniscientes todo aquello que le viniera en gana; Loki no la creía capaz de enfrentarse a la mirada del Guardián cuando aún llevaría lo ocurrido en los establos escrito a fuego en la cara. ¿Los jardines? Eran otra opción para Sigyn, con tantas sombras y recovecos en los que poder esconderse y pasar desapercibida a los ojos de cualquiera que pudiera querer darle conversación. Aunque tal vez hubiera preferido el amparo de las profundidades de la biblioteca, allí donde tantas veces se había refugiado de niña los días en que la vida en Asgard la abrumaba y no tenía ganas de ver a nadie. O quizá...

La sala de estudios.

Loki percibió de pronto su presencia allí. La sintió con tanta claridad como si la estuviera viendo. La sala de estudios. La maldita vieja aula que habían compartido durante años. El nudo que Loki tenía en el pecho se retorció todavía un poco más. Quería finiquitar y enterrar aquel asunto a toda costa, cuanto antes, pero estaba claro que Sigyn no se lo iba a poner fácil. Pensar en volver a renunciar a ella ya era bastante doloroso; pensar en volver a renunciar a ella en el mismo lugar que había visto nacer y crecer su amistad, que los había visto tramar planes y maquinar inocentes travesuras a espaldas del viejo Maestre Finbar, que los había visto pelear y filosofar y hacerse confidencias hasta llegar a ser una extensión el uno del otro... Sigyn bien podía clavarle un cuchillo en el estómago y retorcerlo después hasta descuartizarle las entrañas y aun así estaría siendo menos cruel de lo que estaba siendo ahora, obligándole a confrontarla en su antiguo santuario.

Pero tenía que hacerlo, y lo haría. Ya vería luego cómo vivir con ello. No podía esperar. Las ideas peligrosas que se alimentaban de la esperanza querían prender raíces en su mente, Loki se daba perfecta cuenta de ello. Y no debía permitirlo, no cuando cortarlo de cuajo estaba tan al alcance de su mano. Sólo una pequeña conversación incómoda con Sigyn, una disculpa que sonara honesta, una explicación llena de excusas falsas que en realidad no quería darle y aquella pequeña y ardiente bola de nieve que había creado no se convertiría en una avalancha que se los acabara llevando a los dos por delante. Sólo eso.

Era el jodido Embaucador de Asgard; tenía que poder, por todos los demonios.

Se calzó las botas y se puso, arrugada y todo como estaba, la misma camisa de seda negra que se había quitado y arrojado a un rincón con impaciencia pocas horas antes. Se abrigó con la larga casaca de cuero negro sin molestarse en cerrar los correajes ni tampoco en peinar su cabello, desmadejado tras las muchas vueltas en la cama y las incontables veces que se había pasado nerviosamente los dedos por él en el intento de serenarse. Aunque sabía que quizá aquél era mejor momento que ningún otro para parecer un príncipe además de serlo, Loki no se sentía con fuerzas para burlarse de sí mismo con semejante crueldad. Después, erguido en el centro de la habitación, cerró los ojos y se concentró en el lugar al que deseaba ir, musitando una antiquísima palabra que nadie en Asgard conocía aparte de él. Sintió de inmediato el conocido tirón en la boca del estómago que precedía a una desmaterialización. Cuando abrió los ojos un segundo de imposible vértigo después, se vio de pie en una esquina de la vieja aula en penumbra, apenas iluminada por la frágil luz del amanecer y por una lámpara de aceite que ardía en el extremo opuesto. Recorrió con la mirada las paredes de piedra pulida, los bajorrelieves que podría haber dibujado de memoria tras tantos años contemplándolos e interpretando las historias que contaban, el alto techo abovedado, los escalones de la tarima de madera en los que Sigyn solía tropezar a diario, la mesa en la que en los últimos tiempos el decrépito Maestre Finbar no había hecho otra cosa que dar cabezadas mientras ellos dos se las apañaban perfectamente solos, los pupitres vacíos, los tinteros secos... Sus ojos también contemplaron la enorme pizarra negra y a Sigyn frente a ella tiza en mano, dándole la espalda, desgranando con su letra redondeada y clara y con una lentitud impropia de su frenética forma de escribir una larguísima ecuación que Loki reconoció de inmediato. La punzada ardiente de la nostalgia quebró su presencia de ánimo. El Principio de Incertidumbre Cósmica de Langaas. La complicada hipótesis astronómica con la que Sigyn lo había impresionado en su primera clase juntos. El golpe maestro que había pulverizado el desdén de un Loki preadolescente hacia quien hasta ese momento no creía más que una estúpida princesita. El giro que le había cambiado la vida para siempre. Loki respiró hondo. Primero los besos correspondidos, luego arrastrarlo a su antiguo santuario común, ahora un poco de sal en la herida de la amistad que no había sido capaz de conservar intacta: definitivamente Sigyn no le iba a poner las cosas nada fáciles, pero tenía que seguir adelante con ellas. Tenía que...

—En Vanaheim consideramos de buena educación usar la puerta en lugar de sorprender continuamente a la gente apareciendo de la nada a sus espaldas como un puñetero fantasma, ¿sabes?

Loki no había hecho el menor ruido ni el menor movimiento. Sigyn en ningún momento había apartado sus ojos de la pizarra, ni siquiera al dirigirse así de secamente a él, centrada como parecía a completar sin prisa pero sin pausa los últimos pasos de la ecuación. Y sin embargo le había descubierto, una vez más. Había vuelto a darse el extraño prodigio que tenía a Loki enfermo de curiosidad desde que eran niños. Por un momento su desconcierto al saberse descubierto fue sólo eso: desconcierto, perplejidad ante lo inexplicable, igual que todas y cada una de las veces en que Sigyn le había adivinado sin oírle ni verle como si hubiera tendida entre los dos una cuerda invisible. Pero ese desconcierto pronto se convirtió en una marea de rabia que quiso abrirse paso en medio del conformismo, un mudo grito de rebelión que lo sacudió todo dentro de Loki. Aquella misteriosa pero innegable conexión entre él y Sigyn, ¿acaso no significaba nada? ¿Acaso no había allí una especie de destino luchando por imponerse, más fuerte y más sagrado que nada que Odín o cualquiera en los Nueve Reinos tuviera planeado para ellos dos? Fuera cual fuera su naturaleza, la singularidad y la exclusividad de aquel vínculo hacían de él algo precioso que exigía no ser ignorado, y ante aquella exigencia Loki sintió cómo flaqueaba un poco más su férrea voluntad de hacer lo que debía hacerse.

—No tenía ganas de andar hasta aquí —se justificó, en un tono que esperó que sonara bromista y no ansioso, inseguro -él, Lengua de Plata- de qué añadir a continuación. Era extremadamente consciente de lo que había ido a hacer allí y de dónde debía acabar aquella conversación pero de pronto no tenía ni idea de cómo llegar al final apropiado, toda su resolución desmoronada bajo el empuje de los deseos que querían sublevarse.

—Y supongo que saber dónde encontrarme es otro de esos simpáticos trucos que todavía desconozco y con los que puedes asustarme en el futuro. Estupendo.

La voz de Sigyn, con aquel punto grave y ronco que de niños le había hecho tanta gracia a Loki y que ahora encontraba irresistiblemente seductor, sonaba más cansada que enojada, como si el desánimo fuera más fuerte que la indignación que tenía toda la razón y el derecho de sentir. Loki casi quiso suplicarle que lo mirara, incapaz de soportar la desmayada indiferencia con la que ella seguía escribiendo en la pizarra, escribiendo, escribiendo...

—Lo siento, Sigyn.

La tiza se partió con un ruido seco y la mano de Sigyn se detuvo, a falta de una única variable que completara la conjetura. El silencio se espesó como plomo líquido.

—Eso ya me lo has dicho antes, Loki. Hablo tu mismo idioma. Lo entiendo sin necesidad de que me lo repitas. Todo está bien, en serio. Vuelve a dormir.

El tono de Sigyn reflejaba cosas que estaban más allá de la simple tristeza. Loki, sabiéndose culpable, notó que se le encogía el estómago de anhelo por enmendarlo.

—No estaba durmiendo —admitió, las palabras fluyendo de él sin que hubiera tenido tiempo de sopesarlas.

—Me extraña, porque con todo lo que parecías haber bebido deberías haber caído en coma nada más...

—No. Estaba. Durmiendo —insistió Loki con terquedad, infantilmente irritado de que ella no lo creyera cuando para variar no estaba diciendo más que la verdad.

—Lo que tu digas —insistió Sigyn a su vez, todavía inmóvil—. Sea como sea puedes volver a dormir, o a no dormir, o a lo que quiera que estuvieras haciendo. No pasa nada, en serio. No me voy a enfadar. No creo que sea la primera vez que bebes demasiado y haces cosas raras que luego lamentas.

Loki se sorprendió boqueando como un pez, luchando por decir algo sin encontrar las malditas palabras. De pronto no parecía en absoluto posible acogerse a la coartada de la ebriedad, por mucho que la propia Sigyn le estuviera dando pie. Sí, estaba tan borracho que todo ha sido obra del alcohol. A pesar de la intolerable forma en que te he recriminado tus simpatías hacia otro hombre como si fuera un marido celoso no tengo el menor interés personal en ti, de modo que podemos seguir fingiendo ignorarnos el uno al otro como hasta ahora. Loki se sentía tan ridículo por haber contemplado la posibilidad de que aquella fuera una excusa digna que quería abofetearse. ¿Y si no había manera de disfrazar lo que había pasado? ¿Y si no había más salida que la sinceridad, aquel territorio desconocido y terrorífico para Loki después de tanto tiempo transcurrido desde la última vez en que se había abierto de verdad y por completo a alguien, a ella?

—Lo siento, Sigyn, yo...

—¿QUIERES DEJAR DE DECIR ESO? —gritó Sigyn de pronto, exasperada, tirando contra la pizarra el último fragmento de tiza que le quedaba en la mano y volviéndose hacia él—. ¡Te he entendido perfectamente las otras dos veces, no hace falta que sigas repitiendo hasta el Ragnarok lo mucho que te arrepientes así que deja de decirlo de una puñetera vez, ¿vale?!

Loki se vio desarmado por aquel estallido, por aquella voz vibrante de una ira que no era ira, por lo que Sigyn estaba diciendo sin decirlo. Y lo poco que quedaba de su resolución de ser correcto al acudir a ella se hizo añicos.

—No me arrepiento, Sigyn.

Su propio sobresalto al oírse fue mayor que el que reflejó Sigyn. No había tenido la menor intención consciente de decirlo, ni mucho menos de sonar así de vehemente. Fue Sigyn quien se resquebrajó ahora ante su mirada, la furia en su rostro acalorado cediendo a la viva imagen del desamparo mientras ella resoplaba y se abrazaba a sí misma, igual que él había hecho hacía tan sólo un rato en la soledad de sus habitaciones.

—Maldita sea, Loki. Yo tenía una vida mientras estabas fuera, ¿sabes? —le reprochó casi en un susurro—. Tenía una vida y me gustaba. Quiero que vuelva. Quiero...

—¿Y qué hago para devolvértela? ¿Me voy? ¿Quieres que me marche? ¿Quieres que vuelva a irme de Asgard para que así puedas quedarte tranquila?

Loki casi lo había gritado, rabioso, completamente serio, convencido, dispuesto. Los ojos de Sigyn al oírle fueron los ojos espantados y suplicantes de un animal caído en una trampa.

—¡NO!... No es eso. No... —gimió, dándole otra vez la espalda cuando la voz se le rompió en lo que casi sonó como un sollozo—.Yo sólo...

Se alejó todavía más de él, bajando con rapidez de la tarima para ir a sentarse en el grueso antepecho de una de las ventanas. Bajo la suave luz del amanecer que se filtraba por la vidriera su pelo suelto se veía como un aura roja que la coronaba majestuosa y salvaje, cayendo a los lados de su cara y acariciando su cuello. Loki sintió el viejo deseo de enredar sus dedos en él más lacerante que nunca, casi insoportable.

—No me arrepiento —insistió, con la misma terquedad pero suavizando el tono—. Lamento haberte engañado de esa manera, sí. Lamento haber suplantado al imbécil de Theoric Gunnarson. Lamento todas y cada una de las cosas que te he dicho porque no tenía ningún derecho a decírtelas y ni siquiera creo que sean verdad y si pudiera volver atrás... —Loki tragó saliva, sintiendo la boca terriblemente seca. Odín no había educado a sus hijos de forma en que les fuera fácil pedir perdón. Cada palabra que pronunciaba se sentía como si alguien le estuviera arrancando un pedazo de su carne, el dolor agudizado por la implacable fijeza con que Sigyn lo miraba sin que su gesto pareciera decidirse entre ninguna de las emociones que la sacudían—. Si pudiera volver atrás me tragaría cada palabra sin dudarlo. Pero lo otro que he hecho... Besarte...

Loki respiró hondo tras pronunciar la palabra, terroríficamente consciente de que aquél era un punto de no retorno que no tenía voluntad para no traspasar.

—De eso no me arrepiento. No me arrepiento en absoluto. Había bebido pero no fue la borrachera, Sigyn. Fui yo. Lo hice porque quise, porque... Porque... Porque llevaba tiempo queriendo hacerlo. Mucho tiempo. Años. Entiendo que no puedas fiarte de la palabra de un liante, pero créeme cuando te digo que así como lamentaré haberte ofendido al besarte, si ese es el caso, jamás me arrepentiré de haberte besado. Jamás.

En los ojos de Sigyn había desconcierto y sorpresa y temor, creciendo más y más a medida que Loki hablaba y se acercaba despacio a su lado. Pero también algo más, algo nacido de las últimas palabras que él había pronunciado y que todavía parecían vibrar suspendidas en el aire. Loki se preguntó si sus propios ojos reflejarían tanto vértigo, y si también en ellos asomaría aquel destello demasiado parecido a la felicidad, tan cálido y radiante en la mirada azul de Sigyn que parecía capazde abrasarlo todo.

—¿Y qué se supone que debo contestar a eso, Loki? —inquirió ella con suavidad, evaporada ya la quebradiza rabia de hacía unos instantes.

—No lo sé.

—¿Que no lo sabes? ¡No puedes no saberlo! ¡No puedes volver a casa y comportarte conmigo de una forma tan fría durante meses y de pronto transformarte en ese monstruo cínico que he visto en las caballerizas y ahora venir y contarme esto y ponerlo todo en mis manos y decir que no sabes qué narices debo decirte!

No lo sé —insistió Loki, desesperado—. Perdóname, o aterrorízate y llama a la guardia de mi padre, o dime que te doy asco y que no quieres volver a hablarme en la vida. O dime que tú tampoco te arrepientes de lo que ha pasado. Di lo que quieras, Sigyn, lo que sientas que debes decirme. Cualquier cosa menos que todo te da igual porque eso es lo único que no voy a poder creerme, que no...

Que no voy a poder soportar, terminó Loki para sí, incapaz de confesar en voz alta que a aquellas alturas prefería el odio de Sigyn antes que su indiferencia. Y el silencio se prolongó entre los dos tantos segundos que el tiempo pareció deformarse.

—No, Loki. No me da igual —susurró Sigyn, tan tenue que Loki dudó si se lo habría imaginado—. De hecho me parece tan obvio que no me da igual, viendo cómo me he comportado antes, que...

—Yo ya no sé lo que es obvio y lo que no —protestó él, acercándose todavía un poco más—. No entiendo...

—¿No entiendes? ¿? —dijo ella con ironía—. ¿El de los secretos? ¿El de los ases en la manga? ¿Y entonces qué puedo entender yo, que parece que en todo esto voy una docena de pasos por detrás de ti?

Loki suspiró cansado, sonriendo a su pesar. Como por reflejo ella sonrió también, por primera vez aquella noche. Para Loki, que creía saberse su rostro de memoria, verla sonreír después de lo ocurrido fue como descubrir el sol tras una vida bajo tierra.

—De acuerdo. Es obvio... —quiso admitir, sintiendo que de nuevo le huían las palabras mientras se perdía en los ojos azules de Sigyn—. Es obvio que...

—Es obvio que hace años que no me da igual, pedazo de imbécil. Y que me rompiste el corazón cuando te marchaste así con Thor sin despedirte ni nada. Y que me lo volviste a romper cuando dejaste de escribir. Y que por eso, porque me rompiste el corazón dos veces, no soportaba volver a verte y arriesgarme a que me lo rompieras una tercera. Y que por eso he intentado comportarme como si no existieras. Y que si te he dicho esas cosas horribles acerca de tus mujeres es porque me mata de celos pensar que has estado divirtiéndote con ellas mientras yo tenía que quedarme aquí echándote de menos e intentando darle largas al destino que me aguarda —soltó Sigyn del tirón, atropelladamente, casi sin respirar, mirándole con una intensidad que quemaba—. Es MUY obvio, digo yo. De hecho es tan obvio que no me puedo creer que alguien tan inteligente como tú todavía tenga dudas al respecto, así que voy a tener que pensar que eres un jodido presuntuoso buscando que le regalen el oído. Demonios, Loki, si me he deshecho en cuanto me has rozado, ¿qué más obviedades necesitas? Y tú eres el Odinson listo —resopló, irónica—. Madre mía. Pobre Asgard. Pobres de nosotros el día que tu padre decida abdicar...

Loki la miró sin poder ni parpadear, sobrecogido de asombro ante la aplastante y torpe naturalidad con la que Sigyn acababa de reconocer todo lo que habían sido sus últimos años, todo lo que sentía respecto a lo ocurrido, respecto a él, respecto a ellos. Su Sigyn. Su dulce, insoportable, adorable Sigyn. Su contrapunto, su mejor mitad. ¿Cómo había podido pensar que iba a serle sencillo cortar de raíz nada que pudiera crecer entre ellos?

—Aceptaste mi proposición cuando creías que yo era Theoric Gunnarson —se defendió Loki—. ¿Cómo crees que debería interpretar eso?

Consentí —puntalizó Sigyn con aspereza— Consentir en algo no es lo mismo que aceptar ni mucho menos que desearlo, Loki. No cuando se es mujer y se está en mi posición.

—Pero no parecías precisamente asqueada con la idea.

No lo dijo como un reproche sino como una absurda justificación, como una forma de intentar explicarle y explicarse a sí mismo su violento estallido de celos en el establo. Aun así, viendo arder y humedecerse los ojos de Sigyn, Loki deseó una vez más poder tragarse las palabras.

—Sí. Tienes razón. No parecía asqueada porque no lo estaba. Theoric al menos es un caballero, una buena persona —la rabia contenida con la que Sigyn escupió las palabras pareció latirle a Loki dentro del pecho, caliente y amarga—. Qué demonios, Theoric es un sueño al lado de algunos de los hombres con quienes he temido que tu padre y mi hermano pudieran casarme, es un condenado sueño comparado con llorar de miedo y de asco ante la sola idea de tener que dejar que alguno de esos tipejos me tocara y me preñara con sus hijos y luego me llevara de aquí con él. Así que te doy la razón, Loki: no estaba asqueada en absoluto. ¿Y sabes por qué? Porque hace mucho tiempo que tomé la determinación de aprender a apreciar el mal menor, ya que no puedo tener a quien realmente quiero.

Por un instante no sólo ellos dos sino el Universo entero pareció contener el aliento, expectante.

A quien realmente quiero.

—Sigyn... —musitó Loki.

Imponiéndose a la agresividad del tono de voz con el que habían sido pronunciadas, el significado de las palabras de Sigyn hacía que de pronto a Loki le costara respirar, sus entrañas derretidas bajo un calor más ardiente y dulce que nada que hubiera experimentado en su vida. Intentó articular algo más que el nombre amado pero su propia voz le rehuyó. A quien realmente quiero. Sigyn parecía haberse dado cuenta a la vez que él del calado de sus palabras y se había ruborizado con violencia desde el pecho hasta la raíz del cabello pero no bajaba los ojos, no dejaba de mirarle. Su Sigyn. Su honesta, valiente, extraordinaria Sigyn.

—Sigyn, yo...

A quien realmente quiero.

—Estos años...

De pronto todo en Loki era pura necesidad de corresponder a aquella sinceridad casi ingenua con la que Sigyn acababa de decirle que le amaba. De explicarle cómo durante años había buscado inutilmente el cielo del verano en los ojos de cada mujer que había compartido su cama. De aclararle que a pesar de lo que decían las historias y los rumores no había dejado ningún bastardo tras él, que nunca desearía ni tendría más hijos que los que pudiera engendrar en su vientre. De confesarle que sus viajes y sus amantes y sus aventuras no habían llenado ni la milésima parte del vacío que se había abierto en su alma al dejarla y que lo cambiaría todo por haber tenido entonces el valor de quedarse a su lado y luchar por ella, de intentarlo al menos... Cuánto que decir. Y qué poco sentido decirlo, sabiendo que no cambiaría nada, que nada les estaba permitido hacer al respecto. Tardó una eternidad en darse cuenta de que se había quedado callado sin terminar la frase, ahogado en el azul de la mirada de Sigyn, hechizado por la sombra que las espesas pestañas cobrizas proyectaban en sus mejillas pecosas. Apenas recordaba nada de lo que quería decirle, mareado por tantas cosas sin confesar como le bullían en el pecho clamando por ser liberadas. Sabiendo que era un error y prefiriendo ignorarlo se sentó al lado de Sigyn en el antepecho de la ventana, cuidadoso de no rozarla. Y le hizo absurdamente feliz ver que ella no se apartaba para rehuirle.

—Lo siento, Sigyn —repitió, desarmado—. Lo siento todo. Siento llevar años portándome como un estúpido. Siento haber dejado de escribir. Siento haberme ido como me fui, sin avisarte, sin esperar a que volvieras para al menos poder despedirnos. Pero lo entiendes, ¿verdad? —casi le imploró, llevándose un puño cerrado hasta el corazón— ¿Entiendes que tenía que hacerlo así? Tú y yo... Las cosas estaban cambiando entre nosotros, ¿podías sentirlo tú también? Las cosas estaban cambiando demasiado. Me asusté. A ninguno de los dos nos estaba permitido ir hacia donde nos estaba llevando la corriente. Y supe que si seguía teniéndote cerca... .

Las lágrimas se habían desbordado silenciosas de los ojos de Sigyn. Loki apenas soportaba verlo -antes nunca era yo quien la hacía llorar, pensó, afligido- pero tampoco podía apartar su mirada de aquellos ojos. ¿Cuantas lágrimas de amor había visto verter por él en toda su maldita vida? Las de Sigyn eran las primeras. Sigyn, de hecho, era la primera en tantas cosas que casi le parecía que su vida no había empezado del todo hasta cruzarse con ella.

—Y sigue sin estarnos permitido, ¿no? —la oyó añadir sin apenas voz, adelantándose a la terrible conclusión de cuanto él estaba diciendo.

Loki ni siquiera tuvo ánimo para asentir. Seguía sin estarles permitido, aquella era la maldita raíz de todo. Por eso había ido a buscarla sin esperar ni a que amaneciera. Por eso estaban sentados ahora el uno junto al otro intentando reunir valor para terminar con algo que ni siquiera había acabado de nacer. Habían cometido un bello y delicioso error pero aún estaban a tiempo de repararlo sin alterar demasiado el curso adecuado de las cosas. Sigyn, que lo sabía tan bien como él, no pudo seguir sosteniéndole la mirada.

—Sigue sin estarnos permitido —concluyó Loki, con un desánimo abismal—. Lo siento, no te imaginas cómo. Ojalá...

—Loki... Tu mano...

Casi sobresaltado Loki miró hacia el puño que aún tenía cerrado sobre el pecho, allí a donde ella había deslizado su atención. Era la mano derecha, la que había usado horas antes para descargar su rabia contra una pared. En su consternación ni siquiera se había acordado de que la tenía herida.

—No es nada —dijo instintivamente.

Trató de retirar la mano, avergonzado de su ridículo arrebato de ira y nada deseoso de tener que explicárselo a Sigyn, pero no lo hizo lo bastante deprisa. Ella la atrapó sin dificultad. La torpe Sigyn, al parecer, seguía siendo increíblemente rápida de reflejos cuando se trataba de fastidiarle.

—Déjame ver.

—No es nada.

—No seas idiota

Pese a las protestas Sigyn examinó cuidadosamente la hinchazón y la piel herida, sosteniendo la mano con firme suavidad entre sus pequeños dedos. Loki intentó ignorar el delicioso hormigueo que aquello le prendió en el estómago. No lo consiguió.

—Está helada —murmuró Sigyn, como cautivada con la sensación—. ¿Qué demonios has hecho para ponértela así?

—Un accidente —repuso Loki.

—¿Un accidente? —Sigyn lo miró con los ojos muy abiertos, alarmada—. Oh, por lo que más quieras, dime que no has...

Loki la interrumpió con un bufido de desdén.

—Soy un mago, Sigyn. En el caso de querer rebajarme a hacer algo contra Gunnarson no habría usado los puños, créeme —afirmó, ofendido de que ella pudiera pensar lo contrario. Pero suavizó notablemente su tono al admitir—. Fue una pared.

—¿Lo dices en serio? —le dijo Sigyn, mordaz pero sin disimular ni su turbación ni su alivio—. ¿Todavía crees que pegarte con el mobiliario es una opción? ¿A tu edad? Y yo que pensaba que ya habías aprendido la lección aquella vez que nos quedamos encerrados en la biblioteca y te dio por patear la puerta porque no conseguías abrirla...

Loki rió con suavidad al recordar el ridículo incidente, parte de una travesura de sus primeros días juntos que casi había desterrado de su memoria. Y en medio de esa risa que se había contagiado a Sigyn, relajados los dos por un instante de la tensión y el pesar, se sorprendió tomando un rizo que le había caído a ella sobre los ojos para sujetárselo detrás de una oreja. Lo hizo sin intención, sin pensar,tan sólo obedeciendo a aquel poderoso deseo de tocar su pelo que llevaba torturándole desde que era un niño. Y fue plenamente consciente del grandísimo error que acababa de cometer. La sintió estremecerse un poco cuando le rozó el tierno lóbulo con las yemas de los dedos, y luego un poco más cuando detuvo la mano sobre su mejilla en lugar de retirarla. Él mismo se estremeció también, notando las dulces descargas eléctricas de una salva de escalofríos, sobresaltado por lo que había hecho sin querer, asustado de estar tocando otra vez a Sigyn pero sin fuerzas para apartar la mano. Se lamió inconscientemente el labio inferior, nervioso por el hormigueo que se propagaba ya mucho más allá de su estómago y amenazaba invadirle todo el cuerpo. Su mirada se quedó prendida de los pequeños y rosados labios de Sigyn. Los vio entreabrirse y exhalar un ansioso suspiro que sonó exquisito a sus oídos. Las ganas de volver a sentirlos fueron torrenciales, incontenibles. Deslizó los dedos con delicadeza hasta la barbilla de Sigyn para levantar su rostro hacia él y se inclinó despacio, concediéndole una justa oportunidad de esquivarle que ella no supo o no quiso aprovechar.

El beso no tuvo nada que ver con el hambre y la furia de antes. Fue breve, tierno, poco más que el roce de una pluma bailando entre las bocas de ambos. Una pequeña despedida, se dijo Loki, tratando de tranquilizar a la voz de alarma que le exigía que se diera cuenta de lo que estaba haciendo y soltara a Sigyn de inmediato. Sólo una pequeña despedida.

—Ojalá pudiera ser de otra manera, Sigyn... Ojalá...

Le habló a un centímetro de la boca reacio a alejarse de ella, las narices de ambos rozándose con suavidad. Cuando los encontró, los ojos entornados de Sigyn lo estaban mirando con una expresión de veneración y éxtasis que lo rompió en dos. ¿Quién más lo había mirado así? ¿Quién volvería a mirarlo así cuando sellaran aquel adiós secreto? No podía forzarse a hacerlo. Todavía no. Sólo éste, se justificó mientras cubría la boca de Sigyn con otro beso casto y dulce y lento. Los labios de Sigyn fueron plácidos y suaves contra los suyos, una firme invitación a seguir besándolos. Loki se sorprendió de su fuerza de voluntad al conseguir apartarse de ellos.

—No podemos —le insistió, aunque en el fondo era a sí mismo a quien se lo estaba recordando.

Sigyn asintió queriendo parecer conforme. Pero todavía tenía sujeta entre sus manos la mano de Loki, y él pudo sentir la etérea caricia de aquellos dedos prendiendo ascuas de placer y anhelo en cada terminación nerviosa de su cuerpo. Respiró hondo antes de buscarle la boca otra vez, prometiéndose que ésa sí que sería la última. Los labios de Sigyn se movieron contra los suyos y los capturaron en el momento en que él se retiraba, decididos a prolongar el beso unos instantes más. Un escalofrío estalló en parte baja de la espalda de Loki, propagándose hacia arriba hasta estallar en su nuca y aturdirle por completo el pensamiento. Hizo danzar las yemas de sus dedos sobre el mentón de Sigyn, arrancándole un pequeño suspiro que fue a verterse como miel en su boca.

—No debemos, Sigyn, lo sabes mejor que yo —murmuró, rozándole los labios al hacerlo, sintiendo la ardiente caricia de su respiración agitada.

Esa vez lo buscó ella, y estuvo en manos de Loki permitírselo o no. Se lo permitió, por supuesto, diciéndose que podía parar cuando quisiera y sabiendo que no era verdad, su talento para mentir fallando miserablemente una vez mas cuando se trataba de mentirse a sí mismo en presencia de la mujer que amaba. No iba a poder parar mientras la tuviera cerca y no la alejaría de sí a menos que reuniera un valor que ni siquiera se estaba molestando en invocar, perdido del todo en la delicia de verse reclamado y correspondido como nunca antes en su vida. Jadeó esta vez al romper el beso, falto de aire bajo el cada vez más incontenible anhelo de dejarse ir.

—No, Sigyn. No he venido a esto. Quiero hacer bien las cosas y no... Es un error... Un terrible error... Tú no puedes permitírtelo, no... No tienes que llegar a hacer nada malo para arruinar... Si tu hermano... Si mi padre sospechara siquiera que me he atrevido a...

Sin darse cuenta estaba puntuando sus palabras con más besos fugaces y cálidos, desdiciendo cada buen propósito y cada palabra sensata. En efecto, no tenia que llegar a algo tan extremo como hacer el amor con Sigyn para que su reputación y su futuro y hasta su vida estuvieran en peligro, tal y como se entendía en Asgard y Vanaheim la honra de las mujeres decentes. Bastaba con lo que estaban haciendo, bastaría que alguien entrara y les descubriera así para provocar un desastre. Pero la pasión tiraba de Loki hacia un territorio pantanoso en el que nada de eso contaba; un territorio en el que Sigyn, la que de verdad tenía todo que perder en aquel asunto, ya parecía inmersa hasta el cuello. Con un débil gemido ella atrapó su boca otra vez, demandando más de él con cada segundo de un beso que ya no fue ni casto ni delicado. No quedaba rastro de inocencia o cautela en la forma en que ahora los dos se tanteaban con las lenguas incitándose a entreabrir los labios, ni en la forma en que sus cuerpos querían aproximarse el uno al otro porque sólo con el roce de sus bocas empezaba a no bastar. El ardor con el que Sigyn respondía a aquellos primeros besos nubló la razón de Loki de promesas, de deseos tan densos que asfixiaban. Sintiendo que perdía el control se apartó y le sujetó con ambas manos el rostro para mantenerla a una distancia segura de sus labios. Todavía era consciente de lo que tenía que hacer, de cuál era el camino a seguir si aspiraba a hacer las cosas como haría un hombre de honor, uno que además de amar a Sigyn con locura fuera capaz de amarla bien, como ella merecía. Quería ser ese hombre. Lo quería de veras.

Si tan sólo supiera cómo...

—Vale. Se acabó. Si no vamos a ser capaces de controlarnos, entonces... Tendré que... Me iré mañana si es necesario. No llevaré sobre mi conciencia el haberte arruinado la vida, Sigyn —declaró con firmeza, apasionado—. No lo haré.

Por un momento llegó a creer de veras que sería capaz; que siendo el Dios de las Travesuras y el Engaño y no un maldito santo podría llegar a comportarse como un hombre honorable y renunciar al más ardiente deseo de su corazón sólo porque era lo correcto. Pero entonces Sigyn hizo algo contra lo que ninguna fuerza dentro de Loki habría podido plantar batalla: inspiró hondo, muy hondo, y vistió sus ojos con aquella misteriosa mirada soñadora que lo tenía fascinado desde que eran niños, aparentando estar a las puertas del paraíso sólo porque estaba con él.

Loki estuvo seguro de que ni siquiera le había escuchado.

Y no le importó.

Mientras desechaba por fin toda pretensión de ser sensato y estrechaba a Sigyn contra su pecho para reclamarle con posesiva fiereza la boca Loki supo que aquél era el peor error de su vida, que ellos dos y su amor maldito estaban tan abocados al desastre como los ríos lo estaban a morir en el mar. Pero consiguió, ahogando la conciencia en besos, que nada de eso le importara en absoluto.


Mientras el otoño amanecía sobre Asgard, en otra punta de la esfera de Yggrasdil tan distante de la plácida felicidad de los enamorados como pudiera imaginarse, dos hombres renovaban un viejo pacto. Uno era rey. El otro confiaba serlo pronto. No había simpatía entre ellos, sólo miradas calculadoras y sonrisas que trataban de esconder la vieja y espinosa desconfianza mutua que, sin embargo, no les iba a impedir firmar una nueva alianza con nuevas condiciones.

—Todos sabemos que eres estéril y que morirás sin descendencia. A estas alturas nadie aceptará como legítimo un presunto hijo tuyo. Sabes que tu única opción inteligente es firmar. Es lo que tu padre, un hombre inteligente al que admiré y aprecié, habría querido. ¿O es que no deseas perpetuar tu sangre en el trono de Vanaheim después de tanto tiempo luchando por él?

Los ojos azul celeste de Udre Lyrsson, tan parecidos a los de su hermana Sigyn pero desprovistos de la dulce sabiduría que definía los de ella, vidriosos y enramados por efecto de la enfermedad que lo consumía lentamente pero todavía orgullosos, taladraron a Odín con aire calculador.

—No tengo por qué someterme a los dictados de Asgard. Ya no. No te necesito. La última batalla se librará en Kadfalgaast y será ganada sin tu ayuda.

—¿Eso crees?

—Eso creo y eso te demostraré. Seré rey sin deberte ya nada y entonces...

—No serás más que un cadáver descuartizado y una historia a olvidar si desde Asgard no bloqueamos la ayuda que tu rival va a recibir de Svartalfheim.

Fue Odín quien sonrió ahora con soberbia, viendo el rostro del otro desencajarse de ira y desconcierto.

—Mientes.

—Puedo mostrarte las pruebas. ¿Nunca te he contado lo útil que nos es en Asgard contar con los ojos del Guardián?

—¡No es cierto! Ni siquiera Haraldson se rebajaría a eso, es...

—Son refuerzos ante una batalla, Udre, ni más ni menos.

—¡Son elfos oscuros! ¡Haraldson estaría rompiendo un centenar de leyes inviolables metiéndolos en Vanaheim! —bramó Udre, su macilento rostro enfermo tenso de cólera.

—Tu familia ya rompió siglos de tradiciones sagradas aliándose con los aesir, Udre. Es comprensible que Haraldson haya interpretado que todo vale. El caso es que habrá un ejército de elfos oscuros luchando del lado de tu enemigo en Kadfalgaast a menos que Asgard lo impida. Todavía me necesitas. Todavía está en mi mano que seas rey o no. Ésta —añadió Odín, colocando de nuevo ante Udre el documento que antes había rechazado con altivez— es mi única condición. Firma y Vanaheim será tuyo.

Los ojos del vanir repasaron con un gesto de repugnancia los puntos del tratado.

—Los míos nunca aceptarán a una mujer en el trono —aseguró.

—Aceptarán a tu hermana —le aseguró Odín a su vez, con arrogancia, con aplastante seguridad—. Yo me encargaré de ello. Me encargaré de poner a su lado a alguien contra el que nadie osará levantarse ni siquiera en sueños. Su reinado será largo, próspero, pacífico como ningún otro en la historia de tu oscuro y sangriento país...

—¿Qué tramas, Odín? —escupió Udre, crispando sus manos sobre la mesa a ambos lados del documento— ¿Qué sucia jugada tienes en mente? ¿O acaso quieres hacerme creer que todo esto es generosidad hacia mi hermana porque tras tantos años teniéndola bajo tu tutela le has cogido cariño?

—¿Te atreves a hablarme de generosidad hacia Sigyn? —rugió Odín, haciendo tensarse a los consejeros y los militares de ambos reinos que asistían como testigos a la firma del tratado—. ¿Tú? ¿El que a lo largo de los años, sólo porque a él le venía bien, me ha querido convencer de entregársela a bestias que no merecían ni el beneficio de la duda de ser considerados hombres? Mis planes son más generosos con Sigyn de lo que tú serás jamás, Udre. Y en su momento, cuando los compromisos se hagan públicos, tú los aceptarás de buen grado, consciente de que le estarás dando a tu hermana lo que cualquier mujer de los Nueve Reinos querría para sí.

Ambos hombres -uno rey, otro con esperanzas de serlo- se miraron como lobos que se desafiaran, estudiándose con astucia y odio en busca del punto flaco por el que lanzar un ataque mortal. Udre fue el primero en retirar la mirada, demasiado consciente de no ser rival para Odín en aquel terreno de maquinaciones y ases en la manga.

—Eres un carroñero, Padre de Todos —masculló mientras firmaba, ante la feroz mirada orgullosa de Odín, el documento que cuando él fuera rey proclamaría a su hermana como su única heredera—. No tienes nada que envidiar a los cuervos de tu enseña.

Odín sonrió altivo mientras estampaba su propia firma en el tratado.

—Piensa lo que quieras, rey de los vanir.

El soberano de Asgard se irguió con majestuosa arrogancia, satisfecho de sí mismo como no lo había estado en siglos. Que aquel imbécil pensara lo que quisiera de él y de sus manejos. Él sabía bien lo que estaba haciendo y por qué. No era la codicia lo que lo movía, sino un fin mucho más elevado por el que los Nueve Reinos lo recordarían eternamente. Asgard y Vanaheim primero. Jötunheim después, cuando Loki estuviera preparado para ello. Luego... ¿quién sabía a dónde podría llegar la alianza entre antiguos mundos rivales, lo que podrían conseguir juntos quienes antes habían sido enemigos?

La paz definitiva en la esfera de Yggrasdil: ése era el legado que el Padre de Todos quería dejar al retirarse tras un largo y brillante reinado.

Y lo dejaría. A cualquier precio.


Hay varias cosas que espero de este capítulo. Que os haya dejado satisfechas después de cómo acabaron las cosas al final de "Monstruos" es una. Que se os haya puesto cara de tontas y vomitéis arcoiris diabéticos es otra. Pero la más importante es que Loki no quede demasiado OOC en su conversación con Sigyn en la sala de estudios, que era algo que me aterraba.

Mi visión de cómo podía ser el Loki pre-"Thor" incluye la capacidad de amar, ya que en la película sus sentimientos de afecto hacia su hermano y padres y su capacidad de expresarlos son -si bien retorcidos, que al fin y al cabo Loki es Loki- perfectamente visibles. Por otra parte, Loki es un ser emocional. Puede que oculte sus sentimientos tras una gruesa coraza de chulería y sarcasmo porque los vea como algo que le debilita y le rebaja frente a otros, pero cuando la tensión emocional es grande se desborda con facilidad (rabia, lágrimas, puppy eyes... recordemos por un instante la escena de "TELL ME" con Odín, please :3 ). Vamos, que no imagino al Loki de antes de la caída como un muro incapaz de mostrar sentimientos sino todo lo contrario, y dentro de ese , el que dominado por la emotividad (y las hormonas) acabara sincerándose con Sigyn (y al mismo tiempo liándola muy parda al saltarse los dictados de Odín a la torera, yuuujuuuu) era coherente. Espero que a vosotras os lo haya parecido también.
Queda por ver ahora qué hacen nuestros chicos con este amor prohibido. Y también qué es eso que tiene Odín entre manos y que a mí, personalmente, no me da nada de confianza...
Hasta el próximo capítulo.