Todos los derechos: lugares, personajes y diálogos reconocibles, le pertenecen a J. K. Rowling y sus asociados. Yo solo estoy disfrutando al escribir esta historia sobre el mágico mundo que ella creó. No busco ningún beneficio lucrativo.


Capítulo 03

El comienzo

Harry había pensado que jamás volvería a encontrarse en una situación tan extraña, no después de aquella charla que había tenido con Dumbledore dentro de su propia cabeza, aunque según su viejo director esta hubiera sido muy real. Pero al parecer había estado equivocado.

Era como estar nadando muy alto en el cielo; todo a su alrededor era luminoso y ventoso, y la única otra cosa que parecía remotamente material en ese espacio, aparte de la burbuja en donde él se encontraba, era una imperiosa luz naranja alrededor de la cual se sentía girar a gran velocidad. Harry no había estado del todo errado al comparar la burbuja más grande con un pequeño sol, aunque ahora lo llamaría un inmenso sol. Él mismo, dentro de su burbuja, parecía un planeta que orbitaba alrededor de la gran luz; y suponía que eso tenía sentido si se pensaba que un giro de la tierra alrededor del sol equivalía a un año.

Miró alrededor con detenimiento. Sabía que cada vuelta duraba alrededor de siete segundos y ya llevaba varios ahí; si iba a hacer lo que había planeado era mejor que lo hiciera rápido, sin titubear. Inhaló profundamente, como si fuera a estar sumergido en el agua por bastante tiempo, y, flexionando sus piernas, se impulsó hasta un lado de su burbuja, atravesándola. Sintió una sensación conocida y a la vez totalmente nueva cuando se vio rodeado de esa sustancia brillante y gaseosa.

Harry pensó que era similar a cuando entraba en un pensadero: la frialdad, la ligera presión; sin embargo, sentía también una desconcertante flacidez, como si su propio cuerpo fuera acuoso. Sin ningún esfuerzo, tal como había leído en los archivos del profesor Croaker, se mantuvo cerca de su burbuja, la cual aún lo guiaba alrededor de la gran luz, y empezó a contar los segundos... aunque rápidamente se dio cuenta que eso no era necesario.

Podía verse a si mismo reflejado en la burbuja, rejuveneciendo: su cuerpo adelgazaba y la piel de su rostro y manos se tornaba un poco más firme, así como también un poco más clara. Sólo se mantenían intactos su alborotado cabello y el color de sus ojos. En poco más de dos minutos su apariencia regresó a ser como la que tenía cuando empezó su viaje en busca de los horrocruxes, lo que era suficiente. Con otro gran impulso, un poco más difícil que el anterior, se reinsertó en su burbuja.

Harry suspiró profundamente y sonrió. Era extraño ser nuevamente joven, sobretodo si se ponía a pensar en las otras versiones jóvenes con las que se reuniría en pocas horas... si todo iba bien. Miró hacia la gran luz, preguntándose cuanto faltaría, y en ese preciso momento se sintió caer, como si la burbuja se hubiera pinchado, y aterrizó estrepitosamente. Al segundo escuchó otro golpe, no muy lejano.

—Por el sombrero puntiagudo de Merlín —dijo la voz de Teddy—. Eso fue excelente...

Harry se enderezó, dándose cuenta de donde estaban... Oh, oh.

—¡Ah! —gritó Teddy cuando lo vio—. ¡¿Qué diablos te hiciste?!

Harry resopló, irritado, mientras avanzaba rápidamente hacia Teddy y, cogiéndolo de un brazo, lo arrastró hacia un compartimiento vacío del vagón. Cerró la puerta, la cual estaba con las persianas cerradas, en el momento justo que otra se abría.

—¿Uh? —se escuchó una gruesa voz preguntar—. Hubiera jurado que escuché a Lunático.

Harry se tensó y Teddy dio un pequeño brinco.

—Pues yo no veo nada —dijo otra voz, esta muy chillona.

Harry frunció el ceño, sabiendo a quién le pertenecía. Tuvo que dejar escapar la respiración que había estado conteniendo para tranquilizarse.

—¡Les dije que Lunático ayudaría a los prefectos de quinto! —exclamó otra persona desde un punto más lejano, seguramente dentro del otro compartimiento—. ¡Sinceramente, parece un Hufflepuff a veces!

—¿Quién parece un Hufflepuff? —dijo una voz tranquila y ligeramente ronca.

Teddy apretó uno de los brazos de Harry y este asintió levemente. Esa era la voz de Remus Lupin.

—¡Ah, Lunático!, ¡sabía que te había oído! —exclamó la primera voz—. ¿Terminaste ya tus, oh, grandes deberes de perfectito?

—Prefecto, sí... ¿No me ves aquí, acaso? —respondió la voz de Remus—. ¿Dónde está James?

—¡Aquí! —se escuchó la voz lejana.

Su padre, pensó Harry, y cerró los ojos ante la idea de tenerlo tan cerca. Era inquietante y a la vez tan esperanzador.

—Te estaba comparando con un Hufflepuff, por cierto —comentó la primera voz, burlona, sonando más lejana.

Y esa sería la voz de Sirius. Harry no la había reconocido en absoluto ya que nunca la había escuchado tan madura y fresca a la vez. En los recuerdos de Snape, Sirius aún tenía un tono juvenil y algo disonante, y en el tiempo que lo había conocido después de pasar doce años en Azkaban su voz se había vuelto muy áspera.

—No hay nada de malo en ser comparado con un Hufflepuff —contestó la voz de Remus en tono de regaño.

Cuando se escuchó una puerta siendo cerrada, Harry se dejó caer en el asiento tras él, la mochila aterrizó en el suelo, y Teddy hizo lo mismo; ambos tratando de estabilizar sus respiraciones. Por algunos minutos estuvieron en silencio, asimilando dónde estaban y lo que acababan de escuchar.

—Lo siento —Teddy fue el primero en hablar—. No debería haber gritado, sobretodo sabiendo que apareciéramos cerca de ellos.

—No te culpo, yo también me hubiera sorprendido —susurró Harry. Sacó su varita y mandó un fermaportus en dirección a la puerta, así como un muffliato alrededor—. Perdón por no advertirte, pero no quería que estuvieras nervioso durante el viaje.

—¿Exactamente qué te hiciste? —preguntó Teddy con curiosidad

—Salí de mi burbuja —explicó Harry. Teddy alzó una ceja—. Sé que fue algo arriesgado, pero si queremos que nuestra cubierta funcione bien, esto es mejor que tomar una poción rejuvenecedora cada día...

Teddy se encogió de hombros —Entiendo —Hizo una pausa—. ¿Ahora es buen momento para que me aclares algunas cosas sobre el plan?

—Tan bueno como cualquier otro —dijo Harry, mirando por la ventana—. Al parecer faltan algunos minutos antes que lleguemos a Hogsmeade... No entiendo, pensé que dijo años exactos; y fueron cuarenta, así que no hay que mover las horas ni nada —murmuró para si mismo.

Teddy lo miró confundido, entendiendo sólo la mitad de lo que decía —Planeabas llegar directamente a Hogsmeade, ¿no?

—Sí —afirmó Harry, haciendo una mueca—. Viste lo cerca que estuvimos de ser descubiertos por... Bueno, en Hogsmeade hubiera sido más fácil pasar desapercibido entre el tumulto de estudiantes, y ya que el viaje limpia toda magia externa, hubiera sido inútil disfrazarme antes.

—Sí, lo supuse —dijo Teddy—. Entonces, entraremos como si fuéramos los hermanos Hitchens... a Hogwarts, quiero decir; y...

—Intentaremos ganar la confianza de aquellos que estarán en el centro de la guerra —dijo Harry, asintiendo—. De esa manera sabremos todo lo que sucede sin entrar directamente en la lucha. Nuestro supuesto pasado familiar nos ayudará con todo eso.

Teddy asintió vagamente y Harry lo miró.

—¿Es mucho para ti? —le preguntó, sinceramente preocupado.

—¿Lo dices por que estaré viviendo junto a mi padre? —Teddy sonrió—. No, no creo que sea algo que no pueda soportar... De hecho, debería ser algo para disfrutar —Harry suspiró—. Además, si tú puedes hacerlo, yo también podré. Valentía Gryffindor, ya sabes.

Harry sonrió y luego volvió a mirar por la ventana —Ya estamos llegando, es mejor prepararnos. Eh... ¿tú primero?

—Claro —dijo Teddy y cerró los ojos con una expresión graciosa. Unos segundos después su cabello, aún negro, creció en gruesas ondas que le cubrieron ambos lados del rostro, y su piel se tornó mucho menos pálida. Abrió un ojo y comenzó a encogerse hasta llegar al tamaño de Harry—. Si que eras pequeño.

—¡No lo soy! —exclamó Harry, aunque no sonaba del todo convencido.

Teddy rió —¿Qué tal? ¿Es suficiente así o...?

Harry lo miró con detenimiento. Si bien podía ver aún las facciones de Remus en Teddy era por que sabía qué buscar, cómo usualmente sucedía. El cabello y ojos negros, y las ondas y la piel más oscura marcaban los rasgos de manera diferente al marrón suave y liso, y pálido semblante que definían a Remus Lupin.

—Es más que suficiente —dijo Harry, y Teddy sonrió—. Recuerda solamente tratar de... gesticular un poco más, y la voz...

Teddy suspiró —No te preocupes —señaló en un tono más suave—. Sé cómo trabajar voces, ¿recuerdas?

Harry asintió. Rápidamente sacó su varita y comenzó a cambiar su aspecto también hasta igualar el de Teddy.

—Bastante bien, aunque en mí se ve mejor—indicó Teddy, haciendo una mueca arrogante con los labios.

—¿Planeas tener una personalidad chula? —preguntó Harry, divertido.

—Quien sabe —comentó Teddy, mirando hacia la ventada. El tren se estaba deteniendo.

Un revuelo de voces llenó el pasillo fuera del compartimiento donde se encontraban. Al parecer, como usualmente sucedía, la mayoría de los estudiantes estaban luchando por ser los primeros en bajar. Harry y Teddy esperaron varios minutos hasta que todo se volvió un lejano murmullo.

—¿Ya habrán salido todos? —preguntó Teddy. Su voz, ahora suave, sonaba nerviosa.

Pero antes que Harry pudiera decir algo, se escuchó la voz de Sirius desde el exterior —Juro que no entiendo el apuro por bajar así.

—Vamos, Canuto —dijo una voz clara y fuerte. Harry supuso que era la de su padre, la cual hasta ahora habían escuchado sólo en la lejanía—. No todos tienen nuestra clase.

—Pensé que habías dicho que dejarías de ser tan... como tú —dijo la voz de Remus, incierta.

—Como un estúpido engreído, es decir —comentó la voz de Sirius.

Se escucharon pasos fuertes que se alejaban.

—¡¿Y ahora te haces el ofendido?! —exclamó Sirius—. ¡Tú mismo dijiste eso antes! ¡Oi!, ¡Cornamenta!... ¡James!

—Es verdad que él lo dijo antes —dijo la voz chillona de Peter Pettigrew; parecía estar respondiendo a una pregunta no dicha.

—Vamos, antes que los perdamos de vista y se metan en algún lío —dijo Remus con abatimiento. Poco después todo quedó en silencio.

—Voy a tener un gran problema intentando ser cortés con Colagusano —dijo Harry, masajeándose las sienes.

Teddy lo miró con comprensión —Créeme que yo también, pero no se une a los mortífagos hasta que tú naces, ¿no? Así que aún se puede hacer algo por él... bueno, si nos decidimos ha hacer algo en primer lugar.

—No lo se —dijo Harry, desbloqueando la puerta y asomándose afuera—. Supongo que hay cosas que son difíciles de cambiar, como los sentimientos o las creencias, y no sé si Colagusano se merezca el esfuerzo.

Harry se colgó la mochila nuevamente y salió hacia el pasillo; Teddy lo siguió. Bajaron del tren con precaución y se encaminaron en dirección opuesta a la de los estudiantes, los cuales ya estaban agrupándose cerca de los carruajes.

—Nos apareceremos fuera de las rejas de los terrenos del colegio —musitó Harry, acomodándose la capa. Teddy asintió—. Recuerda que supuestamente no sabemos que estamos haciendo algo inusual, así que actúa con naturalidad.

Cuando estuvieron unos metros más lejos, al amparo de los primeros árboles del bosque, Harry y Teddy se desaparecieron rumbo a las grandes rejas flanqueadas por columnas de piedra coronadas por estatuillas de cerdos alados. Al llegar las encontraron abiertas.

—Bueno, eso es un símbolo de bienvenida —dijo Harry, sonriendo, sintiéndose imprudente; Teddy sólo se encogió de hombros y ambos avanzaron.

Harry se sentía nostálgico caminando por ese sendero bajo esa apariencia. Nunca había pensado que regresaría a Hogwarts como un estudiante, incluso se había negado a cursar su séptimo año, pero al final estaba nuevamente ahí. El primer hogar que había conocido... tan lleno de recuerdos felices y trágicos que le iba a costar hacerse a la idea de que estos no habían ocurrido aún.

—Cuanta nostalgia —comentó Teddy. Harry lo miró—. Jamás pensé regresar aquí como un estudiante...

Harry resopló —Eso mismo pensaba yo.

En pocos minutos la puerta del castillo estuvo a la vista y Harry vio, con una mezcla de sentimientos, que ahí se encontraba Albus Dumbledore, claramente esperándolos. ¿Había algo que no supiera?... Sí, lo hubo en algún momento, y esperaba que ellos pudieran lograr lo mismo.

Harry tomó unas cuantas respiraciones profundas antes de llegar frente al hombre —Buenas noches, ¿el Profesor Dumbledore, supongo? —Teddy repitió el saludo, casi con timidez—. Permítame presentarnos: mi nombre es Harry Hitchens y este es mi hermano Ted. Deseamos hablar con usted, de ser posible.

—Bienvenidos, señores —dijo Dumbledore con una sonrisa. Sus vivos ojos azul claro miraban a Harry de forma inquisitiva—, y como ya saben mi nombre, no me presentaré, no obstante, ¿quieren pasar a mi despacho? De un momento a otro comenzarán a llegar las hordas de estudiantes y temo que nos puedan dificultar la conversación.

Harry trató de esconder su sonrisa y asintió. Ambos siguieron a Dumbledore por el familiar camino hasta su despacho. Harry sabía que la única razón por la que los estaba dejando entrar al castillo era porque quería mantenerlos alejados de los estudiantes. No confiaba en ellos, aún no. Esperaba poder cambiar eso pronto.

—¡Grageas de todos los sabores! —exclamó Dumbledore, alegremente, una vez llegaron a la gárgola que custodiaba la entrada a su oficina. Harry tosió para esconder una risa y los labios de Teddy temblaron.

Los tres subieron por la escalinata y entraron al gran despacho circular. Dumbledore les ofreció a ambos un asiento, ocupando él mismo el suyo detrás de su escritorio, y se quedó observándolos mientras recorrían el lugar con la mirada. Teddy jamás había visto el despacho del director de Hogwarts de esa manera y Harry no lo veía hace tanto tiempo atrás. Se percató que muchos de los objetos plateados que recordaba aún no estaban ahí.

—¿Quisieran una gragea? —ofreció Dumbledore con amabilidad.

Teddy se encogió de hombros y se adelantó para coger una de un color rosa brillante. Harry negó con la cabeza —No, gracias, señor.

—Entonces, ¿a qué debo su visita? —preguntó Dumbledore mientras seleccionaba una gragea de color añil y se la metía en la boca.

—La verdad es que es una historia un tanto complicada, señor —dijo Harry con tranquilidad—. Aunque en realidad sé tan poco que al final parecerá muy simple... —Dumbledore asintió, comprensivo—. Verá, hace mucho que mi familia se encuentra alejada de la comunidad mágica... Y por mucho quiero decir más de un centenar de años... Mi tatarabuela fue la última en tener contacto con esta, pero después de casarse se desligó casi totalmente. Con el pasar del tiempo mis bisabuelos, abuelos y padres hicieron lo mismo... Todos ellos eligieron el aislamiento, y por lo que sé incluso impidieron que se aplicara en ellos, y en nosotros, cualquier tipo de magia que fuera capaz de rastrearnos...

Harry había tratado de poner sentimientos de traición y confusión en su voz. La historia tenía que ser creíble para Dumbledore, por lo menos para permitirse hacerles algún tipo de prueba.

—Por años, nunca entendimos por qué lo hacían... francamente aún no lo entendemos del todo —Harry miró hacia Teddy, quien lucía apesadumbrado—. Sólo sabemos que la tatarabuela huyó de su familia y desde ese momento trató que los suyos pasaran completamente desapercibidos.

Por un momento el despacho quedó en silencio y Harry miró al suelo, actuando incapaz de sostenerle la mirada al director por demasiado tiempo.

—Su tatarabuela era Isla Black, ¿es así? —peguntó Dumbledore al cabo.

—Sí, señor —afirmó Harry, alzando la mirada con evidente asombro.

—¿Qué sabe de la familia de su tatarabuela, señor Hitchens? —cuestionó Dumbledore, dándole una sonrisa tranquilizadora.

—Casi nada —respondió Harry, apenado—. Como dije, nuestra familia nos ha mantenido alejados de la comunidad mágica... Sólo al cumplir diecisiete pudimos... rebelarnos. En mi niñez hubo una única vez que estuve entre magos: para comprar mi varita.

Dumbledore se recostó en el respaldar alto de su silla —¿Estoy en lo cierto al decir que ustedes han sido enseñados a usar magia? —Parecía interesado, aunque aún había cautela en su expresión.

—Sí, señor —afirmó rápidamente Harry—. Mi padre nos enseñó, también el abuelo. Mi madre es muggle.

Dumbledore asintió, pensativo.

—Señor —dijo Teddy, mirándolo con nerviosismo—. Nosotros... lo que queremos... si es posible... es oficializar nuestros estudios.

Harry asintió con firmeza —Se nos negó por tanto tiempo ser parte de este mundo, nuestro mundo, que ahora que lo hemos estado conociendo... Es como haber llegado finalmente a casa.

La amargura y la satisfacción en su voz no fueron fingidas esta vez, ya que así se había sentido Harry cuando se enteró que era un mago a los once años de edad.

—Ya veo —dijo Dumbledore, mirándolo atentamente—. Por mi parte, estaría dichoso de aceptarlos a ojos cerrados, pero quiero que entiendan que hay reglas que seguir. Una de ellas es que sólo disponen de una plaza para estudiar en Hogwarts los niños que al momento de nacer quedan registrados como mágicos en nuestras actas o, en su defecto, aquellos que provengan del extranjero y que presenten los documentos necesarios de su escuela o país natal. Y mucho me temo que ninguno de ustedes posee ningún tipo de registro...

—P-pero, ¡nosotros somos mágicos! —lo interrumpió Teddy, estupefacto. Harry se mostró demasiado impresionado para poder hablar.

—Lo sé, queridos muchachos —apaciguó Dumbledore con suavidad—. Sin embargo, cuando su familia impidió que fueran rastreados también hicieron imposible que quedaran registrados en nuestras actas, o en cualquier otro lugar.

—¿Y no hay forma de cambiar eso, señor? —preguntó Harry, rápidamente—. Nosotros nos someteríamos a cualquier tipo de prueba... Cualquier cosa... ¡Haremos lo que haga falta para demostrar que pertenecemos a este mundo y a Hogwarts!

Dumbledore observó los rostros angustiados de ambos jóvenes y suspiró. Se puso de pie y giró hacia el estante que se encontraba detrás de él. Harry se dio cuenta de lo que iba a hacer y espero, pacientemente.

—Este es el Sombrero Seleccionador de Hogwarts —explicó Dumbledore, sonriente—. Fue encantado por los propios fundadores del colegio para que seleccionara a los nuevos estudiantes, según sus habilidades y potenciales, dentro de cada una de nuestras cuatro casas. Estas casas son Gryffindor, Hufflepuff, Ravenclaw y Slytherin; cada una lleva el nombre de uno de nuestros fundadores, y cada una ha dado grandes magos y brujas a través de los años.

Harry intercambió una mirada confusa y nerviosa con Teddy. Sólo la primera no era cierta. Esto era, así serían probados, y Harry rogó internamente que las cosas salieran bien.

—Si de verdad quieren estar en Hogwarts, primero tienen que pasar esta prueba —dijo Dumbledore con seriedad—. Si todo va bien, entonces yo mismo los ayudaré con los trámites que tengan que hacer en el Ministerio para ponerse al día con sus estudios. Pero quiero que sepan que queda en sus manos probar que tienen lo necesario para cursar su séptimo año.

Harry y Teddy asintieron con avidez, mostrándose un poco más aliviados.

—¡Muy bien, entonces! —exclamó Dumbledore, recuperando su expresión alegre, y se acercó con el sombrero hacia Harry.

Esta vez el Sombrero Seleccionador ya no le cubrió los ojos, sino que se quedó sobre su cabeza, como hecho a la medida:

—Mm —escuchó la vocecita en su oreja—. Interesante. Muy interesante.

Harry luchó con una sonrisa. "Sé que lo es" —pensó—, "aunque yo lo definiría más como estresante".

—Difícil misión en la que te has metido, eh, Harry Potter —dijo la vocecita—. Manipular el tiempo es peligroso, aunque lo hagas con buenas intenciones.

"No tenía otra opción" —pensó Harry.

—Siempre hay otra opción... Podrías haberte quedado a enfrentar ese nuevo mundo —afirmó el sombrero—. Aunque, ciertamente, existía la posibilidad que tú ya no existieras ahí, aún así...

"Aún así, ¿qué?" —preguntó Harry con brusquedad—. "¿Debería haberlos dejado enfrentar todo eso solos? ¿Sin saber si sobrevivirían? ¿Simplemente abandonándolos a su suerte?... ¡Tenía una familia y muchos seres queridos ahí!, ¡no iba a dejarlos perecer!"

—Pero ese ya no sería tu mundo, ya no te recordarían... —comentó el sombrero—. No tienes por qué luchar y proteger a todos, Harry Potter.

"Sí, tengo que hacerlo" —aseveró Harry.

—¿Tienes?... Mm, y supongo que quieres que no diga nada —dijo el sombrero, sonando ¿risueño?

Harry suspiró, ganándose una mirada curiosa de Dumbledore "Está en ti que tenga que decirle al profesor Dumbledore mis verdaderas intenciones... Yo... sólo quisiera no tener que decidir, o ser forzado a decidir, aún".

—Hace tiempo que ya tomaste esa decisión, Harry Potter —dijo el sombrero, misteriosamente—. Sí... tú fuiste bastante difícil de colocar. Pero mantengo lo que dije... aunque —Harry contuvo la respiración— podrías haber ido a Slytherin... No hay dudas, ¿verdad? Bueno, si estás seguro, mejor que seas ¡Gryffindor!

Harry oyó al sombrero gritar la última palabra. Teddy sonrió, radiante, y Dumbledore lo miraba, encantado.

—¡Felicidades, señor Hitchens! —exclamó Dumbledore—. ¡Un Gryffindor! Estoy seguro que a la profesora McGonagall, la jefa de esa casa, le encantará tener un nuevo estudiante. ¡Ahora!, ¡señor Hitchens! —Se acercó a Teddy y le puso el sombrero en la cabeza.

Harry estuvo atento a cada gesto en la cara de su ahijado; Teddy parecía tranquilo, pero en sus ojos se podía ver cierta tristeza. Sólo al final Harry se dio cuenta que nunca había hablado con Teddy sobre lo sucedido en su verdadera Selección.

—¡Gryffindor! —gritó el Sombrero Seleccionador y Harry no pudo evitar aplaudir, para después agachar la cabeza, fingiendo vergüenza.

—Maravilloso —Dumbledore parecía totalmente complacido—. Mis muchachos, siéntanse tranquilos. Ahora pertenecen oficialmente a Hogwarts y les aseguro que daré lo mejor de mí para que sus estudios terminen de la manera más satisfactoria posible.

Harry sonrió con dicha y verdadero alivio —Muchas gracias, señor. No sabe cuanto se lo agradecemos.

—Sí, señor director —reafirmó Teddy, dando saltitos en su asiento—. ¡Gracias!, ¡muchas gracias!

El sonido de la puerta al ser tocada repiqueteo en ese momento, y con un "Adelante" de Dumbledore, entró al despacho la profesora Mcgonagall, mucho más joven de lo que Harry la había visto jamás. Parecía apresurada, pero ante la vista de los dos jóvenes ralentizó su paso y desvió su mirada hacia Dumbledore.

—¡Ah, profesora McGonagall!, me alegro de verla aquí —dijo Dumbledore, avanzando y entregándole el Sombrero Seleccionador—. Muchachos, esta es la profesora McGonagall, quien imparte la clase de Transformaciones... —Harry y Teddy inclinaron la cabeza cortésmente—. Profesora, permítame presentarle a los hermanos Hitchens. ¡Dos nuevos Gryffindors!

—¿Dos nuevos Gryffindors? —preguntó la profesora Mcgonagall con una mirada severa—. No tenía conocimiento que habrían estudiantes de intercambio este año.

—Los señores Hitchens no son estudiantes de intercambio —explicó Dumbledore, instándola a sentarse. La profesora McGonagall negó con la cabeza—. Ellos han llegado hasta aquí en circunstancias excepcionales, y yo les he ofrecido mi ayuda siempre y cuando demuestren que son capaces de ponerse al día con las asignaturas.

—¿Puedo preguntar cuales son esas circunstancias excepcionales? —dijo la profesora McGonagall con seriedad.

—Ya habrá tiempo para hablar de eso, mi querida profesora —contestó Dumbledore, sonriente. La profesora McGonagall le envió una dura mirada—. Por ahora, lo que hay que saber es que no se van a presentar como parte de la familia Hitchens ante el colegio.

—¿Por qué no, señor? —preguntó Harry con curiosidad. Teddy estaba auténticamente confundido.

—Lamento decir que su tatarabuela tenía cierta certeza cuando decidió exiliar a su propia familia del mundo mágico —dijo Dumbledore, mirándolos con firmeza—. Sería peligroso para ustedes presentarse con su nombre real, sobretodo en estos tiempos.

Harry asintió levemente, aunque sin dejar de lucir intrigado. Sabía que existía la posibilidad que Dumbledore les pidiera eso. De hecho, lo había estado esperando.

—Sí usted cree que eso es lo mejor —dijo Teddy, asintiendo también—. Entonces lo haremos, señor.

—¡Muy bien!... ¡Profesora McGonagall! —Dumbledore se volteó a verla y en seguida formó una sonrisa de disculpa. La profesora Mcgonagall no parecía contenta siendo ignorada—. Estos jóvenes serán tratados como estudiantes de intercambio del Instituto de las Brujas de Salem, y su apellido será White —Harry no pudo evitar soltar un resoplido. A Dumbledore le brillaron los ojos—. Es importante que nos adhiramos a esta historia. Sólo los cuatro sabremos la verdad, ¿de acuerdo?

—Como usted diga —dijo la profesora McGonagall, respetuosamente.

—Les haré saber cuando tenga todo listo para ir al Ministerio —les dijo Dumbledore a los jóvenes—. Espero que podamos mantener todo esto bajo control ahí también —Harry y Teddy asintieron—. Bueno, ¿y que estamos esperando? ¿Ya llegaron los de primer año, mi querida profesora?

—¡Sobre eso quería hablarle! —exclamó la profesora McGonagall, ahora impaciente—. ¡Ya todos los estudiantes están esperando en el Gran Salón, Dumbledore!, ¡y seguramente los pobres de primer año deben estar congelándose con Hagrid afuera!... Pero creo que estarás de acuerdo conmigo en que no puede haber Ceremonia de Selección sin el Director, ¡y mucho menos sin el Sombrero Seleccionador!

Dumbledore parecía avergonzado, aunque sus ojos no habían dejado de brillar —Sí, estoy de acuerdo. Entonces, no los hagamos esperar más, ¿no?... Puede dejar esa mochila por ahí, señor White —le dijo a Harry con un guiño y luego se adelantó hacia la puerta del despacho y la abrió—. Después de usted, profesora.

La profesora McGonagall apretó los labios con firmeza y tan tiesamente como pudo caminó hacia fuera. Harry y Teddy compartieron miradas divertidas y siguieron a la profesora McGonagall.

En menos de cinco minutos llegaron a las puertas que conducían al Gran Comedor. Harry y Teddy entraron tras los profesores, ganándose un tumulto de miradas y murmullos. Harry ya estaba tan acostumbrado a las multitudes pendientes de él que por un instante ignoró las miradas, hasta que Teddy le dio un codazo en las costillas. Inmediatamente, se mostró cohibido.

—La mesa de Gryffindor es la de al fondo —les indicó la profesora McGonagall antes de marcharse. Dumbledore les dio una sonrisa alentadora y se fue tras ella, hacia la mesa de profesores.

Harry y Teddy atravesaron, con cierta torpeza, las mesas de Hufflepuff, Slytherin y Ravenclaw, y se sentaron en el primer hueco que encontraron en la mesa de Gryffindor, al lado de un par de brujas que no dejaban de susurrar y reír. Teddy parecía muy conciente que su ropa llamativa desentonaba entre tanta túnica y capa negra, y la mirada de Harry estaba fija en la mesa, y no fue hasta que comprendió lo absurdo que esto parecía que se dio cuenta que temía alzar la vista y encontrarse con algún rostro conocido. Había intentado ser valiente y parecer determinado para infundirle valor a Teddy, pero aún no sabía si podría reaccionar de forma correcta al encontrarse con sus padres, y con Sirius y Remus, o incluso con Colagusano y Snape. Sin embargo, no había tiempo para eso.

Una flecha de papel le pegó en la cien e instintivamente volteó a mirar hacia ese lado. Su respiración se quedó atascada en sus pulmones y su corazón trastabillo.

—¿Qué tal, compañero? —Era Sirius. Su cabeza se inclinaba para verlo por detrás de las dos risueñas brujas—. ¿Piensas socializar o seguir grabándote las vetas de la madera?

Al otro lado de la mesa se escuchó una risita chillona, lo cual sacó de su trance a Harry.

—Eh... —Aunque aún no estaba muy elocuente.

—Déjalo tranquilo, Canuto, es su primer día aquí —dijo la voz calmada de Remus, desde un punto cercano al de la risita chillona.

Harry se arriesgó a echarle un vistazo, mejor él que Sirius, o que su padre. Pero se encontró viendo un rostro tan parecido al de Teddy que sintió su quijada caer un poco. La cerró con rapidez. Por Merlín, estaba actuando como un tonto. Miró hacia Teddy y lo vio observando el techo con fingido interés. Muy buena estrategia.

—Sólo estaba tratando de ser agradable, Lunático —escuchó replicar a Sirius—. Soy Sirius Black, por cierto —agregó hacia Harry, quien volteó a mirarlo para no caer grosero—. El señor soy-perfectito-y-me-meto-en-todo es Remus Lupin, y a su lado está Peter Pettigrew —Siguió con las presentaciones—. Y aquí a mi lado está mi queridísimo amigo y Premio Anual, por increíble que parezca para quienes lo conocemos, James Potter.

Harry notó que la cabeza de James se asomaba detrás de la de Sirius, pero no enfocó su vista en esta, solo asintió vagamente en su dirección, como había hecho con Remus y Colagusano.

—Bienvenido a Hogwarts —le dijo James—. Si tienes alguna duda no dudes en venir a mí —Se escuchó nuevamente la risita de Colagusano—, o en todo caso a mi bella compañera Premio Anual, Lily Evans.

Harry iba a asentir nuevamente cuando la voz de una mujer lo dejó estático —Gracias por la presentación, Potter —Por alguna razón Harry sentía esa voz muy lejana—. Y reitero su ofrecimiento, cualquier duda que tengas estamos para ayudarte.

Era una buena cosa que en ese momento la profesora McGonagall regresara con los alumnos de primer año, llamando así la atención, porque Harry se encontró perdido dentro de una maraña de pensamientos y sentimientos difíciles de describir. Sintió un ligero apretón en el hombro y quiso reír con locura. Ahí estaba el gran Harry Potter en un estado de completo pánico al conocer a sus padres por primera vez; y ahí estaba su ahijado, Teddy Lupin, tratando de reconfortarlo. Una tenue señal que el mundo entero estaba por ponerse de cabeza.


Nota: Fragmentos de la selección de Harry extraídos de Harry Potter y la Cámara Secreta y Harry Potter y la piedra filosofal, respectivamente.