Actualización Agosto 2020: Nada de cambios importantes, sólo unas correcciones ortográficas. Mil gracias por todos sus comentarios!
Disclaimer: Los personajes de esta historia no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi.
El cielo comenzaba a adquirir poco a poco colores que iban del rosado a un naranja oscuro mientras el sol se despedía con lentitud en el oeste. InuYasha ya había vivido bastantes inviernos como para notar como el astro rey se escondía más temprano a diferencia de los calurosos días de verano.
Bastantes inviernos, se repitió en su cabeza mientras cortaba en trozos unos cuantos leños de madera seca con ayuda de una hacha que manejaba con total facilidad. Bastantes y aun así jamás había sentido un frío que le calara tanto en los huesos como ese año en particular. Eso no era un buen augurio, de ninguna manera lo era...
—¿Cuánto tiempo llevas cortando leños, InuYasha? —le preguntó una voz muy conocida por él, a sus espaldas. Ya había sentido el aroma del monje desde antes que se acercara lo suficiente pero había decidido no tomarle más de la importancia necesaria—. ¿Acaso piensas repartir por toda la aldea?
—Pronto comenzará a nevar —respondió el hanyou sin tomarse la molestia de mirar a su amigo, continuando con su labor como si nada—. Pronto será difícil encontrar leña seca, mejor estar prevenidos. Te he enviado unos cuantos leños con tu hijo.
—Lo sé, él me dijo que te encontrabas aquí —respondió Miroku con tranquilidad—. También me dijo que parece que pretendes derribar todos los árboles del bosque antes de que comiencen las nieves.
El medio demonio refunfuñó mostrando poco interés en lo que el hijo del monje pensara sobre lo que él hacía o no, colocó con desdén otro trozo de madera frente a él y lo partió por la mitad con un movimiento brusco de su hacha.
—Deberías volver a tu casa antes de que Kagome-sama comience a preguntar por ti, si no es que ya lo hace —refutó Miroku dejando pasar el aparente mal humor en el que estaba su amigo.
—Le he pedido a Shippo que cuide de ella, estará bien —respondió con mucho más amabilidad al mismo tiempo que cortaba un nuevo leño, el monje pudo notar como su amigo reaccionaba con más atención ante el tema de su mujer.
—Dime, InuYasha, ¿qué es lo que te preocupa de este invierno? —InuYasha no respondió de inmediato, alzó su mirada hacia el cielo pigmentado de naranja mientras el día moría para después dirigir su vista hacia su amigo de tantos años.
Lo que sus ojos pudieron percibir, tristemente, no mostraban gran diferencia con el día que se apagaba.
Observó al monje por un momento que le pareció eterno, el cabello que alguna vez fue castaño oscuro ya mostraba varias canas que amenazaban con avanzar mientras los ojos azules lucían cansados y ojerosos, con suaves arrugas a su alrededor. El hanyou se relajó un poco cuando el monje le sonrió con honestidad, dejó caer el hacha a su costado y se sentó en el suelo, bufando con fastidio.
Mierda...
Los años pasaban más rápidos para los humanos, eso InuYasha ya lo sabía, pero mirar a sus amigos, sus hijos, a su propia esposa, pasar por esa carga más y más pesada lo hacía recordar día con día lo mucho que odiaba la fragilidad humana y, al mismo tiempo, lo mucho que la envidiaba.
—El invierno es lo que menos me importa —admitió, luego del eterno silencio—. Pero si se apresura a terminar, lo voy a agradecer muchísimo.
Miroku se encogió de hombros y se sentó a un lado de su viejo amigo, dirigió su mirada hacia el horizonte, donde el Sol mostraba sus últimos rayos amarillos. Las primeras estrellas comenzaban a asomarse temerosas.
—Terminará —le aseguró Miroku sin alzar su tono de voz ni apartar su mirada del horizonte—. Tarde o temprano, pero terminará.
InuYasha tuvo que contenerse para no preguntar si se refería al invierno, al día que moría, o a algo más. Quizá la respuesta no iba a gustarle tanto.
—¿Cómo puedes? —Por fin atinó a preguntar el semi-demonio—. ¿Cómo puedes soportar el envejecer con tremenda tranquilidad? No sólo tú, también Kagome, Sango...
—Tú también te estás poniendo viejo, InuYasha pero no a nuestro mismo paso. Algún día también tendrás que lidiar con las arrugas en la cara —bromeó Miroku dignándose a mirarlo—. Pero si de verdad te interesa una respuesta, bueno después de todo lo que vivimos es realmente gratificante saber que llegamos a viejos. Yo mismo no creí vivir tanto.
InuYasha supuso que su amigo tenía razón, después de encontrarse tantas veces cara a cara con la muerte cuando fueron jóvenes, una vejez tranquila y una muerte aún más tranquila era lo mínimo que se merecían.
—¿Creíste sobrevivirle a Sango? —preguntó sintiendo su pecho hundirse, dirigió su mirada a sus pies con pesadumbre. La idea de la partida de su querida amiga todavía le dolía, sabía que era obvio que a su compañero le dolía aún más.
—¿La verdad? No, ni siquiera me molesté en imaginarlo —sonrió con nostalgia dirigiendo su mirada al cielo ya notablemente más oscuro con cada vez más estrellas—. Siempre le dije que la vida de viuda le iba a sentar bastante bien. Cosa que no opino de mí mismo porque me va terrible, ella debió pensar lo mismo.
InuYasha observó de nueva cuenta al viejo monje, la paz que reflejaban sus ojos cuando hablaba de su esposa era envidiable, era como si su mirada se tornara joven de nuevo, lleno de admiración por aquella mujer. Casi podía sentir que ella estaba todavía ahí.
—Sí, seguro quería asegurarse que no volvieras a tus mañas libidinosas —bromeó InuYasha mucho más relajado. Miroku soltó una honesta carcajada.
—Que no te quede duda de eso, InuYasha, que no te quede duda...
-o-
El cantar de los insectos nocturnos le acompañaba mientras atravesaba el espeso bosque con la luz de la luna y su olfato como únicos guías, el peso de los leños en su espalda no era ningún problema, tampoco lo era el saco de tela que sujetaba con su mano derecha lleno de verduras los aldeanos le habían intercambiado por un poco de la madera para calentar sus hogares. Pero por alguna razón sentía cada paso de sus pies como si arrastrase con él la mitad de una montaña.
Se detuvo un momento y cerró los ojos, pensativo respiró profundamente. El olor del bosque siempre lo relajaba, la tierra húmeda, sus diferentes árboles, frutas y plantas desprendían aromas que lo llenaban de tranquilidad; entonces percibió en el ambiente los aromas que desprendía su hogar: madera, un estofado caliente, un futón cómodo, su muy amada esposa.
—Kagome —dijo para sí mismo en casi un suspiro, suficiente para darle fuerzas y continuar. Abrió los ojos con decisión, sujetó con firmeza los sacos que leña y comida que cargaba, y se convenció de seguir caminando.
Podía escuchar la hierba húmeda ceder ante sus pisadas mientras se acercaba a paso lento hasta su cabaña que era la más alejada de la aldea, ubicada en el mismo claro que el árbol sagrado donde, luego de varios siglos, se levantaría la casa donde Kagome creciera. Así lo había querido ella y él estaba dispuesto a darle ese gusto, porque quería verla feliz.
Caminó hasta colocarse frente del enorme árbol y lo contempló, seguía igual de imponente que hace muchos años atrás, y sabía perfectamente que luciría exactamente igual quinientos años en el futuro. De pronto se encontró a sí mismo mirando con profundo desprecio a aquel árbol, podían pasar los siglos y lucía igual. Sin canas, sin arrugas, sin miedo a la muerte...
—Kagome se ha preocupado por ti, perro tonto —escuchó la voz de Shippo burlándose de él a sus espaldas, InuYasha no se molestó en mirarlo.
—¿Ha necesitado algo mientras no estuve? —preguntó sin apartar su mirada del árbol.
—La verdad es que no —admitió el zorro, InuYasha se giró a mirarlo al momento que este dibujaba una mueca en su adolescente rostro, ya era muchísimo mas alto que cuando lo conoció—. Pero no ha querido levantarse mucho de la cama, me ha pedido que le ayude con la cena. Tampoco ha querido hablar demasiado pero sé que esconde algo para no preocupar a los demás, la conozco.
—Hablaré con ella —le aseguró sin explicarle nada más, Shippo se encogió de hombros y exhaló un suspiro.
—Entonces será mejor que me vaya, nos vemos mañana, InuYasha —se despidió el zorro demonio, con una fugaz sonrisa, y se marchó caminando entre la espesura del bosque.
InuYasha lo vio hasta donde su vista le permitió seguir ¿Cuándo había sido que aquel enano había crecido tanto?, maldita sea.
Cruzó la cortina de palma seca que cubría la entrada y caminó en completo silencio por la habitación, el fuego crispaba en el centro de ésta con energía mientras calentaba una olla llena de estofado de verduras, entonces recordó el hambre que tenía.
Caminó hasta una esquina de la habitación y dejó caer los costales que cargaban sin ninguna delicadeza, lo que consiguió fue un ruido sordo contra la madera del suelo que le hizo apretar con fuerza la mandíbula.
Soy un idiota...
—¿InuYasha? —le nombró una voz desde la habitación principal, el hanyou respiró profundo y exhaló con pesadez, era un puto genio—, ¿InuYasha, eres tú?
—Soy yo —contestó para no alarmarla más—. No te levantes, ya voy para allá.
Exhaló otro suspiro, acomodó ambos costales con muchísimo más cuidado sobre el suelo y caminó hasta la habitación principal, donde la tenue luz de una lámpara de aceite iluminaba lo más que podía.
Se detuvo en el umbral cuando vio a su mujer sentada en el futón que compartían con su espalda contra la pared, sus manos en el regazo y los ojos cerrados. La contempló por un instante que deseó que fuese eterno, a pesar de los años le seguía pareciendo una mujer hermosa, aún cuando su rostro marcaba unas cuantas arrugas que su vanidosa esposa no pudo vencer con las miles hierbas y efusiones "anti-edad" que había leído alguna vez en su época en esos extraños pergaminos que, según recordaba vagamente, ella llamó "revistas".
Su largo cabello permanecía completamente azabache aún cuando una que otra hebra platinada que se escapaba vencedora, recordándole que la edad no podía ser disimulada para siempre.
—A veces pasas mucho tiempo hundido en tus pensamientos, InuYasha —se mofó Kagome sin molestarse en abrir los ojos, dibujando una sonrisa en su rostro.
—Shippo me ha dicho que no has querido levantarte mucho de la cama, ¿acaso necesitas algo? —pregunto sin moverse del umbral, su esposa abrió los ojos y le sonrió.
—Ahora, un poco de agua me vendría bien —respondió alegremente.
InuYasha frunció el ceño, odiaba cuando Kagome se ponía en el plan de burlarse de él, pero decidió obedecer la petición que le hacía. Atravesó la habitación hasta llegar al barril lleno de agua fresca que permanecía allí, sirvió un buen cuenco y caminó hasta ella.
—Sabes bien que no me refiero a esto —susurró al mismo tiempo que se arrodilló frente a ella para acercarle el cuenco con agua, Kagome lo tomó con ambas manos, reconociendo el recipiente con sus dedos y bebió con un quieto sorbo—, Shippo cree que nos ocultas algo, y honestamente yo también lo creo.
—Es muy difícil engañarlos a ustedes ¿no es así? —contestó con una pequeña risa, InuYasha endureció su mirada.
—Tarde o temprano lo averiguaré —sentenció sin apartar su mirada de la de ella.
—¿Lo harás? —se burló de nuevo dándole otro tranquilo sorbo a su cuenco con agua.
—Eres mi esposa, Kagome, siempre descubriré todo sobre ti —declaró con firmeza, ella borró la sonrisa de su rostro dejando al descubierto por fin su consternación.
Miró directamente sus ojos, eran lo único que no envejecían de ella, pero ahora estaban presentando muchas dificultades para ver, temía que su esposa se quedara completamente ciega algún día.
Sintió de pronto ese mismo miedo en ella, pues ahora ya no le miraba divertida nurlándose de él, en sus ojos se reflejaba una desesperación y un incontenible miedo a que la luz se apagara de repente.
Escuchó cuando el cuenco cayó de las manos de su esposa directo hacia el suelo mojando las sábanas y el suelo
—¡¿Kagome?! —preguntó alterado, impulsivamente tomó impulso para levantarse pero sintió las manos de la sacerdotisa colocándose en su rostro, como si tuviese miedo de que se fuera para siempre.
—No, por favor —suplicó, con la voz entrecortada. InuYasha podía sentir los delgados dedos de Kagome temblar sobre sus mejillas.
—¿Qué demonios está pasando, Kagome? —exigió saber, ella no respondió, sólo permanecía mirándolo sosteniendo las lágrimas— ¡Dime!
—Está pasando, InuYasha —por fin atinó a decir con dolor—, me estoy quedando ciega.
Él quedó sin habla por un instante, sin saber qué hacer.
Quería defenderla de todos los males, incluso de ese, pero no tenía idea de cómo.
Sujetó las manos de Kagome que permanecían sobre sus mejillas, las apretó con miedo. Tenía que hacer algo, no podía dejar que el mundo de Kagome se tornara oscuro, ella viviría con miedo, un miedo que él no iba a ser capaz de vencer aún si lo intentara toda su vida.
—Tenemos que ir a tu época, tenemos que lograrlo. Ahí pueden curarte —escuchó su propia voz entrecortarse por la desesperación.
—Ya lo hemos intentado antes, el pozo ya no funciona —el tono de su voz estaba lleno de pesar, se escuchaba tan conformada con su destino que la sangre de InuYasha hirvió aún más.
—¡Funcionará! —le gritó sin apartar su mirada de la de ella—. ¡Va a funcionar, te lo juro!
—InuYasha...
—¡No deseo otra cosa que salvarte, el pozo escuchará mi deseo, lo hará! ¡Iré a buscar otra puta perla si necesito hacerlo!
—¡InuYasha! —el llamado de Kagome lo hizo volver a la realidad, ella intentó apartar sus manos del rostro del hanyou pero él no se lo permitió, la sujetaba con tanta fuerza que temía lastimarla—. No quiero que hagas nada de eso.
—Pero, Kagome...
—No le tengo miedo a la oscuridad, te lo juro —susurró ella apretando con fuerza los ojos para controlar sus lágrimas, mas los abrió de inmediato, recordando que debía aprovechar cada momento que pudiese ver—. A lo único que le tengo miedo es a no ver tus ojos ámbar nunca más.
Se juró que no apartaría la mirada de ella, dejaría que Kagome le viera a los ojos cuanto ella deseara.
Soltó sus manos de las de ella y las llevó hasta su rostro para que pudieran quedar cara a cara, juntó su frente con la suya, la escuchó exhalar un suspiro de derrota y comenzó a llorar sin permitirse cerrar los ojos, él le limpió con cuidado las lágrimas, le dolía tanto verla así. Se sentó a su lado y la abrazó contra su pecho, ella se aferró con fuerza a él, sin parar de llorar.
—Ya no llores, Kagome —le pidió en un hilo de voz—, por favor, no tengas miedo.
—Me volveré más carga para ti de lo que soy ahora.
—No digas eso. No voy a dejarte sola.
—Soy yo quien tiene miedo de dejarte solo —él no contestó, se limitó a abrazarla con más fuerza. La necesitaba más que nada, trataba de encontrar una respuesta para el pase de los años pero nunca la encontraba—. Perdóname, te amo.
—También te amo —contestó él en su oído, ella se aferró con fuerza a su ropa—. Ya no pienses en esas cosas.
—¿Me extrañarás cuando ya no esté, InuYasha?
—Sólo hasta que pasen 500 años y corra a buscarte.
—Tonto, no harás eso...
InuYasha por fin se sentía tranquilo de nuevo, sonrió victorioso por haberse burlado de ella. Recostó su espalda contra la pared y suspiró. Ella no dejó de abrazarlo con fuerza.
—Entonces no hagas preguntas de las que no quieras escuchar la respuesta, niña tonta.
—¿Te quedarás conmigo? —preguntó luego de un largo silencio.
—Siempre.
—¿Me amarás siempre?
—Cada día de mi vida.
—¿Incondicionalmente?
—Incondicionalmente, aún si tu ocaso termina antes que el mío, incondicionalmente.
FIN
N/A: Este pequeño fic llegó a mi cabeza mientras intentaba dormir. Así que estuve alrededor de una semana bocetando e ideando como quedaría hasta que por fin puedo darlo por terminarlo.
Gracias por tomarse la molestia de leer mi escrito.
