He vuelto otra vez! Estas semanas han sido muy difíciles, de hecho esta que sigue, siendo corta, está plagada de evaluaciones. Saben, estoy muy preocupada por las catástrofes de estos últimos tiempos en mi país. Ahora este incendio en Valparaíso está abarcando ya unos seis cerros. Espero que todas las familias afectadas tengan toda la ayuda del mundo. ¡Fuerza Valpo!
Bien, a lo que me trae. He aquí un nuevo capítulo!
Capítulo 12: La contra
La maniobra que planeábamos con Nadir era sencilla en términos simples: Sedar a Erik antes que pasara algo de lo que podríamos arrepentirnos. Tomamos un par de elementos del extraño laboratorio de la guarida y subimos sigilosamente hasta la entrada que daba a los camarines, la misma por la que había subido antes para ir a mis sufridas prácticas en el corps de ballet. Una vez arriba, Nadir no abrió la puerta que conectaba al exterior. En cambio, tocó un pedazo de la muralla a nuestra derecha y esta se abrió con un clic casi inaudible.
-Elise, desde aquí debemos ser bastante precavidos. Es muy probable que Erik tomara esta misma ruta. Si la puerta está abierta al otro extremo podría oírnos- se susurró, antes de comenzar a caminar por el nuevo pasadizo.
Por cada minuto que pasaba me ponía más nerviosa ¿Qué pasaría si llegáramos tarde, y la Carlotta pagara el precio de la venganza? Aquellos pensamientos casi logran que yo tropezara en medio de la oscuridad. Otras veces chocaba contra el borde del muro o la espalda de Nadir, quien seguía el camino con pasos firmes pero silenciosos. Miré el reloj que aún llevaba en mi muñeca, un aparato del presente que, afortunadamente, no se iría tan pronto por la vía del uso. En la pantalla caminaban los segundos, lentos y a la vez vertiginosos. Había pasado solo un par de minutos. Distraída por el reloj digital, nunca noté que ya estábamos acercándonos a la luz al final del túnel. Nadir abrió la botella y vertió un poco de su contenido los dos pañuelos, luego me dio uno. Él se adelantaría y dormiría a Erik. Yo, segundos después de él, tendría que sedar a la soprano.
Nadir se desplazó veloz por la puerta y puso el pañuelo en el rostro de Erik, quien afortunadamente estaba de espaldas a la entrada secreta. Mientras veía a Erik caía rendido en los brazos de Nadir, yo hacía lo mismo con la mujer que tenía en frente. Luego de que la Carlotta se desvaneciera en su diván, Nadir tomó a Erik y nos largamos sin dejar rastro. Los pañuelos en nuestros bolsillos, única prueba de esta misión de salvamento.
Apenas llegamos a la guarida, Nadir entró en el cuarto de Erik y lo dejó descansar en la extensa cama. Salió de la habitación y corrió al laboratorio secreto. Erik podría despertar en una hora o en los siguientes minutos, y tendríamos que prepararnos para su ira…
La Carlotta recién despertaba de su extraño sueño cuando notó que algo raro había pasado. Su camarín solía estar desordenado, pero esto parecía obra de un forcejeo, casi de una pelea. Los floreros yacían en el piso, y sus cosas estaban tiradas por todo el cuarto en patrones lejos de ser uniformes. Algunos jarrones se habían roto cerca de su espejo de cuerpo entero. Cerró los ojos y puso su mano en su frente. La cabeza le retumbaba, casi como si un atacante le hubiera dado un golpe con una de de las vasijas. Alarmada recordó sus últimos momentos de conciencia. Ella estaba con el fantasma. Sí, de eso no hay duda.
Sin esperar más tiempo, La Carlotta arregló sus ropas e hizo su camino hacia la oficina de los gerentes. Apenas comenzó a golpear la puerta, Firmin y André abrieron de inmediato, contrariados. Qué había pasado para que su prima Donna los visitara con tanto ímpetu.
-señora ¿Se puede saber qué sucede? – exclamó André, un tanto asustado ante la violenta aparición de la mujer
-¿Qué sucede? ¡Por su puesto que algo sucede! – Exclamó ofuscada – ¡Es su pequeño problema, el fantasma! Pude haber muerto ¿Sabe? ¿Ahora me dirá "Estas cosas pasan"? ¡No pienso que sigan pasando!
Los señores se miraron con extrañeza y trataron de calmar a la diva, quien seguía lanzando una cadena de insultos hacia lo primero que pasara frente a sus ojos. Cuando finalmente lograron silenciarla, Firmin preguntó, de buena forma y lo más tranquilo que pudo, sobre la situación que la mujer estaba relatando.
-Es el fantasma de la ópera, messieurs. ¡Él apareció en mi camarín y me ha atacado! ¡Aquel monstruo trató de ahorcarme!
Los dos gerentes se miraron entre sí ¿Su diva estaba loca, o esto era alguna mala broma configurada por el elenco?
-Señora, la verdad es que no creemos en la existencia de tal fantasma – explicó André – y usted lo sabe perfectamente. Es más, no voy a permitir que un palco no sea vendido por este sinsentido, así que espero que termine este juego infantil. El fantasma no existe, punto final.
-¡Idiotas! – Bramó furiosa – Acabo de decirles que casi acaban con mi vida ¿Y así reaccionan? ¡Está bien, entonces me voy! ¡Busquen a otra cantante!
La Carlotta no era de poco pensar. Sabía que si amenazaba con irse los gerentes estarían de su parte, y así fue. Ambos se pararon de inmediato, tratando de retener a su diva, a su cantante estelar. Después de todo, no podían cancelar toda una nueva producción, y Carlotta había dejado muy claro que ella no necesitaba que se entrenaran reemplazantes. La mujer sonrió ante la situación. A sus ojos, los gerentes parecían simples animales de circo esperando recibir una instrucción.
-Bien, señores – y con esto no pudo suprimir una pequeña sonrisa – Tendrán que hacer lo siguiente si quieren seguir teniéndome en el escenario…
Eran minutos tensos los que pasábamos con Nadir. La guarida estaba en un silencio incómodo, aguardando una tempestad incierta. Erik aún no despertaba, y mientras el tiempo pasaba sin disimulo, yo me tornaba más nerviosa.
No era menor. Habíamos actuado contra un impulso asesino del hombre que yacía en la habitación del fondo. En mi mente ya se estaban formando todos los escenarios posibles, y en todos ellos esa ira, reprimida a la fuerza, parecía volver con mayor vitalidad. En ese momento nosotros reemplazábamos a la Carlotta. Nosotros éramos las víctimas. De solo volver a pensarlo comenzaba a temblar. Por primera vez sentía miedo de Erik…
-Elise ¿Está usted bien? – preguntó Nadir. Escuché su voz a la distancia. No podía responder. El pánico de mi propia imaginación parecía haber borrado toda mi voluntad. Mis movimientos, mis pensamientos libres, mis expresiones – No se ve muy bien…
Pero justo en ese momento, la puerta del fondo se abrió con un leve chirrido, aunque en mis oídos parecía el más fuerte de los sonidos. Erik estaba parado bajo el dintel de la puerta, mirándonos con sus ojos dorados. Su voz profunda se alzó, cansada, preguntado algo que no logré entender a ciencia cierta. Seguía en un estado extraño, casi de inconciencia. De pronto pareció recordar todo lo que había pasado antes de nuestro acto. Nos miró con sus ojos encendidos de ira. Yo aún no podía moverme.
-Tú…
No se en qué momento ni en que forma pasó, pero luego de un lapso de tiempo parecí salir de mi trance. Nadir tomaba a Erik de los hombros, y él los del otro. Ambos estaban forcejeando, gritando fuertes recriminaciones. De pronto, Nadir le dijo una frase que lo dejó en silencio. El ambiente parecía enfriarse de súbito.
"¿Quieres perder a Christine así? ¿Matando a alguien, infundiendo temor en ella?
La sala seguía entre los mares del silencio. De pronto, Erik soltó a Nadir y caminó lentamente a su órgano de tubo. Pronunciaba sílabas irreconocibles, casi como una silenciosa oración, y luego posó su cabeza en las teclas.
Yo seguía ahí, viendo todo como pasaba frente a mis ojos, como un mero espectador ante la pantalla. Nadir recordó mi presencia y me llevó a mi cuarto, mientras que Erik desprendía su ira restante. Ambos nos sentamos en el sillón que había en el cuarto.
-Lamento lo que usted tuvo que ver. Erik se torna muy… temperamental – dijo con un tono amable, tratando de cortar la tensión – No se preocupe, él no es capaz de dañar a sus cercanos
-no podía temerle, Nadir. No podía… pero hoy…
-respire hondo – trataba de tranquilizarme – Erik es temperamental, pero si uno ocupa las palabras justas su ira, fuerte como una torre, se cae en pedazos. Ahora debe estar sintiéndose terriblemente culpable –sonrió – en el fondo sabe que actuó sin pensar, y ahora tendrá que lidiar con algunas consecuencias
-¿Qué clase de consecuencias? – pregunté, algo más tranquila
-nuestra diva, por ejemplo – dijo de inmediato – quién sabe cómo reaccionó al despertar, o qué cosas pudo haber puesto en la mesa de los gerentes. Ella es buena persuadiendo, y si los gerentes le niegan algo, ella sabrá como darlos vuelta a su favor – declaró
-habla como si ya lo hubiera hecho varias veces – afirmé
- Lefevre era más inteligente, pero no se salvó de las intenciones de la diva. Después de todo, no tenemos a una reemplazante – suspiró – esto es como un gran nudo legal…
En ese momento, escuchamos música que venía desde la habitación colindante. En efecto, Erik estaba sumido en sus composiciones nuevamente. Al menos eso significaba que la ira estaba siendo canalizada de alguna forma. Con eso, en conjunto a las afirmaciones de Nadir, traté de tranquilizarme y tener, quizás, una buena noche. Mis nervios estaban casi al borde del colapso, y si no fuera por la misma música que atravesaba las murallas, quizás nunca habrían tenido un debido descanso. Porque en estos momentos, los acordes parecían una declaración de paz. Un extraño sedante que nos llevaba a ambos por el mismo sendero.
Habían pasado unos cuantos días desde el ataque que Nadir y yo logramos parar, y todo parecía haber vuelto a la normalidad. Erik no parecía enojado, y nuestra comunicación tampoco se había visto afectada luego de aquella accidentada tarde.
La producción del teatro seguía en marcha, más despierta que nunca, y ya se estaban afinando los detalles finales de la producción de Hannibal. La noche de estreno se había aplazado luego del accidente de la Carlotta. Aunque Christine había demostrado que podía cantar el rol, Giudicelli volvió al teatro a reclamar su papel. Este era el día en que la Diva volvía a los escenarios. En este punto, sin el vizconde ni la designación de Christine en Hannibal, me di cuenta que el resto de la historia sería un total misterio para mí. Después de esta noche no tendría el control ni el conocimiento de los hechos que podían suceder.
La noche llegó rápida entre tantos ensayos y detalles que terminar. El público llenaba las butacas y la hermosa lámpara de araña brillaba sobre las cabezas de los asistentes. Yo estaba ahí, en compañía de Nadir, en el palco número cinco. Erik nos había permitido sentarnos en su caja esa noche. La ópera había comenzado y el dueño del palco aún no llegaba. Comencé a preocuparme. Erik era una persona normal a mis ojos, pero gracias a eso había olvidado completamente su faceta de fantasma al interior del teatro. Buscando con la mirada, traté de ver entre las vigas y pasarelas sobre el escenario. Me tensé. Ahí estaba él, vestido completamente de negro, vigilando cada palabra, cada paso que se daba en el escenario. Justo en ese momento, noté que la Carlotta había parado de cantar. Entonces ella hizo una seña, y un hombre con un revólver se levantó entre los asistentes. Traté de alertar a Erik, de hacer alguna seña, pero era demasiado tarde. El tirador ya lo había localizado, y la bala tronó entre el silencio de la expectación.
