Todos los derechos: lugares, personajes y diálogos reconocibles, le pertenecen a J. K. Rowling y sus asociados. Yo solo estoy disfrutando al escribir esta historia sobre el mágico mundo que ella creó. No busco ningún beneficio lucrativo.


Capítulo 08

El fabricante de varitas

El Caldero Chorreante estaba tal y como Harry lo recordaba de su juventud. Aún con menos años de uso, tenía un aspecto sombrío y muy destartalado, y Tom, el antiguo dueño del lugar, lucía igual de viejo, encorvado y desdentado que en el futuro. Se habían sentado en una de las largas mesas en el centro del pub y habían pedido cerveza de mantequilla fría. Sirius aún se encontraban algo irritado, y Teddy parecía ausente.

—¿Sucede algo? —preguntó Remus hacia Harry y Teddy, mirándolos por encima del pico de su botella.

—No, nada —respondió Harry con lentitud y luego sonrió—. ¿Por qué preguntas?

—Ted no parece estar bien —indicó Remus, logrando que Teddy lo mirara.

—Estoy bien —afirmó Teddy, intentando sonreír—. Sólo un poco cansado... pero seguro que me animo cuando entremos al Callejón Diagon.

Remus dudó —¿Seguro?... Yo... —Suspiró—. Sé que no tengo ningún derecho a meterme en sus vidas, pero ustedes me ayudaron ayer, y... bueno —Miró a Teddy—, allá en el callejón, te sentí muy perturbado, Teddy.

La precaria sonrisa de Teddy cayó y no se movió por varios segundos. Harry se sentía inquieto e indeciso. Sirius intercambió una mirada con James.

—Yo... —Teddy no podía pensar correctamente y Harry no lo culpó.

—¿Conocen de algún lado a mi familia? —preguntó Sirius, astutamente.

—No —negó Teddy con rapidez.

Harry suspiró —Pero hemos escuchado hablar de ella —Teddy lo miró, confuso—. Nuestro padre nos advirtió sobre la familia Black.

—¿En serio? —preguntó Sirius, intrigado—. No es que me queje, pero, ¿por qué no dijeron nada cuando les dije que era un Black?

—No nos gusta juzgar a nadie sin conocerlo primero —argumentó Teddy, siguiendo la conversación—. Si bien eres un Black, fuiste el primero en hablarnos.

—Lo hizo por mera curiosidad —comentó Remus con el ceño levemente fruncido. Sirius lo miró mal—. Lo que a mi me resulta extraño es que vuestro padre les haya advertido de la familia Black, en particular... ¿Acaso pasó algo con ellos?, ¿o fueron advertidos sobre otras familias?

—Bueno... —comenzó Harry y se removió, dudoso.

—Aquí hay algo que no nos están diciendo —afirmó James entre gracioso y preocupado.

Harry miró a Teddy y luego a Colagusano, quien parecía curioso. El que Colagusano supiera sobre sus supuestos lazos familiares con los Black, ataría sus destinos al de las personas a su alrededor. Si Peter Pettigrew traicionaba a sus viejos y mejores amigos, también los traicionaría a ellos, sin dudar.

Teddy asintió, entendiendo —Sólo dilo.

—Me están intrigando —dijo Sirius, impaciente. Remus lo codeó.

—Ya que ustedes han confiado en nosotros con algunas de sus cosas personales —indicó Harry con sinceridad...

—Como Sirius y sus sentimientos —afirmó Teddy, ganándose un refunfuño de Sirius.

—Supongo que está bien confiar en ustedes con esto —continuó Harry, sonriendo—. No venimos de Salem, ni nos apellidamos White —Directo.

—Fue Dumbledore quien armó todo ese cuento —agregó Teddy.

James y Sirius se quedaron boquiabiertos. Remus alzó mucho las cejas, y Colagusano los miró con desconfianza.

—Nosotros hemos sido educados en casa hasta ahora —dijo Harry tras unos segundos—, igual que el resto de nuestra familia desde hace más de cien años.

—Vaya —dijo James, atónito—. ¿Y a qué se debe eso? —A su lado, Sirius cerró la boca y los miró con seriedad.

—A la familia de mi tatarabuela —explicó Teddy—. Ellos eran puristas y ella se casó con un muggle, mi tatarabuelo, lo que trajo muchos problemas... Entonces, ella tomó la decisión de mantenerse lo más alejada posible de la comunidad mágica.

Sirius resopló con disgusto, y Remus asintió, pensativo.

—Todos sus descendientes, de una forma u otra, terminaron adoptando esa dedición también —agregó Harry—, y al final, toda la familia se aisló por completo.

—Antes de llegar aquí vivíamos en un pequeño pueblo muggle al norte, no demasiado lejos de aquí, en realidad —dijo Teddy con familiaridad, recordando los archivos—. Íbamos a la escuela muggle local, aprendíamos magia en casa, con nuestro padre y el abuelo, y vivíamos tratando de no llamar la atención sobre nuestras peculiaridades.

—Si hubiera sido por la tatarabuela, incluso hubiéramos dejado de lado la magia —continuó Harry con el ceño fruncido—, pero, nuestra familia comprobó de una forma muy dolorosa que no se puede encerrar la magia en el interior de una persona, sin usarla, sin que algún día esta te vuelva completamente loco.

James y Sirius palidecieron, y Colagusano se estremeció visiblemente. Remus estaba muy quieto.

—Al saber magia, poco a poco fuimos descubriendo cosas nuevas y, al contrario del resto de la familia, nos sentimos limitados —dijo Harry, luciendo afligido—. Queríamos la posibilidad de poder tener la vida común de un mago.

—Cuando cumplimos los diecisiete años nos independizamos —afirmó Teddy con soltura—, y luego de un largo recorrido lleno de situaciones frustrantes, llegamos a Hogwarts, la misma noche del banquete de bienvenida.

—Eso explica mejor por qué no nos dijeron nada —afirmó James, asintiendo, aún algo pálido.

—Sí... Fuimos una pequeña sorpresa —afirmó Harry con una sonrisa—, pero sabíamos que si alguien nos podría ayudar, ese alguien sería Albus Dumbledore... Hemos leído mucho sobre él.

—Y como director de Hogwarts, también podría orientarnos sobre qué gorgonas hacer para formalizar nuestros estudios —dijo Teddy, divertido—, porque nadie nos quería dar un trabajo sin tener, por lo menos, un TIMO.

—Una vez le contamos al profesor Dumbledore nuestra historia, él decidió ayudarnos —dijo Harry y bebió su último trago de cerveza de mantequilla, sintiendo la garganta seca—. Tenemos que asistir a una audiencia el próximo sábado para discutir nuestro futuro en la comunidad... y lo de los TIMOs que debemos de aprobar es cierto.

Hubo un momento de silencio.

—Entonces, Dumbledore les pidió mentir por todo lo que está pasando con Quien-ustedes-saben —indicó Remus con interés. James y Sirius intercambiaron miradas.

Harry suspiró —Eso creo... No, ahora estoy seguro, después de haber escuchado a esa mujer —Nuevamente, Teddy se tensó. Remus lo miró.

—¿Qué tiene que ver Bellatrix en todo esto? —preguntó Sirius, mirándolos con atención.

—Remus preguntó antes si la familia Black nos había hecho algo, por la advertencia de mi padre —dijo Harry con sutileza, queriendo medir la reacción de Sirius—. Y sí, lo hicieron. Ellos fueron quienes empujaron a mi tatarabuela al exilio.

—¿Qué? —preguntó Sirius, sin entender. James parpadeó.

Remus suspiró —Su tatarabuela era una Black, Canuto.

Tras la declaración de Remus no se escuchó ni un solo respiro en la mesa por varios segundos, sólo las conversaciones de alrededor.

—¿Qué? —volvió a preguntar Sirius, esta vez con incredulidad.

—Isla Black era su nombre —afirmó Harry—, y el de mi tatarabuelo era Bob Hitchens.

—¡Por Merlín y toda la magia! —juró James, sorprendido y divertido—. ¡Son de la familia Black!

Remus le sonrió a Colagusano, quien le devolvió una sonrisa afectada.

—Somos Hitchens, realmente —dijo Harry con cierta timidez—, pero sí.

—Entonces, el encuentro con Bellatrix... —comenzó Remus, mirando hacia Teddy, quien sólo esquivo su mirada.

—Confirmó que nuestra familia había estado tomando la decisión correcta todo este tiempo —continuó Harry y luego hizo una mueca—, y que nosotros, egoístamente, estuvimos a punto de ponerlos en peligro... —Suspiró—. Fue bueno que el profesor Dumbledore nos sugiriera ocultarnos bajo un nombre falso.

James y Remus asintieron, comprensivos.

—White... mm, algo simple, pero funciona —aprobó James, entretenido, aunque no apartó su mirada de Sirius, quien aún no reaccionaba.

—Sirius, no dramatices —le dijo Remus, palmeándole la espalda. Sirius respiró profundamente, mirándolo con dureza.

—Así que son de mi querida familia —dijo Sirius hacia Harry y Teddy, quienes no respondieron.

—Justo como yo, figúrate —dijo James, burlón, pero también había determinación en su mirada—. Mi madre era una Black —agregó cuando Harry alzó las cejas.

—¿En serio? —preguntó Harry, aunque ya lo supiera. Era una de las tantas cosas que se había enterado después de terminada la guerra.

—Sí —afirmó James; su sonrisa tembló un poco—. Así que también somos familia... Eso es genial.

—Lo es —Harry sonrió con verdadera felicidad.

—Sí, sí, lo es, ya que —dijo Sirius, encogiéndose de hombros—. Por lo menos son Gryffindors.

Harry resopló y Teddy rodó los ojos, de mejor ánimo.

—Mira, Canuto, cada vez tienes más familiares del lado bueno —le dijo Remus con amabilidad, aunque había un tono de satisfacción en su ronca voz.

—Son Gryffindors —volvió a decir Sirius con firmeza, y sin mirar a Remus. Todos alrededor, a excepción de Colagusano, rieron.

—Bueno, ya se nos está haciendo tarde y aún debemos cumplir un itinerario, señores —afirmó James tras una pausa, parándose.

—Lástima que nos hayan malogrado el paseo por Hogsmeade —dijo Sirius, mientras todos se encaminaron hacia el patio trasero del pub—. Queríamos enseñarles la Casa de los Gritos.

—Uhhh —dijo Colagusano, como por costumbre, aunque parecía distante.

—¿Y qué es eso? —preguntó Teddy con verdadero interés, queriendo saber lo que decían sobre ella.

—Es sólo una casa embrujada —explicó Remus antes de sacar su varita y golpear el tercer ladrillo de la izquierda, por encima del cubo de la basura—. Dicen que se escuchan gritos y lamentos muy escalofriantes.

La pared se fue abriendo hasta mostrar la entrada, en forma de arco, hacia el Callejón Diagon.

—¿Y es cierto? —quiso saber Teddy—, ¿se escuchan gritos y lamentos?

Harry pensó que si alguien tenía el derecho de hacerle esa pregunta a Remus, ese era su propio hijo.

Remus miró hacia abajo mientras caminaba —Sí... es muy cierto —James y Sirius compartieron una mirada.

—¡Bienvenidos al Callejón Diagon! —exclamó Sirius con mucha fuerza, unos pasos más adelante, haciendo que las personas alrededor voltearan a verlo, asustadas.

—Ya lo conocíamos, Sirius —le dijo Harry, confuso, pero Sirius lo ignoró.

—¡A su izquierda tenemos la más vieja tienda de calderos del mundo! —presentó en tono rimbombante.

—Eso no es verdad —murmuró Remus. James sonreía, divertido.

—¡Venden calderos de todos los tamaños, ya sea de latón, cobre, peltre, plata, y también automáticos y plegables! —dijo Sirius en un solo respiro—. ¡Y a su derecha!, ¡la Botica!, ¡el lugar de los sueños húmedos y fantasías de Quejicus!

—¡Sirius! —exclamó Remus. James, Harry y Teddy rugieron de risa. Colagusano soltó una risita.

—¡Hablo de pociones!, ¡pociones! —afirmó Sirius, mirando a Remus con prepotencia—. Por Merlín, que mente la tuya, Lunático —Remus resopló con disgusto.

Siguieron avanzando por la calle adoquinada, tan entretenidos con las ocurrencias de Sirius que no entraron a comprar nada hasta que llegaron a la heladería Florean Fortescue.

—Y aquí es a donde él quería llegar —comentó Remus, refiriéndose a Sirius, quien ya estaba sentado en una de las mesas de la tienda.

—Yo no dije nada cuando te comiste todas las muestras de dulces que encontraste en Honeydukes —replicó Sirius, cruzándose de brazos, enfurruñado. Remus suspiró.

Comieron un cono de helado cada uno, excepto Sirius quien pidió una copa con tres bolas, antes de decidir ir primero a la tienda de Madam Malkin, dirigida por una Malkin diferente a la que Harry conocía. Esta era un poco más mayor y extravagante, vestida con una túnica color fucsia, pero menos robusta.

—Oh, miren a quien tenemos por aquí —dijo Madam Malkin, sonriente—. Querido James, dichosos los ojos que te ven. A ustedes también, guapos —agregó hacia los demás.

Sirius hizo una leve reverencia y James sonrió con galantería —Buenas tardes, Madam Margot. ¿Cómo ha estado?

—Muy bien, gracias —le dijo Madam Margot y luego suavizó su sonrisa—. Ayer me encontré con tu padre.

James parpadeó —¿A sí?... Eh... yo recibí una carta de él por la mañana.

Madam Margot asintió, comprensiva —¿Puedo aconsejarte algo?

—Por supuesto —afirmó James, respetuosamente.

—No dejes de escribirle tanto como puedas —expresó Madam Margot con cariño—. Como una vieja amiga de tus padres, sé muy bien que Charlus es del tipo que necesita atención... Igual que tú, guapo —Le dio un pequeño guiño.

Sirius y Remus compartieron una mirada. Teddy frunció levemente el ceño, pensativo.

—Lo haré, no se preocupe —afirmó James con seriedad.

—Muy bien... Entonces, ¿en que los puedo ayudar? —preguntó Madam Margot.

—Aquí, Harry y Ted White, nuevos estudiantes de Hogwarts —presentó Sirius, arrastrándolos hacia delante—. Necesitan túnicas, y un par de capas, no les vi muchas.

—Sí, por favor —reafirmó Harry con una sonrisa educada.

Madam Margot tuvo lista la ropa para Hogwarts en un instante, y también les vendió algunas túnicas casuales: "Nadie sabe cuando las van a necesitar". Harry y Teddy salieron de ahí con varias bolsas en los brazos y se dirigieron a la papelería, donde compraron algunas plumas, muchos pergaminos y varias botellas de tinta. La siguiente parada fue en Flourish y Blotts. Sirius hizo caras muy graciosas cuando entraron a la librería y, sin decir nada, empujó a un ausente James a la sección de maleficios.

—Olvídenlos, los buscaremos al salir —dijo Remus y avanzó hacia el dependiente.

Quince minutos después, con Remus y Colagusano cargando siete pesados libros entre los dos, fueron a buscar a Sirius y James. Los encontraron cuchicheando, con las cabezas juntas, sobre un libro grueso y de apariencia inofensiva. Remus se acercó con cautela y lo ojeó por encima del hombro de James.

—¿A quien van a inflarle la cabeza el doble de su tamaño? —preguntó, haciéndolos saltar.

—A nadie —respondió Sirius con inocencia—, sólo estábamos leyendo, Lunático. Pensé que nos alabarías.

Remus resopló —Claro...

—¿Tienen todo? —preguntó James con una sonrisa, dejando el libro en un estante.

—Todo —afirmó Teddy.

Harry notó a su padre más relajado que cuando calieron de Madam Malkin. Miró hacia Sirius, quien estaba intercambiando sonrisas con Remus; al parecer se había llevado a James para distraerlo.

—¡Bien!, ahora, ¡Artículos de Calidad para Quidditch! —exclamó Sirius.

Fue una agradable sensación pasar una hora entera dentro de esa tienda junto a su padre, Sirius, Remus y Teddy, hablando de cada una de las escobas que ahí vendían. La Barredora 5 era una de las más populares, por su velocidad, junto a la Cometa 220, una escoba fuerte y con mucha resistencia.

—He escuchado de un nuevo prototipo, dicen que es una escoba de precisión, buena para un buscador —dijo Sirius, sosteniendo sobre la palma de su mano una figura coleccionable de un jugador famoso. Colagusano estaba a su lado, mirando la figurilla.

Se habían cansado de comparar las características de las escobas y se habían puesto a merodear por la tienda. Harry, quien estaba sosteniendo una snitch de prueba, de las que no tenían memoria táctil, lo miró, interesado.

—¿Un prototipo?, ¿de que empresa? —preguntó James, mientras se probaba unos guantes de guardián. Remus y Teddy estaban curioseando las estanterías llenas de revistas de deporte.

—Nimbus —contestó Sirius. James y Harry alzaron las cejas—. Es una marca nueva en el mercado, comparada con la Cleansweep o la Comet, pero dicen que sus escobas son muy buenas.

—Bueno, habrá que probarlas —dijo James, acercándose a Harry y arrebatándole la snitch. La dejó sobre el mostrador y esta voló—. ¿Cuándo sale el nuevo modelo?

—Este mes —contestó Sirius, moviendo su mano de un lado a otro, haciendo que la figura luchara por no caer.

James alargó la mano para coger la snitch, pero Harry le ganó.

—Buena atrapada —aprobó James, parpadeando—, Ayer dijiste que eras buscador, ¿eso era cierto?

—Sí —afirmó Harry, liberando nuevamente la snitch y volviéndola a coger. Resopló al recordar que su padre solía hacer lo mismo.

—Las pruebas de Quidditch son dentro de dos semanas, ¿te animas? —le preguntó James con una expresión entusiasta.

—Eh... —Harry dudó—. No lo sé. Tengo los TIMOs a fin de mes y aún no sé si pueda mantener el ritmo de las clases... Nunca hemos estudiado casi a tiempo completo.

—Entonces las moveré a principios del próximo mes —dijo James, inmediatamente—. Vamos, tienes que ir... Si no consigo un buen buscador, voy a tener que coger el puesto yo —Le envió una mirada suplicante.

Harry se removió —Eh... bueno, iré.

—¡Sí! —exclamó James, triunfador.

Sirius puso la figura coleccionable encima de la cabeza de Colagusano, quien se quedó estático, y se reunió con ellos —Genial... Yo también estoy en el equipo. Soy cazador, igual que Cornamenta.

—Verenice es nuestra guardiana —dijo James. Remus sacó la figura de la cabeza de Colagusano y la devolvió a su escaparate—, y Tadeus Robins, de quinto año, nuestro otro cazador. Nos hacen falta ambos golpeadores, y el buscador, por supuesto.

—Tú, ¿por qué no juegas? —le preguntó Sirius a Teddy, quien se acercaba junto a Remus y Colagusano—. ¿Eres malo o no te gusta?

—Las dos cosas —dijo Teddy, encogiéndose de hombros.

—No le gusta —dijo Harry a la vez. Teddy lo miró con desconcierto—. Eres bueno, sólo que algo inseguro.

—Soy rematadamente torpe, Harry —afirmó Teddy con naturalidad—. Soy bueno jugando solo, pero no dentro de un equipo.

—Eso mejoraría si practicaras —le dijo Harry con seguridad—. Tu m... Nuestra tía era torpe también, pero con esfuerzo y dedicación logró jugar muy bien.

Teddy fue el único que se dio cuenta del desliz —Sí, bueno... a ella le gustaba el juego. Yo, sinceramente, estoy bien con sólo verlo.

—Lo mismo digo —afirmó Remus. Sirius murmuró algo sobre "ratones" y "libros", ganándose duras miradas de Remus y Teddy. Colagusano soltó una risita.

Salieron de la tienda minutos después. Harry había decidido comprar la snitch, como un recuerdo, y James le había comprado una figura coleccionable a Colagusano. Se dirigieron a comprar primero el caldero y demás equipo de pociones, y luego entraron en la Botica por un surtido de ingredientes. Fue ahí, fingiendo mostrarle un recipiente lleno de sangre de dragón, que Harry apartó a Teddy hacia una esquina.

—Necesito una distracción o una excusa —le susurró Harry, mirando de reojo a Colagusano, el más cercano de los demás.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Teddy, dando golpecitos a una piel de serpiente que colgaba cerca.

—Una visita a un viejo conocido, al final de la calle —respondió Harry y Teddy lo miró.

—Bueno... hoy sí que estás de ánimos para revelar secretos —indicó Teddy, levantando una ceja.

—Es mejor ir lo antes posible o lo podrían contactar primero —le dijo Harry con tranquilidad—, además, no creo que haya una mejor oportunidad que esta para platicar a gusto.

—¿No me necesitarás ahí? —preguntó Teddy, ahora preocupado.

—No... Si las cosas van mal... ya lo sabrás —dijo Harry y luego suspiró.

Teddy asintió y luego sacó de uno de sus bolsillos un paquete rectangular: era el Sensor de Ocultamiento —No paró de vibrar en nuestra conversación en el Caldero Chorreante... Ni cuando Sirius se hizo pasar por Regulus.

—Me había olvidado de eso —indicó Harry con el ceño fruncido. Teddy se lo puso en la mano y este empezó a vibrar.

—Sólo di que piensas ir a la tienda y verificar si no está defectuoso... —dijo Teddy, Harry levantó las cejas—. Sé que es una excusa pobre, pero no te preocupes, yo me encargo del resto.

Harry lo miró por un momento antes de encogerse de hombros. Ambos regresaron con los demás y Harry se excusó rápidamente, recibiendo curiosas miradas hasta que salió de la tienda. Guardó el sensor y se encaminó por la calle principal, y, después de un par de minutos, llegó a una estrecha tienda de mal aspecto: "Ollivander: fabricantes de excelentes varitas desde el 382 a.C.". Tomó unas cuantas respiraciones y empujó la puerta; la campanilla resonó en el fondo. Harry observó las miles de estrechas cajas, amontonadas cuidadosamente hasta el techo, esperando.

—Buenas tardes —dijo una voz amable.

—Buenas tardes, señor Ollivander —respondió Harry el saludo, mirando los ojos grandes y pálidos del anciano que se acercaba.

El señor Ollivander lo quedó viendo por un largo momento —Qué curioso... Realmente qué curioso...

Harry se sintió de nuevo de once años —Perdón... Pero, ¿qué es tan curioso?

—Recuerdo cada varita que he vendido. Cada una de las varitas —afirmó el señor Ollivander, aún mirándolo con detenimiento—. Y realmente es muy curioso que la varita que usted tiene en su bolsillo sea una que yo aún tengo en mi posesión.

—¿Cómo sabe eso? —preguntó Harry, completamente asombrado.

—Es mi trabajo saber de varitas, sobre todo de las mías —dijo el señor Ollivander con seguridad—. No hay dos varitas Ollivander iguales, como no hay dos unicornios, dragones o aves fénix iguales —Dirigió su mirada al bolsillo de Harry—. Y esa de ahí es una combinación poco usual: acebo y pluma de fénix, veintiocho centímetros, bonita y flexible... ¿Es así?

—Eh... sí, lo es —afirmó Harry, obligándose a salir de su estupor—, y justamente sobre eso es de lo que quiero hablar con usted. El porqué tengo esta varita conmigo.

—¿Puedo verla? —preguntó el señor Ollivander, de repente.

—¿Eh? —dijo Harry, tontamente.

—La varita... —aclaró el señor Ollivander, extendiendo la mano.

Harry dudó. No estaba del todo seguro si era inteligente darle su varita a alguien en quien no sabía si podía confiar, pero por otro lado, era él, Harry, quien necesitaba ganarse la confianza del anciano. Con cuidado, sacó la varita de acebo y la dejó suavemente sobre su palma extendida.

El señor Ollivander la elevó hasta la altura de sus ojos y la observó minuciosamente por varios minutos —¡Ah!, esto es fascinante... —Miró a Harry con ojos brillantes de entusiasmo—. Una varita cuenta la historia de un mago mejor que cualquier libro, ¿sabía?... La varita aprende del mago, el mago de la varita, y todo ese conocimiento mutuo permanece en ella —Se la tendió a Harry.

—Ha estado conmigo siempre, nunca me ha abandonado —le dijo Harry, tomando la varita de nuevo en su mano, donde pertenecía—. Se preguntará cómo es que yo la tengo.

—Una duda muy aceptable —dijo el señor Ollivander con curiosidad.

Harry suspiró, mirando hacia su varita —Vengo del futuro, señor Ollivander... De cuarenta años en el futuro, para ser más exacto —El señor Ollivander le envió una mirada inquisidora—. En ese entonces, hubo una irrupción en el Ministerio, en el departamento de Misterios, y se llevaron dos dispositivos temporales que pueden viajar años a través del tiempo —Harry respiró hondo y continuó—. En el futuro, yo era el jefe de la Oficina de Aurores, aunque mi apariencia actual no lo demuestre, y tuve que tomar la decisión de venir a este periodo de tiempo, junto a uno de mis aprendices, para evitar que el curso de la historia sea cambiado —Hubo una breve pausa donde el Señor Ollivander pareció perderse en sus pensamientos. Harry lo miró con cierta impaciencia —¿Usted me cree?

—No veo por qué alguien mentiría sobre algo así —dijo el señor Ollivander, mirándolo con sus ojos pálidos—. Además, la varita que usted tiene en su mano es prueba suficiente de que lo que dice es verdad.

Harry asintió, algo aliviado, y luego se guardó la varita —Mi propósito al venir aquí es pedirle su ayuda, señor Ollivander.

—¿Y en qué podría serle de ayuda yo? —preguntó el señor Ollivander, cortésmente.

—Tenemos planeado permanecer una temporada en este periodo de tiempo —explicó Harry, tratando de sólo decirle lo necesario—, y para ello estamos usando como cubierta una historia real... la de los Hitchens —No hubo reacción—. Ellos aparecieron veinte años en el futuro, afirmando ser descendientes de la familia Black.

—¡Oh!, sí, sí... Así que se apellidan Hitchens —dijo el señor Ollivander, contemplativo—. Los recuerdo muy bien, a todos ellos... Su magia es muy similar a la de los Black, pero nunca han querido decirme su parentesco.

—Son descendientes de Isla Black, quien se casara con un muggle y fuera perseguida por su familia por ello —afirmó Harry—. Se han mantenido alejados de la comunidad mágica desde hace más de cien años.

El señor Ollivander asintió, comprensivo, y luego lo miró —Mm... Una historia muy conveniente para usted... Pero también una historia que hubiera sido fácil de desbaratar si se hubiera acudido a mí.

—Exacto —afirmó Harry con sinceridad y cierto temor—. Sé que usted debe recordar con exactitud las varitas vendidas a todos los Hitchens y, obviamente, no son ninguna de las que yo tengo —El señor Ollivander asintió—. Necesito su ayuda por que pronto habrá una audiencia para comprobar que somos quienes decimos ser... y estoy casi seguro que el profesor Dumbledore pedirá su participación.

—¿Y quiere que mienta ante el Wizengamot por usted? —preguntó el señor Ollivander, mirándolo con cierta severidad.

—No por mí, señor Ollivander —dijo Harry con tranquilidad—, sino por todo lo que usted conoce y aprecia... No sé lo que podría suceder si llegáramos a ser descubiertos.

—Los que robaron esos dispositivos no tenían buenas intenciones, ¿no es así? —indicó el señor Ollivander, después de una pausa.

—No, no las tienen —negó Harry con firmeza—. Ellos sólo quieren destruir todo por lo que hemos luchado durante muchos años.

El señor Ollivander se quedó en silencio por un momento, en el que nunca desvió su mirada de Harry —Si prueban vuestra magia, verán que no son descendientes de los Black —afirmó con amabilidad.

—No hay problema con eso —dijo Harry, decidiendo ser sincero—. Tenemos ascendencia Black.

Los ojos del señor Ollivander brillaron —Interesante... —Se acercó un poco más a Harry, quien se removió, incómodo—. ¿Puedo saber de qué manera se relacionan?

Harry lo miró, dudoso —¿Nos ayudará?

—Los ayudaré —afirmó el señor Ollivander con sinceridad.

Harry suspiró —Mi abuela era Dorea Black.

—¡Ah!, un Potter, entonces —dijo el señor Ollivander con entusiasmo—. Hijo de James Potter, presumo.

—Harry Potter, un placer —se presentó Harry con una leve inclinación.

—Mi placer, Harry —le dijo el señor Ollivander con cortesía—. Y el otro, tu aprendiz...

—Él es nieto de Andrómeda Black —indicó Harry, un poco más inquieto. No le gustaba poner en riesgo a Teddy, sobretodo sabiendo que el señor Ollivander era una persona que podía ser persuadida, aunque no con facilidad.

—Mm... Sé que se casó con Ted Tonks —dijo el señor Ollivander—. No sabía que hubieran tenido un hijo

—Una hija —aclaró Harry—. Ella sólo tiene cuatro años, ahora.

El señor Ollivander asintió, complacido, y Harry sintió que era momento de irse. Por alguna razón, esa tienda siempre le había traído una sensación de sobrecogimiento.

—Muchas gracias por su buena voluntad, señor Ollivander —le dijo Harry con sinceridad—. De verdad, le voy a estar eternamente agradecido.

—Esa varita que usted tiene es muy especial —afirmó el señor Ollivander, deteniendo sus intenciones de irse—. ¿Lo sabe?

Harry suspiró, asintiendo —Sé que es la hermana de la varita de... Quien-usted-sabe.

Los ojos del señor Ollivander centellearon por un momento, antes que este asintiera también —Creo que debemos esperar grandes cosas de ti, Harry Potter... Después de todo, El-que-no-debe-ser-nombrado ha hecho grandes cosas... Terribles, sí, pero grandiosas.

Harry se estremeció, recordando por qué el señor Ollivander nunca le había gustado mucho. Se despidió con amabilidad, agradeciendo nuevamente su ayuda, y salió de la tienda a respirar aire puro. Bueno, ese era un obstáculo menos...

Cuando se encontró con Teddy y los demás de vuelta en la Botica, ya habían terminado de comprar un gran surtido de ingredientes, que iban desde ojos de escarabajo hasta pelos de unicornio. Al final, resultó que Teddy les había dicho que lo del Sensor de Ocultamiento era una excusa para ir a dejar una carta a la oficina de correos. La supuesta carta iba dirigida a su novia, lo que le valió varias bromas de parte de su padre y Sirius, las cuales no se detuvieron hasta que Remus supuso, muy certeramente, que James había estado manteniendo correspondencia con Lily durante el verano. Después de regresar a Hogsmeade, se la pasaron todo el camino hacia Hogwarts burlándose de un muy incómodo James, quien al parecer no estaba acostumbrado a ser abochornado por culpa de una chica.

El señor Filch los esperaba, rabioso y humillado, en las rejas de entrada, las cuales se abrieron por sí solas. Los miró uno por uno al pasar, con los ojos llenos de aversión.

—Buenas noches —lo saludaron Remus y Teddy con cortesía.

—Bonito día, ¿no? —comentó James con una sonrisa. Colagusano asintió visiblemente.

—¡Tenemos que repetir el paseo! —afirmó Sirius en tono jactancioso.

El señor Filch redujo los ojos.

—Tal vez podamos convencer al profesor Dumbledore de que nos acompañen a la audiencia del próximo sábado —sugirió Harry, aprovechando la oportunidad.

—¡Eso sería genial! —exclamó Sirius con entusiasmo—. ¡Sí! ¡Libertad!

Remus negó la cabeza con resignación.

—Ruega que Dumbledore acepte o Sirius nunca te lo perdonará —le dijo James a Harry con seriedad, poniéndole una mano en el hombro.

Harry y Teddy compartieron una sonrisa; no había manera que Sirius dejara de asistir a esa audiencia. Con una última mirada a Filch, quien ahora murmuraba maldiciones por lo bajo, todos juntos se encaminaron hacia un merecido descanso, después de un entretenido y esclarecedor día.


Nota: Fragmentos de la conversación entre Harry y el señor Ollivander extraídos de Harry Potter y la piedra filosofal.