Todos los derechos: lugares, personajes y diálogos reconocibles, le pertenecen a J. K. Rowling y sus asociados. Yo solo estoy disfrutando al escribir esta historia sobre el mágico mundo que ella creó. No busco ningún beneficio lucrativo.


Capítulo 09

Maldiciones imperdonables

MASACRE EN LA COSTA SUR

El-que-no-debe-ser-nombrado recluta a los gigantes

La pasada noche del domingo la costa sur del país sufrió un ataque de gigantescas proporciones, perpetuado, según los primeros informes, por dos de los últimos gigantes existentes en Gran Bretaña.

«Aún no sabemos con exactitud cuales fueron los gigantes que participaron en este cruel e inhumano ataque, pero todo parece indicar que estaban bajo el mando de varios de los seguidores de El-que-no-debe-ser-nombrado», declaró el ministro de magia Dugald McPhail. «El Departamento de Regulación y Control de las Criaturas Mágicas está dando su mejor esfuerzo para encontrar a los dos mayores responsables de este trágico suceso. Así mismo, el Equipo de Reversión de Accidentes Mágicos esta trabajando a tiempo completo para que los muggles involucrados olviden todo aspecto mágico de esta catástrofe, y puedan así superar sus pérdidas con tranquilidad y continuar con sus pacíficas vidas».

Los gigantes han estado en peligro de extinción por más de un siglo debido a sus continuas y sangrientas luchas fratricidas, y al parecer ahora han decidido unirse a las filas de El-que-no-debe-ser-nombrado. Una elección que seguramente atemorizará a toda la comunidad mágica.

El director del Departamento de Seguridad Mágica, Bartemius Crouch, cree que se deben tomar medidas extremas contra esta nueva amenaza: «Es necesario tener mano dura para poder evitar que estas masacres continúen acrecentándose cada vez más. Los gigantes son seres brutales y sin escrúpulos, y debe caer sobre ellos todo el peso de la justicia, sin piedad ni consideración».

Le comentamos acerca de los rumores que afirman que los gigantes no son las únicas criaturas mágicas que ahora sirven a El-que-no-debe-ser-nombrado, sino que también tiene adeptos entre los hombres lobo... —Resoplido—, vampiros y trols, y que muy pronto los enviará hacia todos aquellos que se opongan a sus intereses.

Ante esto, el señor Crouch respondió: «Si no lo están, lo estarán pronto, por lo que estamos creando nuevas leyes para restringir los límites de estas criaturas oscuras. Les aseguramos a toda la comunidad mágica que ninguno de estos seres se aproximará a los hogares de ningún mago o bruja decent-te».

—Tannn aburrrrrrido —dijo Sirius, tirando del periódico que Remus se encontraba leyendo, y mandándolo a volar contra la cara de Colagusano.

—Gigantes... —Harry sacudió la cabeza para borrar los recuerdos—. Debe ser algo traumático.

—Bueno, por lo menos no se van a acordar de ello —afirmó James, encogiéndose de hombros. Estaba mirando hacia Remus, quien parecía muy interesado en su plato vacío.

—¿Y cómo es que van a explicar lo ocurrido? —dijo Teddy, ojeando la fotografía en el periódico que Sirius había descartado—. El panorama parece desolador.

—Huracán —afirmó Harry, y luego hizo una mueca—. Eh... yo supongo.

—Es lo más probable —dijo Remus, parándose de repente—. Ya deberíamos ir a la clase de Defensa. Es mejor no llegar tarde; no sabemos aún cuan estricta es la profesora Meadows.

—Remus tiene razón —dijo Lily desde algunos asientos a la derecha—. La profesora Meadows parece amable, pero he escuchado de los de quinto año, que ya tuvieron una clase con ella, que es muy formal... y que no aguanta holgazanerías —agregó lo último dándoles una mirada de advertencia.

—Es bueno entonces que todos nosotros seamos estudiantes muy aplicados, ¿a que sí, Evans? —le dijo Sirius con una gran sonrisa. Lubmilla y Verenice rieron desde el otro lado de la mesa. Lily sólo negó con la cabeza.

Hoy tenían su primera clase de Defensa Contra las Artes Oscuras y Harry se sentía curioso por saber cómo Dorcas Meadows manejaría la asignatura. Hasta ahora, había llevado clases sólo con profesores que ya conocía, pero, como siempre, Defensa sería una nueva experiencia. Llegaron al aula con cinco minutos de anticipación, encontrando la puerta abierta, por lo que entraron y tomaron asiento. La profesora Meadows se encontraba detrás de su escritorio, esperando que todos los estudiantes llegaran. Por fortuna, había habido un cambio y ya no compartirían la clase con los Slytherins, como al parecer lo habían hecho el año pasado, sino con los Ravenclaws.

—Apuesto a que la profesora Meadows fue una preciosura en su juventud —susurró Sirius, mirándola con disimulo. A su lado, James silbó bajo y Harry resopló.

Remus frunció el ceño —Deja de irrespetar a nuestra profesora, Canuto.

—No la estoy irrespetando —afirmó Sirius, volteando la cabeza para verlo—. La estoy alabando, Lunático, lo cual es algo completamente diferente —Sonrió con cierta malicia—. Tú deberías hacerlo de vez en cuando, tal vez así te conseguirías una chica.

Lubmilla y Verenice asintieron desde su mesa, habiendo escuchado la conversación.

—Puedes decirle algo bonito a Denise, Remus —dijo Lubmilla, sonriente—. Ella no se lo tomaría a mal, te lo aseguro —Compartió una risita con Verenice.

Teddy se removió con incomodidad ante el comentario. Remus sólo suspiró con cansancio.

—Bien, creo que ya todos están aquí —comentó en ese momento la profesora Meadows, parándose y empezando a caminar—. Como saben, soy la nueva profesora de esta asignatura y, como este es vuestro último año, van a aprender conmigo las más avanzadas formas de defensa contra las artes oscuras —Se paró frente a la clase—. Me han dicho que ustedes son un grupo competente y espero sólo los mejores resultados en cada uno de los tópicos que vamos a tratar... Comenzaremos por un tema que deberían haber aprendido en sexto año, pero que su antiguo maestro no se sintió capaz de manejar... El tema será puramente teórico.

Hubo algunos sonidos de desilusión. Remus y Teddy acercaron sus libros con entusiasmo, mientras los hombros de Sirius se desplomaron dramáticamente.

—Oh, no se decepcionen tan rápido —les dijo la profesora Meadows al observar sus abatidos semblantes—, hay una buena razón por la que no puede ser práctico... Vayan al séptimo capítulo de sus libros, por favor.

Sirius resopló con frustración y James lo codeó. Ambos abrieron sus ejemplares de "Defensa mágica práctica y su uso contra las artes oscuras", volumen III, imitando a todos los demás, y enseguida la atmósfera cambió a una de anticipación. Harry frunció el ceño.

—Las maldiciones imperdonables —indicó la profesora Meadows, mirándolos por encima de su propio libro—. Las maldiciones más poderosas, complejas y castigadas por la ley mágica... Alguien me podría decir, ¿por qué? —Hubo unos segundos de incertidumbre antes que algunas manos se levantaran—. Les voy a pedir que a medida que vayan interviniendo se vayan presentando, para irlos conociendo.

—Lily Evans, profesora —se presentó Lily cuando la profesora Meadows la señaló—. Las maldiciones imperdonables son las más poderosas, complejas y castigadas por ser las que más afectan a la naturaleza humana y a sus derechos... Por ejemplo, la maldición imperius da el completo control de una persona a otra, quitándole así el dominio de sus propias acciones, de sus palabras y de sus pensamientos.

Harry se sintió apenado, aunque ciertamente no arrepentido. Hace mucho tiempo se había visto obligado a usar esa maldición, y no había sido una sensación agradable. Había sido útil en el momento, sin poder recurrir a nada más, pero siempre había esperado no volver a hacerlo, y aún lo esperaba.

—Muy bien contestado, señorita Evans —aprobó la profesora Meadows. Lily sonrió—. La maldición imperius es considerada una maldición imperdonable por que atenta contra el derecho de elección de todo ser humano... No hay contrahechizo para esta maldición, y es muy difícil de esquivar o de bloquear, ya que no posee una forma visible al ser conjurada. Sin embargo, hay una forma bastante eficaz de luchar contra ella... ¿Alguien sabe?

Un par de manos se alzaron y la profesora Meadows señaló una, perteneciente a un Ravenclaw —Matthew Thomas, profesora.

Harry alzó las cejas. Así que ese era el padre de Dean... Había llegado a saber que había sido un Ravenclaw, Seamus no había dejado de burlarse por ello, pero nunca supo que compartió curso con sus padres.

—La maldición imperius puede ser combatida mentalmente —dijo Matthew Thomas con seguridad—. Cuando esta maldición es colocada en una persona, su mente se queda totalmente en blanco hasta que se le de la primera orden, y es sólo cuando se refuta esta primera orden que la maldición no tiene el efecto correcto y puede llegar a ser repelida... Sin embargo, es necesaria una mente muy hábil o unas muy fuertes creencias para luchar contra una orden dada bajo la maldición imperius.

—Correcto, señor Thomas —afirmó la profesora Meadows—. Dejando de lado a los oclumánticos, que han aprendido a cerrar la mente a intrusiones externas, sólo los magos con creencias arraigadas o de moral intachable son capaces de repeler una orden dada bajo esta maldición; de otra manera, la aceptarán como parte de sus propias acciones y la cumplirán como por inercia, casi sin segundos pensamientos.

James y Sirius compartieron una mirada.

—También tiene mucho que ver la mente del ejecutor, por supuesto —aclaró la profesora Meadows—, ya que alguien débil de mente jamás logrará que sus órdenes lleguen a ser cumplidas, por mucho que se esfuerce o que las repita —Los miró por un momento—. Mm... ¿Alguien se siente capaz de darme un ejemplo, personal, de una orden que jamás seguirían?

Sólo James y Harry alzaron las manos sin ningún tipo de titubeo. Sirius y Teddy las volvieron a bajar a mitad de camino, y Remus ni siquiera intentó levantarla.

—Señor Potter —indicó la profesora Meadows.

James parpadeó —Eh... Yo jamás atacaría a un muggle, estoy seguro de ello —afirmó con sinceridad—. Mis padres me enseñaron desde pequeño que todos somos iguales, gente mágica y no-mágica, y que el que nosotros tengamos poder, y ellos no, se debe a que existe dentro de nosotros el coraje para proteger a los demás, y la compasión para nunca aprovecharnos de sus debilidades... Y aunque ahora sé que no todos piensan así, yo sigo creyéndolo.

Harry lo miró con admiración. Esas palabras habían sido dichas con tanta espontaneidad y naturalidad que era difícil no sentirse inspirado.

—Lo felicito señor Potter, y no sólo por lo que acaba de decir, sino por la rapidez y convicción con que lo ha hecho —dijo la profesora Meadows con seriedad—. Eso es lo único que hace falta para ir contra la maldición imperius, y usted ya lo tiene.

James no pudo evitar sonreír con arrogancia, haciendo que Sirius resoplara. Lily lo miraba desde su mesa, sonriente.

—Otra de las maldiciones imperdonables es la maldición cruciatus —continuó la profesora Meadows, dejando su libro de lado—. ¿Quién me dice cuáles son los efectos de esta maldición? —Nuevamente, varias manos fueron levantadas—. Señor Lupin.

Remus sonrió con timidez al ser señalado —La maldición cruciatus causa dolor, un dolor tan insoportable que es comparable a muy pocas cosas en el mundo de la magia —Se aclaró la garganta—. Esta maldición actúa sobre el propio cuerpo, incapacitándote físicamente, aturdiendo tus sentidos y agotando tu energía. No es posible luchar contra ella, no hay contrahechizo y, al igual que la maldición imperius, es difícil de bloquear o esquivar, sobretodo si es lanzada en forma no-verbal.

—Una respuesta muy completa, señor Lupin —afirmó la profesora Meadows, mirándolo con atención—. El dolor de la maldición cruciatus es como el de estar quemándote vivo desde adentro hacia afuera... —Hubo un estremecimiento colectivo—. No es agradable en lo más mínimo y, como el señor Lupin dijo, es sólo comparable a un par de cosas... Por ejemplo, a ser quemado por fuego demoníaco, sí, sólo por este fuego en particular, que puede consumir con rapidez cada centímetro de tu cuerpo —Otro estremecimiento—, y también, a la transformación de un hombre lobo.

James y Sirius se quedaron congelados en sus asientos, y Colagusano se movió con inquietud. Teddy estaba mirando a Remus, quien tenía la mirada fija en la pizarra.

—Un cambio físico tan antinatural y doloroso, que nadie, bajo esta situación, sería capaz de recuperarse si las transformaciones fueran sólo un poco más continuas —explicó la profesora Meadows, sin mirar a la clase.

Harry suspiró ante las miradas de profunda tristeza que su padre y Sirius tenían. Al parecer ninguno de ellos había sabido con certeza por todo el dolor por el que Remus tenía que pasar cada mes.

—La maldición cruciatus es considerada una maldición imperdonable por que afecta la integridad física y mental de una persona —continuó la profesora Meadows con tono estricto—. Mientras más daño desee hacer el mago que la ejecute, y más tiempo dure, más graves serán las consecuencias, que pueden ir desde la incapacidad permanente a la locura.

—Que clase más alegre —murmuró Sirius en tono monótono. James y Harry intercambiaron sonrisas vacilantes.

—Por último, llegamos a la maldición avada kedavra, también conocida como la maldición asesina —indicó la profesora Meadows, mirando alrededor—. No hay mucho que decir acerca de esta maldición, ya que, obviamente, nadie puede decirnos lo que se siente el ser maldecido por ella —Harry desvió la mirada y Teddy ocultó una risa con una tos—. Los pocos que han podido verla en acción recuerdan un vasto sonido, como un torrente, y su característico destello de luz verde... Al igual que la imperius y la cruciatus, esta maldición depende del poder y la ferocidad del ejecutor. Muchos inexpertos han intentado realizarla sin conseguir ni un solo rasguño en su oponente... No hay contrahechizo, ni forma alguna de bloquearla, sólo se puede intentar esquivarla.

La profesora Meadows rodeó su escritorio y luego se quedó mirándolos por un momento demasiado largo. Sirius comenzó a soplarse el cabello que le caía sobre los ojos, sólo por hacer algo.

—Sé que no tiene mucho sentido enseñarles sobre maldiciones como estas, de las que casi no nos podemos proteger, en una clase de Defensa —comentó la profesora Meadows al fin—. Sin embargo, es necesario que ustedes sepan a lo que se pueden llegar a enfrentar, y que ante estas maldiciones lo único inteligente que se puede hacer es correr.

Todos los Ravenclaws asintieron, pero casi todos los Gryffindors hicieron muecas y se retiraron sobre sus asientos. James y Sirius miraban a la profesora con incredulidad.

—No hay nada de malo en retirarse de un enfrentamiento que sólo te llevará a la muerte —aseguró la profesora Meadows—. Vivir para lo que puedas llegar a hacer, y que sí esté a tu alcance, es mejor que morir ante una amenaza a la que no puedes vencer.

—¿Y si alguien querido está en peligro? —preguntó Sirius con ímpetu—. ¿También debemos huir?

—No estoy hablando de huir, señor Black —afirmó la profesora Meadows con severidad—. Esto no tiene nada que ver con el valor, sino con la mejor oportunidad... Y si alguien está en peligro —continuó cuando Sirius quiso replicar—, puedes quedarte e intentar lo imposible, por que un sacrificio jamás será considerado un acto de insensatez, sino un acto de amor... Pero sólo en ese caso, o cuando se ha sido acorralado. Los demás son sólo tontos e inútiles actos heroicos, de los cuales jamás se obtendrá beneficio ni enseñanza alguna.

Sirius la miró con cierta majadería, sin querer darle importancia a sus palabras. James le dio un codazo y le envió una mirada que claramente decía: "Compañero, compórtate". Harry trató de parecer impasible, pero lo cierto era que estaba de acuerdo con la profesora Meadows.

La profesora Meadows sólo sonrió —¿Alguien podría darle al señor Black un ejemplo, para ilustrar mejor mis palabras?

Todos se miraron entre sí, antes que una de las Ravenclaws levantara la mano —Marlene McKinnon, profesora Meadows.

Harry parpadeó y miró a la bruja con curiosidad, reconociéndola como uno de los miembros de la primera Orden del Fénix. Era una joven alta y rubia, y de rostro afilado, que en ese momento se encontraba sentada muy recta en su silla. Harry se dio cuenta que ya la había visto antes: en la clase de Pociones.

—Hay una batalla y las probabilidades son adversas —indicó Marlene, mirando al frente de la clase—. No hay nada por lo que luchar, salvo por tu vida y por la de aquellos que pelean a tu lado, y sabes que lo mejor es retirarte, curar tus heridas, hacer nuevos planes y tal vez lograr que el próximo enfrentamiento sea una victoria... —Miró a Sirius—. ¿Aún así te quedarías a morir?, ¿de esa manera tan infructuosa?... Para mí, hacer eso sería igual que darte por vencido, igual que rendirte a la derrota, que rendirte ante el enemigo.

Sirius sólo cuadró la mandíbula, sin mirarla, pero en pocos segundos su expresión cambió a una pensativa. James asintió, casi imperceptiblemente.

—Con mucha facilidad las personas piensan que siempre es mejor actuar, que eso es lo correcto, lo que se espera de ti —dijo la profesora Meadows con tranquilidad—. Pero la experiencia enseña que hay un momento para todo: para luchar, para esperar y para replegarse... Y eso es estrategia, no cobardía —Miró al lado izquierdo del aula y sonrió—. Sé que para ustedes, los Gryffindors, es muy difícil aceptar esto, pero espero que tarde o temprano lo hagan, por su propio bien... De hecho, esta es la razón por la que los he puesto en una misma clase con los Ravenclaws, mentes más dispuestas y menos temerarias —Miró a Sirius—. Quiero que unos aprendan de otros, ¿está claro?

Muchos asintieron, de acuerdo. Sin embargo, Sirius resopló con diversión y Harry se removió, inquieto. No había pensado en ello, pero ahora estaba claro, por la mirada que la profesora Meadows le había dado a Sirius, que el tener esta clase con los Ravenclaws era consecuencia del duelo entre Sirius y Remus. ¿Otro cambio?... Harry respiró profundamente.

—¿Alguna otra duda, señor Black? —le preguntó la profesora Meadows, alzando las cejas, al haberlo escuchado.

—No... —negó Sirius, más relajado—. Entendí muy bien a McKinnon. En serio —Le envió una sonrisa a Marlene, quien ni se inmutó—. Sé aceptar cuando no tengo toda la razón.

—Eso es bueno —dijo la profesora Meadows con sinceridad, mirándolo; luego centró su atención en toda la clase—. Bien, creo que nos queda tiempo suficiente para hacer algo práctico —Los Gryffindors se animaron—. Por supuesto, no sobre lo que hemos estado hablando, pero si algo que los va a ayudar cuando se enfrenten a maldiciones tan difíciles o imposibles de bloquear como estas. Todos levántense, por favor.

Todos se pusieron de pie y la profesora Meadows arrinconó las mesas y sillas hacia las paredes. Con otro giro de su varita aparecieron varias cajas llenas de pelotitas.

—Vamos a probar sus reflejos —explicó la profesora Meadows. Teddy rió por lo bajo y Harry sonrió—. Esto es muy parecido a algunas pruebas que hacen en la Oficina de aurores para sus aprendices... Quiero que todos se pongan a una distancia de tres metros entre sí y luego encantaré estas pelotitas para que los sigan. Cada uno tendrá una y el reto es tratar que no te de. Pueden hacer lo que crean necesario para evitarlo, siempre y cuando no usen magia.

Les llevó un par de minutos acomodarse dentro del aula, de tal manera que cada uno quedara como mínimo a tres metros de distancia de todos los demás. James cambió al último momento para quedar al lado de Lily, y Sirius le envió una fría mirada. Cuando todos se quedaron quietos, la profesora Meadows encantó las pelotitas y las lanzó contra los estudiantes. Algunos fueron golpeados en la primera arremetida, sobretodo los que estaban al inicio de las filas, quienes no habían tenido mucho tiempo para reaccionar.

—Así es el azar —había comentado la profesora Meadows, cuando Lubmilla se enfurruñó—. Muchos mueren por estar en el lugar equivocado en el momento más inconveniente.

Un par cayeron al segundo ataque, estos sí por falta de rapidez, entre ellos Colagusano; y otros fueron vencidos al quinto, igual que Lily y Matthew Thomas, ya que las pelotitas se iban volviendo más veloces. Remus sólo logró evitar ser golpeado la sexta vez por que se movió de su lugar.

—Eso es trampa, Lunático —canturreó Sirius, mientras esquivaba su pelotita por séptima vez.

—La profesora Meadows dijo que podíamos hace cualquier cosa menos magia —comentó Remus, sin dejar de moverse por el salón, sorteando su pelotita.

—El señor Lupin tiene razón —dijo la profesora Meadows con una sutil sonrisa en los labios.

—¡Hey!, ¡eso no es justo! —reclamó Sirius, esquivando por octava vez—. ¡Se tienen que decir todas las reglas!

Los pocos que quedaban a salvo comenzaron a moverse, aunque Verenice y Marlene McKinnon fueron golpeadas de todas formas.

—Esto no es un juego, señor Black —afirmó la profesora Meadows—. Igual que en un duelo, no hay reglas aquí, sólo situaciones y estrategias.

—¡Pe-! —Sirius se detuvo cuando una pelotita le dio en el pecho. Sin embargo, esta no era la suya, sino la de Remus, quien astutamente se había ocultado tras él para evitar ser golpeado —¡Lunático!

Pero Remus no se detuvo, ya que la pelotita de Sirius ahora lo perseguía a él, y sólo quedaban tres más en el desafío: Harry, James y Teddy. Harry tenía grandes reflejos pulidos por el Quidditch y años de ser perseguido y atacado, y James no se quedaba atrás. Teddy también tenía buenos reflejos y, como sucedía cuando realmente se concentraba, no se tropezó ni una sola vez; pero tenía una estrategia similar a la de Remus, por lo que al final ambos se usaron de escudo y terminaron siendo golpeados por la pelotita del otro.

La clase observó cómo Harry y James siguieron esquivando las pelotitas, hasta que en algún momento estas se volvieron sólo manchas y ambos fueron golpeados al mismo tiempo, con demasiada dureza.

—Ouch —dijo James, tocándose el estómago. Harry se frotaba el brazo con una expresión compungida.

—Lo siento por eso, señores —se disculpó la profesora Meadows—. No imaginé que alguien duraría tanto y encanté las pelotitas para que fueran cada vez más rápido.

—No hay problema, profesora —le dijo Harry.

James sólo le dio un guiño algo atrevido, lo que hizo que Lubmilla y Verenice rieran, y que Lily y la profesora Meadows sonrieran.

Salieron del aula poco después. La profesora Meadows les había otorgado cinco puntos por cada intervención, y a Harry y James diez puntos extras por su "destacada participación" en el reto práctico. También, les había dejado como tarea buscar relatos de duelos famosos por el uso de maldiciones imperdonables, entres los libros de historia y los de casos legales, esperando encontrar algunos buenos para recrear con el uso de las pelotitas en las próximas clases.

James y Sirius ralentizaron su paso un poco y murmuraron algo, antes de acercarse a Harry y Teddy, arrastrando consigo a Remus en el proceso. Colagusano les dio el alcance.

—Eh... chicos, tenemos algo que resolver entre nosotros cuatro, los veremos después, en el almuerzo —les dijo James con una mirada de disculpa.

—Esta bien, nos vemos —dijo Harry con una sonrisa. Teddy asintió y ambos los vieron alejarse.

Volvieron su atención hacia adelante y empezaron a avanzar, pero Teddy se detuvo tras unos cuantos pasos —Harry, yo... Podría... Es decir...

—Sólo dilo —lo instó Harry, curioso.

—Quisiera escuchar esa conversación —dijo Teddy en voz muy baja. Harry parpadeó—. Van a hablar de mi padre y yo... Yo sólo quiero saber un poco más de él.

Harry dudó. No le gustaba escuchar conversaciones ajenas, pero conocía la añoranza que Teddy sentía y que le pedía saber un poco más acerca del padre que nunca conoció. Suspiró y avanzó un poco más, hacia una puerta —Entremos aquí.

Teddy lo siguió y Harry bloqueó la entrada. Sacó de su bolsillo la bolsa de moke y de esta el espejo de dos caras de Sirius. Levantándolo frente a él, le quito los hechizos que le había puesto y, tan suavemente como pudo, susurró "Sirius". El espejo se activó.

—...-nando que no nos hayas dicho esto antes, Remus —se escuchó la voz de Sirius, algo amortiguada—. Sólo queremos saber si es cierto, sólo eso.

—Sabemos que siempre has sido muy privado con tu pequeño problema peludo —comentó James. Harry sonrió—, y no te vamos a pedir detalles, sólo un sí o un no.

—Vamos, Lunático —apremió Colagusano.

—No entiendo para qué quieren saber si se igualan —replicó Remus en tono tranquilo—, si de todas maneras, ninguno de ustedes a sufrido la maldición cruciatus.

Hubo un breve silencio.

—Ciertamente, yo lo he hecho —dijo Sirius, haciendo que Harry y Teddy intercambiaran miradas perplejas. Se escuchó un suspiro—. No les había contado esto a ustedes dos, sólo a James, por que no era algo que quisiera recordar... Fue la perra de Bellatrix, después de mi primer año en Hogwarts... Mi "premio" por ser un Gryffindor.

—E-eso es imposible —afirmó Remus pausadamente—. Es una maldición imperdonable... E-el ministerio debería haberla detectado y-...

—No en el número doce de Grimmauld Place —indicó Sirius entre dientes—. Mi viejo y querido padre ha fortificado esa casa como si fuera el escondite de un gran tesoro... No se puede rastrear nada de lo que ocurre entre sus paredes.

—Canuto... yo... —Remus se detuvo.

—Así que ya vez, conozco bien el dolor de esa maldición —continuó Sirius en tono apagado—. ¿Es igual?, ¿cada mes?

Hubo otro breve silencio —Sí, lo es —contestó al fin Remus, tan bajo que Harry y Teddy se esforzaron por escucharlo—, aunque no sé cómo es el dolor de una maldición cruciatus, sé que son comparables... La quemazón, el descontrol de tu cuerpo y el deseo de que todo termine... Es algo que no se lo desearía ni a mi peor enemigo.

Teddy suspiró lenta y prolongadamente, cerrando los ojos, y Harry apoyó una mano en su hombro. No se escuchó nada por un momento, hasta que el sonido de una leve palmada vino desde el espejo.

—Se siente bien hablar de ello, ¿no? —preguntó Sirius con voz más relajada. Hubo otro suspiro—. Ahora, prometamos que no nos volveremos a ocultar cosas como estas... aunque sean penosas... y no queramos despertar lástima.

—Por supuesto —dijo Remus con voz ahogada, después de un par de segundos.

—¡Bien! —dijo James en tono aliviado y entusiasta—. Si me permiten, compañeros Merodeadores, quiero aprovechar la oportunidad para decidir qué haremos con Harry y Ted en las noches de luna llena —Harry y Teddy se miraron.

—¿Qué haremos de qué? —preguntó Colagusano.

—Pues para evitar que sospechen, Colagusano —le explicó Sirius con impaciencia.

—Simplemente hay que ignorarlos —chilló Colagusano, despectivo. Harry se dio cuenta que no lo había escuchado hablar mucho desde que llegaron—. No sé por qué les deberíamos de dar explicaciones.

—¿Ah?... ¿A que viene eso? —le preguntó Sirius, suspicaz.

—¿Pasa algo, Peter? —cuestionó James, con un atisbo de preocupación en su voz.

Peter no contestó inmediatamente —Les están dando demasiada importancia a esos dos —masculló.

—¿Demasiada importancia? —repitió Sirius, con incredulidad.

—Eh... son nuestros compañeros, y son tíos geniales —explicó James con sinceridad. Harry y Teddy sonrieron—. No es que les demos importancia, es simple amistad.

—Pero nunca hemos tenido amigos fuera del grupo —reprochó Colagusano.

—Eso no es del todo cierto —comentó Remus, un poco desconcertado—. Estuvieron Devon y Roxan, y nos llevamos muy bien con Richard, Jeremy y Benjy... Personalmente, yo también considero a Lily una buena amiga.

—Vamos a compartir habitación y clases con Harry y Ted, por todo un año —indicó James—, ¿qué hay de malo en hacer amistad con ellos?

—Además, son parte de nuestra familia, ¿o ya lo olvidaste, Gusano? —dijo Sirius con voz cansina—. Por Merlín, ¿de verdad estás celoso de ellos?

—¡No estoy celoso! —contestó Colagusano de inmediato.

—Ajá... Claro... Y yo soy...

—Sirius —lo detuvo Remus—. Mira, Peter. Harry y Teddy son buenos chicos y en el poco tiempo que llevan aquí se han portado muy bien con nosotros... Incluso nos confiaron su historia y todo... Ellos sólo quieren ser parte del mundo al que pertenecen, y sería cruel dejarlos de lado sólo por haber llegado seis años de retraso.

—Peter —lo llamó James—, te aseguro que aunque ellos se vuelvan cercanos, eso no cambiará la amistad que existe entre nosotros cuatro, ¿de acuerdo?... ¡Somos hermanos! —Se escuchó otra palmadita—, confiamos los unos en los otros, y eso no lo va a cambiar nadie.

Harry sintió un leve dolor en el pecho al escuchar las palabras de su padre hacia sus amigos, sabiendo que sería la desconfianza lo que los llevaría a separarse de la manera más despiadada... Y todo lo iniciaría Colagusano, pensó Harry con amargura, ¿o había una posibilidad de que no ocurriera así esta vez?

—Entonces... ¿qué hacemos con Harry y Ted? —se escuchó a James preguntar.

—Bueno, es un secreto a voces que soy enfermizo —indicó Remus con soltura—. Esa excusa me servirá los primeros meses, después ya veremos.

—¿Y que hay de nosotros? —preguntó Sirius con rapidez—. Ni pienses que te vamos a dejar solo, Lunático.

Remus suspiró, resignado —Mm... Pueden decir que aprovechan mis estadías en la enfermería para escabullirse y hacer de las suyas —Se escuchó una puerta ser abierta—. Simple y creíble —Se escuchó un refunfuño—. ¿Qué es lo que querías hacer?, ¿darles una poción para dormir?

Otro breve silencio y dos resoplidos le hicieron pensar a Harry que la respuesta era afirmativa.

—¿A dónde vamos? —preguntó Peter—. ¿Al comedor o a la sala común?

—Eh... Veamos —dijo James y después de un par de segundos murmuró—. Juró solemnemente que mis intenciones no son buenas —Teddy miró a Harry con alarma—. ¿Alguien ve a Harry o a Ted?

—No por aquí —dijo Sirius.

—Ni aquí —dijo Peter.

—¿Alguien escucha un eco? —preguntó Remus, extrañado.

Harry y Ted se congelaron: ellos también lo escuchaban. Rápidamente, Harry bajó el espejo y le colocó de nuevo los hechizos.

—Eh... ¿Hola? —se escuchó la voz de James desde detrás de la puerta—. Yo no oigo nada.

—Yo tampoco —dijo Sirius con pereza—. Y no puedo encontrar ni a Harry ni a Ted.

—Bueno, vayamos al Gran Comedor, entonces —resolvió James y se escucharon pasos alejarse.

—Eso estuvo cerca —murmuró Teddy.

—Es la última vez que uso este espejo —aseveró Harry, guardándolo en la bolsa de moke—. Bueno, por lo menos ahora sé que el hechizo que eché sobre nosotros funciona.

—¿Me has hechizado? —preguntó Teddy, alzando una ceja, mientras salían del aula—. ¿Cuando?, y ¿para qué?

—Nos he hechizado, cuando llegamos, para hacernos incontrables —explicó Harry—. Eso le da credibilidad a nuestra historia y evita que el Mapa del Merodeador nos delate.

—Oh... Excelente —dijo Teddy con sorpresa y alivio, y luego lo miró—. ¿Cómo es que piensas en todas estas cosas?

Harry se encogió de hombros —Llegará el día en que tú también lo hagas, cuando hayas pasado por tanto como yo.

Cuando llegaron al vestíbulo, se detuvieron al ver a una pequeña multitud delante del tablón de anuncios; James, Sirius, Remus y Peter estaban ahí.

—¡Hey!, ¿adivinen qué? —se acercó Sirius, dando saltitos de entusiasmo—. ¡La primera sesión del Club de Duelo será esta noche!

—¡Dice que el profesor Flitwick asistirá a la profesora Meadows! —exclamó Remus desde atrás, extasiado—. ¡Él fue campeón de duelo cuando era joven!

Sirius y Remus compartieron una gran sonrisa y luego Teddy se les unió. De inmediato, los tres comenzaron a hablar acerca de todo lo que se les podría enseñar dentro del club.

—Vaya... Nunca pensé ver a esos dos emocionados por la misma cosa —le dijo James a Harry, mientras observaba a sus dos amigos, charlando emocionados.

Harry sonrió, algo ausente, preguntándose si acaso ese Club de Duelo era otro de los cambios causados por lo ocurrido entre Sirius y Remus... Era curioso y a la vez terrorífico pensar en todo lo que podía surgir de algo tan simple, pero así era como funcionaba el mundo: una sucesión infinita de decisiones y consecuencias... Bueno, por lo menos esperaba que ese club fuera mejor que el que había abierto Gilderoy Lockhart en su segundo año, del que sólo había aprendido a lanzar un hechizo, el expelliarmus... Aunque, pensándolo bien, ese simple hechizo había hecho una gran diferencia en el transcurso de su caótica vida.