¡Hola! Y seguimos con la historia :) No voy a entrar en demasiados detalles porque ya se verá todo aunque sólo decir que este capítulo en concreto puede ser bastante interesante ^^ También quiero decir que como llevo unos días enferma y me quedaré sin ordenador porque van a arreglarlo no sé si el siguiente estará para dentro de una semana.

Muchas gracias por los comentarios y el entusiasmo. A disfrutar :)


Capítulo 4

Había pocas cosas que Corchel más apreciara que la paz y aún no tenía ni idea de cuánto llegaría a desearla. Echar la tarde tranquilamente con un libro y una taza de té dulce junto con Tauriel o engatusar a su hermano para unirse a ella en una práctica con el arpa para que diera vida con su hermosa voz a las partituras que ella había compuesto. Pasear con su padre y ver el anochecer en el horizonte sin ninguna araña de por medio y sus cuerpos como única fuente de calor. Cosas normales que siempre había dado por hecho y que de repente tomaron un cariz totalmente distinto.

Thranduil se tranquilizó en unos pocos días y llegaron al acuerdo tácito de no volver a hablar de lo ocurrido. La expresión pétrea del Rey le había dejado claro que no importaban las circunstancias. Pero no era tan fácil. Ella había accedido, claro, qué otra cosa podría hacer mas que complacerle. Nadie podía ir por ahí simplemente llevándole la contraria, después de todo no era alguien con quien jugar. Corchel sabía que nadie en toda la Tierra Media olvidaba nunca que su padre había reinado toda su vida sin la necesidad de ningún anillo de poder y ella lo tenía más presente que los demás. Sin embargo, tener que obedecerle en este caso trajo una inusitada amargura a su corazón. ¿Acaso ella sólo valía como desahogo, como consuelo, pero no era lo suficientemente buena para ganar lo que había dentro de su mente? Un pensamiento amargo que no la había importunado antes y por esa misma razón parecía más insoportable. Llegó a preguntarse si toda su vida había estado engañada como una tonta enferma de amor y pasaron días en los que no pudo dejar de darle vueltas al asunto. Aún así su corazón se rebelaba y se negaba a dudar del amor de Thranduil.

Y si este se dio cuenta de que algo no iba como debería, no lo dijo. Corchel fingía bien. En la corte del Bosque Negro había que aprender a ser más certero que una flecha y muchas veces los elfos hacían honor a su fama de peligrosos, aunque los juegos de los cortesanos se habían vuelto súbitamente aburridos y carentes de propósito. Más de una vez abandonó la sala del trono en busca de la soledad de los salones privados. Quería dejar de pensar lo que pensaba, calmar sus inquietudes que no servían para nada. Un día abandonó a su padre para dirigirse a la biblioteca y su expresión mostraba tan cantidad de congoja que alguien la siguió.

Este alguien encontró a Corchel de rodillas sobre el suelo, con la respiración acelerada y la vista clavada en un montón desperdigado de pergaminos y tomos que daba a entender muy poca delicadeza y preocupación hacia su valioso contenido. Este alguien sintió infinito pánico al verla comenzar a llorar.

La delgada figura de la doncella del Rey contrastaba poderosamente en la enormidad de la habitación. Era como una hormiga en medio de un bosque, porque incluso la biblioteca había sido diseñada como si hubiera sido creada entre árboles. No había una estancia igual en todo el reino de Thranduil.

Pasó un segundo y una eternidad hasta que Corchel sintió que alguien se arrodillaba a su lado sin decir palabra. No apartó la vista de las letras de las páginas que leía.

—Nunca había prestado atención a esto. Siempre habían sido tinta sobre el papel, nada que pareciera real. Un cuento acontecido a otras personas, en otro tiempo. Casi en otro mundo— dijo entonces.

Tauriel se mantuvo en silencio, esperando. No sé preguntó a dónde quería ir a parar.

—Nunca he vivido una guerra y siempre que me hablaban de ellas, mis tutores, mi padre... Nunca parecía real. Nunca lo era. Simplemente tenía que saberlo, tenía que saber quién llevaba razón y quién no y lo que estaba mal. Pero eran lecciones, no realidades— la elfa ahogó un sollozo. Inclinó ligeramente la cabeza y su cabello ocultó sus ojos de la vista—. Y a él nunca pareció... Ú-iston... Siempre lo ha hecho sonar tan fácil. Un héroe a mis ojos y resulta... Coger las armas y hacer lo correcto, mostrar valor, luchar. Mi padre es tan valiente, hening. Siempre ha sido un titán para mí.

Cuando un silencio siguió a su declaración y no lo rompió, Tauriel empezó a inquietarse. Mostraba una apariencia realmente abatida. Se volvió a preguntar qué podría haberles pasado. Con suavidad y cautela, como si se acercara a un cervatillo asustado y tímido, posó la mano sobre el hombro de Corchel y la acarició reconfortantemente. No era mucho pero devolvió al presente a la otra elfa.

—No me imaginaba que era tan difícil— musitó.

—Matar siempre es una responsabilidad— respondió Tauriel—. Pero cuando lo haces por defender a los tuyos supongo que se vuelve más soportable— de todas formas no lo entendía muy bien. Durante toda su vida había cazado orcos y arañas gigantes, con la única excepción de algún temerario y solitario cazador furtivo, y no era difícil en absoluto. La sensación de disparar, de hecho, era bastante emocionante. Claro que ella nunca había estado en una guerra, y su señor en varias, cosa que había deseado desde hacía mucho tiempo. Anhelaba probarse de esa manera.

—No lo entiendes, nunca le había visto así... Si él... si él no es una roca, inalterable, inmutable, resistente y dura entonces yo... Cuando era pequeña y le miraba ahí, en lo alto de su bonito trono, pensaba: «Vaya... Nunca me va a pasar nada. Nunca va a ocurrir nada malo».

A la joven capitana no se le ocurrió nada que decir y eso no molestó a Corchel. Simplemente se quedó allí haciéndole compañía mientras ojeaba escritos tras escritos sobre La Ruina de Doriath y La Guerra de la Alianza, vivencias plasmadas en el papel como meras anécdotas, números y estrategias en lugar de la realidad y pesadilla que fueron para el Rey Elfo del Bosque Negro.

Las horas pasaron y tuvo que insistir para que Corchel abandonara la biblioteca. Estaban muy cerca de perderse la cena y sabía que, como la hija del Rey seguía sumida en profundas cavilaciones, encargarse de que Thranduil no se inquietara por su ausencia y empezara a preguntarle dependía de ella. Así que Tauriel la acompañó a sus habitaciones y la ayudó a arreglarse un poco con bastante premura. Cepilló su cabello casi descuidadamente y dejó los frasquitos de esencias, perfumes o lo que fuesen por imposibles. En todo el proceso, que no tomó mucho tiempo, la doncella sólo permaneció sentada ante el tocador. Su arpa abandonada un par de pasos más allá daba la impresión de compartir su aura desdichada.

—No sé qué ha pasado entre vosotros— susurró Tauriel con suavidad— pero estoy convencida de que no es tan grave como piensas. Avo drasto.

Corchel no respondió. De todas formas, parecía un poco más animada y no hubo necesidad de arrastrarla hacia el comedor.

Si alguno de sus compañeros de mesa se dio cuenta del tenso estado de ánimo no lo hicieron saber. La hija del Rey apenas probó bocado durante toda la velada mientras que, a su lado, Thranduil parecía ingerir una copa de vino tras otra de ese al que era tan aficionado. Comió con más apetito, como si tuviera que suplir la carencia de su hija, y disfrutó con jovialidad maliciosa de las pullas que dirigió a varios de los cortesanos que aquella noche el rey elfo había permitido que compartieran su mesa.

Cuando llegó el plato estrella de la noche —un venado relleno de codornices rellanas de manzanas asadas que habría llenado de admiración incluso el estómago de un enano— Thranduil se cansó de la actitud distante de su hija. La obligó a comer de su mano y frunció el ceño cuando ella no pareció disfrutar el exquisito bocado. Lo mismo ocurrió con el vino, del que de todas formas Corchel se negó a beber mucho. Su padre la agarró de la cintura y sintió el repentino impulso de colocarla sobre su regazo si tal cosa no hubiera sido del todo indigna de cualquier actitud civilizada. Sobre todo en público. Finalmente la besó en la mejilla y ella respondió con una pequeña sonrisa que, sin embargo, era una de las de ella. Corchel le miró a los ojos un momento y él los vio llenos de amor y una ligera tristeza.

—Ni melig?— preguntó de súbito.

Ella pareció sorprendida pero volvió a sonreír al ver el brillo en la mirada de Thranduil que desmentía su expresión severa.

—Gi melin— respondió y entonces, por unos instantes, lo volvió a tener claro en su corazón.

Él no devolvió sus palabras y ella no le hizo la misma pregunta aunque estuvo muriéndose de ganas el resto de la cena. Más tranquila, pese a todo, permaneció con una expresión serena en el rostro hasta el final.

Para su sorpresa Thranduil no le permitió regresar a sus cámaras si no que la agarró de la mano y la llevó directamente hacia las suyas. La expresión del mayordomo del Rey cuando vio a su señor prácticamente arrastrando de forma tan ignominiosa a su hija no tuvo precio; menos aún lo tuvo, incluso, su rostro cuando apenas escapó indemne del encuentro después de que Thranduil le hubiera dirigido una mirada llena de enfado acerado. Aquello le hizo recordar al desdichado sirviente el incidente de los maleducados enanos y su huida tan poco oportuna.

Nada más entrar Corchel se encontró a sí misma contra la pesada puerta de madera y la casi sofocante presencia de su padre ante ella. Tuvo que inclinar la cabeza para encontrar sus ojos azules porque a esa distancia su extraordinaria altura se hacía más evidente aun. La cortina de lacio pelo rubio la refugió del mundo cuando Thranduil escondió el rostro en su cuello. La elfa se estremeció hasta la punta de sus pies debido a los intensos besos que le comenzó a prodigar. Sin tener en cuenta su melancolía se sintió fundir en calor puro.

—Mi Mírwen, mi preciada Mírwen...— los susurros de Thranduil eran quedos y estaban llenos de urgencia mientras luchaba por levantarle las faldas hasta las caderas.

El corazón de Corchel tronaba dentro de su pecho como una docena de caballos a la carrera y cerró los ojos, disfrutando en lo más profundo ese momento. Las palabras luchaban por abrirse camino hacia sus labios y durante unos segundos quiso contenerlas para no estropear esos maravillosos sentimientos pero, entonces, con dolorosa exactitud recordó la visión del rostro de su padre desgarrado por la pena y los recuerdos y se armó de valor.

—¿Pero acaso es eso verdad...?— una amargura que no quería imprimir en sus palabras la sorprendió tanto como a él—. Mírwen, Mírwen... ¿Soy de verdad algo preciado o... simplemente una... joya? Una preciosa joya... ¿para acaparar sin contemplaciones?

Al principio no vio nada más que confusión en Thranduil y su aliento con olor a vino se hizo dolorosamente audible mientras el Rey intentaba superar sus ansias llenas de pasión para escucharla, para comprenderla. Él recolocó un mechón detrás de su oreja, dejando a la vista su punta picuda, y encontró su mirada. Habló con decisión, sintiendo que había fantasmas que ahuyentar.

—Eres mi más preciado tesoro, Mírwen...— frunció el ceño ligeramente y, al verla inclinar la cabeza, le agarró la barbilla—. Lo sabes. Lo sé. No comprendo...

—Me das tu deseo y tu corazón pero a veces parece que no soy digna de tu confianza— espetó Corchel. Lágrimas de frustración empezaron a reunirse en sus ojos—. N-no me permites escucharte cuando los recuerdos te atormentan, no me dejas saber cómo fueron las cosas de verdad... Sé que la historia de nuestra familia ha sido dura, ada, de verdad que lo sé... Y puede que mi vida haya estado llena de comodidades y no obstante... no obstante aprecio cada cosa que tengo y sé que esto ha costado sangre. ¡Soy digna de saber, ada! Soy digna de todo...— suspiró de forma violenta, queriendo sentir toda la confianza de la que hablaba— soy digna de todo lo que tienes.

Nadie dijo nada en lo que pareció una edad completa y Corchel estuvo esperando tener que enfrentar su furia e indignación en cualquier momento. Mas tal cosa no sucedió. Thranduil agarró su rostro entre sus manos y juntó sus cuerpos aun más a pesar de parecer imposible.

—Eres digna. Eres digna de cualquier cosa. De mi amor, mi ardor y sobre todo mi confianza. Pero, iellig, ¿acaso no te das cuenta que no existe otra persona hacia la que sienta más intimidad? Nadie conoce mi corazón como tú— agarró una de sus manos y se la llevó al pecho. Entonces sonrió con suavidad—. Quizás es cierto que hay cosas... de las que no me gusta hablar. No es porque no quiera decírtelo a ti en concreto, porque no me fíe de ti, si no... Hay hechos muy dolorosos y contarlos produce el mismo sufrimiento que estos trajeron consigo en su día.

Corchel bebió de la visión ante ella mientras sus palabras calaban con suavidad en su mente y por primera vez en días dejó de preocuparse acerca del arrebato emocional que su padre había tenido esa otra noche. Escucharle decir esas cosas, cosas que en realidad ella sabía que sabía, fue un bálsamo. Y sonrió, sonrió tanto como para eclipsar las estrellas, y le abrazó.

—Cuando sea que me lo cuentes, escucharé.

—Y llegará el día en que lo haré.

—Gwestog?

—Gweston.

Levantó la cabeza para mirarle y el repentino deseo la dejó temblando. Acarició sus brazos cubiertos por el lujoso terciopelo escarlata y vislumbró el mismo anhelo en sus ojos que la recorría. Le acarició la mejilla.

—Ahora olvidemos las palabras, ada— susurró.

Una sonrisa peligrosa frunció sus labios y Corchel se encontró de nuevo presionada contra la puerta sin poder respirar apenas. En unos segundos volvió a tener la falda subida y las ásperas manos de Thranduil entre las piernas. Tuvo que sujetarse a él para no derrumbarse, arqueando la espalda cuando unos estremecimientos agudos de placer la sobrevinieron. Unos dedos separaron sus labios vaginales y los sintió en su interior presionando al mismo tiempo que su muñeca cubierta por el terciopelo acariciaba el botón carnoso encima de ellos.

—Cenin den i limmida anin lû— Thranduil sonaba muy divertido y complacido. Lo único que su hija pudo expresar en respuesta fue un gemido.

Sin embargo, Corchel pudo reunir suficiente mal humor juguetón para golpearle en el pecho con los puños justo antes de que él la agarrara por las caderas y la obligara a rodearle la cintura con las piernas.

—Eres una pequeña fiera, iellig— sonrió. La besó y le bajó el escote de por sí bastante pronunciado del vestido para dejar sus pechos al descubierto y los acarició con acaparador descuido.

Finalmente la penetró con un golpe certero sin apenas bajarse los pantalones y ahogó sus jadeos con su boca. Agarró sus nalgas desnudas, después la embistió repetidamente, embargado de un amor furioso que demandaba bajar de forma rápida la fiebre.

—Eso no es...— masculló Corchel. Pronto olvidó lo que quería decir y usó toda su fuerza en concentrarse en seguir respirando. Fruncía la boca de tal modo que se asemejaba a un pez fuera del agua.

—Eso no es, ¿qué?— insistió él. Apretó los dientes y se recolocó, obligando a su hija a arquear las piernas en el aire y a dejarlas sin sujeción para poder acomodarle.

No resultó algo acertado porque el nuevo ángulo trajo consigo un placer inusitado que sólo se podía alcanzar con destreza y generalmente azar. La elfa se agarró a los brazos de Thranduil con todo su cuerpo retumbando, abusado, mientras tenía la sensación de estar muriéndose. El clímax de gozo no tardó en llegar y la dejó dócil y maleable como metal fundido. Empero el Rey continuó y lo hizo durante un buen rato haciendo honor a su nombre y demostrándolo con creces. Cada poco dejaba besos sobre sus senos que eran como toques de mariposas o le acariciaba el cabello con arrobo. Esto era algo altamente erótico para los elfos, que lo consideraban el rasgo de belleza más destacable y aumentaba esta según la largura de los mechones. Los rizos morenos de Corchel, tan comunes entre los sindar y que hacían su nombre tan acertado, llegaban a sus caderas y tenían un brillo que, especialmente a la luz de las velas o las estrellas, recordaba al manto aterciopelado de la cúpula celeste. Ni que decir tiene que Thranduil adoraba su melena como sólo un macho Elfo podía hacerlo con el pelo de su amante y frecuentemente la agasajaba con joyas, alhajas y tocados con el que embellecerlo. Más adelante esa noche la obligaría a vestir algunos para su disfrute.

Thranduil la llevó ante el fuego, aún encendido, para resguardarla contra su pecho y abrazarla y volver a tomarla una vez más. Estaba hipnotizado por el tintineo y la visión de las joyas brillando por la lumbre en su cabello y moviéndose al ritmo de sus cuerpos. Acarició toda su piel y se maravilló de la diferencia entre ellos. Y sin embargo sus corazones latían como uno, fundamentalmente, en esos momentos.

Súbitamente la visión de sus guedejas le trajo a la mente el recuerdo de otros rizos y las ganas de saborearla se le hicieron insoportables. Salió de ella con un sonido húmedo y recostó a Corchel sobre el suelo cubierto de alfombras que ayudaban a mantener el calor y a ofrecer un aspecto suntuoso.

—Ahora estate quieta, mi Mírwen, e intenta no golpearme— dijo Thranduil elevando sus caderas y colocando sus rodillas sobre sus hombros.

—Mm...

Apenas pareció consciente de que le había hablado. Por su expresión que sugería una casi aparente falta de consciencia podría muy bien haber sido todavía ignorante de que había abandonado su cuerpo o de lo que se proponía a hacer. De todas formas el rey elfo lo tomó como un permiso que no necesitaba. Se inclinó, abrió la boca y Corchel soltó un gemido digno de un dragón que por poco la hizo saltar de su piel.

—¡Ah, ada! ¡Ah!

El festín que el elfo se dio con sus jugos y su delicada carne, apenas cubierta con un poco de vello oscuro porque los Elfos no poseían la misma vellosidad que los Hombres y por fortuna que los Enanos, originó una serie de intensos estremecimientos que causaron, de hecho, que Corchel pegara a Thranduil en el lado izquierdo de la cabeza. Contrariado, detuvo el movimiento de su lengua mas sólo pudo dirigirle una mirada divertida. La agarró con más fuerza, rodeando su cintura con un brazo y presionándola contra sí, usando el otro para juguetear con sus pechos enrojecidos por el calor de la pasión. Decidió bromear con ella:

—No sé si debería seguir, iellig, viendo lo mucho que te está abrumando...

Fue interrumpido por un gruñido y una agresiva mano en su cabello que le demandó seguir con lo que hacía.

—Calla, ellon vaelui... Y sigue.

El Rey Elfo del Bosque Negro hizo lo que se le mandó.

El asunto de las arañas se agravó inesperadamente. Durante una de las cacerías en las que Thranduil lideraba a toda una comitiva en busca de un ciervo blanco les atacaron y mataron a un elfo atravesándole el pecho con una afilada y peluda pata negra. La muerte le sobrevino de forma instantánea y Tauriel, a pesar de encontrarse allí junto con sus dotes para la curación, no pudo hacer nada.

De vuelta en las estancias del palacio, los rostros eran sombríos y a todo el mundo parecía habérsele olvidado cómo sonreír, especialmente a la familia de la víctima cuyos llantos plañideros daban la sensación de atravesar paredes. Legolas estaba fuera de sí de la rabia y a duras penas conseguía controlarse.

—¡Te lo dijimos, adar, te dijimos que había que matar a esos monstruos en sus nidos!

—No te atrevas a dirigirte a tu rey en ese tono.

—Esto no habría pasado si nos escucharas, si hicieras caso a alguien más aparte de a tu grandísimo...

Corchel tuvo que intervenir entonces. Se levantó bruscamente de la silla en el que había estado recostada, con Tauriel a su lado, y se acercó a su hermano con un revuelo de faldas.

—¡Legolas, para ahora mismo!

Los guardias apostados en las paredes se removieron inquietos cuando la discusión dio la impresión de tomar un cariz más familiar. El hijo del Rey se giró para confrontar a su hermana con el ceño fruncido.

—¡Siempre te pones de su parte incluso cuando no tiene razón!

—¿Y qué quieres que haga?— le increpó, enfadada—. Y tú tienes que dejar de ponerte en estas situaciones, tienes un temperamento demasiado irascible y...

—¿Que yo soy irascible? Estás absolutamente errada. Soy el único con una pizca de sentido común en esta familia— Legolas se dio unos golpecitos en la sien para enfatizar sus palabras.

El pecho de su hermana se elevó y volvió a descender de forma brusca mientras ella le miraba.

—No sabes ni lo qué significa el sentido común, muindor. Es más: estás tan ciego a la mayoría de las cosas que es sorprendente que no te des contra todos los árboles que hay en el bosque y acabes por romperte esa dura cocorota tuya.

—Oh, claro que sí, porque tú eres perfecta y...

—¿Habéis terminado con vuestras niñerías?— una voz suave como el satén y gélida como el hielo se interpuso entre ambos y fue como un jarro de agua fría que les puso de punta cada pelo de su cuerpo.

Corchel miró de reojo a Thranduil y su expresión mostraba un grado de enfado tal que apenas aguantó el impulso de estremecerse. Se apartó ligeramente de él como si así pudiera evitar la tempestad. Legolas pareció haber pensado lo mismo y ambos elfos se encontraron codo con codo frente a su padre.

—Estoy más que absolutamente disgustado con vuestro comportamiento que apenas es propio de unos niños sin ningún tipo de educación refinada y respeto por sus mayores— se paseó tranquilamente delante de ellos, con las manos a la espalda y con su corona sobre la cabeza dorada—. Nadie en esta Casa desobedece mis órdenes ni las pone en duda y nadie de mi familia discute como un par de ordinarias tenderas de los Hombres.

La doncella del Rey apretó los labios en una delgada línea y luchó para que sus rasgos no dejaran traslucir su vergüenza y enfado. Sin embargo, notó calor en las puntas de sus orejas. A su lado Legolas sí que dejó traslucir sus sentimientos, originando que Thranduil se detuviera ante él y ladeara la cabeza retándole a llevarle la contraria.

Por supuesto, lo hizo.

—Tus órdenes estaban equivocadas— no obstante su tono intentaba ser razonable—. Hubiera sido más sensato dar caza a las arañas hasta su nido y de esa forma esto no hubiera pasado.

—Pero hacer eso que dices, mi querido hijo, habría supuesto desobedecerme— la voz de Thranduil era falsamente agradable.

Corchel apretó la mano de Legolas en un ademán admonitorio que fue ignorado. El temperamento de Legolas volvió a sacar lo peor de él:

—¡Pues que lo hubiera supuesto! ¿Y qué? ¡Ahora uno de los nuestro está muerto y todo por no acabar de una vez por todas con esas aberraciones!

—¡No te atrevas a culparme de la muerte de ese elfo!— amenazó Thranduil.

Corchel se preocupó entonces por lo que vio en sus ojos, más allá de la ira y la indignación. Reconoció sin lugar a dudas el dolor, la incertidumbre y...sí, ahí estaba. La culpa. Se acercó al Rey con el corazón enternecido y doliente por él. Se negó a mirarla cuando ella le tocó el pecho.

—Lo sabemos, ada. Nadie dice que sea culpa tuya, nadie lo piensa.

Legolas continuó:

—No eres capaz de reconocer tus errores. Es... ¡tan frustrante! ¡Esto no puede seguir así, adar! ¡No podemos dejar que los monstruos tomen nuestro hogar!

—¿Pero acaso crees que lo permitiría, que es lo que quiero?— inquirió su padre.

Legolas sacudió la cabeza y le miró con inusitada determinación.

—Hay que atacar Dol Guldur. No podemos seguir así, escondiéndonos de nuestro propio bosque.

El mutismo siguió a sus palabras. Thranduil entrecerró los ojos y observó a su hijo como si le viera por primera vez.

—¿Atacar Dol Guldur? ¿Sabes lo que estás diciendo, Legolas? Nunca has estado en una contienda de esas proporciones y menos contra la magia negra.

—Parece que es nuestra única salida. No podemos seguir consintiendo esto.

El graznido de un pájaro detuvo toda conversación y por poco Thranduil y Legolas no desenvainaron sus espadas, tensos y envueltos en su disputa como estaban. Galion el mayordomo se acercaba a ellos desde una puerta orientada al este y traía entre sus manos un bulto oscuro y emplumado del que sobresalía un pico como una aguja del color del amanecer. El Rey fue al encuentro del elfo con zancadas largas y exudando ira con cada movimiento.

—Galion, ¿qué significa esto?

—Un mensaje, mi Rey.

Frunció el ceño pero entonces el bulto, un mirlo, alzó su cabecita y volvió a graznar:

—Smaug el Dorado ha muerto y ahora hay otro Rey Bajo la Montaña.


El crédito para las páginas correspondientes se puede ver en mi perfil.

Traducciones:

-Ú-iston: no lo sé.

-Avo drasto: no te preocupes.

-Ni melig?: ¿me amas?

-Gi melin: te amo.

-Iellig: hija mía.

-Gwestog?: ¿lo prometes?

-Gweston: lo prometo.

-Cenin den i limmida anin lû: veo que está húmedo para la ocasión.

-Ellon vaelui: elfo libidinoso.

-Adar: padre.

-Muindor: hermano.