¡Hola! ¡Vamos avanzando! Llegamos a un punto bastante interesante de la historia en la que se da un giro al discurrir de la misma, uno que en un principio podía no llegarse a pensar. Además, como apunte más que nada realmente reseñable, en mi tumblr colgué algunos gráficos sobre Thranduil y Corchel que pondré en mi perfil.

Muchas gracias por los comentarios y el entusiasmo. A disfrutar :)


Capítulo 5

Una elfa vestida de terciopelo verde y con el cabello moreno observaba con apatía el recorrido del agua contra la roca excavada y su descenso hacia las profundidades. El arquitecto que había diseñado esa sala, adecuada para el uso y disfrute femenino, había tenido en mente la belleza en su concepción más salvaje y sin adulterar. Su intención, tanto tiempo ha cuando otro rey elfo gobernaba esos muros, había sido la de crear un paraíso que se asemejara todo lo posible al exterior por lo que el agua, las tallas de árboles y hojas e incluso flores de Doriath preservadas en vitrinas de cristal predominaban por doquier dando la sensación de estar en un jardín.

A Corchel la acompañaban otras damas, algunas risueñas y despreocupadas y otras que tenían un semblante tan grave como el de la misma doncella del Rey. La elfa las miraba de reojo y no podía evitar aborrecerlas y envidiarlas hasta lo indecible. Al menos algunas eran conscientes del peligro al que sus hijos, hermanos y padres iban al encuentro y todo ¿por qué?

Por el oro de un dragón.

Su boca se contrajo en un rictus de amargura y se removió en su asiento, girándose y apartando la vista de las cascadas que nacían del Río del Bosque. Empero no podía evitar darse cuenta de que su disgusto no sólo se debía a que los Elfos del Bosque marcharan para, con toda probabilidad, librar una guerra sino a no haber podido ir ella también. Recordó entonces las palabras intercambiadas entre su padre y ella antes de su marcha, apenas un día después de recibir el mensaje del mirlo.

—Ada, quiero ir con vosotros.

La sonrisa del Rey había sido suave pero sin indulgencia. Ataviado con su armadura plateada y su capa escarlata tenía un aspecto arrebatador, majestuoso y terrible. Corchel no podía mirar esa coraza sin imaginarla cubierta de sangre.

—No puedes, mi dulce Mírwen. A donde vamos no es lugar para una dama ni tampoco la empresa que podamos estar obligados a acometer.

Su hija guardó silencio, aturdida por la implicación de sus palabras.

—¿Vais... vais a luchar contra los enanos?— inquirió.

La sonrisa de Thranduil se volvió ligeramente socarrona.

—Dudo que pudiera llegar a considerarse luchar teniendo en cuenta que sólo son una lamentable panda de enanos— contestó.

Entonces por qué ir con prácticamente la totalidad del ejército, quiso preguntar mas no lo hizo. Le miró en silencio en su lugar, trasmitiendo de esa forma todo lo que quería decir. Thranduil demudó el semblante y se puso serio, agarrando entre sus manos el rostro de Corchel. El tacto frío de sus anillos la estremeció.

—No puedo llevarte a pesar de que lo deseo. Te necesito aquí para ser mis ojos y mi voluntad mientras no estoy. De todas formas cesa de preocuparte, iellig. No tardaremos demasiado. Antes de que te des cuenta, regresaremos— la besó en la frente— con el oro de los enanos.

La compostura de Corchel se rompió y se apartó de su toque.

—¡El oro! ¿Pero por qué necesitamos ese oro, ada? ¿Por qué? ¿Por qué no dejar a los enanos con su montaña y sus tesoros y no poner en riesgo la vida de nuestra gente?

Su padre suspiró. Su mirada mostró una ligera impaciencia pero no así su voz:

—Lo sabes de sobra. Sabes cómo Thrór me insultó, cómo nos insultó a todos, robándonos esos tesoros que eran nuestros por acuerdo y pago y refugiándose en falsos pretextos sobre que habíamos incumplido nuestra palabra, que habíamos pretendido robarles a ellos, lo que supuso mayor infamia aun. Además, Smaug robó tesoros élficos y humanos, no sólo de los Enanos.

Corchel no podía contestar nada a eso. Lo intentó, desesperada, por otras vías:

—Pero no lo necesitamos. Tenemos suficientes riquezas, más que suficientes. Podemos permitirnos que ese oro se pudra...— sus palabras se tiñeron de una rabia que la sorprendió— se pudra bajo las manos de Thorin Escudo de Roble.

Thranduil no dijo nada, sólo la caviló con la mirada. Finalmente contrajo el rostro en otra sonrisa. Las comisuras de sus ojos azules se arrugaron y su voz fue dulce.

—Pero eso no sería justo.

El tintineo de unas copas y el sonido de unas carcajadas la sacaron de su ensoñación con un sobresalto. Corchel miró por encima del hombro al lugar donde, alrededor de una mesita llena de dulces, sus compañeras seguían celebrando su pequeña reunión. Una de ellas se levantó con una taza de cristal labrado, que había pertenecido a la vajilla de su madre, en la mano, que llenó de té azucarado, y sonriendo, compartiendo todavía la alegría general, se acercó a ella.

—Aquí tienes, Corchel, un poco de té.

—Ci vilui, Baingoldes— asintió con una sonrisa mientras aceptaba la taza que se le ofrecía. En cuanto su amiga dejó de observarla su rostro adoptó el mismo aspecto triste.

Cuidadosamente tomó un sorbo e hizo una mueca de desagrado. El líquido verduzco se le antojaba demasiado dulce, en extremo desagradable, y dejó un regusto repugnante en su boca. La posó sobre el regazo.

No supo cuánto tiempo pasó y cómo no se dio cuenta hasta que volvieron a interrumpirla. Esa vez fue un alguien muy diferente.

—Creo que podría tomar un poco de ese té también.

Levantó la cabeza y se encontró mirando a un anciano muy alto, con una nariz ganchuda y chispeantes ojos bajo una mata de cabello gris y un sombrero azul, cubriendo su enjuta figura con un manto del color de las nubes tormentosas. A su pesar Corchel no pudo evitar sonreír un poco ante la jovialidad casi infantil que transmitía su visitante.

—Mithrandir— suspiró.

—Es un placer volver a ver tu bondadoso rostro, Corchel— dijo Gandalf.

—Me temo que si buscas a mi padre no le encontrarás, Gandalf. Partieron hace días hacia Esgaroth.

—¿Partieron?— el mago alzó sus pobladas cejas.

La elfa asintió.

—Él y el grueso del ejército. Legolas, Tauriel. Mi familia— clavó la mirada en la taza sobre su regazo y la acarició con un dedo.

Con un crujido de sus ropas, el mago se sentó a su lado sobre otro sillón. Ambos hicieron oídos sordos a las suaves voces detrás de ellos.

—Así que te han dejado atrás— comentó Gandalf.

Corchel apretó la mandíbula ante los amargos recuerdos llenos de preocupación que sus palabras evocaron. De pronto se le ocurrió una cosa y le miró con los ojos entrecerrados:

—Mithrandir, ¿cómo has conseguido pasar a través de las puertas? ¿Te han dejado pasar?, ¿y cómo no me he enterado?

La miró con picardía.

—¿Quién sería capaz de dejar a la intemperie a un viejo y desvalido anciano?

La elfa le miró con reproche mas sacudió la cabeza, divertida.

—Desvalido, ¿eh? No conozco a nadie menos desvalido que tú.

—Me honras. Ahora, ¿qué hay de ese té?

Corchel alzó una mano y llamó la atención de las demás elfas. Con amabilidad les pidió otra taza de té.

—Sin embargo creo que está demasiado empalagoso, Gandalf. No aseguro que te guste.

El mago se llevó la bebida a los labios y pareció disfrutarlo inmensamente, como si estuviera muy sediento y viniera de un largo viaje.

—Ah, nada de eso, querida. Está perfecto.

—Como digas— le miró con recelo.

Gandalf rió de buena gana durante un rato tras lo cual su semblante adoptó una expresión más sombría. Inmediatamente la doncella del Rey se puso en guardia.

—Lamento decir, Corchel, que vuestro delicioso té no es todo lo que me trae al Bosque Negro— dijo.

—Lo suponía. Nadie viene al Bosque Negro por el té— afirmó ella con circunspección.

—Como veo que sabes, el dragón Smaug ha sido derrotado— continuó él.

—¿Quién le mató, por cierto?

—Tengo entendido que un arquero llamado Bardo. Prosigamos. Smaug ha muerto pero no todo acaba ahí.

—Lo sé— contestó Corchel amargamente—. Esos enanos y su oro. Mi Rey ha ido a luchar por él. No te ofendas, mithrandir, pero nada de lo que me dices es nuevo para mí.

Gandalf la miró con lástima y un deje de tristeza. Suspiró y entonces volvió a hablar:

—Me temo, querida, que tengo malas noticias.

Y vaya si sus noticias eran malas. Enseguida Corchel se puso en marcha, despidiendo con palabras impacientes a las cortesanas y preparándose para partir con el corazón acelerado debido a las palabras del mago. Gandalf había ido a avisar al Rey Elfo del Bosque Negro y a pedir su ayuda porque una nueva amenaza se cernía sobre todo ellos.

Entró en tromba en sus cámaras y con la misma rapidez rebuscó en los armarios hasta dar con un traje de montar que al menos no había usado en unos cuantos siglos, los suficientes para que al vislumbrarlo debajo de una vieja capa nadie lo relacionara con ella. Le quedaba incómodamente ajustado pero serviría a sus propósitos. Antes de salir, Corchel se recogió la melena en un rodete en la nuca— tarea harto complicada cuando las manos te tiemblan y se tienen tal cantidad de guedejas—, y después marchó subrepticiamente hacia las cocinas donde se aprovisionó de viandas y tomó prestada sin permiso la ajada capa del pinche.

El corazón de la elfa latía acelerado. No recordaba haber hecho nunca nada semejante y menos aún desobedecer de forma tan radical a su padre. Tuvo que infundirse ánimo para poder continuar con el plan y reunirse con Gandalf en las caballerizas porque si seguía deteniéndose a pensar en las consecuencias que sus actos podrían acarrear Corchel iba a acabar desfalleciendo allí mismo.

Pareció respirar un poco al ver la encorvada figura del mago resguardada bajo el techo del establo. Tenía dos caballos agarrados por las riendas: un sereno macho tordo y una inquieta potranca rubia que piafaba y se removía sin cesar.

Corchel miró a Gandalf sin comprender mientras escondía su cabeza bajo la capucha:

—Pero, mithrandir, ese no es mi caballo, es la yegua de mi hermano.

El anciano alzó las espesas cejas.

—Es esta la yegua de Legolas que podía doblar la distancia entre el sur del Bosque Negro y el palacio en la mitad de tiempo, ¿no es cierto?— viendo que la otra todavía parecía insegura continuó con suavidad—: Necesitamos celeridad, querida mía. Me temo que un caballo de paseo no sería una buena opción.

Comprendiendo al fin la elfa no dijo nada y montó con un movimiento fluido sobre la grupa de la elegante potranca, que parecía diseñada por los propios Valar para correr. Respondía al nombre de Brisa vespertina y si le pasaba algo Legolas le fabricaría unos nuevos jaeces con el pelo de su hermana.

Ese poco amigable pensamiento no contribuyó precisamente a su ánimo. Sin más dilaciones, mas al principio a un paso sosegado para no llamar la atención, la hija del Rey del Bosque Negro condujo al mago Gandalf el Gris a través de senderos escondidos y caminos poco transitados y no demasiado seguros que les llevaron más allá de los encantados límites forestales de su hogar. En lo alto de un montículo, Corchel detuvo a Brisa vespertina y se giró para echar un vistazo a los robles, las hayas y los abedules que dejaban atrás; vio a un par de petirrojos cantándose como trovadores y sus sentidos élficos, así como su conocimiento del bosque, captaron el rumor del Río Encantado, un afluente del Río del Bosque.

No era la primera vez que lo abandonaba. De niña había pasado una temporada con su madre en el valle de Imladris debido a la amistad de esta con la dama Celebrían pero entonces no había dudado de que regresaría. En ese momento no tenía nada claro. Su familia no sabía que iba camino de una guerra de proporciones más elevadas de las que suponía para las que podría no estar preparada.

Notó la presencia del anciano a su espalda esperando pacientemente a que pusiera en orden sus pensamientos. Corchel suspiró, una inhalación honda con la que pareció librarse de la malevolencia del bosque, y esbozó una pequeña mueca. Salió con algo que ninguno esperaba y, sin embargo, hizo reír a Gandalf:

—Que sepas, mithrandir, que mi dulce Brillante córvido es tan fogoso como esta pequeña— acarició el cuello de la yegua— y que podría ganarla en una carrera cualquiera día.

La primera noche de su aventura las inquietudes retornaron para acosarla. El jamón ahumado, el lembas, el queso y las manzanas le sabían a tierra y mientras que Gandalf descansaba tranquilamente cerca del fuego, con las monturas pastando, apacibles, a un lado bajo los árboles, Corchel se paseaba de un lado a otro retorciendo las manos y mesándose el cabello de cuando en cuando. Murmuraba constantemente para sí:

—Pero, ¿qué he hecho? ¿Qué he hecho? Acaso tendría que haberme quedado, puede que así lo haya empeorado... ¿Qué voy a decirle a ada? Y si... ¿Y si se enfada tanto que... que me destierra o algo semejante?

La repentina vulnerabilidad en su voz llamó la atención de su compañero de viaje. Desvió la mirada de las líneas talladas de su pipa y, tras un momento de vacilación, se la ofreció.

—¿Quieres un poco de Viejo Toby?

Con una sonrisa trémula, declinó. No obstante, abandonó sus idas y venidas para sentarse a su lado, arrebujándose en la capa del pinche de cocina.

—Si te sirve de consuelo, Corchel, no creo que el rey Thranduil te destierre. Eres su doncella.

Ella apoyó la barbilla sobre las rodillas:

—Una doncella que ha desobedecido flagrantemente a su padre. Puede que instaure una nueva tradición— contestó.

—Subestimas el amor que te profesa.

—No hago tal cosa, Gandalf. Soy realista. Soy idiota. No sé qué pretendía al emprender este viaje... jugando a los guerreros. No soy una guerrera.

El mago se entretuvo fumando y haciendo curiosas figuras con el humo azulado que desprendía su pipa. Dejó que el silencio de la noche atemperara un poco los ánimos antes de decidirse por fin a contestar:

—Tal vez lo eres y aún no lo sabes. No todos los guerreros luchan con espadas.

Recibió una mirada incrédula como única respuesta. Parecía que ese iba a ser el final de las conversaciones entre los dos aventureros por esa noche hasta que una vieja voz volvió a abrirse paso.

—Hay una cosa que me está matando de curiosidad, querida, disculpa mi intromisión pero... ¿cómo se os ocurrió a tu hermano y a ti nombres tan grandilocuentes para vuestras monturas?

—Hicimos una apuesta a ver quién podía inventar el nombre más ridículo. Ganó Legolas al ponerle a su semental de batalla Montaraz brioso pero sólo porque a Estel le hizo mucha gracia.

Reanudaron el viaje a la mañana siguiente y recorrieron la distancia comprendida entre el reino de los elfos y el Lago Largo en apenas dos días y medio, la mitad que el ejército de Thranduil había necesitado para atravesar el territorio.

Lo que el dragón Smaug había dejado de la ciudad de los Hombres hacía daño a los ojos. Escombros y ruinas que más de una semana después seguían desprendiendo humo acaparaban la vista allá donde se mirase. Las viviendas que habían ocupado la orilla seguían en pie en algunas zonas parcialmente intactas mientras que la mayor parte de la localidad que había descansado sobre las aguas del Lago Largo estaba totalmente destruida. Ahora unas grotescas extremidades escamosas aureorojizas yacían en el lecho acuático y sobresalían por encima del nivel del agua, debido al descomunal tamaño del gusano alado, a modo de desagradable, más que desagradable, recordatorio. El cadáver del dragón destilaba un hedor pestilente que indicaba el sorprendentemente avanzado estado de putrefacción en el que se encontraba y que, de todas formas, se podía apreciar gracias a la carne descomponiéndose que contaminaba el lago.

Corchel contrajo el rostro en una mueca de asco y se tapó la nariz con un extremo de la capa del pinche de cocina que al menos seguía conservando un ligero olorcillo a harina y miel. Los sobrevivientes habían levantado unas toscas casuchas con lo que se había podido rescatar —que había sido bien poco, para su desgracia— mas la mayor parte de ellos revoloteaban y se hacinaban en torno a unas edificaciones notablemente superiores que ella enseguida reconoció por estar hechas por la mano de su gente.

La sorprendente revelación trajo un sentimiento bienvenido e inesperado a su pecho y la hija del Rey observó con atención, viendo a elfos y hombres trabajando codo con codo en las tareas de supervivencia. Le hizo sentirse mejor porque supo que su padre se había desviado del rumbo hacia la Montaña Solitaria para ayudar.

Ayudar a los Hombres. Ayudar dejando a un lado el oro de un dragón.

Sonrió tanto que, pudorosa, tuvo que esconderse bajo la sombra de la capucha para que el entrometido de Gandalf no la interrogara. Desmontaron en un rincón bastante alejado de donde se encontraban los elfos. Corchel mantuvo la vista clavada en una tienda de campaña rodeada por guardias élficos y con el verde estandarte de su padre. El dorado ciervo rampante ondeaba con la brisa y prometía nuevos días.

—Que los tuyos se hayan desviado hacia Esgaroth nos facilita nuestra tarea— comentó Gandalf.

—Lo han hecho, ¿verdad?— la elfa sonreía de tal forma que el viejo mago la observó divertido y preocupado a parte iguales. Sonaba maravillada, orgullosa... y muy, muy enamorada.

—Bueno...— él fue el primero en recomponerse—. Triste sería el día en que yo dudara de la bondad de los Elfos.

Corchel le miró y su mueca se hizo más pronunciada y por unos segundos a Gandalf se le antojó más hermosa que la propia Arwen Undomiel.

Mientras la noche se acercaba con celeridad, Corchel decidió hacer caso al consejo del mago y encontrarse alguna ocupación en la que resultar útil. Era más fácil decirlo que hacerlo, sin duda. La perdida doncella anduvo de aquí para allá, manteniéndose fuera de la vista de los elfos y maldiciéndose de nuevo por haber tenido tan estúpidas pretensiones. Era como si la princesa, después de toda una sosegada vida en su torre custodiada por su feroz rey, quisiese convertirse en el caballero.

De pronto captó un destello sedoso y anaranjado por el rabillo del ojo y de un bote se apartó del anciano al que había estado dando su hatillo con las provisiones sobrantes. Rápidamente Corchel se escondió tras unas jaulas que contenían varias cacareadoras gallinas y, después de esperar unos segundos, se asomó a cerciorarse de que ya había desaparecido. Ahí estaba. Pudo ver la espalda de Tauriel al alejarse flanqueada por un par de soldados. Con cuidado se desplazó hacia atrás sin perderla de vista pero con tan poco tino que no vio lo que tenía detrás y se chocó contra alguien.

Se giró tan rápido que pareció bailar, con el corazón a punto de estallarle, mas se serenó nada más ver que se trataba de una mujer. Una ceñuda y, a juzgar por su postura en jarras, malhumorada mujer pero una mujer al fin y al cabo.

Corchel dejó de sentirse tan aliviada al no mejorar la expresión de esta, cuya piel oscura se asemejaba a la corteza mojada de un venerable roble y su pelo a un arbusto. Sus ojos azules destacaban poderosamente y a la doncella del Rey le pareció que poseía una belleza digna de admirar.

—¿Quién eres tú?— le increpó la mujer echándole un vistazo. Los resultados no parecieron ser satisfactorios.

Ella se irguió en toda su altura.

—Vengo a ayudar.

Al no recibir nombre ni una cara libre del obstáculo de la capucha la mujer se puso en guardia. Cerca de ellas un perro empezó a ladrar.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo es que no te he visto antes?— la miró con sospecha. Un brillo de astucia apareció en sus ojos y agarró su mano haciendo gala de sorprendentes reflejos—. Mm, lo dudo bastante. Tienes la piel suave y sin mácula de un bebé. Apuesto que hasta una hoja de pergamino haría un estropicio en ti. Por tu apostura y voz estoy segura de que eres una mujer elfa. El motivo de que no te haya visto antes lo desconozco...

—Tal vez lo hayas hecho y no me recuerdes.

—Puede que mis huesos crujan, muchacha insolente, pero aún no soy una vieja chocha. Habrase visto. Bien, si quieres ayudar, ayudarás y esperemos que no seas una molestia. El porqué acabas de llegar me trae sin cuidado. Ven conmigo.

Después de una batería de minuciosas preguntas en las que la mujer quiso saber si poseía algún conocimiento de sanación —por supuesto, poseía algún conocimiento—, condujo a Corchel hasta una de las cabañas construidas por los soldados élficos en las que descansaban varios heridos. El olor no era precisamente agradable y nada más entrar la elfa tuvo la sensación de estar llena de sudor y sangre. Desagradable sensación.

—Por aquí, muchacha.

Llegaron ante un destartalado camastro hecho con helechos y una red de pescar sobre la que estaba tendido un chico. El pobre, que parecía apenas haber abandonado la niñez, tiritaba cubierto por todas las mantas que habían sido capaces de darle. Corchel posó la mano sobre su frente húmeda y apartó unos mechones castaños. Esperó por una explicación.

La voz de la mujer parecía una lija:

—Ese maldito gusano le alcanzó con su aliento. Por poco Aelfwine no lo cuenta y eso que es un jovencito vigoroso como un jabalí.

La hija del Rey sonrió.

—Entonces vivirá— quiso transmitir a todos, incluso a ella, ese optimismo.

—No estés tan segura— fue la respuesta de la anciana. Acto seguido apartó las mantas que cubrían a Aelfwine de un movimiento brusco y le dejó ver a Corchel lo que se escondía tras un manchado vendaje.

La repentina visión, junto con el olor intensísimo a carne quemada, hicieron que estuviera a muy poco de abandonar la cabaña para entregarse completamente a unas náuseas que no la dejarían en un buen rato. Casi la totalidad del abdomen del chico estaba abrasado, convertido en un amasijo de carne, pústulas, llagas, sangre y pus.

En un susurro la elfa preguntó a la mujer:

—¿Cómo no está muerto? El dolor debe ser espantoso.

—Es vigoroso como un jabalí— repitió la anciana, seria—. Por cierto, yo soy Wilburh.

Nada más decir eso dio media vuelta para salir. La doncella del Rey la detuvo cuando llegó al umbral.

—¡Espera! ¿Ya no deseas saber mi nombre?

No la conocía pero discernió con claridad una sonrisa en su tono de voz.

—Eres una muchacha insolente.

Sacudiendo la cabeza, entretenida a pesar de todo, Corchel alargó las manos para coger una jarra de agua y un trapo que había sobre la caja que hacía las veces de mesita.

—Vaya una mujer formidable, ¿verdad? Vamos a limpiarte esa herida con agua bien fría, Aelfwine. Un nombre muy bonito. Amigo de los elfos. Yo desde luego soy tu amiga. Mi nombre es Corchel y significa chica cuervo. Curioso, ¿a que sí? Pero a los Elfos del Bosque nos gustan los pájaros y mi pelo le recordó a mi padre al plumaje de un cuervo el día que nací. Quizás le caerías bien, aunque no estoy segura de que le caiga bien alguien...

Corchel y Aelfwine lucharon durante el crepúsculo y parte de la noche contra la muerte. Y entonces apareció el hobbit.

Bilbo Bolsón llevaba una temporada ciertamente espantosa. Echaba de menos su sillón horriblemente... y su vajilla, y sus galletas, y sus pañuelos, claro, y su pipa. ¡Ay, ay, su pipa! Qué no daría el desdichado hobbit por consolarse con un poco de la estupenda hierba de la Cuaderna del Este. Desgraciadamente la noche no prometía un cambio mejor a los últimos meses. Después de todo tenía sólo unas horas hasta que tuviera que despertar a Bombur para su guardia. Unas pocas horas que era más que suficientes para traicionar a sus amigos. Ya lo había demostrado.

Así que con un ánimo nervioso y alicaído, Bilbo permitió que el rey elfo y Bardo el Arquero le escoltaran fuera de la tienda donde había tenido lugar la entrevista. Toqueteó el bolsillo de su capa y casi se sobresaltó al no sentir el peso de una gema blanca muy especial pero entonces recordó. Para calmarse, eso sí, se aseguró de que su anillo mágico seguía en el bolsillo de su vieja chaqueta. La suave superficie era muy agradable de tocar y se entretuvo acariciándolo.

Una mano con anillos de apariencia más regia se posó en su hombro haciendo que tuviera que alzar la cabeza considerablemente.

—Lo que has hecho esta noche es algo muy valiente y muy sensato, maese Bolsón. Eres más digno de vestir esta armadura élfica que muchos príncipes entre los míos que parecerían llevarla con más gallardía— al sonreír, el rostro del rey Thranduil se transformaba y al pequeño hobbit se le hacía extraño pensar que ese era el mismo adusto monarca que había tenido encerrados a Thorin y su compañía durante dos semanas—. Tu decisión salvará vidas.

—Eso es lo que espero, mi señor— respondió con total seriedad.

—Ahora regresa con los enanos con total libertad. Na lû n'i a-goveninc. Hasta que nos volvamos a encontrar— se despidió el Rey.

Tras una torpe reverencia Bilbo se apresuró a alejarse de esa zona del campamento demasiado poblada para su gusto por soldados tanto de los Elfos como de los Hombres que, al fin de cuentas, estaban ahí para combatir a sus amigos. Tragó saliva y sintió un peso en el estómago. Esperaba de veras que su decisión fuera la más acertada porque no cabía duda, para nadie, que si Thorin no atendía a razones pronto todo acabaría en un baño de sangre.

Mientras deambulaba por el campamento su coraje no pareció retornar por lo que se sentó sobre un carromato, haciendo compañía a una panda de gallinas que mataban el tiempo buscando algo que comer en el suelo de sus jaulas de madera, y sacó su anillo. Verlo era ciertamente mejor que sólo tocarlo. Se trataba de una pieza realmente bonita, sí. Bilbo apenas podía creer que fuera suyo. Acaso, pensó con tristeza, fuera a ser la única riqueza que consiguiera de su aventura. La catorceava parte del botín se le antojaba demasiado lejana y eso que Thorin aún no sabía lo que había hecho.

Súbitamente un perro comenzó a ladrar con tanta violencia que el hobbit alzó la cabeza para mirar. Y vio cómo un enorme mastín con unas mandíbulas babeantes llenas de afilados dientes corría hacia él, excitado por la visión de las gallinas. Los hombres que perseguían al chucho no pudieron hacer nada. Se lanzó sobre Bilbo y con tal ímpetu trasteó que las gallinas se volvieron locas y el carromato acabó volcando con el pobre hobbit en medio de ello.

Al despertar lo primero que pensó fue que no estaba dentro de las estancias de Erebor y después se acordó del episodio del mastín y las gallinas. Un dolor de cabeza le martilleaba las sienes; no obstante, intentó incorporarse. Una mano delicada se puso sobre su pecho, deteniéndole.

—Con cuidado. No deberías hacer eso. Te has desmayado.

Bilbo decidió que hacer caso a la voz era una estupenda idea. La cabeza le daba vueltas.

—¿Cuánto tiempo...?

—La mitad de una hora.

Forma extraña de contestarle, pensó. Entonces se dio cuenta de que su interlocutor debía ser un elfo porque su concepción del tiempo era distinta a la de los demás. El hobbit parpadeó varias veces y por fin vio lo que había a su alrededor. Estaba recostado sobre un camastro bastante tosco y nada cómodo al lado de un chico, cubierto por una ajada capa, que parecía inconsciente pero nada tranquilo. Una figura estaba arrodillada entre ellos. Al principio no se dio cuenta que era una mujer elfa. Su cabello, aunque notablemente despeinado, estaba recogido en la nuca por lo que no podía discernir su largura o espesor. Bilbo ya había aprendido que entre la raza de los Elfos las diferencias físicas entre los sexos para un ojo extraño eran poco apreciables. Solían tener la misma constitución esbelta y huesos delicados. Fue cuando reconoció a su cuidadora que supo qué era.

Atónito, no pudo creer que fuera la hija del rey Thranduil. Sobre todo no pudo creer que no pareciese la hija de un rey elfo. Desde el primer momento que la vio junto al trono de su padre con el donaire de una reina no se le hubiera podido pasar por la cabeza verla tan desastrada y en lo que parecían... ¿pantalones? ¡Qué poco apropiado para una dama!

—¿Qué...? ¿Qué...?

Corchel sonrió con amabilidad. Con un paño húmedo le refrescó la frente y no le vino del todo mal.

—Tranquilo, maese hobbit. Está todo bien.

—Eres la...— se atragantó y no pudo continuar.

La elfa alzó una delicada ceja oscura:

—Soy una elfa.

Bilbo asintió.

—Y yo un hobbit.

Aquello le hizo gracia. Rió con suavidad y ladeó la cabeza.

—Ya me había dado cuenta, señor. Lo que me ha parecido sorprendente. Un hobbit en Esgaroth. Y qué inoportuno ha tenido que ser para ti, sin duda. Claro que...— alargó la mano para tocar el metal bruñido de su armadura élfica— seguramente hay más en ti de lo que parece. Esta coraza es extraordinaria, maese...

—Bilbo Bolsón, señora. De Bolsón Cerrado. A... a tu servicio.

—Qué caballeroso— dijo, encantada—. Mi nombre es Corchel. Dime, Bilbo Bolsón de Bolsón Cerrado, ¿qué te trae por aquí?

El hobbit habló casi sin pensar, distraído por su amabilidad y sus atentos cuidados. Era tan agradable después de tanto tiempo.

—Acabo de entrevistarme con tu rey y con el caudillo de los hombres de la Ciudad del Lago.

Corchel aspiró con brusquedad.

—¿Qué has dicho?

—Pues que hace un momento que... que he hablado con el rey Thranduil... tu padre, ¿no es cierto?

El rostro femenino pareció tallado en piedra mas Bilbo, al bajar la mirada, notó distraído que apretaba tanto el puño que tenía los nudillos encarnados.

—Sí. Él es mi padre. Sin embargo no acierto a comprender cómo lo sabes tú, Bilbo. Nunca nos hemos visto antes.

—Oh, sí lo hemos hecho, señora— respondió—. Lo único que ocurre es que no te diste cuenta.

Entonces comenzó a relatarle su estancia invisible en los salones del mayor rey entre los elfos y qué era lo que le había traído hasta el campamento esa noche. Al terminar se sentía mejor tras habérselo dicho a alguien.

—Después cuando te reúnas con él te dará más información, ya verás— comentó Bilbo satisfecho.

—Sí, cuando me reúna con él...— musitó Corchel presionando los labios en una delgada línea.

Un gemido trémulo les interrumpió haciendo que la elfa desviara su total atención hacia la otra figura postrada. El hobbit la observó desvivirse por darle tónicos y por atenderle una herida que era de las cosas más tremebundas que había visto nunca. Enseguida supo, obviamente, qué le había pasado y se sintió culpable.

—El dragón, ¿verdad?

Corchel no le miró, ocupaba como estaba en extender una pomada por la carne quemada. El cuerpo del chico se retorcía sin parar.

—El dragón. Pero Aelfwine se pondrá bien, ¿verdad, Aelfwine? Eres vigoroso como un jabalí y yo estoy aquí contigo. Tranquilo, tranquilo, pequeño amigo, tranquilo. Ci a mellyn. Estás con amigos. Tranquilo. Qué bien me vendría un poco de athelas— comentó con tristeza, de pronto.

Después de ver ese despliegue de dolor Bilbo no estaba nada convencido de que el pobre muchacho sobreviviera pero no dijo nada.

—No sabía que podías sanar— le dijo a la hija del Rey.

—Tampoco soy demasiado experta. Mi hermano y yo aprendimos cuando éramos pequeños. Nuestros padres querían para nosotros una educación todo lo completa posible... bueno, menos en lo de las armas. A mi madre no le gustaban nada.

—Las damas no luchan— soltó Bilbo con espanto.

La elfa sonrió.

—Sí, eso era exactamente lo que decía ella— se quedó en silencio después de decir eso y su rostro se serenó.

—Debes echarla mucho de menos— aventuró el hobbit. Ante la mirada interrogante que recibió, continuó—: No recuerdo ver ninguna reina elfa cuando estuvimos en el Bosque Negro, sólo al Rey y a ti...— se sonrojó.

—La echo de menos, claro. Ella... era maravillosa, la mejor madre del mundo. Su marcha dejó un insondable vacío en el corazón de mi familia. Se despeñó por un desfiladero durante uno de sus paseos a caballo. Luchar no, pero era una consumada amazona.

—Lo siento.

—Te lo agradezco. No obstante fue hace mucho tiempo... incluso para los míos.

—Al menos se está ahorrando todo esto— el hobbit murmuró, pensando en el lío en el que estaba metido. Con cuidado deslizó la mano en su bolsillo... sí, ahí estaba el anillo. Exhaló profundamente.

Corchel no pareció afectada por la aparente falta de tacto en sus palabras. Pareció tan alicaída como él se sentía.

—No te haces a una idea— contestó. Entonces recordó que Gandalf le había ordenado dejárselo a él así que no dijo nada más. Tras unos minutos de silencio, decidió que el ambiente era demasiado sombrío sin que ellos ayudaran—. Bueno, no te preocupes, maese Bilbo. Todo saldrá bien— se giró para mirar a Aelfwine con una sonrisa—. La noche tendrá un final. Pronto amanecerá. Las nubes se alejarán y el sol podrá brillar.

Comenzó a cantar, una tonada sencilla que aligeraba el corazón, y Bilbo se sintió irremediablemente atraído por la melodía. Sin darse cuenta se encontró moviendo los dedos de los pies. Corchel le dirigió una mirada divertida. Volvió a destapar a Aelfwine aunque dejó los vendajes intactos.

—Pero, sabes, Bilbo, que al final nadie me enseñara a matar no es algo tan horrible. Es una cosa curiosa, la magia de los míos...— hizo una pausa para seguir tarareando—. Los Eldar solemos curar en tanto que no matamos y esto generalmente recae entre las de mi sexo, no debido a que seamos menos aptas para las armas —porque hasta el momento en que tenemos hijos no nos diferenciamos casi en fuerza o velocidad con los machos— sino más bien... Nuestro es el deber de la vida así que...— acarició el pecho del muchacho con suavidad. Pareció repentinamente insegura—. Nunca he tenido que encarar una herida tan grande pero aún así... aún así... seré capaz...

Retomó el canto, colocando las manos una encima de la otra sobre el abdomen herido, y todo pareció quedar en suspenso. En lo que a Bilbo le pareció una eternidad la hija del Rey de los Elfos del Bosque continuó entonando su tonada, balanceándose de vez en cuando y cerrando los ojos, otras veces usando una mano para acariciar el rostro del chico herido.

Cuando Bilbo estaba a punto de caer dormido —cosa que en ningún caso podía permitirse, tenía que regresar para despertar a Bombur—, Aelfwine abrió los ojos.

Corchel le dio la bienvenida al mundo de los vivos con una sonrisa.


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Traducciones:

-Ci vilui: gracias.

-Na lû n'i a-goveninc: hasta que nos volvamos a encontrar.

-Ci a mellyn: estás con amigos.