Nota de la autora: cual Escarlata O'Hara una vez más, a Dios pongo por testigo de que lo que sucede en este capítulo formó parte del esqueleto de la historia desde el principio y que con la idea de este giro argumental nació y fue escrita y publicada en otra página hace cosa de un año (¡qué mayor es ya XD!). Lo que vais a leer no es, por tanto, algo que me haya sacado de la manga por no saber por dónde tirar. Así que si queréis cagaros en algo, hacedlo en mi poco talento para hacer guiones de historias. Más notas después del capítulo, que no me quiero spoilear esta vez XD.
Disclaimer por si a estas alturas sigue habiendo dudas: no soy guionista ni director ni asalariado de ninguna clase de Marvel y en consecuencia no poseo (lástima) a Loki, así que no saco más beneficio de publicar este relato que el de agradar a quien quiera leérselo.
CAPÍTULO IX:
DE REPENTE, EL DESTINO.
Desde la terraza de la Sala de los Banquetes, Loki contemplaba la ciudad de Asgard y el Observatorio, brillante como una joya al extremo del Bifrost allí donde el mar se unía al horizonte. Era el día del gran experimento de Sigyn, la prueba definitiva de si su arriesgada locura de infiltrarse en Alfheim para robar parte de la sagrada reliquia de los elfos de luz había merecido la pena o no. Muchas cosas parecían depender del éxito del ensayo, empezando por la tranquilidad y la cordura de Sigyn. En los pocos días transcurridos desde su aventura en la Gruta de Ellyesen Loki había llegado a preocuparse seriamente por ella. La coronación de su hermano Udre la había sumido en un estado de profunda inquietud y pesimismo. Estaba convencida de que aquello traería cambios, decisiones inminentes y radicales que no les acarrearían más que dolor. Y había centrado tanto y tan obsesivamente sus esperanzas en la apertura del portal hacia la dimensión chitauri que Loki temía que su mente se quebrara si el resultado era menos que satisfactorio al cien por cien. Daría la vida por poder estar a su lado en aquellos momentos, por sostener su mano, por alentarla mientras Heimdall accionaba el mecanismo del Bifrost usando una espada especial en cuya forja, bajo instrucciones de Sigyn, se había usado una aleación de acero, vanadio y algo más que sólo ellos dos sabían que era yrzio. Pero aquello era del todo imposible. La mera presencia de Loki en el Observatorio habría resultado sospechosa, y su capacidad de burlar los sentidos de Heimdall no funcionaría en el corazón de los dominios del Guardián. Loki sólo podía observar desde lejos. Y esperar.
Trataba de convencerse de que todo iba a salir bien. Confiaba tanto en la ciencia de Sigyn como confiaba en su propia magia. Quería confiar también en el destino, en que sería generoso con ellos, en que les concedería otra pequeña prórroga que les permitiera seguir juntos hasta encontrar la solución definitiva.
Quería, sobre todo, confiar en que no fuera confiar demasiado.
En la distancia el Observatorio comenzó a girar, aumentando su velocidad hasta no ser más que un borrón de luz dorada junto al horizonte. Inclinándose lentamente, apuntó su antena hacia el mismo entramado multicolor del Bifrost. El torrente de energía fluyó con una intensidad cegadora durante cinco segundos exactos y luego produjo un estallido blanco que se expandió por toda la superficie del puente. Al cabo de otros cinco segundos la luz se replegó para formar una columna que se elevó a toda velocidad hacia el cielo nocturno, desapareciendo en él. Con un suave zumbido decreciente, audible desde donde Loki se encontraba, el Observatorio giró de nuevo a su posición de espera, con la antena apuntando hacia las estrellas.
Después, nada.
Loki permaneció inmóvil un buen rato, insensible al fresco viento de mediados del otoño que soplaba desde las montañas, tratando de detectar cualquier movimiento en torno al Bifrost. Pero no vio nada que pudiera darle pistas acerca del resultado del ensayo, nada en absoluto. Sigyn había prometido verse con él en su vieja sala de estudios dos horas más tarde. Hasta que ella misma se lo contara entonces, sólo cabía esperar. Esperar, esperar... Y entretanto cruzar los dedos, seguir confiando en el destino.
—¿Qué haces aquí? ¿Intentas coger una pulmonía para escaquearte del viaje a Alfheim, pequeñajo?
El vozarrón de Thor golpeó a Loki aún con más fuerza que la consabida palmada de saludo que descargó entre sus omóplatos. Su hermano mayor estaba de buen humor, lo cual no era ninguna novedad, sobre todo cuando había aventura y amplias posibilidades de bronca y lucimiento de su gloria guerrera en el horizonte. Alfheim. Loki no pudo contener una sonrisa petulante y malévola. Los elfos de luz habían puesto el grito en el cielo por la intrusión de desconocidos en su inviolable santuario, y Odín había ofrecido la ayuda de su célebre, precioso y perfecto primogénito para descubrir y castigar a los culpables. A Loki, por supuesto, le había faltado tiempo para ofrecerse a acompañarle. Pocas cosas iban a ser más divertidas para él que ver a Thor dando vueltas como un perro que intentara cazar su propia cola, persiguiendo una verdad insospechable que se le escaparía sin remedio.
—¿Has visto ese resplandor, Loki? —le preguntó Thor, señalando con la barbilla hacia el Bifrost—. Cara de Pan y sus cacharros otra vez. No sé cómo padre le permite seguir jugando con eso ahora que es oficialmente parte de la familia real de Vanaheim. Dimensiones lejanas —bufó con desdén—. ¿A quién le importan unos seres que tal vez ni siquiera existan cuando tenemos enemigos reales justo al otro lado de nuestras fronteras?
A él no le importaban; de eso Loki no tenía la menor duda. Thor no sabría entender el concepto de pensar con perspectiva ni aunque se lo metieran a golpes de Mjolnir en el cráneo. No era un gobernante sino un guerrero, incapaz de valorar nada que no pudiera dirimirse en el campo de batalla.
Y aquél era el que Odín consideraba su digno heredero, su sucesor soñado, el rey que algún día -Loki esperaba que todavía lejano- se sentaría en el trono de Asgard para perpetuar su legado. La injusticia de aquella elección todavía escocía dentro del alma de Loki, años después de ser tomada. Sin embargo, por extraño que resultara, en los últimos tiempos le costaba odiar a Thor por ello. Apenas le envidiaba ya, si lo pensaba con detenimiento. Cuantas más vueltas le daba al asunto, cuanto más exhaustivo y despiadado era al preguntarse a sí mismo lo que deseaba, más comprendía Loki lo poquísimo que quería para sí aquello que aguardaba a su hermano: sentarse en el trono, dirigir ejércitos, hacer enemigos sólo por el hecho de estar vivo y respirar, tener que tomar decisiones sobre las vidas de miles de personas, cargar sobre sus espaldas con la responsabilidad de mantener la paz de los Nueve Reinos... Thor podía quedarse todo eso para él solo, si le hacía tan feliz. A él, definitivamente, le llenaban otras cosas. Le llenaba el saber, la magia, los libros, la investigación, la libertad de no ser imprescindible, el privilegio de no tener que ser diplomático más que cuando quisiera, poder saltarse las normas sin reparos ni remordimientos, hacer locuras audaces como la que habían llevado a cabo él y Sigyn en Alfheim robando las rocas sagradas... Le llenaba Sigyn, con su cerebro parejo del suyo y con aquel amor absoluto e incondicional por él que no pedía, como sí parecía exigir el afecto de los otros, que dejara de ser quien era para ser como Thor. Si tan siquiera le concedieran un poco de crédito por lo que le hacía distinto de su hermano, si tan siquiera le concedieran tenerla a ella... Si pudiera tener aquellas dos cosas que tanto deseaba, Loki no perdería más de dos segundos en tener envidia de Thor. Casi se alegraría por él. Casi le compadecería, en realidad.
—A nuestro padre le importa —le recordó a Thor—. Y si él considera que los tales chitauri pueden representar un peligro para Asgard, tú deberías confiar en su criterio. Todavía es nuestro rey, por si se te había olvidado; uno que siempre ha demostrado sabiduría a la hora de defender Asgard y ...
—Defender —Thor casi escupió la palabra—. Un lobo que se limita a defenderse de los demás no conserva demasiado tiempo el mando de la manada. Esos jotunn... Es un secreto a voces que se están organizando para lanzar un ataque contra Asgard. Y el resto de los reinos lo saben y ven que no hacemos nada, y acabarán por perdernos el respeto. ¿Por qué demonios esperar a defendernos si podemos...?
—Son rumores, Thor. Un rey no puede gobernar en base...
—¡Son monstruos Loki! ¡Alimañas! ¡Bestias de la peor calaña! ¡No mostraron piedad en el pasado y no la mostrarán en el futuro! ¿Tan precioso es ese viejo acuerdo de paz para nuestro padre que por no romperlo está dispuesto a arriesgar a nuestra gente frente a la sed de sangre de esas... abominaciones?
Loki arqueó las cejas. Había veces en que la obsesión de Thor con los Gigantes de Hielo le daba risa. No parecía haber crecido ni un solo día respecto al niño de diez años que juraba matarlos a todos con sus propias manos cuando fuera rey. Si aquella era la madurez que podía esperarse del futuro soberano de Asgard, que los viejos dioses los protegieran a todos.
—Tú no esperarías acontecimientos, por supuesto —le dijo con aire condescendiente—. Tú irías y lanzarías directamente un ataque sobre ellos para dejarles claro quien manda aquí.
—Si la provocación lo justifica sí, Loki.
—Y el que existan y respiren es suficiente provocación, por lo que veo...
Su tono burlón había sido lo bastante obvio como para que incluso Thor lo acusara. Por un instante el mayor lo miró como si estuviera a punto de enfadarse. Sin embargo, lo único que hizo fue estallar en una sonora, sincera carcajada.
—Nunca estarás de acuerdo conmigo, ¿verdad?
—No sería tu hermano si lo estuviera.
—Y sin embargo vendrías conmigo a combatirles...
—No sería tu hermano si no lo hiciera
Thor le palmeó suavemente el rostro, mirándole con orgullo y afecto. Loki no pudo evitar una sonrisa. Por los ojos de Thor se diría que aquello era realmente importante para él; que por mucho que Asgard entero le adorase y que sus amigos estuvieran dispuestos a dejarse matar en su nombre, en última instancia era la voluntad de Loki de formar parte de sus empresas lo que las validaba y hacía que merecieran la pena. A veces Thor se comportaba como si el hecho de ser hermanos aún significara lo mismo que cuando eran niños, cuando todavía no habían llegado las diferencias ni los agravios y ellos dos parecían siameses de tan unidos como estaban. Y a Loki le sorprendía -y le fastidiaba- lo mucho que aquellas ocasionales chispas de fraternidad todavía conseguían conmoverlo.
—¿Vamos, Loki? Padre dijo que quería vernos a los dos en la Cámara de las Armas antes de la cena.Y ya sabes lo que dirá si llegamos tarde.
—Sí. Dirá que ha sido culpa tuya.
—Loki...
—¿Qué culpa tengo yo de ser el puntual?
Entre risas, y tras una última mirada anhelante al Observatorio ahora silencioso e inmóvil, Loki siguió a su hermano a través de los interminables corredores del palacio, inusualmente tranquilos en aquellos días en que la mayor parte de los nobles que solían llenarlos junto con sus séquitos estaban en Vanaheim asistiendo en representación de la dorada Asgard a la coronación de Udre Lyrsson. Odín los esperaba ya en la Cámara de las Armas, sentado con aire pensativo al final de la escalera de piedra. Por un momento, mirándolo todavía desde arriba, Loki se sobrecogió ante lo viejo y cansado que parecía su padre así, con la guardia baja, desprovisto de su dorada armadura y de su majestuosa pose de líder invicto. Que el tiempo y las batallas del pasado tenían que acabar pasándole factura era algo que Loki siempre había tenido presente. A lo largo de los años, sin embargo, la fortaleza y la magnificencia de rey guerrero que Odín irradiaba habían conseguido proyectar en él la ilusión de que su padre sería eterno e inmutable, de que nunca lo vería declinar. Verlo así abrumó tanto a Loki que tuvo que contenerse para no ir a Odín ofrecerle su mano y ayudarle a levantarse. Frenó su impulso porque estaba seguro de que semejante gesto no sería bienvenido, por muy viejo y cansado que su padre pareciera en aquel instante: ni él ni Thor eran obstinadamente orgullosos porque lo hubieran heredado de Frigga.
—Aquí estáis, hijos —dijo el rey al sentirlos acercarse, volviéndose hacia ellos.
En la suave luz de la Cámara de las Armas casi parecía que su sonrisa de orgullo estuviera dirigida a ambos, y Loki se permitió a sí mismo ignorar que en realidad, como siempre, su padre sólo tendría ojos para su hermano mayor. Odín se puso en pie y los invitó a seguirle hasta el interior de la estancia, allí donde durante años se había custodiado el Mjolnir antes de serle otorgado a Thor, allí donde se guardaban el Destructor, el Cofre de los Inviernos Antiguos, la Llama Eterna, todas las armas místicas y devastadoras que en el pasado habían hecho de Asgard la civilización invencible que era ahora. Mientras caminaba al lado de su padre Loki no podía sacudirse de encima el recuerdo de cuando aún lo miraba desde abajo, gigante e invencible como parecía entonces, un dios absoluto para los hijos que lo idolatraban; tan anciano ahora, tan frágil en comparación...
—Os he querido reunir porque tengo algo importante que deciros —les anunció con voz tranquila, de pie junto al Cofre de los Inviernos Antiguos—. Quiero que vosotros lo sepáis antes que nadie. Los dos, pues es algo que os afecta a ambos.
Y ahora sí que lo estaba mirando a él, advirtió Loki, con un pequeño escalofrío propagándose a lo largo de su espina dorsal. El único ojo de Odín brillaba con un matiz de preocupación al clavarse en los suyos. Su expresión parecía casi de condolencia, revestida de una especie de ternura que Loki no había sentido dirigida a su persona en años, desde que dejara de ser un niño prometedor para convertirse en el adulto decepcionante que creía ser a ojos de su padre.
Y de repente supo sin lugar a dudas lo que Odín quería decirles. Lo supo con las entrañas antes que con el cerebro, sintiéndolas encogerse en un apretado nudo.
—Han sido muchos años batallando, hijos. Demasiados. Mi reinado había de llegar a su fin antes o después y siento que éste es el momento adecuado —dijo desviando su mirada hacia Thor, quien de pronto estaba mortalmente serio mientras se daba cuenta de a dónde quería llegar su padre—. Siento que estás preparado para recoger mi testigo al frente de Asgard, Thor. Y es mi mandato y mi deseo que aceptes hacerlo ya. Haré el anuncio de forma oficial dentro de unos días, en el festejo anual de la victoria sobre Jötunheim. Serás coronado rey en el solsticio de invierno.
Antes que ninguna otra cosa, antes de poder pronunciar palabra, casi pálido, abrumado por unos segundos como Loki no lo había visto en la vida, Thor volvió los ojos hacia su hermano. La expresión que Loki le devolvió fue la faz de una estatua, tantas emociones arremolinándose en la boca de su estómago que su rostro era incapaz de reflejar ninguna con propiedad.
—Pero padre... Apenas queda un mes para eso... ¿En serio...? ¿Rey? ¿Oyes eso, Loki?
Parecía tan feliz y tan exultante y tan henchido de orgullo y a la vez tan sobrecogido que Loki no sabía si quería abrazarle o darle un puñetazo por idiota, por no darse cuenta de que lo que su padre acababa de decir era una completa locura. ¿Preparado para recoger el testigo de Odín al frente de Asgard? ¿Thor, el que siempre pensaba las cosas diez segundos después de actuar y eso en el mejor de los casos? ¿Thor, el que dejaba que el orgullo y las ansias de batalla hablaran a través de él y tomaran las decisiones importantes en lugar de su cerebro? ¿Thor, el que no hacía ni cinco minutos acababa de proclamar que era buena idea romper la necesaria paz con los jotunn sólo por el placer de ponerlos en su sitio? ¿Pero es que nadie más que él se daba cuenta de que era un completo desatino sentarlo en el trono de Asgard?
—Pareces confuso, Thor.
—Es que me sorprendes, padre. No esperaba... No creía que ya...
—Me siento viejo. Estoy cansado. Es hora de dejar Asgard en manos más jóvenes. Sé que has esperado este momento durante años, hijo. Sé que te has preparado duramente para ello. Y sé que estarás a la altura del honor y la responsabilidad que supone —dijo Odín.
—¡Lo estaré, padre! —aseguró Thor con vehemencia, hincando la rodilla ante él y bajando la cabeza en una solemne reverencia. Odín acarició el dorado cabello de su primogénito, tan henchido de amor y orgullo que Loki sintió que se le resquebrajaba el corazón. No podía recordar que su padre lo hubiera mirado a él así jamás—. ¡Por supuesto que lo estaré!
Por supuesto que no lo estaría, gritó Loki para sus adentros, exasperado. ¿Qué idiota podría pensar que iba a estarlo? Thor era arrogante e irreflexivo, le gustaba demasiado la bronca y tendía a pensar exclusivamente con los testículos como si no tuviera una cabeza sobre los hombros. Nunca podría estar a la altura de lo que Odín había supuesto para su pueblo si no le dejaban madurar antes de coronarlo, nunca. Ni siquiera llegaría a ser lo bastante sabio como para limitarse a seguir la estela de su predecesor y no arruinar su legado, si alimentaban su monstruosa soberbia sentándolo ya en el trono.
Pero él era lo que Asgard quería, dijo una voz amarga al fondo de la conciencia de Loki.
Thor, que no era en absoluto lo que Asgard necesitaba, era lo que Asgard quería. No era inteligencia ni sensatez lo que las gentes de Asgard anhelaban en su gobernante. No era sabiduría o diplomacia lo que esperaban del sucesor de Odín. De ser así habrían vuelto sus ojos y sus expectativas hacia Loki, en lugar de llevar mirándolo por encima del hombro desde que el menor de los príncipes tenía uso de razón. A Thor, en cambio, lo adoraban. Llevaban años aclamándolo como rey sin estar coronado, del mismo modo en que Thor llevaba años considerándose su líder. Thor era lo que todo el mundo quería, y gobernarlos era todo lo que quería Thor, y ninguna razón de peso que Loki pudiera gritar para hacerles entender a todos lo equivocados que estaban cambiaría eso.
Y algo extraño sucedió dentro de la mente de Loki al darse cuenta de aquello: dentro de la tormenta de emociones que la azotaba, una se abrió paso para imponerse a las demás, sorprendente en su fuerza a pesar de ser absolutamente nueva para él.
La conformidad.
Porque... ¿Y si era así y de ninguna otra manera como debían ser las cosas para el bien y la felicidad de todo el mundo? ¿Y si su propia felicidad dependía de ello?
—Rey de Asgard... ¿Lo oyes, hermano?
Loki lo oía, sí, y el tan presentido odio y la rabia y las ganas de plantar batalla a muerte contra la injusticia no estaban allí mientras Thor lo abrazaba y él le devolvía el abrazo ante los ojos de su padre. Estaba conforme con ello. De pronto, después de una vida rumiando la amargura de no poder ser nunca el primero en nada ,estaba conforme con la decisión que lo confinaría al segundo puesto de por vida. Pavorosamente conforme. El momento de su definitiva derrota, tan temido durante años, había llegado al fin y ni su alma ni el mundo se estaban derrumbando por ello.
¿No sería que aquél y no otro era su destino?
—Lo oigo, Thor. Y me siento feliz por ti.
Estaba siendo sincero.
Estaba siendo jodidamente sincero al decirle a Thor que se alegraba de que fueran a darle de manera irrevocable lo que por talento y aptitud bien podría o incluso debería haber sido suyo. Era en verdad feliz de ver a Thor feliz ; era feliz de ver alejarse para siempre la posibilidad de sentarse él en aquel trono que había consumido la juventud y el vigor de su padre con el extenuante esfuerzo que implicaba ocuparlo, hacerlo poderoso, defenderlo de los enemigos...
No, no quería el trono para sí, hacía años que no, ahora lo sabía con certeza. Su mayor anhelo, su mayor ambición era ser el igual de Thor, conocer ese honor de ser comprendido y valorado y amado por encima de todas las cosas que a Thor se le concedía continuamente sin que tuviera que hacer nada para ganárselo. Y ese honor Loki ya lo tenía. No concedido por su padre, desde luego, y sólo a ojos de una única persona, pero tal vez no necesitaba más. No había soberano en los Nueve Reinos con más poder que el que Sigyn le hacía sentir a él con una sola de sus miradas, eso Loki podría jurarlo. No había riqueza comparable a su entendimiento mutuo. No había conquista capaz de igualar lo que podrían conseguir juntos si les dejaban, ciencia y magia alimentándose la una a la otra a impulso de dos cerebros capaces de funcionar como uno solo. No había absolutamente nada entre los honores de ser rey de Asgard que lo atrajera más que la posibilidad de una vida al lado de Sigyn, una vida libre: libre de las obligaciones de la corona que acabarían asfixiando la alegría y la afabilidad de Thor, libre para explorar a su ritmo y a su gusto todas las posibilidades del Universo sin deberes que lo ataran...
Y quizá ahora pudiera tener esa vida, se dijo Loki de pronto, todavía abrazado a su hermano, todavía perdido en el orgullo que hacía brillar los ojos de Thor, en el sincero y desarmante afecto con que Thor lo miraba a él en aquel instante de alegría en que todas las diferencias y las rencillas habidas en el pasado con su hermano pequeño parecían tan olvidadas como si nunca hubieran sucedido. Quizá ahora pudiera tener lo que tan ardientemente deseaba y tan amargamente había llegado a dar por imposible. Sólo tenía que plantar la idea en la cabeza de Thor en cuanto le transfirieran la tutela de Sigyn junto con el resto de cargas que acarreaba el trono, y luego cultivarla cuidadosa y sutilmente. Nada se le daba mejor a Loki que manipular el pensamiento de los demás, y la mente sencilla y recta de Thor era como arcilla en sus manos cuando se trataba de ejercer aquel don.
Thor nunca sabría que la idea de casar a su hermanito con Cara de Pan no había sido suya.
Iba a tener lo que quería, se dijo Loki, y sus labios dibujaron una sonrisa tan radiante que hizo reír a Thor. Justo cuando el destino llegaba para derrotarle él iba a conseguir marcarle un tanto, sin que nadie se diera cuenta. Todo era tan jodidamente perfecto...
—Tenía intención de rogaros que os mantuvierais más que nunca el uno al lado del otro ahora que Thor va a ser rey, pero ya veo que no me va a hacer falta —les dijo Odín, satisfecho y quizá un poco enternecido y quizá un mucho sorprendido de la buena reacción de Loki—. Me alegra veros unidos por encima de todo. Sé sabio y conserva a Loki cerca de ti, Thor. Nunca tendrás un diplomático más hábil que él, ni tampoco un apoyo mayor que el que puede darte un hermano.
—Claro que sí, padre. Siempre a mi lado, ¿verdad? —dijo Thor, sonriendo a Loki con suave sorna—. Alguien tendrá que ocuparse de las cosas aburridas...
—Di mejor que alguien tendrá que ocuparse de que tú no tires tu dignidad regia por el sumidero a las primeras de cambio, cabestro —replicó Loki.
—Eh. Háblame con respeto, hermanito. Soy prácticamente tu rey.
—Eres prácticamente idiota. Hay más vida inteligente en una seta que en tu cerebro. ¿Estás seguro de que no quieres pensártelo mejor, padre? Todavía estás a tiempo de abdicar en tu hijo listo...
Odín sonreía cuando Loki miró burlón hacia él.
—Me complace verte tan feliz por tu hermano, Loki. De veras me complace y me alegra —declaró el rey, fijando por un instante la mirada en la tenue luz azul del Cofre de los Inviernos Antiguos y perdiendo el hilo de su propio discurso al enredarse en un laberinto de recuerdos—. Aunque no lo creas, no fue fácil para mí tener que elegir a uno de vosotros, habiendo nacido los dos para ser reyes.
Loki quiso creerle. Y le creyó, decidido a que las omnipresentes dudas sobre el amor de su padre por él no empañaran aquel momento en el que sí, en efecto, se sentía enormemente feliz. Incluso intentó fingir un fondo de disgusto, preocupado de que Odín sospechara algo extraño si él parecía demasiado contento. Pero no conseguía obligarse a mostrarse contrariado. Por encima de su desacuerdo con que Thor estuviera preparado para reinar y muy por encima de los celos y de la sensación haber nacido sólo para ser relegado, la nueva situación abría tantas esperanzas de salirse con la suya en lo tocante a Sigyn que Loki casi no podía esperar a ver a Thor sentado en el trono. Sólo un mes más. En medio de los preparativos y el alboroto previo a una coronación nadie se acordaría de que la tarea de buscar un buen arreglo matrimonial para la princesa de los vanir seguía pendiente. Un mes siendo cautos y sensatos, tratando de pasar lo más desapercibidos que les fuera posible. Eso era todo lo que tenían que resistir él y Sigyn. Y una vez que Thor se sentara en el trono y todas las decisiones dependieran de él y del sabio consejo de su hermano menor...
Un retazo de la futura primavera pasó ante los ojos de Loki cuando los cerró por unos instantes. Para cuando la gloria de Asgard volviera a florecer tras el invierno que se acercaba, Sigyn y él ya no tendrían que esconderse. Serían marido y mujer o estarían próximos a serlo, con la bendición del nuevo rey. Y él se encargaría de dejar claro -cubriendo a Sigyn de afecto y dejándola quererle en público sin importar cuántos ojos los observaran- que había sido un matrimonio por amor; que aunque Asgard en su infinita estupidez no confiara en él ni lo quisiera, el hijo segundo de Odín era más amado por su leal compañera que ningún otro hombre de los Nueve Reinos. Por un segundo, mientras trataba de grabar en su cabeza la imagen de ese futuro posible, Loki fue tan ferozmente feliz que tuvo ganas de gritar, incapaz de creer en su suerte.
—Una cosa más que discutir, hijo, antes de que la noticia de mi renuncia sea oficial —añadió Odín con seriedad, mirando de nuevo a Thor—. Supongo que no ignoras que una de las obligaciones que comporta ser coronado rey es la de proporcionar un heredero a la familia, un hijo varón que perpetúe nuestra sangre en el trono de Asgard. Junto con la corona deberás tomar una esposa, Thor. Y espero que entiendas que un rey de Asgard no puede casarse a la ligera. La elección ha de buscar el bien y la gloria de nuestro reino por encima de tu propia felicidad. No es, por lo tanto, una decisión que deba tomarse por amor, aunque sólo tienes que mirarnos a tu madre y a mí para ver que el amor puede venir después y ser fuerte y duradero. Y es una decisión en la que te dejarás guiar por mí, Thor. Será la última orden que te daré como tu rey.
Thor le devolvió un gesto profundamente desconcertado y guardó silencio, inseguro de qué debía decir a continuación. Loki pudo ver la disconformidad y el recelo escrito con toda claridad en el transparente rostro de su hermano. Los inconvenientes de portar la corona, estaba seguro, no eran algo que se le hubiera pasado a Thor con frecuencia con la cabeza; no ir a tener la opción de elegir a su propia reina ni siquiera se le debía de haber ocurrido hasta aquel preciso momento. Qué irónico, se dijo Loki casi queriendo reír, que el poderoso portador del Mjolnir tuviera que acceder a un matrimonio arreglado como cualquier indefensa dama noble, como la propia Sigyn. Y qué injusto que para Thor fuera a ser tan fácil aceptarlo, se dijo al instante siguiente, acusando lo amargo de la comparación entre la situación de su hermano y la de su amada. Thor podía parecer desconcertado y reticente, sí, pero la certeza de que acabaría aceptando la voluntad de Odín de buen grado y sin matices era absoluta para Loki. Lo que Thor tendría que enfrentar al meter por imposición una desconocida en su cama no tenía nada que ver con el pánico y el asco que sobrecogían a Sigyn al pensar en aquel mismo futuro. Thor era un hombre y a él le estarían permitidas vías de escape que su esposa no podría plantearse ni siquiera en sueños. Thor podría pronunciar sus votos ante la mujer que le hubieran elegido, cumplir como un hombre con ella aunque fuera a expensas del ánimo prestado por el hidromiel, engendrarle unos cuantos hijos y seguir con su vida y sus aventuras e incluso sus amoríos de forma paralela, sin que nadie le reprochara nada. Loki sintió que se le revolvía el estómago al pensar que su hermano pudiera aceptar algo así, incapaz como era de imaginar para su propio futuro algo distinto de sus ardientes fantasías de una vida con Sigyn. Qué suerte tenía él de no tener que consentir en nada parecido, de que su matrimonio y su familia fueran a serlo de verdad, por amor, por apasionada y satisfecha voluntad propia. Qué suerte tan brillante e infinita de que las cosas fueran a ser como él las deseaba.
—¿Quizá ya habías puesto tus ojos en alguien, Thor? ¿Es eso?—aventuró Odín, estudiando atentamente la expresión de su primogénito.
—No, padre...
—¿Entonces? ¿Por qué es contrariedad lo que veo en tu cara?
Thor vaciló mirando a Loki antes de contestar a su padre, como hacía ante el Maestre Finbar cuando ambos hermanos aún compartían clases y él no se sabía la lección. Pero Loki no podía soplarle la respuesta esta vez. Se limitó a encogerse de hombros y sonreír a Thor, esperando que el mayor entendiese que ciertas decisiones acerca de su vida debían estar enteramente en su mano, que no eran algo que le incumbiese a él ni en lo que pudiera o quisiera intervenir.
—Casarme no era algo que entrara en mis planes inmediatos —se justificó Thor, mirando de nuevo a su padre—. Puede parecer que no me tomo nada en serio, pero entiendo que un matrimonio es algo más que limitarse a tomar una esposa, sobre todo cuando se es rey de Asgard. Implica ciertas cosas, cierto comportamiento de honor, ciertos compromisos que... El ejemplo que tú y madre habéis dado durante años es algo que tengo muy presente, te lo aseguro, y no sé si...
—¿Estás preparado para gobernar Asgard pero no para hacer un buen papel como marido? —bromeó Odín, casi riendo—. ¿Eso es lo que tratas de decirme?
Loki apenas pudo aguantar su propia risa. Que lo mataran si Thor no acababa de ruborizarse.
—Es tu dorada libertad lo que temes perder, hijo, y lo entiendo, pero entiende tú esto: tus días de juventud y de aventuras por los Nueve Reinos llegarán a su fin en el momento en que ciñas la corona. Tu matrimonio y tus hijos sólo serán uno más de los muchos deberes que recaerán sobre ti; aunque si tienes la misma suerte que yo he tenido, te aseguro que será el deber más agradable de todos.
El deber más agradable de todos. Loki resopló con suficiencia para sus adentros. Qué poco, qué poquísimo envidiaba a su hermano ahora mismo. Qué diferente sería para él. Orgullo, honor, felicidad abrasadora, plenitud, eso sería para él la alianza que pudiera sellar con Sigyn, no un triste deber agradable en el mejor de los casos. Bendita Sigyn, pensó exultante, por regalarle aquella primera oportunidad en su vida de sentirse el hermano favorecido por la suerte.
—Sabes que lo que tú me ordenes lo acataré, padre y confío en que tu sabiduría habrá sabido escoger para mí la reina que más conviene a Asgard —rezongó Thor—. Es sólo que... Así, de pronto... Pensar en pasar de ser libre a tener que comprometerme con una desconocida...
—Oh, pero eso no es algo que deba preocuparte, hijo —le cortó Odín— No se trata de ninguna desconocida.
—¿No? ¿Quién...?
—Tu compromiso con Sigyn se hará público después de tu coronación.
—¿Qué?
Durante una pequeña eternidad, privado de toda capacidad de reaccionar al verse privado de pulso y de aliento, Loki se preguntó de veras a qué venían el ceño fruncido y el gesto consternado de Thor, quien sólo un segundo antes parecía casi conforme con lo que Odín tuviera planeado para él. Sólo cuando su corazón volvió a arrancar después de haber estado detenido unos segundos y la sangre inundó de golpe su aturdido cerebro llegó hasta él la noción de la realidad, brutal como un mazazo en mitad del pecho. Un espantoso vacío se abrió por debajo de sus pulmones, amenazando con engullir el universo entero.
¿Sigyn?
—¿Sigyn Lyrsdottir?
—¿Tanto te sorprende?
—¿Cara de Pan?
—¡Thor...!
—¿Cómo quieres que no me sorprenda, padre? Es... O sea, es... Es Sigyn, demonios.
Era Sigyn, asintió torpemente el pensamiento de Loki en medio de un ataque de pánico. Por todos los malditos ejércitos del Hel, era su Sigyn. Tenía que estar entendiéndolo mal. Su padre no podía haber pronunciado el nombre de ella en la misma frase en que se hablaba de la futura esposa de Thor. No podía.
—No debería sorprenderte en absoluto, a la vista de que los últimos acontecimientos en Vanaheim lo convierten en un arreglo inmejorable. Unirte a Sigyn y en consecuencia establecer lazos permanentes entre Vanaheim y Asgard es una idea que he sopesado desde que acogí a la chica bajo mi tutela. Ya era un arreglo beneficioso para Asgard en tiempos de Lyr, en caso de que su familia consiguiera arrebatarle la corona de estrellas de plata a Haraldson. Si no terminaba de decidirme era porque el resultado de la guerra era incierto y las circunstancias no eran tan idóneas como me gustaría para mi heredero. Sin embargo, cuando el futuro de Vanaheim pasó a estar en manos de Udre lo tuve claro. Y ahora...
—Pero... Yo creía que... O sea, todo el mundo decía que Theoric Gunnarson...
—¿Gunnarson? ¿En serio, Thor? ¿En serio llegaste a creer en ese bulo? Piénsalo bien, hijo. Piensa como un rey. ¿Por qué iba a alimentar Asgard las pretensiones de independencia de Nornheim casando a su próximo senescal con la reina de los vanir?
—¿Reina?
Hasta que no sintió la mirada de su padre clavada en él Loki no fue consciente de que aquella desmayada pregunta la había formulado él. Ahora el único ojo de su Odín lo escrutaba con aire inquisitivo e implacable, haciéndole preguntas en silencio.
—¿Reina, padre? —inquirió Thor también, como si sumido en sus propios pensamientos no hubiera oído a Loki—. Pero si su hermano...
—El testamento que Udre Lyrsson firmó hace unas semanas delante de mí designa oficialmente a Sigyn primera en la linea sucesoria, en caso de que él muera sin descendencia. Lo cual, viendo lo enfermo que está, es algo que sucederá pronto —dijo Odín con una mirada de curiosidad que no se despegaba de su hijo menor—. Qué ironía, ¿no creéis? Pasar toda una vida en guerra por ganar un trono que disfrutará otro...
—Pero ¿por qué ahora? —insistió Thor, sin comprender—. Si recuerdo que hace años me prohibiste siquiera mirarla, ¿por qué...?
—Ya os he dicho que sopesé la idea desde el día en que forjé mi alianza con Lyr —repuso Odín. A Loki, en medio de su aturdimiento y su desesperación, no le pasó desapercibido el plural. No era sólo a Thor a quien le estaba explicando sus argumentos y sus intenciones, a quien le estaba aclarando por qué las cosas habían sido como habían sido y serían como iban a ser. Le estaba hablando también a él, todavía taladrándole con la mirada de aquella forma que le hacía encogerse en sus propias ropas y desear ser invisible—. Pero la de Vanaheim ha sido una guerra larga, con las fuerzas muy igualadas, y hasta el último día no estuvo claro qué bando se haría con la victoria. Entenderás que no iba a ligar mi estirpe con el lado del perdedor. ¿Qué bien le haría a Asgard unir a mi primogénito con la hermana de un ejecutado por traición? ¿Qué flaco favor te habría hecho a ti, Thor? Por eso ahora y no antes. Por eso, para impedir que forzaras un matrimonio inconveniente a causa de una estupidez de juventud, te prohibí que tontearas con Sigyn. Pero hoy ya todo está claro en Vanaheim. La corona pertenece a la sangre de Lyr y a estas alturas nadie reconocerá la legitimidad de un presunto hijo de Udre. Sigyn es su única heredera legal. Ella es quien portará la corona de estrellas de plata cuando su hermano muera. Y el día que eso suceda, Thor, el día en que Sigyn suba al trono de Vanaheim, tú, el rey de Asgard, serás su consorte y el padre de sus hijos. Gobernarás en la sombra sobre los vanir y serás la roca que defienda el reinado de Sigyn frente a cualquier conato de rebelión, porque nadie en los Nueve Reinos osará levantar sus armas contra ti —desviando al fin su atención de Loki, Odín posó su mano en el hombro de Thor— Y con los años, hijo mío, vuestro primogénito será por pleno derecho soberano de Asgard y de Vanaheim. Los aesir y los vanir se unirán al fin en paz bajo un mismo cetro, como siempre debió de ser. Y habremos dado un paso más hacia la paz definitiva en la esfera de Yggrasdil, quizá el mayor, el más importante de todos.
El pulso de Loki se desbocó por completo. Sintió que las ganas de gritar lo rompían en dos, consciente de pronto -espantosamente consciente- de lo lejos en el tiempo que se hundían las raíces de aquella decisión. Todos aquellos años, mientras él intentaba no torturarse pensando en quién podría ser el que le arrebatara a Sigyn... ¿Todo aquel tiempo había sido Thor? ¿Su propio hermano? No podía ser. No podía haberlo tenido a su lado cada maldito día sin sospechar de él. No podía haber sido tan ingenuo, haber estado tan ciego a las verdaderas intenciones de su padre. Sigyn y Thor, Vanaheim y Asgard, el viejo sueño de la Paz de Yggrasdil que Odín alimentaba desde que había sido capaz de forzar una tregua con los jotunn. Era tan lógico, tan evidente ahora que lo veía arrojado en su rostro como una bofetada, que Loki quería arrancarse los ojos por no haber sido capaz de verlo.
—Lo entendéis, ¿verdad?
Entendéis. Odín seguía hablando en plural, como si supiera que no era Thor el único a quien tenía que convencer de que su deber de hijo y súbdito era plegarse a la voluntad de su rey. Loki desvió su mirada, sabiéndose incapaz de volver a enfrentar la de su padre sin derrumbarse y delatar más de lo que ya había traicionado. Y en el silencio que siguió a la argumentación de Odín, mientras Thor trataba de encajar el significado de sus palabras, el único y obsesivo pensamiento de Loki fue la loca esperanza de que su hermano se negaría a semejante disparate, de que se daría cuenta de que aceptar a Sigyn como su esposa era algo que simplemente NO PODÍA HACER.
—Lo entiendo, padre. Pero todo es tan... repentino...
Loki quería confiar en la cordura y el orgullo de Thor, apostar su suerte a la certeza de que el arrogante tarugo se pondría digno y no permitiría que nadie, ni siquiera su padre y rey, gobernara así sobre su futuro. Loki quería confiar pero su esperanza era un pájaro roto incapaz de levantar el vuelo. Conocía demasiado bien a Thor como para poder engañarse y creer en aquella posibilidad. Por muy incómoda y repulsiva que pudiera resultarle la idea de desposar a su amiga de la infancia Thor, el hijo predilecto, el príncipe destinado a recoger el testigo de su padre, no desoiría el sagrado mandato real si era el ser rey lo que estaba en juego. Por mucho que le incomodara ver aquello impuesto sobre su futuro Thor, el héroe, el adicto a la gloria, no desecharía la oportunidad de regir sobre los dos mayores reinos de Yggrasdil y unificarlos en la paz definitiva. Iba a consentir. Iba a arrebatarle a Sigyn. Su propio hermano. Loki quería hablar, quería razonar con él y con su padre, quería exigirles a gritos que detuvieran aquel sinsentido, y la voz no le salía de la garganta. Ni siquiera le quedaba garganta con la que gritar, todo su cuerpo engullido por aquel agujero negro que se agrandaba más y más en su vientre con cada segundo que pasaba, que le había devorado ya entero dejando sólo los furiosos y desesperados latidos de su corazón. Sigyn y Thor. Sigyn y Thor. El viejo temor que lo había envenenado en su lejana infancia volvía a la vida invocado por las palabras de Odín, materializándose en la forma de cuchillos de hielo que le estaban despedazando el alma...
—Yo sólo tuve una semana para hacerme a la idea de mi compromiso con tu madre. Una semana, Thor; Frigga, tal y como marca la tradición de nuestros reyes y tal y como se hará con Sigyn, lo supo el mismo día del anuncio oficial. Y creo que coincidirás conmigo en que no nos ha ido tan mal. Tú vas a tener casi un mes para prepararte, hijo. Agradece tu suerte en lugar de quejarte.
Loki sintió que se le revolvía el estómago, no supo si de desesperación o de nauseas ante el buen humor con el que su padre se estaba tomando aquello. ¿Cómo podía sonar divertido y sonreír como si tal cosa cuando estaba destrozando su vida y la de Sigyn? ¿Cómo podía?
—En fin, padre, entiéndeme. Se trata de Sigyn, y...
—No se trata de Sigyn. Piensa como un rey. No es con ella con quien te casarás, sino con Vanaheim.
—Bueno, pero será con ella... Ya sabes...
No lo digas, suplicó Loki, retorciéndose de ganas de vomitar y de gritar de rabia aunque nada dijeran de ello ni su serena actitud ni su rostro impasible, aunque sólo los ojos verdes a los que ninguno de los otros dos estaba mirando ahora reflejaran su tormento. No digas que será con ella con quien tendrás que acostarte. No digas que será a ella y no a Vanaheim a quien tendrás que tocar, a quien harás el amor y preñarás con tus hijos. No lo digas. Por lo que más quieras, Thor. NO. LO. DIGAS.
—Aunque comprendo que Sigyn ha sido una especie de hermana para ti todos estos años y que en principio la situación puede resultaros extraña a ambos, sé que te portarás como un buen esposo. Me consta que tus deseos habrían recaído lejos de Sigyn de haber podido decidir como hombre y no como rey, pero créeme cuando te digo que tus labores de gobernante no te dejarán tiempo para añorar la aventura y el romanticismo. Y en cuanto a ella...
Loki apretó los puños hasta agarrotarse, ahogado en hiel, sintiendo ganas de matar a su padre ante el gesto displicente que hizo al referirse a Sigyn, ante su insultante despreocupación por la otra parte de aquel contrato, ante su absoluto desinterés en saber dónde habrían recaído sus deseos y lo que ella añoraría cuando fuera la esposa del hombre que le habían impuesto. Sigyn no era más que un daño colateral sin importancia. Nada más que Thor contaba a los ojos de Odín, igual que en todo lo demás, igual que siempre.
—Ella tiene su ciencia para distraerse, ¿no? —dijo Loki sin poder contenerse, su propia voz sonándole extraña al surgir hueca y rasposa desde no sabía donde—. Porque podrá seguir jugando con sus estrellas y sus aparatos, ¿verdad, padre? Con este arreglo, además de hacerse con Vanaheim Asgard podrá conservarla a ella y beneficiarse de que siga haciendo sus trabajos en el Observatorio. La buena y sabia Sigyn podrá seguir vigilando nuestros cielos cuando no esté pariendo hijos o haciendo bonito al lado de Thor en asuntos oficiales. No perderemos una astrónoma, ganaremos una reina. Es perfecto, padre. Te felicito por haber pensado incluso en eso.
Odín lo miró con gravedad y suspicacia otra vez. Embaucador como siempre, Loki había imprimido a sus palabras un tono de divertido desdén que para nada revelaba el veneno que le quemaba la lengua. Pero sus ojos no podían mentir. No ahora, cuando era Sigyn lo que estaba en juego.
—¿Qué es exactamente lo que desapruebas, Loki?
Había un duro tinte de advertencia en la voz de Odín, pero a Loki no le importó. Estaban hablando de lo que más amaba en el mundo, maldita sea. Estaban hablando de poner a Sigyn en las rudas y torpes manos de alguien que no la quería y que nunca sabría la clase de joya que se le había otorgado; de tener que ver cómo le daban a Thor, sin merecérselo, lo único que en verdad le pertenecía sólo a él. ¿Cómo podría limitarse a ser un buen hijo y callar y acatar, como estaba haciendo el idiota de su hermano?
—Que Sigyn es demasiado lista para su propio bien es algo de dominio público—escupió displicente—. Todas esas ínfulas que le has dado a lo largo de los años, permitiéndole estudiar mucho más de lo que le convendría a cualquier dama de la corte, consintiendo sus trabajos en el Observatorio... ¿En serio crees, padre, que alguien así podrá ser una buena reina para Asgard, una esposa adecuada para Thor?
Era un recurso absurdo, inútil, desesperado, Loki lo sabía. Y aun así no podía dejar de intentarlo. Pensar en la vida que le esperaba a Sigyn al lado de alguien que jamás la amaría de verdad ni entendería su valor se le hacía tan insoportable como pensar en su propia vida futura, forzado a ver a su amor junto a su propio hermano. Y tenía que intentar que su padre lo comprendiera. Ni Sigyn era para Thor ni Thor era para Sigyn, y se harían profundamente infelices el uno al otro si los obligaba a casarse. Odín tenía que darse cuenta de que no podía hacerles eso a todos ellos sólo porque una ridícula paz entre razas hiciera oportuno fusionar dos reinos. Tenía que darse cuenta. Tenía que darse cuenta...
—Sigyn ha sido criada para llegar a ser esposa de reyes, Loki. Sabrá comportarse, con independencia de si es o no demasiado lista para su propio bien. Sabrá que su lealtad y su deber están ante todo al lado de su rey y esposo, igual que tú sabes ya que es a tu rey y hermano a quien te debes en primer lugar —replicó Odín con sutil aspereza, clavándole a Loki su mirada hasta horadarle el pensamiento—. Sabrá cual es su lugar y como conducirse en su nueva posición del mismo modo en que lo sabrás tú. No has de temer por la paz conyugal de la corte, ya que supongo que eso es lo que te preocupa.
Loki bajó los ojos, incapaz de soportar la nota de creciente sospecha que había en las palabras de Odín e incapaz también de afrontar el ver confirmada, en su expresión, la despiadada determinación de ser rey antes que padre.
—Decidir las cosas por amor es para otra gente, Loki. Gente sin la responsabilidad que va a recaer sobre tu hermano y de rebote sobre ti. No es algo a lo que nosotros tengamos derecho ni que debamos permitirnos si va en contra de los intereses de nuestro reino —añadió Odín.
Loki pudo sentir el ojo de su padre taladrándole el cráneo en una exigente invitación a que lo mirara, pero no pudo ni quiso hacerlo. Pensó en su estúpida felicidad de hacía unos instantes, en su inocente convencimiento de que se saldría con la suya. Pensó, riéndose cruelmente de sí mismo, en cómo se había compadecido de Thor al sentirse poseedor de algo que su hermano no tendría jamás.
—Tienes suerte de tener un hermano tan preocupado por tu bienestar, Thor —añadió Odín tras unos segundos que a Loki le parecieron eones, la intención bajo sus palabras totalmente inadvertida para Thor pero tan clara para él como la luz del día—. Pero no te dejes influir por sus temores. Os irá bien juntos, a Sigyn y a ti. Seréis un matrimonio bien avenido cuyos frutos traerán la Paz Perpetua a los Nueve Reinos y harán a Asgard más grande de lo que ya es.
Niégate, suplicó Loki para sus adentros, desesperadamente, tan fuerte que no le habría sorprendido que Thor pudiera oírle. Dile que ni muerto podrá obligarte a tomar a Sigyn. Haz eso por mí, hermano, y te juro que en mil años que me queden de vida no volveré a pedirte nada. Niégate, te lo ruego, por lo que más quieras...
—¿Qué me respondes, Thor? ¿Tengo tu consentimiento? ¿Aceptarás de buen grado este último mandato de tu rey?
No, Thor, no... Conozco esa mirada. Por lo más sagrado, recapacita, dile que no, DILE QUE NO.
—Sí, padre. Lo aceptaré, si es por el bien de Asgard.
El corazón de Loki latió tan fuerte y tan deprisa que apenas le dejó oír las desmayadas palabras con las que Thor, al consentir, ponía fin a lo que podría haber sido su vida. Ahogado en pesar y en odio se obligó a mantener los ojos abiertos, queriendo retener cada detalle de la repugnante docilidad con que su hermano estaba destrozando su felicidad y la de Sigyn.
Después, nada.
Loki cerró al fin los ojos y relajó la tensión en sus manos, que cayeron muertas a sus costados. Sintió que su cuerpo no le respondía en absoluto porque simplemente había dejado de existir. Sin más, se dijo, vacío, inerte. Así se iba a acabar su historia con Sigyn, su sueño de tener para sí y para siempre lo único que de veras le importaba: con una frase desganada de Thor, un satisfecho asentimiento de cabeza por parte de Odín y una sonrisa cómplice entre el padre orgulloso y su adorado primogénito. Sin más. Su breve momento de gloria con Sigyn iba a expirar sin lucha, sin ruido, sin aspavientos, tan silenciosa y secretamente como había vivido su corta existencia. Su vida se acababa de partir en dos y los cielos no se habían abierto por ello y los muros del palacio no se habían derrumbado y el mundo no iba a dejar de girar. Nadie más que él iba a advertir que estaba muerto en vida, que se estaba extinguiendo sin ruido y de pie, como los árboles.
¿Y ahora qué?, se preguntó. ¿Qué se suponía que debía hacer, si hasta el recurso de la ira le estaba negado a quienes elegían el camino del secreto? ¿Felicitar a su hermano? ¿Sentarse a cenar a la misma mesa que quienes lo habían matado y comer y beber y sonreír, como si no pasara nada, como si todavía siguiera vivo debajo de su fachada impasible?
—¿Vamos, Loki? —lo llamó Thor, rezagado de su padre que ya desaparecía escaleras arriba—. Ahora mismo no estoy seguro de si tengo hambre, pero sí de que necesito una buena jarra de vino. Las noticias de esta noche se merecen unos cuantos tragos juntos, ¿no crees?
Loki había mirado a Thor de muchas formas a lo largo de su vida. Con admiración, con envidia, con superioridad, con recelo, con amor ciego, con ternura, con fastidio. Pero nunca hasta aquel instante había tenido, al mirarlo, la pavorosa certeza de estar midiéndose con un enemigo.
—¿En serio vas a permitirlo? —le preguntó, sintiéndose tan derrotado que no entendía cómo Thor podía no darse cuenta.
—Parece que no me queda otra, ¿no?
—Pero es Sigyn. Y se trata de tu vida, Thor. No pueden...
—Ya has oído a nuestro padre. Si he de ser rey hay cosas que no pueden ser como a mí me gustaría, si lo que se busca a toda costa es el bien de Asgard. La paz entre los reinos es algo beneficioso y deseable, y hacernos aún más fuertes frente a las amenazas del enemigo todavía lo es más —replicó Thor, disgustado pero convencido—. Padre es sabio. Sé que ha decidido lo mejor para todos nosotros.
¿Lo mejor para todos? ¿Y acaso él y Sigyn no eran nadie?¿Por qué aquel patán sin cerebro que tenía por hermano no podía darse cuenta de lo que estaba pasando, de lo que con su obediencia de buen hijo estaba consintiendo que le hicieran? ¿Por qué tenía que ser así, inocente y bienintencionado y feliz, y poner tan difícil la tarea de odiarle a pesar de que Loki tenía todo el derecho y el deseo de hacerlo?
—Pero es Sigyn —insistió con la voz a punto de rompérsele en un lamento, como un niño pequeño intentando razonar con las fuerzas de la naturaleza y sorprendido de que éstas no le escucharan.
—Lo sé —admitió Thor, con una mueca de grima antes de encogerse de hombros—. Bueno. Podría haber sido peor, supongo. Sigyn al menos es bonita, aunque no sea mi tipo, y es... Es lista, eso es innegable. Y es buena. Y agradable también, cuando no le da por hablar de sus cosas raras. Y nos llevamos más o menos bien y... ¡Argh! —gruñó de pronto, sin reprimir un estremecimiento, cubriéndose los ojos con una de sus enormes manos—. Es casi como si me acabaran de decir que tengo que acostarme con nuestra madre. Mierda. Vayamos a cenar y bebamos juntos, Loki; creo que me van a hacer falta unas cuantas jarras de vino para hacerme a la idea y poder verle el lado bueno, así que cuanto antes empiece...
—Y sin embargo lo harás.
Hubo tanta desolación en la voz y en los ojos de Loki al decir aquello que ni un completo tarugo egocéntrico como Thor debería haber podido pasarlo por alto. Pero Thor, desechados con rapidez los sentimientos sombríos y el malestar, decidido a ser tan estúpidamente feliz y despreocupado como siempre, se limitó a encogerse de hombros una vez más, y a sonreír.
—Pues claro que tendré que hacerlo. Uno no desobedece a su rey, hermano.
Uno no desobedece a su rey.
Horas después de la horrible conversación en la Cámara de las Armas, contemplando la ciudad de Asgard y el mar desde la cima de la colina hasta la que había cabalgado, Loki seguía repitiéndose obsesivamente aquella frase. Como una oración. Como un mantra en el que buscar asidero y fuerzas mientras se esforzaba por tomar una decisión, la más difícil de su vida.
Le había dado vueltas a la cabeza hasta sentir que le sangraba el cerebro, buscando desesperado una solución que no implicara el deshonor para Sigyn, ni un amargo dolor para su familia, ni daños irreparables a terceros, ni la ruina absoluta para Asgard. Y no la había encontrado. Las turbias y cuestionables opciones a su alcance, las barbaridades que se le habían llegado a pasar por la cabeza no eran, ni de lejos, algo que pudiera permitirse contemplar. Podía ser el Dios del Engaño, podía no ser el mejor de los hijos ni el más amoroso de los hermanos, podía ser malicioso y retorcido y de moral escurridiza y esquiva en lo tocante a someterse a las normas... Podía ser todo eso y cosas aún peores, pero tenía sentido de la decencia. Tenía honor. No era un desalmado. Que Sigyn fuera la última en una interminable lista de derechos que le habían sido negados para concedérselos a Thor no era, ni sería nunca, razón suficiente para convertirse en la clase de loco malvado capaz de poner en peligro su patria y traicionar a su propia sangre.
Y uno no desobedecía a su rey.
Uno no insultaba la dignidad de su soberano traicionando a sus espaldas la lealtad incondicional que le debía.
Uno no humillaba el honor de su propio hermano.
Había cosas que simplemente no podían hacerse.
Tenía que renunciar a Sigyn. Aunque preferiría cortarse sus propias manos a tener que contemplar aquel castigo, aunque fuera a doler más que arrancarse de cuajo el corazón tenía que renunciar a Sigyn y hacerlo además en silencio para preservar su honor, sin pensar siquiera en reclamarla y descubrir con ello la traición que ya habían cometido al amarse. Era la única opción posible. Renunciaría a Sigyn y se marcharía para siempre de Asgard en cuanto terminara su estúpida misión en Alfheim. No podría ser de otro modo, porque vivir sabiendo a Sigyn propiedad de Thor sería un suplicio, pero verlo lo mataría. Y aunque con el tiempo tal vez pudiera aprender a soportarlo, Loki no confiaba ni un poco en su propia voluntad. Si seguía teniendo cerca a Sigyn, acabar cometiendo una locura sería sólo cuestión de tiempo, igual que lo era ahora, con la espantosa diferencia de que estaría acostándose con la mujer de su hermano.
La mujer de su hermano.
Nada importaba frente a las normas que en el fondo, en su corazón, a sus ojos, fuera a ser Thor el que estaría acostándose con su mujer. Había ciertas fronteras sagradas que no se podían traspasar, y el adulterio con la esposa de un hermano era una de ellas. Loki no cometería aquel pecado ni arrastraría a Sigyn a cometerlo. Servir a Thor con su diplomacia y su talento político desde fuera de Asgard sería tan aceptable y honroso como hacerlo a los pies del trono. Y quizá en la distancia, con el tiempo, pudiera empezar a olvidar.
Quizá algún día...
Los ojos de Loki, ignorando la voluntad que los había mantenido alejados de allí durante las largas horas de tormentosa reflexión, se posaron en la silueta del Observatorio.
Loki recordó que aquella mañana, en lo que ahora le parecía una vida distinta, Sigyn y él habían hablado escondidos en las sombras de un apartado pasillo.
Recordó la infinita e incendiaria ternura con la que se habían besado, cautos y nerviosos y felices, ardientemente felices de poder robarle aquellos pocos segundos a su obligación de fingir. Quizá algún día, le había dicho Sigyn, frustrada por no poder tocarle más y preocupada por un posible fracaso de su última tentativa con el Bifrost. Quizá algún día, le había dicho él, seguro de que ese día acabaría por llegar.
Recordó, con una punzada de culpa y angustia, que antes de separarse habían acordado verse después de la cena en la vieja sala de estudios. Sigyn debía de haberlo esperado durante horas. Pero ¿qué iban a ser unas pocas horas en comparación con toda la larga vida de esperarse en vano que les quedaba por delante?
De rodillas en el suelo, Loki miró fijamente con ojos vacíos la silueta del Observatorio. Parpadeó, y al segundo algo salado y amargo trató de instilarse en las comisuras de sus labios. Con los puños crispados sobre el regazo, fingió no darse cuenta de que era el sabor de sus propias lágrimas.
Supongo que ahora viene cuando me queréis matar, y tal...
Sé que no es un giro que vaya a resultar agradable, después de la dulzura y el erotismo y el buen rollo del anterior; y más cuando sólo quedan otro capítulo más y el epílogo para resolver esta pequeña historia que, reitero, conduce (desde mi alterada perspectiva, claro está) al principio de la película "Thor". Así soy yo, una maridramas de la vida.
Confío en que Loki no haya quedado OOC ni demasiado emo, con su soliloquio sobre lo poco que quiere el trono y lo mucho que le apetecen otras cosas, entre ellas Sigyn. Una de las fuentes que inspiraron este fic fue la escena de la confrontación final entre los dos hijos de Odín al final de "Thor", concretamente en el "I never wanted the throne". Yo creo que Loki es absolutamente sincero ahí y que el trono y el coñazo que representa ser rey es algo que no querría para sí ni jarto vino de no ser por lo que significa a efectos de ponerse a la par con su envidiado-amado hermano mayor. En mi fic Sigyn es sólo una de las razones por las que Loki, de poder elegir, preferiría una vida lejos del trono, libre para ejercer su mischief... Claro que a la vista de los acontecimientos de este capítulo no sé yo si eso va a seguir así...
En fin, la última palabra al respecto la tenéis vosotras. Espero vuestra opinión. ;)
