Envidia.
Cuanto más les ve divertirse, cuanto más se ensanchan sus sonrisas, cuanto más alto resuenan sus risas, Darío se siente más lejos del grupo que él mismo eligió ignorar.
Y odia eso.
Lo odia porque sabe que si está solo es únicamente por decisión suya.
Nunca le ha molestado estar solo, es más, siempre ha preferido la soledad a la compañía. Sin embargo ahora hay algo distinto, algo que le obliga a seguir martirizándose mientras les mira.
Le gustaría estar con ellos y no observándoles a través del amplio ventanal. Le gustaría entrar y divertirse. Pero sabe que ese no es su lugar. Sabe que su destino es estar solo, que así lo eligió él mucho tiempo atrás.
Aun así sigue observándoles y es entonces cuando lo ve. Ve como él la agarra de la cintura y comienzan a bailar. Ve como ella se ríe, la ve disfrutando con él. Ve como sus esperanzas se rompen en finos cristales que hacen que se desangre por dentro.
Y, pese a que no ha cruzado una sola palabra con ella, no puede evitar que algo se remueva en su interior.
No puede impedir que algo parecido a una llamarada ascienda por su garganta e inunde todo su ser, llenándole de un sentimiento inmundo y repulsivo. Un sentimiento que conoce demasiado bien para su gusto. Odio. Un odio irracional hacia el chaval de pelo negro que está bailando con ella. Porque aunque fuese una ilusión estúpida, todavía tenía la ilusión de que algún día consiguiese que ella sintiera algo por él.
Simplemente se queda ahí, observándoles. Observándola. Notando como los celos le consumen a cada segundo que pasa mirando por ese cristal y logran lo que no ha ocurrido en sus quince años de vida, lo que no ha conseguido esa endemoniada ciudad a lo largo de cuatro largos meses: destruirle.
