Abril

A través de tus párpados cerrados, los intensos rayos de sol de mediodía son tan rojos como las maldiciones que tantas veces has ejecutado. Yaces feliz y somnolienta, en una burbuja de paz producto del orgasmo reciente, deseando permanecer en este estado por siempre (aún sabiendo que la felicidad no es otra cosa más que una emoción efímera).

A tu alrededor la casa descansa en un silencio profundo poco habitual. Tal vez, si te concentraras lo suficiente, escucharías a lo lejos –dos pisos más abajo para ser exactos– el reloj de la Señora Black. Podrías percibir el repiqueteo rítmico del péndulo oscilando de un lado hacia el otro… y el otro… y el otro…

Descartas la idea en el momento. No tienes intención alguna de comprometerte con una realidad que exceda la mera sensación del sol tibio bañando tu piel desnuda; quizás la aspereza del suelo de madera bajo tus dedos, bajo tu cuerpo…

…la presencia de Malfoy a tu lado.

Su respiración todavía es agitada y sientes el (estúpido) impulso de besarlo largamente, propiamente: esta vez se ha esmerado más de lo usual en satisfacerte. Y eso que nunca te has quejado. Aún con la escasa experiencia previa en el área, sabes lo suficiente como para calificar a este extraño hombre como un amante excepcional.

Amante. Te pones colorada como colegiala de sólo pensarlo. ¿Es realmente Malfoy tu amante? Amas pensar, pero odias hacerlo en esto. Tampoco deberías utilizar posesivos, ni siquiera en la privacidad de tus pensamientos; si después de todo, él no es nada tuyo. Sólo se trata de sexo casual. Sin compromisos ni ataduras. En este momento él podría levantarse, salir por la puerta y acostarse con Parvati, Pansy, Cho. O todas juntas al mismo tiempo. Y a ti no tendría que importarte, ¿cierto? ¿Y por qué, entonces, se te revuelve el estómago con sólo pensarlo?

¡Pasen y vean a Hermione Granger, la mujer que jamás sintió celos hasta conocer a Draco Malfoy! Te reirías histéricamente ante la ironía si no fuese porque el asunto perfila más hacia una tragedia que otra cosa.

Llegado este punto, abres los ojos. La verdad estalla ante ti con la fuerza de una ola arrasando en la costa, dejándote aturdida por unos momentos. Contemplas las motas de polvo bailando hipnóticamente en los rayos de luz sin verlas realmente. Y entonces caes en la cuenta que la respiración de Malfoy se ha calmado y tienes la seguridad que está observándote fijamente como siempre lo hace.

Quisieras saber qué piensa en este momento. Por tu parte, a veces (sólo a veces), cuando lo encuentras mirándote así, de manera tan intensa que se te encogen las tripas, te permites fantasear con la posibilidad de que quizás, quizás–

Draco se aleja unos centímetros de ti, de forma que sus cuerpos ya no se tocan. Y bosteza.

A primera vista se trata de una acción banal, insignificante. Pero tú entiendes qué significa.

Pretende que te largues.

Estúpida, estúpida Hermione.

No pierdes tiempo. Te levantas de sopetón, sin pronunciar palabra. Bajo el pálido flequillo, sus ojos oscuros siguen el trayecto que recorres por la habitación en busca de tu ropa desparramada por todas partes. Te mueves con rapidez, recogiendo prenda tras prenda, aunque de manera algo brusca.

Estás enojada (y dolida). Sí hacía un mes no te importaba que te eche, hoy definitivamente eso ha cambiado.

– ¿Dónde rayos está…?

Tu pregunta queda a medio formular cuando notas que de su mano cuelga tu sostén. Parece que se está divirtiendo, o al menos eso dicen las comisuras de sus labios.

Cabrón.

¡Dios, cómo desearías que las cosas con Ron hubieran funcionado! Por lo menos no te encontrarías en esta situación, arrojada fuera del cuarto con su semilla aún húmeda en la entrepierna. Él te quería. Tú podrías haber aprendido a amarlo. Con tiempo todo es posible. Sólo faltaba tiempo, sólo eso.

A la tercera vez que intentas abrocharte el mismo botón de la camisa y fallas estrepitosamente, te das cuenta que tus manos están temblando. Vuelves a probar. Y de nuevo.

Y de pronto te ves envuelta por el calor corporal que tanto conoces. Su pecho roza tu espalda, y es un contacto ligero, casi imaginario, pero a través de la fina tela de tu blusa se siente a flor de piel. Te rodea con sus brazos.

Paras en seco, incapaz de moverte.

Sus manos se posan sobre las tuyas y comienzan a desabrochar uno a uno los botones. Lentamente. Sugestivamente.

Todavía no ha llegado al último y ya estás agonizando.

– Draco… – Le suplicas.

– Shhhh – Murmura mientras desliza la camisa por tus hombros, sus dedos acariciando cada centímetro de piel expuesta.

Cierras los ojos y te dejas llevar por el océano de sensaciones. Su perfume, mezcla de colonia cara y masculina y algo que sólo es él; su aliento cálido en tu cuello; su voz ronca cuando susurra tan bajo que crees estar imaginándolo:

– Quédate –Y luego, al oído. –Por favor.

Ni siquiera te da tiempo para responder. Tus palabras quedan ahogadas en un beso tan apasionado, tan excitante que te dejará marcada por siempre. Un beso sin precedencia y entre los venideros, sin igual.

No, no crees en la felicidad como un estado de ánimo. Y sin embargo, ¿qué es esto que se le asemeja tanto?