Titulo: The promises are silents

Traducción: "Las promesas son mudas"

Autora: Akitsu-chan (Aki_blossom en otro lugar)

Género: UA, Romance, drama, amistad.

Público: +16

Advertencias: Palabras mal sonantes, violencia muy suave, posible lemmon (Aunque con lo estrictos que se han puesto en el lugar quizás no llegue a escribirlo).

Derechos de autor: Este fic lo he creado sin ánimos de lucro y sin el fin de ofender a nadie, se ruega que no se publique en otras páginas o se hagan adaptaciones a otros personajes, a no ser que se haya obtenido el permiso del autor, en este caso, yo.

Publicado en: FanFiction y Mundo SasuSaku


Capítulo 2

Esta vez había tenido suerte. Al entrar en la mansión me encontré con el jardín estilo tradicional japonés. Anduve por el camino que lleva a la parte trasera de la casa y entré por las puertas del servicio. No es como si me obligaran a entrar por allí, bueno, aunque a la bruja no le gustaba que entrara por la puerta principal, sino que, al entrar por el puesto de servicio era posible que me ahorrase un choque frontal con ella.

Así que serpenteé entre los pasillos y los shogi (N/A: las puertas estilo japonés) hasta llegar a unas escaleras apartadas del bullicioso ruido de la cocina. El tramo de las escaleras era estrecho y obscuro, se había apagado la bombilla, tendría que reponerla. La madera crujía a cada paso que daba, y la luz que se colaba del pasillo hacía que el espejo al lado de la escalera hiciera sombras a mis pies y piernas.

Subí haciendo el menor ruido posible, y en frente de mi se extendió un largo pero estrecho pasillo. La primera puerta era un desván en donde se guardaban las cosas que estaban en desuso, como los adornos de navidad, tanabata (N/A: fiesta tradicional japonesa) y algún que otro kimono para celebraciones o cenas para las fechas del hanami (N/A: también es una fiesta). La segunda puerta era mi habitación, y justo en frente de esta se encontraba la biblioteca que antes había sido de mi madre. Al final del pasillo estaba el baño, que a la vez se conectaba con otra puerta al interior de mi habitación.

No me había topado con nadie a parte de algunas personas del servicio, así que decidí no tentar a la suerte y entré a mi habitación. Mi habitación era muy simple, una cama, una mesa con el portátil y cinco libros apilados en una esquina, la silla, un armario, un espejo y un par de estanterías con fotos y algún que otro libro. Las paredes eran color arena y el suelo de madera, con una alfombra verde pálido en el medio.

Una habitación sencilla, práctica, y muy cómoda.

Dejé el maletín encima de la mesa y agarré él camisón color blanco con las flores de cerezo que ocupaban la parte de abajo y fui hacia la última puerta. Lo mejor que podía hacer era tomarme un delicioso y relajante baño. No hay método mejor para combatir el agotamiento.

Abrí la puerta y empecé a desnudarme, dejando la ropa en el cesto de la ropa sucia, hasta quedarme en ropa interior, justo enfrente del espejo del cuarto de baño.

Un reflejo

Pasé mi mirada minuciosamente por la figura que veía en el espejo. Una chica de metro sesenta y cinco. Con piel ni muy blanca ni muy morena. El cabello hasta la cintura, peinado cuidadosamente cada mañana y cada noche.

Como se lo peinaba su madre.

Su mirada, centelleante, le devolvía la mirada des del otro lado del espejo. Deslizó de nuevo la mirada, esta vez hacia el lado derecho del tórax, justo debajo de las costillas. Apretó los labios y las increíbles ganas de llorar. No podía llorar, ella era fuerte. Se lo había prometido, que nunca lloraría a causa de ella. Ella no podía…

Silenciosas y sin permiso, las lágrimas abrieron un camino a través de sus mejillas.

¿A quién quería engañar? Ella era una niña pequeña, llorona e ingenua, que solo se cubría detrás de un muro de alegría y de fuerza.

Patética.

Porqué ella sabía que cada vez que estaba sola con su reflejo y deslizaba la mirada a través de sí misma se rompía más. Porqué cada vez que veía esa pequeña línea debajo de las costillas, en el lado derecho de su cuerpo—esa insignificante línea— se acordaba del accidente automovilístico.

Porque ella estuvo allí, con ella.

Lloraba y se llenaba de tristeza y de pánico al pensar que ella salió de allí con un rasguño y su madre salió de allí durmiendo profundamente para después dirigirse a la fría muerte.

Sacudió con fuerza la cabeza, como si quisiera hacer salir disparadas los pensamientos desagradables de su cabeza. Nadie los sabía, solo su padre. Nadie sabía que ella había estado en el mismo coche en donde iba su madre cuando tuvo ese accidente. Y según su padre, debía seguir así, ¿el motivo? No lo sabía.

Acabé de desnudarme, y me metí directamente en la tina, hundiéndome en el reconfortante calor que se filtraba por mi piel, un calor que le devolvía la calidez a mi cuerpo, la calidez que me hacía sentir viva.

No sé cuánto tiempo me entretuve divagando entre alucinaciones de un futuro cercano y de un pasado muy lejano, solo sé que cuando salí del agua, esta, estaba helada.

Como un robot que tiene programado hacer una serie de tareas, me sequé y me puse el camisón. Y salí hacia la biblioteca. Solo abrí un palmo de ella, lo suficiente. Aspiré fuertemente, llenándome del aroma del cuero de los libros viejos y del papel de los nuevos. Y del familiar aroma de lavanda de mi madre. Un olor, que cada noche aspiraba para calmarme. Un olor que necesitaba para seguir sintiéndome viva.

La puerta se cerró con un eco de madera contra madera y después de oyeron los tenues pasos de mis pies al pisar el frío suelo del pasillo. Con un gruñido, mi puerta se abrió y yo pasé hacia dentro. Otro clock sonó esa noche al cerrar la puerta. Me senté en el suelo, justo delante del espejo. En mi mano derecha tenía un peine de color blanco, el favorito de mi madre, y cepillé hasta el cansancio mi cabello. Dejé el peine dentro de una caja que guardaba al final del armario. Y me metí en la cama después de de programar la alarma del reloj.

Y mis dedos se deslizaron silenciosamente hacia los mechones de pelo rosados. Y como cada noche, me quedé dormida imaginando que no era yo sino mi madre quien los acariciaba.