Todo el mundo miraba fijamente el reloj. Era la última clase del segundo trimestre, lo cual significa una semana de libertad para los estudiantes. Maia recogía sus cosas de la mesa. Sólo quedaban unos segundos, parecía que nadie escuchaba al profesor. El timbre resonó en todas las aulas y pasillos. La gente corría despavorida. La chica se lo tomó con mucha calma y fue la última en salir de la clase. Los pasillos ya se estaban vaciando. Se apuró en bajar las escaleras y tropezó en el último escalón, cayendo encima de la espalda de alguien, y luego al suelo. Maia se frotó la cabeza. La otra persona se dio la vuelta. Era Daniel, un chico de las clase de 4º B (ella estaba en 4º A). Ya no quedaba nadie en el pasillo excepto ellos dos. El chico extendió la mano.
¿Estás bien? Te has dado un buen golpe.
No es nada… soy muy torpe. Perdona.
Maia se levantó sin darle la mano y salió corriendo afuera, dejando al chico atrás. Pero ya era tarde, los autobuses se habían ido. El cielo se empezó a nublar.
Genial…
Sacó el móvil, pero no había cobertura. Dio un par de vueltas en vano. Ni una raya. Extraño, normalmente había. Intentó mandarle un mensaje o un WhatsApp a su madre. Pero tampoco tenía internet. Se empezó a levantar neblina, así que entro al colegio para ver si podía llamar. Sorprendentemente. Las luces estaban apagadas, y la reciente neblina hizo todo más oscuro. Iluminó el camino con su móvil, para algo le tenía que servir. Decidió bajar abajo, ya que ahí estaba el despacho del conserje. Caminaba lentamente, pero sus pasos no resonaban. Los cuadros parecían moverse en la oscuridad. Llegó y se quedó parada en frente de las escaleras. Da igual cuanto lo iluminara, no se veía el fondo. Le empezaron a dar escalofríos. No se había dado cuenta hasta hora, pero estaba muerta de miedo. No había visto a nadie, ni a Daniel salir del colegio. Comenzó a escuchar pasos subir las escaleras, pero estaba paralizada. De repente, una mano le agarró el brazo desde atrás y la arrastró hacia uno de los pasillos. Pudo gritar, pero se había quedado muda.
¡¿Estás loca?! ¿Qué haces aún aquí?
Miró arriba. Era Daniel.
Yo… perdí el autobús y… - aún se estaba recuperando.
No has estado mucho tiempo expuesta, deberías recuperarte pronto… tengo que sacarte de aquí.
Le agarró de nuevo del brazo y la comenzó a arrastrar hacia la salida. Maia no entendía nada, pero tampoco podía hablar. Al pasar al lado de las escaleras, vio su móvil tirado en el 2º escalón.
¡Espera! Mi móvil…
Se soltó y fue a cogerlo. Daniel no pudo pararla. Tampoco tenía ninguna excusa que decirle. Se agachó para coger su móvil, y una mano le agarró el brazo y la arrastró hasta el final de la escalera. Escucho a Daniel gritar algo al aire. Puede que su nombre. Lo veía todo negro y comenzó a notar un montón de garras agarrándole los brazos y las piernas. Soltó un grito. De repente, su mano se iluminó, liberándola de las garras, y notó como caía al suelo antes de perder el conocimiento.
