Ok. Aquí vamos nuevamente!
Capítulo 3: Lazos
-Mademoidelle Durand ¿Qué... Qué es eso?
-Esto es mi teléfono celular, Erik
El silencio volvió a reinar.
¿Qué acabo de decir?
-Usted... ¿Cómo conoce mi nombre? ¡Responda!
Ahora sí que estoy en un gran problema.
-En ese caso, sería mejor sentarnos en algún sitio. Va a ser una historia muy larga, créame
Erik me guió a través del salón hasta una mesa de comedor, donde nos sentamos frente a frente en las únicas dos sillas que habían. Pasamos unos cuantos minutos sin decir una palabra.
-Monsieur, me atrevo a decir que lo conozco desde hace años. Usted es prácticamente una leyenda en mis días
-¿Cómo supo mi historia?
-Un escritor francés llamado Gastón Leroux publicó un libro en 1976. Aquel libro contiene su historia, Monsieur, la historia de como un genio de la música se enamoró perdidamente de... de Christine Daaé
Oh, Christine. Hasta a mi me dolía pronunciar su nombre.
-¿Por qué no huye?
-¿Qué dijo?
-Usted conoce mi vida ¿O no? Conoce los horrores que he cometido, cosas terribles que van más allá de la imaginación de un escritor
Erik había cesado de mirarme. Sus ojos estaban cerrados, y noté como sus hombros temblaban.
Oh, Erik...
-Pero también conozco sus horrores, sus desgracias. No puedo juzgarle ni culparle, ni menos temerle.
-No lo entiende. Mademoiselle Durand, he matado gente en el pasado ¡Asesinado!
Erik temblaba con más fuerza. En ese momento entendí lo que generaba el pánico en sus palabras.
Sus recuerdos.
Me paré y me puse frente a él, mis manos en sus hombros, y lo obligué a mirarme a la cara. Sus orbes, antes incendiadas por la creciente curiosidad, estaban ocultas bajo la espesa sombra del temor.
-Erik, escúchame por favor-comencé con palabras suaves, incapaz de tratarle de usted por más tiempo- Nada de lo que hay en tu pasado me asusta. Sé que cometiste crímenes, pero no puedo condenarte por lo que hiciste. Estabas desesperado, con hambre de reconocimiento, de normalidad. Estabas obligado, no tenías otra opción. Tu vida pasó entre golpizas y humillaciones, y tú... tú no lo merecías, Erik. Un hombre con tantas cualidades, con tantos talentos no puede estar oculto en las sombras. La sociedad te ha mostrado la peor cara, y solo te has defendido, pero estoy segura que bajo la figura del fantasma se esconde un hombre noble, un alma hermosa
-Mademoiselle... no entiende - su voz sonaba conmocionada. Esta era quizás su primera muestra de afecto - Yo no soy hermoso en ningún sentido. Lo único que soy es una bestia. Soy un monstruo, Mademoiselle Durand. Un monstruo
-Elise- Sonreí
-¿Cómo?
-Solo dime Elise
-Elise... -mi nombre sonaba tan delicado, tan especial en su voz - yo...
-Erik, te lo repetiré hasta el cansancio. No eres un monstruo
-Pero Mademoiselle Elise, mi ca-
-No me importa tu cara. La deformidad que tienes no quiere decir que seas un monstruo. Tú has conocido a un sinfín de monstruos, pero tú no eres uno, Erik. Tú no lo eres
Y en ese momento dejó de temblar. En su lugar, un llanto silencioso rompió sus fortalezas.
-Perdón por todo esto - su voz quebrada era apenas un susurro - yo... yo tiendo a arruinar las cosas
-Erik, no digas eso
Mi mano, antes apoyada en sus anchos hombros, se desplazó hasta su cabeza, pasando por sus cabellos cariñosamente. Erik suspiró y no se resistió a mi toque. Al contrario, solo inclinó su cabeza como un animal herido, buscando la comprensión que nunca había recibido.
Pasamos unos minutos así, en un silencio cómodo. Finalmente Erik dejó de llorar, parándose de la silla con una reconstruida seguridad ¿Cómo podía cambiar tanto en cosa de minutos?
-Lo siento mucho. Esta situación es extraña
-¿Estás mejor?
-sí, con plena seguridad - Su voz había retomado su humor. Cualquiera diría que había un interruptor emocional oculto en algún lugar de su persona - ¿Puedo ayudarle en algo?
-Creo que necesitaré mucha ayuda, Erik. Soy una extranjera: No tengo trabajo, ni dinero, ni casa en donde dormir...
-Mademoiselle, no diga eso
-Pero Erik, no tengo donde ir
-Puede quedarse aquí mismo si así lo desea
Bueno, la alternativa era inmejorable. O puedo vivir en las calles, o puedo quedarme aquí, en las sombras, escuchando divinos conciertos gratuitos para órgano.
-¿Qué pide a cambio?
Erik parecía absorto en sus pensamientos. Demoró un tiempo en responder, pero esta vez el silencio no fue incomodo.
-Lo único que le pediré, Mademoiselle Elise, es su absoluta discreción –declaró con su voz aterciopelada – La información que posee es muy delicada. Si llego a saber que fue expuesta, usted sufrirá graves consecuencias
Sabía de primera fuente las consecuencias de las que hablaba. Simplemente extendí mi mano con una sonrisa en mi rostro y cerramos el trato. Erik seguía con su rostro dubitativo. Entiendo su desconcierto; No todos los días te responden una amenaza con una sonrisa.
Luego de eso, Erik se desplazó silenciosamente hacia el salón. Cuando regresé, noté que llevaba puesta nuevamente la capa y el sombrero.
-¿A dónde va, Monsieur?
-Tengo un contacto que puede serle de ayuda, mademoiselle Elise. Solo hablaré con ella. Espere aquí, por favor.
Y entonces se subió al bote, y desapareció en las sombras del lago.
En la soledad de la guarida del fantasma, yo aún sostenía mi sonrisa. En lo profundo sabía quién era aquella persona.
