Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es anhanninen, yo sólo traduzco.

Gracias a Isa por corregir este capítulo.


A Few More F Words

Capítulo 13: Sorpresa Peluda

Bella POV

Cuando me imaginaba teniendo un bebé pensaba que sería perfecto. Mi espalda podría doler y mis pies se hincharían, pero todo sería tan increíble que esas cosas no importarían. Nunca soñé que estar embarazada sería la época más aterradora de mi vida.

Nadie te advierte de verdad sobre los miedos, tanto racionales como irracionales. Nadie te dice que te preocuparás porque tu bebé tenga dos cabezas, a pesar de saber con certeza de que no es así. No sabía que tendría temores nocturnos, imaginando que me despertaría y ya no estaría embarazada, o que el bebé llegaría justo ahí, en medio de una habitación llena de gente.

Y nadie te dice que, aunque no tendrás ningún indicador, terminarás pasando lo que podría haber sido el mejor de los momentos en reposo absoluto, preocupándote por comenzar a sangrar repentinamente y perder a tu bebito al cual ya amas más de lo que las palabras podrían llegar a expresar. Claro, la posibilidad está ahí, pero no te lo tomas en serio cuando básicamente te dicen que no tienes razones para hacerlo.

Incluso con todos esos miedos y la realidad que fácilmente puede pasar algo malo, aún así me encantaba estar embarazada. No era perfecto y muchos días apestaban literalmente, pero… para mí, era todo lo que había esperado. Era un sueño hecho realidad, sentir a mi hijo crecer dentro de mí y ver al amor de mi vida adorarme como nunca imaginé que podría hacer.

—¡Se está moviendo! —Sofía se rio, mirando con asombro como mi pequeñito movía mi redondeado vientre al patear—. ¿Siente esto?

Picoteó mi estómago mientras Edward se reía junto a nosotras, apartando la vista de su revista.

—Dice que le hace cosquillas… como esto.

Él se echó sobre ella, haciéndole cosquillas en los costados mientras ella gritaba de felicidad. Ella estaba estirada a los pies de la cama, intentando sin mucho esfuerzo hacerlo detener. A ella le encantaba. Cada "detente" era en realidad un "sigue" y cara risita era música para mis oídos mientras los veía jugar, cuidando que ella no se acercara mucho a la orilla.

La última vez que se acercó demasiado, su brazo estuvo con escayola por ocho semanas y a Edward le crecieron unas cuantas canas nuevas.

—¡Sofía, jálale el cabello! —sonreí con malicia.

Edward me miró con una expresión de traición en el rostro, lo cual le dio a ella la oportunidad de actuar. Ella le agarró el cabello de la nuca y él cayó sobre su estómago, rogando por misericordia mientras ella se subía en su espalda.

—Vas a pagar por eso —dijo, sobándose el cuello cuando ella lo dejó sentarse—. Iba a dejarla ganar.

Me encogí de hombros sobándome el estómago.

—Es el movimiento al que recurro, pensé en pasar mi sabiduría.

Subió gateando de nuevo a la cama, bufando al acomodarse en su lugar junto a mí.

—No estarás embarazada para siempre. Sólo digo.

Miré a Sofía acomodarse la camiseta sin prestarnos atención.

—Estoy caliente y no puedo tener nada, así que no me tientes.

Pero en serio, toda la cosa sobre no sexo ni siquiera un orgasmo era lo peor de este momento. La idea de que él me haga cosquillas o me jale el cabello me hace morderme el labio porque, maldición, lo extrañaba y lo quería. Quería que mi esposo me tocara, que hiciera mi piel cosquillear con anticipación. Ya me habían quitado el reposo absoluto, pero la Doctora Uley fue muy —y algo severa— especifica en que la prohibición seguía firmemente en su lugar hasta el final de mi embarazo viendo que mi placenta no se había movido en lo más mínimo. Claro, todavía tenía tiempo, pero mis esperanzas no eran muchas.

Los ojos entrecerrados fueron dirigidos a Edward, pero yo también sentía el dolor.

—Lo siento, Mordelona —dijo con sinceridad, envolviendo su brazo a mí alrededor—. Sólo faltan doce semanas más.

Gemí y sacudí la cabeza.

—Eso no ayuda.

—¿Puedo abrir un regalo ya? —preguntó Sofía, gateando entre nosotros y empujando a Edward lejos de mí—. ¿Sólo uno, por favor?

—Apenas son las diez, cumpleañera. Tu fiesta es hasta medio día.

—Pero mami, ella de verdad quiere uno —dijo Edward, intentando imitar los ojos de cachorrito de Sofía—. Podríamos, ya sabes… darle ése.

Me guiñó antes de voltearla en su regazo.

—Te ganaste seis nalgadas, Pequeña.

—¡No! ¡Ese no es un degalo!

—Tú se las diste el año pasado —me reí—. Es mi turno.

—¡Mami! —gritó cuando le di a sus pompis la más ligera de las palmadas, y luego otra y otra y así hasta que llegué a seis.

—Y un pellizco para crecer un poquito, como los que el abuelo solía darme —dije, pellizcando gentilmente su brazo.

—Veo que eso funcionó muy bien. —Edward sonrió.

—Idiota —musité silenciosamente y se rio—. Ahora, ¿por qué no vamos a decidir cuál vestido usarás, eh, cumpleañera?

Sofía se sentó y sonrió asintiendo.

—¡Bien!

Se apuró a bajarse de la cama, corriendo fuera de la habitación incluso antes de que yo pudiera bajar una pierna por un lado de la cama. Edward vino rápidamente a mi lado para ayudarme, ofreciéndome sus manos. Me sentía como una pelota con ramas en lugar de brazos y piernas, gigante e incómoda, pero aún así feliz.

—Tu mamá y Rose llegarán pronto con el ya-sabes-qué y para decorar, ¿puedes sacar las decoraciones de la cajuela? —pregunté.

—El ya-sabes-qué va directo a nuestro baño, ¿verdad? No se orinará en todos lados, ¿verdad?

Rodé los ojos y me reí.

—Es un gatito, así que sí, puede que se orine en el piso, pero tu mamá va a traer la caja de arena. Lidia con eso y yo la mantendré ocupada.

—Teníamos que comprare un jodido gato, ¿eh?

—¡Síp! Te negaste a un perro.


Sofía ni siquiera escuchó la llegada de Esme y Rose, pero yo vi el carro estacionarse enfrente por la venta. Mi cumpleañera estaba muy preocupada al no tener ni idea de cuál vestido elegir. Yo me había vuelto un poco loca con las compras en línea al estar la mayor parte de tiempo estancada en casa, así que ella tenía mucho de dónde elegir. Finalmente, luego de probárselos y contemplarlos, eligió uno.

Era rosa y blanco; la blusa blanca se separaba con un moño de satín. Ondeaba de manera hermosa cuando ella se giró en el espejo para asegurarse de que todavía le gustaba.

—Y bien, creo que tienes una diadema rosa que combina con este si quieres usar el cabello suelto —dije. Yo estaba sentada en su cama, y ella caminó de regreso a mí asintiendo.

—Uh-huh, ¿harás que mi cabello sea bonito de manera rizada?

Sonreí.

—Claro, cielo. Entonces, ¿estás emocionada por cumplir seis? ¡No puedo creerlo! Mi bebé es casi una adulta.

Pretendí sollozar mientras ella me miraba rodando los ojos ante mi dramatismo.

—No son tantos años, mami.

—Aún así no puedo creerlo —dije, jalándola contra mí y llenando su mejilla de besos—. Hoy son seis años desde que encontré lo que no sabía que me faltaba… a ti y a papá. Y eso fue gracias a tu lindura de bebé, sabes.

Se rio.

—Papi me dijo eso. Soy algo maravillosa.

Mucho —dije—. Ahora, creo que ya tienes algunos invitados a la fiesta abajo por si quieres ir a saludarlos antes de alistarte.

Su rostro se iluminó y luego se fue, salió corriendo de la habitación lo más rápido que sus piernitas podían llevarla. Yo estaba bastante detrás, pero iba justo a tiempo para verla tropezar en los últimos escalones.

—¡Edward! —grité, moviéndome lo más rápido que me permitía mi cuerpo mientras mi corazón martilleaba en mi pecho.

No hubo gritos o llanto cuando estuvo tirada en el piso de madera, parpadeando rápidamente mientras Edward llegaba a ella. Se dejó caer de rodillas a su lado con una expresión de pánico que imitaba la mía.

—Oh Dios mío, ¿está bien? —pregunté con los ojos bien abiertos y llenos de miedo mientras bajaba cuidadosamente las escaleras.

—Whoa —dijo Sofía cuando Edward le mantuvo quieta la cabeza—. Owie. —Sofía levantó su codo, revelando una sangrienta herida causada por la orilla de los escalones de madera.

Edward puso rápidamente un brazo sobre su pecho y dijo:

—No te muevas, Pequeña. Bella, ¿perdió consciencia?

Rosalie y Esme habían llegado a la habitación, las tres formamos un círculo alrededor de Sofía y Edward. Negué con la cabeza, recordando que había abierto los ojos de inmediato. Las lágrimas que no se habían formado antes ahora fluían libremente de sus ojos.

—No, no la perdió —dije—. Se cayó a unos escalones del piso y se tropezó. ¿Qué hacemos?

Miré de cerca que le pasaba sus largos dedos por el cuero cabelludo, mirando con atención su rostro en busca de alguna señal de dolor. Movió los dedos a su nunca y continuó en silencio hasta que preguntó:

—¿Sientes algo dormido o con cosquillas, bebé?

Sofía sacudió la cabeza mientras su labio inferior temblaba.

—Hay sangde en mi vestido.

Una suave carcajada de alivió escapó de Esme y sacudió la cabeza.

—Te encontraremos otro vestido bonito, corazón.

—Veamos esto —dijo Edward, levantando su brazo para examinar la herida—. Qué te parece si limpiamos esto y vemos si necesita puntadas, ¿bien? Voy a sentarte.

Su rostro seguía lleno de preocupación mientras la ayudaba a sentarse y luego la cargaba en brazos. Lo seguí por las escaleras hasta llegar al baño de ella. Entré justo cuando él la posaba con gentileza en el mostrador. Las manos de él pasaron sobre ambas piernas de ella, seguía buscando más heridas. Si una cortada y unas cuantas puntadas era todo lo que resultaba de esto, ella sería increíblemente afortunada. Su caída se había visto tan… terrorífica. Estaba segura de que mi corazón se me había escapado del pecho.

—¿Qué necesitas? —pregunté, inclinándome para besar la mejilla de Sofía.

—Iré por mi maletín —dijo—. Sólo… vigílala de cerca, ¿por favor?

Asentí, la envolví con un brazo y ella miró la raspada que tenía en el codo.

—Por supuesto. Todo va a estar bien, cariño. Papi va a curarte.

Tenía la sensación de que un viaje a emergencias estaba a la orden, pero secretamente esperaba que Edward la atendiera aquí. Si su cumpleaños se arruinaba por esto, se le rompería el corazón. Conociéndola, estaría más molesta por perder un preciado tiempo con su nuevo gatito.

—De acuerdo, vamos a revisarte —dijo Edward, regresando al pequeño baño con su maletín. Lo dejó junto a Sofía, lo abrió y sacó un par de guantes y unas gasas—. Lo siento mucho, corazón, pero esto puede doler.

Tomé su mano buena, le di un ligero apretón y sonreí con simpatía.

—Apriétame tan fuerte como necesites —dije.

En el momento en que Edward se acercó con la gasa, los ojos de ella se cerraron con fuerza y me apretó la mano. Unas cuantas lágrimas cayeron por sus mejillas cuando él le limpió la sangre, pero ella, valientemente, se quedó callada, aguantando el dolor como una profesional.

Edward, por otro lado, parecía estar en un inmenso dolor.

—Sí, necesitará unas cuantas puntadas —suspiró, tirando otro pedazo de gasa lleno de sangre en el lavamanos—. ¿Qué tanto confías en papi, Pequeña?

—¿Tú se las darás? —pregunté incrédula. Él siempre se menospreciaba cuando se trataba de cuidarla a ella; siempre necesitaba una segunda opinión, aunque nunca se había equivocado.

Se encogió de hombros.

—Si fuera más grave no lo haría, pero sólo necesitará como cinco o seis.

—Bien —dijo Sofía—. No hospital, ¿verdad?

—No hospital. —Él sonrió tristemente—. Aunque llamaré primero a Pawpaw.

Estiré la mano, y tomé la de él con ligereza.

—Gracias.

—Necesito que papá traiga un kit para puntadas del hospital y que pida algunos antibióticos. ¿Estás bien?

—Sí. —Asentí—. Sólo estuve a punto de tener un ataque al corazón.

—Creo que siento nuevas canas saliendo —se rió entre dientes, mirándose la cabeza en el espejo antes de besar suavemente mis labios—. Ahora vuelvo.

Mientras esperábamos a que él hablara con Carlisle, mantuve ocupada a Sofía preguntándole cuál vestido le gustaría usar ahora. La conversación siguió mientras ella debatía sus segundas opciones, el dolor de su codo ya olvidado. Cuando Edward regresó, vendó su brazo y dijo que Carlisle llegaría en media hora, ya venía en camino de Port Ángeles.

—¿Crees que podamos lavarle el cabello mientras esperamos? —pregunté, peinando sus mechones color fresa con mis dedos. Sabía que todavía quería sus rizos hechos—. Tu mamá o Rose pueden ayudarme, estoy segura.

—A mí me encantaría ayudar —dijo Rose que estaba de pie en el marco de la puerta del baño—. Mamá está comenzando a hacer las pizzas, pero estoy segura que ella puede arreglárselas. O tú podrías ayudarla, Edward.

—Mantengan su brazo seco, ¿de acuerdo? —pidió.

Asentí sonriendo.

—Sí, por supuesto. No tardaremos mucho.

Suspirando nos dio permiso y luego salió del baño. Luego de quitarle el vestido manchado de sangre a Sofía, lavamos su cabello en el lavamanos. Rose hizo la mayor parte del trabajo porque mi estómago hacía que fuera difícil agacharme.

—Dios, amo a mis niños, pero hay algo muy agradable en peinar el cabello de una pequeñita —dijo Rose—. Especialmente un cabello tan bonito como el tuyo, Sofía.

Sofía sonrió y abrió los ojos mientras yo echaba un poco más de agua en su cabello.

—Mami dijo que hará mi cabello bonito y rizado. ¿Tú también puedes hacer eso?

—Creo que soy bastante buena manejando una rizadora. —Rose le guiñó—. Ya estamos libres de champú, vamos a sentarte.

Nos tomó media hora por completo, y quizás unos minutos más, el secarle y hacerle unos cuantos rizos al cabello de Sofía. Ella estaba bastante impresionada con el resultado final, era toda sonrisas y risitas cuando jalaba un rizo y veía cómo se volvía a formar una vez más. Supuse que podría haber más sangre después así que la vestimos con una camiseta y unos shorts y luego bajamos las escaleras con ella.

Sabía que el comedor ya había sido decorado con serpentinas rosas, así que fuimos directo a la cocina, donde encontramos a Carlisle, Esme y Edward esperándonos.

—¡Oh Dios! —dijo Esme sonriendo al recargarse en el mostrador—. ¡Eres una hermosa cumpleañera!

—Muy bonita —dijo Carlisle—. Feliz cumpleaños, corazón. ¿Qué te hiciste ahora, hmm?

—Me caí de las escaleras —dijo, mostrándole su codo vendado—. Pero estoy bien. Ahora sólo duele un poco. Mi muñeca dolió mucho peor.

Mi corazón dolió al pensar en su muñeca rota hace meses, y estaba muy agradecida de que esta herida no se comparara con aquella. Hace mucho que se había sanado, pero estaba bastante segura de que esa llamada de Edward quedaría grabada para siempre en mi mente.

—Supongo que sí hay un lado bueno —dijo Edward, cargándola para ponerla en la isleta donde ya estaba todo listo—. Apurémonos y terminemos con esto antes de que todos lleguen, ¿bien? Papi intentará ser lo más gentil posible.

Sólo podía imaginar las palabras con J volando por su mente por esto, pero por fuera parecía estar bastante calmado. Acercando un taburete, me senté junto a ella y tomé su manita de nuevo cuando Edward le quitó la venda llena de sangre de la herida. Carlisle estaba junto a él, dándole su opinión, que coincidía con la de Edward.

Sofía parecía estar completamente tranquila por la situación… hasta que salió la jeringa. Estaba totalmente aterrorizada y tuvimos que calmarla todos lo suficiente para que Edward le pusiera el medicamento adormecedor.

—¿Ves, bebita? —preguntó—. No dolió mucho, ¿verdad? Te dije que la crema mágica lo mejoraría.

Ella sollozó y asintió lentamente.

—Pero de todas fodmas dolió.

—Bueno, lo siento mucho. —Besó su frente y luego su mejilla, soplándole un beso ahí para hacerla sonreír—. No sentirás nada en poco tiempo, ¿de acuerdo?

—¿Lo pdometes?

Él fingió estar ofendido y jadeó en shock.

—¿Cuándo te he mentido?

—Esa crema no era mágica —afirmó ella de manera casual.

Tuve que contener la risa cuando él suspiró y sacudió la cabeza.

—Pero papi cree que es mágica, cariño —dije—. No hay que quitarle esa ilusión ¿de acuerdo?

—Uh-huh, claro.

—Es mágica —murmuró él, haciéndola reír.


Edward terminó su trabajo luego de seis puntadas y Sofía quedó casi como nueva. Él le vendó el codo y luego se lo besó para curárselo, pedido de ella, por supuesto. Ya que no faltaba mucho para que Emmett, los niños, papá y Sue llegaran, me llevé a Sofía arriba para elegir otro vestido.

Esta vez fue uno de color coral con puntitos blancos y un moñito debajo de su pecho separando la ondeante falda, la cual ella se aseguró de probar con unos cuantos giros. Luego de agregarle una diadema a su conjunto, ella quedó satisfecha y se veía increíblemente adorable.

Esta era una cosa que extrañaría de tener una niñita. Me encantaba que fuéramos a tener un niño, pero… no lo podría vestir con vestidos bonitos, ni peinarle el cabello o dejarlo probarse mi labial. Aunque siempre tendría estos momentos con Sofía, al menos por un tiempo más.

—Ahora, vayamos a comer la pizza casera de Nana —dije, besando su mejilla—. Escuché un rumor sobre extra queso y pepperoni.

—¡Sí! Al bebé le gusta el extra pepperoni.

—Sí que le gusta —me reí suavemente, ya estaba salivando ante la idea.

Me encantaba poder culpar al bebé de amar las cosas grasientas, otro beneficio de estar embarazada. Él me recompensaba con unas horribles agruras, pero valía la pena.

Valía la maldita pena.


La comida siguió sin contratiempos gracias a la preparación de Esme. Ella preparó la masa en su casa y luego trajo todo para cocinar las cuatro pizzas. Entre nuestra familia completa, apenas fue suficiente; Emmett y Ben devoraron una ellos solos. El niño claramente tenía el apetito de su padre. Este había sido el requerimiento especial de Sofía, así que por supuesto Esme no tuvo problemas con cumplirlo.

—¿Todavía puedo ir a los bolos mañana? —preguntó Sofía cuando nos reunimos en la sala para abrir los regalos.

Hoy era nuestro cumpleaños familiar para ella, pero habíamos rentado unos cuantos carriles en el boliche mañana para todos sus amigos. En realidad, era para los dos salones del jardín de niños. No parecía correcto excluir a ningún niño, así que… sí, estaríamos lidiando con más de veinte niños mañana. Me encantaban los niños, pero ya estaba cansada con tan sólo pensar en ello. Afortunadamente, algunos padres se habían ofrecido para quedarse y ayudarnos.

—Sí, pero tendrás que tener cuidado con ese brazo —dijo Edward—. Podemos posponerlo si no te sientes con ganas de ir.

Él sabía muy bien que ella no aceptaría eso, pero de todas formas lo intentó. Si él hubiera podido sacarse de eso, lo hubiera hecho. Sonreí mientras ella sacudía la cabeza diciéndole que necesitaba ir.

—¿Creíste que cambiaría de parecer? —le pregunté cuando se sentó junto a mí.

—Un hombre puede soñar, ¿no?

—Sigue soñando —bromeé—. Ahora, ayúdala con los regalos, ¿por favor? No sabe cuál abrir primero.

Por supuesto, la pila de regalos en el piso era como un paraíso para ella. Aunque su gatito la mandaría a la novena nube, y yo no podía esperar hasta que lo trajéramos. Abrir cada regalo se llevó un rato porque ella se aseguraba de abrazar a quien se lo hubiera dado cada vez que abría uno. Hubo muchos abrazos. Emmett y Rose le dieron ropa —claramente Rose lo había comprado—, Carlisle y Esme le dieron unas muñecas, videojuegos y juegos de mi papá y Sue, y más ropa y unos cuantos videojuegos para su Wii de parte de nosotros. Hice una nota mental de limpiar su caja de juguetes pronto sabiendo que no tendría espacio para todo.

—¡Gracias chicos! —dijo sonriendo al mirar el montón de cosas—. Los quiero.

—También te queremos, cariño —dijo Esme y todos los demás se unieron.

—Espera… ¿qué es eso que escucho? —pregunté, ladeando la cabeza con una sonrisa jugando en mis labios—. Edward, ¿escuchas eso?

—Es como… un sonido de chirrido, ¿verdad? —preguntó.

—¿Debería ir a revisar? —preguntó Emmett, siguiéndonos la corriente como le habíamos pedido.

Sofía abrió los ojos como platos.

—Yo no escucho nada.

—Yo también lo escucho —dijo Carlisle—. Quizá quieras ir a ver, Emmett.

—Déjenme hacerlo —dijo papá—. Ya saben, por si acaso.

Papá se levantó de su asiento viéndose increíblemente serio mientras que todos intentábamos esconder nuestras sonrisas. Se dirigió a las escaleras, actuaba con cautela y avanzaba de puntillas. Sofía corrió de su lugar en el piso para sentarse junto a mí en el sofá, se veía casi temerosa.

Casi me sentía mal por ella.

—No sé qué sea, pero parece estar maullando —papá se rio, alzando el gatito calicó al bajar las escaleras—. ¿Quieres decirnos qué es esto, calabacita?

El grito de Sofía nos perforó los oídos cuando saltó del sofá.

—¡Oh Dios mío! ¡Oh Dios mío! ¡Oh. Dios. Mío! —Lo tomó rápidamente de la mano de mi papá, abrazándolo contra su pecho, un maullido lastimero salió de él.

—¿Qué es eso, Pequeña? —preguntó Edward sonriendo.

—¡Me dieron un gatito! —sonrió—. ¡Es tan bonito! ¡Tiene un moño!

—Un moño rosa —me reí—. Supongo que debe ser niña, ¿huh?

—¡Me dieron una gatita!

Se dejó caer en el piso, acostándola en su regazo mientras acariciaba suavemente su atemorizada cabeza. La pobre gatita no tenía ni idea de qué estaba pasando, pero parecía sentarse pacientemente en su regazo mientras Sofía le acariciaba detrás de la oreja. Ben se unió rápidamente a ellas, dándole un poco de amor también a la gatita.

—¿Es mía?

Asentí.

—Toda tuya, cariño. Feliz cumpleaños.

—Feliz cumpleaños, bebita —dijo Edward, sentándose junto a ella—. ¿Qué te parece?

Sofía se rio y sonrió.

—¡Es muy bonita! ¡Y suave! ¡Y la amo! ¡Y muchísimas gracias!

—De nada —dije, levantando mi redondeado ser lentamente del sofá para darle la vuelta a la mesita de centro hasta llegar a ella.

Me senté en el piso, sabiendo muy bien que necesitaría muchísima ayuda para levantarme. Aunque no me importaba. Sofía estaba feliz y, bueno, yo también quería un gatito. Hace unos días fuimos a escoger uno con una amiga de Alice cuya gata había tenido gatitos recientemente, y me enamoré de este bonito calicó. Tenía el vientre y las patas blancas, y un cuerpo negro, anaranjado y café. Su rostro era negro, pero tenía una raya naranja en la nariz y boca blanca. Era adorable y me recordaba un poco a los chocolates Reese's.

De hecho, ese día hice que Edward me comprara una bolsa de dichos dulces luego de dejarla con Carlisle y Esme.

—Es muy dulce, ¿verdad? —pregunté, rascándole gentilmente debajo de la barbilla a la gatita—. No pude resistirme a su bonita cara.

—¡Es anaranjada! Eso es tan genial.

—Muy genial. Y dime, ¿no te recuerda un poco a los chocolates con mantequilla de maní Reese's? —sonreí.

—Quieres más, ¿verdad? —Edward se rió entre dientes.

—Puede —me reí—. Pero tengo razón, ¿no?

Sofía asintió.

—¡Sí! Sí es cierto. ¿Cuál es su nombre?

—El que tú quieras, Pequeña —dijo Edward—. Aunque creo que tu mamá está un poco encariñada con Reese's.

—¿Deese? Perdón… ¿Reese?

—¿Quieres llamarla Reese? Quiero decir, me encanta —me reí mientras Edward rodaba los ojos.

Ella asintió.

—Podemos probarlo. Ahoda eres Reese, gatita. —Alzó a la gata, besó su cabeza y ésta maulló—. Ahora eres mi gatita, Reese. Te amo.


Sofía apenas soltó a Reese lo suficiente para apagar las velas y comer pastel con helado. La gatita estuvo la mayor parte del tiempo en sus brazos, en realidad estuvo sorprendentemente contenta. Incluso durmió en su regazo mientras ella y Ben probaban sus nuevos videojuegos. Para ser honesta, probablemente era porque estaba demasiado aterrorizada de sus gritos para moverse. No fue hasta las seis que todos empezaron a irse que Sofía me dio a la somnolienta gatita para poder tener sus abrazos y besos de despedida.

—Gracias por mis regalos —les dijo a Carlisle y Esme mientras él la sostenía en sus brazos.

Eran los últimos en irse, se habían quedado para ayudarnos a limpiar. Felix estaba algo renegón, así que Rose y Emmett tuvieron que irse poco después de las cinco, justo antes de papá y Sue. El día entero había sido maravilloso, excepto por las puntadas, por supuesto. Sofía se la pasó en grande, lo cual era todo lo que realmente importaba.

—De nada, corazón —dijo Carlisle—. Sabes, extrañaré a esa gatita.

—Dormía en el pecho de Pawpaw —dijo Esme y Sofía se rió.

—Gracias por cuidarla. Los quiero.

—También te queremos, cariño —dijo Esme, poniéndose de puntillas para besar la mejilla de Sofía—. Te veremos en unos días, ¿de acuerdo? Espero montones de fotos de Reese.

Asintió.

—Haré que mami y papi te las manden.

—Nos hará mandarlas —susurró Edward en mi oído.

—Por favor, todo lo que tiene que hacer es pedirlo —me reí.

Nuestra hija estaba consentida, pero tampoco era como si nosotros nos opusiéramos mucho. El brazo de Edward se apretó a mí alrededor, posándose sobre mi vientre. Comenzando el siguiente año, tendríamos dos fiestas de estas para nuestros bebés, los mimaríamos con mucho amor y afección y celebraríamos los maravillosos días de sus nacimientos.

La alegría que Sofía me trajo era indescriptible. Aunque este día no marcaba el aniversario de cuando ella llegó a mi vida, era uno de mis días favoritos del año. Puede que no la haya cargado a ella como a mi hijo, pero eso no importaba. Ella era mi hija y cada día con ella era una celebración.

Estaría agradecida por siempre por tenerla y la amaría con todo mi corazón.


El siguiente capítulo se viene lo bueno, chicas. Espero que les haya gustado el capi.

¡Gracias por sus comentarios!