Noviembre
El hospital de campaña es pequeño y huele a muerte y desinfectante. Está repleto. Las hileras de camillas se extienden a tu izquierda y derecha a medida que avanzas por el pasillo. Se oyen quejidos y gemidos, y un grito particularmente desgarrador te hiela la sangre, porque sabes que detrás de aquellas cortinas agonizan tus amigos.
Una Medimago joven se te abalanza con urgencia e intenta ayudarte. La despachas, asegurándole que luces peor de lo que estás, que la sangre que te cubre no es tuya y que ya habrá tiempo de arreglar la pierna. Te lanza una mirada recelosa y está a punto de contradecirte cuando nota en la puerta la conmoción que sólo podría significar el ingreso de un nuevo paciente de gravedad, por lo que te abandona con la misma rapidez con la que se te acercó. Debes arrastrar la pierna para llegar al final del pasillo, pero estás tan determinada que poco te importa el dolor.
Corres la cortina y como si se cerrase un grifo, el bullicio, los gritos, la locura del exterior desaparecen al instante. Dentro de la habitación rudimentaria está extrañamente silencioso.
Draco mira fijamente el techo y parece no advertir tu presencia. Se te escapa una mueca de dolor al notar la mancha bordó en el vendaje que le cubre la mitad del torso. Nunca lo viste tan desprotegido, y te choca inmensamente. Deseas abrazarlo pero te conformas con sentarte a sus pies en el camastro.
No sabes qué decir, por dónde comenzar.
– Deberías hacerte chequear la pierna– murmura.
– No es nada– tu voz suena ronca –.La hubiera arreglado yo si no fuese por la varita.
Draco exhala un suspiro de incredulidad.
– Seguro. Eres terca, Granger.
La mirada que le lanzas pretende ser de reproche, mas al notar el brillo juguetón en sus ojos pierde efecto.
– No tienes idea.
Se observan mutuamente con la misma complicidad de un secreto en común bien resguardado. De pronto, una punzada de culpa te arremete con tanta fuerza que te ves obligada a romper el contacto visual.
– ¿Potter?
– Allí afuera. Está– recuerdas la expresión de completa desolación en el rostro de Harry mientras recorría la fila de cadáveres y piensas que jamás estará bien –Él está vivo.
– ¿Los Weasley?
– También.
– Bien.
Tus manos están cubiertas por una capa inmunda de tierra, mugre y sangre seca. Suspiras con pesadez.
– Tengo algo que decirte– dices, y el cuerpo de Draco se tensa bajo las sábanas–. Yo– se te quiebra la voz –…tu padre. Maté a tu padre.
Las palabras resuenan en la habitación, claras, contundentes y ajenas. Por un momento crees no haberlas pronunciado. Luego lo recuerdas. Desearías no hacerlo.
Draco te observa fijamente por un buen rato sin emitir sonido, su rostro una máscara imperturbable que no intentas descifrar. Bien sabes de su naturaleza excesivamente reservada, producto de la costumbre y necesidad. Aún así, no puedes evitar la punzada en el pecho cuando voltea su rostro a un lado.
¿Te odiará en este momento? ¿Cómo no podría? Contraes la mano que estabas por apoyar en su pierna. Quieres reconfortarlo, sí, pero debes atenerte a las palabras:
– Lo siento por ti, Draco. No puedo decir que Lucius era un buen hombre, pero era tu padre.
El silencio que prosigue tus palabras es denso y se te hace eterno.
– Necesito estar solo –Draco finalmente dice. Su tono es frío, impersonal.
Te lavantas y antes de cerrar la cortina lo miras por última vez. Piensas en lo irreversible. En todas las decisiones que los llevaron a este momento y a este lugar, a esta habitación y este hospital y esta guerra, y no puedes evitar la sonrisa amarga porque es irónico y trágico como todo en esta vida: comprendiste que lo amas en el mismo instante en que aquello que ni siquiera sabías que existía se rompió.
Cojeas lentamente hacia la salida. Afuera está amaneciendo.
