¡Hola! Aquí vuelvo con un nuevo capítulo. Ha sido muy interesante plasmar los conflictos del libro en mi historia y hacerlo de tal forma que incluya a Corchel, así como perfilar ligeramente la psicología de Thranduil respecto a un par de temas importantes de su vida. Aviso que, también, hay una escena de sexo aunque no tan explícita.
Muchas gracias por los comentarios y el entusiasmo. A disfrutar :)
Capítulo 3
La siguiente vez que Thranduil habló con Thorin Escudo de Roble, las cosas parecieron acabar incluso peor. Corchel estuvo presente en todo momento, por supuesto. Estuvo presente cuando el Rey Elfo ofreció su ayuda al errabundo enano, cuando este le tiró su cortesía a la cara. Estuvo presente cuando su padre le habló de unas joyas y un robo, cuando Thorin le acusó de no tener honor. Había hecho una mueca al verle quitar la magia que ocultaba su aflicción, al verle sucumbir de tal forma a la ira. Era doloroso para ella ver lo que los dragones le habían hecho porque no sólo el daño era físico. Para un elfo, inmortal y hermoso, tener que vivir toda su larga vida con tal desfiguración era una carga pesada.
La antipatía que el día anterior había sentido hacia el enano aumentó. Por esa razón, no sabía muy bien por qué se encontraba entonces en las mazmorras, buscando una celda separada de las demás. Tuvo cuidado en no tener encontronazos innecesarios y vigiló bien cada esquina antes de recorrerla. Finalmente detuvo sus pasos y observó al enano que yacía sentado con la espalda apoyada en la roca al otro lado de unos barrotes. Su figura, aunque demasiado robusta, daba la impresión de empequeñecer en una prisión pensada para huéspedes más altos.
Al cabo de unos minutos notó su presencia. La cabeza cubierta de enmarañado pelo negro y gris se giró y se sostuvieron la mirada por quién sabe cuánto.
—Te recuerdo, Thorin Escudo de Roble— dijo Corchel al fin.
El enano apenas parpadeó.
—Nos conocimos en tu montaña y no me causaste la mejor de las impresiones. Ni tu familia. Recuerdo la belleza de tu hogar y la prosperidad y felicidad de tu gente y la codicia que fluye por vuestras venas.
—Es curioso que digas eso, mujer— respondió Thorin. Su voz era dura como el acero—, teniendo en cuenta el amor que siente tu propio rey hacia el oro y las joyas.
—A mi rey le gustan las cosas hermosas y no veo cómo eso puede ser un crimen. A él no le ha cegado el brillo de las gemas y la plata y no demostró nunca descortesía hacia tu reino. Vi como tu padre, a un gesto de Thrór, le mostró al mío unas piedras preciosas que parecían estrellas tomadas del mismo cielo y un montón de oro tan cegador como el propio sol y vi cómo ese mismo enano que se hacía llamar nuestro amigo se burló de mi señor y le engañó. Vi la cara de mi padre pasar de la maravilla más absoluta a la indignación. Indignación justa, si me preguntas...
—No lo hago— gruñó él.
—..., porque fue insultado de la forma más vil.
Thorin se levantó y se acercó a los barrotes pero no los tocó. Se quedó ahí de pie, vestido únicamente con sus botas, pantalones y camisa, y la miró con el rostro ceñudo.
—Mi abuelo no tenía por qué darle nada al rey Thranduil sin un pago. Los tratados de amistad, amistad que los tuyos destruisteis, os proporcionaban suficientes riquezas.
El enano vio cómo el rostro de la elfa se torcía en una mueca de desdén. No parecía un adorno tan bello en ese momento si no que mostraba una inusitada fiereza. Le vino a la memoria ese día hacía tantos años cuando la había visto a la sombra del Rey Elfo como parte de su séquito en Erebor. No había cambiado nada y tampoco la forma en la que observaba a su señor. Había sido después, cuando Thranduil había dado media vuelta para irse, que su expresión había perdido la serenidad y sus ojos se habían encontrado con los de Thorin. Le había mirado con furia y con dureza y no había sabido qué pensar ni esperar. Puede que fuera a descubrirlo tiempo después en una mazmorra élfica.
Corchel le miró con impasibilidad. Sin simpatía. Sus palabras no parecían afectarla como a Thranduil.
—No se trataba de dar, enano— ignoró la acusación de la negación de pago y Thorin no pudo discernir si al dirigirse a él lo hacía con displicencia o no—, sino de respetar. Y ahora tú muestras la misma imprudencia que tu padre y abuelo— guardó silencio unos segundos, sin añadir nada más—. Hace mucho que no se sabe nada de Smaug el Dorado y hay varios que le creen muerto. Yo, sin embargo, sostengo que el mal que asola esta tierra no es tan fácil de erradicar y por tanto me temo que tu decisión... si es la que creo que es— añadió tras un momento de silencio—, te lleve a consecuencias que no quieras aceptar, Thorin Escudo de Roble. Si eres el rey que alegas ser, debes saber que de tus acciones depende la suerte de otros.
Thorin la maldijo en su mente mil y mil veces más. No necesitaba ni quería a una elfa entrometida que le aleccionara, como si en su vida no hubiera tenido que encarar situaciones difíciles. Súbitamente sintió una ira colosal contra Corchel. Ella, con su apostura tan apacible, su piel sin mácula y su corona brillante, nunca había tenido que encarar la suerte que él y su pueblo habían corrido. Miles de años debía haber vivido y siempre con comodidades, sin temer por su vida. Y muchos días de migraciones se podrían haber evitado si su rey hubiera proporcionado ayuda y no traición.
No escucharía ni una palabra más.
—Puedes decirle lo mismo a tu rey— escupió con asco antes de girarse e, insolente, darle la espalda.
Escuchó su profundo jadeo pero en ningún momento —quizás por estupidez, quizás por cabezonería— temió las represalias que su desplante pudiera originar. Era hijo de reyes, de la línea de Durin, y su destino y el de su compañía no se verían afectados por los suaves reproches de la hija del Rey Elfo del Bosque Negro.
Resultó que la única consecuencia que sus palabras tuvieron fue una doble ración en las siguientes comidas.
Un par de semanas después recibió otra sorpresa bajo la forma de su saqueador. El astuto y bravo hobbit había conseguido burlar la vigilancia de los Elfos del Bosque durante todo ese tiempo, rapiñando comida y bebida siempre que le era posible para su siempre hambriento estómago. Su anillo mágico demostró que era más que útil porque gracias a su poder de volver invisible a Bilbo, Thorin pudo intercambiar mensajes con su compañía y proporcionarles aliento y esperanzas. Aunque la esperanza más grande residía en el propio saqueador.
Corchel había intentado desterrar de sus pensamientos a los enanos a pesar de que cada día era consciente de su presencia bajo los pies. Se había convencido de que únicamente había querido convencer al enano de decirle a Thranduil todo lo que quería oír pero había sido demasiado ingenua al pensar que uno de su raza podría ver la verdad y sensatez —cualquier clase de sensatez— en sus consejos.
Inhaló profundamente el aire del bosque. No era tan puro como antaño y en muchos lugares la luz del sol iluminaba con timidez, no obstante seguía siendo su hogar. Su corazón se sentía más ligero y un montón de recuerdos agradables le acudieron a la mente. Puede que su padre se equivocara y nada malo viniera de la presencia de los enanos. Sus presentimientos podrían ser errados y el dragón haber perecido mucho tiempo ha. Quizás era cuestión de esperar para que la negrura que envolvía al bosque remitiera y la vida volviera a abrirse paso. Era el orden natural de la cosas, se decía, y tenía que confiar en eso. Quizás todo saldría bien.
Sus oídos captaron un crujido pero algo le dijo que no se trataba de las arañas. Se giró a mirar y distinguió la peluda cola de una ardilla negra antes de que esta se escondiera entre las ramas de un haya. Sonrió con suavidad y deseó haberse traído algo con lo que entretenerse más allá de su propia compañía pero la urgencia que la había acometido para salir a pasear había sido demasiado repentina e intensa. Había abandonado a Thranduil inmiscuido en sus propios asuntos y, como había sentido que no la necesitaba, había deseado pasar un poco de tiempo con ella misma.
—Pareces muy aburrida, muinthel.
La repentina aparición de Legolas fue toda una alegría para su corazón. Ambos hermanos pasaron el resto de la tarde en el bosque, charlando entre los árboles y persiguiendo a ciervos y conejos como un par de niños por el simple placer de contemplarlos. Compartieron el pan y el queso que una familia de elfos que vivía entre las ramas de un gran roble les dio y los disfrutaron a la orilla del río, tumbados sobre la hojarasca, con sus largos mechones entrelazados como manchas de tinta, con cuidado de no dejarse embaucar por las visiones que inundaban el aire. Rieron como críos y por unos momentos fue eso lo que fueron.
Demasiado pronto la noche cayó sobre ellos y Corchel lamentó que el delicioso tiempo pasado con Legolas estuviera a punto de acabar. Le miró de reojo y observó su sonrisa satisfecha y sus ojos clavados en las hojas de los árboles y en la cada vez más tenue claridad que se colaba entre ellas.
—¿Qué es lo que sientes por Tauriel?— preguntó de pronto.
El niño que habitaba en el otro elfo se marchó y se giró a mirarla con pasmo.
—¿Qué?
Parecía tan sorprendido, tan desprevenido. Casi como si fuera un pensamiento ajeno a él. Pero a ella no podía engañarla.
—Ya me has oído, Legolas— repuso con suavidad. Esbozó una sonrisa—: ¿Qué pasa? Ni que no fuera evidente.
—No sé qué quieres decir. Tauriel es sólo una elfa, una amiga.
Legolas no parecía estar a la defensiva pero había inseguridad en sus ojos. Su hermana no pudo evitar preguntarse por qué. ¿Podría dudar de sus propios sentimientos o, peor, de que estos fueran o pudieran ser correspondidos? Se le ocurrió que debía ser una cosa horrible esa de vivir sin la certeza del amor.
—Sé cómo la miras, sé lo que tu corazón parece cantar cuando estáis juntos. Y ada también lo ve, ¿sabes? Creo que lo sabemos todos. Y no es nada malo, muindor, mi querido hermano.
Entonces sí que el rostro del elfo se volvió impertérrito y dio la impresión de ser el vivo retrato de Thranduil. Hacía pensar en una época anterior en la que el Rey, sin tener que cargar con ese peso, habría sido más joven y más despreocupado. Corchel se preguntó si eso podría ser incluso posible.
—Él no sabe nada— refunfuñó Legolas, incorporándose sobre los codos, el rostro sombrío.
Ella sacudió la cabeza y también levantó su espalda del suelo. Algunas ramitas y hojas secas se desprendieron de su pelo y cayeron sobre su vestido. No le dio un segundo pensamiento a su cabello enmarañado y bajó la mirada para quitar unos rastrojos de su vientre.
—No digas eso, Legolas. Sigo sin conseguir entender por qué os enfrentáis constantemente. Es innecesario que afiances tu posición...
—Yo no hago tal cosa— la interrumpió con indignación—. Simplemente me apresuro a hacerle saber a nuestro padre cuándo está equivocado.
—Quizás te apresuras demasiado— comentó Corchel con sequedad.
Se mantuvieron la mirada por unos minutos, sin hablar, en lo que a todas luces les pareció una batalla de voluntades. Empero fue la elfa la que acabó sonriendo para quitarle hierro al asunto. No quería pelearse con su hermano y tampoco había un verdadero motivo para ello.
—Bueno, a pesar de que te has desviado muy bien del tema, quiero saber qué es lo que sientes por Tauriel.
—Creía que habíamos dejado ese tema.
Corchel rió, echando la cabeza hacia atrás. El otro vio cómo su pelo barría el suelo.
—Nada más alejado de la realidad. Tu persistencia puede ser grande, Legolas, pero la mía también. No olvides con qué elfos me crié— sonrió de buen humor.
A la memoria de Legolas vinieron recuerdos de la infancia de su hermana, cuando era una pequeña, tímida y dulce criatura que estaba todo el rato escondida tras las faldas de su madre y más tarde, al morir esta, de él y Thranduil. Criarla sin una presencia maternal no había sido fácil pero sí muy reconfortante. Con los años demostró una fuerte tenacidad que era tanto heredada como aprendida.
Las buenas memorias le hicieron recuperar un poco la jovialidad. Miró a Corchel de reojo, luchando por no sonreír.
—Ahora estoy seguro de que teníamos que haberte abandonado a la merced de ardillas y conejos. Sanguinarias bestias, estas.
Su comentario le ganó un puñetazo lleno de saña de su hermana y acabaron rodando por el suelo y despreciando toda su dignidad de hijos de reyes. Entre el revoltijo de terciopelos y cueros verdes y oscuros, de cabellos largos y sucios se dejaban oír unas carcajadas que se asemejaban al entrechocar de unas campanitas. Era ciertamente un sonido dichoso.
No tuvieron más remedio que regresar al palacio poco después, con el sol ya oculto tras el horizonte. Saludaron con parsimonia a los guardias apostados a la entrada e ignoraron con un par de sonrisas las miradas sorprendidas. Los hermanos estaban tan erguidos como unos jóvenes árboles e incluso tenían adheridos a la ropa, piel y pelo barro, ramitas y hojas para demostrarlo.
Thranduil y Tauriel les recibieron sin pretenderlo ya que tuvieron un encontronazo mientras el Rey hablaba con su capitana. Se detuvieron al ver a Corchel y Legolas y parecieron tan perplejos como los elfos que les habían visto en su camino de vuelta.
Nadie dijo anda al principio. Legolas se recolocó el cinturón y Corchel intentó con disimulo peinar algunos mechones de pelo. Dirigió una sonrisa a su padre y pupila.
—Hemos tenido un encontronazo con unas ardillas y unos conejos— soltó lo primero que le vino a la mente.
No tuvo que preocuparse porque su hermano supo estar a la altura de las circunstancias. Con toda su recién recuperada dignidad, contestó muy serio:
—Ciertamente unas sanguinarias criaturas.
La elfa silvana necesitó hacer un verdadero acopio de todas sus fuerzas para no comenzar a carcajearse allí mismo. Después de echarle un vistazo a Thranduil con el rabillo del ojo, constató que tal cosa no hubiera sido algo inteligente. Se acercó hasta Legolas y desprendió una pequeña salpicadura de barro seco que manchaba la pechera de su túnica.
—Me alegra ver que habéis retornado sanos y salvos de dicha cuita.
El elfo la miró desde su altura, apenas mayor que la suya, y sonrió ligeramente. Corchel estaba sonrojada aunque se podía ver que tenía dificultades para no reír también. Thranduil, con un profundo suspiro cargado de exasperación, se alejó pero no sin antes mirarles por encima del hombro y decir:
—Ionneg, tienes un poco de excremento de zorro en el pelo.
La vergüenza por saberse descubierta no impidió que Corchel acudiera a sus habitaciones y le recibiera en su cuerpo con el mismo entusiasmo de siempre. Es más, al Rey se la antojó presa de una extraordinaria vitalidad y esa vez fue él quien acabó siendo subyugado, cosa que no le pareció, tampoco, del todo mal. Dejó su cuerpo a merced de su hija y disfrutó de cada caricia, arañazo y apretón que le dio. Ciñó con fuerza sus caderas mientras Corchel le cabalgaba, llena de ardor y de jadeos violentos, y Thranduil sólo pudo mirarla y maravillarse del brillo que el sudor concedía a su piel, de la largura sedosa de sus guedejas oscuras y del sabor de sus labios. Sentía como si estuviera a punto de romperse, con cada miembro tan tenso como un arco presto a disparar su flecha mortal. No fue una flecha lo que disparó pero aun así fue como si hubiera herido de muerte a su hija. Gimió y contorsionó su espalda, agarrándose desesperada al pecho de su padre, y su cara adquirió una expresión de doloroso placer al tiempo que utilizaba una de sus manos para acariciarse ese diminuto botón de carne. Se unió a su éxtasis sin demora.
Thranduil se incorporó para aferrarla de la cabeza e inclinarla, obligándola a yacer sobre él. Besó la frente de Corchel pero ella no se dejó engatusar tan fácilmente. Era como si estuviera hechizada por algún encantamiento. Le miró con ojos brillantes y el Rey vio deseo y tempestades.
Ella posó su mano sobre su mejilla herida y el elfo supo que incluso a través del encanto podía ver su desfiguración, que era a esta a la que estaba tocando en realidad, la que estaba acariciando. Corchel movió los labios pero él no oyó nada. Entonces le miró de nuevo y Thranduil, cautivo, le devolvió la mirada. La ilusión se deslizó sin que pudiera evitarlo y la elfa sonrió.
Sus dedos tocaron con arrobo las crestas e irregularidades que conformaban ese amasijo de carne y tendones. Su padre pensó súbitamente que parecía verle más hermoso. Qué tontería.
—Hay tanto dolor en ti, ada, pero también tanta belleza. Ci veleth e-guil nîn— susurró antes de besarle en los labios.
A su pesar el rey elfo notó que su corazón no permanecía impasible a tales palabras y se negó rotundamente a ello. Abrazó a Corchel contra su pecho, ocultando su rostro de su vista, y luchó consigo mismo porque su expresión no dejara traslucir nada. Necesitaba recuperar el control de sí mismo, de sus pensamientos y emociones, y no dejarse llevar. Porque un poco estaba bien, y más si era con ella, pero había cosas a las que Thranduil no podía dejar marchar y su herida había sido fuente de sufrimiento durante mucho tiempo, más del que su hija había estado viva. Había aprendido a convivir con el dolor del fracaso y a sacar fuerzas de él. Lo había convertido en una máscara llegando a comprender que ese engaño escondía la verdadera identidad.
Y si la miraba, si escuchaba lo que decían sus ojos, dejaría de creerlo y, quizás, estaría perdido.
Dormitaron a lo largo de la noche. Dormir a la manera de los Hombres y Enanos les era algo ajeno y inútil. Aun así, si cualquiera hubiera pasado por allí —suponiendo que la puerta no permaneciera cerrada—, no les habría visto aprovechar esas horas para disfrutar el uno del otro, ni para el amor ni para las palabras, si no que hubieran vislumbrado a un par de elfos reposar en silencio y escuchando sus mutuas inhalaciones. Sus ojos entrecerrados y sus expresiones serenas les hacían parecer más etéreos que nunca.
Cerca del alba Corchel se empezó a sentir demasiado inquieta como para seguir en silencio. Por debajo de las sábanas y pieles, trazó líneas y florituras sobre el costado de Thranduil. Ningún músculo se contrajo. Sin embargo, si hubiera alzado la vista, le habría visto sonreír con suavidad.
—Estaba pensando— intentó conferir a su tono de voz una inflexión casual— que si matamos a las arañas en sus nidos, acabaríamos definitivamente con el problema.
El cuerpo de Thranduil no se puso rígido, fue el aire alrededor de ellos. La doncella elfa continúo con sus caricias como si no lo notara. Su padre supo inmediatamente con quién había hablado y en defensa de quién hablaba.
—Ya he tenido esta conversación con Tauriel. Puedes decirle que mi respuesta sigue siendo la misma.
Finalmente Corchel le miró, apoyando la barbilla sobre su torso. Thranduil inclinó la cabeza para devolverle la mirada a su vez. Alargó la mano para acariciarle el cabello.
—Pero, ada, sabes que es lo más sensato. ¿Por qué no deberían destruir los nidos? No es como si fueran a correr más peligro. Apenas el Sendero de los Elfos es lo suficientemente seguro estos días. Ella tiene razón.
—Es sorprendente— masculló él— como la presencia de Tauriel continúa y continúa apareciendo entre estas sábanas. Voy a empezar a ponerme celoso.
Su hija sonrió. Había notado la aspereza en su declaración pero sólo podía sentir cariño en respuesta. Se inclinó para besarle y, tras eso, delimitarle con un dedo una de sus sorprendentemente oscuras y espesas cejas.
—No puedo evitarlo. Después de todo, es como mi hija.
Thranduil clavó la mirada en una de las lámparas que iluminaban con una sutil luz la estancia, proyectando sombras sobre las paredes y el suelo. No había ventanas porque estaban bajo tierra y en incontables ocasiones había sentido el corazón dolorido por la falta de luz solar o por no poder ver árboles ni flores mientras descansaba. Quiso decir que algún día ella tendría hijos propios y serían los más regios de todos por llevar su sangre por partida doble. No lo hizo. Hacía mucho tiempo que eran dueños del cuerpo del otro y no había ocurrido. Los hijos eran acontecimientos insólitos en la vida de los suyos, lo sabía, y tal vez su cuota había sido completada ya. Tal vez no tenía derecho a ser más bendecido.
De repente hasta sus oídos llegaron increpaciones, gritos y toda clase de juramentos. Oyeron cómo alguien corría y unas voces se alejaron y otras se acercaron. Se acercaron tanto, de hecho, que acabaron ante las puertas de Thranduil. Para entonces, el Rey ya tenía el ceño fruncido y una reprimenda preparada en los labios por molestar su sosiego.
Las puertas se abrieron de golpe y un par de elfos, entre los que se encontraba Galion, el mayordomo —que parecía muy perjudicado, con la nariz roja y agarrándose las sienes— y un guardia. No se podía decir quién estaba más mortificado pero fue el soldado el que, mostrando un poco de decisión, habló:
—Mi Rey, ha ocurrido algo. Los enanos...— se interrumpió, echando una mirada nerviosa al otro sirviente que este devolvió—. Los enanos...
—¿Sí?— le increpó Thranduil con impaciencia, incorporándose sobre los codos, al verle vacilar—. ¿Los enanos qué, guardia? ¿Los enanos qué?
—Han escapado.
Y esto les había resultado a los susodichos enanos relativamente fácil. Claro está que nada hubiera llegado a buen término, ni siquiera hubieran podido poner un pie dos pasos más allá de los barrotes de sus celdas, si no hubiera sido por Bilbo Bolsón, al que después de esto la compañía tuvo en más consideración aún. También había sido fácil meterse en los barriles, aunque con reticencia. Lo que de ninguna forma había sido ni sencillo ni divertido había sido el viaje. Más adelante, cuando recuperaran el resuello y consiguieran reanimar a los desfallecidos Dori, Ori, Nori, Oin y Gloin, llegarían ante las puertas de la Ciudad del Lago y serían recibidos por unos atónitos habitantes y un desconfiado gobernador que, al saber la identidad de Thorin Escudo de Roble, les darían cobijo y ayuda del todo alborozados.
Mientras tanto, en el reino de Thranduil corría el descontrol. Nadie era capaz de dar con los enanos desaparecidos ni de averiguar a dónde habían ido. El cómo habían escapado era también desconocido y tenía a los guardias perplejos. Tauriel, en calidad de capitana, llevó a cabo un exhaustivo interrogatorio con unas cuantas interrupciones y aportaciones, como le gustaba llamarlas al Rey, que degeneró en nada. Según pasaban los días los ánimos generales se fueron calmando y Corchel intentó, con tacto y sutilidad, apartar la mente de su padre de ese asunto.
Pero parecía imposible. El odio visceral teñido de miedo y espanto que se había grabado en el corazón del Rey el último día de Doriath no le dejó descansar y apenas comer. Su hija tenía que luchar hora tras hora para sacarle algo más que órdenes furiosas de venganza y sueños desesperados de horror.
—Ada, tienes que intentar olvidarlo— sollozó una noche, sentada entre las sábanas.
—No puedo. No lo entiendes. No puedo. La sangre, la muerte. ¡La muerte! ¡Mujeres, niños! No sabes cómo fue, cómo fue luchar por los tuyos, por tu hogar, mientras a tu alrededor aquellos por los que matabas morían por el fuego y el acero— cerró los ojos mas le fue imposible escapar de sus palabras, de sus recuerdos. Cerró los ojos y volvió a verlo, volvió a recordar ese día en el que los Enanos vencieron—, ¡por acero enano!— lanzó un grito de tal agonía que Corchel temió que perdiera la cordura allí mismo.
Quiso abrazarle y acariciarle el cabello. Susurrarle palabras consoladoras al oído y decirle que todo estaría bien. Thranduil, encogido sobre sí mismo y sujetándose la cabeza con las manos, se lo permitió contra todo pronóstico.
—Pero ojalá... ojalá pudieras— susurró ella.
—Nunca, nunca. Antes olvidaré mi nombre que olvidar eso.
El Rey Elfo del Bosque Negro se rindió y por primera vez en muchísimo tiempo se permitió llorar. Y lloró en el regazo de su hija y tiñó sus ropas de lágrimas tan espesas como la sangre y se abandonó murmurando sobre la codicia de los enanos.
El crédito para las páginas correspondientes se puede ver en mi perfil.
Traducciones:
-Muinthel: hermana.
-Ada: papá.
-Muindor: hermano.
-Ionneg: hijo mío.
-Ci veleth e-guil nîn: eres el amor de mi vida.
