Todos los derechos: lugares, personajes y diálogos reconocibles, le pertenecen a J. K. Rowling y sus asociados. Yo solo estoy disfrutando al escribir esta historia sobre el mágico mundo que ella creó. No busco ningún beneficio lucrativo.


Capítulo 07

La poción multijugos

La mañana era cálida y luminosa, y aquellos que estaban afuera, en los terrenos del castillo, la disfrutaban con gozo y pereza. Sin embargo, ni una pizca de esa calidez llegaba a las frías mazmorras, donde, a pesar de los humos que desprendían los calderos burbujeantes, las paredes de piedra parecían mantener una atmósfera lúgubre. Algunos de los estudiantes ya habían llegado y estaban esperando, pacientemente, a que pasaran los últimos minutos de cocción de sus pociones. El profesor Slughorn se encontraba en su escritorio, revisando un pequeño caldero donde estaba cocinando una sustancia verdosa y fangosa.

—¡Hecho! —llegó corriendo Sirius, por delante de un muy divertido, y más sereno, Remus.

—¿Lo lograste? —le preguntó James, incrédulo. Harry y Teddy los miraban, expectantes.

—La duda ofende, Cornamenta —comentó Sirius, luciendo disgustado—. Dije que lo haría y lo hice. ¡Cuéntales Lunático!

—Lo hizo —Los ojos de Remus brillaban—, aunque no fue muy sutil.

—¿Y para qué querría ser sutil? —preguntó Sirius, sonriente—. Sólo necesitaba uno de sus cabellos, no una cita con ella.

Remus suspiró —Pero, ¿derribarla?... Te salvaste de una detención segura sólo por que hiciste que yo cayera contigo. La profesora McGonagall no me cree capaz de hacer algo así a propósito.

—¿Derribaron a la profesora McGonagall? —preguntó Lily desde atrás de James; parecía bastante indignada. A su lado estaba Verenice.

—Oh, bueno, ¿qué más podía hacer? —cuestionó Sirius, cruzándose de brazos—. ¡Me tocó el más difícil!

Lily y Verenice intercambiaron miradas confusas.

—¿Más difícil que el profesor Dumbledore? —preguntó Harry, levantando las cejas.

Sirius resopló y luego se volteó hacia James —¿Cómo obtuviste el pelo del profesor Dumbledore?

—Se lo pedí, y él me lo dio —dijo James con soltura. Lily resopló, entendiendo.

—Ese es nuestro director, váyanlo conociendo —comentó Sirius, guiñando un ojo. Harry y Teddy compartieron una mirada.

—Bueno, hubieras hecho lo que aquí, Ted, hizo —dijo James, palmeándole un hombro a Teddy—. Fue a buscar a Flitwit para que le recomendara un libro: "Oh, profesor, me encantan los encantamientos, ¡voy a comprar todos los libros que usted me diga!" —imitó James en una voz excesivamente suave. Harry resopló. Una leve arruga apareció entre las cejas de Teddy—. Luego, en medio de la distracción fue y le arrancó un par de pelos, así sin más... Creo que ni lo sintió.

Remus parpadeó, sorprendido.

—Eso se parece a lo que hizo Lunático —replicó Sirius, desdeñoso—. Supongo que a los ratones de biblioteca les va esa táctica.

—¡Hey! —exclamaron Remus y Teddy.

—¿Qué fue lo que hiciste? —le preguntó Harry a Remus con curiosidad.

—Casi lo mismo... —afirmó Remus con una sonrisa amable—, sólo que yo cogí el cabello de su túnica. ¿Y tú?

Harry sólo sonrió.

—¡Bueno!, ¿ya todos están listos? —preguntó Slughorn, acercándose—. El tiempo de cocción ya ha pasado, así que añadan los crisopos y remuevan, ¡en sentido antihorario, por favor!

Todos obedecieron y en pocos segundos catorce calderos estaban rebosantes de un espeso y oscuro lodo, muy poco atractivo de beber. El profesor Slughorn pasó frente a cada poción añadiendo una porción de la sustancia verdosa que antes había estado cocinando.

—Bien, así está bien —aprobó Slughorn con deleite, regresando hacia su escritorio. Sus manos tamborilearon su vientre cuando volteó a verlos, entusiasmado—. Ahora, viertan lo que han traído de la persona en quien se van a convertir.

El primero en hacerlo fue Sirius, causando que su poción silbara y burbujeara, antes que se quedara quieta y de un color rojo granate, como el del vino tinto —Genial...

Los demás lo siguieron y el resto de pociones comenzaron a bullir. La de Remus se volvió amarillenta, recordándole mucho al color de un pergamino viejo, y la de Teddy tomó un tono marrón más rico, como el de la tierra fresca. James resopló, observando con atención su caldero. Harry lo miró con curiosidad, preguntándose de que color se había vuelto la poción tras agregarle el pelo de Dumbledore.

—¿Verde?, ¿en serio? —preguntó Sirius, mirando el caldero de Harry, donde la poción se había vuelto de un verde botella—. ¿Tan predecible?

Harry miró la poción de Sirius —¿Rojo?, ¿realmente? —le contestó con diversión. Sirius soltó una fuerte risa.

—¿Y que esperan?, ¿una invitación? —preguntó Slughorn, con una sonrisa que curvó su blanco bigote—. ¡Beban, beban!, ¡hasta el fondo!

Y así lo hicieron. Uno a uno cada estudiante se fue trasformando. Lily y Verenice se convirtieron la una en la otra, e igual lo hicieron los dos de Hufflepuff y los dos chicos de Ravenclaw; pero las dos brujas de Ravenclaw se transformaron en distintas personas. La menuda y lacia cambió a una chica de complexión atlética y cara huesuda, y de abundantes rizos rubio-rojizos. La alta y rubia sólo se achico un poco y su rostro cambió a uno más redondo, soñador y pálido. Harry, quien estaba mirando alrededor, le encontró gran parecido a su amiga Luna Lovegood... Tal vez esa bruja conocía a su madre.

Los únicos sin cambiar eran los chicos de Gryffindor y Snape, quien estaba mirando hacia ellos de manera sospechosa, como esperando que hicieran algo. Sirius le envió una mirada burlona y bebió su poción.

—¡Salud! —James y Remus lo siguieron después de chocar sus copas. Lo mismo hicieron Harry y Teddy.

Harry ya se había acostumbrado a cómo su cuerpo reaccionaba tras beber la poción multijugos, así que esperó con calma, respirando profundamente, a que el ardor y la quemazón pasaran. Por suerte, había encantado su túnica y sus zapatos para ensancharse, ya que al contrario de los demás, se estaba hinchando por todos lados. Sus hombros y su espalda se expandieron, al mismo tiempo que una abultada barriga le brotó de en medio del cuerpo, y sus brazos y piernas se volvieron inmensos rollos de carne. Vagamente era conciente que su cara estaba inflándose como un globo, y que su cabello salía disparado por todas partes.

Tan rápido como todo comenzó, terminó. Harry se quitó las gafas para ver mejor y no pudo aguantar la risa. Nadie pudo... bueno, a excepción de Snape, quien, por cierto, seguía siendo él. Era grotesco y a la vez hilarante ver a Albus Dumbledore vestido con una túnica del colegio, que le quedaba a mitad de pantorrilla, sonriendo de una manera muy arrogante. En la mesa de Harry, una profesora McGonagall de cabello largo y suelto se encontraba tratando de cogerlo todo junto.

—¡Esto me quita seriedad! —refunfuñó la profesora, y las risas llegaron a un nuevo nivel de hilaridad.

A su lado, la profesora Meadows suspiró con cansancio e intentó ayudarla. Todos estaban sosteniéndose las barrigas al ver a ambas profesoras batallando para sujetar la abundante cabellera sobre la cabeza de la profesora McGonagall.

—Están haciendo un entrevero —afirmó el profesor Flitwit con voz chirriante, desde detrás de la mesa. Sólo sus ojos y el blanco cabello bajo el sombrero eran visibles.

—Déjenme a mí —afirmó Harry, tomando aire. Sacó su varita y, dando unos botecitos para alcanzar la cabeza de la profesora, ató un perfecto moño.

—Gracias, profesor Slughorn —dijo la profesora McGonagall con una sonrisa coqueta, lo que produjo muchas más risas. Siguiendo el juego, Harry le guiñó un ojo con desfachatez.

—¡Muchachos, muchachos!, ¡parad por favor! —dijo el auténtico Slughorn, entre risas—. Por Merlín... —Más risas—. ¡Estupendo, estupendo!... Esto si que es un espectáculo digno de ver. ¡Ah!, ¡que maravilloso!

—Lo mismo digo —se escuchó una voz risueña desde la puerta y todos voltearon, aún riendo, para ver al verdadero Albus Dumbledore. Los ojos le brillaban como locos, iluminando su rostro y rejuveneciendo su sonrisa.

—¡Dumbledore!, me alegra tenerlo por aquí hoy —afirmó Slughorn, rebotando a su encuentro, aún muy divertido—. Mirad a estos muchachos, ¡que atrevidos!, ¡que astutos!... Oh, si tan sólo uno pudiera volver a ser joven.

—Pero no podemos, Horace —dijo Dumbledore, sonriente—. La juventud es un gozo que sólo se vive una vez y, por lo menos yo, estoy agradecido de eso.

—Sí, sí... Eso es muy cierto —contestó Slughorn, cómplice—. Las confusiones de la juventud sólo deben ocurrir una vez. Con eso basta.

Dumbledore asintió con aprobación —Bueno, como veo que la mayoría de tus alumnos ya terminaron sus actividades, ¿me permites llevarme a los señores White conmigo?

Harry y Teddy se miraron, nerviosos. Harry rió entre dientes al tener que bajar la vista para igualar los diminutos ojos del profesor Flitwit.

—No hay problema, no hay problema —dijo Slughorn, ensanchando su barriga—. Muchachos, pueden ir con el director. Y el resto que ya haya demostrado que su poción funciona también pueden retirarse. Recuerden que tienen que entregarme un ensayo de todo lo que sintieron al momento de cambiar.

Harry y Teddy se adelantaron hacia Dumbledore, el primero dando botes... realmente no se podía evitar, y el segundo al trote, tratando de sujetar la larga túnica para no tropezarse. Dumbledore soltó una suave risa y les indicó que lo siguieran. James, Sirius y Remus salieron también por detrás de ellos, conformando así una bizarra comitiva.

—Me alegra que el experimento haya salido bien, señor Potter —le dijo Dumbledore a su doble; sus ojos aún brillaban—. Los felicito, a los cinco, por la correcta cocción de la poción multijugos. No muchos magos de su edad pueden hacerla.

—Gracias, profesor —le dijo James con educación—. Tomaría todo el mérito, pero el profesor Slughorn es un muy buen maestro.

Dumbledore sonrió —En eso voy a darle toda la razón, señor Potter. Yo mismo tuve un maestro muy mediocre, y me temo que eso arruinó para siempre mi buena disposición para las pociones —Harry hizo una mueca—. Si no fuera por él, estoy seguro que hubiera descubierto más de doce usos para la sangre de dragón.

Sirius giró los ojos hacia arriba y Remus le dio un codazo. Llegaron al vestíbulo en un par de minutos y, como era de esperarse, todos los ojos estaban fijos en ellos. Dumbledore sólo sonreía y saludaba, como si ignorara el hecho que estaba siendo perseguido por su Doppelgänger y un grupo de maestros vestidos como colegiales.

—Bueno, chicos, nos vemos más tarde —les dijo James a Harry y Teddy, dirigiéndose hacia el comedor junto a Sirius y Remus—. Director, que tenga un buen día.

—Gracias, mi querido muchacho —dijo el profesor Dumbledore antes de seguir su camino por las escaleras de mármol.

Cuando estaban subiendo, Harry logró escuchar la voz de Dumbledore, diciendo: "Mis queridas profesoras, ¿las escolto hacia nuestra mesa?", y luego la risita de la profesora McGonagall y un resoplido de la profesora Meadows. El Dumbledore que estaba al lado de Harry volvió a reír.

Harry y Teddy fueron dirigidos, nuevamente, hacia el despacho del director. Era más hermoso verlo de día, con todos los objetos de plata y la madera pulida brillando a la luz del sol. El profesor Dumbledore ocupó su asiento tras su escritorio e indicó los otros dos frente a él. Harry y Teddy se sentaron y, como si se tratara de una señal, comenzaron a cambiar a sus verdaderas apariencias. Dumbledore esperó, pacientemente, a que la transformación terminara.

—Quería hablar con ustedes de un par de cosas —dijo Dumbledore, mirándolos por sobre sus gafas de media luna—. La primera es que he estado ocupándome de sus trámites ante el Ministerio, con el más completo secretismo debo añadir, y han accedido a darles una audiencia privada el próximo sábado.

—¿Audiencia? —preguntó Harry, ansioso. Teddy se removió en su asiento.

—No tienen de que preocuparse, señores White —les aseguró Dumbledore con una sonrisa tranquilizadora—. Sólo se reunirán con una pequeña delegación del Wizengamot, incluido el aquí presente, para discutir sobre su futuro como parte de nuestra comunidad... Si presentan bien el caso, diciendo todos los hechos que conozcan y hablando con sinceridad, todo deberá ir bien.

Harry asintió —¿Y vamos a poder seguir estudiando aquí?

—Si, por supuesto —afirmó Dumbledore con amabilidad—. No obstante, y ese es el segundo punto que quiero tratar con ustedes, deberán obtener sus TIMOs antes que puedan pasar al nivel EXTASIS de su formación... ¿Saben algo acerca de estos exámenes?

—Sí, profesor —respondió Harry—. Los TIMOs son tomados en quinto año y los EXTASIS en séptimo.

—Y los EXTASIS que lleves dependerán de las calificaciones que hayas alcanzado en los TIMOs —agregó Teddy.

Dumbledore asintió —A mi pedido, el Tribunal de Exámenes Mágicos ha accedido a realizar una evaluación más avanzada que la habitual, teniendo como finalidad no sólo el que reciban sus Títulos Indispensables de Magia Ordinaria, sino que se les permita cursar su séptimo año, sin que tengan que retroceder al sexto.

—¿Es eso posible? —Teddy no puedo evitar preguntar. Harry también estaba auténticamente sorprendido.

—Lo es, señor White —afirmó Dumbledore con ojos brillantes—. Tal como dije la primera vez que nos vimos, están en sus capaces manos el que cursen su séptimo año. Sin embargo, si el Tribunal cree conveniente que retrocedan al sexto año, aunque aprueben sus TIMOs, deberemos acatar eso, ¿de acuerdo?

Harry y Teddy se miraron y asintieron —Sí, profesor.

Dumbledore sonrió —Bien, los exámenes se llevarán a cabo, a más tardar, la última semana de este mes, por lo que os pido que se preparen lo mejor posible —Los miró con detenimiento—. La profesora McGonagall me comentó que han decidido cursar las asignaturas de Defensa Contra las Artes Oscuras, Encantamientos, Transformaciones, Herbología y Pociones, ¿es así?

—Sí, profesor —volvieron a responder Harry y Teddy al unísono.

—Entonces, les facilitaré una lista con los temas que abarcan, desde primero a sexto año, esas cinco asignaturas —explicó Dumbledore, recogiendo tres pergaminos que estaban sobre su mesa—, y, tengo entendido que desean salir hoy a hacer algunas compras.

—Eh... sí, profesor —contestó Harry, parpadeando—. Nos faltan varias cosas básicas, como calderos, pergaminos y plumas; no pudimos traer gran cosa de casa. Además, deseamos comprar algunos libros que estamos necesitando en las clases.

Dumbledore asintió, comprensivo —Les daré un pase para que puedan salir a comprar todo lo que necesitan, y la lista de los materiales requeridos para los alumnos de séptimo año —afirmó, levantándose de su alta silla y rodeando el escritorio—. ¡Ah!, y me atrevería a decir que los señores Potter y Black van a querer acompañarlos, y que van a arrastrar a los señores Lupin y Pettigrew todo el camino hasta aquí parar pedir un permiso también —Harry y Teddy sonrieron—, así que de una vez he puesto los nombres de los seis en este —Señaló el primero de los pergaminos antes de entregárselos todos a Harry—. Sólo enséñenselo al señor Filch antes de irse.

Harry y Teddy asintieron.

—Gracias, profesor Dumbledore —dijo Harry, parándose y enrollando los pergaminos.

—Muchas gracias —reiteró Teddy. El profesor Dumbledore sólo sonrió.

Harry y Teddy salieron del despacho y bajaron las escaleras en silencio. Atravesaron la entrada que custodiaba la gárgola y siguieron por el pasillo.

—Audiencia, ¿eh? —indicó Teddy.

—Sí, una audiencia —afirmó Harry—. Creo que debí suponer que algo así sucedería. Después de todo, es la única manera de solicitar algo al Ministerio, oficialmente.

—¿Crees que irá bien? —preguntó Teddy con preocupación.

—Estoy tratando de pensar en todo lo que puede ir mal —respondió Harry, suspirando. Teddy lo miró—. No te preocupes, son sólo un par de cosas, creo, y ambas tienen solución. El único problema es que debemos confiar en dos personas, en una con la verdad completa, y en otra con nuestro ficticio secreto familiar.

—No te sigo —comentó Teddy, totalmente confundido.

—Piensa en dos cosas que te podrían delatar y de las que no puedes deshacerte —indicó Harry en voz baja.

—La varita —respondió Teddy con rapidez, frunciendo levemente el ceño—. ¿Vas a confiar en el viejo Ollivander?

—No encuentro otra opción —suspiró Harry, pasándose una mano por detrás del cuello—. Él sabe, con escalofriante exactitud, cuales son las varitas que les vendió a los hermanos Hitchens, y sabrá que no son las nuestras.

—¿Crees que nos creerá? —preguntó Teddy con curiosidad.

—Sí —afirmó Harry con confianza—. Va a ser tan fácil como mostrarle mi varita, la cual sé que ya tiene, pero que aún no ha vendido —Sonrió.

Teddy resopló —¿Y crees que nos va a ayudar?

—No tengo idea —Fue la única respuesta de Harry.

—No adivino la segunda cosa —dijo Teddy al cabo de varios segundos—. La apariencia podría ser, pero para eso estamos disfrazados.

—Pero ni siquiera el más grande mago puede cambiar su propio interior —comentó Harry, contemplativo—. La poción multijugos y los hechizos pueden cambiarte físicamente, pero no cambian tu esencia... tu alma, tu ADN, o como lo quieras llamar, y tampoco cambian tu huella mágica.

—Crees que nos pedirán que probemos nuestra ascendencia —afirmó Teddy, lentamente—. Eso sí está peliagudo... ¿Piensas hacerte amigo de un inefable?, ¿o buscar a Rothleen?

—No, nada tan arriesgado —negó Harry—. Hay dos formas de probar nuestra ascendencia. Una de ellas es permitir que examinen nuestras huellas mágicas a profundidad, con lo cual todo se desmoronaría; la otra es comparar nuestras huellas con la de otro descendiente de los Black.

Teddy parpadeó —¿Vas a confiar en Sirius?

—Sí... Sólo con nuestra historia como Hitchens, pero sí —afirmó Harry—. Pensé también en mi padre, pero es muy arriesgado; las huellas de padres e hijos siempre son muy parecidas.

—Claro, pero, eh... —Teddy dudó—. Sirius no es del todo confiable.

Harry lo miró —¿Lo dices por el incidente del sauce? —Teddy asintió—. Esperemos que ya no sea tan imprudente como entonces... Además, hay que tener en cuenta que Snape ya sospechaba algo acerca de Remus, y lo más probable es que lo haya provocado.

—Si eso crees, está bien —dijo Teddy, aunque hizo una mueca, no del todo convencido.

—Estás mejorando en eso, por cierto —comentó Harry de la nada, mientras llegaban al vestíbulo—. En los gestos —indicó, cuando Teddy alzó una ceja.

—Sí, bueno, es fácil acostumbrarse —afirmó Teddy, mirando hacia dentro del Gran Comedor—. Aunque nunca terminará de gus-... —Se detuvo al ser empujado desde un lado, haciéndolo caer duramente sobre las puertas de roble.

—Mira por donde andas, White —comentó la voz salvaje de Mulciber. Detrás de él estaban Travers, Selwyn y otros dos altivos Slytherins, que parecían de un curso menor. Harry reconoció con facilidad a uno de ellos: era Regulus Black.

—Tú fuiste el que tropezaste con él —comentó Harry con voz ligera y luego sonrió —Pero no te preocupes, no somos rencorosos.

—¡Ja!, resultó altanero el chico —comentó Selwyn, mirándolo con desdén—. Apuesto a que ambos son unos asquerosos sangre sucia.

Harry apretó los dientes y sujetó el brazo de Teddy con fuerza, tanto para retenerlo como para retenerse él mismo.

—Desde que ya es el perro faldero de Potter y Black, no sería una sorpresa —dijo Travers con saña—. Como dicen, siempre hay un sangre sucia por cada traidor de la sangre.

—¿Quién inventó eso, Travers?, ¿tú? —preguntó Sirius, viniendo junto a James, Remus y Colagusano desde el interior del comedor—. Se nota tu basta inteligencia.

—Nadie ha pedido tu opinión, Black —comentó Travers con frialdad—, pero veo que sigues metiéndote en los asuntos de los demás, como siempre. ¿No te cansas de embarrar el nombre de tu familia defendiendo a escoria como esta?

Sirius se adelantó para sujetar a Travers, pero Regulus se interpuso, apuntando su varita hacia su pecho —No estamos aquí para crear problemas, así que desacelérate, Sirius, o yo haré que lo hagas —Su tono era bajo pero seguro, y su mirada nunca dejó los ojos de su hermano.

Sirius también lo miraba fijamente, pero al contrario de Regulus su mirada era burlona y desafiante —Quisiera que llegara el día que lo intentaras. Me gustaría ver quien gana: el hijo bueno o la oveja negra de la familia Black.

—Tan gracioso —dijo Regulus sin sonreír. Retiró su varita con brusquedad y comenzó a caminar hacia las puertas del castillo, siendo seguido por su compañero.

Mulciber les envió a Harry y Teddy una mirada de repugnancia antes de ir tras ellos. Selwyn y Travers, quien no despegó los ojos de Sirius, lo siguieron.

—Tan estúpido —murmuró Sirius, entre dientes. James se acercó y le puso una mano en el hombro.

—¿Estás bien, Ted? —preguntó Remus, acercándose.

—Sí, no es nada —respondió Teddy, aunque se frotaba un poco el brazo sobre el que había caído.

—Lo siento por eso —dijo James, haciendo que Harry y Teddy lo miraran—, creo que los hemos arrastrado en nuestras pequeñas enemistades.

—No. Eh... Ellos nos hubieran odiado de todos modos —comentó Harry, encogiéndose de hombros—. Somos mestizos, así que tenemos algo de muggle y algo de traidor a la sangre, todo lo que ellos odian en uno.

Sirius soltó una risa como un ladrido —Oh, compañero, si lo pones así, pues te voy a dar la razón —Le palmeó la espalda a Harry con fuerza.

James y Remus asintieron, y todos juntos se encaminaron hacia los terrenos.

—¿Y que es lo que quería Dumbledore? —preguntó Sirius con curiosidad.

—Sirius... —lo regaño Remus.

—¡Hey!, yo pensaba que te habías vuelto más relajado —le dijo Sirius, frustrado.

Remus alzó ambas cejas —No puedes ir preguntándole cosas privadas a todo el mundo.

—Pero son Harry y Ted —señaló Sirius, como si eso lo resolviera. Remus resopló.

—Está bien, Remus —afirmó Harry, divertido—. El profesor Dumbledore sólo quería hablarnos sobre los trámites de nuestros traslados, y decirnos nuestras fechas de evaluación para los TIMOs.

—¿Los TIMOs? —preguntó James.

Sirius se había distraído, siguiendo con la mirada al grupo de Slytherins, quienes se estaban dirigiendo al bosque. Su mano derecha se movía de forma extraña.

—Sí —afirmó Harry—. Salem tiene sus exámenes básicos después de cuarto año, y al parecer no son lo suficientemente avanzados como para compensar los TIMOs, así que vamos a tener que pasarlos.

—Que complicados —comentó James, y luego miró hacia Sirius, quien parecía a punto de ir detrás de los Slytherins.

—También nos dio permiso para salir a comprar —afirmó Harry, rápidamente, atrayendo la atención de Sirius.

—¿Por todo el día? —preguntó Sirius con interés.

—Todo el día —afirmó Harry, alargando las palabras. James sonrió—. Y tenía esta idea extraña de que nos querrían acompañar, así que apuntó sus nombres también.

James y Sirius intercambiaron amplias sonrisas.

—Los conoce bastante bien —afirmó Remus, divertido.

—¿Yo también voy? —preguntó Colagusano.

Harry se negó a mirarlo, pero asintió.

—Ah... el viejo y loco Dumbledore —dijo Sirius con cariño y desfachatez—. Voy a extrañar a ese chalado cuando ya no estemos por aquí —Remus suspiró, resignado.

Los seis se encaminaron hasta las rejas de los terrenos del colegio disfrutando del sol y de la suave brisa, mientras hablaban de todo lo que Harry y Teddy podrían querer comprar. Remus aconsejaba cosas muy sensatas, como un surtido de ingredientes para pociones, varios frascos de tinta, pergaminos de todos los tamaños y, por qué no, varios dulces para "darte ánimos en los estudios". James los animó a ir a la tienda de Artículos de Calidad para Quidditch, aunque no fueran a comprar nada ahí: "si vamos a ir al Callejón Diagon sólo por libros, mi corazón no lo va a soportar". Sirius, por otro lado, daba muchas sugerencia a la vez, sobretodo para que gastaran todo lo que tenían en artículos de broma, raros instrumentos mágicos, y helados. Colagusano sólo asentía ante cada sugerencia.

Cuando estaban cerca de las rejas, vieron a Filch acercarse —¿A dónde creen que van, ustedes? —preguntó en tono acusador.

—Afuera —respondió Sirius con una sonrisa altanera. Harry suspiró y Teddy rodó los ojos. James, Remus y Colagusano rieron.

—¡Qué insolencia! —gruñó Filch, irritado—. ¡No son dueños de este lugar para que puedan ir y venir a su gusto!... Ya verán, los llevaré con el director y...

Harry le tendió el permiso —Justamente, tenemos permiso del director para salir hoy.

—¿Y creen que me voy a creer un truco como este? —preguntó Filch, arrebatándole el pergamino y sacudiéndolo frente a ellos—. Cuando creía que sólo me faltaba un año para librarme de ustedes cuatro, vienen otros dos a darme más problemas.

—Si quiere, puede comprobarlo con el profesor Dumbledore —dijo Harry con tranquilidad.

Sin embargo, Sirius ya se estaba impacientando —¡Sólo vayámonos!, ¡dejemos a este zoquete pensar lo que quiera!

—¡¿Zoquete?!, ¡ustedes son los zoquetes! —afirmó Filch con la cara roja de furia—, ¡niños malcriados! ¡Se creen los reyes de este castillo, pero no son más que un grupo de holgazanes!, ¡gamberros!...

Sirius hizo un ruido despectivo y avanzó hacia las rejas. James se encogió de hombros y lo siguió junto a Colagusano.

—...¡groseros!, ¡prepotentes!...

—Oh, da igual —dijo Remus, avanzando también. Harry y Teddy se rieron y lo siguieron.

—...¡niños mimados!, ¡ruines! —Filch los vio irse—. ¡No den ni un paso más!, ¡se los advierto!... ¡De esto se va a enterar el director!

Sirius movió su varita y la reja se abrió —¡Wow!... funcionó.

—Claro que sí. Tenemos permiso, Canuto —dijo Remus con calma, a pesar de los gritos de Filch: ¡Deténganse!

—Sí, bueno... —dijo Sirius, sonriendo y encabezando la salida—, déjame disfrutar el momento, Lunático.

A medida que avanzaron, los chillidos de Filch se hicieron más tenues, y al cabo de unos minutos no los escucharon más.

—¡Libertad! —exclamó Sirius con los brazos hacia el cielo. Un par de pájaros volaron alrededor para agregarle teatralidad.

—¿Sólo ha pasado un día de clases y ya quieres salir? —le preguntó Teddy, alzando una ceja.

—Soy una persona libre —afirmó Sirius, respirando con profundidad—. Nada me atará: ni una escuela, ni una casa, ni una chica, nada...

—Yo no estaría tan seguro de eso, Canuto —comentó James con una sonrisa—. Ya me vez a mí, loquito por Lily.

Sirius lo miró con compasión —Por eso lo digo, Cornamenta. Yo no voy a agachar la cabeza por ninguna mujer —Hizo un gesto desdeñoso con la mano. James resopló.

—Entonces, gastaremos la mañana en Hogsmeade y luego iremos al Callejón Diagon —comentó Remus, tratando de ignorar a Sirius.

—Sí, creo que sí —afirmó Harry, también disfrutando de este momento de libertad—. Aunque no conozco muy bien Hogsmeade.

—De eso no te tienes que preocupar, compañero —dijo Sirius, envolviendo sus hombros con un brazo—. Hoy nosotros seremos vuestros guías, y ten la certeza que nadie, nadie, conoce estos lugares mejor que nosotros —James, Remus y Colagusano asintieron con satisfacción.

El recorrido por Hogsmeade duró toda la mañana. A insistencia de Sirius, fueron primero a Zonko, donde se entretuvieron viendo cada uno de los artículos de broma. Harry se extrañó de algunos de ellos, los cuales eran versiones menos avanzadas de las que él conocía, como las bombas fétidas, en las cuales se advertía que dejaban un color verdoso en la piel si no se las manipulaba con guantes.

La siguiente parada fue Dervish y Banges, donde, de alguna forma, Harry había terminado comprando un Sensor de Ocultamiento, para su propia consternación, ya que este no dejó de vibrar cuando lo tocó. Obviamente, detectaba todos los hechizos de permutación. Teddy lo terminó cogiendo para no levantar sospechas y de inmediatamente se quedó quieto; ser un metamorfomago no era considerado un disfraz, después de todo.

Como ya se acercaba la hora del almuerzo, decidieron pasar por Honeydukes y empanzarse de dulces antes de ir por algo de tomar a las Tres Escobas. Sin embargo, saliendo de la primera tienda Sirius se detuvo, mirando hacia delante.

—Um, más Black a la vista —murmuró James con una mueca de desagrado.

Harry buscó con la mirada a quienes se refería hasta que vio, caminando en esa dirección un par de cuadras por delante, a Narcisa y Bellatrix Black, ¿o ya eran Malfoy y Lestrange?... No tenía gran problema con Narcisa, ya que al final demostró que le importaba más su familia que cualquier tipo de fanática creencia, pero Bellatrix era otra cosa. Miró hacia Teddy, quien se encontraba observando a la bruja con ojos tan fríos que Harry no pudo evitar una leve punzada de temor. Sabía que Teddy no era impulsivo, pero estaba frente a la mujer que había matado a su madre.

—Vamos a ver —dijo Sirius y se desvió hacia un callejón cercano, mientras sacaba un frasco transparente, el cual contenía una sustancia fangosa y bastante reconocible.

—¿De dónde sacaste eso? —preguntó Remus con cierta brusquedad.

—Un regalo de nuestra clase de Pociones —comentó Sirius y luego sacó de su bolsillo un minúsculo ovillo de pelos—, y este es un regalo de mi queridísimo hermanito.

—¿Qué piensas hacer? —preguntó Harry, viendo cómo Sirius dejaba caer el cabello en la poción, la cual rápidamente se volvió de un desvaído color verde.

—No vayas a hacer nada estúpido, Sirius —le dijo James.

Sirius sólo sonrió, burlón, y se bebió la poción con rapidez. Remus y Teddy estaban tapando la vista desde la calle principal. Teddy no despegaba sus ojos de Bellatrix, quien seguía acercándose. Sirius fue cambiando poco a poco, aunque no mucho, a la apariencia de Regulus Black: un poco más delgado, un poco menos apuesto, y con rasgos menos marcados.

James suspiró y se acercó a acomodarle la túnica —Si esto va mal, Canuto, no digas que no te lo advertí.

Sirius lo miró con algo de desdén, expresión que combinaba muy bien con el rostro de Regulus —Antes pensabas que el riesgo era lo que hacía las cosas divertidas, Cornamenta.

Harry frunció el ceño, recordando la vez que Sirius le había dicho algo parecido.

—Y aún lo pienso —afirmó James, cruzándose de brazos—, pero hay una diferencia entre ser arriesgado, e incluso imprudente, por cosas que valen la pena, a hacer estupideces sólo por hacerlas.

—Bueno, esto tiene un propósito, ¿quién dijo que no? —dijo Sirius, mirándolo con determinación. Acomodó su postura a una más sosegada y serenó su expresión.

Remus y Teddy se apartaron de la entrada del callejón para dejarlo pasar y se mantuvieron junto a James, Harry y Colagusano, ocultos en las sombras. Narcisa y Bellatrix estaban a media cuadra cuando notaron a Sirius y lo quedaron viendo con cejas levantadas. Sirius, en una imitación muy buena de Regulus, asintió con calma.

—Narcisa, Bella —dijo Sirius con el tono más cordial que pudo.

—¿Qué haces por aquí, Regie? —preguntó Bellatrix, deteniéndose frente a él. Narcisa se acercó y besó la mejilla de Sirius.

—Nada importante —afirmó Sirius, luciendo aburrido—, sólo estoy acompañando a algunos compañeros a hacer algunas diligencias. Parece que me he vuelto el chico de los mandados.

—¡Por supuesto que no! —negó Bellatrix con cierta irritación—. ¡El Señor Oscuro nos tiene en muy alta estima, Regie! —Narcisa sujetó el brazo de su hermana y esta bajó la voz—. Sólo es cuestión de tiempo; ya verás que cuando seas oficialmente uno de los nuestros, él te elevará al lugar que te corresponde.

James y Remus intercambiaron una mirada, entre sorprendidos e incrédulos. Harry sintió que Teddy temblaba a su lado; tan imperceptiblemente como pudo, le puso una mano en el hombro, tratando de confortarlo

—Lo sé —afirmó Sirius, entre dientes—, pero mientras tanto estoy malgastando mi tiempo aquí.

Bellatrix extendió una mano para sujetar el brazo de Sirius, pero este se movió, tan casualmente como pudo, para que no lo hiciera —Siéntete honrado que nuestro señor te dé cualquier tipo de misión, Regie. Los menos afortunados, no tienen esa suerte.

—¿Los menos afortunados o los estúpidos traidores? —escupió Sirius con desprecio.

Bellatrix sonrió, complacida —Déjame adivinar, ¿aún te pone de mal humor tu querido hermano, el traidor? —Sirius hizo una mueca y Bellatrix soltó una risa, burlona—. Regie, Regie... ya deberías dar al querido Sirius por perdido —dijo en un tono de fingida lástima—. Está en la lista, Regie, junto a toda la escoria que contamina nuestras familias, y algún día no muy lejano, vamos a deshacernos de todos ellos.

Sirius tenía los puños fuertemente cerrados y asintió con rigidez. Bellatrix le dirigió una indulgente mirada. Narcisa, en cambió, buscó su mano; Sirius no se apartó —Entiendo lo que sientes, Regulus, yo también hubiera deseado que las cosas hubieran sido diferentes con Andrómeda —Bellatrix hizo un sonido de irritación, lo cual fue bueno, ya que Teddy había dejado salir un gruñido—, pero ellos ya tomaron su decisión y nosotros tenemos que vivir con ello.

—Sí, supongo que sí —respondió Sirius, mirándola a los ojos. Por un momento Narcisa lo quedó viendo, hasta que apartó la mirada con cierto aire de sorpresa.

—Es hora de irnos, Cissy —dijo Bellatrix, sin percatarse de nada—. Ya nos veremos otro día Regie.

—Nos vemos Bella... Narcisa —Se despidió Sirius con soltura.

Narcisa sólo asintió y se fue, sin mirarlo. Bellatrix la miró, extrañada, antes de resoplar y seguirla. Sirius suspiró.

—Narcisa se dio cuenta —le dijo James cuando se reunió con ellos en el interior del callejón.

—Lo noté —afirmó Sirius, encogiéndose de hombros—, pero no dirá nada. No es como si hubieran dicho algo que ya no supiera —James lo quedó viendo.

—Supongo que esta es la parte en que tú te ahorras decirme un "te lo dije" y yo me adelanto con una disculpa por no hacerte caso —dijo Remus con tranquilidad.

—Tú no has vivido en una casa llena de puristas, Remus —le dijo Sirius con una sonrisa cansada—. Así que la próxima vez que te diga algo acerca de ellos, es mejor que me des la razón.

—Aún así, sigo pensando que no todo Slytherin es malo —afirmó Remus, haciendo que Sirius resoplara—. Vuelvo a hacerte recordar a Andrómeda.

—Una única excepción —argumentó Sirius con firmeza.

—¿Y que hay de mi madre? —dijo entonces James.

Sirius lo miró un momento y luego asintió —Bien... dos excepciones.

—Narcisa no es tan mala tampoco —afirmó Remus—, y quieras o no, aún te preocupas por tu hermano.

—Narcisa y Regulus son un par de débiles —afirmó Sirius con ímpetu—. Prefieren aceptar todo lo que se les dice antes de pensar por sí mismos. Para mí son tan malos como el resto de mi vieja y querida familia.

Hubo unos segundos de silencio en los que Harry observó a Teddy, quien estaba muy quieto. James fue el primero en hablar, al mismo tiempo la transformación de Sirius comenzó a disolverse.

—Creo que es mejor ir de frente a Charing Cross Road y beber algo en el Caldero Chorreante, para evitar toparnos con ellas de nuevo —dijo James y luego miró hacia Harry y Teddy—, si a ustedes les parece bien.

—No hay problema —dijo Harry con rapidez. Teddy no contestó

Sin decir palabra alguna más, Sirius, James, Remus y Colagusano desaparecieron. Harry se adelantó hacia Teddy, pero, antes que pudiera decir algo, este negó con la cabeza.

—No quiero que me consueles, ni quiero hablar de ello —afirmó Teddy con voz ronca, volviendo a su voz real—. Esa mujer... Yo... la próxima vez que la vea, será mejor que me inmovilices, o la mataré —Y con esas últimas palabras, desapareció.

Harry suspiró y se sujetó de la pared para recuperar el aliento, que desde hace varios minutos atrás se había vuelto superficial. Entendía las palabras de Teddy, perfectamente, y sabía que su ahijado, al igual que él, algún día entendiera que habían cosas que jamás podría hacer por más que las deseara en algún momento. No estaba en la naturaleza de Teddy odiar, ni matar, ni convertirse en un ser vengativo, por que había nacido del amor, de un profundo y verdadero amor.

Personas como Teddy, y como Harry, antítesis de Voldemort, amaban tanto que eso les había quitado el derecho de todo ser humano a sentir rencor y, más allá de unas cuantas acciones, palabras o pensamientos cargados de frustración, sólo les quedaba la esperanza y la resignación. Esperanza de que, de alguna forma, el propio mundo hiciera justicia, y resignación ante todo el dolor y los sacrificios por los que tendrían que pasar antes que eso sucediera... Con una última mirada al punto donde Teddy se había desaparecido, Harry hizo lo mismo.