El fic ganó el segundo puesto en el concurso. MUCHAS GRACIAS por su apoyo y por si votaron por mi. ¡Los adoro!
Había pasado ya un buen tiempo desde la última vez que Kagome quiso morir.
Ya casi había superado lo que había creído totalmente insuperable. Intentaba no pensar en aquello y toda su familia (e Inuyasha) se había puesto de acuerdo para no hablar sobre el tema. El pequeño suceso había quedado tan olvidado como algo que nunca pasó. Kagome pensaba a veces que, tal vez, aquello solo había pasado en su mente, en su imaginación, en algún delirio de fiebre de verano.
Luego supo que no era así. Porque, una vez más, la sorpresa llegó de golpe y le recordó todo lo vivido meses atrás.
Las cosas habían estado normales (el estándar normal de la época Sengoku era, aún, cargarse a algunos demonios, enfrentarse a Naraku y recolectar los fragmentos faltantes. Para Kagome también estaba el reto que significaba Matemática). Se pasaban los días sudando por el caminar, el entrenamiento y las peleas; con bastante hambre porque cada vez conseguían menos para comer (sobre todo cuando Inuyasha estaba en su día) y con pausas, cada vez más frecuentes, en la aldea de Kaede para reponer fuerzas y pensar en cómo seguir adelante. La búsqueda se complicaba a momentos.
Ese día estaban en mitad de algún bosque, alrededor de una fogata, aunque ya para esos tiempos tanto frío no hacía y la fogata era algo así como una tradición más que para darles calor.
Kagome suspiró. Estaba algo cansada. La búsqueda la cansaba. Ya sea por los fragmentos, por Naraku, por quien sea; estaba estresada. Su vida de adolescente se le estaba escapando. Las adolescentes normales se preocupaban por oler bien, por conseguir algún chico y por pasear con sus amigas. Ella tenía que ocuparse de luchar contra demonios, inventarse enfermedades y ponerse al día con lo muy recontra mucho (sí, muy recontra mucho) atrasada que iba en la escuela. Y, la verdad, en aquel momento sentía que su máxima preocupación era poder pegarse un buen baño cuanto antes. Apestaba tanto.
Volvió a suspirar.
A veces se tomaba un tiempo para escribir, aunque cada vez era menor. Actualizaba cada mucho, pues después de aquello no había vuelto a escribir hasta un mes después; y a partir de ese momento, le costaba mucho concentrarse y conseguir inspiración. Cada tanto escribía un poco; cada vez que iba a su casa, siempre el mismo día que llegaba, a altas horas de la noche y a escondidas. Y no siempre.
La tenía un poco traumada todo, la verdad.
Además, tenía la extraña sensación de que su madre había hecho algo vergonzoso aquel día, porque Inuyasha la fue a buscar con una extraña tonalidad bordó que no parecía tener que ver con su fic caliente sobre ellos.
Ni siquiera preguntó.
Observó alrededor tranquila. Miroku estaba charlando con Sango sobre alguna cosa que no llegaba a procesarse en su cerebro, y Shippō peleaba con Inuyasha sobre alguna otra cosa infantil sobre la que ya estaba acostumbrada. Inuyasha solía ser muy chiquilín.
De pronto, Miroku se incorporó con una sonrisa, y Kirara hizo un tierno sonidito al tiempo que se refregaba contra sus piernas.
—Iré a buscar algún lugar para poder bañarnos —dijo, con su voz usualmente serena. Era una buena idea, aún faltaba tiempo para el anochecer y estaban seguros de que no harían gran cosa ese día. Se sentían cansados y sucios.
—No deberíamos perder el tiempo de esa manera —bufó Inuyasha, ignorando a Shippō, que estaba a punto de colgarse de sus orejas.
—No es perder el tiempo —rezongó Sango, corriéndose el cabello de la cara—. Necesitamos un descanso... y bañarnos.
Kagome asintió con ganas. ¿Acaso ya había pensado o dicho lo mucho que apestaba?
—Hemos caminado mucho, Inuyasha —agregó ella—. Y nosotros somos humanos.
Él soltó un «Feh» y giró la cara, con los brazos cruzados contra su cuerpo.
—Hagan lo que quieran.
Exactamente eso.
Miroku ayudó a Sango a incorporarse y fueron junto con Shippō a fijarse por los alrededores si había algún lugar para relajarse. Ya no eran tan frecuentes las aguas termales que eran toda una recreación para ellos, pero se conformarían con agua helada con tal de sacarse la suciedad de encima. Por suerte, Kagome había traído algunos cuantos «yampú» y jabones, y ellos lo aceptaban agradecidos. Miroku nunca había sentido su cabello tan suave.
(Además, Sango y Kagome jamás se habían divertido tanto de observar, a escondidas, a los chicos usando el shampoo. Inuyasha lo adoraba a pesar de rezongar cada vez que Kagome traía uno nuevo de su época. Miroku, por otro lado, lo aceptaba gustoso y le daba las gracias. Kagome sospechaba que tenía algo que ver con Sango.)
Y la sacerdotisa quedó sola con Inuyasha, envuelta por una incómoda aura de silencio.
Le estaba costando mucho, realmente mucho, mantenerse sola junto a él; hablar incluso más. Le traía dolorosos recuerdo de pasiones desenfrenadas de fics descubiertos.
Ya estaba delirando.
Se sonrojó involuntariamente y bajó la vista a sus manos. ¡Cuánto se odiaba por haber escrito aquellas palabras prohibidas! ¡Más aún por dejarlo a la vista inquieta de aquel medio demonio! Cuántas tardes vergonzosas había pasado a raíz de eso, cuántas veces había encontrado la mirada de Inuyasha clavada en ella con curiosidad.
Ah, insoportable. Había pensado ir al psicólogo, pero la iban a encerrar en un manicomio solo con el inicio de su historia.
Suspiró con desánimo.
—¿Qué ocurre? —dijo él, sacándola de su ensimismamiento.
«Recordaba los besos desenfrenados y las cosas sucias que me decías en mi fic.»
—Nada.
¡Nada!
—Estás muy rara desde... hace mucho —agregó y sus mejillas se tiñeron de un suave rosa.
«Aquello ya pasó, ya nadie lo recuerda.»
—No es nada —respondió ella, con una sonrisa.
Inuyasha la observó un momento con el ceño fruncido.
—Deberías olvidar aquello de una vez —gruñó, mirando sonrojado a otro lado. «Yo debería ser la victima aquí. Me usaron en una historia y me pusieron tus bragas en la nariz»—. Todavía me siento violado —agregó a sus pensamientos en un susurro imperceptible.
Kagome se sonrojó violentamente.
—¡Ya sé que debería! —exclamó—, pero no deja de... avergonzarme...
Inuyasha volvió a observarla.
—Kagome, no deberías molestarte por eso. —Su voz se había convertido en un suave susurro. Ella lo miró con los ojos encendidos.— Yo...
Y Miroku interrumpió la escena magníficamente, solo como él podía hacerlo.
—¡Encontramos un lago! —exclamó, feliz. Los observó un momento, entrecerró los ojos, tanteó el ambiente como solo alguien con su capacidad romántica podía, se regañó mentalmente y sonrió con culpabilidad—. Ya veo, lo siento. —Kagome e Inuyasha intercambiaron miradas rápidas, y la chica empezó a mover las manos en negación, pero el monje volvió a hablar.— Los dejaré solos, estamos por allá —Señaló con su mano hacia atrás.—, creo que...
—Ya cállate —rezongó el medio demonio, aún sonrojado. Sango apareció detrás de Miroku con una sonrisa divertida y Shippō asomaba la cabeza sobre su hombro izquierdo—. Vamos, Miroku —ordenó, yendo hacia donde él y pasando de largo a su lado. Sango hizo un puchero. Miroku sonrió, tomó los shampoo que Kagome había dejado a la vista y lo acompañó; Shippo se subió rápido a cuestas del monje y saludó a las chicas con una manita.
Sango suspiró cansada y se acercó a su amiga.
—No sabes cuánto deseaba ese baño —susurró, pero embozó una sonrisa—. Supongo que siempre podemos ir a espiar, ¿qué opinas?
Kagome soltó una risa. Todavía se sentía incómoda, pero con Sango las cosas eran más fáciles. Había aprendido a confiar mucho en ella, así que estaba al tanto de lo ocurrido, aunque muchas cosas le parecían extrañas.
—Vamos —agregó, tomando la mano de la sacerdotisa y tirando de ella.
Después de un momento de lenta caminata (esperaban que al llegar los chicos estuvieran ya en el agua), llegaron ante los árboles que escondían el lago. Sango se llevó un dedo a la boca, sonrió y señaló adelante, a un hueco entre las hojas.
Y a partir de acá es donde las cosas se vuelven interesantes. (Y tuvo que revivir el episodio anterior con el mismo nivel de vergüenza.)
Kagome sonrió al observar a Inuyasha, casi con su mayor cara de felicidad, aplicando un poco de shampoo en su cabello. Miroku mantenía los ojos cerrados, recostado sobre un costado del pequeño «lago». Shippō nadaba de acá para allá con tranquilidad y mucha espuma en su cola.
—Mmm… —comenzó y Sango atrapó sus pensamientos a mitad de camino.
—Sí…
Se miraron, sonrieron y salieron de entre los arbustos agachadas y en silencio. Desearon con el alma que Inuyasha no lograra escucharlas, pero Sango creyó que con el ruido de aplicarse el shampoo, no lograría notar su presencia; por otro lado, el monje mantenía los ojos cerrados y Shippō jugueteaba. Así que la exterminadora tomó las prendas de Miroku, y Kagome comenzó a levantar las de Inuyasha.
Y ahí ocurrió. En ese preciso momento.
Todo pasó muy rápido, a decir verdad. Kagome poco llegó a comprender hasta el momento de ver aquello en el suelo y la cara ruborizada de Inuyasha frente a la suya. El resto era un lío.
Pero yo, por otro lado, puedo decirles exactamente qué pasó.
Pues en el ínterin en que las mujeres salieron de entre los árboles y agarraban las ropas de los chicos, Inuyasha captó un ligero movimiento, abrió los ojos, gruñó un poco (un poco de shampoo le entró en los ojos), se refregó y cuando enfocó la mirada, Kagome levantaba su ropa con sonrisa maliciosa.
No tenía ni idea de qué tramaban aquellas dos, pero definitivamente no era buena idea que revisaran sus vestimentas.
Sin detenerse a pensar, el medio demonio pegó un grito innecesario, saltó y cayó de pie frente a Kagome, que entre la sorpresa y cuanta cosa más sentía en el momento, apenas hizo nada.
Miroku se sobresaltó en el momento que gritó el hanyō, saliendo del agua como alma que lleva al diablo, al tiempo que tomaba a Shippō de la cola y corría a la orilla a la velocidad de la luz. El kitsune solo se encargó de gritar como marrano. Sango, a su vez, pegó un gritito y escondió la cara entre las ropas del monje, sonrojada a más no poder.
Kagome, por otro lado, y sin saber muy bien porqué, comenzó a forcejear con Inuyasha por las prendas de él, ya que lo primero que había hecho el medio demonio era intentar sacársela de entre las manos.
Kagome parecía ser la única que no se daba cuenta que Inuyasha, Miroku y Shippō estaban como Kami-sama los trajo al mundo muy cerca de ella. A Inuyasha parecía importarle poco, porque lo único que hacía era pelear. Miroku estaba paralizado sosteniendo a Shippō de la cola, observando a Inuyasha y Kagome debatirse las prendas, y a Sango con la cabeza enterrada en su ropa. Shippp seguía gritando, por alguna razón.
La única tranquila en toda la escena era Kirara, que estaba parada a unos metros de su dueña con la cabeza torcida.
Miroku tardó un poco, pero inmediatamente soltó a demonio (que cayó de pie, pero resentido) y pasó a taparse sus partes con ambas manos y la cara sonrojada.
—¡Ya métanse al agua! —gritó Sango con desesperación, desde su posición con la cabeza escondida entre las prendas del monje.
Inuyasha y Kagome pasaron a mirar al costado, observando la graciosa imagen de Sango; a un Miroku desnudo, tapándose sus partes con aturdimiento; y a Shippō observando la escena sin pudor alguno al lado del monje.
Kagome volvió la vista enrojecida al medio demonio, que se enteró de la situación, soltó las ropas y se tapó él también. Y entonces cayó su atuendo, desarmándose en el piso... y un pequeño sobrecito se dejó ver, tranquilo y sonriendo pícaramente desde su posición en el suelo.
Kagome se sonrojó aún más. No-podía-ser. ¿Aquello…? Entrecerró los ojos con desconfianza, intentando mejorar su visión.
De acuerdo, no sabía mucho de aquellos temas cómo podía saberlo un hombre, pero podía apostar su vida a que eso era… Levantó la vista para mirar a Inuyasha, que se mantenía casi tan rojo como el haori a sus pies, observando con odio aquello.
Miroku seguía tapándose, pero ante el silencio y las miradas, alzó un poco más la cabeza para observar mejor. El silencio era inquietante (Shippō había dejado de gritar) y Sango, curiosa, levantó la cabeza con cuidado. Ya no había partes de hombres a la vista, así que estaba más tranquila, pero la escena era simplemente rara.
¿Por qué Kagome e Inuyasha parecían tan perturbados?
—Inuyasha… —comenzó la sacerdotisa. Miroku, Shippō y Sango se sentían ajenos a la escena, pero observaban absortos—. Eso… es…
¿Por qué todo parecía volver a aquel día, casi tres meses atrás? ¿Acaso la perseguía? Era una pesadilla.
—Es…
Inuyasha se sonrojó más. (Si era posible.)
—¿Eso es… es un… es…? —Kagome respiró, cerrando los ojos. Volvió a abrirlos y tomó coraje. No sabía porqué Inuyasha tenía uno de esos en su poder, pero era hora de enfrentarlo. Estaba casi segura de lo que era, pero no pensaba agacharse y tenerlo en su poder para comprobarlo—. ¿Es un condón?
Miroku y Sango intercambiaron miradas (algo avergonzadas, porque el monje aún estaba desnudo, así que desviaron la mirada más rápido de lo pensado). ¿Qué carajos era un condón?
Inuyasha tragó fuerte. Se le estaba cayendo el mundo. ¿Cómo enfrentar la situación? Sentía tanta vergüenza como cuando descubrió que Kagome escribía las fantasías sexuales que tenía con él y las subía para que todo el mundo las leyera. Incluso requería terapia, y ni siquiera sabía qué era eso.
Pues sí, Kagome, es un condón. Lo necesitamos ahora que deseas tener sexo salvaje conmigo y ya, tu madre me explicó esas cosas con los globos, los bebés y eso. Así que nada, cuando deseas, nena.
No, no. Ni siquiera era su estilo.
—Eh… —comenzó él. Quería sonreírle, pero, por algún motivo, los músculos de su cara estaban paralizados—. Sí.
¡Al fin, lo había dicho! Ahora solo le restaba morir.
Kagome soltó la respiración contenida. Inuyasha tenía un condón en su poder.
Un condón.
Con-dón.
Eso sólo podía ser obra de una sola persona: Mamá.
—¿Por qué…? —rezongó la chica, frunciendo el ceño. Su rostro parecía incendiarse. Sango y Miroku entendían cada vez menos y los brazos del monje se estaban acalambrando.
—Tu madre me… explicó… ya sabes… —murmuró, mirándola a intervalos. Clavó la vista en el piso, sonrojado—. Por si tenemos ganitas…
El monje budista (ese que sostenía sus partes con ambas manos) y la exterminadora se sonrojaron. Comprendieron de repente de qué hablaban. Fuera lo que fuera ese paquetito en el piso, tenía que ver con el sexo. Sus amigos… ¡ya era hora!
—Creo que… —comenzó Sango, evitando la vista de todos, sosteniendo aún la ropa del monje—. Me voy para allá. Eh… —Dejó las ropas en el suelo.— Adiós.
La exterminadora desapareció en menor tiempo del que hubieran esperado. Shippō observaba todo siendo el único que no terminaba de comprender. Se encogió de hombros y se metió al agua. Miroku se acercó con las manos aún en sus partes y rápidamente levantó sus ropas.
—Sí, bueno —sonrió, mirando a Kagome e Inuyasha, que estaban inmovilizados, aturdidos y sonrojados—, yo me voy también. Suerte.
Por si tenemos ganitas…
Tenemos ganitas…
Ganitas…
La frase se repetía una y otra vez en la mente de Kagome. Lo que estaba viviendo en ese momento, jamás hubiera ocurrido de no haber ocurrido la escena del fic. Realmente odiaba su vida. ¡Y a su madre, que le dio un condón a Inuyasha! ¡Y a Inuyasha por decirle eso totalmente desnudo frente a ella! ¡Y a la madre de Inuyasha por hacerlo tan sexy!
—Pues… —siguió el hanyō, que se sonrojaba cada vez más. Tosió un momento, intentando aclararse la voz—. ¿Echo a Shippō?
Como dije, había ya pasado un buen tiempo desde la última vez que Kagome quiso morir.
Aproximadamente unos tres segundos.
