¡Hola! Casi una semana después (es que no me podía aguantar más) vengo con el siguiente capítulo. En adelante seguiré esta misma pauta: una semana, día arriba día abajo, con la siguiente entrega de la historia. Espero que se disfrute tanto como la primera :)

Aviso importante, por si esa pequeña M no lo deja claro: este capítulo contiene sexo explícito. También quiero dejar claro que, como indiqué en mi primera nota, intento ser todo lo fiel posible aunque cambie cosas para mi propio disfrute. De igual forma, se puede ver que he añadido cosas de las películas de Peter Jackson porque son increíblemente visuales y me encantan (aunque Thranduil salga... dejémoslo ahí). A saber: Tauriel, ni más ni menos. Además aprovecho lo de la herida causada por dragones para mis propios fines (sinceramente no me queda claro del todo que sea invención total y no algo plausible, así que lo mantengo).

Muchas gracias por los comentarios y el entusiasmo. Es maravilloso :)


Capítulo 2

El anochecer llegó en un suspiro y entonces una comitiva de elfos, vestidos de castaño y verde, salieron del suelo y bajaron de los árboles para internarse todos juntos en la profundidad de la floresta. Muchos portaban antorchas de cálido fuego rojo cuya luz les daba un aspecto casi etéreo mientras caminaban entre los robles, las hayas y los abedules hasta un claro. Las hojas caídas crujían al ser pisadas entretanto marchaban hacia el lugar donde unas altas hogueras fueron construidas. Algunos elfos empezaron a cantar porque hasta poner las carnes al fuego, servir las bebidas y hacer todo lo necesario era una alegría. El buen humor estaba presente en todos.

El vino no tardó en correr de mano en mano, terminando de aligerar los ánimos y las inhibiciones. Corchel se rodeó de un grupo de amigas, entre las que se contaba Tauriel aunque la joven elfa no podía evitar sentirse algo incómoda. La hija del Rey lo sabía pero se encontraba incapaz de evitarlo. Su corazón la amaba mas era la otra elfa la que no podía olvidar nunca que era diferente de las demás. La observó permanecer algo alejada, incluso si esa distancia era mental, con la espalda imposiblemente erguida y los ojos clavados en las llamas del fuego más próximo. Este sacaba tonos dorados a su pelo rojo y la tenía fascinada. Siempre había envidiado el cabello de Tauriel que era de un color tan insólito.

Finalmente decidió separarse de las demás y llevarla a un sitio más apartado. Sonrió a su pupila, intentando contagiarla de la alegría que inundaba a todos. La agarró del brazo y posó la mejilla en su hombro, que para variar estaba cubierto por un vestido.

—¿Qué ocurre, hening? Te veo demasiado seria para una ocasión tan feliz— acabó la frase con otra mueca. Ante eso, la elfa silvana no pudo más que devolvérsela aunque de forma más sutil.

—No es nada, Corchel. Sí estoy disfrutando— forzó aún más su sonrisa. La otra sólo la miró.

—I naw nîn û ben naw gîn. A mí no puedes engañarme. ¿Cuál es el problema?

Entonces Tauriel dirigió la vista hacia el otro lado del claro donde Thranduil estaba rodeado de parte de sus cortesanos que reían cuando tenían que hacerlo y adulaban todo el rato. Corchel vio a dónde miraba y notó su nerviosismo, como si temiera que pudiera ser escuchada por oídos no deseados incluso desde esa distancia. No necesitó más información pero de todas formas aguardó:

—No hay nada que pueda hacer que me granjee la simpatía de Su Majestad, ¿verdad?— parecía realmente desdichada. La otra le dio un apretón cariñoso, deseando borrar esa expresión abatida de su bonito rostro.

—Sabes que eso no es cierto. El Rey siempre ha sentido un gran afecto por ti, como todos. No puedes olvidar el puesto tan respetado que ostentas... que por supuesto se debe a tu innegable habilidad— no quería hacerla de menos— pese a tu juventud.

Tauriel no podía negar eso. Sabía que pocos entre los suyos demostraban una destreza tal con las armas pero eso no quitaba que fuera muy joven. Superaba por cien años la mitad de un milenio y era algo insólito en toda la historia del Bosque Negro el tener una capitana que al menos no hubiera rebasado los mil años. El Rey y Legolas habían apostado por ella.

Corchel la miró con cariño, contenta de que sus palabras —que en ese momento le parecía que podían haberse formulado con más habilidad— no la hubieran puesto más triste. Alzó la mano para recolocarle un mechón tras una oreja puntiaguda y Tauriel no pudo evitar sonreír de verdad esa vez.

—Soy tan afortunada de contar con una familia como vosotros— dijo.

La hija del Rey sonrió, contenta como pocas veces al escuchar esas palabras. Tauriel había quedado huérfana cuando era demasiado joven y entonces Corchel, para sorpresa de todos los Elfos del Bosque, incluso ella misma, había decidido convertirse en su tutora. Quedarse sin madre no era fácil, bien lo sabía ella, así que su corazón había estado profundamente dolorido por aquella jovencísima y pequeña elfa que estaba sola.

Thranduil había accedido porque su corazón no era cruel y por muchos años la joven elfa silvana había crecido como la pupila, la hija, de la doncella del Rey.

Tauriel dio un trago al cáliz que sostenía y su rostro no estaba tan alegre cuando volvió a bajarlo.

—Pero no entiendo, a veces, su comportamiento... Es como si... me detestara— se mordió el labio.

Corchel notó que su propia expresión se endurecía para volverse indiferente y no dejar traslucir nada. Era asombroso lo que en esos momentos se parecía a su padre, a una verdadera reina. Quien la observaba entonces no podía evitar pensar que sería una digna e implacable dirigente. Miró de reojo a Thranduil y luchó para que no se notara que estaba en desacuerdo con la actitud del rey hacia Tauriel. Le debía lealtad y obediencia constante.

—No puedo decir que condene su actitud... porque, aunque no esté de acuerdo con todo lo que dice o hace, me debo a él— guardó unos segundos de silencio—. Sólo quiero que sepas, hening— suavizó su voz—, que no se debe a que hagas nada mal si no...— no pudo continuar.

Buscó con la mirada a su hermano quien estaba sentado ante una de las hogueras rodeado de sus amigos, cortesanos, guardias y plebeyos por igual. Reía con esas carcajadas límpidas llenas de regocijo que le hacían parecer mucho más joven. Corchel se perdió en la contemplación de Legolas. Tauriel miró hacia allí también y no habló. No pudo entender lo que la otra quería decir.

De pronto fueron interrumpidos y no sólo una vez, si no tres, y la noche acabó mucho más pronto de lo esperado. Thranduil ordenó que todos se retiraran enseguida y que los guardias apresaran a esos vagabundos que habían osado tan descaradamente interrumpir una fiesta élfica. Fue al día siguiente cuando los elfos los atraparon, cuando la furia e irritación del Rey estaba alcanzando cotas insospechadas. Sin embargo, para alegría de los demás, esta no se dirigía hacia ellos si no que Thranduil estaba reservando su rabia para los que habían estropeado su fiesta.

Que los vagabundos resultaran ser unos enanos sólo mejoró el estado de ánimo del Rey. A los enanos, todo hay que decirlo, tampoco les hizo demasiada gracia ser capturados por unos elfos. Ambas razas no se llevaban bien y a ninguna le importaba demostrarlo. Sin demasiada delicadeza fueron conducidos por unas puntiagudas flechas hacia un gran palacio subterráneo. En el trayecto hasta la sala del trono recorrieron tantos pasadizos y vislumbraron tantos recovecos y salones que no tuvieron esperanza de ser capaces de encontrar el camino de salida si conseguían burlar a sus carceleros.

Al llegar a su destino no pudieron evitar quedarse sin aliento, no sólo por la belleza del lugar en el que se encontraban, si no por la figura que les esperaba. Un elfo vestido de plata y con una intrincada y alta corona de bayas y hojas les esperaba, sentado con indolencia sobre un extravagante trono que parecía hecho de oro, madera y las astas de un ciervo gigantesco. Su rostro severo no prometía indulgencia. A su lado aguardaba una elfa. Los enanos no pudieron dejar de observarla y no por su belleza, que era como la de todos los de su raza, sin nada en especial, y que los enanos no eran capaces de apreciar siendo como eran tan diferentes, si no por la sorpresa. La elfa, que era tan morena como rubio era el Rey, estaba vestida con varios tonos de verde aterciopelado y con una corona plateada sobre la frente. Su mano, blanca y con un único anillo, estaba posada sobre la del monarca. Las puntas de sus dedos tocaban las joyas que adornaban las propias manos del elfo. Les miraba con la misma impasibilidad que él. Muchos de ellos se preguntaron cuál era su cometido.

Thranduil dirigió toda su atención a Thorin. Estaba hecho un desastre pero todavía recordaba a ese orgulloso heredero enano al que había conocido una vez en la Montaña Solitaria. La mente del Rey corría frenética. Muchos años habían pasado desde la desolación de Smaug, años en los que tanto ellos como los Hombres de Esgaroth habían disfrutado de una relativa calma sin una señal del dragón. Y de repente tenía en sus salones a ese enano. Su indignación aumentó aún más. Su presencia sólo significaba problemas.

—¿Por qué tú y los tuyos intentasteis atacarnos tres veces durante la fiesta?— preguntó.

—Nosotros no los atacamos— respondió el enano—, nos acercamos a pedir porque nos moríamos de hambre.

—¿Qué hacíais en el bosque?

—Buscábamos comida y bebida, pues nos moríamos de hambre.

—Pero, en definitiva, ¿qué asunto os trajo al bosque?— la ira se deslizó en su tono de voz y Corchel supo que a su padre le faltaba muy, muy poco, para descargar toda su indignación en la figura del orgulloso prisionero y en la de todos sus compañeros. Le miró y vio cómo apretaba la mandíbula y para intentar calmarle hizo presión sobre su mano. Fue tan inútil como en la cena del otro día.

Thorin, cansado de todo aquello, no respondió. Sus ojos taladraban los del rey elfo y Corchel imaginó que estaba fantaseando con arrancarle la corona de un golpe. Frunció el ceño y súbitamente sintió un ramalazo de antagonismo contra el enano, pese que no por primera vez. Thranduil se levantó, alargando una mano.

—¡Muy bien!— exclamó—. A las mazmorras con ellos.

Con poca delicadeza Thorin y su compañía dieron con sus huesos en las mazmorras de Thranduil, que no era un sitio tan horrible como se pudiera esperar. Los elfos no eran crueles por naturaleza, ni siquiera con aquellos a los que tenían por enemigos, sólo desconfiados y además los recuerdos que yacían entre sus pueblos pesaban demasiado. Si bien las celdas eran cálidas y estaban limpias y no se les dejó sin comida, a pesar de que después de tanto tiempo sintiendo el apretón del hambre no estuvieron saciados del todo, porque los elfos eran la Buena Gente.

—Enanos, enanos. Rhaich, negyth!

Corchel suspiró, sin dejar de observar las idas y venidas de Thranduil por la sala del trono. Cualquiera hubiera pensado que capturar a los malhechores que habían estropeado la fiesta le hubiera calmado al fin, pero no. Todo lo contrario. El rey elfo tenía las manos detrás de la espalda y hacía oídos sordos a las palabras de sus hijos que llevaban un rato aguantando su mal humor.

—No tenemos motivos para creer que su presencia aquí oculte algún significado ulterior y dañino para nosotros, ada— intervino con voz suave.

—Oh, no, te equivocas— el Rey no quería dejarse convencer por nadie—. Los enanos, esos traicioneros, codiciosos enanos. Su presencia no puede ser otra cosa que un insulto y una calamidad.

—¿Insulto?— le parecía demasiado grave.

—¿Calamidad?— inquirió Legolas. Estaba preparado para la batalla, con sus cuchillos y su arco.

Thranduil se detuvo para mirarle. Observó unos segundos a sus hijos, tan parecidos, con los ojos grises y el mismo cabello moreno. Sin embargo, eran él y su hija, su Mírwen, quienes tenían el vínculo más profundo. Porque había pocas cosas que al Rey Elfo del Bosque Negro le gustaran más que las joyas y su hija era su tesoro más preciado, una gema que destacaba en bondad y amor. Repentinamente más calmado, al menos en el exterior, se acercó a ella y acarició su mejilla. Corchel agarró su muñeca para asirle con más firmeza, hambrienta de su toque como estaba siempre.

—Ese Thorin Escudo de Roble, hijo de Thráin, hijo de Thrór, con toda su panda de enanos zarrapastrosos sólo puede significar problemas para nosotros. Porque ¿qué otra cosa le habría conducido a través de nuestras tierras que el oro de un dragón en una montaña solitaria?

Su declaración instauró un silencio tenso entre todos. Thranduil recuperó la compostura y miró a su hija con los ojos entrecerrados. Bajó la mano hasta su grácil cuello y acarició con el pulgar el hueco de su garganta. Se entretuvo con la suavidad de su piel y con el derecho de su posesividad.

—Entonces ¿por qué le preguntabas todo el rato qué le había traído aquí si lo sabías?— en cuanto su hermano lo preguntó, Corchel comprendió. Y no le extrañó.

—Quería, quiero, oírselo decir. Quiero que lo admita...— apretó la mandíbula y entonces sonrió. Una mueca que era oscura y peligrosa—. Quiero que se arrodille.

»Mañana volveré a interrogar a nuestro ilustre invitado. Mientras tanto quiero que las defensas de las fronteras se incrementen. Nadie, absolutamente nadie, debe entrar en mis dominios sin que yo me entere. Esta aparición sólo puede significar el comienzo de algo y es posible que otros les sigan. Ninguno de mis súbditos quedará atrapado en el fuego cruzado.

No miró a Legolas ni a ninguno de los guardias que custodiaban las puertas del salón porque no hacía falta. No miró a su hijo cuando este inclinó la cabeza y se marchó en busca de Tauriel para seguir las órdenes de su padre No miró porque no era necesario y otra visión mucho más placentera tenía toda su atención.

Una vena latía en un lado del cuello de Corchel y destacaba de forma obscena al mismo tiempo que el corazón de la elfa aumentaba el ritmo de sus latidos. Notó que la sangre abandonaba su cabeza y que respirar era una tarea casi titánica. Su sutil seducción era abrumadora. El tacto de Thranduil quemaba como unas ascuas.

Más tarde, esa noche, las estrellas brillaban con fuerza en el cielo nocturno y una fría brisa corría entre los árboles, ayudando en su tarea a las hojas que ya habían pasado su época para cubrir el suelo del bosque. En sus cámaras Corchel se afanaba por terminar sus abluciones. Estaba vestida con un camisón de satén de un tono cremoso que cubría sus brazos y no dejaba ver sus pies. Unos tarros con lociones estaban ante ella sobre el tocador y la hija del Rey estaba extendiendo una crema por su rostro. Tauriel, sentada en su cama con su uniforme aún puesto, la miraba fascinada. Corchel lo vio y le dirigió una sonrisa a través del espejo.

—Tengo que cuidar mi piel, para que siga tan suave como la de un bebé. Al Rey y a mí nos agrada mucho.

La elfa silvana no pudo evitar sonrojarse un poco. Una cosa era darlo por hecho y otra muy distinta presenciarlo claramente. Que el Rey, en toda su representación del poder de su pueblo y su naturaleza salvaje, se uniera a su hija debido a la sangre era algo que los Elfos del Bosque habían estado haciendo desde el principio. Aun así era abrumador para ella escucharlo con tanta claridad debido a que el amor no era algo a lo que estaba muy acostumbraba. Y la llenaba de maravilla que su malhumorado y severo Rey pareciera totalmente diferente alrededor de Corchel. Podía recordar con facilidad el día que la presentaron ante Thranduil, con sus padres recién asesinados por los orcos, y que su doncella, que nunca abandonaba su lado, sólo había necesitado una mirada dulce hacia su padre para que la dejase encargarse de ella.

Después de la crema, Corchel cogió uno de los dosificadores de cristal que estaba lleno de una especie de líquido parecido al agua cuyo nombre Tauriel nunca era capaz de recordar. Se lo aplicó sobre la cara y la piel no tardó en absorber la humedad. Complacida por el resultado, pasó las manos por sus mechones que estaban ligeramente rizados después de cepillarlos. Sin saber cómo, había pasado de parecer una princesa a una cortesana y el cambio era como magia para su pupila.

—¿Vas a pasar la noche con Su Majestad?— inquirió de pronto, sin saber qué más decir.

—Claro, dónde si no— respondió la otra alegremente—. Ya sabes que yo me debo al Rey, Tauriel. Es mi derecho y mi privilegio. Su voluntad es la mía así como mi amor— dijo con voz suave. En cualquier otra persona hubiera parecido una letanía recitada de memoria. Volvió a coger su cepillo y se peinó de nuevo, aparentemente no satisfecha del todo. Observó a la elfa atentamente—. Legolas me contó que las arañas han vuelto a dar problemas y que te desenvolviste muy bien.

El halago aligeró un poco más el corazón de la elfa silvana, que aún seguía algo sensible por la dureza de Thranduil.

—Hice lo que pude. Sin embargo...— no estaba contenta con lo que tenía que decir pero era la verdad—, no acabamos con todas. Hablé con el Rey y le dije que debíamos matarlas en el nido pero no me escuchó.

—Sí— estuvo de acuerdo Corchel, resignada—, no suele prestar mucha atención a los demás. En cualquier caso, déjame a mí. Y levanta esa barbilla, hening. La cabeza bien alta.

Un último beso de buenas noches y la doncella elfa la dejó en sus propias habitaciones. Se dirigió hacia los aposentos reales y apenas se cruzó con nadie. No todas las antorchas estaban prendidas y parecía ser la única en el mundo. Sus zapatillas producían un ligero y seco ruido al andar que aumentaba esa sensación de aislamiento. Finalmente llegó hasta la gran puerta tachonada con plata que marcaba el comienzo de las dependencias más íntimas del monarca. Golpeó suavemente, por costumbre más que por necesidad, y entró.

Thranduil le daba la espalda, sentado en uno de los divanes de cuero que había enfrente del fuego. No levantó la vista de los documentos que estaba leyendo. Parecía que, fuera lo que fuese aquello, no eran buenas noticias. Corchel se acercó con sigilo, deteniéndose detrás de él.

—Ada— le interrumpió con suavidad. Se inclinó sobre él y apoyó la mejilla contra la suya, con cuidado—. No es momento para seguir trabajando. Es demasiado tarde. Y ni siquiera te has quitado la corona— le recriminó, incorporándose de nuevo para dirigir un ceño fruncido al tema en cuestión.

El elfo suspiró, rindiéndose ante sus palabras y dejando caer los papeles sobre su regazo. Mantuvo el cuello quieto cuando notó los dedos de su hija moviéndose por su cabeza. Era tan familiar que no le hizo falta preguntarse qué estaría haciendo.

—Lo sé, lo sé, Mírwen. No he podido resistirlo, hay...— frunció el ceño. Pensamientos sobre sus prisioneros tomaron forma en su mente con todo lo que ello implicaba—. Hay demasiadas cosas que me inquietan y me quitan el sueño.

Corchel consiguió liberarle del peso de la corona y la dejó a un lado. Thranduil se sintió enseguida más ligero y notó un dolor de hombros del que hasta entonces no había sido consciente. Al fin pudo mirar a su hija desde que esta había entrado. Estaba tan hermosa como siempre. Fue un bálsamo para su corazón cansado.

—Finalmente ha llegado la noche. Pensé que este día horrible duraría eternamente. Aunque no es como si debiera quejarme, ¿no?— esbozó una sonrisa amarga, mirando las llamas—. Tiempo es lo que nos sobra.

La doncella elfa se detuvo ante él, observándole desde arriba con una dulce expresión.

—Pero ahora que podemos descansar lo hacemos con más gozo, ada, después de haber cumplido con todas las obligaciones que se requerían de nosotros. Tenemos libertad para entregarnos al descanso sin remordimientos. Los enanos seguirán ahí por la mañana, al igual que las arañas contaminando nuestro bosque. Y más amenazas y más problemas, pero todo ello puede esperar.

Thranduil no contestó, sólo la miró. Dejó que Corchel le condujera hacia la tina de madera, que cada noche los sirvientes tenían preparada, y le librara de todas las capas de ropa. Allí su hija se afanó en bañarle, sentada detrás de él y con el camisón arremangado, frotando cada porción de piel y carne que había quedado al descubierto. Tenía cuerpo de guerrero y era un placer prodigarle todo el mimo que merecía. Recorrió con los dedos mojados esas cicatrices, algunas incluso más antiguas que ella, que modelaban de una forma distinta su figura. No le afeaban y de todas formas nada hubiera podido hacerle pensar algo así. Conocía la historia detrás de cada una de ellas. Sólo podía sentir ternura.

Las acarició mientras dejaba caer la esponja, posaba su otra mano en el ancho hombro de Thranduil, cubierto de su espeso cabello dorado, y le obsequiaba con decenas de besos en su garganta y su cuello. Sabía al jabón con el que le había bañado y, al estar empapado, beber las gotas que decoraban su piel era como beberle a él mismo. Corchel cerró los ojos y se permitió también disfrutar de ese momento tan preciado en el que sólo estaban ambos y su amor.

—Aran vell— murmuró.

La sangre del Rey se inflamó ante el tono de adoración en su voz. Ladeó la cabeza hacia ella y la agarró. Observó sus ojos por un segundo tormentoso antes de besarla, de devorarla con la boca de la misma forma que deseaba hacer con todo lo que era. Salió del agua antes de ceder y meterla a ella dentro, con lo que a la larga sólo les alejaría más del lecho. Su erección la golpeó en el vientre cuando estuvieron frente a frente. La elfa gimió ante la sensación.

—Ci sui 'lî erin lam nîn—masculló Thranduil entre besos. La vio sonrojarse y perder el aliento y no pudo más. La visión prácticamente le quitó la cordura.

La sujetó con rudeza de los hombros, más de la pretendida, y la obligó a agacharse. Corchel obedeció sin rechistar porque ella misma estaba en llamas. Tenía la boca seca en anticipación de los placeres que le daría al Rey. Placeres que ya conocía y a los que era muy, muy aficionada. Abandonó la vista de sus hermosos ojos azules para dedicarle su atención a su pene. Estaba dolorosamente erguido en toda su gloria, con la punta en forma de hongo —que ella se moría por saborear— casi tocando su ombligo. Alzó la mano y enredó los dedos en el escaso vello rubio que cubría ese mástil de carne y los pesados testículos de debajo. Los muslos masculinos se contrajeron por la tensión.

Thranduil la agarró del pelo y empujó su cabeza hacia delante, al mismo tiempo que sus caderas se movían inconscientemente. Sin embargo, no necesitó hacer eso porque Corchel ya había agarrado su pene para metérselo en la boca.

Padre e hija soltaron un gemido gutural. Él la dejó deleitarse, sabiendo que era como una gatita golosa. Sus testículos sufrieron un espasmo ante el pensamiento. Tenía la impresión de que hacía siglos que no estaba dentro de ella. Corchel usó dientes, lengua y dedos para recorrer esa más que familiar extensión de carne. Años y años le permitían reconocer sin pensarlo cada aspecto de su miembro. Las dos gruesas venas que iban a lo largo de toda la longitud, la ligera inclinación del órgano y su sabor almizclado. Chupó y lamió, y acarició y apretó en su afán por devorarle entero, por conseguir todo lo que pudiera de su gusto y de su tacto. Era una gozada sentirlo presionar contra el fondo de su garganta. Al principio siempre lagrimeaba un poco al notar la falta de aire, pero la perseverancia y el amor lo atenuaban pronto.

El rey elfo abandonó su cabello para sujetarla con firmeza por ambos lados de la cara. Consideró que su hija había disfrutado bien de la mamada y que ahora le tocaba a él. Comenzó a bombear contra su boca, haciéndole el amor de la misma forma que más tarde se lo haría a su vagina. Su escroto golpeaba la barbilla de Corchel, quien tenía el rostro contraído en una mueca. Respirar ahora sería mucho más difícil pero a Thranduil no le importaba. Estaba subyugado por la certeza de tenerla totalmente bajo su control.

Entonces la doncella elfa alzó la mirada y le observó con sus ojos grises velados por lágrimas sin derramar. Se apiadó de ella y sacó su pene de su boca, masajeándole la mandíbula para paliar el dolor.

—Buena chica— la elogió con una sonrisa cariñosa.

—Ada— suspiró profundamente. Sus pechos subieron y bajaron y de repente Thranduil no soportó la visión de esa tela ocultándolos de su vista.

La levantó y la despojó de su camisón de satén. Su cuerpo níveo estaba sonrojado y sus pequeños pechos, erguidos tan orgullosamente como su erección, tenían los pezones tan excitados y puntiagudos como la punta de una flecha. Después de un beso profundo, hizo girarse a Corchel y la llevó ante la cama.

—No gûn enni— ordenó Thranduil, su voz suave pero innegablemente autoritaria.

Su hija hizo le que le pidió. Se inclinó sobre el borde del colchón, apoyándose en este para mantenerse en equilibrio. Sintió sus dedos tocándola, sondeándola y prodigándole tiernas caricias. Con un movimiento fluido dejó descansar su torso sobre la cama. Sus senos desnudos quedaron aplastados bajo el peso de su propio cuerpo.

Thranduil tocó los muslos lechosos en un último roce lánguido antes de agarrar su miembro palpitante. Parecía una entidad propia que, al igual que él, se estuviera muriendo de deseo. Así que les dio lo que deseaban, a todos ellos, y penetró a Corchel con un embate decidido. La elfa soltó un gemido profundo y ronco y sus dedos se crisparon con fuerza sobre las pieles que cubrían las sábanas. Estaba tierna, húmeda y dulce y se abrió a él sin ninguna resistencia. Siglos de amor la habían modelado a la par de su contorno con una perfección que ningún artesano de ninguna raza podría ser capaz de igualar. Era como sumergirse en amor puro, regresar a lo más profundo de su ser y ser amado sin tacha y sin tapujos.

—Mi dulce, dulce Mírwen— susurró con amor infinito, mirándola por debajo de sus pestañas.

Su hija giró la cabeza para observarle con sus ojos oscurecidos por encima del hombro y el Rey empezó a moverse. Con fuerza, con ímpetu, sin un asomo de duda. Tomó lo que era suyo y lo desparramó para su disfrute. Thranduil agarró las caderas de Corchel y la penetró infinitas veces. El sonido de la carne húmeda siendo golpeada inundó la estancia junto con los roncos susurros y los gemidos quedos. Los músculos de su padre se contraían por la tensión de explotarla con todo lo que tenía. Para ella era maravilloso. Tanto placer, tanta intimidad. Poder desnudarse completamente con alguien de esa forma le era más preciado que todos los estremecimientos que le recorrían la matriz y los pezones, cada terminación nerviosa de su cuerpo.

La figura masculina se cernió sobre ella, aplastándola aún más. El calor que desprendía Thranduil la rodeó como una manta y se dejó arropar por él. Él tomó sus pechos entre sus manos y al hacerlo los tomó enteros. Se movió para ajustarse mejor en la nueva posición y sus piernas presionaron las de Corchel y las rodearon, abriéndola todavía más. Fue consciente de una manera más profunda de la presencia de su padre en su interior y apretó la frente contra las pieles, con los ojos cerrados. La acariciaba de una forma que era enloquecedora. La besó en la húmeda piel del cuello y, luego, en una oreja puntiaguda.

No dijo nada, simplemente comenzó a balancearse de nuevo. Con el trasero levantado para recibirle y escondida bajo su cuerpo, no se podía sentir más vulnerable. Pero debido a ello la cercanía entre sus corazones parecía estrecharse de una manera incluso física y el placer se volvía insoportable. Corchel la sentía golpeándola, arándola, hasta lo más profundo de su ser. Marcándola en su propia matriz, en su propia mente.

Los testículos del Rey, que golpeaban sin tregua el trasero de su hija, no aguantaron mucho tiempo antes de contraerse y vaciar todo su contenido dentro de ella. Thranduil rugió con toda la fuerza de su pecho y apretó la figura femenina con tanta intensidad que cuando la cordura regresó a él temió haberle hecho daño. Bombeó un par de veces mientras eyaculaba y el semen llenaba y llenaba la vagina vacía y receptiva de su hija. Con suerte, pensó, esa vez concebirían un hijo. Pero ya habría tiempo para eso. Sus caderas se estremecieron y terminó por fin. Se mantuvieron en silencio una eternidad, escuchando sus propios resuellos.

Poco a poco recuperó el ritmo normal de su respiración, con la cabeza apoyada sobre el hombro de Corchel. Esta se movió ligeramente para mirarle con dificultad debido a que sus rizos morenos estaban apresados entre ellos. Sus mejillas estaban coloradas. Era tan hermosa.

El rey elfo no escuchó ninguna palabra salir de sus labios, lo vio todo en sus ojos. Entonces dejó que la ira, el dolor, el arrepentimiento y una infinidad de sentimientos que no creía conocer del todo se fueran y quedara sólo lo que sentía por ella. Él tampoco dijo nada y no hizo falta.


El crédito para las páginas correspondientes se puede ver en mi perfil.

Traducciones:

-I naw nîn û ben naw gîn: no estoy de acuerdo.

-Rhaich, negyth!: ¡maldición, enanos!

-Aran vell: amado rey.

-Ci sui 'lî erin lam nîn: eres como miel en mi lengua.

-No gûn enni: inclínate hacia delante por mí.