Una semana después Temari tenía autorización para llevarse al gato y mientras caminaba a buscarlo no podía dejar de preocuparse por la lluvia. Desde que esta había empezado no se había detenido ni una sola vez y comenzaba a causar daños en algunos sectores de la aldea, no solo por la intensidad con que caía en algunas ocasiones sino también los fuertes vientos que la acompañaban.

Dirigiendo su mirada al cielo vio las nubes grises que ni una sola vez habían dejado que los rayos del sol las atravesaran, haciendo que la única iluminación en este fuera la producida por los relámpagos que aparecían prácticamente cada diez minutos.

No podía dejar de pensar como ese fenómeno natural perjudicaría a la aldea a mediano plazo. Las comunicaciones con las aldeas vecinas se habían vuelto difíciles de realizar y las principales fuentes de ingreso también se encontraban limitadas. Si no dejaba de llover pronto el riesgo de caer en una crisis era elevado.

Fue en ese momento que un suave maullido la devolvió a la realidad. Intentó buscar la fuente de este, pero el rugir del viento le hacía imposible escuchar cualquier cosa o ver más allá de un par de metros. Creyendo que había sido producto de su imaginación, o la ansiedad de volver a ver al gato, siguió su camino hasta finalmente llegar a la veterinaria.

El ver nuevamente esos ojos marrones traía consigo esa señal de familiaridad que había sentido la primera vez que lo había encontrado. Lo cual le hizo recordar que los extraños sentimientos que la habían estado agobiando desparecieron con su llegada, pero al mismo tiempo marcaron el inicio de esa lluvia. Si bien podía tratarse de una coincidencia no podía evitar pensar que ese gato tenía algo que ver con lo que estaba sucediendo.

– a partir de ahora vivirás conmigo – dijo mientras lo cargaba procurando no hacerle daño – lo primero será buscarte un nombre o… buscarte una cama.

Eso último lo dijo con una pequeña sonrisa al ver como el gato se había dormido entre sus brazos antes de seguir con su camino. Pero toda la paz que había ganado ese día desapareció cuando llegó a su casa y vio varias flores blancas de cinco pétalos esparcidas en el suelo de tal manera que podía leerse "felicidad efímera".

Nota: la flor utilizada para este capítulo es la de escaramujo.