Epílogo


Los días habían pasado tranquilos, aunque Miroku y Sango no dejaban de cuchichear y eso era más que obvios para ambos. Inuyasha pasaba una gran parte del tiempo colorado y sorprendido de haberse atrevido a insinuársele a Kagome. Y, mala para él, que ella se le haya desmayado cuando preguntó si quería que echara a Shippō no mejoró su situación.

De ahí en adelante, las cosas estuvieron raras. El ambiente era tranquilo, pero solía caer sobre ellos un halo de incomodidad que no lograban espantar con nada.

Kagome no podía ver a Inuyasha al rostro sin sonrojarse, y viajar sobre su espalda era una tortura constante (el perfume de su cabello la mareaba, le daba ideas para fics y le recordaba lo muy avergonzada que se encontraba). Para Inuyasha ocurría algo similar. Tener contacto físico con Kagome, así fuera un simple roce de manos, lograba que algún fuego interno se expandiera en él y llegara a su rostro a la velocidad de la luz. Sentía la necesidad de tenerla cerca y, desde que leyó la historia de Kagome, no había parado de tener fantasías con ella. Y sueños húmedos. Pero nunca nadie se enteraría de eso.

La cuestión es que Inuyasha había decidido que era tiempo. Era tiempo para aclarar las cosas, para dejar el ambiente extraño, para dejar de sentirse avergonzado. No importaba si llegaba o no el momento de usar el jodido condón. Nada más quería tenerla cerca. No… de ese modo; solo con él. La quería, la quería mucho. No era algo subido de tono… no esperaba tener eso con ella aún. No tenía que ver con historias o intervenciones de la señora Higurashi. Era algo de él y de Kagome.

Sí. Había llegado el momento. Estaba entrenado para esto, había pasado sus noches practicando la charla. Él podía con eso. Se sonó el cuello. Sin duda, podía con eso. Se sonó los dedos de las manos. Definitivamente, sí.

De acuerdo. Ahora solo faltaba enfrentar a Kagome. Miró alrededor. Miroku y Sango estaban charlando tranquilos sobre lo que harían esa noche. Shippō dibujaba con sus crayones. La anciana Kaede acababa de entrar en la cabaña. El resto: vacío.

—¿Dónde está Kagome?

Miroku pasó de mirar a la exterminadora a mirar a su amigo.

—La señorita Kagome se fue hace unos tres días a su casa, Inuyasha —respondió, mirándolo con curiosidad.

—Ya me parecía que estaba muy callado —murmuró Shippō—. Creí que se había muerto.

Inuyasha olisqueó alrededor y se percató de la falta de la mochila de Kagome, junto con su aroma reducido a algo lejano.

Bueno, había perdido mucho tiempo mentalizándose para charlar con ella; lo suficiente como para perder la noción de dónde se encontraban y del tiempo transcurrido.

—Feh —soltó, incorporándose—. Volveré luego.

Se alejó mientras Miroku, Sango y Shippō lo observaban. Estaban entre curiosos, asustados y expectantes.

—Seguramente hoy pasa algo importante —musitó Sango, algo triste. Se perdería el cotilleo. Esperaba que Kagome le contara luego.

—Ya lo creo —respondió Miroku, volviendo la vista a la exterminadora—. Esperemos que finalmente se aclaren sus… cosas.

Sango entrecerró los ojos, luego entendió y finalmente se sonrojo.

—¿Crees que…?

—Posiblemente —aseguró, asintiendo con la cabeza—. Espero que usen el famoso condón.

—De hecho —concordó ella—. No sería nada bueno ir con Kagome embarazada.

Miroku se imaginó que los «Siéntate» que sufría Inuyasha actualmente se duplicarían o triplicarían si eso llegaba a ocurrir.

—¿Es que van a tener sexo? —preguntó Shippō, levantando la vista del dibujo.

Sango y Miroku pasaron a observarlo con aturdimiento. ¿Y él qué sabía de eso? Intercambiaron miradas preocupadas.


Ahí estaba. Frente a lo que debería enfrentar. Era el momento. Ese momento, en ese lugar.

Sí. Podía con eso.

Inspiró profundamente. Expiró con tranquilidad. El templo tenía un aura maligna… ah, capaz era su miedo.

—¡Orejas de perro!

Bufó.

—Hola, Sōta.

—¿Has venido a ver a Kagome?

—Hm —asintió.

Sōta sonrió abiertamente y le tomó del brazo.

—¡Mamá ha estado hablando de ti los últimos días!

—¿En serio?

—¡Y el abuelo!

Estaban corriendo hacia la casa. Inuyasha olfateó alrededor. Ciertamente Kagome se encontraba en el templo, posiblemente en su habitación. El abuelo le golpeó con un pescado en la cara y se disculpó con un grito cuando Sōta siguió conduciéndolo lejos. Estaba intentando concentrarse y buscar la fuerza para ir hacia Kagome.

—Oyeeee —exclamó, mientras entraba en la sala. Calló. Frenaron. Se sonrojó.

Fue inmediato.

Ni siquiera tuvo tiempo de reflexionar respecto a lo que ocurría. Sōta lo condujo directo al grano y comenzó a reír mientras Kagome se sonrojaba hasta la raíz del pelo e intentaba volver a acomodarse la falda. La señora Higurashi comenzó a reprenderla y obligarla a mantenerse quieta, así que la chica se vio forzada a taparse la cara con ambas manos y hacer de cuenta que estaba muerta. Capaz así se iría lentamente sin mirar atrás.

Len… ta… mente.

—Hola, Inuyasha —saludó, escondido el rostro entre sus manos blancas.

—Hola.

¿Qué mierda?

La señora Higurashi estaba aplicándole una crema a Kagome en… una nalga.

Sí. Una nalga.

—Kagome se hizo un tatuaje —rió Sōta más fuerte que antes. Inuyasha frunció el ceño y la sacerdotisa observó a su hermanito con mirada fulminante.

—¡Estaba borracha!

—¡Te hiciste un tatuaje en el trasero! —exclamó el pequeño, cada vez más divertido. Soltó otra carcajada, contagiando una sonrisa en el rostro de Inuyasha.

El hanyō observó a Kagome fijamente. La chica estaba roja como un tomate, con la pollera levantada y solo con las bragas que la cubría (de hecho, era la misma que la señora Higurashi le había puesto en las narices tiempo atrás). La mujer seguía aplicándole una crema.

Evitaba mirarla de la cintura para abajo.

Contrólate.

—¿Qué rayos es un tutuaje?

—Tatuaje —corrigió ella—. Es un dibujo sobre la piel.

Inuyasha notó, sin mucha dificultad, que ella se encontraba rara.

Kagome tenía ganas de golpear algo. Cada vez las cosas se ponían más extrañas. Estaba tan enfadada. No podía estar con Inuyasha sin que algo vergonzoso le ocurriera. Encima tenía un tatuaje en el culo.

La verdad es que había salido con sus amigas hacía dos noches… y no recordaba mucho más. Cuando se levantó al día siguiente, le dolía la cabeza y la nalga, y no tardó mucho en descubrir que se había tatuado algo en el trasero. Estuvo todo el día con resaca y con su madre poniéndole cremas y regañándola. Encima había llegado a su casa en una carreta.

Ni siquiera quería recordar el suceso y eso que se acordaba poco de él.

—Ya está —finalizó la señora Higurashi, acomodando la falda de Kagome con delicadeza.

La chica agradeció. Inuyasha se acercó unos pasos y obvió el ronroneo de Buyo, que pasó corriendo al lado de él. Debía ser fuerte y enfrentarse a Kagome (y no jugar con Buyo, no jugar con Buyo, no-jugar-con-Buyo).

—Oye, Kagome.

La chica lo había estado observando. Parecía aguantarse las ganas de algo (intuyó que se trataba de Buyo, por alguna razón). Sentía miedo de lo que podría ocurrir, en parte. Si Inuyasha se había tardado en aparecer (no apareció al segundo día, si no al tercer), seguramente se debía a dos cosas:

- miedo de encontrarse de nuevo con un fic de Kagome a medio escribir;

- quería hablar con ella.

El temido… tenemos que hablar. Hablar sobre fantasías, pornos, condones y cosas raras.

—¿Me sigues? —preguntó ella, sonriendo.

Si Inuyasha decía algo vergonzoso, que fuera en privado y no frente a su madre y Sōta. Aunque supuso que, si eso tenía que pasar, pasaría sin más. Seguro que tanto su madre como su hermano, e incluso su abuelo, se asomarían atrás de la puerta y escucharían a escondidas lo que le dijera. Pero qué más daba a esa altura. Había escrito una historia rating M sobre Inuyasha y ella, Inuyasha lo había leído y luego sabía que él tenía un condón por si alguna vez tenía ganas de tener sexo, todo a cargo de su madre. No, si las cosas estaban perfectamente entre ellos dos.

Tenía ganas de hacerse un buen facepalm.

El camino arriba fue torturantemente lento, aunque sea para Inuyasha. Era como una lenta comitiva hacia el final de sus días. Además iba detrás de Kagome. El lento movimiento de su falda, dejando al descubierto, en irregulares intervalos de tiempo, pequeñas porciones de su pierna… hacía que le dieran ganas de ver el dibujo en la nalga de Kagome, entre otras cosas.

Kagome borracha… ¿qué le pasó por la cabeza? Frunció el ceño pensando en qué más podría haber hecho la chica esa noche de descontrol.

Si se tatuó la nalga…

—De acuerdo —murmuró Kagome, girándose. Había entrado a la habitación intentando encontrar un ritmo de respiración adecuado y no empezar a hiperventilar. No se le ocurría cómo iba a explicar el hecho de que estaba tatuada y, con todo lo que había pasado, tampoco esperaba que la charla a continuación fuera «normal»—. ¿Qué ocurre?

Inuyasha apuntó la vista al suelo. Estaba condenadamente limpio, no se le ocurría en qué momento limpiaron la habitación, pero no era tema para abordar ahora. Tenía que ser fuerte. Él podía. Soólo aclarar las cosas y nada más.

No podía ser tan jodidamente difícil. Eran seres civilizados. En realidad, no, el era un hanyō, mejor irse a pelear lejos.

No, no, de acuerdo, él podía, cierto.

—Pues —comenzó. A ciencia cierta, no sabía qué rayos decir a continuación. ¿Qué era lo mejor? «Escucha, Kagome, creo que deberíamos hacer de cuenta que nunca leí tus deseos más ocultos respecto a mi». «Puedo satisfacerte lo suficiente para que nunca más vuelvas a escribir esas cosas». «Olvidemos que tu madre me dio un condón y solo hagámoslo»

No, no se decidía por ninguna. ¿Y ahora? Estaba frente a ella y sus mejillas estaban empezando a tomar color. Él ya estaba avergonzado desde que pisó su cocina y la vio con la falda levantada, ahora que estaba a punto de decirle que todo estaba «bien» entre ellos se sentía al borde de la muerte, sin razón aparente.

—¿Es por lo del condón? —soltó Kagome en un susurro apenas audible. La puerta de la habitación estaba abierta. El corazón de Inuyasha dio un vuelco. Si creyó que Kagome se lo haría más fácil… Cerró la puerta de una patada suave y volvió la vista a la chica.

«Oh, rayos, sí es por lo del condón.»

Nunca supo al final cómo sentirse, si fatídicamente mal porque Inuyasha leyó su fic o jodidamente bien porque al final él respondía a sus deseos. Pero qué más da. Deseos son deseos y no era lo que ella buscaba. No solo buscaba aferrarse a ese cuerpo escultural, también quería que la amara y eso estaba distante a pasar. Sobre todo, si Inuyasha al final tenía en cuenta que ella era un jodida loca.

—Más o menos —murmuró él, aturdido. No le sacaba la vista de encima, ni siquiera podía.

Habían pasado muchas cosas entre ellos. Y estaban raros, no podían mirarse y no pensar en lo ocurrido. Una y otra vez. O aunque sea, eso le ocurría a él. Pero conocía a Kagome lo suficiente como para saber que pasaba por lo mismo. Era inevitable, dentro de todo.

Kagome respiró hondo. Ya sentía todo ese calor subiéndole a la cara. Seh, sabía lo que venía. ¿Tenía miedo? No, solo ganas de tirarse de un acantilado. Otra vez. Pero se controlaría lo suficiente.

—Respecto… —Inuyasha titubeó. ¿Seguir? ¿Esquivar el tema? Ya estaban sobre la pista.— ¿Recuerdas esa vez…? Yo… leí esa… historia.

Kagome asintió una vez con un movimiento de cabeza. Si tenía suerte, para cuando Inuyasha terminara con su autoestima y dignidad, se desmayaría como la última vez y haría de cuenta que fue todo un sueño.

No era una mala idea del todo.

—Sí.

El murmullo estuvo acompañado de un sonrojo horroroso.

—Yo… —Inuyasha inspiró, dándose valor.— Quería que sepas que está bien.

Kagome lo miró entrecerrando los ojos un momento.

—¿Qué está bien?

¿Qué escriba porno? ¿Qué escriba sobre nosotros? ¿Qué escriba una porno entre nosotros?

Que sea en vivo…

—Hm. —Enfocó su vista en el piso.— Eso. No me importa.

Kagome lo observó un momento, interrogante.

—Puedes escribir lo que desees —siguió, sin sacar la vista del lugar—, aunque me incluya.

Kagome deseó, de nuevo, que el piso se abriera a la mitad y se la tragara.

¿Qué respondería a eso? «De hecho, lo estoy haciendo.»

—De todos modos, creo que abandonaré eso de las historias.

«Sobre todo porque tengo miedo de caer en Los malos originales y sus autores.» *

Inuyasha levantó la vista del suelo. La miró a los ojos e intentó sonreír.

—¿Entonces…?

—Olvidémoslo —propuso ella. El corazón iba a un ritmo acelerado por demás—. Olvidemos también lo del condón.

—Seh, eso también —respondió él.

El ambiente se relajó.

Se sonrieron, a pesar de que las mejillas de ambos seguían sonrojadas. Kagome pasó a mirarse los pies descalzos, sus medias a rayas. Inuyasha no se sacó la vista de encima. Sí, olvidémoslo todo.

Eso no es posible.

Todavía imaginaba a Kagome predispuesta a estar con él tan fácilmente y su corazón se aceleraba con rapidez. Y, aunque le resultaba por demás irreal que en su historia él hablaba y se acercara a ella de esa manera, se permitió imaginarse así. Solo un momento. Mínimo, porque no se creía capaz de sacarse la ropa de un tirón y acercarse a Kagome. Lo podría intentar, pero posiblemente la chica lo tirara de cara al suelo.

Se preguntaba si al final había… ya saben, si ella había escrito de ellos dos teniendo… sexo.

El sexo. Ese era el problema de todo. Kagome se sentía morir cada vez que pensaba en lo que ella esperaba… es decir… Ya, su mente se hizo un lío. Apenas podía creer que se había animado a escribir toda su historia (con pequeñísimas modificaciones) y que encima Inuyasha haya leído justo la parte de una modificación especialmente… falsa.

¡Y mucho peor cuando recordaba todas las consecuencias de eso! En gran parte, era culpa de ella. Pero su madre… su madre siempre estaba metida en eso. A lo mejor, las cosas solo hubieran quedado en una tonta anécdota y no en estar hablando de condones.

Lo que nos lleva de nuevo al sexo. Si ella no tuviera tantas hormonas y no conviviera diariamente con semejante semental (y ni hablar de algunos de sus aliados y también enemigos, que no eran especialmente feos), ella no tendría esos problemas. No pensaría en sexo, no tendría fantasías. No escribiría esas idioteces y las publicaría en internet para que todos se imaginen lo fracasada que es. Por supuesto que no.

Pero las cosas no eran así. Ella tenía muchas hormonas, estaba terriblemente enamorada de Inuyasha (que encima estaba bien bueno) y pensar en sexo era inevitable.

A lo mejor ser asexual te salvaba de todas esas cosas. No sufriría tanto en ese momento.

Maldito sexo.

Seh, el jodido sexo era el peor enemigo. Es decir, no es que él supiera mucho de eso, el experto entre ellos era Miroku. Él… de hecho, era virgen. Bleh, la mitad de los que estaban en esa casa lo eran, tampoco tanto problema. Pero aceptaba que tenía cierta curiosidad. Sobre todo, después de tanto lío entre ellos.

—¿Y cómo es que te hiciste ese tutuaje?

—Olvidemos eso también.

Inuyasha sonrió, mostrando uno de sus colmillos.

—Kagome —comenzó—, dime.

La chica frunció el ceño, entre nerviosa y avergonzada.

—No —soltó. La mirada de Inuyasha estaba comenzando a ponerla muy nerviosa. Muy.

—Vamos, Kagome. —La voz de Inuyasha se acercaba cada vez más a un gruñido. Tenía el ceño fruncido y la mirada ámbar clavada en la suya. Se acercó un paso.— Dado que terminaste bebida y haciendo lo que fuera…

—¿Disculpa? —soltó. Increíble que Inuyasha estuviera hablándole en ese tono—. ¿Qué quieres decir?

—Kagome, si te dibujaste algo en el… trasero —respondió, sonrojándose—, me gustaría saber qué.

Kagome comenzó a tartamudear. ¿Qué le diría? ¿Por qué respondería a eso en primer lugar?

—En realidad, no te interesa —murmuró, alejándose un paso—. Es mi trasero.

Inuyasha tenía dos o tres objeciones a esa afirmación.

—Feh —rumió—. Vamos, Kagome.

Las cosas de pronto estaban mal. Kagome tenía ganas de que alguien parara esa situación. ¿Por qué quería ver su jodido tatuaje?

—¿Qué crees que tengo?

—¡Es solo curiosidad!

—¡Aléjate, Inuyasha!

—¡Solo dime!

—¡Es un jodido perro, ¿de acuerdo?!

Silencio absoluto. De hecho, ni hasta los pájaros piaban.

—¿Por qué te dibujaste un perro en el trasero?

¿Por qué me recuerda mucho a ti y es muy tierno verte cuando me veo el jodido trasero?

—Estaba borracha, Inuyasha —rezongó—. Ni siquiera recuerdo cuando me lo hicieron.

¡Ay, qué bien! ¡Ay, qué perfecto! ¡Era una jodida loca! Si ni siquiera recordaba cuándo se lo hicieron, mucho menos dónde, porqué y con quién estuvo. ¡Y vaya uno a saber quién fue el necio que le puso las manos en el trasero para dibujar al estúpido perro!

—¡Eso es perfecto! ¿Qué mierda pasaba por tu cabeza?

Kagome parpadeó.

—¡Nada! ¡Estaba borracha! ¿Qué parte no entiendes?

—Feh —bramó de nuevo, cruzándose de brazos—. Y ahora alguien te tocó el trasero.

¿Qué crees?...

Ya estaba enfurruñado. Tenía ganas de romper algo.

Kagome estaba casi igual. No entendía cómo Inuyasha de pronto estaba tan molesto. ¿Cómo iba a ella controlarse si en primer lugar estaba borracha, léase, no tenía total dominio de sí misma? Pues de ningún modo, eso exactamente. ¡Arg! ¿Por qué le pasaba esto?

Otra vez llegaban a su mente un torrente de maldiciones y muchas ganas de que pasara algo sobrenatural que distrajera sus vistas y sus mentes de su maldito tatuaje, y no, Naraku ni nadie se atrevía a aparecer y hacer de las suyas. Ella tenía que soportar ese martirio otra vez, ¡oh, por qué-!...

Silencio. Incomodidad.

¿Q-qué pasa?

Inuyasha… Inuyasha le estaba tocando… una nalga.

Inuyasha-tocando-nalga-suya.

Inuyasha-Nalga.

¡Inuyasha!

—¡Inuyasha!

—¡YA! ¡Seguro no le gritaste nada al que te dibujó el trasero!

¡KAMI SAMA!

¿Por qué rayos no me desmayo ahora?

¿Por qué siempre le pasaban esas cosas a ella?

Inuyasha estaba colorado, pero por algún motivo no sentía tanta vergüenza como cabría esperar. Además de que tuvo el valor suficiente para posar su mano en la nalga no dibujada de su amada. Eso era como un paso previo al temido sexo según las mañas de Miroku.

Oh, no, ya se estaba transformando.

Esperen… ese no era el modo indicado de aclarar las cosas.

—¿Podrías quitar tu mano?

¿Dónde había quedado todo eso de «olvidemos lo que pasó y volvamos a tener un ambiente agradable»? Ahora cada vez que lo tuviera cerca recordaría que le tocó el trasero, algo similar a lo que pasaba con Miroku, aunque en él eso era algo normal. En cambio, que Inuyasha le tocara el trasero…

Oh, se le estaban pegando las mañas.

Inuyasha finalmente reaccionó. Le estaba tocando las curvas a Kagome y no le importaba en lo más mínimo. De hecho, lo disfrutaba. De hecho, seguiría más allá si Kagome prometía no hacerle comer el piso. De hecho…

¿Por qué Kagome se había dibujado un perro en el trasero, en serio?

Su mano subió lentamente hasta la cintura y la miró con fogosidad. ¿Y por qué hacía eso? A lo mejor ya había perdido la chaveta. Pero era todo un análisis psicológico. Sentía ganas de besarla como nunca lo había hecho (ah, sí, cierto, ¡nunca la había besado!). Sentía ganas de apretarla contra él y decirle que la quería.

Pero era Inuyasha y era casi un suicidio para él.

Kagome estaba que se la llevaban todos los demonios. Es decir, sentía eso, como si una infinidad de demonios la agarraran de las patas y la tiraran hacia el averno mismo. Ni siquiera podía creer lo que estaba pasando. Inuyasha la estaba mirando de tal manera… sus ojos se perdían en esos mares de oro fundido… Ya hasta estaba hablando como en su fic, joder.

Primer acto, escribe una historia sobre ellos.

Segundo acto, Inuyasha le propone tener relaciones y ella se desmaya.

Tercer acto, se tatúa el trasero con un perro.

¿Cómo se llama la obra? «Oh, Kami sama, estoy tan ansiosa por tenerte dentro».

Estaba tan jodida de la cabeza.

—Inu… yasha… ¿Qu-qué haces?

A decir verdad, no estaba del todo seguro, nomás tenía su mano en la cintura de Kagome. Hizo fuerza y acercó el pequeño cuerpo al suyo. Kagome resopló. Estaba asustada, lo olía, pero aún así… El corazón de ella latía rápido; el de él también.

Joder… ¿estaba por hacer eso que pensaba que estaba por hacer? ¿Y por qué no? Si estaba claro que Kagome lo deseaba… ¿estaba tan mal besarla? Ni siquiera entendía de dónde sacaba el valor. Sentía sus mejillas arder, pero, ¡diablos!

Acercó el rostro. Kagome no hizo movimiento alguno, ni se resistió de ningún modo. Ya no había maldiciones, comentarios o preguntas de ningún tipo. Sus pensamientos eran todo:

«¡Afsasdajfasd! ¡Va a besarme! ¡Va a besarme! ¡Kami-sama! Después debes darme respiración boca a boca, por favor.»

Y él estaba con la mente así:

«…»

Sí, tenía la mente en blanco. Nomás veía el rostro de Kagome, sus ojos chocolate refulgiendo y la boca rosada esperando a ser besada. Y lo iba a ser, santo cielo, estaba a punto de besarla.

Las narices chocaron y lo mismo con el aliento cálido en cada rostro. Estaba tan jodidamente ansioso que sentía ganas de correr por todo el lugar. Su corazón estaba acelerado y aquello parecía más peligroso que enfrentarse a Naraku. Se sentía tan expuesto, pero tenía seguridad, pues no por nada Kagome había hecho todo lo que había hecho.

Kagome seguía sintiéndose una bola de nervios.

«Que me beses de una jodida vez.»

Sentía que el corazón le iba a estallar; eso o que lo iba a escupir y se iría corriendo de ahí.

—Ya bésame.

—De acuerdo.

Y la besó.

Terminó de acercar los rostros y posó su boca en la de ella. Fue como si un rayo lo partiera al medio, como si una corriente eléctrica lo atravesara. Y nunca sintió tantas ganas de seguir sin respirar. Movió un poco los labios sobre los de ella y pronto se encontró con su lengua en la boca de Kagome, peleando contra la de ella. Y era tan placentero todo que estaba perdiendo la noción del tiempo. Y del espacio.

Kagome pensaba que estaba flotando. La mano de Inuyasha subió un poco más, acariciando las puntas de su cabello, mientras la otra se acomodaba en su mejilla. Kami-sama, realmente era un dios en eso de besar. Aquello era mejor que escribirlo, como unas cincuenta veces mejor.

Santo cielo, ¡tenía que escribir eso!

La puerta se abrió y el desarrollado oído de él captó el movimiento. Se separó con cautela de la boca de Kagome y medio le sonrió cuando observó hacia la puerta. La madre de Kagome (y detrás de ella, el abuelo y Sōta), lo observaba.

—Lo siento, chicos —dijo la mujer, sonrojada. Kagome sintió que algo pesado se le caía en el estómago. Una mano de Inuyasha la envolvía y la otra le sostenía la mejilla con delicadeza. Inuyasha no se tensó a pesar de las múltiples ganas de suicidarse/matarla que sentía. La señora Higurashi miró de reojo hacia atrás y bajó la voz a un murmullo ininteligible—. El abuelo quiere un nieto, pero déjenlo para más adelante.

Sonrió y cerró la puerta, desapareciendo detrás. Inuyasha escuchó su voz echando al abuelo y a Sōta y luego los variados pasos escaleras abajo. Volvió la vista a Kagome, sin cambiar la posición. Ella lo veía con las mejillas coloradas y con curiosidad.

—¿Qué dijo?

Inuyasha masculló una maldición.

—Que usemos condón.

«Aunque tu abuelo está diciendo que le gustaría tener un nieto de una buena vez.»

Kagome formó una «o» con la boca. Inuyasha sacó su mano de la mejilla de ella y la observó con pesar. De repente se sentía culpable y en el lugar equivocado.

—¿Lo siento? —soltó, alejándose un paso de ella. Miró hacia un costado otra vez, con las mejillas del color de su haori.

Sentía que todo estaba mal y se encontraba más avergonzado de haberla besado (y ser descubierto) que de tener sueños húmedos con ella… por alguna razón.

—No.

La respuesta de Kagome lo sacó de su ensimismamiento y volvió la vista a ella.

—Me gusta así.

Inuyasha encontró las fuerzas para sonreírle; sus colmillos se asomaron. Suponía que ahora las cosas sí quedaban claras.

—¿Somos como…?

—¿Pareja? Creo.

Kagome sonrió y se acercó a él.

La puerta volvió a abrirse.

—¡Lo siento de nuevo! —soltó la madre de Kagome. La chica tenía ganas de matarla—. Toma. —Se acercó a Inuyasha y le dejó un paquete en la mano.— Úsalo como te expliqué. —Inuyasha se sonrojó violentamente y enfocó la mirada en Kagome, que tenía la boca abierta y estaba pensando cuánto tiempo tardarían en llamar a la ambulancia si se tiraba por la ventana. La mujer pasó a sonreír con dulzura—. ¡Los espero abajo para la cena!

FIN


Nota de la autora:

¿Repetitivo? SÍ. ¿Estúpido? SÍ. ¿La mamá de Kagome es la mala de la historia? ESO PARECE.

Gracias por leer, gracias por sus reviews. Me hace sentir MUY feliz que se rían con este fic. En serio. Me da cosita -?-.

Yo sé que no es bueno, pero alguien lo recomendó en el foro Los Buenos Fics y Sus Autores... y lo agregaron a su lista. Casi me muero de un puto paro. EN SERIO.

GRACIAS. Los amo,

Mor.