Nota de la autora: esta vez sólo he tardado un siglo en actualizar, en lugar de dos. Aleluya. Lo que ya no sé es cuándo podré hacerlo de nuevo, ya lo siento.
Después de un capítulo que era puros feelings y más feelings, otro que... En fin, ya me diréis al final qué os ha parecido. Sólo deciros que contiene La Escena: esa que al imaginármela en una tarde tonta me pareció lo bastante poderosa como para construir todo un fic en torno a ella. La culpable de todo esto, vaya ;)
Y nada más que añadir salvo el disclaimer, cómo no: no soy guionista ni director ni asalariado de ninguna clase de Marvel y en consecuencia no poseo (lástima) a Loki, así que no saco más beneficio de publicar este relato que el de agradar a quien quiera leérselo.
CAPÍTULO VIII:
INCONFUNDIBLE Y ÚNICO.
Loki, por supuesto, no se marchó al día siguiente. Ni al siguiente. Ni al siguiente.
Hubo, por supuesto, solemnes y sensatas intenciones antes de que él y Sigyn abandonaran la vieja sala de estudios por separado en aquella primera mañana del otoño. Estos besos han de quedarse aquí. No puede volver a pasar. No lo llevaremos más allá. No olvidemos nuestro lugar. Seamos razonables. Quizá algún día... Palabras. Hermosas y frágiles palabras, sin ninguna verdad que las alimentara ni forma humana de materializarlas. Los propósitos de ser racionales y de mantenerse a una distancia de seguridad que les garantizara no volver a ceder a la tentación no los protegieron de sí mismos ni unas míseras veinticuatro horas. La culpa que sazonaba los besos robados no duró mucho más, antes de extinguirse del todo.
Los días fluyeron lentos y dorados alrededor de Loki y Sigyn, permitiéndoles creer que podrían detener el tiempo y que el momento de gloria que ahora vivían sería eterno. Su pequeño secreto avanzó en medio de una dulce neblina feliz en la que nada parecía existir fuera de sus breves y castos encuentros furtivos. La realidad de quiénes eran ellos dos y de lo lejanos que estaban sus respectivos destinos seguía allí, en algún lugar, sobrevolándolos como una oscura ave de mal agüero, pero habían decidido ignorarla. Así, en las raras ocasiones en las que conseguían estar juntos y a solas al margen del bullicio de la corte de Asgard, Loki y Sigyn se comportaban como si no fueran más que dos enamorados siendo prudentes y tomándose su tiempo; como si la cautela y la contención y el dolor de piel por no poder tocarse más fueran elección suya y no algo impuesto por unas reglas injustas que ninguno de los dos podía cambiar. Aquella ilusión instilaba dulzura donde de lo contrario sólo habría existido la rabia y de alguna manera los consolaba, ayudaba a aplacar la fiebre y las ansias de rebelión.
Pero lo cierto era que cada día que pasaba ayudaba menos.
Amarse como se amaban sin tener permitido amarse del todo no era fácil para ninguno de los dos. Loki y Sigyn podían parecer cerebrales y fríos; podían serlo incluso, en muchos aspectos, pero no el uno respecto al otro. Su sensatez se diluía sin remedio en un mar de fuego líquido cuando estaban juntos. Para Sigyn los de Loki eran sus primeros besos, los brazos de él los primeros que la habían rodeado con deseo de no dejarla ir, su cuerpo de hombre el primero en el que se había reclinado deseando deshacerse para ser parte de él. Nada la había preparado para combatir las emociones que Loki despertaba en ella. La sensación de pequeñez y debilidad era embriagadora cuando estaba a su lado. La poca carne que podía ofrecerle se abrasaba con el mínimo roce de sus labios, y el calor que de allí emanaba la consumía por entero. Sus entrañas vibraban hasta aturdirla cuando él le hablaba al oído con aquella voz que era oscuridad y seda, cuando la miraba irradiando adoración desde los ojos, cuando la sostenía contra su pecho y la envolvía tan poderosamente en su olor a invierno que Sigyn ya lo sentía parte de sí, entreverado en su propia piel. No, no estaba preparada en absoluto para dominar la deliciosa catástrofe que eran sus sentimientos por Loki. En cuanto a él... Los años y sus aventuras fuera de Asgard le habían proporcionado una suficiente experiencia con las mujeres, y en ese sentido creía haberlo probado todo, conocer hasta el último detalle acerca de sí mismo en relación con el sexo. La realidad, sin embargo, le estaba dando una deliciosa lección de la mano de Sigyn. Aquello no lo había tenido nunca. Los besos, la ternura, la sensación inequívoca de ser amado y preferido por encima de todas las cosas, la plenitud, nada de eso había formado parte de sus encuentros con mujeres en el pasado. Loki no había sabido lo que era un beso hasta besar a Sigyn, ni había sabido lo que era desear de verdad hasta ahora en que la deseaba a ella sin poder gozarla por entero. Por excitante y glorioso que hubiera sido en su momento, por más que no lo lamentara en absoluto, nada de lo vivido al lado de sus otras amantes rozaba siquiera la exquisita tortura que estaba siendo amar a Sigyn. Los límites y la clandestinidad lejos de aburrirlo lo espoleaban, abrasando su imaginación de conjeturas, de promesas, de sueños vívidos de lo que podría ser tenerla del todo y para siempre.
Loki y Sigyn eran fuego alimentando fuego cuando estaban juntos y bajo aquel calor abrasador el control y la resignación se estaban convirtiendo en inútiles cenizas. Pero ninguno de los dos quería verlo, porque la falsa seguridad de poder controlar su amor era lo único que les permitía mantenerlo con vida.
A veces bromeaban, soñando en voz alta y entre risas con un giro del destino que les permitiera estar juntos y los sacara de aquel limbo que ambos sabían que no podía durar aunque se resistieran a reconocerlo. Quizá el fin de la guerra en Vanaheim, con Udre derrotado y Odín sin el menor interés por la hermana de un decapitado por traición, le diera a Loki la oportunidad de pedir la mano de Sigyn y encima quedar a los ojos de Asgard como un noble caballero al rescate de la dama en desgracia. Quizá finalmente la prometieran a otro pero Loki encontrara la forma de suplantar a su prometido y no revelarlo hasta haber consumado el matrimonio, lo que lo haría sagrado e irrevocable y de paso les ganaría a ambos el privilegio de ser desollados vivos a manos del propio Odín. Quizá, ya que soñar era libre y no había por qué ceñirse a lo probable, fuese Loki el elegido por su padre para sentarse en el trono de Asgard y desde allí pudiera reclamar para sí a quien le viniera en gana...
Costaba un mundo ceñirse a las bromas y no dejar volar las esperanzas, permanecer en la consciencia de lo que no podían ser sin alimentar proyectos y fantasías que sonaban demasiado a insurrección, a sacrilegio. Costaba aún más mantener atado el deseo cuando todo lo que querían en cuerpo y alma era dejarse ir del todo, ser dos amantes cualesquiera que no tuvieran la desgracia de tener que parecerse a los protagonistas de un estúpido cantar trágico.
Ninguno ignoraba que aquella contención no podía durar, que sólo era cuestión de tiempo que su juego desembocara en un desastre. Pero eso pertenecía al futuro. En el presente los días eran oro y felicidad al envolverlos y ellos se limitaban a saborearlos despacio como si fueran a durar siempre, todavía capaces, por el momento, de controlar aquel hermoso monstruo que habían creado.
Templanza, Sigyn, templanza. Puedes hacerlo. No es tan difícil. Tienes cerebro, después de todo.
Loki había abandonado la corte. Llevaba casi una semana fuera, en Svartalfheim, acompañando a Thor en uno de sus viajes que esta vez obedecía a órdenes directas de Odín. La idea de verse separada de Loki por unos días había sido casi un alivio para Sigyn, teniendo en cuenta cómo estaban yendo las cosas entre ellos dos. La intensidad de lo que sentían y mostraban en sus encuentros estaba creciendo a una velocidad extraña, insufriblemente lenta para los deseos de su carne y al mismo tiempo vertiginosa a ojos de su mente, una dualidad imposible de explicar sin recurrir al argumento de la locura. La sensación de no comprenderse a sí misma en absoluto en lo que a Loki respectaba era deliciosa pero demasiado mareante para alguien como Sigyn, acostumbrada a poder razonarlo todo. Verse libre durante unos pocos días de aquella vorágine de deseo y sentimiento le había parecido lo mejor, o al menos eso había conseguido creerse a base de ignorar la ansiedad que la había empezado a devorar apenas unas horas después de la partida de Loki.
Viéndose de nuevo sola en Asgard, Sigyn se había centrado con todas sus fuerzas en sus trabajos sobre el Bifrost, nunca abandonados pero sí un poco faltos del entusiasmo obsesivo de antes. Su mente tendía a la dispersión, demasiado dispuesta a unirse al corazón y la piel en la cruzada por proclamar a Loki como su absoluto dueño y señor. Sigyn, incapaz de admitir semejante cosa, había tomado el Observatorio con una nueva y larga lista de ideas por probar, deseosa de demostrarse a sí misma que su gran temor -estar comportándose como una niña inmersa en su primer amor, ciega y sorda a todo lo que no fuera el objeto de sus anhelos- era infundado. En su ingenuidad, Sigyn se negaba a aceptar que perder la cabeza era algo comprensible e inevitable, que en el fondo sí que era una niña amando por primera vez por muy adulta que se viera frente al espejo, que aunque hubiera tenido un cerebro mil veces más brillante del que ya tenía le habría sido tan imposible templar sus emociones como al día no nacer por el Este.
Pero lo cierto era que la estrategia había funcionado. La pasión de Sigyn por la ciencia y su extenuante carrera por desentrañar los secretos del Bifrost habían mantenido su mente lo bastante alejada de Loki como para permitirle funcionar y sentir que aparte de un corazón henchido y una piel sedienta todavía tenía un cerebro y recordaba cómo usarlo.
La estrategia había funcionado, sí.
Los dos primeros días. Y quizá un poco del tercero, siendo generosos.
El declinar de la tarde del quinto sorprendió a Sigyn agotada, enojada, frustrada. Se había parapetado en su rincón preferido de la biblioteca de palacio, la enorme mesa de lectura que quedaba al fondo de la sección de tratados de Astronomía. Llevaba allí desde por la mañana. Había ido saqueando concienzudamente estante tras estante de la librería, media docena en total. Ahora tenía la mesa cubierta de docenas de tomos abiertos y de cientos de notas desperdigadas. Estaba exhausta pero decidida a seguir persiguiendo la última idea que había tenido, por mucho que la muy puñetera se empeñara en darle esquinazo.
Y no, Heimdall no tenía razón en lo que le había dicho la noche anterior, se dijo con enfado al descubrirse leyendo por tercera vez el mismo párrafo de un tratado. No estaba ausente ni especialmente torpe ni con la cabeza en otro sitio. No estaba soñando despierta. No estaba pensando obsesivamente en Loki ni en Svartalfheim ni en el peligro ni en la distancia ni en las horas que podían quedar hasta estar de nuevo en sus brazos.
Puedes hacerlo. Puedes dejar de pensar en él unos minutos de cada hora. Si no por ti misma, por el bien de tu trabajo y de la gente de los Nueve Reinos que podría depender de él. Templanza, Sigyn. Un poco al menos. Sabes que no es tan complicado.
Se levantó a por otro libro en la esperanza de que cambiar de texto la ayudara a centrarse y diciéndose que lo conseguiría. La piel sólo era piel, Loki no era más que un hombre, las emociones podían llegar a domarse de forma que no la volvieran a una loca. No podía ser tan difícil. No tenía ninguna experiencia previa al respecto, cierto, pero estaba segura de que...
De que...
Dioses.
Sigyn sintió que se quedaba sin pulso. La mano con la que intentaba alcanzar un libro de un estante alto se quedó paralizada y temblando, igual que los pies que de un segundo para otro no fueron capaces de sostenerla de puntillas. Tuvo que apoyarse en la estantería por miedo a caerse, de tanto vértigo y calor como sintió en la boca del estómago. Y todo eso sólo porque de pronto su rincón parecía haber sido invadido por la primera ventisca del invierno, porque un delicioso e inconfundible olor a nieve y bosques helados envolvía su cuerpo como un millón de frías caricias; sólo porque Loki había vuelto y estaba cerca, insoportablemente cerca. Sigyn suspiró, con una mezcla imposible de enojo y dicha. Así que no podía ser tan difícil domar las emociones. Por supuesto.
—¿Qué hemos dicho de eso de aparecerse como un espectro detrás de la gente en lugar de usar la puerta y saludar?
Sigyn sintió de golpe contra la nuca el aliento que Loki había estado conteniendo en su enésimo intento por sorprenderla. Y un segundo después sintió sus manos, rodeándole gentiles la cintura para ir a entrelazarse sobre su estómago. Sus piernas se debilitaron todavía un poco más. Templanza, exacto, se mofó de sí misma para sus adentros; lo estaba haciendo de maravilla.
—Tienes que confesarme cómo haces eso —le oyó murmurar.
—No sé. Quizá algun día...
—Podría obligarte a hacerlo ahora, ¿sabes?
—Serías capaz.
—Por supuesto que sería capaz. ¿O es que no has escuchado lo que cuentan de mí por ahí?
Ahora eran los labios de Loki lo que Sigyn sentía en la nuca, siempre tan tibios, fríos casi, siempre tan suaves y tan sabios a la hora de encontrar los puntos que reducían su entereza a cenizas. De no estar sujeta a la estantería ya tendría que estar confiando en que los brazos de él la sostuvieran, así de flojas sentía las rodillas.
—Muy pronto habéis regresado esta vez. ¿Ya os habéis aburrido de liarla por Svartalfheim?
—¿Liarla? Era una misión formal, Sigyn. Encomendada a Thor por nuestro padre en persona. Ya sabes: su precioso heredero tiene que ir asumiendo funciones de rey por si a él le diera por abdicar, aunque el chico no sepa ni dar los buenos días si no tiene detrás a su hermanito haciéndole de apuntador...
La burlona voz de Loki era poco más que un susurro contra la piel, y sin embargo conseguía que hasta la médula de los huesos de Sigyn vibrara al escucharla. Lo que cualquiera entendería por templanza, pensó ella con ironía, consciente de ser ya territorio ganado sin más batalla que una simple caricia.
—Y querrás hacerme creer que aun así no la habéis estado liando —insistió sonriente, inclinándose para recostarse en el pecho de Loki.
Adoraba sentirlo así, esbelto y fuerte contra su espalda, el refugio de carne y hueso en el que resguardarse de una realidad que la frustraba. Los labios de Loki dibujaron una sonrisa traviesa sobre su cuello.
—Puede que un poco —admitió con malicia.
Besos cosquilleantes y húmedos recorrieron despacio el mentón de Sigyn hasta ir a detenerse en la comisura de sus labios, como pidiendo permiso. Ella volvió su rostro para buscarle. Sus bocas se acariciaron con delicadeza, intentando saborearse despacio y no ceder de inmediato al hambre acumulada. Sin romper el beso Sigyn se giró hasta estar frente a Loki. Le echó los brazos al cuello y hundió los dedos en su pelo, bebiéndose con deleite los suaves gemidos de aprobación que aquel gesto siempre arrancaba de él. Sintió las grandes y delgadas manos de Loki abrirse sobre su espalda, acariciarla con posesiva ternura, apretarla fuertemente contra su pecho y su vientre. En el escalofrío de placer que sacudió a Sigyn hubo un poco de vértigo ante la rapidez con la que su piel reaccionaba a la cercanía de Loki. Su deseo por él parecía arder con más furor del acostumbrado tras aquellos días de deprivación; y la parte más racional y cuerda de sí misma, la que sabía demasiado bien a dónde conducía aquel camino, sentía algo vagamente parecido al pánico viéndola tan dispuesta a tomarlo. Pero Sigyn, aun oyendo el aviso, lo ignoró a conciencia. Recordó vagamente algo acerca de la templanza y la sensatez y no supo si reír o llorar, infeliz y feliz al mismo tiempo por no ser capaz de controlarse mejor.
—Te he echado de menos —gimió contra la sien de Loki.
Él respondió con un suspiro que casi se sintió helado sobre la piel acalorada de su cuello. Estrechó más su abrazo y Sigyn no resistió la tentación de hacer lo mismo. Aquel contacto tan íntimo y abrumador entre sus cuerpos era un error y normalmente ambos lo sabían y lo evitaban, pero ahora parecían tirar el uno del otro sin remedio, como dos imanes enfrentados por sus polos opuestos.
—Yo también —confesó Loki, áspero y tierno al mismo tiempo, mimando con besos la garganta de Sigyn en un sendero ascendente que volvió a morir en sus labios.
Sigyn no se hizo de rogar. Entreabrió su boca para él y respondió a su demanda con apasionado entusiasmo, cerrando los ojos bajo la embriagadora y mareante sensación que eran las lenguas de ambos bailando lentamente la una sobre la otra. La dulce tibieza de Loki la abrasaba. Cada caricia de sus manos sobre la ropa, cada grave jadeo que puntuaba sus besos hacía que aquel insoportable calor girara un poco más sobre sí mismo debajo de la piel de Sigyn, acumulado en deliciosos remolinos a la altura de su vientre.
—No puedes imaginarte la cantidad de minutos que he soñado despierto contigo mientras vigilaba que Thor no hiciera demasiado el imbécil en Svartalfheim, contando el tiempo que quedaba para volver a casa y tenerte así...
Las piernas de Sigyn flaquearon de nuevo, su cuerpo reaccionando con más vehemencia que nunca a aquella droga que era la voz de Loki fluyendo dulce y densa como miel negra. Un suave ruego sonó entre los labios de los dos, y Sigyn no fue consciente, hasta sentir la burlona y a la vez ansiosa sonrisa de Loki, de ser ella quien lo había pronunciado.
—¿Por favor qué?
La juguetona arrogancia que tiñó la pregunta de Loki hizo enrojecer a Sigyn de vergüenza, y al mismo tiempo la incendió hasta consumirla. La decencia le exigía mentir, pretender que le estaba suplicando que parase, pero la forma en que su cuerpo buscaba el de él era demasiado delatora, demasiado inqeuívoca. Loki se apartó un poco de ella, lo justo para mirarla y poder deslizar gentil pero vehemente una mano sobre la tela del corpiño. Sigyn pudo sentir la tensión que ataba los músculos de él, la forma en que estaba conteniendo el deseo de mecer sus caderas contra ella y aplacar un poco la excitación que se intuía dolorosa y dura bajo el grueso cuero de su casaca. Los incendiados y brillantes ojos verdes de Loki recorrieron el torso de Sigyn como si pudieran verla desnuda a través de la ropa, y luego se clavaron en los suyos con una expresión indecisa entre la disculpa y la súplica. Las ganas de arrojar la prudencia a la basura fueron tan arrolladoras que Sigyn tuvo que morderse los labios para no expresarlas en voz alta. Todo lo que quería en aquel instante era complacer a Loki y complacerse a sí misma, decirle que sí, pedirle abiertamente que olvidara quiénes eran y la hiciera suya en aquel mismo instante, en la misma biblioteca, en el condenado corazón de Asgard donde todo recordaba la omnipotencia de los designios del Padre de Todos y hasta qué punto ellos dos eran algo prohibido e imposible.
Todo lo que quería hacer era justo lo que menos permitido le estaba.
Sigyn gimió, exasperada. Allí estaban por fin la maldita templanza y la odiosa sensatez, llegando en su auxilio cuando ya no eran bienvenidas en absoluto.
—Loki... Lo siento, no... Por favor... —le suplicó débilmente —. Si entrara alguien...
Ante aquello Loki se detuvo, congelando sus caricias a la altura de uno de los pechos de Sigyn con una curiosa expresión en el rostro. Un segundo después, y para sorpresa de Sigyn, relajando de golpe la inquietud que tensaba su cuerpo, se echó a reír.
—¿Entrar alguien? ¿Aquí? ¿En la biblioteca? ¿En Asgard?
—Bueno, la puerta está abierta. Cualquiera que quisiera entrar podría entrar. Y alguien podría querer entrar. Los milagros existen, ¿no? —argumentó Sigyn, sonriendo nerviosa—. Me han dicho que incluso Volstagg estuvo aquí una vez.
—Buscando comida por error, supongo. No te creas todos los cuentos de hadas que oigas —se burló Loki.
Su mano todavía se movía sobre Sigyn pero de una forma calmada, casi inocente, de vuelta a la realidad una vez controlado el pequeño arrebato de locura. Había aligerado el contacto entre sus cuerpos y respiraba hondo, en un patente esfuerzo por terminar de serenarse.
—Quizá algún día, Sigyn. Quizá algún día.
El anhelo sonaba tan dulce y ardiente en su voz que Sigyn sintió que se le fundían las entrañas. Quizá algún día. Era la débil esperanza que aplacaba la fiebre y dulcificaba aquella insoportable frustración en que ambos vivían. Quizá algún día, se repitió para sí, paladeando la promesa en aqeuellas palabras. Pobre de ella si ese día llegaba, pobres de ambos. Si el deseo acumulado de Loki era parejo al que a ella la torturaba, cuando se viera libre de desatarlo iba a llevárselos a los dos por delante, a romperlos por la mitad; y Sigyn no tenía palabras para describir cómo iba a disfrutar cada maldito segundo de ello.
—Quizá algún día —asintió, besándole fugazmente en los labios antes de escurrirse con agilidad de sus brazos para alejarse de él.
Loki, riendo, apoyó la espalda en la librería y se cruzó de brazos, mirándola con fijeza.
—Me gustabas más cuando eras torpe —se quejó.
A Sigyn le fue imposible no desviar los ojos hacia su entrepierna, notablemente más abultada de lo normal por más que él intentara -no estaba segura de si por dignidad herida o por delicadeza- ocultarla bajo los faldones de su casaca. Se ruborizó al darse cuenta de que él se había dado cuenta y de que la miraba entre azorado y vanidoso, sin desdibujar aquella arrogante sonrisa que Sigyn no podía contemplar sin morirse de ganas de borrársela a mordiscos. Por todos los dioses, ¿es que el condenado sinvergüenza no podía dejar de ponerla a prueba ni siquiera por un segundo?
—Sigo siendo torpe, Loki; eres tú el que te has vuelto lento de reflejos desde que no piensas con el cerebro de la cabeza —replicó con ironía.
—Ouch. Dí que sí. Haz leña del pobre árbol caído que tú misma has derribado...
Sigyn fue a sentarse en la mesa donde la aguardaban sus libros y sus notas, todavía sintiendo fuego allí donde la mirada de Loki se posaba sobre ella.
—¿Por qué no dejas de regodearte en sacarme los colores y haces algo útil por mí? —le dijo—. Alcánzame ese libro que hay justo en el estante de encima de tu cabeza, por favor. El de la cubierta negra.
—¿Otro libro? ¿Piensas seguir estudiando como si yo no estuviera aquí, como si no acabara de volver a tu lado después de una semana peleándome contra elfos oscuros? —protestó él, medio en broma y medio en serio—. ¿Es no tienes corazón?
—Igual te parece preferible que sigamos jugando con fuego y haciendo el tonto hasta conseguir terminar ambos con la espalda desollada a latigazos y desterrados de Asgard en extremos opuestos de los Nueve Reinos —repuso Sigyn, clavando la mirada en sus notas por miedo a que los ojos de Loki contestaran "claro que sí" y ella no supiera negarse—. A mí no., desde luego, y estudiar pinta como una alternativa de lo más apropiada. Alcánzame el libro, por favor. Necesito comprobar unos datos. Ingvin Lunde cita a Ture Arentson como fuente principal de sus afirmaciones y...
—Supongo que eso lo explica todo, sí —la cortó Loki, sarcástico, antes de usar su magia para sacar del estante el pesado volumen y acercarlo a la mesa.
Sigyn le dirigió una breve e irritada mirada de soslayo. Luego abrió el libro.
—Según Lunde, al igual que según el resto de expertos clásicos en las propiedades del yrzio que he estado consultando, Arentson es quien más a fondo estudió su origen y las fuentes en que podía conseguirse —dijo, revisando el índice a toda prisa mientras hablaba—. En este tratado recogió sus investigaciones. Tengo que comprobar si Lunde está en lo cierto.
—Claro. Y ahora supongo que es cuando me explicas por encima de qué demonios estás hablando. Si no es mucha molestia, quiero decir.
Sigyn resopló ante aquello, y estuvo a punto de replicar con enojo y contundencia. Pero la expresión de Loki la hizo enmudecer. Se había sentado a su lado y la miraba con genuina curiosidad, realmente dispuesto a escuchar lo que ella tuviera que compartir sobre sus ideas. El temblor y la debilidad volvieron a invadir a Sigyn, de una forma más suave y sosegada que hacía unos instantes pero no menos ardiente. Nadie aparte de Loki había mostrado aquel afán por entenderla y ser parte de su mundo, del mismo modo en que nadie se había molestado en comprender a Loki y a su magia como Sigyn los comprendía. Loki podía ser su primer hombre, su primer deseo, su primer placer, pero era aquella estrecha conexión de sus espíritus lo que le hacía único e irremplazable en su vida, lo que de veras le impedía a Sigyn resignarse a esperar cruzada de brazos el momento de ser de otro y perderle para siempre.
—Se me ocurrió la noche después de que partierais hacia Svartalfheim, cuando estaba a punto de dormirme. ¿Sabes ese momento entre el sueño y la vigilia, esa duermevela en la que te vienen a la cabeza ideas absurdas que de pronto parecen estar llenas de lógica? —le preguntó, y animada de verlo asentir como si supiera exactamente de qué clase de revelaciones le estaba hablando continuó con entusiasmo—. Pues fue algo así. No sé por qué me puse a recordar medio dormida las historias que nos contaban cuando éramos niños. Los mitos midgardianos que nos hacía estudiar el Maestre Finbar, las gestas del dragón Ulfnür que cantaba tu madre acompañándose con el arpa, aquellas historias terroríficas y sangrientas sobre Gigantes de Hielo con las que a Volstagg le gustaba asustarme... Y de pronto recordé a tu padre contándonos la leyenda del Espejo de los Reyes de los liosalfar en la celebración del decimosexto cumpleaños de Thor. Lo recordé con tanta claridad como si hubiera sido ayer mismo y sentí.. No, no sólo lo sentí, supe que lo estaba recordando por algún motivo. ¿Recuerdas tú esa historia, Loki?.
—Un espejo a través del cual el rey de Alfheim podía ver los otros reinos de Yggrasdil e incluso más allá de ellos, fabricado a partir de los restos de una estrella caída en sus bosques —dijo Loki, ante lo que Sigyn asintió con emoción.
—Una especie de ventana por la que los liosalfar podían asomarse a otros mundos. No pude sacarme de la cabeza la sensación de que esa historia suena a lo que yo trato de hacer en el Bifrost. —Dejándose llevar por el entusiasmo, Sigyn tomó las manos de Loki y las apretó con fuerza— ¿Y si no fuera sólo una leyenda? ¿Y si lo que los cuentos describen como un espejo mágico fuera el mismo tipo de ventana dimensional que queremos abrir desde el Bifrost hacia la fuente de las emisiones chitauri?
—¿Estás segura de lo que dices, Sigyn?
La voz de Loki parecía querer decirle que aquello sonaba a locura y que probablemente lo era. Sus ojos, en cambio, brillaban de interés tanto como los de ella de emoción. Parecía tan atraído por la extravagante inspiración de Sigyn que ella apenas pudo contener el impulso de besarle otra vez. Había dudado hasta aquel preciso momento de si su idea no sería una completa ridiculez que haría mejor en desechar; sin embargo ahora, al compartirla con Loki, se había hecho coherente y tangible. Cuando estaban juntos, igual que cuando eran niños, lo difícil parecía sencillo, lo imposible viable.
—No. No estoy segura en absoluto. Sólo es una hipótesis imposible de probar, porque si ese Espejo de los Reyes existió de veras ya hará milenios que fue destruido. Pero si hubiera sido verdad... Esa estrella caída en sus bosques, el meteorito... He mirado docensa de tratados sobre el folklore liosalfar. Los elfos de luz encontraron algo en el corazón de la estrella, un mineral desconocido que nunca hasta entonces se había visto en los Nueve Reinos. En sus cantares lo llaman el nissavanör, la Fuente de la Vida, y cuentan cómo lo usaron para fabricar el Espejo de los Reyes y lograron asomarse a mundos lejanos. Sé que sólo es un cuento para niños, pero si asumimos que hay un pequeño poso de verdad en toda leyenda ,entonces tenemos que asumir que sus propiedades son idénticas a las propiedades del yrzio que Arentson describió por primera vez en sus estudio sobre los objetos de poder de Asgard...
Loki enarcó ligeramente una ceja, con todo el aire del que estuviera sopesando una idea.
—¿Insinúas entonces que ese yrzio sería la clave para domar el Bifrost? —inquirió
—No lo sé. Quizá sólo estoy alucinando por culpa del agotamiento, o quizá no, pero si pudiera hacer la prueba... La leyenda dice que el Espejo de los Reyes sólo contenía un aliento de nissavanör... Tal vez no haga falta más que una aleación de yrzio a baja concentración para generar una ventana dimensional temporal, un espejo mágico. El maldito problema...
Sigyn soltó las manos de Loki. Echó un último vistazo al índice del tratado y comenzó a pasar con rapidez las páginas hasta dar con el capítulo deseado, avanzando con su dedo a través de los párrafos a toda velocidad. Su ceño de concentración se fue acentuando más y más según leía, hasta formar una expresión de profundo enojo.
—Lo sabía. Mierda. Las citas de los otros expertos no mentían. Arentson encontró trazas de lo que él bautizó como yrzio en la mayor parte de los objetos mágicos venerados en los Nueve Reinos. Estaba convencido de que Alfheim no era el único lugar en el que habían caído restos de aquella estrella, y los buscó durante décadas. El problema es que no encontró ninguna evidencia de que quedaran fragmentos en bruto del meteorito fuera de Alfheim. En los tiempos en los que el Espejo de los Reyes fue destruido, los elfos de luz emprendieron una especie de cruzada para hacerse con todos los pedazos del nissavanör caidos en la esfera de Yggrasdil. Y por lo visto lo consiguieron. Según Arentson, todo el yrzio caído en los Nueve Reinos está custodiado hace más de cuatro mil quinientos años en Alfheim, en el corazón de la Gruta de Ellyesen —concluyó, exasperada.
—¿En el santuario intocable de los liosalfar? —repuso Loki—. ¿Allí donde ni siquiera ellos tienen permitido poner un pie?
—Exacto. Para los elfos de luz el nissavanör es sagrado y prohibido, una fuente de poder ilimitado y prodigios sin fin pero también de peligros innombrables. La leyenda dice que lo comprendieron cuando forjaron el Espejo de los Reyes. Se asustaron tanto del efecto de ese poder sobre ellos que destruyeron el espejo. Y después decidieron que no dejarían ni un sólo átomo de nissavanör allí donde cualquiera pudiera cogerlo para usarlo en su provecho. A Arentson querer estudiar un fragmento le costó cerca de veinte años en una prisión liosalfar y por poco la vida. Ni siquiera el rey de Alfheim podría acercarse ahora al sagrario sin encarar la pena de muerte como castigo —gruñó Sigyn, cerrando el libro con un resoplido furioso—. Maldita sea, Loki, doy con algo que puede ser la solución a mi proyecto con el Bifrost después de darle mil vueltas a mil ideas fracasadas y resulta que ese algo sólo puede encontrarse en una puñetera cueva de mierda de Alfheim a donde no se me permitirá entrar. Estupendo.
Loki la observó sin decir nada mientras ella resoplaba. Su expresión reflejaba lo sorprendente y divertido que le resultaba oírla jurar, pero también algo más. El brillo de una idea imprecisa había empezado a bailar en sus ojos y poco a poco los estaba iluminando por completo. Sigyn lo miró con curiosidad y temor; reconocía perfectamente aquella expresión de determinada pillería en el rostro de Loki, y a juzgar por la experiencia...
—Ah, no. No, no, no —le advirtió—. No estarás pensando en...
—Vamos a Alfheim.
El entusiasmo y la convicción con que Loki dijo aquellas palabras fueron tan avasalladores que Sigyn casi se tambaleó en su silla.
—¡LOKI!
—Vamos a Alfheim y entremos en su santuario. Necesitas el yrzio, ¿no? Pues lo tendrás en menos de una hora. Sólo dime que estás dispuesta a hacerlo y...
—¿Te has vuelto loco?
—¡Por supuesto que no!
—¡Por supuesto que SÍ! ¡Loco de remate! ¿Cómo crees que Heimdall nos van a permitir que usemos el Bifrost para ir a violar los preceptos sagrados de Alfheim y robar...?
—¿Y quién demonios habla del Bifrost? —susurró Loki, tomando a Sigyn de una mano para acercarla a él y hablarle casi nariz con nariz, sin disimular su excitación—. Tengo formas de moverme entre los Nueve Reinos de las que ni siquiera Heimdall ha oído hablar. Podría llevarte directamente desde aquí a la Gruta de Ellyesen y traerte de vuelta en menos tiempo del que tardarían en echarnos de menos y nadie, absolutamente nadie lo sabría nunca. Heimdall no puede vernos dentro de un santuario ajeno a Asgard. Y aunque pudiera tú ya sabes que eso no es problema porque puedo engañarle para que sólo vea lo que yo deseo mostrarle. ¿O acaso no estamos ahora juntos en la biblioteca mientras él me cree en mis habitaciones y a ti aquí sola, estudiando? Piénsalo bien, Sigyn —la exhortó, más y más encendido por la emoción de lo prohibido a medida que hablaba—. Tu yrzio. Tu llave para abrir la ventana a la dimensión chitauri.
—¡Es una maldita locura!
—¡Es perfecto!
—¡Hay unas reglas, Loki, no puedes...!
—¡Oh, por favor! ¿Nunca te he dicho que uno nunca llega demasiado lejos cuando sigue las reglas al pie de la letra?
—Vaya si me lo has dicho —resopló Sigyn—. Cientos de veces me lo has dicho. Y por lo general, siempre justo antes de meternos en un buen lío.
—¿Pero acaso alguna vez nos han pillado?
Sigyn podía notar su corazón acelerarse por momentos. Sabía que hablaban de cometer un delito y un sacrilegio, que estaba rematadamente mal dejarse arrastrar por Loki a aquella insensatez. Pero por otro lado... Su investigación, su proyecto, su sueño. Loki le estaba entregando en bandeja de plata la posibilidad de llevarlo a buen puerto después de tanto trabajo. Era...
—Es inadmisible —insistió, sacudiendo la cabeza para alejar de sí la tentación de ceder.
—No. No lo es. Es justo lo que necesitas, Sigyn, lo que necesitamos. Tener tu mineral de las estrellas y con él la oportunidad de darle a mi padre su precioso espejo mágico por el que vigilar al enemigo y evitar una guerra. Demostrarle lo imprescindible que eres. Convencerle de que no es sabio sacarte de aquí para desposarte con cualquier imbécil en el culo del mundo. Poder seguir juntos un tiempo más, mientras pensamos en la solución definitiva; tal vez poder estarlo para siempre...
Sus manos sujetaron gentiles el rostro de Sigyn, que se estremeció de los pies a la cabeza. El expreso deseo de un siempre para ellos dos no era algo que hubiera escuchado de labios de Loki hasta aquel preciso instante.
—Dime que eso no merece saltarse un par de reglas —la retó él.
Era una locura, una completa locura. Aunque Loki tuviera razón, aunque pudiera llevarla y traerla de Alfheim en un suspiro sin que Heimdall los descubriera, el desastre que podían provocar si algo fallaba tendría consecuencias mucho más graves que las reprimendas que temían de niños al cometer travesuras. Podía ser extremadamente peligroso. Podía incluso ser el detonante de una guerra entre reinos. Y sin embargo lo que Loki había dicho... Siempre juntos. Era el mismo anhelo que llevaba años atormentando a Sigyn, el sueño en el que a toda costa quería creer a pesar de la amenaza que seguía pendiendo sobre ellos dos agazapada en algún rincón del futuro. Sigyn se saltaría todas las malditas reglas que regían el Universo, si tuviera razones para creer que con eso ayudaría al sueño a hacerse posible.
—Si sale mal...
—No va a salir mal, Sigyn.
—Si sale mal y nos descubren, insisto, diré que no recuerdo nada y que me hechizaste —advirtió, no sonando ni la mitad de severa de lo que pretendía—. Y sabes que me creerán.
La sonrisa traviesa de Loki al escuchar su capitulación podría haber iluminado todo el inframundo.
—Reconozco que me resultan un tanto extravagantes como muestra de gratitud, pero acepto encantado tus tramposas amenazas —dijo con juguetona ironía.
Sigyn sintió una de las frías manos de Loki deslizarse de su rostro y por su brazo hasta cubrir las suyas, cruzadas sobre la mesa. La caricia de la magia vibró entre ambos durante un par de deliciosos segundos. Después Sigyn notó, sobresaltada, cómo bajo su palma se materializaban dos pequeños objetos: dos minúsculos frascos llenos de un líquido irisado y oscuro
—Beleño negro —le explicó Loki—. Un inductor.
—¿Un induct...? ¿Qué...?
—Aunque la proyección a través de los reinos se dispara con un hechizo, la mente necesita estar predispuesta de una manera imposible de conseguir sin recurrir a ciertas ayudas. Nada es mejor que el beleño negro, lo tengo comprobado. Puede que hayas escuchado que puede matar un caballo pero no te preocupes, eso sólo sucede a dosis muy altas. En esta concentración sólo te hará experimentar una peculiar sensación de ligereza, y quizá algunas reacciones secundarias poco importantes. Cuando te sientas ligera, cuando experimentes la absurda certeza de que puedes volar, avísame, porque será el momento de pronunciar el hechizo. Vamos, Sigyn. Adelante.
Perdida en la calidad seductora e hipnótica de la voz de Loki al explicar su magia, Sigyn tardó en darse cuenta de que él había cogido uno de los frascos y se lo estaba ofreciendo. Sus ojos se desorbitaron de espanto al comprender lo que pretendía.
—¿Ahora?
—¡Por supuesto que ahora!
—Pero... Pero... ¿Qué estás diciendo? ¿AHORA?
—¿Y a qué quieres esperar?
—Es que... No... No estoy preparada... No...
—No necesitas ninguna preparación, Sigyn, sólo tomar el inductor y confiar en mí.
—¡Pero si acabas de volver de Svartalfheim!
—¿Y eso qué más da? No va a ser muy diferente de ir andando desde aquí hasta la Sala de los Banquetes —afirmó Loki, con una seguridad aplastante y una pasión contagiosa—. Es una forma prodigiosa de viajar. Vas a tener la oportunidad de probar algo que sólo yo conozco en los Nueve Reinos. No pienses en que vamos a cometer un delito sino en que te estoy regalando un paseo por los caminos secretos de Yggrasdil. Un precioso regalo, Sigyn, te lo aseguro.
—Loki, no... —argumentó Sigyn, sintiendo su resistencia debilitarse por momentos porque, maldita sea, quería de veras hacer aquello aunque fuera un completo disparate—. No podemos ir así, a lo loco. Necesitaremos... No sé, cosas... Ni siquiera... Es decir, ¿qué estación están atravesando ahora mismo en Alfheim? No hay forma de saberlo desde fuera del reino, ¿y si es invierno cerrado y esa gruta está a varios grados bajo cero? ¿Y si nos congelamos y...?
—No necesitamos llevar nada con nosotros. ¿Qué pretendes traerte de allí? ¿Unas pocas rocas? Para eso bastará con la bolsa en la que llevas tus apuntes —dijo Loki con determinación, tomando la bolsa de la mesa y vaciándola sin miramientos para colgársela de su cinturón—. En cuanto al tema del invierno... —añadió, pícaro—. Sabes que yo no me enfrío con facilidad. Y en caso de que tú necesitaras abrigo, te confieso que veo muy práctica y agradable la opción de ser yo quien te dé calor.
Sigyn rompió a reír mientras Loki tiraba de ella para ponerla de pie y volver a abrazarla, y por dos veces fue capaz de esquivar su beso. A la tercera él consiguió acallar su risa. El silencio se prolongó largo rato, perdidos ambos una vez más en la deliciosa embriaguez que era besarse.
—No temas. Estás conmigo —dijo Loki con convicción al separarse, acariciando su rostro—. Sabes que me cortaría una mano antes que arriesgarme a que te pasara nada malo. Confías en mí, ¿verdad?
A ciegas, dijo Sigyn para sí, sintiéndose sonrojar por lo ingenua que sonaba aquella certeza. Loki era un embaucador, un consumado mentiroso, un insuperable forjador de embustes, y sin embargo se dejaría guiar por él a través del infierno con los ojos vendados y las manos atadas a la espalda, convencida de estar completamente segura a su lado, convencida de que a ella no le mentiría ni le ocultaría nada, no después de todo el doloroso embrollo de malentendidos y medias verdades por el que ya habían pasado. Decidida, Sigyn ingirió sin vacilar el contenido del frasco que se le había ofrecido, haciendo una mueca de asco ante lo amargo del líquido.
—¿Cuántas cosas hay que todavía desconozco de tu magia, Loki? —le preguntó, pensativa, mientras él ingería su propia dosis y hacía desaparecer ambos frascos con un chasquear de dedos—. ¿Me las confesarás todas? ¿Me contarás cómo lo has aprendido?
—No sé. Quizá algún día... —replicó él, devolviéndole burlón sus palabras de antes.
—Por cierto, ¿a qué te referías antes exactamente con lo de reacciones peculiares poco...?
La brusca sensación de estar siendo zarandeada sobrecogió de improviso a Sigyn, que se aferró con todas sus fuerzas a las ropas de Loki. El rostro de él se volvió borroso ante sus ojos, igual que si lo estuviera viendo a través de un velo de lágrimas. Todo aquel rincón de la biblioteca se veía de pronto extraño a su alrededor, distinto en sus dimensiones e iluminado con una intensidad repentina y antinatural, como si el sol hubiera retrocedido de golpe del crepúsculo al mediodía. El mundo dio unas cuantas vueltas alrededor de su cabeza y su corazón se puso en cuestión de segundos al paso de una yegua desbocada. De pronto se sentía demasiado ligera para que el suelo pudiera retenerla, liviana como una hoja de papel que pudiera volar en alas de la más mínima brisa. Era una ilusión aterradora y maravillosa al mismo tiempo.
—Loki... Loki, sujétame, mis pies... No puedo sentir el suelo, no...
—Es el beleño —escuchó decir a Loki—. Está haciendo efecto. Ahora, Sigyn, agárrate fuerte a mí y no abras los ojos hasta que yo te diga. Te prometo que sólo serán unos segundos.
Sigyn obedeció, al borde del pánico pero decidida a confiar. Mientras desgranaba las palabras del hechizo, la voz de Loki pareció danzar por el aire de la biblioteca envuelta en una música extraña, una melodía que sonaba sin sonar, que venía de ninguna parte y estaba en todas partes a la vez. Cuando él calló hubo un instante fugaz de ensordecedor silencio. Y después, sin previo aviso, la sensación de un vacío inmenso que agarraba a Sigyn de las tripas, la certeza de estar volando a través de una barrera líquida y densa que su cuerpo hendía como una lanza. Tal y como Loki le había dicho no fueron más que unos segundos, pero a Sigyn le parecieron los más extraños y pavorosos de su vida. Tardó unos instantes en ser capaz de respirar con normalidad, en fiarse de que sus pies realmente tocaban suelo y podían sostenerla.
—¿Ya? —gimió, todavía con los ojos fuertemente cerrados.
—Sí. Hemos llegado. Mira a tu alrededor ahora, Sigyn. Despacio.
Aunque obedeció con cautela abriendo los ojos poco a poco, la belleza de la imagen impactó en Sigyn con la rotundidad de un meteorito, y la hizo trastabillar y exhalar un grito de admirada sorpresa. Se encontraban de pie en medio de lo que bien podía ser la sala mayor de un palacio subterráneo de cristal . El altísimo techo formaba una bóveda adornada por estalactitas helicoidales, iluminada por una extraña radiación que no venía de ninguna parte sino que parecía manar del interior de las traslúcidas rocas. Del techo, del suelo, de las paredes, por todas partes brotaban increíbles formaciones rocosas, unas semejantes a las ramas de diamante de Yggrasdil tendiéndose sobre el mundo, otras parecidas a cristales de hielo cayendo en cascada, algunas extendidas a modo de lienzo como el ondulado velamen de un navío de piedra. La luz era tenue, irreal, teñida de un color que antes de aquel instante Sigyn sólo había visto en sus sueños. Se dijo, fascinada, que así debía de ser cómo las criaturas percibían el sol a través del vientre de sus madres
—Estamos en el santuario de los liosalfar —le dijo Loki al oído—. Bienvenida al almacén de tu polvo de estrellas.
Sigyn se apartó unos cuantos pasos de él incapaz de articular palabra, mirando a su alrededor sin ojos suficientes para admirar tanta belleza. Acarició con cautela una pared tapizada de formaciones estrelladas, casi sorprendida de no sentirla latir bajo su mano. Era antinatural que algo tan hermoso y radiante no estuviera vivo.
—Los restos del meteorito deben de estar ahí —aventuró Loki, señalando hacia una especie de hornacina natural que emitía una suave luminiscencia dorada en el otro extremo de la sala, tan parecida a un altar que Sigyn no sintió ninguna necesidad de cuestionar la conjetura.
—¿Crees que los elfos tendrán algún mecanismo de alarma? —preguntó con preocupación. La luz de la hornacina pulsaba apaciblemente, con un ritmo lento e inalterable. Como un enorme corazón, se dijo Sigyn con un pequeño estremecimiento—. ¿Alguna forma en que puedan saber que alguien ha entrado aquí y tomado un fragmento de su Fuente de la Vida?
—No lo sé, pero no lo descarto —replicó Loki—. Y tampoco sé si en caso de una alarma semejante la prohibición se levantaría y losguerreros liosalfar tendrían permitido entrar aquí para presentarnos sus respetos. Por si acaso será mejor que no recolectes tu yrzio hasta que no estemos en condiciones de hacer el viaje de regreso. Sólo un margen de seguridad para asegurarnos de no dañar nuestros cuerpos con dos proyecciones demasiado próximas, unos pocos minutos. Luego tomaremos las muestras, volveremos a casa... Y salvo por un par de piedras que nadie echará de menos será como si nunca hubiéramos estado aquí.
Sigyn asintió, conteniendo su curiosidad y frenando los pasos que la acercaban al pequeño sagrario. Su cuerpo acusó la parada. El movimiento y la quietud impactaban en su sistema nervioso de forma extraña. Se sentía aturdida y extremadamente lúcida al mismo tiempo. Si era debido al beleño o a la propia proyección entre mundos o a la mágica belleza del lugar, eso no podía decirlo. Tocó con curiosidad otra de las paredes, casi convencida de notar un rumor lejano bajo las yemas de sus dedos, algo vagamente parecido al fluir de un lejanísimo arroyo o a... No pudo explicarse por qué, pero su mente acarició con convicción la idea de un torrente sanguíneo emparedado en la roca. Una idea en verdad inquietante que sin embargo no la inquietó en absoluto. La sensación de ligereza que había precedido a la proyección todavía estaba en ella pero había algo más, una extraña euforia, una vivificante sensación de invulnerabilidad... Estaban en un santuario, después de todo: lejos de Asgard, aislados de su mundo de reglas rígidas y destinos ineludibles.
—¿Y dices que conocías este sitio y no me lo habías dicho? —le dijo a Loki, sin mirarle ni borrar de sus labios la sonrisa de embeleso ante la belleza de la cueva.
—Tengo una lista interminable de cosas interesantes que aún no te he mostrado.
El tono que había usado Loki al decir aquello no le pasó desapercibido a Sigyn, ni tampoco la forma en que sus ojos la seguían con fijeza mientras ella recorría la estancia. Se preguntó si Loki estaría teniendo las mismas sensaciones extrañas; si la magia combinada del beleño y el hechizo y la asombrosa gruta le estaría afectando de la misma manera hipnótica y perturbadora que a ella.
—Eso no lo dudo —dijo, volviéndose a mirarle con cierta sorna—. Eres un cambiaformas, te apareces y desapareces en un parpadeo, sabes de puertas secretas entre los mundos... Me pregunto de cuántos nuevos trucos no me habrás hablado todavía.
—¿Te lo preguntas? ¿En serio quieres saberlo? —la retó él.
—¿Es que lo dudas?
—No sé. ¿Cuánta impresión crees puede soportar tu frágil corazón vanir?
—Presumido.
Esbozando una siniestra pero seductora sonrisa, Loki hizo un suave movimiento con su mano izquierda y desapareció. Sigyn notó estremecida un hálito de electricidad zigzagueando en el aire a su alrededor, como si la magia de Loki estuviera jugando a erizarle el vello. Apenas un segundo después había una docena de Lokis repartidos por la gruta ante sus alucinados ojos, incapaces de advertir la menor diferencia entre unos y otros.
—Por todos los demonios de...
—¿Querías saber de mis trucos? Muy bien, Sigyn. Veamos qué te parece éste. Intenta adivinar quién de ellos soy yo. Prometo no hacer trampas... Pero no te esfuerces demasiado —dijo uno de los Lokis con petulancia.
—Porque por más que los mires no conseguirás saber quién es el de verdad —añadió otro.
—No hay forma de distinguirlos de mí —aseguró un tercero, a la espalda de Sigyn.
Los tres dobles habían sonado exactamente igual. Los tres tenían la voz de Loki en todas sus inflexiones, en todos sus matices. Sigyn se volvió para mirar de cerca al que tenía detrás. No había ningún detalle en el que pudiera advertirse si se trataba de Loki o de alguna de sus proyecciones. El cabello, las manos, las ropas, los ojos, todo era idéntico. Sigyn se sabía de memoria la pálida piel del rostro de Loki, con cada pequeña arruga y marca, y todas estaban allí. Comprobó, fascinada, que ni siquiera faltaba aquel minúsculo lunar del interior de su oreja izquierda.
—Tiene que haber algo que te delate —susurró junto al oído del tercer Loki.
—No lo hay —respondió un cuarto, el más alejado de ella. Sigyn no pudo contener un jadeo de sorpresa.
—¿Has oído lo que le he dicho? ¿Es que puedes sentir todo lo que sienten ellos? —le preguntó maravillada a todos ellos y a ninguno en particular, al auténtico Loki, fuese quien fuese.
—Ellos son yo —la voz surgió esta vez de la derecha de Sigyn, de un Loki que se aproximaba despacio pero decidido hacia ella—. Ven con mis ojos y oyen con mis oídos. Les cubre mi piel. Por supuesto que siento todo lo que sienten. Como por ejemplo...
Llegado a su lado, aquel Loki la alentó a levantar el rostro con un suave roce de su nariz y le cubrió la boca con los labios. Incluso eso era exacto si no era él, pensó Sigyn en medio de la placentera neblina de deseo que la envolvió al besarle: el tacto, la tibieza, la humedad, la deliberada y torturante lentitud, la forma de insinuar la punta de la lengua en su comisura, la facilidad para derretirla y hacer de ella un pequeño montón de ansia carente de voluntad.
Y sin embargo...
Sigyn le sujetó gentilmente del pelo de la nuca para retenerlo junto a ella, obedeciendo a una idea repentina. Hundió el rostro en su cuello como si fuera a seguir besándolo pero lo único que hizo fue inspirar hondo, confirmando así la impresión que se había colado en su mente durante el beso. El perfume de la nieve temprana estaba cerca de allí, rodeándola, fluyendo desde algún lugar próximo a ella; sin embargo, no había rastro de él sobre la piel de aquel Loki.
—Éste es falso —dijo Sigyn exultante mientras se separaba unos centímetros de él—. Lo sé tan bien como sé mi propio nombre así que no trates de liarme. Éste no eres tú.
El rostro que todavía rozaba el suyo vistió una expresión de sorpresa y profundo desconcierto durante el par de segundos que aquel doble tardó en desaparecer de su vista. Sigyn sonrió al volverse hacia el Loki más cercano. La sensación de triunfo era mareante: no todos los días se conseguía burlar al mayor embaucador de los Nueve Reinos.
—La suerte del principiante —afirmó otro Loki a su izquierda.
—¿Quieres apostar algo a que te acabo descubriendo? —replicó Sigyn con una aplastante seguridad.
—Es un farol. Ha sido simple casualidad.
—Nada de casualidad, Loki. Tengo mis habilidades, como tú tienes las tuyas. ¿O es que acaso te preocupa perder?
Sigyn acarició el ceño del Loki que tenía frente a sí con la yema de sus dedos, y luego los deslizó hacia abajo por su nariz, por sus labios, por su mentón, sujetándole del cuello para ponerse de puntillas y aspirar su olor igual que había hecho con el otro. Sintió el suave temblor que sacudió al doble -pues eso era, lo supo a ciencia cierta en tan sólo una décima de segundo-, y al recordar que el verdadero Loki podía sentir lo mismo notó una pequeña e inesperada oleada de calor en el bajo vientre.
—Éste tampoco eres tú —afirmó, convencida.
El segundo doble acababa de esfumarse cuando el Loki de su izquierda ya tenía los dedos jugando entre sus rizos. Sigyn le dejó hacer, riendo, dejando que le inclinara la cabeza hacia un lado y expusiera su garganta. El beso fue juguetón y ardiente, una delicia capaz de incendiar y deshacer que llevaba la impronta de Loki en cada minúsculo detalle... salvo en el olor. Sigyn se revolvió en el beso para rozar la nariz contra el pelo de aquel Loki e inspiró profundamente, sin sentirse, tampoco esta vez, acariciada por el perfume del invierno.
—Éste tampoco —dijo una vez más, el triunfo mitigando un poco la sensación de vacío a su alrededor cuando el doble desapareció.
—¿Me estás oliendo?
La voz del Loki que había hablado ahora, el que estaba más lejos de ella apoyado contra una columna de roca, sonó quebradiza, vibrante de incredulidad pero también de algo más. Sigyn reparó en que además de sentir su tacto y su voz a través de sus dobles Loki, el de verdad, quien quiera que fuese, también la estaba viendo junto a ellos. La imagen de su amada olfateando la piel de sus proyecciones en busca de su olor parecía estar teniendo un efecto poderoso en él, si Sigyn se fiaba del deseo que temblaba agazapado en su voz. Una alarma se encendió dentro de ella. Los besos inocentes que se iban un poco de las manos eran una cosa; aquello era algo muy distinto, algo extraño, perverso incluso, algo que añadía densidad y calor a la atmósfera que los envolvía hasta hacerla irrespirable. Sigyn sabía que lo sensato sería detener de inmediato aquel juego pero lo estaba disfrutando demasiado. La magia del lugar, la sensación de estar absolutamente solos en un rincón inalcanzable para Asgard y el resto de los mundos... Mostrarle a Loki, por fin, qué era lo que le hacía inconfundible y único para ella sobre todas las cosas... Era dulce, demasiado dulce. No quería ser sensata. No quería parar.
—¿Nunca te he contado cómo hueles, Loki? —le dijo, sorprendida de la sensualidad que de pronto emanaba de ella.
Se acercó a otro de los Lokis y dibujó con la nariz el contorno de su mandíbula, respirándole como si le fuera la vida en ello y feliz de oirle jadear, de sentirle contener un escalofrío.
—Tampoco eres éste.
Notó su propia voz saturada de decepción al fluir desde su garganta. Su cuerpo empezaba a ser pasto de la impaciencia en la misma medida en que parecía serlo el de Loki a través de sus dobles, visiblemente tensos y expectantes cada vez que ella los rozaba. Abrazar Lokis falsos carentes del olor que la había enamorado incluso antes de saber que estaba enamorada de él sólo estaba alimentando su ansiedad creciente de abrazar al verdadero.
—No hay nadie que huela como tú. Nadie —susurró al oído de otro Loki, frotando descaradamente la nariz a lo largo de su cara. Los dedos de él se clavaron en sus brazos mientras le buscaba la boca en un beso que Sigyn aceptó pero no correspondió, porque esta vez tampoco era el de verdad—. Podría distinguirte entre un millón de hombres con los ojos cerrados y las manos atadas a la espalda, sin verte ni tocarte, sólo por tu olor. Y por eso, Loki, puedo decirte que éste tampoco eres tú.
Los ojos de Loki se desorbitaron en la cara del doble un segundo antes de desaparecer. El rostro de los que quedaban era una adorable máscara de confusión cuando Sigyn giró sobre sí misma para enfrentarlos uno por uno.
—¿Quieres decir...? ¿Por eso me sentías? —dijo uno de ellos—. Todos estos años, cuando siempre sabías que yo estaba allí aunque no deberías poder saberlo...
Sigyn se aproximó a otro, tomó su mano y se la llevó fugazmente a los labios. Después olió su muñeca, blanquísima y delicada y surcada de finas venas azules exactamente, igual que la del verdadero Loki pero carente de aquello que Loki ignoraba acerca de sí mismo y por lo tanto no había sabido instilar en sus copias.
—Podía olerte. Puedo olerte desde que te conozco, desde el mismo instante en que fuimos presentados siendo un par de críos —le confesó al fin, ruborizándose un poco pero no tanto por pudor como por efecto del deseo casi insoportable que le estaba palpitando bajo el ombligo—. Hueles como el final del otoño bajo un temporal de viento helado. Hueles como huelen mis bosques de Vanaheim bajo las primeras nieves del invierno. Y no te imaginas lo delicioso que eres. No te imaginas cómo amo tu olor, cómo lo he amado mucho antes de amarte a ti. Ya es tan parte de mí como lo son mi corazón o mi piel. —Sigyn posó un último beso fugaz sobre la muñeca del doble y luego le rechazó sonriente, retrocediendo unos cuantos pasos para alejarse de él—. Conozco tu verdadera esencia, Loki. No puedes ocultarte de mí.
El doble aún no había desaparecido cuando los brazos del Loki que había estado apoyado en la columna la rodearon desde atrás para pegarla a su cuerpo. Todos los demás se evaporaron en un abrir y cerrar de ojos. Sigyn no reprimió un vehemente suspiro de placer y alivio al sentir el invierno envolverla por fin como un segundo abrazo. Los besos urgentes sobre su cuello le abrasaron la piel como no había hecho ninguno de los anteriores, envueltos como venían ahora en aquella dulce sensación de estar bajo una cálida tormenta de nieve. Se revolvió en el abrazo para atrapar los labios de Loki, hambrienta del verdadero después del sabor placentero pero frustrante de sus copias. Se colgó de su cuello y se apretó contra él sin el menor reparo, feliz de sentirle con todo el cuerpo y desoyendo a conciencia las débiles exigencias de templanza de su voz interior. La sensatez no importaba, quiénes eran ellos no importaba. Ya no importaba nada más que el aire saturado de deseo y la pasión desaforada con la que Loki le mordía la boca y al hacerlo desnudaba una necesidad que en su voluntad de ser un caballero y hacer lo apropiado no había vuelto a mostrar desde aquel primer beso en las caballerizas. Sigyn ni siquiera fue consciente haber sido arrastrada casi en volandas, ni de tener de pronto la columna de roca contra la espalda. Sólo podía sentir la esbelta solidez de aquel cuerpo que adoraba oprimiendo el suyo hasta privarlo de aliento.
—Maldita sea, Sigyn, ¿sabes lo que has hecho? —oyó rugir a Loki contra su cuello.
No, no sabía qué había hecho. No sabía lo que había desatado exactamente dentro de él y de sí misma pero que la mataran si iba a dejar que eso la frenara. Cada roce de aquella boca ansiosa sobre su escasa piel desnuda avivaba un poco más el calor que pulsaba entre sus piernas, y en ese fuego creciente se consumía la cordura con la que podría haber controlado la situación. Y le daba completamente igual, no podía pararlo, sólo quería olvidar lo que eran y lo que no debían hacer, abrir la ropa de Loki, sentirle sobre la piel como lo estaba sintiendo ahora través de aquellas telas que parecían asfixiarlos a los dos, buscar en todo su cuerpo la fresca tibieza con que la quemaban sus dedos y sus labios.
—¿Sabes lo que me ha hecho verme contigo en ellos, verte oliéndolos mientras notaba tu respiración en mi piel? —casi gimió Loki, las manos subiendo ahora desde la cintura de Sigyn hasta la curva de sus pechos, crispándose un instante sobre sus costillas como en un último intento por serenarse y no seguir. Sigyn hundió los dedos en su nuca y le tiró suavemente del pelo en medio de su ansiedad, haciéndole sofocar otro gemido contra su oído—¿Sabes cómo te deseo ahora mismo? ¿Sabes lo que te haría si tan siquiera...?
Sigyn dejó escapar un suave lamento ansioso y tiró de él hacia su boca para volver a besarle. Loki nunca llegó a terminar la frase. No era necesario. Su erección era tan evidente contra las caderas de Sigyn que ella, aun inexperta como era, habría tenido que ser completamente idiota para no saber a qué se refería. Si tan siquiera pudieran, pensó con dolor, cediendo a la insistencia con que un muslo de Loki quería abrirse paso entre sus piernas. Suspiró entrecortadamente, mareada por la fuerte sensación que aquel contacto despertaba en su centro. Las manos de Loki perdieron los últimos reparos y cubrieron sus pechos para apretarlos, jugando con ellos sobre el vestido. Aun a través de la gruesa tela el roce de sus ágiles dedos hizo correr escalofríos por toda la piel de Sigyn. Las palpitaciones del deseo allí donde el muslo de Loki la presionaba eran deliciosas y al mismo tiempo insoportables. Loki se meció fuertemente contra ella y la incitó a imitarle, a provocarle también con el roce de sus piernas y de su vientre, llevándola, en el afán de aplacar su propia necesidad, un poco más hacia el delirio con cada oscilación de sus caderas.
—No soporto no poder tocarte, Sigyn. —La voz de Loki era miel en sus oídos, fuego etéreo flotando sobre su mejilla, latigazos eléctricos que nacían del sonido e iban a morir allí donde sus cuerpos se frotaban en una danza cada vez más agitada y estrecha—. No lo soporto más. Sé que no puede ser pero te deseo tanto...
Mientras Loki hablaba sus labios recorrían el sendero descendente de la garganta de Sigyn y sus dedos, abandonando por un momento aquella delicada tortura sobre los pechos, peleaban con el escote del vestido para intentar abrírselo, descubriendo tan sólo unos pocos centímetros más de piel que devorar entre suaves murmullos de deleite e impaciencia. Sigyn crispó su agarre sobre la nuca de Loki, sobre su suave cabello negro, complacida y al tiempo frustrada por la gentileza de aquellos dientes sobre su carne, ansiosa de que mordieran fuerte y le dejaran su marca. Sin pensar, por instinto, deslizó su otra mano sobre el cuello de Loki, sobre sus hombros, bajando lentamente por su espalda, virando hacia adelante al llegar a su cintura.
—Sigyn, no hagas eso —rugió Loki al sentirla, una advertencia que exudaba tanto temor como deseo de ser ignorada.
—Quiero tocarte.
—Sigyn, para...
—Déjame tocarte. Por favor, Loki. Por favor.
Mientras repetía su ruego como si rezara a media voz la mano de Sigyn se había deslizado entre los cuerpos de los dos para envolver la erección de Loki sobre el tenso cuero del pantalón y acariciarla, vacilante al principio, más segura a medida que la respiración de él se aceleraba y que los movimientos de sus caderas se volvían apremiantes y que una de sus manos, escurridiza y ágil como una serpiente, se metía con decisión bajo la falda del vestido.
—Para, o no respondo de mí.
Qué ingenuo, pensó Sigyn como en sueños, jadeando al sentir sobre sus muslos ya abrasados la fresca piel de la palma de la mano de Loki, la torturante caricia de sus largos dedos. Qué adorablemente ingenuo, creyendo de veras que ella podría parar aun en el caso de haber querido hacerlo, imaginándola dueña de semejante fuerza de voluntad.
—No respondo, Sigyn...
Los fríos dedos de Loki jugaban ya con su vello púbico bajo el borde de sus bragas, matándola de impaciencia y sin dejarle ni un poco de raciocinio con el que recordar que aquello no estaba bien. Sigyn suspiró. Movió su pelvis hacia adelante buscando que el roce llegara a donde lo estaba necesitando y aumentó la intensidad de sus caricias sobre la entrepierna de Loki, decidida a mostrarle que no iba a ser ella quien detuviera aquella bendita insensatez porque su anhelo de él estaba absolutamente fuera de control.
—No sabes lo que estás haciendo —gimió Loki, su frente apoyada en la frente de ella, la extraña luz de la gruta bailando como fuego en sus ojos vidriosos.
Metió la mano con decisión bajo la ropa interior de Sigyn y la deslizó entre sus piernas, manifestando con un áspero juramento su sorpresa y su placer de encontrarla ya tan húmeda. Sigyn no ignoraba lo que era el placer, y a lo largo de los años había imaginado y hecho cosas en la soledad de su cuarto, todas con Loki como inspiración y centro, pero nada que hubiera experimentado sola podía compararse a la sensación de aquellos delicados dedos sobre su carne virgen. Frías y tiernas las caricias viajaron erráticas sobre sus pliegues, indecisas entre torturar su vértice o tantear su entrada, queriéndolo todo a la vez, puntuadas por graves murmullos de aprobación y débiles ruegos de ser detenido que fluyendo de los labios de Loki deshicieron a Sigyn por completo. Antes de saber lo que estaba haciendo le había abierto los pantalones y tenía la mano dentro de ellos, suave pero firmemente posada sobre el pene hinchado y duro que pareció brincar con el contacto como si tuviera vida propia. Como si fuera ésa la señal que Loki estaba esperando, uno de sus dedos se deslizó con lentitud a través de la estrecha entrada de Sigyn, arrancándole un débil y prolongado quejido. Después, los dos contuvieron el aliento quietos como estatuas, mirándose, sintiéndose.
—¿Quieres que pare? —preguntó Loki en un susurro casi inaudible.
Sigyn vocalizó un rotundo "no" mudo, sin voz frente a lo poderoso de aquella sensación totalmente nueva. Recorrió una y otra vez la erección de Loki con las yemas de los dedos, muerta de pudor por lo que estaba haciendo pero incapaz de detenerse, fascinada por la suavidad de la piel y el intrincado dibujo de las venas que la recorrían, asustada de sus ganas de tener aquello dentro de sí rompiéndola y llenándola. Con la mandíbula en tensión a causa de su propio placer y la mirada húmeda de lujuria Loki empezó a mover suavemente su mano, entrando y saliendo de Sigyn con desquiciante lentitud mientras su voz desgranaba dulces ruegos de que ella no dejara de tocarle. Los latidos del corazón de Sigyn fueron como martillazos en sus sienes. Respirar empezó a doler.
—Dioses, Sigyn, ¿sabes cómo desearía follarte ahora? ¿Lo sabes?
Sigyn casi sollozó en respuesta a aquel obsceno y adorable lamento que parecía leerle el pensamiento. Envolvió el miembro de Loki con su mano y aumentó el ritmo de sus caricias en un desesperado intento por complacerle, furiosa con el destino que le negaba poder entregársele del todo. Loki la abrazó por la cintura para pegarla a él y la penetró cadenciosamente con su dedo, usando el pulgar para frotar el inflamado cúmulo de nervios desde el que irradiaban la tensión y el calor. Se comieron la boca con besos profundos y húmedos, volcando sobre labios y lenguas cada pequeño sonido animal que se provocaban al tocarse. Las entrañas de Sigyn comenzaron a pulsar en pequeñas oleadas abrasadoras y crecientes. Sus rodillas flaquearon , y supo que caería al suelo si Loki no estuviera sosteniéndola en aquel estrecho abrazo. Sus experimentos solitarios no la habían preparado para la forma desenfrenada en que su cuerpo respondía a Loki, para aquella espiral creciente de presión irradiando desde los dedos de Loki hasta su abdomen, hasta su pecho, hasta cada extremo de su cuerpo que se tensaba anticipando el orgasmo. Se descubrió asustada, desesperada por que aquello acabara ya y deseando al mismo tiempo que no se acabara jamás. Saborear las reacciones de Loki -sus murmullos incoherentes, sus jadeos, su rubor, su mandíbula tensa, su olor emanando de él más delicioso y torrencial que nunca, su mano crispándose frenética en su cintura, el ritmo de sus caderas degenerando en caos y urgencia- alimentó el placer hasta hacerlo tormento. Llegadas las caricias de los dos a un extremo de intensidad y apremio en el que respirar era ya imposible Sigyn cerró los ojos superada por las emociones, sintiéndose cerca de algo pero sin saber a ciencia cierta de qué. La súbita rigidez de Loki y su grito al correrse en su mano dispararon algo dentro de Sigyn, abrieron las compuertas de una energía ya conocida pero jamás sentida con aquella fuerza devastadora. Una ardiente marea fluyó desde su vientre hasta cada pequeño rincón de su carne y de su piel y aún más allá y luego volvió a replegarse vertiginosamente hacia el origen y desde allí, en un violento estallido, arrasó con todo su ser en una explosión cegadora de calor y luz blanca.
Durante una pequeña eternidad Sigyn estuvo segura de haber dejado de existir, de haberse desintegrado. Tan sólo un suave sonido alcanzó sus sentidos en medio de la embriaguez, algo que con el paso de los segundos y la vuelta a la realidad pudo poco a poco identificar como una risa: su propia risa, nerviosa y feliz, envuelta en una risa gemela que brotaba de los labios de Loki pegados a su sien. Después, de nuevo, el silencio, la calma, la lenta conciencia culpable de lo que acababa de suceder anulada por el asombro y el amor con que Loki y ella se miraban a los ojos. En medio de la densa placidez que los envolvía el levísimo y sordo eco de un latido enterrado en la piedra debería haber llamado de inmediato su atención, pero ellos dos -todavía abrazados, todavía sintiéndose el uno en la mano del otro mientras los ecos del orgasmo se extinguían con lentitud- estaban demasiado ocupados en mirarse como para oírlo, como para advertir que a su alrededor la luz parecía más intensa y más rojiza y más viva que antes. Sigyn creyó percibir algo extraño en el aire pero se dijo que tenía que ser cosa suya, que no debía confiar en sus sentidos aturdidos y ebrios. Lo único que podía sentir con claridad era una deliciosa quemazón entre las piernas allí donde todavía la tocaban los dedos de Loki, y el tacto denso y aún caliente del semen que él había derramado sobre su mano. Por todos los dioses de sus padres, había sucedido de verdad. Habían hecho eso de verdad. Había sido...
—Madre mía.
—Y que lo digas.
Se miraron, y volvieron a estallar en risas nerviosas ante aquel despliegue de elocuencia. Sigyn gimió cuando Loki retiró su dedo de ella, el levísimo dolor entreverándose dulcemente con los últimos coletazos del placer. Le vio articular con sus finos labios una extraña palabra muda que limpió de las manos de los dos las evidencias físicas de lo ocurrido. La suave electricidad de la magia de Loki le hizo cosquillas a Sigyn en la piel y en el alma y le arrancó una sonrisa embelesada, perfecto reflejo de la ardiente devoción que había en el rostro de él.
Sí, pensó Sigyn de pronto.
Sí a todo, a cualquier cosa que él le pidiera de ahora en adelante. Sí incluso si no se lo pedía y era ella quien tenía que ofrecérselo. No iba a negarle nada. No iba a negarse nada. Lo que Loki despertaba bajo su piel iba más allá del simple placer, más allá del amor. Era magia. Era único. Era terrible y asombroso y tan adictivo que la simple posibilidad de no tenerlo en un futuro la hacía querer morirse ya. Era devastador, pero la hacía sentir tan viva que tenía ganas de ponerse a gritar, de proclamárselo a los Nueve Reinos por entero.
—Loki...
A la mierda con todo. Volvamos a casa. Llévame a tu cuarto. Desnúdame y pon esas manos maravillosas sobre toda mi piel y luego hazme el amor, llévame mil veces a donde acabas de llevarme, vuélveme loca. Toma lo que es tuyo. Destroza cualquier posibilidad de que ningún otro me acepte, aunque sea al precio de que me desollen viva a latigazos. Hagamos esto irrevocable aunque nos mate a los dos.
Lo pensó tan ardientemente que al ver los ojos de Loki enturbiarse otra vez Sigyn dudó de si lo habría dicho en voz alta. Él le puso un dedo sobre los labios para acallarla, casi como si temiera oír lo que a ella le estaba pasando por el pensamiento.
—Lo sé —le aseguró, y Sigyn no tuvo la menor duda de que así era—. Lo sé, amor, y te prometo...
Un creciente rumor a su alrededor acalló la voz de Loki, que frunció el ceño, extrañado. Un segundo después el suelo empezó a temblar fuertemente bajo sus pies. Ambos miraron a su alrededor con temor. Sigyn notó que la columna empezaba a latir de pronto contra su espalda y se apartó de ella con aprensión.
—Sigyn... La luz...
Sus sentidos no la habían engañado. La luz que albergaban las rocas era ahora mucho más intensa que cuando llegaron y tenía un tinte casi agresivo que le puso el vello de punta. Y además aquel extraño sonido pulsante, creciendo y creciendo a su alrededor hasta casi ensordecerles...
—¿Qué demonios...?
—Lo hemos despertado —le dijo Loki, entre la admiración y el horror.
—¿Qué?
—¿Qué más dicen las leyendas de los liosalfar sobre esta gruta, Sigyn? ¿Lo recuerdas? ¿Recuerdas aquel poema sobre su origen, sobre qué era Ellyesen?
—No lo estás diciendo en serio, tienes que...
—Un dragón de piedra dormido. Un cuento para niños. ¿Pero no lo es también lo es tu Espejo de los Reyes? ¿Y si en esta leyenda también hubiera un pequeño poso de verdad? ¿Y si hemos despertado algo que duerme dentro de estas rocas?
—¡Pero eso es...!
—¿Imposible? ¿Como fabricar un espejo mágico con yrzio, quieres decir?¿Como viajar entre dos reinos sin usar el Bifrost?
No hubo tiempo de replicar a eso. Toda la gruta se vio sacudida por un fortísimo estremecimiento que recordó a un rugido y el suelo tembló de nuevo bajo sus pies, obligando a Sigyn a buscar apoyo en los hombros de Loki por miedo a caer.
—No sé muy bien qué significa este temblor pero tenemos problemas. Hay que salir de aquí, y rápido —la apremió él, atándose apresuradamente los pantalones
Todavía aturdida pero consciente del peligro que se cernía sobre ellos si aquel pavoroso despertar de la gruta alertaba a los elfos Sigyn asintió, tomó la bolsa que Loki todavía llevaba sujeta del cinturón y corrió hacia la hornacina que custodiaba los restos de la estrella caída, desde donde la luz irradiaba ahora cegadora y hostil. Los restos de la estrella muerta no podían haber presentado un aspecto más vulgar e inofensivo, simples rocas del tamaño del puño de un niño ante sus ojos deslumbrados. Su tacto fue tan normal bajo las manos indecisas de Sigyn, tan anodino... Y pensar que ahí podía estar su respuesta, que ésa podía ser la llave capaz de abrir la tan buscada ventana dimensional en el Bifrost...
—¡Deprisa, Sigyn!
Sigyn metió media docena de fragmentos de roca en la bolsa y corrió a abrazarse a Loki, que la esperaba justo en el mismo punto de la gruta en el que habían aparecido. El hechizo volvió a teñir de música la voz de él mientras a su alrededor la luz y el rugido de la piedra se volvían pavorosamente intensos. El vacío volvió a succionarles hacia la nada viscosa que se tendía entre los reinos. Apenas unos segundos después, cuando Sigyn se sintió con fuerzas para abrir los ojos y comprobar que el repentino silencio no significaba que estuvieran muertos, ella y Loki se encontraban de regreso en su rincón de la biblioteca. El ocaso aún no había declinado hacia la noche, los libros seguían abiertos sobre la mesa, las notas todavía estaban desperdigadas entre ellos. Era como si en ningún momento se hubieran ido. La mente aturdida de Sigyn dudó de si de veras lo habrían hecho, de si todo lo ocurrido en la Gruta de Ellyesen no habría sido más que una alucinación o un sueño: un extraño, ardiente, maravilloso sueño. Sin embargo...
Buscó con ansiedad en el interior de la bolsa, soltando un suspiro de alivio y triunfo al ver que las rocas estaban realmente allí. Junto a ella, todavía rodeándole la cintura con sus brazos, Loki rió con suavidad.
—Todo ha sido real, Sigyn.
Todo. Sigyn no pudo evitar enrojecer ante las imágenes que ahora se agolpaban en su mente. De verdad habían hecho todo aquello. De verdad habían invadido el santuario de los liosalfar y tomado prestada una parte de su más sagrada reliquia. De verdad habían desatado lo que quiera que durmiese en el tejido de la gruta y a buen seguro provocado un desastre diplomático. De verdad se habían besado y tocado hasta deshacerse como si nada existiera fuera de ellos dos, como si nada en el mundo importara aparte de su deseo.
—¿Qué demonios ha pasado ahí fuera hace un momento? —gimió, ni la mitad de contrita y culpable que debería.
—No lo sé. Quizá ha sido culpa mía... Quizá ha sido mi magia al convocar a mis dobles lo que lo ha despertado. Quizá... —Loki acarició con ternura el rostro de Sigyn, aplacando con su tacto frío el rubor que le hacía arder las mejillas—. Quizá ha sido lo que hemos hecho después, aunque no pueda explicarme cómo eso podría... No lo sé —insistió—. Todo lo que sé es que no podía pensar con claridad después de que me dijeras que podías distinguirme por mi olor; que estaba como borracho, como si el aire de la gruta fuera una droga, como si el beleño...
Sigyn torció el gesto y le golpeó en el pecho, tratando de componer un gesto enojado sin conseguirlo del todo.
—Ahora querrás echarle la culpa al pobre beleño de que tú seas un sátiro —le recriminó.
—¿Qué yo soy...? —protestó Loki—. Qué desfachatez. Creo recordar que había dos personas en esa gruta, querida mía; y que tú fuiste la primera en empezar a jugar fuerte, con eso de ir oliéndome como si no supieras lo que me harías con ello.
—Vaya. Como si tú no hubieras llenado antes la gruta de dobles tuyos para provocarme.
—Como si tú no vivieras provocándome a todas horas, paseándote por delante de mí, mirándome. Existiendo. Y yo creyéndote dulce y buena. Una condenada bruja es lo que eres, tentándome con tus pecas y tus rizos y tus ojos inocentes, fingiendo ignorar que yo no sé cómo resistirme a ti...
Sigyn lo silenció poniendo una mano sobre su boca, sin poder contener más la risa.
—Calla, Embaucador —le ordenó.
Y siguió riendo mientras la lengua de Loki jugaba con su palma y sus dedos hasta obligarla a retirarlos. Sus labios se revelaron como una mordaza mucho más eficaz, una a la que Loki se mostró encantado de someterse. Se besaron en silencio durante una eternidad, la euforia y la magia de lo sucedido en Alfheim impidiéndoles aterrizar en la triste realidad de Asgard a la que habían regresado.
—Deberíamos ser más cuidadosos, Sigyn. Si llegamos a quedarnos más tiempo en ese lugar no sé hasta dónde habríamos... No puede volver a pasar algo así —dijo él, sin la menor convicción.
—Lo sé.
—Tienes demasiado que perder con esto, Sigyn. Cada vez que pienso en lo que podría ocurrirte si diéramos ese paso en falso y alguien...
—Lo sé.
—No podemos volver a perder la cabeza como hemos hecho antes.
—Lo sé.
Sigyn sentía cada lo sé con el que le estaba dando la razón a Loki. Sin embargo sus labios le estaban buscando una y otra vez entre réplica y réplica, y él parecía más que feliz de aceptarlos y contradecir sus propias palabras. Antes de darse cuenta eran otra vez un cálido lío de brazos y lenguas junto a la mesa. No tenían remedio, admitió Sigyn sin dolor ni vergüenza. No habría salvación posible para ninguno de los dos.
—Dime cómo controlar esto, Loki, por favor —le imploró—. Dime cómo porque yo ya no puedo.
—Yo tampoco. Maldita sea, Sigyn... Sigyn...
—¿Sigyn? ¿Estás ahí?
La fuerte voz de Thor atronó el silencio unas cuantas estanterías más allá. Sigyn y Loki se miraron espantados y con el corazón en la boca unas décimas de segundo antes de separarse como si acabaran de recibir una descarga eléctrica.
—Vete —susurró ella, corriendo hacia la mesa para recuperar sus cuadernos de notas y meterlos en la bolsa, confiando en que bastaran para encubrir la presencia de las rocas robadas si a alguien se le ocurría echar un vistazo dentro.
—¿Por qué? —protestó Loki en otro susurro—. Es perfectamente normal que tú y yo estemos juntos en la biblioteca, no entiendo por qué tendría que...
—Se va a dar cuenta...
—¿Mi hermano?
—Debo de tener escrito en la cara lo que acaba de pasarnos, hasta Thor será capaz de sumar dos y dos si nos ve juntos.
—¿Mi hermano?
—Maldita sea, Loki, hablo en serio.
—Yo también. Pongamos a prueba a ese mastuerzo y veamos si es en verdad tan sagaz como tú lo pintas—. propuso Loki con expresión malévola, intentando tomarla otra vez de la cintura.
—Márchate
—No.
—¡Loki!
—¿Loki? Pensaba que a estas alturas ya nos distinguías bien al uno del otro. Deberías sacar la nariz de tus libros de vez en cuando, Cara de Pan.
Sigyn se volvió hacia Thor con el rostro ardiendo y el pulso desbocado, el "no es lo que parece" articulándose ya en sus labios, casi gritando un exasperado "¿te has vuelto loco?" al sentir los brazos de Loki rodeando posesivamente su cintura desde atrás. Sin embargo, el rostro afable y en absoluto sorprendido de Thor le dijo que no había nada que temer. Aquel condenado tramposo al que amaba más que a su propia vida había vuelto a hacerse invisible sin avisarla.
—Discúlpame, Thor, no te oí bien y pensé...
—Sabía que estabas aquí —dijo el mayor de los Odinson sin dejarla acabar—. Mandé un criado a por ti hace un rato y el idiota me dijo que la biblioteca estaba vacía —explicó airado, consiguiendo que Sigyn se ruborizara un poco más y se sintiera terriblemente culpable por aquel pobre sirviente que no había dicho más que la verdad—. ¿Detrás de qué maldita estantería estabas escondida? Hace horas que todo el palacio te está buscando.
—¿A mí?
Los ojos de Sigyn se desorbitaron. Sobre su vientre, las manos de Loki dibujaron una suave caricia tranquilizadora.
—Tranquila. No sabe nada. —Sigyn sintió que los labios de Loki articulaban las palabras contra su sien, pero éstas resonaron directamente en su cabeza, como si formaran parte de un pensamiento, inaudibles salvo para ella. La sensación, tan dulce como espeluznante, sumó más vértigo al vértigo—. Nadie sabrá jamás lo que hemos hecho en Alfheim...
—A ti, sí —insistió Thor, radiante de satisfacción—. Por supuesto, siempre la última en enterarte de lo que te atañe. La noticia ha corrido ya por todo Asgard, Sigyn. Sven Haraldson ha capitulado en Kadfalgaast. La guerra en Vanaheim ha terminado al fin. Tu hermano será coronado rey mañana.
Sigyn creyó que la tierra se abría bajo sus pies. Sus manos buscaron por instinto las de Loki, y se aferraron a la fría solidez de sus dedos invisibles como a una tabla de salvación en medio del naufragio.
—¿Udre? —inquirió sin voz, en un lamento de espanto—. ¿Udre, rey?
Durante años -en aquel preciso instante fue consciente de ello- Sigyn había albergado la vergonzosa esperanza de que su bando fuera derrotado en la guerra. Convertirse en la hermana de un paria, sin el menor valor estratégico con el que una familia poderosa pudiera querer hacerse a través de un matrimonio arreglado: aquello habría supuesto su libertad, su salvación, aunque acarreara de paso la ruina de su familia. Y ahora esa esperanza no era más que polvo y cenizas. Hermana de un rey, madre de los herederos de un rey si éste moría sin descendencia. Ya nunca le permitirían ser dueña de su vida ni entregársela a quien ella quisiera. Ya nunca sería libre para ser de Loki. Nunca.
—Tranquila —insistió el susurro que hablaba desde su mente.
Pero los ojos de Sigyn, desoyendo a Loki, se empañaron de lágrimas. Hacía apenas unos minutos había experimentado una gloriosa muestra de lo que podría ser la vida de los dos si no fueran quienes eran; de lo que sería pertenecerse el uno al otro en una existencia a espaldas de Asgard, y de Odín, y de sus deberes, y de las normas que los maniataban a ambos. No era justo tener que renunciar a aquella idea cuando apenas había empezado a acariciarla. No era justo en absoluto.
—Supongo que ahora debo inclinarme ante vos, Alteza.
Con una sonrisa deslumbrante y un guiño, Thor le hizo a Sigyn una reverencia encaminada a divertirla que sin embargo fue como una cuchillada directa a su corazón. Luego, riendo, el mayor de los Odinson se incorporó para besarla fraternalmente en la frente. Sigyn buscó consuelo en la solidez de Loki contra su espalda y trató de sonreír, sin conseguir esbozar más que una débil y patética mueca.
—Es un gran día para ti, querida Sigyn. Ven conmigo —le dijo Thor, ofreciéndole su brazo—. Mi padre quiere hablar contigo en persona, y luego habrá un banquete en honor de tu familia. ¡Vamos, quita esa cara de circunstancias! Cualquiera diría que se te ha muerto alguien, en lugar de ser tu jornada de gloria...
Sigyn vaciló antes de asentir, mirando el brazo que se le ofrecía como si fuera el del verdugo que habría de conducirla al patíbulo. Una de sus manos siguió aferrada con fuerza a los dedos invisibles de Loki, que la estrecharon seguros y tranquilizadores. Sintió los labios de él rozarle la sien al articular nuevas palabras mudas de aliento, tan dulces, tan firmes. Tan inútiles.
—Tranquila, Sigyn. Lo conseguirás. Abrirás la ventana en el Bifrost y mi padre entenderá que no puede prescindir de ti. No permitirá que nadie se te lleve de Asgard, esté quien esté en el trono de Vanaheim. Nunca te irás de mi lado.
Sigyn quiso creerle. De veras quiso, con todas sus fuerzas. Pero al dejar de sentir el tacto de sus dedos mientras se alejaba de él del brazo de Thor, el mal presentimiento anidó como un ave de rapiña en la boca de su estómago. Y Sigyn supo que nada de lo que Loki dijera conseguiría ahuyentarlo.
Bueno. Sexo, drogas y rock and roll mágico interdimensional. Este capítulo debería petarlo XD.
¿Por qué hacer que Loki se "endroje" para proyectarse entre reinos? No sé. En la escena de Thor en la que Loki visita a Laufey para proponerle su tramposo plan parri-regicida, yo deduzco dos cosas. Una es que no ha podido hacer el viaje a sabiendas de Heimdall, así que no habrá usado el Bifrost sino esos caminos ocultos de los que habla en otro momento de la peli. Otra, que por esas risillas y caras de cachondeo que se le escapan al hablar con Laufey se diría que va un poco "contentillo". Así que me dije, ¿y por qué no va a haber usado una droga como ayuda a la proyección astral? Total, en todos los pueblos primitivos el chamán recurre a los psicotrópicos para sus trances, y los vikingos no eran ajenos a las posibilidades de las setas alucinógenas, así que... Sobre el beleño podéis encontrar mucha info por internet, pero lo escogí por ser una droga muy usada en los akelarres europeos y que se supone generó la idea de que las brujas vuelan, dado que el "vuelo" es una de la sensaciones que produce.
En cuanto al sexo... Ya advertía en mi perfil que cuando escribo sexo no me corto y soy explícita, porque creo firmemente que cuando está bien escrito no está reñido ni con la elegancia ni con el romanticismo. Ahora, eso sí, os corresponde a vosotras juzgar si la parte de "estar bien escrito" se cumple. Por cierto, Lupelatina podrá ver que en esta segunda edición de este fic he añadido las bragas que se me olvidaron la primera vez, jajajaja,...
Gracias a las chicas que dejáis review anónimo, y a lo largo de estos días intentaré responder los que tengo pendientes del capítulo anterior... Qué estrés XD
Un beso a todas.
