Nota de la Autora: Como dije la semana pasada, éste es ya el último capítulo, y detrás de él, en un par de días, como una especie de coda a la historia y espejo del prólogo, irá el epílogo. Qué deprisa pasa el tiempo: parece que fue ayer cuando este fic empezó chiquitín y monoso y con intenciones de ser divertido y ligero y aquí estamos, a punto de finiquitarlo en medio de un dramón de cagarse. O no. O yo qué sé XD.
No voy a hacer ningún aviso o aclaración que me autoespoilee, pero quiero aprovechar esta última nota para dar las gracias a todas las que habéis ido siguiendo esta historia. Vuestra respuesta y todos vuestros comentarios han sido increibles. La forma en que ese pequeño grupo de seguidoras habéis ido acompañando a los personajes a través de la historia y habéis empatizado con lo que yo pretendía imprimir a mis palabras, os lo juro, todavía me tiene patidifusa. Así que un beso muy fuerte a todas, y otro para quienes descubran este fic más adelante curioseando por esta página.

Que no falte el disclaimer, ofcors: no soy guionista ni director ni asalariado de ninguna clase de Marvel y en consecuencia no poseo (lástima) a Loki, así que no saco más beneficio de publicar este relato que el de agradar a quien quiera leérselo.


CAPÍTULO X:

Y ASÍ ES COMO UN FINAL SE CONVIERTE EN EL PRINCIPIO.

Inquieta por el inexplicable plantón de Loki Sigyn no había sido capaz de acostarse. El sueño acumulado tras días y días de obstinado insomnio la había sorprendido sentada ante su amplio escritorio, tratando de organizar algunas ideas sin demasiado éxito a causa de su inquietud. Aún tenía la pluma en la mano derecha y un cuaderno abierto a modo de almohada, oculto bajo la manta de color fuego que eran sus largos rizos.

Así fue como la encontró Loki cuando se acercó al ventanal de sus habitaciones bajo la forma de un remolino de viento.

Él había tenido un millar de dudas antes de decidirse a hacerlo, y todavía tenía que escuchar dentro de su mente, furiosa y aterrada, la voz censora que lo acusaba de estar haciendo trampa, de usar los escrúpulos como simple excusa para estar con ella a solas una última vez. Pero no podía dejarla sin más. Le debía a Sigyn la explicación y la despedida que años atrás le había negado en su estúpido ataque de despecho infantil. El precioso amago de vida que habían llegado a construir juntos en apenas unas semanas merecía que esta vez sí se portara como un hombre a la hora de ponerle fin.

Con un golpe fuerte y seco Loki se lanzó contra el ventanal, haciendo que en el interior del dormitorio Sigyn despertara sobresaltada y saltara de la silla. Retrocedió para girar en espiral levantando un torbellino de hojas arrancadas de los árboles cercanos, tomó impulso y descargó con decisión otro golpe. Y luego otro. Y otro. Y otro más, esperando que ella supiera entender.

Sigyn no le decepcionó. Ella nunca le decepcionaba. Cualquier otra persona habría pensado que no era más que el viento, por mucho que Asgard viviera una de las últimas noches apacibles del otoño. Pero Sigyn siempre distinguía lo extraño allí donde los demás no veían nada digno de una segunda mirada, y lo encaraba con curiosidad y deseo de saber más, igual que lo había enfrentado a él desde el principio. A través de sus ojos ahora incorpóreos Loki la vio acercarse al ventanal, una adorable visión envuelta en su largo camisón blanco con los pies descalzos y la salvaje melena roja suelta sobre los hombros y la espalda. La vio manipular decidida el pestillo y apartarse con presteza para no ser arrollada por él en su fiero y helado fluir hacia el interior de la habitación. La vio cerrar la ventana con idéntica rapidez mientras él iba materializándose en medio del furioso remolino que ahora giraba y giraba sobre sí mismo hasta dispersarse, dejándolo tan sólo a él en medio del cuarto. Vio su hermoso rostro salpicado de pecas y vio sus ojos, sus queridos, benditos ojos azules, mirándolo entre la preocupación y el alivio, sin rastro de reproche ni de extrañeza o escándalo de verlo invadir sus sagradas dependencias; tan felices de tenerlo delante que dolían. Y entendió de repente, con un estremecimiento, lo que había querido decirle la voz disconforme de su conciencia. Yendo a Sigyn había cometido un error, un gravísimo error tal vez irreparable, y ahora no tenía fuerzas con las que dar un solo paso para deshacerlo.

—¡Loki! ¿Dónde estabas?

Incapaz de pronunciar una sola palabra y paralizado, Loki se dejó abrazar por Sigyn. Llegó a plantearse débil y desmayadamente la posibilidad de apartarla de sí pero ni siquiera lo intentó, hechizado por la ligereza de aquel cuerpo menudo más cálido que nunca contra su pecho a través del fino camisón.

— Te esperé durante horas en la sala de estudios, ¿dónde te habías metido? Si supieras todo lo que tengo que contarte... Ni te imaginas cómo ha sido, Loki, ni te lo imaginas...

Los brazos inertes de Loki, caídos a sus costados, dolieron de ganas de abrazarse a Sigyn, de compulsión por estrecharla fuerte hasta sentirla parte de su propia carne y estar seguro de que jamás podrían volver a despegarse, de que serían, de allí a la eternidad, un todo imposible de dividir y separar.

—¡Salió bien! ¡Salió más que bien, qué demonios! ¡Era el yrzio! —gritó ella apartándose para mirarlo, apasionada, eufórica, feliz—. Heimdall no me permitió mantener la ventana abierta más que unos segundos pero los vimos. Vimos su mundo. Los vislumbramos a ellos. Si las mediciones de mañana arrojan unos niveles seguros para el Bifrost y podemos aumentar el tiempo de apertura modificada... ¿Te das cuenta de lo que eso significa, Loki? ¡Lo hemos conseguido! Odín no me dejará ir ahora, no se arriesgará a deshacerse de mí por mucho que Udre quiera reclamarme. Me va a necesitar aquí, operando en la ventana dimensional, y puede que por mucho tiempo. Tenemos otra prórroga, Loki, y si la aprovechamos...

Se veía tan radiante que Loki no pudo evitar sonreirle por reflejo, por simple instinto, sintiendo que al mismo tiempo se le hacía añicos lo poco que quedaba íntegro de su corazón. Cuántas estúpidas esperanzas habían puesto en aquello, se recordó. Qué ingenuos, qué ilusos le parecían ahora los dos, confiando en disponer de todo el tiempo del mundo mientras Sigyn fuera útil para Asgard cuando nunca había sido la intención de Odín sacarla de allí.

—Eso es maravilloso —logró decir.

La mirada de Sigyn se ensombreció al instante. A ella no le bastaba con las sonrisas de Loki, con la cara amable del Embaucador. Lo conocía demasiado bien.

—¿Qué te pasa, Loki? ¿Por qué me miras así?

Loki abrió la boca varias veces para responder algo neutro y falsamente despreocupado, y sólo consiguió parecer un pez fuera del agua, su don para las palabras pulverizado de nuevo frente a Sigyn.

—¿Qué ocurre? —insistió ella, acariciando con preocupación su rostro—. Di algo, por favor. Me estás asustando.

Ojalá pudiera hacer magia sobre sí mismo y borrar de un plumazo todo lo que habían sido el uno para el otro a lo largo de los años: la amistad, las confidencias, las travesuras secretas, los sueños compartidos, las peleas, los celos, el deseo, el amor. Ojalá ella no pareciera tan suave y hermosa mientras lo envolvía con sus brazos, tan dolorosamente próxima ahora que la sabía perdida sin posibilidad de apelación. Ojalá nunca hubiera llegado a probar sus besos y sus caricias y ahora pudiera seguir adelante sin saber a qué tesoro estaba renunciando.

—No es nada, Sigyn, sólo... —La garganta de Loki estaba tan seca que él apenas podía tragar la saliva, en parte por la angustia, en parte por aquella acogedora calidez de Sigyn que ahora estaba seguro de que debería haber evitado a toda costa. Qué egoísta había sido anteponiendo a la cordura su necesidad de sentirla cerca una última vez. Qué estúpido, qué previsible, qué abominable egoísta—. Thor va a ser rey. Nuestro padre acaba de comunicárnoslo a ambos. Va a abdicar y Thor va a ser rey muy pronto y...

—Loki...

—No, escúchame, Sigyn. Hay algo más, y debería... Tienes que saber que...

Sus rostros estaban tan cerca que Loki podía contar las pecas de la nariz de Sigyn y verse dentro de sus pupilas, dilatadas bajo la débil luz de la lámpara que ardía junto al escritorio. Sus labios le sonreían alentadores y dulces pero sus ojos lo miraban con preocupación, inquietos, como siempre que lo veían disgustado. Su Sigyn. Su dulce Sigyn, que jamás había soportado verlo enfadado a menos que fuera ella misma la causa de su enfado...

—Dioses, no sé ni por dónde empezar a...

¿Cómo decírselo? ¿Cómo explicarle lo idiotas que habían sido los dos, no temiendo jamás aquel final que ahora le parecía tan obvio? ¿Cómo anunciarle al único amor de su vida que tenía que marcharse otra vez de su lado para despejar el camino del hombre que habría de quedársela? ¿Cómo, en nombre de todo lo sagrado, CÓMO deshacer aquel nudo de espinos que le ataba la lengua y articular las palabras con las que decirle quién era ese hombre?

—Sigyn... Mi Sigyn...

Nunca llegó a decírselo.

Cuando Sigyn acarició con delicadeza su ceño fruncido y luego le hizo bajar la cabeza y se puso de puntillas para besárselo, Loki enmudeció del todo. La inocente ternura de aquel gesto cómplice lo desbordó más de lo que ninguna otra emoción había conseguido hacer aquella noche. Y cuando después Sigyn hundió el rostro en su cuello y le respiró y se bebió su olor como si todas aquellas horas sin él se hubiera estado ahogando y muriendo de sed, Loki claudicó. Antes de pensar en lo que hacía sus brazos estaban en torno a la cintura de Sigyn y su boca devorando la de ella, codiciosa y ardiente como nunca al tirar por tierra a conciencia todos y cada uno de los propósitos honorables que él mismo se había hecho apenas una hora antes. La intensidad casi suicida con la que Sigyn respondió a sus besos, lejos de recordarle a Loki lo que no podía y no debía ser, lo reafirmó con rabia en su repentino cambio de voluntad, alimentó su desesperación y su necesidad hasta hacerlas delirio. ¿Con qué maldito derecho le exigían que renunciara a aquello? Se merecía esos ojos que lo miraban adorándolo. Se merecía aquellos besos que lo deseaban a él y sólo a él en lugar de limitarse a tolerarlo como premio de consolación. Se merecía tener alguien como ella, alguien que conociera su verdadero olor y entendiera su verdadera naturaleza y lo aceptara tal y como era, sin condiciones ni reparos. Se la merecía.

La voz de Sigyn abrasó los oídos de Loki al musitar su nombre mientras él le echaba la cabeza hacia atrás y atacaba ávido su garganta dejándole un trazo húmedo y fresco de saliva sobre la piel. Bajó con brusquedad una manga del camisón para descubrirle un hombro y prolongar allí sus besos, deliberadamente sordo a la voz de su conciencia y a la exclamación de sorpresa que en la voz de Sigyn cedió de inmediato a un suave murmullo de placer. Temblando contra él Sigyn se arqueó para ofrecerse más y Loki ni siquiera se planteó rechazarla porque ya se había contenido demasiado, ya había deseado demasiado. No era capaz de pensar ni mucho menos de parar. Aquél podía ser su último momento juntos, y no iba a romper la magia a menos que ella misma le detuviera.

—Pídeme que me vaya.

No supo si aquellas palabras que le rugió a Sigyn contra el hombro eran un ruego o un desafío. No lo supo y no le importó, porque casi sin dejarle acabar ella lo agarró del pelo y lo atrajo de nuevo hacia su boca. Si a Loki le quedaba alguna duda de que había errado miserablemente acudiendo al lado de Sigyn y de que ahora estaban perdidos, aquello la disipó por completo. Sigyn se onduló contra él con un descaro y un ansia que levantaron llamas por toda la piel de Loki, mordió sus labios y chupó su lengua como si necesitara alimentarse de él para no morir. Lo poco que quedaba en Loki de escrúpulos o de cautela se extinguió sin remedio en aquellos besos.

—Ni se te ocurra marcharte —gimió Sigyn en la comisura de sus labios, ronca y ansiosa.

Loki dejó escapar un sordo bramido de lujuria contra la suave mejilla de ella y volvió a inclinarle la cabeza hacia atrás, tirándole del pelo. Su mano libre buscó y dibujó la forma de uno de sus pechos, sintió el pezón erizado y duro bajo la delicada tela del camisón y jugó con él hasta arrancarle a Sigyn de la garganta gemidos indecisos entre el placer y el dolor que se volcaron como néctar en su boca. Por debajo de la cintura sus cuerpos se apretaron con un empeño que rozó lo violento, poseídos los dos por la misma necesidad.

—Voy a tenerte, Sigyn. Ahora —siseó Loki apretando entre sus dedos la nuca de Sigyn, acelerado y febril, tan necesitado que se daba lástima, tan imparable que se daba miedo, tan al borde de las lágrimas como del más absoluto descontrol—. Voy a hacerte mía porque eso es lo que eres: mía. Mi Sigyn. Mi amor... Mía y de nadie más, ¿me oyes? Mía. Mía...

Ni él mismo pudo distinguir si aquello era una simple afirmación o una orden o una súplica. Se limitó a pronunciarlo como si se estuviera arrancando el alma y luego a repetirlo torrencialmente, subrayándolo con besos cuya fiereza debería haber asustado a Sigyn pero que ella pareció recibir como una bendición, dichosa, triunfante, sumisa y exigente al mismo tiempo, su feroz entrega más dulce para Loki de lo que habría sido cualquier promesa de amor eterno regalada a sus oídos. Era suya en verdad. Sólo suya. Desde siempre. Para siempre. La hondura de aquella rendición incondicional espoleó el deseo de Loki con la misma furia que los gemidos de impaciencia de Sigyn y que su carne cálida y firme, que temblaba gozosa con cada hambrienta caricia de las manos de él. Ofuscado como un animal en celo Loki la empujó hacia el cercano escritorio, registrando sólo a medias el hecho de que ella se estaba dejando llevar sin oponerle la menor resistencia y casi parecía tirar de él, impaciente, desesperada. Sintiendo el sólido calor de Sigyn atrapado entre su cuerpo y la mesa la entrepierna de Loki empezó a hincharse, pulsando en sincronía con los furiosos latidos que le golpeaban las sienes. Sólo entonces, por un segundo, dudó. Se quedó inmóvil, con una mano sobre el seno de Sigyn y la otra enredada en la salvaje melena roja, con sus caderas quietas oprimiendo las de ella y el deseo imperioso delatado en el bulto que palpitaba y se endurecía emparedado entre sus cuerpos, mirando a los ojos de Sigyn hasta sentir que se perdía en ellos. La respuesta de Sigyn, tan muda como la pregunta de Loki, fue cubrir con sus dedos la mano con la que él sujetaba su pecho y apretarla más sobre su carne, en una vehemente invitación a que no se detuviera. De ahí en adelante ya no cupo la duda, ni tampoco la mesura, ni la prudencia. Loki jadeó de excitación y deslizó su mano libre hasta cubrirle a Sigyn el otro seno, apretando la pelvis contra su vientre en respuesta a la necesidad creciente que acariciarla así despertaba en él. Le abrió frenético el camisón hasta el ombligo, desgarrando la tela en su desesperación por descubrir y sentir la piel tan largamente deseada que por derecho y por voluntad de Sigyn le pertenecía sólo a él. Sus dedos, con decisión y premura, recorrieron y reclamaron la propiedad de cada centímetro de palidez salpicada de pecas, brutales casi, la gentileza de sus juegos anteriores casi tan olvidada como el afán de controlarse que los había definido. Sigyn se agarró a sus hombros. Sus dedos se clavaron con fuerza en el cuero de la casaca. Su sonrojo, nacido a partes iguales del pudor y de la excitación, más adorable y sugerente que nada que Loki hubiera tenido dispuesto ante su voluntad en sus encuentros del pasado, lo enloqueció por completo.

—Dime que deseas esto —la apremio, ondulando las caderas contra ella como si ya estuvieran copulando.

La intensidad del contacto arrancó jadeos de la boca de los dos y chispas del brillo acuoso que empañaba los ojos de Sigyn, tan dulce en la evidencia de su deseo, tan hermosa, tan incitante, que sólo la borrosa conciencia de lo que aquello iba a significar en sus vidas contuvo a Loki de tomarla en ese mismo instante sin más trámites ni más reparos.

—Claro que lo deseo, Loki.

—Dime que me deseas. A mí. Sólo a mí. Dime que jamás querrás a ningún otro tocándote, que no permitirás que ninguna otra boca te bese.

Sin esperar una respuesta que de todas formas no era necesaria ni dejar de torturar la piel de Sigyn con sus dedos Loki besó su garganta y el hueco entre sus clavículas, succionando y mordiendo la piel cada vez con menos cautela, sin importarle ya dejar su marca allí donde todo el mundo pudiera verla. Descendió dejando un rastro de saliva sobre sus pechos y a lo largo de su esternón y a través de su estómago, echándola más y más hacia atrás hasta que ella tuvo que soltarle para sujetarse al escritorio. Se incorporó un instante, para mirarla y leer su deseo de él en sus dedos crispados sobre el tablero de roble, en cada pesada respiración que hacía oscilar sus senos suaves y llenos, en la desvergonzada forma en que buscaba alivio a su necesidad en el roce de sus caderas todavía soldadas. Sus ojos eran turbación virgen y timidez de niña al sostenerle la mirada; la forma en que su cuerpo semidesnudo se le ofrecía a la vista y a la voluntad, sin embargo, era vibrante, altiva, magnificente, digna de una reina. Bañándola con una turbia mirada de veneración Loki se arrodilló delante de ella, reverente como un devoto rindiendo culto, brutal al rasgarle del todo el camisón y arrancarle con ello un pequeño grito ahogado. Su mirada se prendió fascinada y ávida del pubis de Sigyn, tan rojo como su cabello. La sensación de estar viendo materializada una vieja y obstinada fantasía lo sobrecogió, después de tanto como había soñado con ella desde sus días de adolescente. Rozó los suaves rizos con la nariz, deleitándose en el calor y el olor del deseo que emanaban un poco más abajo de ellos, robando de Sigyn un suspiro y un escalofrío que lejos de desanimarle lo espolearon con fuerza. La certeza de ser el primero en verla así, en tenerla así, se abrió paso como un incendio a través de su pensamiento, torturado al segundo siguiente por la inaceptable posibilidad de no ir a ser ni el único ni el último, de que su propio hermano fuese a arrebatarle aquel derecho. Agarró las caderas de Sigyn con posesiva rudeza y lamió la linea entre sus muslos, conminándola a abrirlos. Sigyn le complació de inmediato. Loki oyó quebrarse su respiración en pequeños jadeos. La sintió revolverse bajo cada beso que trepaba voraz hacia su ingle desde la sensible piel del interior de la rodilla, bajo cada lengüetazo que parecía querer disolverle las pecas, con las manos aferrándose cada vez con más fuerza al escritorio según sus piernas empezaban a temblar. Envanecido y enfebrecido por su forma de responder a él Loki le separó todavía más los muslos, desnudando para sus ojos hambrientos los pliegues ya brillantes de humedad. El olor que irradiaba de ellos, salado y limpio, era embriagador ahora. Loki dibujó con la lengua la linea de las ingles de Sigyn antes de usarla para separarle los labios y cubrir su vértice con una intensa y ardiente caricia. Sintió contra la boca la sacudida de Sigyn y la vibración del agudo gemido que ella sofocó a duras penas. La vanidad halagada espoleó la dureza entre las propias piernas de Loki, casi en la misma medida en que lo hizo el delicioso sabor que ahora saturaba su lengua. Volvió a lamerla. Una vez, dos, tres. Una cuarta, rematando la húmeda caricia con una fuerte y ansiosa succión de sus labios. El grito de ella fue incontenible esta vez, pequeño y agudo, perfectamente audible. Loki miró a la cara de Sigyn sin despegar de ella sus labios ni cesar en su desatado afán de deshacerla a lengüetazos. La vio sonrojada y temblando, amordazándose a sí misma con el dorso de una mano para mantenerse en silencio. Loki fue consciente de pronto de lo que significaba estar en las habitaciones de Sigyn, a escasos metros de las dependencias de sus doncellas, allí donde cualquiera podría oírla si levantaba la voz e imaginar lo que estaba pasando, aunque jamas pudieran imaginar con quién. Y por alguna razón las ganas de hacerla gritar aun sabiendo que era peligroso y prohibido fueron atroces, ingobernables. La atacó sin tregua con besos profundos y hambrientos, deslizándose a penetrarla con la lengua para después volver a chupar sin piedad su hinchado clítoris, moviéndose voraz y ágil a lo largo de toda su abertura, humedeciéndola y bebiéndose con avidez su esencia, feliz de cada gemido arrancado con el que Sigyn le confirmaba el poder que ella misma le estaba otorgado sobre su persona.

—Por favor... Por favor...

Los débiles susurros implorantes de Sigyn le hicieron arder sólo de imaginarla pudiendo gritar su nombre, pudiendo hacerle saber a toda la maldita corte de Asgard, cada noche, quien era el dueño de su corazón y de su cuerpo. Poseído del deseo imposible de hacer realidad aquella imagen, Loki aceleró y recrudeció los azotes de su lengua a la vez que deslizaba un dedo dentro de Sigyn sin tanteos ni sutilezas, hasta la misma base. Renunciando a su mordaza Sigyn llevó la mano de su boca hasta el pelo de Loki, tratando de apartarlo de ella porque la mezcla de las distintas sensaciones era demasiado abrumadora y sus piernas apenas la sostenían ya. Pero Loki no se lo permitió. Sus labios y su lengua siguieron firmes y constantes sobre ella, perseverantes en su tortura y aliados con el suave serpentear de su dedo entre sus prietas paredes. No tuvo que insistir mucho antes de que Sigyn dejara de resistirse y empezara a buscarle con las caderas, tímida al principio, pronto frenética. Loki no podía describir lo que le hacía tenerla retorciéndose así bajo sus besos, follando con su boca. Y la forma en que sus paredes abrazaban su dedo, bañándolo en aquella humedad ardiente y estrecha, atormentando su imaginación con aquel adelanto de lo que podía ser estar del todo dentro de ella poseyendo hasta el último resquicio de lo que ya le pertenecía de corazón... Haciendo vibrar un rugido sordo contra el clítoris de Sigyn Loki pasó una de sus piernas por encima de su hombro y se incorporó en un rápido y ágil movimiento, levantándola consigo para sentarla encima del escritorio y seguir devorándola allí, inclinado sobre ella como un lobo a punto de despedazar una presa caída. Su dedo podía moverse con más facilidad en aquella postura y no resistió el impulso de acompañarlo de otro, satisfecho de ver a Sigyn arquearse y gemir al recibirle. Deslizó sus dedos dentro y fuera de ella a un ritmo cada vez más endiablado, girándolos suavemente en cada vaivén, haciendo que Sigyn se estremeciera contra su boca y se retorciera tumbada sobre el escritorio y le tirara con fuerza del pelo en el cada vez más titánico esfuerzo de mantener a raya las ganas de romperse a gritos.

—Di mi nombre —jadeó, ordenó, rogó Loki, incorporandose un instante para poder recrearse en aquella imagen gloriosa: su único amor tendido ante él semidesnudo y convulso, empalado en sus dedos, ofreciéndole sus caderas, ansioso de su boca—. Quiero que digas mi nombre cuando te corras, Sigyn, quiero que lo reces, que lo grites. Dilo. Que te oigan. Que se entere toda la maldita corte de Asgard de que Loki Odinson es tu dueño y de que nunca pertenecerás a ningún otro...

Sigyn gimió como si las palabras de Loki dolieran; como si la necesidad preñada de tristeza que había en la voz de Loki le tocara partes frágiles del alma, a la vez que sus dedos le pulsaban puntos de la carne conectados directamente con la locura. Estaba casi a punto de correrse, su cuerpo tenso y eléctrico al borde del abismo necesitado tan solo de un simple y minúsculo empujón que Loki estuvo más que feliz de darle, besando otra vez su coño con la misma pasión con que solía besarle los labios hasta que la tuvo rompiéndose en olas calientes alrededor de sus dedos, su boca desencajada en un interminable grito mudo. Y durante largos segundos, por más que Sigyn se lo suplicó con un hilo de voz, Loki no se detuvo. Siguió devorándola desenfrenado, implacable, sus dos manos sujetándole ahora ambas caderas contra el escritorio, decidido a no parar hasta que él estuviera saciado, hasta que él hubiera tenido suficiente de aquella gloriosa sensación de omnipotencia que le provocaba ver a su amor desecho una y otra vez por su lengua, hasta que no se hubiera saturado por completo de la delicia que era Sigyn en su boca.

Sólo paró cuando escuchó, por fin, su nombre, fluyendo de los labios de Sigyn como un sollozo entre inconexas promesas de ser suya para siempre.

Su Sigyn, pensó Loki, incorporándose e incorporándola consigo para sostenerla contra su pecho, tan excitado como enternecido, tan satisfecho como inflamado de necesidad, desesperado en cuerpo y alma al recordar el motivo que lo había llevado hasta su lado aquella noche. Su valiente, su hermosa, su incomparable Sigyn. Su pobre inocente amor, que aún no sabía de su inminente compromiso con Thor, que ignoraba felizmente la condena que ya pesaba sobre ellos dos y contra la que ninguno podría hacer nada...

La conciencia de Loki quería decirle que todavía estaba a tiempo de hacer lo correcto, que aún no había hecho nada irreparable que fuera a comprometer para siempre el honor de Sigyn, que se había dejado llevar por la desesperación al saber que iba a perderla y en brazos de quién iba a perderla pero que todavía tenía la opción de parar, de explicarle a Sigyn lo que acababa de saber y por qué debían separarse y luego marcharse a donde nunca más tuviera que volver a verla. Pero Sigyn se aferraba a él con fuerza. Su torso desnudo vibraba contra el de Loki, todavía roto por los jadeos. Sus rizos salvajemente desordenados acariciaban el cuello de Loki mientras él la sentía respirar en su piel y beberse su olor como si su vida entera dependiera de ello. Y la euforia y el deseo y la compulsión de fundirse en ella para llevar la locura hasta el final eran dolorosos, insoportables.

Loki comprendió, un segundo antes de rendirse por completo, que ya no era una cuestión de no poder sino de no querer detenerse. No quería renunciar a Sigyn, no quería decirle adiós, no quería seguir reprimiendo sus ganas de ella, no quería ser tan generoso y jodidamente imbécil de preservarla para otro por mucho que ese otro fuera su propio hermano.

No quería hacerlo y no iba a hacerlo.

Besó la boca de Sigyn con angustia, furioso, como si en su completa inocencia ella tuviera la culpa de aquella bendita agonía. Al responder al beso Sigyn volvió a ser necesidad vibrante y voracidad y fuego, aún no lo bastante saciada de él pese a lo que acababa de experimentar bajo su lengua, nunca tan llena de él como para no querer más, poseída por la misma enfermedad que estaba empujando a Loki a rebelarse contra todo lo bueno y lo sagrado por tenerla para sí. Y Loki sentía que no debería ser así. Aquella no era una aventura cualquiera ni Sigyn una más de las mujeres con las que se había divertido en el pasado. Se trataba del amor de su vida, del sueño que lo había atormentado de anhelo durante años, por fin expuesto ante él y al alcance de su mano. Gozarlo por primera vez debería estar siendo hermoso y dulce y exquisito, algo memorable que dejara pequeños los sueños de ambos, no aquel torrente que fluía atropellado y a trompicones en medio de la ansiedad y la urgencia. Y sin embargo era lo único que Loki podía dar, enloquecido por la inminencia del momento en que tendría que perder para siempre a Sigyn, y era lo único que Sigyn parecía querer mientras se aferraba a él con uñas y dientes y le pedía más de sí mismo con cada beso. Y ambos vibraban tan conformes, tan ardientemente felices de verse saqueados el uno por el otro, que Loki ya no era capaz de pensar con coherencia en nada. Las pequeñas manos pecosas de Sigyn se movieron sobre su torso, peleando torpes pero decididas con los cierres de su ropa, y en medio de su abrasadora confusión Loki incluso olvidó que podía acelerar los trámites con magia. Pronto hubo cuatro manos obrando sobre los complicados cierres de la casaca de cuero y las cintas que sujetaban el pantalón, veinte dedos que se atropellaron los unos a los otros en la desesperación por soltar botonaduras y desechar herrajes que fueron cayendo con rapidez al suelo, puntuando con su estrépito metálico la estremecedora melodía conjunta de los jadeos y los lamentos de impaciencia. Loki despojó a Sigyn con rudeza de los inútiles restos del camisón. Los arrojó frenético a una esquina y su propia camisa no tardó en seguirlos, también maltrecha por la urgencia con la que Sigyn se la sacó por la cabeza sin apenas detenerse a desatar sus cierres. La sed por sentirse piel con piel no les concedió ni un segundo para admirarse en la tan soñada desnudez. Los pantalones de Loki cayeron hasta la mitad de sus muslos sin que él pudiera discernir a ciencia cierta quién de los dos los había bajado. Su miembro enrojecido y tieso apenas tuvo un instante de alivio tras ser liberado del cuero que lo oprimía, abrasado de inmediato en el calor infernal que era la piel del vientre de Sigyn. Abrazarla era como restregarse contra una llama, era enloquecedor, era tan maravilloso que Loki apenas logró contener un sonoro grito de triunfo al tenerla por fin así, desnuda contra él y para él. No quiso perder un sólo instante en preguntarle a Sigyn si estaba segura de querer aquello. Se rodeó las caderas con sus piernas y la empujó hasta tumbarla otra vez sobre el escritorio. Se excitó más y más con el baile indecente de sus lenguas al disputarse el dominio en el beso, con la forma en que aquel soñado cuerpo sinuoso y enérgico se arqueaba hacia él, con las oscilaciones de las suaves caderas que buscaban las angulosa dureza de las suyas. Allí donde los enrojecidos labios de Sigyn no eran capaces de articular más que gemidos incoherentes su piel y sus manos al reclamarle y sus uñas clavándose en su espalda gritaban alto y claro, pidiéndolo a él y sólo a el, sin demora y en todas partes, enloqueciéndolo con aquella impaciencia desnuda que nunca antes había sentido volcada en su persona. Loki la besaba y la tocaba con agresividad y se sentía delirar con cada vaivén en que los pliegues todavía empapados de su saliva resbalaban sobre su erección. No dejaba de mirarla a los ojos mientras le rogaba que no dejara de mirarlo a él, enamorado de aquella expresión de Sigyn que estaba más allá del simple deseo, que se escapaba de todo cuanto Loki hubiera conocido hasta entonces. Y segundo a segundo, la creciente certeza de que se merecía a Sigyn y de que no iba a poder renunciar a ella ni permitir que Thor la tuviera para él pulsó cada vez con más furia en sus entrañas, endureciéndolo hasta extremos insoportables que ya no podían ser ignorados por más tiempo.

—Sigue, Loki. No me importa si me haces daño. Te necesito ya. Necesito tenerte dentro. No pares, por favor, por lo que más quieras...

La voz de Sigyn fue música en sus oídos al encadenar un ruego con otro, un lamento con otro. Por favor, musitaba con aspereza, por favor, le repetía una y otra vez mientras él se lubricaba en su humedad, por favor, por favor, mil veces por favor, tan ansiosa, tan acompasada con su propia necesidad que casi era como si él mismo estuviera suplicando. Loki la miró hechizado y frenético, apoyado en el escritorio sobre sus brazos extendidos. La inercia y la desesperación tiraron de sus caderas hacia las de Sigyn en un vigoroso y firme movimiento ondulante. Su cerebro fue consciente de la rigidez que quería oponerse a su avance pero su cuerpo la ignoró. Forzó su erección lenta e inexorablemente a través de la pequeña abertura de Sigyn con los labios pegados a su sien y el pulso desbocado, musitando una letanía de ardientes y deshonestos lo siento mientras sentía la carne virgen abrirse para él y acogerlo en un abrazo imposiblemente prieto. Sigyn clavó las uñas en su nuca y ahogó en su hombro un grito de animal herido, rígida por un instante eterno debajo de él. Hundido en su estrechez y sintiéndose empapado en la súbita humedad caliente de su sangre, Loki acunó el rostro de Sigyn con una mano y besó sus mejillas, saladas de lágrimas. El sollozo entrecortado de Sigyn le acarició la boca mientras se retiraba lentamente de ella para después volver a llenarla, y su patente avidez por él aun en medio del dolor pulverizó los últimos restos de su temple y su cordura.

—Lo siento —gimió de nuevo, casi incapaz de articular las palabras bajo aquella sensación de deslizarse a través de ella que le estaba robando el aliento—. No dolerá las próximas veces, te compensaré, haré que sea increíble, te lo prometo... Te lo prometo...

Se negó a sentirse culpable, se negó admitir que había mentido a Sigyn al ocultarle lo que sabía y que le estaba mintiendo ahora al hacerle promesas basadas en un para siempre imposible. En aquel instante, en su mente aturdida por las emociones y el placer, el futuro existía infinito y dorado para los dos, tan vivo como ellos mismos, tan real como la sólida suavidad de Sigyn debajo de su cuerpo o el húmedo sonido de sus vientres al rozarse con cada embestida. En su mente ellos dos eran posibles y no iba a permitir que la realidad dictaminara lo contrario. La necesidad de reafirmarse en la certeza de que eran el uno del otro y lo seguirían siendo a costa de lo que fuera fue imprimiendo a los movimientos de Loki un ritmo cada vez más urgente, a sus besos una violencia cada vez mayor. Sigyn se arqueó gimiendo debajo de él, buscando compensación para el dolor en la tibieza y en los labios de su amante, dichosa en medio del tormento porque era él quien se lo daba, feliz porque era él quien estaba abriendo su carne por primera vez y porque, pasara lo que pasara después, aquel instante les pertenecía y ya no podría arrebatárselo nadie.

—Soy tuya, ¿lo sabes, verdad? Lo seré siempre... Siempre, mi Loki, mi amor, mi vida, siempre, siempre...

La ahogada y ronca letanía de Sigyn empujó brutalmente a Loki, dejándolo tan cerca del abismo que ahora era él quien no necesitaba más que un pequeño empujón para precipitarse al vacío. Subió las piernas de Sigyn de sus caderas a su cintura para forzarse más adentro en cada golpe. La tensión aumentó en su bajo vientre hasta el borde del estallido a medida que las reacciones de Sigyn se desvinculaban del dolor para recordar el placer que antes la había roto contra su lengua. Rugió cuando Sigyn empezó a suplicar otra vez —más, más deprisa, más fuerte, no pares, no pares nunca, mi amor, no pares nunca— y deslizó una mano entre los dos para masturbarla mientras se complacía en follarla tal y como ella le estaba pidiendo, deprisa, fuerte, decidido a romperlos a los dos antes que parar. Y se obligó a mantener los ojos abiertos en contra del placer insoportable que quería obligarle a cerrarlos, porque había imaginado tan obsesivamente el rostro de Sigyn cada vez que había poseído a una mujer en el pasado que ahora que la tenía corriéndose entre sollozos debajo de él necesitaba verla, mirarse en sus pupilas, sentir sus manos, ser consciente de que al fin era ella con cada pequeña y ardiente molécula de su ser inflamado en el filo del éxtasis.

—Te quiero, Loki, te quiero tanto...

Y aquello lo deshizo. Bastaron esas palabras suspiradas entre lágrimas y la sensación de las uñas de Sigyn crispadas en su espalda para disolverlo del todo y desatar en un repentino espasmo toda la tensión contenida en su vientre. Lejos del punto de cordura en el que todavía podían importarle las consecuencias Loki se derramó ardiente e incontenible en el interior de Sigyn, agarrado a su cadera como si fuera a perderse en el abismo si la soltaba, ahogando un aullido de agonía en la piel de su cuello salada del sudor y del llanto. Durante segundos, arrullado por los jadeos de los dos y por los murmullos de Sigyn que eran mitad sollozo y mitad risa, Loki siguió meciéndose contra su cuerpo en un abrazo estrecho y amante. Se deleitó feliz en la densa mezcla de humedades en la que ahora estaban soldados y la reclamó con besos que a despecho de la falta de aire todavía fueron ávidos y profundos. Después permaneció una pequeña eternidad absolutamente quieto y en silencio, sintiendo contra su pecho cómo se serenaban la respiración y los latidos del corazón de Sigyn.

Ya era irreparable, se dijo como ebrio, queriendo encontrar en su interior horror y culpa y no demasiado sorprendido de no hallar otra cosa que las ansias de rebelión contra la injusticia, más incendiarias y devastadoras que nunca. Aquellos te quiero habían sido como la voz de los dioses creando un hombre nuevo de la nada al fluir en la voz rota de Sigyn, y la sola idea de no volver a escucharlos jamás hacía que a Loki le hirviera la sangre, que ardieran las lágrimas detrás de sus párpados fuertemente cerrados.

Y de repente, mientras su interior bullía y se desmoronaba de rabia ante lo injusto y lo inexorable de su destino, algo rozó con suavidad una de sus manos. Y aunque hacía muchos años que no la sentía, Loki reconoció de inmediato la peculiar caricia de la magia de Sigyn, más definida que nunca contra las yemas de sus dedos. Cuando abrió los ojos su sorpresa fue infinita al descubrir que al escritorio le habían brotado ramas. Ramas de verdad. Ramas jóvenes, cubiertas de hojas nuevas y frescas. Como si el roble del que un día fuera extraído el tablero todavía siguiera orgulloso y en pie en mitad del bosque. Como si la madera, por obra de una magia incontenible y extraña que desde luego no había partido de él, hubiera vuelto a la vida.

Y entonces lo comprendió.

—Eres tú —susurró, hechizado.

El corazón hibernado que había despertado en la gruta sagrada de los liosalfar tras su apasionado arrebato, aquello que estaba sucediendo ahora mismo ante sus ojos... No era distinto de las cosas que Sigyn provocaba sin control en su niñez y en su adolescencia, de las flores secas que revivían y de la primavera que se adelantaba en los manzanos del jardín y de las crías de petirrojo que eclosionaban antes de tiempo a la vez que milagrosamente maduras. No era distinto en absoluto. De pronto parecía claro como la luz del día que, muy por encima de las atrofiadas habilidades que habían intentado entrenar durante su infancia, aquél y no otro era el verdadero poder de Sigyn: instilar vida en las cosas, quien sabía si también quitársela, una magia incontrolable y oscura pero por encima de todo fascinante. Y si Loki asumía como cierta su vieja suposición de que eran las emociones de Sigyn el detonante de todas las formas de su magia, entonces tenía que asumir también que de entre todas sus emociones eran las más poderosas y puras las que provocaban aquellas incontrolables explosiones de vida. Y que todas las veces en que Sigyn había irradiado ese poder, incluso las primeras veces, muy lejos todavía del momento en el que ellos dos habían empezado a enamorarse de manera consciente, él había estado presente, involucrado, provocándola de una u otra manera.

Y que por tanto...

—No, Loki —Sigyn, casi sin prestarle atención a su obra, acunó el rostro de Loki con ambas manos, hablándole tan de cerca que podría haber sido la propia voz de él la que desgranaba las palabras—. Eres tú. Es por ti. No sé cual es la razón pero has estado cerca casi todas las veces que he podido hacerlo, si no a mi lado en mi pensamiento, en mi corazón... Eres tú quien lo desata, de alguna manera que no comprendo, ¿te das cuenta?

Loki sintió que se resquebrajaba. Por supuesto que se daba cuenta. Ahora lo comprendía, justo cuando ya era demasiado tarde, justo a las puertas de despedirse para siempre de aquel prodigio inabarcable incluso para él que era Sigyn.

¿O tal vez no?

¿Tal vez...?

—Esto tan extraño que tengo dentro es algo que despiertas tú, desde que somos niños. Es algo que sólo se despierta contigo. Y no puedes hacerte una idea de lo terrible y lo hermoso que... Loki, ¿estás temblando?

Vaya si estaba temblando. Temblaba febril, pensando en aquella nueva conexión sobrenatural entre ellos, pensando en cuántas cosas más le quedarían por descubrir en las que Sigyn y él eran únicos e irremplazables el uno para el otro, y en cómo un destino abusivo e injusto pretendía malograr aquella maravilla como si no significara nada. Él poseía una esencia única, un olor que lo definía y que por alguna razón sólo Sigyn parecía capaz de percibir, de reconocer, de amar. Y todo en Sigyn, hasta la magia que ella era incapaz de controlar, lo reconocía a él como su amor y su dueño. Su vínculo era sagrado, ahora Loki lo veía claro. Era algo forjado quizá incluso antes de que nacieran, algo que obedecía a fuerzas frente a las que ni la omnipotencia de Odín ni sus designios inviolables ni ninguna estúpida noción moral sobre lo que estaba bien y lo que estaba mal tenían nada que hacer.

Loki tembló, sí, pero no obedeciendo a la cólera. Porque evaporadas de pronto la desesperación y la amargura en presencia de aquel nuevo descubrimiento, ya sólo quedaba felicidad en su pecho, una felicidad tan intensa y feroz que vibró como un seísmo a través de su carne.

Nada iba a apartarlo de Sigyn.

Nada.


Todo iba a salir bien.


En algún momento de los minutos que siguieron, limpio con un hechizo el desastre de sangre y semen y ramas vivas en que su pasión había convertido el escritorio de Sigyn, acurrucados en la cama el uno contra el otro, desnudos los dos por completo bajo las mantas, todavía con el aliento acalorado y el sudor a medio evaporar de la piel, algo cambió irrevocablemente dentro de Loki.

Algo, aplastado por el peso de todas las certezas que habían ido golpeando a Loki después de hacer el amor con Sigyn, murió para renacer convertido en el núcleo de un hombre que era Loki y al mismo tiempo no lo era.

Y aquel nuevo Loki tenía un plan.

La idea se abrió camino en su mente en medio de la dorada bruma que la invadió tras el orgasmo, emergiendo imparable y clara como un relámpago de entre todos los confusos recuerdos de las últimas horas.

Si la provocación de Jötunnheim fuera suficiente.

Con gran dolor de su corazón -o incluso sin demasiado dolor, si era honesto consigo mismo- su felicidad parecía pasar ahora de forma irremediable por apartar a Thor del trono. Y eso era exactamente lo que pensaba hacer, olvidada muy atrás la honorable y leal sumisión al deber que unas horas antes lo había decidido a renunciar a Sigyn. Quitaría a Thor del medio. Sin temores. Sin dudas. Sin remordimientos.

Sólo tenía que meter a los Gigantes de Hielo en Asgard.

El propio Thor le había dado la idea y él tenía los medios para materializarla. Los jotunn llevaban años detrás de recuperar su preciado Cofre de los Inviernos Antiguos y con él su mayor arma y su dignidad de raza humillada. Nada habían podido hacer hasta entonces por violar la frontera entre los reinos, sabedores de que Heimdall alertaría de inmediato al rey de Asgard. Pero eso era porque nunca habían tenido de su lado a alguien que pudiera moverse entre los mundos a espaldas del Guardián. Alguien, digamos, capaz de infiltrar a varios de aquellos monstruos en la Cámara de las Armas aprovechando que todo el mundo estaría centrado en la coronación de Thor. Alguien que al mismo tiempo, a espaldas de ellos, pudiera tomar la forma de un capitán de la Guardia Real para mandar apostarse en la Cámara a varios de sus hombres y bloquear así cualquier posibilidad de éxito de los intrusos. Los jotunn jamás llegarían a poner sus asquerosas manos heladas en el Cofre y los guardias jamás adivinarían cómo habían podido entrar, pero el daño estaría hecho y la semilla del caos y de la caida temporal de Thor habría sido sembrada. Una intrusión así, un incidente lo bastante grave como para detener la coronación, sería algo que Thor entendería como una provocación suficiente. Ya se encargarían Loki y sus dotes de persuasión de que eso fuera así. Si no nacía del propio Thor, ya instilaría él en la mente de su hermano el ver aquello como un insulto, un sabotaje a su gran día de gloria, una afrenta al honor de Asgard lo bastante intolerable como para que el poderoso heredero de Odín se sintiera impelido a responder con contundencia, con arrogancia y con estupidez, invadiendo suelo jotunn incluso, demostrándole a su padre con ello hasta qué punto todavía no estaba preparado para ser rey y merecía un escarmiento que lo pusiera en su sitio...

Y así, con Thor convenientemente apartado del escenario, Loki tendría oportunidad y tiempo para cambiar las cosas a su antojo. Manipular las mentes y los actos y el sentir de los demás era parte de su naturaleza, un don que manejaría en esta ocasión como un consumado y despiadado maestro. Odín tendría que considerar a su hijo menor para sucederle, y también para llevar a cabo, sin riesgo de fastidiarlo todo, esa alianza matrimonial con Vanaheim en pos de su preciosa Paz Perpetua. Y entonces Loki se habría salido con la suya. Tendría a Sigyn y también tendría, aunque fuera de manera efímera, el reconocimiento de su padre a la evidencia de cuál de sus dos hijos era el más preparado, el más responsable, el más digno de sucederle. Y una vez conseguido eso, una vez Sigyn y él fueran públicamente el uno del otro de manera irrevocable, Thor y Odín podrían volver a quedarse la gloria y el condenado trono enteros para ellos, si tanto los querían.

Aquél era el plan de Loki. Y aunque podía parecer una aberración y quizá en verdad lo fuese, era al mismo tiempo tan perfecto que no podía fallar. Loki lo vio absolutamente claro mientras abrazaba a Sigyn después de hacer el amor con ella, e impuso aquella certeza a las dudas y los reparos morales que aún querían sujetarle. Buscó argumentos en las curvas de la suave espalda pecosa que se adaptaba a su pecho como si el mismo poder superior que había unido sus destinos también los hubiera diseñado el uno a la medida del otro. Y llegó a la convicción de que cometer aquella locura, en realidad, sería lo mejor para todos. Para él, para Sigyn, para Asgard.

Incluso para el mismo Thor.

No era como si estuviera traicionando a su hermano, se do Loki, casi ofendido consigo mismo por contemplar la idea. No era como si estuviera maquinando dañar a su propia sangre, lo segundo que más amaba, lo que más le importaba en el mundo después de Sigyn. Nadie saldría herido de aquello a excepción de los monstruos que accedieran a ser sus cómplices; esos habrían de ser sacrificados, por supuesto, pero no importaban, no contaban en los balances morales, no eran más que alimañas sin las que el Universo sería un lugar mejor y cuya pérdida no lamentarían ni sus propios congéneres.

No, no iba a traicionar a Thor. No iba a causarle ningún daño irreversible. Simplemente le estaría evitando a su hermano el deshonor de ser recordado como el peor soberano que jamás hubiera conocido Asgard, y a Odín la vergüenza de haberlo coronado rey cuando todavía no era su momento. Le estaría concediendo la oportunidad de madurar hasta convertirse de veras en el líder perfecto que creía ser cuando se miraba al espejo. En realidad, si lo pensaba bien, les estaría haciendo un enorme favor a todos. Que de paso algunas cosas fueran a cambiar en su beneficio y los complejos planes que su padre llevaba décadas diseñando para Asgard y Vanaheim acabaran viéndose ligeramente modificados...

Qué se le iba a hacer, se dijo, sonriendo travieso contra el pelo de Sigyn y haciendo que ella se estremeciera con deleite entre sus brazos al sentirlo. No se podía tener todo. Odín podría vivir con la idea de que los aesir y los vanir no fueran a unirse bajo el mismo cetro en aquella generación. Él, en cambio, no podría vivir sin Sigyn. El dictamen de la balanza estaba más que claro.

Y el Loki que ahora estrechaba contra su cuerpo a su exhausta amante no era el que durante toda su vida se había resignado a vivir a la sombra de su hermano, a mendigar la aprobación de su padre y a ser el segundo plato en el mejor de los casos. El Loki que mimaba la espalda de Sigyn con los labios y su vientre con las manos, desplegando tras la tormenta de angustia la calma del que sentía que tenía toda la eternidad por delante, no era el mismo que pocas horas antes se había desesperado creyéndola perdida y había entrado en aquella habitación con la intención de despedirse de ella para aceptar un destino inapelable.

No era el mismo en absoluto.

—¿Aún te duele? —musitó.

—Un poco.

La somnolienta satisfacción que teñía la voz de Sigyn hacía que a Loki se le inundara el pecho de calor. Soñadora, relajada, feliz de sentir todavía el dolor porque eso significaba que al fin era suya. Así sonaba Sigyn en sus brazos. Loki no creía que pudiera conocer una música más gratificante que aquella aunque llegara a vivir diez mil años más.

—Será mejor las próximas veces —replicó, con un inequívoco matiz de provocación tiñendo sus palabras—. Será tan increíble que no querrás dejar de hacerlo y tendrán que venir a sacarnos a rastras de la cama.

Sigyn rió a carcajadas, divertida e incrédula.

—Y no estás exagerando nada —afirmó con ironía.

—Claro que no. Igual incluso me quedo corto. Al fin y al cabo tenemos toda la vida por delante para perfeccionarlo...

Sigyn suspiró en sus brazos al escuchar aquello,

—Ojalá...

—Nada de ojalá —la cortó él, sin poder dejar de sonreír—. Es un hecho, Sigyn.

Había una evidente suspicacia en los ojos de ella cuando volvió el rostro hacia atrás para mirarlo.

—¿Por qué pareces tan seguro? —le preguntó.

—¿Porque lo estoy? —sugirió él, burlón.

La besó en la nariz ignorando su ceño. Después, incorporándose sobre un codo, la volteó con suavidad hasta dejarla tumbada boca abajo, pidiéndole al oído que le dejara hacer. Deslizó lentamente su otra mano por la espalda de Sigyn, recreándose en la belleza del contraste entre sus pieles. Su caricia viajó despacio sobre las nalgas de su amante antes de sumergirse entre sus muslos. Loki sintió cómo Sigyn se tensaba, vacilante entre huir del contacto o buscarlo. Se inclinó a depositar un suave siseo en su oído, instándola a permanecer quieta, a confiar en él. Sigyn, como siempre, confió. Las yemas de los dedos de Loki se deslizaron como plumas sobre los labios todavía sensibles y doloridos. Él pensó que la piel de la espalda de Sigyn erizándose en carne de gallina era, definitivamente, una visión a la que le iba a encantar acostumbrarse.

—Está frío.

No había sido una queja. Loki sonrió, algo más que un poco presuntuoso. Aquella era sólo una de las muchas cosas que pensaba hacerle en aquel futuro que les aguardaba y que sabía que le iban a gustar. La había hecho suya con premura, con desesperación, casi con torpeza, pero ahora iba a disponer de toda la vida para tomarse las cosas con calma y ser exquisito. Se iba a asegurar de que fuera así. A quién tuviera que pasarle por encima para conseguirlo... Eso era lo de menos.

—Magia —replicó, travieso.

—¿Y no se suponía que sólo los Gigantes de Hielo pueden conjurar frío?

—¿No se suponía que el Bifrost es la única forma de moverse entre los reinos?

Sigyn resopló ante su arrogancia, intentando no reír. Loki depositó una cadena de besos pequeños y casi inocentes sobre su columna, cuidadoso de no intensificar el roce de la mano sanadora. Los pliegues de Sigyn se sentían ardientes contra sus dedos helados por el hechizo. El hormigueo del deseo renació con fuerza bajo su ombligo, un reflejo fiel de la inquietud que la suave tensión en los muslos de Sigyn empezaba a delatar. El deseo bullía de nuevo en la sangre de Loki y ahora, libre de angustia, pensaba degustarlo sin prisa. Quería recrearse en Sigyn, desgranar poco a poco la pasión que ella le inspiraba con la calma que antes le había faltado. Quería hacerlo y lo haría porque ahora sabía que tenían tiempo para saborearse, para explorarse, para aprenderse de memoria y absorber cada detalle hasta no saber distinguir dónde acababa la piel del uno y empezaba la del otro. Tenían tiempo, en verdad. Todo el tiempo del mundo. Dentro de poco ni siquiera tendrían que seguir escondiéndose.

Todo iba a salir bien.

—¿Mejor? —preguntó.

—Increíble —reconoció Sigyn—. ¿Sabes que tu magia hace cosquillas?

—También lo hace la tuya. Aparte de poner las habitaciones perdidas de ramas, claro.

Sigyn rió, vibrando contra su mano. Loki aventuró uno de sus dedos dentro de ella; no más que la punta, lo justo para instilar en su interior la misma magia helada y calmante capaz de aplacar la quemazón y los restos del dolor.

—Me encanta que seas tan buena paciente —murmuró en su oído, sintiéndola reprimir el impulso de moverse contra él.

Sigyn levantó un poco el rostro para mirarle directamente a los ojos y le rozó la nariz con su nariz, en un gesto tierno y casi infantil que sin embargo le puso duro como el granito. Una de aquellas adoradas manos pecosas se posó en su cintura y viajó despacio sobre el dibujo de sus costillas. La mirada de Sigyn se desvió desde los ojos de Loki hasta su pecho para contemplar, absorta, cómo cada linea que los músculos dibujaban bajo la pálida piel se tensaba con el tacto de sus dedos.

—Eres hermoso, Loki. Ni te imaginas cuánto.

La admiración de Sigyn lo sobrecogió. No eran simples halagos, no eran miradas forzadas que buscaran adularle para alimentar su deseo. Lo que había en los ojos de Sigyn al mirarle era algo a lo que no estaba acostumbrado. Era fascinación genuina, el embeleso de quien de veras creía estar ante la visión más bella del Universo. Bajo aquella mirada Loki se sintió perfecto por primera vez en su vida. Su espíritu y su piel vibraron de euforia. Besó la boca de Sigyn y cerró los ojos para recrearse en las sensaciones, en la calidez, en el sabor, en el roce de los dedos que descendían calmados hacia su pelvis, en la suavidad con la que ella se mecía contra su mano.

Casi quiso reírse, al recordar que había creído de veras que podría renunciar a aquello.

El hechizo se extinguió de los dedos de Loki y sólo quedaron las caricias, cada una más abiertamente lasciva que la anterior pero todavía lentas y sosegadas. Giró poco a poco a Sigyn hasta tumbarla de espaldas y fue moviéndose con calma para tenderse sobre ella, sintiéndola ondularse debajo de él en medio de besos largos y profundos. El ansia se fue desatando despacio en los cuerpos y los gestos de los dos, nada que ver con la devastadora urgencia de antes.

Todo el tiempo del mundo para estar juntos, se repitió Loki, una y otra vez.

La vida entera. La eternidad a su disposición para deleitarse en la forma que tenía Sigyn de respirarle, de olerle como si no hubiera en ningún mundo conocido o por descubrir nada más delicioso que él, igual que estaba haciendo ahora mientras Loki ronroneaba y hundía los dedos en su adorada melena de color fuego. La evidencia de aquel extraño vínculo que los unía desde niños fue directa a la parte del cerebro que albergaba el insensato plan de Loki, fortaleciendo su determinación y haciendo trizas los escrúpulos. De ahora en adelante, decidió Loki, cada pequeño recordatorio de lo única y preciosa que era su unión con Sigyn sería un argumento que la legitimara, un peso más a favor de su locura en la balanza. Porque no eran sólo imaginaciones suyas, no: estaban en verdad predestinados a estar juntos. Y lo estarían.

Costara lo que costara.

—Loki...

—¿Hmm...?

—Sé que es un poco tarde para preguntar esto pero ¿tus talentos con la magia no incluirán también, por casualidad, la capacidad de no dejar embarazada a una chica?

Loki se congeló en mitad del gesto de besarle un hombro. Si Sigyn hubiera podido verle la cara en aquel preciso instante, le habría sorprendido encontrar el gesto culpable pero divertido de un niño pillado en medio de una travesura, en lugar del de un hombre preocupado, con razón, por un descuido del que podrían derivarse funestas consecuencias. A Loki, en cambio, no le sorprendió su propia tranquilidad. Ahora que la contemplaba, la posibilidad le parecía más que asumible, casi deseable. Si consumar un matrimonio lo validaba, engendrar un hijo lo hacía irrevocable, al menos bajo las leyes de Asgard y de Vanaheim. Y en cuanto a concebirlo ya o esperar a hacerlo de manera legal...

—No te preocupes por eso ahora —murmuró contra su piel.

—¿Ah, no? ¿Y cuándo sería buen momento para empezar a preocuparnos? ¿Después de que diera a luz? ¿Crees que un embarazo sería igual de fácil de esconder que un hímen roto, pedazo de...?

Riendo, Loki sujetó la cara de Sigyn con ambas manos y la amordazó con un beso interminable que los dejó a los dos sin aliento, prendidos en llamas en cada punto donde sus cuerpos se estaban tocando.

—No hay nada, ¿me oyes?, nada que deba preocuparnos. Si por una casualidad del destino pongo hoy un hijo nuestro en tu vientre, amor, será legítimo. Porque para cuando sea obvio y la gente lo descubra tú ya serás mi esposa.

Los ojos de Sigyn -tan azules, tan claros, tan amantes- reflejaron una sorpresa abismal, no tanto por lo dicho como por la vehemencia con que había sido dicho. Loki sentía cada una de aquellas palabras, creía en ellas ya como en un dogma de fe, y las había pronunciado como los dioses antiguos pronunciaban sus leyes. Nunca en toda su vida había hablado más en serio.

—¿Te has vuelto loco?

—¿Acaso lo parece?

—Sí, te has vuelto completamente loco —insistió ella, sonriendo como contra su voluntad—. Porque no hueles a hidromiel y no veo que te hayas dado ningún golpe en la cabeza, así que sólo queda la posibilidad de la enajenación mental para explicar...

—¿Te quieres callar y escuchar lo que te digo? —protestó Loki, sonriendo también—. Seremos marido y mujer antes de que acabe el invierno.

—Loki...

—Es más: pedí tu mano cuando fingía ser Gunnarson y tú aceptaste. Y acabamos de consumar, me atrevería a decir que muy satisfactoriamente, nuestro compromiso. Por lo que a mí respecta todos los trámites se han cumplido y ya estamos casados.

—Pero...

—¿Confías en mí, Sigyn?

La pregunta sobraba, y Loki lo sabía. Veía ahora las dudas de Sigyn en su ceño ligeramente fruncido, el tinte de sospecha en los ojos que recorrían su rostro tratando de buscar indicios de qué era exactamente lo que no le estaba diciendo. Ella lo conocía demasiado bien como para ignorar que tras aquella súbita seguridad en lo imposible tenía que haber algo escondido, un tramposo as en la manga. Pero Loki no temía por su respuesta. Sigyn siempre había confiado en él, desde el principio, desde aquella primera clase juntos que lo había cambiado todo para siempre. Le había confiado su magia, sus secretos, sus sueños, su amor, su alma, su cuerpo. Le confiaría también su futuro, no le cabía la menor duda.

—Claro que confío en ti, Loki, pero...

Volviendo a silenciar a Sigyn con sus labios y estrechándola fuerte contra él, Loki giró sobre sí mismo hasta quedar tendido sobre su espalda con ella encima suyo, cabalgándole a la altura de las caderas. Se recreó en devorar su boca durante minutos y en recorrerla con caricias gentiles, tomándose su tiempo en prepararla porque tiempo era lo que les sobraba, ahora que estaba decidido a ganar la eternidad para ambos. Sigyn pareció querer aferrarse a sus recelos pero su propio cuerpo la traicionó, rindiéndose antes que ella y deshaciéndose sin voluntad contra el cuerpo de él. Pronto no fue más que humedad y hambre al moverse sobre Loki, al tocarle, al frotarse contra su pelvis inflamada hasta casi terminarlos a los dos antes de haber empezado.

Aquella vez fue diferente. Aquella segunda vez Loki dejó que fuera Sigyn la que llegara a los límites de su paciencia y diera el último paso cuando todo lo demás no fuera suficiente. Permitió que ella decidiera cuándo y cómo y a qué ritmo tenerle dentro y devoró con ganas las expresiones de su rostro ruborizado mientras copulaban despacio, sin decirse nada, dejando que los sonidos y el temblor y la carne de gallina y las lenguas y los dientes y los ojos abrasados de amor hablaran por ellos, saboreando cada pequeño detalle como algo exquisito de lo que nunca fueran a poder saciarse en mil años que vivieran. Sólo hacia el final se dejaron ganar por la urgencia, y ni siquiera en eso aquella vez fue remotamente parecida a la primera. No hubo dolor ni lágrimas en los ojos de Sigyn, no hubo ninguna lacerante consciencia de estar despidiéndose emponzoñando de pena el corazón de Loki. No hubo nada que empañara la sudorosa felicidad de estar deshaciéndose el uno en el otro, sólo el orgasmo, primero el de ella, más tarde el de él, dejándolos reducidos a un cálido nudo inmóvil de miembros y lenguas sobre la cama.

—¿Qué es esta vez, Loki?

Había un punto casi de miedo en la voz de Sigyn cuando al fin fue capaz de hablar y preguntarle aquello. Loki no entendió a qué se refería hasta abrir los ojos y ver algo inesperado donde su mirada debería haber encontrado el techo del dormitorio. Y entonces estalló en carcajadas. Eran árboles. El poder incontrolado de Sigyn había creado cuatro árboles a partir de los postes de su cama. Cuatro árboles jóvenes y esbeltos, que se doblaban los unos hacia los otros al llegar al techo y se entretejían para formar un dosel de ramas y hojas vivas, varios metros por encima de sus cabezas. De pronto era como si estuvieran yaciendo bajo la bóveda de un pequeño bosque. Era increíble y absurdo y embarazoso pero también sublime. Era algo que sólo podía sucederles a ellos dos, de entre todas las almas que poblaban los Nueve Reinos. Era magia. La mejor clase de magia.

—Así que exageraba al decirte lo mucho que íbamos a mejorar, ¿eh?... ¿Qué será lo próximo, Sigyn? ¿La puñetera Selva Negra de Svartalfheim? ¡Ouch!

Ella había dejado de lado la azorada contemplación de su involuntaria obra para golpearle en el pecho, y no precisamente con suavidad.

—Eres un condenado cabrón presuntuoso.

—Y tú un peligro, mi Sigyn. Como no aprendas a controlar ese don tuyo me veo teniendo que podar con magia todo el maldito palacio cada vez que hagamos el amor —se burló.

Pero a pesar de su sarcasmo acarició con delicadeza el rostro de Sigyn, apartando cada uno de los mechones húmedos de sudor que le habían caído sobre el rostro. Y a pesar de su muy mal fingido enojo Sigyn le besó los dedos. Y luego rieron. Rieron los dos bajo el caótico estallido de vida arbórea que habían provocado, relajados y cómplices, iguales en su felicidad como lo habían sido antes en su deseo.

La penumbra que envolvía la habitación cedió terreno, lentamente, a la claridad del amanecer que habría debido ser el último y sin embargo no sería más que el primero de muchos. Loki jugó relajado con el cabello de Sigyn, extendido ahora como una marea roja sobre la almohada. Pensó que quizá en aquel momento, en alguna parte del castillo, alguien trabajaba ya en los preparativos de una boda que jamás tendría lugar. Y sonrió con malévola alegría para sus adentros. Nunca iba a sentirse más feliz de arruinar el esfuerzo de otros.

—¿Qué era eso que querías decirme antes, Loki? —oyó decir a Sigyn, adormilada y tranquila pegada a su costado.

—¿Antes?

—Cuando llegaste aquí y me contaste lo de la abdicación de tu padre... Parecías tan consternado... Había algo más que querías decirme. ¿Qué era?

El recuerdo de haber acudido a Sigyn sólo para comunicarle aquel horror danzó borroso y lejano en la mente de Loki, para quien semejante dolor ya parecía pertenecer a la vida de otro hombre. Buscó suspicacia y reparo en los ojos de Sigyn y no los encontró. Ella sólo tenía curiosidad. Iba a confiar en él, una vez más, y por todos los dioses que no se arrepentiría. Loki acarició su rostro con el dorso de una mano y la miró con el aire de quien jamás hubiera roto un plato en su vida. Las tradiciónes de la realeza asgardiana jugaban ahora en su favor. Como correspondía a la novia de un príncipe, Sigyn no sería informada de su compromiso hasta el mismo día del anuncio oficial. Y él se encargaría de que tal disparate nunca llegara a anunciarse, ni Sigyn a conocerlo. Sería como si nunca se hubiera llegado a planear. Así que no estaba siendo exactamente deshonesto con Sigyn por no contarle la verdad, por no decirle que mientras yacían juntos ella ya era la prometida de su hermano mayor. La estaba protegiendo de la angustia que sentiría al conocer ese destino, y también de la culpa que vendría más adelante, cuando Loki lo desbaratara a expensas de la desgracia de Thor y ella comprendiera que en cierto modo habría sido su cómplice. Estaba preservando la inocencia de Sigyn. Estaba haciendo lo correcto. Por ella. Por todos.

El Loki que en aquel glorioso amanecer de otoño miró a los ojos de la mujer que en su mente ya era su esposa legítima no era el mismo que había acudido a ella hacía algunas horas. Era más seguro, más decidido, más valiente, más insensato de lo que jamás había sido el otro. Había dejado atrás al hijo segundo obediente y desesperadamente ejemplar en cuya piel nunca se había sentido demasiado cómodo. Había dicho adiós a una existencia resignada a contemplar cómo todo lo que él deseaba le era otorgado a su hermano. Había perfeccionado tanto su talento para mentir que ya conseguía engañarse incluso a sí mismo sin apenas esforzarse.

Aquel nuevo Loki había asumido al fin que no era por casualidad que lo llamaban el Dios de las Travesuras, el Embaucador, el Forjador de Mentiras, el Hacedor del Caos. Y tenía un insano matiz de malicia en sus ojos verdes, subrayando y embelleciendo hasta lo sobrecogedor el amor que los anegaba.

—Que te quiero, Sigyn. Eso es todo que tienes que saber —declaró, sincero, sintiendo como ciertos cada palabra y cada silencio, convencido de que en verdad nada importaba fuera de eso, feliz como no lo había sido en toda su vida.

Al otro lado del ventanal el sol salió sobre Asgard e iluminó con suavidad a los dos amantes. Loki, relajado, exultante, se permitió cerrar los ojos y deslizarse hacia un breve y dulce sueño en los cálidos brazos de Sigyn, recreándose en su triunfo y orgulloso de estar sellando el principio de algo allí donde el destino tenía decidido un final.

Porque tenía un plan perfecto.

Y todo, absolutamente todo iba a salir bien.

FIN


Nota de la Autora: supongo que aquí es donde todas os quedáis con cara de WTF pero, en efecto, éste es mi final. Todos sabemos lo que va a ocurrir a raíz de esa jugarreta que Loki le gasta a Thor en su coronación al principio de la película, cómo todo dentro y alrededor de Loki se va a ir al garete al descubrir quién es. Loki trata de frustrar la coronación de Thor para intentar burlar el destino que lo separa de Sigyn, descubre una verdad insospechada en Jötunnheim, ve cómo se derrumba todo lo que sabía acerca de sí mismo y del amor de los suyos y el cataclismo emocional que en él se produce arrasa su cordura y sus afectos. Sigyn no puede ser una excepción a esto. El amor de Loki y Sigyn una vez se desencadenan los eventos de "Thor" es una historia de dolor y rabia que nunca tuve intenciones de contar, porque me costaría demasiado, pero creo que todas podemos imaginárnosla.

Y es así como quiero dejar a Loki: abrazando con entusiasmo su condición de embaucador y tomando decisiones cuestionables con el egoísta muy sano objetivo de conquistar su felicidad así sea por la fuerza, esperanzado y confiado en su capacidad para salirse con la suya, sin imaginar el dolor y la locura que le aguardan un poco más adelante. Entendéis que puestos a contar una bonita historia de amor a modo de precuela de "Thor" quisiera dejarlo aquí, en este falso final feliz, ¿verdad?

Pero todavía me queda algo que decir, porque es demasiado triste pensar en cómo acaban las cosas para mi parejita en "Thor". En un par de días, en el epílogo, tendréis un cierre de la historia a modo de reflejo del prólogo.