Todos los derechos: lugares, personajes y diálogos reconocibles, le pertenecen a J. K. Rowling y sus asociados. Yo solo estoy disfrutando al escribir esta historia sobre el mágico mundo que ella creó. No busco ningún beneficio lucrativo.
Capítulo 05
El rencor de Snape
No iba a pensar que todo había sido una pesadilla, ya no era un niño después de todo y sabía diferenciar la realidad de los sueños. Tampoco iba a desear que nada hubiera sucedido; muchas veces lo había hecho en el pasado, o en el futuro, y ni una sola vez ese deseo le fue concedido. Tampoco iba a quedarse en cama, con la cara enterrada en la almohada, suprimido en la miseria, cuando su padre y su padrino estaban jalándole las mantas cada tanto, instándolo a levantarse.
—¿Acaso tienen diez años? —preguntó Harry con la voz ahogada por la almohada.
—¿Acaso tú los tienes? —respondió la voz de James—. ¡Eres más difícil de despertar que Canuto! —"!Oi!", exclamó Sirius—. ¡Vamos!, ¡ha levantarse!... ¡Lunático!, ¡danos una mano aquí!
Harry se volteó, resoplando. James y Sirius le sonreían desde ambos lados del dosel, y Teddy estaba mirándolos entretenido desde la cama de al lado. Remus se encontraba ordenando su mochila, aparentemente indiferente. Los cuatro ya estaban vestidos con las túnicas para el colegio.
—Por cierto, ¿a qué vienen esos nombres raros con los que se llaman? —preguntó Harry, sentándose.
Los labios de Teddy temblaron. James y Sirius compartieron una mirada.
—Todos tenemos pequeños secretos, ¿no? —comentó Sirius, altivo, repitiendo lo que Harry había dicho la noche anterior.
Teddy resopló y Harry alzó ambas cejas, divertido.
—Son por la forma que toman nuestros patronus —contestó Remus, caminando hacia ellos.
—¡Lunático! —lo regaño Sirius—, ¡no reveles nuestros pequeños secretos!
Remus lo ignoró —¿Quieres que te esperemos, Harry? —le preguntó con una sonrisa amable. Colagusano salió del baño en ese momento y se apresuró al lado de sus amigos.
—No, no. Eh... vayan yendo. Recuerdo bastante bien el camino —contestó Harry, parándose con prontitud. Remus asintió.
—Yo me quedaré a esperarlo —comentó Teddy—. Si no lo hago, seguramente no llega a tiempo.
—Nos vemos, entonces —dijo James, recogiendo su mochila desde su cama. Sirius, Remus y Colagusano lo siguieron.
Cuando los cuatro salieron de la habitación, Harry se dejó caer de nuevo sobre la cama. Teddy envió un muffliato hacia la puerta y se sentó a su lado.
—Te escuché despertar un par de veces durante la noche —comentó Teddy.
Harry se pasó una mano por la cara y suspiró —Tuve sueños muy extraños... —Parpadeó—. Eh... aunque ahora no puedo recordar ninguno.
—Suele pasar —indicó Teddy en voz apagada.
—¿Tú no dormiste? —le preguntó Harry, mirándolo con preocupación.
—No mucho —Teddy sonrió y luego su sonrisa cayó—. Fue... No fue nada fácil verlo... A mi padre... Siempre quise conocerlo, sólo que nunca imaginé algo como esto —Miró alrededor y luego a Harry—. Para ti debe ser más difícil.
—El sentimiento no es diferente por tener frente a ti a tus dos padres muertos en vez de sólo a uno —murmuró Harry. Teddy bajó la mirada—. No quise darte este sufrimiento, Ted. Yo...
—Detente —dijo Teddy, negando con la cabeza; su voz sonaba un poco ahogada—. Fue mi elección, Harry. Sabía lo complicado que sería. Sabía en lo que me metía. Así que nada de echarte la responsabilidad... Ya no soy un niño para que tengas que responder por mí.
Harry lo miró —Lo sé, pero aún así me preocupo por ti — Teddy levantando la mirada y sonrió con tristeza—, y sé que vamos a tener que pasar a través de muchas cosas, por lo que si en algún momento sientes que necesitas un respiro, sólo dímelo y haré lo que sea para dártelo.
—¿Y que hay de ti? —preguntó Teddy—. ¿No crees que necesitarás algún descanso?
—He pasado por mucho más que tú, Ted... —explicó Harry con aspecto sombrío—, y he aprendido que el verdadero descanso sólo llega al final.
Teddy asintió lentamente, mirando hacia la cama vacía de Remus —Entonces, tal vez yo debería aprender eso.
Harry no respondió. Se volvió a parar y fue a buscar la túnica que su padre le había prestado —Voy a ducharme o llegaremos tarde a nuestro primer día de clases —Se encaminó hacia el baño.
—Clases... sobre eso — Teddy frunció levemente el ceño—, ¿mantendremos perfil bajo ahí también?
—Hazlo tal y como lo hiciste en tú séptimo año —le contestó Harry, pero un par de pasos después se detuvo—. Aunque será mejor que no te excedas en transformaciones.
Teddy sonrió con cierto aire de satisfacción, encogiéndose de hombros. Harry le envió una mirada de advertencia antes de desaparecer por la puerta del baño. Veinte minutos después, ambos bajaron hacia la Sala Común, donde algunos estudiantes se encontraban charlando amenamente, en espera del inicio de clases.
—Buenos días —los saludó Lily, quien estaba sentada en uno de los sillones con Mary Macdonald y Denise Williams, quienes les sonrieron—. ¿Recién despiertan?
Teddy señaló a Harry con un dedo acusador. Harry sonrió tímidamente a su madre —Sí, bueno, el viaje me dejó algo cansado, supongo.
—Entiendo —le dijo Lily con una sonrisa—. Deberían apresurarse e ir a desayunar, aún tienen tiempo. La primer clase es Pociones y queda cerca del comedor.
—Oh, sí... Muchas gracias —respondió Harry con torpeza—. Nos vemos.
—Nos vemos —respondió Lily. Mary y Denise asintieron en señal de despedida.
Esta vez el camino se hizo más corto sin todo el nerviosismo de la noche pasada. Teddy se quedó observando todos los lugares donde el castillo era diferente al de su tiempo, seguramente por las restauraciones posguerra; y Harry sólo sonreía, viendo la curiosidad de su ahijado. En menos de quince minutos estaban frente a las puertas del Gran Comedor; entraron y se dirigieron a la mesa de Gryffindor.
—¡Harry!, ¡Ted! —los llamó James desde el frente de la mesa.
—¿Ya está despierto nuestro bello durmiente? —preguntó Sirius, y Colagusano soltó una risita.
—No es mi costumbre levantarme tan tarde —dijo Harry en tono de disculpa, sentándose—. Culpo al viaje.
—No hay problema —dijo Remus, sonriendo, y luego les tendió a ambos un pergamino—. Son sus horarios. Le dijimos a la profesora McGonagall las clases que probarían. Ahora tenemos...
—Pociones —Harry asintió, sirviéndose algo de desayunar—. Lily nos dijo. Nos la encontramos en la Sala Común.
James lo miró por encima de su vaso de zumo de calabaza, el cual bajó lentamente —Eh... tú, ¿no te gustan las pelirrojas, cierto?
Harry casi se atraganta con un pedazo de tostada, lo que hizo que James alzara ambas cejas y su semblante se llenara de ansiedad. Harry abrió la boca para desmentirlo, pero luego recordó a Ginny y suspiró. Una idea le vino a la cabeza...
—Como cuestión de hecho, sí, me gustan —afirmó Harry, armándose de valor.
La quijada de James cayó unos considerables dos centímetros y Sirius rugió de risa ante su expresión. Colagusano parecía extrañamente complacido. Remus y Teddy miraron a Harry con curiosidad.
Harry sonrió y bebió unos tragos de su propio zumo de calabaza; luego agregó —Mi novia es pelirroja.
Sirius se detuvo por un segundo y luego se rió aún más, si eso era posible. Remus y Teddy se unieron a la risa también; en contraste, Colagusano frunció el ceño. James dejó ir una gran exhalación, cogiéndose el pecho.
—Merlín, Harry, eso fue... Tú... Yo... —James suspiró—. Lo hiciste a propósito —le reprochó, finalmente.
—Lo siento, no lo pude evitar —respondió Harry, sonriente.
—¿Realmente tu novia es pelirroja? —preguntó James con interés.
—Sí, lo es —respondió Harry.
—Son increíbles, ¿no? —dijo James, soñadoramente—. Ese cabello como fuego... y esas pequitas en la nariz... ¡Y ese temperamento!, ¡oh, que temperamento!
—No le des cuerda o no para, Harry —murmuró Sirius, fingiendo secretismo—. Te lo digo por experiencia —James miró de mala forma a Sirius.
—Lily te interesa —afirmó Harry, queriendo saber un poco más.
—Lo hace —respondió James, sin dudar—. Me ha gustado desde siempre... aunque sólo hace un par de años me di cuenta de cuan hondo había caído por ella.
—Es agradable, y muy bonita —comentó Teddy. James lo miró—. Y antes que preguntes, también tengo novia... y es rubia, por cierto.
Sirius soltó una carcajada y James suspiró —Lo siento... es que, bueno, llevo años queriendo conquistarla y apenas he logrado llevar un relación civilizada con ella... Este año es mi última oportunidad.
Harry sonrió con verdadera felicidad. Ahí estaba la prueba de cuan profundamente su padre había amado a su madre, porque nadie podía fingir los sentimientos que brotaban de la voz de James Potter.
—Lo que Sirius comentó ayer, sobre que habías decidido cambiar por Lily, es verdad, ¿no? —preguntó Harry, cogiendo otra tostada sin ver, con lo que casi mete los dedos en la mermelada.
—Digamos que no he sido el mejor de los chicos —comentó James en un tono entre apenado y risueño—, y a Lily no le gustaba mi actitud, así que he estado intentando...
—Dejar de ser un estúpido arrogante —acotó Sirius.
—Sí... eso —afirmó James con una mueca. Sirius resopló.
—Eh... chicos —interrumpió Remus, mirando su reloj—, deberíamos irnos o llegaremos tarde a Pociones.
—Tranquilo, Lunático —le dijo Sirius—, el viejo Sluggy sólo nos regañará, ya sabes como es. Deja que Harry y Ted coman algo más.
James asintió y Remus lo miró —Tú tendrías que dar el ejemplo... ¿o qué crees que pensará Lily?
—¡Cierto! —James saltó como un resorte—. ¡Hora de irnos! —Se encaminó hasta la salida del comedor.
—Bien jugado —le dijo Sirius a Remus en voz perezosa—. Sabes que si sacas la carta de Lily él hará cualquier cosa.
Dejando atrás a Colagusano, quien no había pasado al nivel EXTASIS en Pociones, salieron del Gran Comedor. Sirius iba sosteniendo algunos aperitivos para el camino.
—¿Alguno de ustedes juega Quidditch? —preguntó James con interés, mientras bajaban los escalones de piedra hacia las mazmorras.
Teddy negó con la cabeza, pero Harry, después de un momento de duda, asintió.
—¿En fé fozizión? —preguntó Sirius con la boca llena de pastel de carne.
—Buscador —respondió Harry, sonriendo. Ver a Sirius así le recordaba un poco a Ron.
—¿Eres bueno? —cuestionó James, dándole una mirada valorativa—. Tienes buena contextura... Yo he jugado esa posición también, cuando no había otra opción, entiéndase: el estúpido de mi ex buscador le gustaba cumplir estúpidos retos. Pero lo mío es ser cazador.
—No sé si soy muy bueno —dijo Harry. Teddy resopló—. Es verdad... —agregó, mirándolo—. He tenido muy buenas escobas, y según un conocido de mi familia usar gafas es una ventaja en el quidditch.
James lo miró, incrédulo —¡Oh!, ¡vamos!... Esa es la peor tontería que he escuchado en mi vida... —Su tono se volvió agudo—. Si alguien prueba que soy bueno en quidditch sólo por mis anteojos, ¡soy capaz de jugar sin ellos!
—Eh... eso no sería bueno, Cornamenta —dijo Remus, algo alarmado.
Sirius negó con la cabeza —¿Recuerdas aquella vez que confundiste a McGonagall con la gata de Filch?
—Oh, sí —James se estremeció—. Pero, ¡Canuto!... ¡No quiero que se dude de mis habilidades!
—Si se piensa con lógica —intervino Remus—, nadie te puede culpar por llevar gafas, y si la vista de las personas que no las usan es tan limitada como para entorpecer sus habilidades, entonces todos deberían usarlas.
—Um... no es mala idea —dijo Sirius, ganándose la atención de sus compañeros—. Sólo piénsenlo... Si a cada jugador se le puede dar gafas que mejoren su visión, ¡entonces el quidditch se elevaría a otro nivel!
Remus resopló —Con escobas cada vez más rápidas en el mercado, lo que algún día vamos a necesitar son binoculares especiales para ralentizar las jugadas.
Harry y Teddy no pudieron evitar reír. Sin embargo, antes que alguno de los demás preguntara por qué lo hacían, una voz silbante se escuchó por delante.
—Leones en territorio enemigo.
Se detuvieron abruptamente. Cinco Slytherins se encontraban en la intersección de dos pasillos, bloqueando el camino. Harry se sintió inquieto al reconocer entre ellos a un joven Severus Snape, con su cabello grasiento y nariz ganchuda, de pie a la izquierda del que estaba a la cabeza.
—Que yo sepa, ninguna parte de este castillo es tuya, Mulciber —dijo James, luciendo despreocupado—. Así que despejen el camino, ahora.
Los dos Slytherins a la derecha de Mulciber rieron con desprecio, el del extremo izquierdo los siguió un segundo después —¿Desde cuando tú nos das órdenes, Potter? —dijo uno de los primeros; tenía el cabello gris y nariz afilada—. ¿O es que te sientes avalentonado por esa placa en tu pecho?
—Yo no necesito ninguna placa para ser valiente, Travers —respondió James y luego sonrió—. Aunque, por supuesto, no creo que en realidad ninguno de ustedes sepa lo que significa ser valiente.
—Como si tú lo supieras —espetó Snape, enviándole a James una mirada de puro rencor—. Valentía no es atacar cuatro contra uno.
Sirius parecía estar listo para sacar su varita y Remus tenía el entrecejo fruncido. Por otro lado, la expresión de Harry era neutral, sin saber muy bien cómo reaccionaría si comenzaba un enfrentamiento entre su padre y Snape.
—Que yo recuerde, a lo mucho hemos sido dos contra uno, Snape —James se encogió de hombros, con una pizca de su antigua prepotencia—, y creo que me concederás la razón al decir que si no hubiera sido de esa manera tú ahora estuvieses en Azkaban, preparando el lugar para tus amigotes, por haber matado a alguno de nosotros.
Snape se encrespó, blanco de rabia, y estaba a punto de responder cuando Mulciber lo silencio, alzando una mano frente a él.
—Bastante gracioso, Potter —dijo Mulciber con una sonrisa demasiado sádica para el gusto de Harry—, pero ya no tienes que preocuparte por eso, ya no nos molestaremos por ustedes aquí... Se nos han dado deberes más importantes —James apretó los puños—. Ya habrá tiempo después para cazarlos uno por uno... Empezando contigo, Potter.
—Y también contigo, Black —le dijo Travers a Sirius, con repugnancia—. Por que la traición a la sangre es la primera que se pagará.
Sirius se quiso adelantar pero James se lo impidió, extendiendo un brazo.
—Y les seguirán los mestizos y los sangre sucia —continuó el Slytherin junto a Travers con voz áspera y tono insultante.
—Ya lo veremos —dijo James con rigidez—. Como dicen, es mejor no contar tus snitch antes de atraparlas.
—Tan arrogante como siempre —se burló Snape con acritud, aún furioso—. De nada te va a servir eso allá afuera, Potter. No podrás esconderte bajo las faldas de Dumbledore, como su favorito, nunca más... —Miró a Harry y Teddy—. Y no importa cuantos amiguitos hagas, ninguno de ellos va a serte de gran ayuda.
Sirius apartó el brazo de James y se adelantó, causando que Snape sacara su varita. Sirius imitó el movimiento y ambos se apuntaron el uno al otro con expresiones de intenso odio. El resto de Slytherins se pusieron alertas.
—Antes que llegues a James tendrás que pasar sobre mí, Quejicus —afirmó Sirius en un susurro vehemente.
—Si ese es tu deseo, Black, con gusto lo concederé —replicó Snape con un brillo malévolo en los ojos—. Me entretendré viendo a cada uno de ustedes caer antes de llegar a San Potter, el amigo de los débiles y desvalidos.
—Sirius, retrocede —dijo James, sin apartar la vista de Snape; estaba temblando de rabia, aún con los puños apretados. Sirius no se movió—. ¡Sirius!
Sirius parpadeó y luego, poco a poco, fue retrocediendo hasta llegar al lado de James. Ni él ni Snape bajaron las varitas. James apartó la varita de Sirius e intentó avanzar, sin embargo, Snape lo sujetó de la túnica con la mano libre, deteniéndolo. Esta vez fue Remus quien impidió que Sirius se abalanzara sobre Snape.
—El tiempo de la venganza llegará, Potter —dijo Snape con voz entusiasta y algo demencial—. Te haré pagar cada una de las que me has hecho, a ti y a todos los tuyos... No habrá día en que estés en paz, y te aseguro que llegará el momento en el que desees tanto morir que me lo vas a suplicar.
Harry se adelantó, sin poder soportarlo más, lleno de rabia y de dolor. No podía evitar sentirse herido por las palabras de Snape hacia su padre, pero ¿qué era lo que había estado esperando? Sabía de su rivalidad y sabía que Snape odiaba a James, y que todo lo que había hecho por Harry había sido sólo por Lily. Entonces, ¿por qué se sentía traicionado?... Sin embargo, antes que pudiera hacer algo, se escuchó una exclamación:
—¡Déjalo en paz! —Era Lily, y detrás de ella se acercaban Verenice Frobisher de Gryffindor, cuatro Ravenclaws y dos Hufflepuffs.
James y Snape, como uno, voltearon a verla. Lily había sacado su varita y se estaba abriendo camino entre los otros cuatro Slytherins.
—¡He dicho que lo dejes en paz, Snape! —volvió a exclamar Lily, llegando al lado de James. Instintivamente, Harry se colocó a su lado.
Por el rostro de Snape pasaron miles de expresiones y colores hasta que se quedó quieto y pálido. Con un movimiento brusco envió a James al suelo. Remus y Sirius lo ayudaron a levantarse.
—Y que no les quepa duda que voy a informar de esto al profesor Slughorn —les dijo Lily a los Slytherins, quienes sólo sonrieron con malicia; todos menos un inexpresivo Snape. Lily se volteó hacia James—. ¿Estás bien?
James asintió levemente mientras se alisaba la túnica —Gracias por defenderme, pero no debiste hacerlo —afirmó con seriedad—. No quiero que te metas en problemas por mí.
—Es mi deber ayudar a los estudiantes —dijo Lily, señalando su placa, luego sonrió—. Además, sé defenderme muy bien sola, Potter, no tienes que preocuparte por mí... —Desvió la mirada cuando James le sonrió—. Eh... vayamos yendo o llegaremos tarde.
Lily regresó por donde había venido, reuniéndose con Verenice Frobisher. James, Sirius y Remus la siguieron sin protestar, aunque Sirius nunca le dio la espalda a los Slytherins.
—¿Estás bien? —le preguntó Teddy a Harry, cuando varios segundos después avanzó también, distraído.
—Sí —afirmó Harry, mirando de reojo hacia Snape, quien tenía su mirada fija en Lily y James—. No es nada.
Alcanzaron a los demás a tiempo de escuchar a uno de los Hufflepuffs —Es la primera vez que no hacen nada contra Mulciber y su grupo.
—Pues no te acostumbres, Richard —le dijo Sirius con rudeza.
Remus miró a Sirius y luego le sonrió a los Hufflepuffs —Hemos decidido que vamos a disfrutar nuestro último año aquí... Sólo pura y sana diversión... y estudio —Sirius resopló.
—Pensé que encontraban divertido maldecir a los Slytherins —cuestionó el otro Hufflepuff. Harry fue vagamente conciente que su rostro le era conocido.
—Es divertido —dijo Sirius, sonriente, ganándose duras miradas de Lily y Remus. James sólo sonreía, algo absorto.
—¡Oh!, ¡ahí están! —exclamó Slughorn, viéndolos venir; como siempre, su prominente estómago parecía ocupar un gran lugar ante él—. ¡Pensé que nadie se iba a presentar!
—Lo siento, profesor Slughorn —se disculpó Lily. Otros repitieron la disculpa—. Hubo un problema por el camino. Si le parece bien, le informaré después de clases.
—Por supuesto, por supuesto, querida —contestó Slughorn, algo consternado—. Bueno, entonces... ¡adentro muchachos!, que ya hemos perdido un par de valiosos minutos.
El aula de Pociones ya estaba rebosando de vapores y olores cuando todos entraron. Se dividieron rápidamente por casas, quedando Snape, el único Slytherin de la clase, compartiendo una mesa con los dos Hufflepuffs.
—Tierra llamando a Cornamenta —dijo Sirius, chasqueando los dedos frente a James, al llegar a una de las mesas al frente del aula—. Si sigues así terminarás casado apenas te hayas graduado, ¿sabes?
James lo miró y acentuó su sonrisa, luego se volvió hacia Harry —No tienen libros ni ingredientes, ¿cierto? —No esperó respuesta—. Tú compartirás conmigo. Ted —agregó, mirando a Teddy—, tú con Lunático.
Harry iba a replicar pero Teddy le tapó la boca con la mano —Gracias.
—No hay problema —dijo James, encogiéndose de hombros.
—Bien, hoy, como nuestra primera lección, vamos a preparar una de mis pociones favoritas... ¡La poción multijugos! —explicó Slughorn con entusiasmo; su barriga parecía bailar con júbilo—. Es ciertamente una de las pociones más complicadas, y de no ser preparada correctamente puede traer muchos problemas a quien la beba, pero también es uno de los brebajes más estudiados por nosotros, los maestros en la materia... —Su barriga rebotó nuevamente—. ¡Ah!, esta poción esconde muchos, muchos secretos... ¡Bien!, balanzas, libros y todo lo demás listo, por favor.
—¡Profesor Slughorn! —James llamó al profesor—. Por aquí nos faltan dos calderos... y dos balanzas también, para Harry y Ted.
—Sí, sí, ya me lo había comentado la profesora McGonagall —dijo Slughorn, mirando a Harry y a Teddy con curiosidad—. No se preocupen, tengo calderos de sobra y por aquí deben haber algunas balanzas... ¿No necesitan libros e ingredientes, también, muchachos?
—Nosotros compartiremos nuestros libros e ingredientes con ellos, profesor —contestó James con una sonrisa ganadora.
—¡Oh!, ¡muy bien, muy bien! Dignos Gryffindors, ¿eh? —Slughorn asintió hacia ellos con aprobación—. ¡Ah!, pero hay muchos de ustedes ahí... Alguno tendrá que pasar a la mesa de las señoritas Evans y Frobisher —Señaló la mesa del costado, donde sólo estaban las dos jóvenes brujas.
Slughorn se fue hacia el armario para buscar las balanzas, y James miró hacia la mesa de Lily, quien estaba ojeando su ejemplar de "Moste Potente Potions". Verenice, en cambio, miraba hacia ellos con expectación.
—Bueno—dijo James, parándose y tratando de no parecer extasiado—, no se preocupen, yo haré el sacrificio de separarme de este gran grupo de...
—Sí, claro —le cortó Sirius, desdeñosamente, y luego sonrió—. Ahórrate las excusas, Cornamenta. ¡Ve y sé feliz!
James le dio una sonrisa contenida y se fue a sentar junto a Lily y Verenice. Ambas chicas lo saludaron, aunque Lily parecía algo incómoda. Slughorn volvió y le entregó a Harry y a Teddy dos balanzas un tanto destartaladas, pero usables, y, cogiéndolos de su escritorio, dos calderos muy bien cuidados.
Harry nunca había aprendido a hacer la poción multijugos en sus anteriores clases en Hogwarts, pero sí había visto a Hermione prepararla en su segundo año, así que algo recordaba. Slughorn les había proporcionado los crisopos cocidos, así que llegarían hasta la etapa intermedia, justo para dejar cocinar la poción por veinticuatro horas. Como mañana no tenían clases, podrían venir a terminarla y presentarla.
Después de cinco minutos todos estaban dejando cocer la Descurainia sophia junto con la centinodia, y pesando o pulverizando el resto de ingredientes. Harry suspiró y miró de reojo a sus padres. James estaba moviendo la boca, charlando en susurros, aunque sus ojos estaban fijos en el mortero, posiblemente triturando los crisopos. Lily estaba pesando el cuerno de bicornio y, de vez en cuando, le respondía algo rápido a James: algunas veces con el ceño levemente fruncido, otras tratando de esconder una sonrisa.
—El amor vuelve estúpidos a los hombres —murmuró Sirius, siguiendo su mirada—. Pronto vamos a presenciar el horroroso final de un merodeador.
—¿Merodeador? —preguntó Harry, deseando comenzar una conversación.
—Eso somos... Somos los Merodeadores —contestó Sirius, como si fuera algo común que un grupo de chicos se llamara así.
—Es el nombre que estos dos nos pusieron en nuestro quinto año —explicó Remus; él ya estaba triturando el cuerno de bicornio—. Ya ven, tienen esa costumbre de no llamar a las cosas por su nombre real y simple... Yo de ustedes temería, pronto les colocarán algún tipo de apodo.
—Oh, vamos Lunático, muy bien sabes que te gusta tu mote —le dijo Sirius, sonriente. Remus no contestó.
—Eh... bueno, yo nunca he tenido un apodo —Harry sonrió—, pero aquí, Ted, si tiene uno... ¿No es así, Teddy?
Teddy lo miró duramente por un segundo y luego se encogió de hombros —No me importa ser llamado así, ya no de todos modos...
—Déjame adivinar: ¿nombre cariñoso de la infancia? —preguntó Remus, divertido.
—Sí, mi padre me lo puso —afirmó Teddy, mirándolo. Harry trató de sonreírle para confortarlo, aunque él no lo notó—. Y... bueno, hace varios años llegué a ese punto en la adolescencia donde deseaba dejar de ser tratado como a un niño, así que no me sentaba bien que me siguieran llamando Teddy.
Sirius resopló —Que bueno que nadie se preocupó por ponerme ese tipo de nombrecillos. No sé cómo hubieran resultado con mi nombre.
—Siri, ¿tal vez? —preguntó Remus con fingida inocencia.
—Ni se te ocurra, Lunático —declaró Sirius. Remus sonrió—. De cualquier manera, no es que le pongamos nombres raros a todo. Sólo a lo importante... y a lo desagradable... Por ejemplo, Quejicus.
—¿Quejicus? —preguntó Teddy, sabiendo que Harry no lo haría—. ¿El que amenazó a James?
—Ese mismo pelo grasiento, hijo de...
—Sirius —lo instó Remus a detenerse. Sirius cerró la boca con fuerza y Remus suspiró—. Snape y James no se han llevado bien desde... siempre, por lo que sé. Ambos tuvieron una muy mala primera impresión del otro... Fue antes de ser seleccionados; Snape quería entrar a Slytherin y James a Gryffindor, y ninguno era capaz de aceptar que cada casa tiene su mérito.
—Claro —afirmó Sirius con sorna—, y el mérito de los Slytherins es convertirse en mortífagos.
—Esa es una acusación muy fuerte, Sirius —dijo Remus—, y un tanto equivocada...
—Se los ha sorprendido usando artes oscuras —le cortó Sirius, dirigiéndose a Harry y Teddy—. Sólo siguen en Hogwarts por venir de influyentes familias sangre limpia —Hizo una mueca de desagrado—. Apuesto a que incluso han amenazado a los débiles miembros del Consejo Escolar para que no objeten nada.
—No todos los Slytherins practican artes oscuras —replicó Remus—, y no todos los que alguna vez las practicaron se han convertido en magos oscuros o mortífagos. Estás generalizando.
—¿Los escuchaste allá afuera, Remus? —le preguntó Sirius con incredulidad—. Tienen "deberes más importantes" —Soltó una risa despectiva—. Obviamente, tiene que ver con Quien-tú-sabes... Y no me sorprende en absoluto. Mulciber es un maniático, y Selwyn y Gibbon unos estúpidos... y en cuanto a Travers, es un imbécil que hace años me está buscando pleito, y diga lo que diga James, no voy a quedarme de brazos cruzados con él, ni con Snape, ni con nadie.
Se quedaron en silencio un momento, ya que Slughorn estaba pasando por entre las mesas, asegurándose que tuvieran listos el resto de ingredientes para la poción. Harry se apresuró a seguir moliendo sus crisopos.
Cuando el profesor se fue nuevamente a su escritorio, Remus habló —Entiendo que para ti Slytherin represente todo lo malo, Sirius, pero lo que quería decir es que no todos los miembros de esa casa han ido por el mal camino, ¿o acaso olvidas a Andrómeda?
Teddy casi derriba su balanza, y el polvo de cuerno de bicornio que estaba pesando, cuando escuchó el nombre de su abuela —Lo siento... a veces soy algo torpe —se disculpó.
Sirius hizo un movimiento con la mano, quitándole importancia, luego miró a Remus —Sé que hay excepciones, pero Quejicus ama demasiado las artes oscuras para no terminar mal. ¿O te olvidas de aquellos hechizos oscuros que él inventa?... Una vez James estuvo por desangrarse por un sólo corte en la mejilla, ¡que era imposible de sanar!
—Baja la voz —lo instó Remus cuando James, Lily y Verenice miraron en su dirección—. No he olvidado nada. Sé que Snape no se ha detenido en su afán por hacerle daño a James... pero... —Dudó por un segundo—, ¿alguna vez te has puesto a pensar que nosotros pudimos impulsarlo a eso?
Por alguna razón, a Harry no le gustaba a dónde iba todo esto.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Sirius, verdaderamente confuso.
—Bueno, que... —Remus volvió a dudar—. Pues... que deberían haberlo dejado en paz... desde el principio... Una persona no puede tomar tantos insultos y humillaciones, y luego comportarse como una persona respetable.
Sirius parpadeó, sorprendido —¿Qué...?
—Todo lo que le hicieron... se lo mereciera o no... estuvo mal, Sirius —continuó Remus en voz cada vez más intranquila—. Nada les da el derecho a tratar a una persona de esa manera... ¡nada!... Menos cuando ustedes son menos que perfectos, y han cometido cosas muy reprochables.
Harry y Teddy miraban de uno al otro sin saber si debían detenerlos. Harry estuvo tentado a llamar la atención de James, pero eso significaba correr el riesgo de que Slughorn, ahora atento a una de sus propias pociones, notara la discusión. Teddy trató de distraer a Remus, pero no parecía funcionar.
—Snape pudo haber sido otra clase de persona si tan sólo lo hubieran dejado solo —continuó Remus, ahora incapaz de mirar a Sirius—. ¿Qué les importaba que le gustaran las artes oscuras?, ¿qué le importaba a James que pareciera estar cerca de Lily? Cada vez... Todo...
—¿Nos estás echando la culpa de que él sea como es? —preguntó Sirius en tono acerado.
—Estoy culpándonos de su rencor —respondió Remus con lentitud, como si cada palabra le doliera físicamente—. ¿No escuchaste lo que dijo?... ¿El odio en sus palabras?... Y eso es algo que nos hemos ganado, Sirius, y no por tener ideales opuestos, sino por todo lo que ustedes le hicieron por eso, y por todo lo que yo jamás impedí.
Hubo una incómoda pausa donde Harry pensó, muy a su pesar, que Remus tenía razón. Los tres habían sido los causantes del rencor que Snape tenía hacia ellos, un rencor que marcaría su vida, e incluso su muerte. Snape, alimentado por ese rencor, se había vuelto más y más cruel con el tiempo, por lo que al final incluso Lily se había alejado de él, incapaz de seguir buscando excusas a sus acciones. Luego de ello todo se había ido cuesta abajo. Se había unido a los mortífagos por venganza y odio, y por que ellos le dieron un lugar dentro de los suyos, uno que nunca tuvo ni en su familia ni en Hogwarts; y fue entonces, cuando más alto pensaba llegar, llevándole aquella profecía a su Señor, que se había dado cuenta que había entregado a los brazos de la muerte a la única mujer que había amado.
Después que no pudiera salvar a Lily, la vida de Snape había estado llena de reproches y culpas, dejando que su rencor hacia James, Sirius y Remus fuera su fuente de consuelo, aquello que lo dejaba culpar a alguien más por sus propios errores y malas decisiones. Ellos lo habían convertido en un resentido, ellos habían alejado a Lily de él, y por ellos ella había muerto. Y así había continuado, una media vida, hasta el momento de su muerte.
Sin embargo, Harry siempre quiso creer que antes de morir Snape había perdonado a su padre y a Sirius, y a Remus, y que, de alguna manera, había querido que él, Harry, lo supiera. No se había detenido a pensar en ello la noche en que le había dado sus memorias, sino después de un par de días, entre los funerales de todas las personas perdidas en la Batalla de Hogwarts. Frente a la tumba de Remus, Harry había recordado una memoria en particular, una memoria inconexa y que no tenía mucho sentido entre todas las demás... salvo que hubiera sido entregada inconcientemente.
Era de la noche de su partida del número cuatro de Privet Drive, la noche donde la varita de acebo lo había salvado de Voldemort. Mostraba a Snape, volando, junto a varios mortífagos, y a Remus y George delante de ellos, tratando de escapar. Uno de los mortífagos delante de Snape había apuntando su varita a la espalda de Remus, listo para usarla, y, entonces, Snape había intentado maldecir al mortífago, había intentado que perdiera su varita... y había salvado a Remus con ello.
Tal vez era su imaginación, pero en ese momento creyó que Snape los había perdonado, ¿o tal vez se estaba disculpando por haberlos culpado de todo?, intentando salvar al único de ellos que quedaba. Y en algún lugar de su mente, en el mismo momento de su muerte, había querido que Harry lo supiera... Deseaba que fuera así.
Harry sintió movimiento alrededor y se dio cuenta que el resto de estudiante habían comenzado a verter los demás ingredientes a sus calderos. Suspiró, haciendo lo mismo por inercia, y casi echando el cuerno de bicornio sin triturar. Miró hacia Sirius, quien estaba mortalmente serio y determinado a no mirar hacia Remus.
—Bien, bien, ya todos deben estar terminando —dijo Slughorn, llamando su atención—. Quienes lo vayan haciendo pueden retirarse. Como tarea sólo tendrán que entregarme un informe detallado de la sensación que sentirán al transformarse.
Muchos de los estudiantes lo miraron como si estuviera loco.
—Han escuchado bien, muchachos —afirmó Slughorn, alegremente; su gran bigote de morsa se curvó—. Cada quien beberá de su poción, así que para mañana deberán traer algo de quien quieran transformarse. No se preocupen, añadiré algo al final para que sólo surta efecto diez minutos, y para que, en caso de no estar bien preparada, lo único que sientan es un fatal dolor estomacal.
Harry machacó lo más rápido que pudo el cuerno de bicornio y lo echó a la caldera. Veinte segundos después de calentar la poción, redujo el fuego y miró alrededor. James también había terminado de hacer su poción y estaba mirando hacia sus amigos con el ceño levemente fruncido. Remus estaba muy quieto, tal vez esperando por algo, y Sirius estaba guardando todos sus ingredientes no usados. Cuando Sirius terminó se puso la mochila al hombro y salió del aula sin decir nada, ante la mirada estupefacta de James.
—Lo siento —dijo Remus en dirección de Harry y Teddy, sin mirarlos; su tono era algo desigual—. Creo que escogí... mal momento para... bueno... Sólo olvídenlo —Sujetó su mochila y también salió del aula, dejando muchas de sus cosas detrás.
—Me podrían decir, ¿qué pasó? —preguntó James, acercándose. Lily y Verenice estaban detrás de él.
—Fue una discusión —explicó Harry, sintiéndose de repente culpable—. Yo... sólo estábamos hablando de... Bueno, eso no importa —Trató de concentrarse—. Sirius estaba hablando mal de los Slytherins y luego salió el nombre de Snape, y entonces...
—Remus le reprochó a Sirius la manera como habían tratado a Snape en el pasado —continuó Teddy; su mandíbula estaba rígida, por lo que su voz salió cortante.
—¿Qué? —preguntó James, desconcertado.
Lily se adelantó —¿Remus hizo eso?
—¿Piensas que no tiene razón? —le preguntó Teddy a James, sin poder detenerse—. ¿No crees que todas esas amenazas que dijo Snape allá afuera las causaron ustedes tres?
Harry suspiró; le lastimaba que Teddy también pensara eso de James, y de su propio padre.
James se puso serio en un segundo, mirando hacia Teddy —No lo voy a negar... y no me siento orgulloso por eso. Pero lo hecho, hecho está, y no puedo cambiarlo... —Suspiró—. Yo estoy intentando ser mejor, prometí que lo haría, pero no puedo cambiar el pasado, no puedo.
Harry miró el remordimiento en los ojos de su padre y supo que él también llevaba muchos errores encima —Nadie te está reprochando nada —se aventuró a decir—, y tampoco creo que esa fuera la intención de Remus —agregó, mirando hacia Teddy—. Él parecía muy inseguro al hablar, como temeroso... Él sólo estaba expresando una opinión y temiendo lo que eso pudiera significar...
Fue entonces cuando Harry comprendió aquel sentimiento de que algo andaba mal. Ayer mismo, en la noche, había estado recordando la conversación que había tenido con Sirius y Remus a través de la chimenea. Había recordado a Sirius diciendo que su padre había sido un idiota, antes de haberlo superado, y que de hecho todos ellos habían sido idiotas... "Bien, Lunático no tanto", había dicho Sirius. ¿Y qué había respondido Remus?: "¿Alguna vez les dije que dejaran en paz a Snape? ¿Tuve alguna vez las agallas de decirte que lo que hacías no estaba bien?"
La respuesta había sido negativa, y Harry sintió una leve presión en el pecho. Esta discusión no debería de haber pasado, nunca pasó... pero ahora eso había cambiado, y se preguntó, vagamente, en qué momento las cosas se habían alterado. ¿Fue su pregunta la que había desencadenado todo?, ¿o el que James se fuera de la mesa que debería haber compartido con Sirius y Remus?, ¿o acaso los Slytherins no los hubieran acorralado si él no los hubiera hecho llegar tarde?... No estaba seguro del momento, pero sí de una cosa: su presencia y la de Teddy ya estaban alterando el curso normal de la historia... Y sólo esperaba, al ver a su padre salir del aula en busca de sus amigos, que esa pequeña disputa no tuviera malas consecuencias.
Nota: Fragmentos de las reflexiones finales de Harry extraídos de Harry Potter y la Orden del Fénix.
