Tercera y última parte de esta locura golosa. Espero que esté siendo de su agrado, intento manejar erotismo explícito sin caer en el mal gusto. Saludos y gracias por sus comentarios...

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Estando los muchachos completamente atrapados en aquel maravilloso mar de emociones la puerta volvió a chirriar. Todos se sobresaltaron, pero más la rubia, porque vio aparecer una silueta demasiado familiar rodeada por un halo de luz procedente del pasillo. Era un hombre alto, de cabello largo y figura imponente.

-¿T...Terry?- la rubia apenas si pudo articular esa palabra.

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-No, pequeña. Albert- contestó el rubio girando el cuerpo de manera que la luz del pasillo incidió oblicuamente sobre su hermoso rostro, aumentando su enigmática y varonil belleza.

Candy instintivamente alejó de ella a los muchachos con sus pequeñas manos, y con el rostro grana por la vergüenza, tomó su arrugado vestido intentando cubrirse con él. Agachó la cabeza y rompió a llorar desconsoladamente.

Ni siquiera sintió cómo la enorme mano de Albert tocaba dulcemente su mentón, animándola a levantar la cabeza para que le mirase a los ojos.

-Candy, mi pequeña... no te preocupes, lo sé todo. Soy parte de esto, ¿comprendes lo que te digo? Todos te amamos por igual.

La chica asintió casi imperceptiblemente, y esa fue la única señal que Alber necesitó para tomarla en sus brazos y besarla tiernamente, para poco a poco ir subiendo el tono del ósculo. Después de unos minutos disfrutando de aquel suave y perfumado cuerpo cubierto de diminutas pecas, Albert hizo una señal a sus sobrinos para que volvieran a amar a la rubia, pero dejando claro que él era quien mandaba ahora.

Cuando después de acariciarla durante un buen rato con los dedos empapados de un fino aceite perfumado, uno de ellos invadió su pequeña entrada posterior Candy gritó de dolor y placer, pero ese grito fue acallado por un delicioso beso de Stear que masajeó su lengua contra la suya sin dejar de tocarse para su amada rubia. Albert la estaba poseyendo por la delante, otro por atrás, Stear estaba frente a ella besándola y tocándose , uno más lamía de su nuca y espalda el dulce sudor de la excitación femenina y el último de pie observaba la escena trabajándose íntimamente sin dejar de mirar a la sensual rubia.

Todos fueron muy gentiles con Candy, incluso Neal, pero no dejaron hueco femenino sin visitar con sus duros arietes masculinos, con sus dedos y sus lenguas, intercambiándose de sitio pero cuidando de usar un nuevo preservativo en cada cambio de lugar. Seguramente gastaron una pequeña fortuna en los látex, pero... ¿acaso la familia no era de muchos posibles? Y aunque hubiesen sido humildes jornaleros, habrían pagado eso y más por estar con ella pero protegiéndola al máximo.

Albert, que era todo un poeta, la estimulaba también con sus palabras.

-Eres tan hermosa cuando sacas la fiera que llevas dentro… ¿sabes que nos tienes a los cinco a punto de estallar con los movimientos de tu hermoso cuerpo, con tus caricias, tus gemidos de hembra caliente y tu lindo rostro excitado?

La rubia se sintió plena, llena, extasiada, satisfecha, poderosa. Ella sola estaba llevando a esos hombres al clímax y la habían arrastrado con ellos a la marea de su lujuria. Era sencillamente arrollador. Un frenesí amatorio salpicado de exquisitos jadeos y eróticas frases dirigidas sólo a ella.

De repente, Albert tuvo un cierto arranque de posesividad, y haciendo valer sus derechos de Patriarca, ordenó a sus sobrinos retirarse de Candy. Quería poseerla él solo, llenarla con su licor en exclusiva, que nadie más la besara cuando la hiciera explotar como una supernova. Permitió a sus sobrinos quedarse a observar, tocarse y gemir, pero el privilegio de inundar a esa mujer con toda la pasión, vitalidad y amor, sería sólo suyo.

Se aplicó en la faena. La levantó con gracia ¡era tan ligera en sus brazos!, y la recostó en un elegante diván que presidía la habitación. Volvió a adorarla con dulce veneración, lamiendo delicadamente cada parte de su cuerpo. Su idea era hacerle el amor tierna y largamente, pero el deseo de años pudo más que él, y de repente aceleró el ritmo, volviendo sus caricias y envites cada vez más eufóricos animado por los gemidos de placer de aquella rubia cuya piel estaba perlada de exquisito sudor, completamente sonrojada y con sus ojos verdes destilando una vibrante mezcla de lujuria y ternura nunca vista.

El último y más tremendo orgasmo de Candy fue también el clímax para sus "primos", quienes le regalaron al unísono su íntima ambrosía. Candy otra vez perdió el conocimiento, incapaz de soportar más placer, mientras Albert, el único que no llevaba preservativo en ese momento, la inundaba con su semilla caliente. Había perdido la cuenta de los orgasmos que hubo tenido en esa sola noche, pero sin duda eran más y mucho mejores que todos los que Terry le provocó en todo el tiempo que llevaban juntos. Nunca se había sentido más deseada, querida, amada.

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Al día siguiente Candy amaneció aseada y vistiendo un diminuto camisón rosa en brazos de su marido, quien tenía lo que creyó una terrible resaca, por lo que pensó que había pasado toda la noche con su mujer a la que encontró especialmente hermosa con un gesto de satisfacción en la cara imposible de esconder. Terry le subió el camisón y miró que su intimidad y su entrada trasera estaban ligeramente escocidas, señal inequívoca de que había hecho el amor salvajemente.

-Hummmm... Feliz 1926, Tarzana... -sonrió pícaramente- Así que al final te cogí bien cogida, ¿verdad que no fue tan horrible, pecosa?

El cornudo infiel pensaba que él la había desvirgado por atrás, cuando en realidad fue… a saber. Candy ya ni se acordaba de quién fue el primero en tomarla en ese rincón, pero sí que tal vez todos estuvieron ahí en algún momento y la llenaron con su pasión. Ella no dijo nada a su marido, sólo le sonrió, le besó y tras arreglarse, bajaron al comedor para desayunar con Albert, Annie y Archie.

-Hey, Albert, ¡cuánto tiempo, trotamundos! Anoche le preguntaba al Elegante por ti... ¿qué te cuentas, vagabundo?

-¿Qué tal, Terrence? Me han contado que te va muy bien en el teatro.

-Oh, sí, Albert; la verdad es que me estoy haciendo de oro con la compañía, y ya me han llamado para trabajar en películas... ¿Te interesaría invertir en una productora de cine? Ya sé que no es lo mismo que limpiar mierdas de animales, pero ahí estaré yo para asesorarte. ¡Además hay algunas actrices que están buenísimas, quizás entre ellas esté la mujer que buscas!

«En realidad, la mujer de mi vida está al lado tuyo, imbécil.»

Porque Candy se encuentra presente, que si no, Albert habría dado un buen puñetazo al actor. Aunque bulle por dentro, responde impasible, típico en él.

-Tal vez en otra ocasión, Terrence. De momento, acabo de volver de un largo viaje y debo ponerme al corriente con los negocios que ya tiene mi familia. Pero te agradezco la invitación.

La rubia aun estaba un poco adolorida, muy confundida y excitada por la vorágine de sensaciones vividas la noche anterior, pero a la vez se vio en la cama haciendo el amor con su esposo. Concluyó que había sido otro de sus raros sueños y saludó a sus anfitriones. Al ver a Archie y Albert la sangre le subió al rostro de nuevo, porque el dandi le guiñó el ojo y el Patriarca se relamió los labios. ¡Todo había ocurrido de verdad!

De pronto las deliciosas imágenes del tórrido encuentro nocturno desfilaron en la mente de Candy y ella pudo recordar cómo al poco de terminar entre los cinco la asearon acariciando con dulzura todo su cuerpo desnudo en una majestuosa bañera mientras le decían lo hermosa que era y cuánto la amaban, para que finalmente Albert la depositara con todo el dolor de su corazón en la cama junto a Terry, quien estaba profundamente dormido por el sedante administrado.

«Maldito bastardo inglés, ¿cómo puedes serle infiel a esta diosa de mujer? ¿Acaso eres idiota? ¡Para eso mejor no te hubieras casado con ella, estúpido cretino!» pensó Albert al ver a Terry al lado de la rubia, recordando exactamente las mismas palabras que murmuró cuando acostó a Candy en el lecho de matrimonio a lado de su esposo.

La intimidad de la rubia volvió a humedecerse recordando la pasión Andrew, pero se mantuvo callada y serena. Cuando Terry tuvo que marcharse de improviso a Pittsburgh por "negocios" –en realidad iba a donde Karen, que lo tenía encoñado perdido-, y Annie se fue de compras a Chicago, Albert y Archie llamaron a Neal para que se reunieran con Candy a fin de confirmarle que todo había ocurrido de verdad y cómo esto había sido posible.

-Verás, Gatita… hace poco el tío William se dio una vuelta por el laboratorio de Stear y encontró entre los archivos de mi hermano la fórmula para volver a la vida a cualquier criatura. Stear ya la había probado con algunos animales y con muertos de la morgue y estaba dando los últimos toques a su invento, pero por entonces el estúpido de tu marido le prestó ese avión y le contó sobre la situación en Europa, y poco después Stear se fue a la guerra donde me lo mataron. También por eso odio a tu duquesito de quinta.

El patriarca Andrew continuó la explicación.

-Tuve que buscar por medio mundo a un científico que supiera descifrar y completar la fórmula de Stear, hasta que di con un prusiano que lo logró. Sin embargo, para que la poción funcione en personas debe ser preparada con sangre humana fresca, y es ahí donde Archie y Neal entran. Al donar su sangre quedaron débiles y por eso se desvanecieron un rato después de estar contigo, pequeña.

El rubio suspira y prosigue con cierto titubeo, como si intuyera que lo que dirá a continuación no será algo agradable para Candy.

-Pequeña, yo llegué tarde al encuentro porque tuve que preparar el brebaje según las instrucciones, administrarlo mis sobrinos... sacarlos de la cripta familiar, llevarles a que se asearan y cambiaran en el laboratorio de Stear y traerlos a tu lado. Encima, el imbécil de tu esposo se medio despertó justo cuando íbamos para la sala de las estatuas rotas...

En el hermoso rostro de Albert aun se podía ver la rabia contra el otrora amigo suyo. Muy lejos estaban aquellos alegres días de pintas de cerveza y visitas al zoo en Londres.

-Apenas me dio tiempo de meter a los chicos a la habitación y de inmediato fui a donde tu marido. Me entretuve charlando con él mientras buscaba la forma de volver a poner en su bebida el sedante que Archie le había dado antes. Y me aseguré de que ahora sí estuviera bien dormido y entonces fui a tu lado, a hacerte mía, pequeña. Archie y yo habíamos olvidado el aguante que tiene tu querido esposo con el alcohol, maldición, y eso me retrasó un rato.

El señorito Leagan dio punto final a la ronda de respuestas.

Pero como recordarás, Archie y yo volvimos a la vida y junto con el tío William, y Stear y Anthony -que sólo pueden estar "vivos" unas horas cada ocasión-, entre los cinco pudimos joderte un buen rato como a ti te gusta, putita.

Una risilla nerviosa salió de Candy, y se ruborizó. Iba a reprender a Neal por su grosería, pero no tenía sentido: había dicho la verdad. Le encantó sentirse la mayor de las cortesanas porque ellos la estaban amando, entregándole sus almas enteras. No supo ni cómo, pero de repente se vio sin ropa y siendo venerada con infinita dulzura por esos tres hombres. Y supo que las cosas nunca volverían a ser igual, porque los necesitaba tanto o más que ellos a ella.

Días después el actor y su mujer se despidieron de los Cornwell prometiendo regresar pronto, y al poco tiempo a instancias de Candy decidieron instalarse en Chicago. Terry no se opuso: así podría ver más seguido a Karen en el apartamento de Nueva York. mientras la señora Grandchester tendría la oportunidad de visitar muchas veces más a su querida hermana Annie, quien si no estaba ebria de láudano su querido esposo convenientemente sedaba antes de llevarse a la rubia al ala prohibida. Ese pequeño paraíso donde Neal y Albert ya habían aplicado las gotas de la fórmula de Stear a los despojos de los dos ataúdes y junto con el inventor y Anthony la esperaban guapos, aseados, vigorosos, desnudos y duros como roca para hacerla aullar de placer cual perra en celo con sus miembros, sus manos, sus bocas y sus lenguas.

Albert era el maestro que los guiaba a todos y quien tenía el privilegio de ser el último en tomar a la rubia y correrse dentro de ella sin preservativo.

Así pues, con el tiempo Candy Grandchester anunció su estado de buena esperanza, y unos meses después tuvo a su primer hijo: una preciosa niña de pelo muy oscuro, casi negro. Su esposo no se preocupó, después de todo él mismo era castaño oscuro, y además no se sabía cómo eran los padres de su mujer dada su condición de huérfana. Por añadidura, de todas formas estaba demasiado enganchado a Karen como para darse cuenta de que esa nena en realidad era hija de Stear -alguien que además llevaba muerto casi diez años-, y que el padre de los otros dos niños rubios que nacieron después fue Albert.

Así que a Terry no pareció importarle demasiado que la niña tuviese tan poco parecido con él, de hecho, en los numerosos reportajes que les hacían las revistas el actor de moda siempre posaba para los fotógrafos con su mejor sonrisa acompañando a "las personitas más importantes de mi vida". Sí claro, ¿y Karen?

-Desgraciado mentiroso- mascullaba Albert cada vez que leía esos artículos de prensa.

El inventor fue regañado por sus primos y su tío semanas después del nacimiento de Stelle Grandchester, pues cada vez era más evidente el parecido de la pequeña con su padre. Esto fue confirmado con unas fotos familiares proporcionadas por Archibald, en las que aparecían unos bebés hermanos Cornwell y dejaron fuera de toda duda la paternidad de la criatura; lo que causó gran malestar entre los Andrew.

Y es que los hombres habían acordado, desde antes de estar con ella, que el único que podía dejar su semilla y embarazar a Candy debía ser Albert, para minimizar las sospechas debido a los rasgos físicos en los niños. Stear no se arredró ante los insultos que proferían contra él su hermano, Anthony y Neal. Estaba demasiado orgulloso de saber que su amor por Candy había dado tan hermoso fruto -aunque fuese utilizando la ingeniosa, pero ruin, treta de perforar su látex- que aquellas soeces imprecaciones no le hicieron el mínimo daño. Ni siquiera el monumental enfado de su tío hizo mella en él.

-Alistair, para ti será toda una hazaña, pero ¿te has puesto a pensar qué pasará cuando esa nena crezca y alguien sospeche porque tus rasgos de cretino empollón se le hayan acentuado a la pobre criatura? ¡Eres un estúpido! Como le pase algo a Candy o a la niña, de mi cuenta corre que no vuelves a salir de tu escondrijo, ¿queda claro?

-De acuerdo, tío William. No volverá a suceder- prometió Stear, pero no dejó de sentir su pecho henchido de orgullo y amor. Se las arreglaría para ver a su hija y apoyarla el todo lo que pudiese.

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De entre todo el entorno cercano a los Grandchester sólo Eleanor sospechó algo, pues tras cinco años de matrimonio estéril de repente su nuera tiene tres hijos en menos de cuatro años, justo después de volver a frecuentar a su familia en Chicago. Al mismo tiempo que Terry nunca tuvo hijos con Karen aun habiendo estrechado su relación al punto de que el reputado histrión pasaba más tiempo en el apartamento de su compañera actriz que en su propia casa. Pero la bondadosa suegra se convenció con la explicación dada por Candy: que el clima de Inglaterra y la tristeza por no estar cerca de su familia la habían bloqueado emocionalmente para engendrar; y por último, la mujer estaba loca con sus "nietos".

Sin embargo, el único clima que ha influido favorablemente en la fertilidad de la rubia es el que producían aquellos cinco apasionados hombres para ella sola. Cinco vehementes enamorados que ardían por y para ella y que se esmeraban en conseguir que se estremeciera de gozo hasta perder el sentido.

-Bienvenida de nuevo, preciosa, ¿nos extrañabas?- le decían al unísono cada vez que se reunían, siempre hermosos y erectos.

Y la continuaron amando incluso cuando se hizo vieja. Nunca se cansaron de ella, siempre la vieron hermosa y se lo demostraban en cada encuentro porque siempre le hacían el amor con titánica vehemencia, como si fuera la última vez. Después de los primeros encuentros no volvieron a poseerla todos a la vez, porque respetaron las creencias y deseos de la rubia, ya que Candy se negó a repetir más aquellas primeras aventuras. Pero idearon una forma de poder amarla todos con cierta frecuencia: establecieron una especie de turnos con la mujer, que acataron a rajatabla. Se reunían con ella, charlaban, le declaraban su amor entre besos y caricias, pero sólo quien tuviera el derecho en esa cita era quien podía poseerla completamente.

Al final todos acabaron bebiendo del brebaje que Stear perfeccionó y conforme los que seguían vivos iban "muriendo" fueron sepultados en la cripta familiar, pero en las noches de luna nueva salen de sus tumbas con el lozano aspecto de la veinteañera juventud para charlar y retozar ya sea en el ala prohibida de la mansión o en los bosques de Lakewood.

FIN

©Eli_Andrew_Cornwell/Stear's_Girl/MorenetaC


Hasta aquí llega este cuento calentito, esperando que sea de su agrado y deseando conocer su opinión por medio de reviews. Muchas, muchas gracias por leerme.