Viva la desaparición (?)
Gott, he pasado semanas alejada de cualquier computadora :c . Pero bueno, he aquí otro pequeño capítulo c:
Capítulo 13: Adagio
El teatro se convirtió en la escena del terror. La gente se levantaba de sus asientos, corriendo en todas direcciones, cubriéndose la cabeza y observando entre la multitud. Nadir y yo seguíamos de piedra, escuchando los gritos y los llantos. "¡Alguien fue asesinado!" "¡Es el fantasma!" Decían, pero nadie sabía que, en realidad, el hombre encargado de fomentar la leyenda había sido la víctima. De los gerentes no se sabía nada, y la Carlotta había desaparecido de escena junto al hombre del revólver. Mi acompañante me tocó el hombro. Ya habíamos perdido mucho tiempo.
Corrimos, corrimos sin descanso. Raudo, Nadir se desplazó por las escaleras tras el escenario. Desde ahí miraba como el hombre hacía su camino entre las vigas, buscando a Erik. De pronto, al otro lado del escenario, noté que el tirador se aproximaba por las escalas contrarias. Vencí mis miedos, subí las escaleras y salté a las vigas. El vértigo ya no era enemigo. Aquel hombre robusto y su arma. Ese era el peor de los enemigos.
Caminé con cuidado entre las pasarelas, afirmándome de las fuertes cuerdas que atravesaban toda la zona. En lo profundo estaba Nadir, buscando. Cuando estuve a su lado, le informé de que no éramos los únicos en las vigas. Era solo cuestión de tiempo para que apareciera el señor. De pronto tomó una de las cuerdas y la movió. En frente de ella apareció de pronto una pequeña puerta, justo frente al término de las delgadas tablillas que conformaban los pasadizos. Entramos sin pensar y cerramos la trampilla, ambos sin respiración.
-Erik no debe estar muy lejos – comentó Nadir, recuperando el aliento perdido. No había duda de que él había escapado a tiempo, quizás por esta misma puerta.
-Señor Khan ¿Erik está herido?
La pregunta quedó suspendida en el aire. Nadir había logrado encender la antorcha del pequeño pasillo, y ahora el piso era visible. Ahí, brillando, había un pequeño rastro de sangre.
Colin estaba cada vez más impaciente.
Las horas avanzaban impasibles, resonando sistemáticamente. Ese trote de minutos y segundos era una terrible tortura por la que debía pasar, tarde tras tarde. Pero la recompensa al escuchar la gran campana del viejo reloj era un premio tan grande, tan impresionante, que de inmediato todas las horas perdidas parecían esfumarse, lentamente, en una de esas memorias que uno no encuentra el sentido para recordar. Un pasaje de la vida muerto. Una vertiginosa nebulosa.
Y claro, ya era la hora en que todo el anfiteatro esperaba su aparición. Ya era la hora de la lucha, del gran espectáculo. Lento, casi tan pausado como el tictac del reloj, Colin puso su sombrero en la cabeza. En sus oídos ya podía escuchar al público aclamar su nombre. Y su contendor: Alexis Fortier.
En esos pocos días había cumplido su promesa. Se había convertido en el mayor de sus hombres, en la sombra de sus sombras. Perseguía cada dato con su aire detectivesco, como si los peritajes fueran casi una rama del canto. En las noches volvía a entrar a hurtadillas, buscando respuestas, pero tan pronto entraba, uno de los canes de los hermanos Fortier lo delataban de la peor forma. Mordido, adolorido y asustado, aparecía de todas formas noche tras noche. Mordido y adolorido se iba, pero el miedo se desvanecía cada vez más.
Pero esta vez era distinto. Hoy no era una noche en el juego del policía y el ladrón. Esta vez no iba al teatro por las ventanas ni corredores secretos, sino por la custodiada puerta ancha.
Alexis veía cómo el hombre avanzaba con pasos firmes hacia su ubicación, colgando de la fina línea entre la sorpresa y la rutina. Ya no quería seguir peleando con él. El joven llegaba ante ella repleto de vendajes, heridas y moretones, pero seguía insistiendo con sus ojos luminosos. Ya no quería seguir viéndolo en ese estado. Ya habían sido muchas jornadas vendando lo que habían causado sus pastores.
-Colin Jackman por la puerta... ¿Qué logró cambiar su actitud, señor?
-Alexis, ya no voy a seguir entrando por las ventanas - le contestó con la voz más firme que podía conjurar - si vuelvo a hacerlo ya no podría levantarme al día siguiente... sin embargo, todavía quiero que me considere como uno de los suyos. Quizás ahora esté herido y sus hombres sean más eficientes, y lo comprendo, pero en un par de semanas estaré en plena forma
-señor Jackman...
-Colin... solo dígame Colin, por favor - Le suplicó - Vine hasta aquí para exponerle un trato
-¿Un trato? Sabe que no confío en usted... Colin
-¿No confía en mí?
-Me temo que no, señor - el remordimiento la estaba dominando poco a poco. No podía decir que no confiaba en él. Esa era una falacia que salía a la luz con pasos lentos pero irreversibles.
-Después de que Elise salvó mi vida, usted aún no cree en mí...
Colin dio media vuelta para marcharse, pero paró al sentir la cálida mano de Alexis en su hombro herido. Suspiró fuerte, fruto del dolor y, sobre todo, de la extraña sensación que se propagaba por su cuerpo.
-Colin... perdón ¿Era tu hombro vendado?
-No importa que hombro sea - le dio una mirada llena de significado - ¿Por qué?
Por qué...
-Colin... no quiero que te alejes de la investigación - le confesó suavemente
-¿Cómo? - susurró sorprendido
-No te puedo sacar de esto, no a ti... mira, espera, entra conmigo, por favor.
Era extraño entrar nuevamente por la puerta principal del teatro, sin la oscuridad que lo había acompañado todos estos días. La guía de Alexis no era menos surrealista. Un par de llamas vivas caminando en un mar desierto. Ambos arribaron a las oficinas de los gerentes, ahora despojadas de toda la autoridad que habían tenido. Ahora eran solo ellos dos, frente a frente, en un cuarto cualquiera.
-Colin... necesito tu ayuda
-¿Cómo? - Él se había preparado para una batalla campal, no para peticiones desarticuladoras
-Lo que has oído. Mis hombres no han podido sacar nada en limpio, y ya estoy comenzando a frustrarme. Sé que tú eras muy cercano a Elise Durand y sabes muchas cosas sobre ella... Me rindo, Colin. No me vendría mal un investigador extra.
-Parece que el amor-odio entre franceses e ingleses aún no se ha extinguido - sonrió, tendiendo su mano derecha
-no sé si existe ese amor, pero el odio definitivamente está - terminó la frase, sellando el trato con un saludo amistoso. Ambos mirando fijamente los ojos del otro, sintiendo como el cálido contacto de sus manos los llenaba.
Seguíamos en el pasillo secreto, mirando las manchas de sangre como si ella fuera a arrojar todas las respuestas. Estaba asustada, preocupada por tantas personas que estaba perdiendo la poca cordura que me quedaba. Primero me preocupaba por Colin, ahora por él… ya no sabía si aferrarme a los demás era lo más seguro. Ya no sabía nada… absolutamente nada.
Y en aquel momento de desesperanza, una luz al fondo del túnel desvió mi mirada. Ahí, casi en el final del pasillo, estaba Erik. En su mano yacía una vela solitaria.
-Erik… Tú… tú no estás…
Vi como él se acercaba a nosotros, con una mano en la vela y la otra tomando firmemente su hombro. En sus ojos podía leer algo de dolor, pero nada más. Casi parecía como si el ataque fuera algo rutinario para él. La misma mirada que daría un militar al ser impactado en la seguridad de su chaleco.
-No tenemos mucho tiempo – dijo, su voz un poco débil – Daroga, tendrás que guiar el bote.
Nadir solo asintió y tomó la vela de la mano de Erik, sin siquiera preguntar sobre su seguridad. En ese momento me di cuenta que mis pensamientos eran ciertos. Erik había sido atacado quizás muchas veces en su mismo teatro ¿Cuántas?
-Erik ¿Estás bien? – pregunté preocupada
-un roce de una bala mal calibrada no es nada para el fantasma, Elise – contestó, sencillo
- pero la sangre si lo es, Erik – le reproché
-es una herida pequeña, en serio
Ya no podía creerle. Podía sentir como sus energías se desvanecían por la pérdida de sangre. Con su propia capa logré hacer un torniquete para parar el sangrado hasta llegar a la guarida. Ya estando en el bote, era cuestión de segundos para llegar a la seguridad del hogar.
Cuando llegamos, Erik ya había perdido las suficientes fuerzas para no poder ponerse de pie. Junto a Nadir lo ayudamos al interior de su cuarto y lo tendimos en la cama. Su palidez me inquietaba.
-Nadir ¿Estará bien? – pregunté con un nudo en la garganta
-En el pasado ha habido peores – me aseguró – le recomiendo que salga del cuarto. Necesito tratar esa herida de bala
Apenas salí del cuarto, escuché a Nadir cerrar la puerta con seguro. Con mis energías agotadas y mi miente agobiada, me senté en el órgano del salón, mirando los detalles de los tubos. Puse una mano sobre las teclas y comencé a tocar notas al azar. Pasaban los días, pasaban las noches, y todas ellas eran acompañadas del inquietante acompañante que solía ser la soledad. Ya no sabía si era sano aferrarme a los demás. Ya no sabía si era más seguro estar aquí, o desaparecer. Me senté ante el instrumento y puse ambas manos en posición. Otra noche, otra sonata. Otro pesado Adagio en la melancolía de las velas…
