AL CAER LA NOCHE
Un fic de expansión del potterverso a la Magia Hispanii
El poder de los sueños, la magia del amor, algunas pinceladas de la Tradición Mágica Sufita que se desarrollló en Al-Andalus… y los Pizarro, cierta familia de magos españoles.
Para Fiera, regalo de cumpleaños. Muchas felicidades, te deseo lo mejor para este año. Septiembre de 2014.
Disclaimer: el potterverso pertenece a JK Rowling.
Copyright: la expansión a los magos y brujas de España y Portugal es cosa mía, con la inestimable ayuda de Cris Snape y de la propia Fiera, entre otros.
Oda a los enamorados
Los enamorados,
sumergidos en el Bienamado,
en Su amor
le ofrecen sus espíritus.
Malgastan aquello que enriquece
y refuerzan aquello
que subsiste en Dios,
¡Qué sublime es lo que hacen!
El brillo y los adornos del mundo
no les distraen;
ni tampoco sus bienes,
su dulzura, su ropaje.
Vagan por el cosmos,
extáticos, raptados;
ningún lugar está sin ellos,
ni siquiera las ruinas.
La trompeta de la expectación
les convoca, alertas,
¿cómo languidecer,
cuando el fuego estalla?
Al caer la noche,
se van a su reunión,
y se acomodan en el albergue
de su Bienamado.
Se les ofrece para vestir
un manto de honor,
la bendición de aquel aliento
que trae aromas de ebriedad.
Son los enamorados:
Él los atrae cerca de Sí,
pues sólo piensan
en servir al Amado,
el Eterno Recurso.
Gloria a Aquel que les otorga
el favor de Su proximidad,
cuando consuman Su amor
y alcanzan su Meta.
(Abú Madián. Poeta sufí español del siglo XIII. Personaje real)
- Al Caer la Noche te veneraré como la reina que eres…al caer la noche tuyo seré, como tu esclavo, estaré a tu servicio para satisfacer tus más mínimos deseos.
- Al caer la noche recibiré tu homenaje…y cuando el sueño nos rinda y las barreras que aprisionan el alma se hagan humo, nuestra magia desatará toda su fuerza creativa como don que es del Creador.
(Diálogos. Maestro Ibn Ismail y su esposa principal - Magos sufitas hispanii del siglo XIII)
CAPÍTULO 1
INTROITO
Costa mediterránea de Marruecos, finales de julio de 1974…
Con un explícito gesto de manos las cortinas se descorrieron dejando a la vista un impresionante ventanal frente al mar. El cielo estaba impoluto y brillante, y arrancaba destellos de plata de un Mediterráneo en completa calma. Justamente el tipo de mañana de verano que tanto adoraba el inquilino de aquella habitación, desde cuya puerta su madre, una bruja alta, delgada, de cabello completamente cano recogido en la nuca con descuido, respiraba hondo antes de penetrar en el santuario de su hijo menor con decisión, pues había mucho que hacer antes de la llegada de éste y su, todavía le resultaba raro pensarlo, sobrina convertida en nuera.
Catalina paseó la vista por la habitación decidiendo mentalmente por dónde comenzar. Se trataba de un cuarto amplio y luminoso de paredes inmaculadas y muebles de líneas rectas, de madera lacada en un marrón tan oscuro que parecía negro, rematados con tapicerías en blancos rotos. Mientras su hijo mayor, Javier, prefería en todo los estilos más clásicos, el menor, José Ignacio, se decantaba sin dudar por las tendencias modernas, y a la hora de decorar su habitación no tenía problema con experimentar, varita en mano, combinaciones de colores y texturas. La bruja dejó escapar un suspiro preguntándose si con ocasión de su próxima visita procedería de nuevo a ponerlo todo patas arriba, o se conformaría con lo existente. Hasta la fecha no le había hecho falta meter la nariz en una tetera repleta de posos de te para predecir que algo cambiaría en la decoración de sus lares, pero en esta ocasión había una nueva variable a considerar que podía desbaratar el augurio. Y esa variable tenía nombre propio. De tres letras, para ser mas exactos.
En cualquier caso, aunque contara con la inestimable ayuda de la magia tampoco es que anduviera sobrada de tiempo para disponerlo todo, así que extrajo su varita del bolsillo derecho de la fresca gandora azul celeste con bordados en plata que llevaba puesta y procedió a conjurar un hechizo sobre una escoba. De las de barrer.
Al cabo de media hora intensa de magia, la habitación lucía tan impoluta como el cielo. Y fue entonces cuando Catalina abordó el asunto de la cama, la que presidía el centro de la pieza y desde donde se podía contemplar tranquilamente el cielo, la playa y el mar. José Ignacio había salido a ella y por eso era un Pizarro atípico, de pelo liso, ojos claros y sobre todo, muy alto. Y como tal, tenía una cama grande. Pero seguía siendo una cama de soltero y ahora era un hombre casado. Ana, por su parte, también era una mujer alta. Tendría que cambiar las dimensiones del lecho y de toda la ropa de cama, un hechizo laborioso que no obstante, bien hecho proporcionaba excelentes resultados. Y sin pensárselo dos veces, agitó su varita una vez mas.
Antes de una hora estaba a punto de cerrar tras de si la puerta de la habitación. Entre sus cuatro paredes, inicialmente elevadas como toda la casa para disfrutar de los periodos de asueto de la familia, José Ignacio había pasado largas horas estudiando árabe y practicando magia sufita desde la temprana adolescencia. El mar, lejos de tentarle para correr en pos de la diversión como ocurría en Valencia, parecía contribuir a su concentración. Y eso que se trataba del mismo Mediterráneo que cantaba con tanto acierto un muggle catalán llamado Serrat, aunque Catalina, nacida a orillas del Cantábrico, discrepaba en que el alma de aquellas aguas fuera "profunda y oscura". Dejando aparte cantautores patrios y poesía marinera, algo tenía aquel lugar para su chico aunque no fuera un punto telúrico. Allí preparó en soledad y silencio el examen para obtener su primera Mano de Fátima, en la Tarika de Beni Enzar. Y allí se refugió en silencio durante una hora cuando regresó, exitoso y convertido en todo un mago sufita. Quizás porque necesitaba su tiempo para asimilar el logro alcanzado.
Cuando su hijo había manifestado su intención de dedicar su futuro profesional a las pociones espagyritas de la fábrica familiar de Valencia, Carlos Pizarro, su padre, se había quedado pensativo durante un rato, tras el cual llamó al chico a su despacho y mantuvo con él una conversación "de mago a mago". Catalina fue debidamente informada por su marido aquella misma noche, tras las puertas cerradas del dormitorio, el "santuario" donde ambos, a pesar de ser tan distintos, desnudaban sus almas.
- Hay mucha base cabalística en el trabajo de Moltó.- Había dicho Carlos.- Y todo el cimiento clásico, que parece sacado de Hermes Trimegisto.
-¿Parece? ¡De dónde iba a salir si no!- Había exclamado Catalina, sorprendida porque para una hacedora de pociones espagyritas aquello era obvio, maravillada porque un mago con unos estudios tan dispares a los suyos como su marido, antropólogo contemporáneo y empresario agrícola de éxito, supiera de aquellos arcanos alquímicos que se hundían en la noche de los tiempos.
- Por eso precisamente…- Contestó Carlos con calma cuando Catalina objetó que, posiblemente, era un camino exigente en demasía para lo que el chico pretendía.- Nacho es un chico inteligente y de talento.- Insistió Carlos.- Le he hablado de no desperdiciar sus dones. Podrá aportar cosas nuevas si se esmera en la Tradición Sufita.
- Tendría que comenzar por aprender árabe. Y es una lengua difícil. Tu lo sabes bien.
- Y pienso que por tanto no debería perder tiempo.
Y ahí terminó el debate entre ambos porque quién tenía la última palabra, que no era otro que el hijo en común, había aceptado el reto que le propuso su padre. Catalina frunció el ceño y pensó que Carlos era un maestro acicateando el orgullo de las personas para ponerlas en camino de la mayor exigencia. Solo había fracasado una vez, con Sara, cuando ella tenía diecisiete años y casi la hizo tirar por la borda sus sueños. José Ignacio, que ciertamente andaba sobrado de talento, también era terco, y con quince años se creía capaz de comerse el mundo. No era de extrañar que la reacción de semejante hechicero juvenil ante un desafío debidamente planteado fuera considerar que aprender árabe era una minucia poco mas difícil que el álgebra lineal del colegio muggle. Su padre habría tocado debidamente los palotes que asentaban su orgullo adolescente para lanzarle de cabeza a semejante reto sin pararse a considerar las dimensiones casi titánicas del esfuerzo, todo un ejemplo de la mas pura manipulación marca de la casa, aunque fuera con buenos fines.
-Le buscaré el mejor tutor sufita.- Habló entonces Carlos, y lo dijo con suavidad a la vez que se aproximaba hacia ella y le tocaba afablemente el codo. El manipulador acababa de ceder la palabra al padre inteligente y dedicado, que nunca había escatimado esfuerzos en lo concerniente a la educación de sus dos vástagos. Catalina asintió con la cabeza sin decir nada. ¿Qué podía añadir? Y así fue como aquel brujo sufita de la Tarika de Beni Enzar entró en la vida de su benjamín. El Maestro, como lo denominaban habitualmente padre e hijo con reverencia y hasta cierta devoción.
El tiempo había transcurrido y otra de las habilidades de Carlos para tratar con las personas se había puesto de manifiesto: su capacidad para calibrar hasta dónde podían dar de sí, mas allá de los límites que ellos mismos se conocieran. Y José Ignacio había superado con creces el reto que su padre le puso tiempo ha ante las narices. Ahora Catalina podía enorgullecerse de tener entre las filas de los hacedores de Moltó a uno de los mejores del país, probablemente de Europa, aunque fuera un poquito presuntuoso pensar en esos términos. Y una vez mas, debía reconocer que Carlos había tenido razón: su formación sufita había incorporado nuevas posibilidades a la empresa.
Ahora José Ignacio era un hombre casado. Casado con su prima Ana, con la que se había pasado la infancia, la adolescencia y el comienzo de la juventud en perpetua discusión. Catalina todavía tenía que hacer un esfuerzo para creerse que la discrepancia beligerante había cedido el sitio a un sentimiento mucho mas constructivo como era el amor, aunque en su fuero interno debía reconocer que a veces, cuando interceptaba casi furtivamente un cruce de miradas entre ellos o un gesto nimio, como un efímero roce o una leve sonrisa, percibía atisbos de ese amor. Carlos, por su parte, coincidía plenamente con la madre de Ana. Ambos opinaban que los dos primos estaban hechos el uno para el otro y que las peleas de infancia no tenían ninguna importancia.
Catalina no terminaba de convencerse, pero no era el momento de pensar en ello, porque necesitaba ser pragmática. En cuanto su hijo saliera de trabajar ambos se Aparecerían en su casa. En los tres meses escasos que habían transcurrido desde que contrajeron matrimonio, siguió pensando Catalina mientras se inclinaba sobre una esquina para estirar bien la ropa de cama con la mano, haciendo desaparecer una arruga minúscula, su hijo y su sobrina había contado con pocos ratos de asueto mas allá de los ocho días que pudieron disfrutar de su luna de miel. El trabajo en Moltó se había acumulado increíblemente y las condiciones astronómicas no habían jugado precisamente en favor del tiempo libre. José Ignacio había trabajado hasta 24 horas seguidas, de atardecer a atardecer, mientras que Ana tenía sus propias obligaciones en El Mago de las Finanzas, el periódico del mundo mágico en el que trabajaba. Las horas de descanso, compartidas en su mayoría en aquel ático que habían comprado en Madrid, empeñados en vivir entre muggles, no habían coincidido siempre. Y por eso la madre pensaba que los quince días que iban a pasar de vacaciones debían aprovechar para estar juntos. Juntos y preferiblemente solos. Sin interferencias paternas. Por esa razón le había llamado tanto la atención la insistencia de su hijo en pasarlos en la casa de Beni Enzar en lugar de marcharse por ahí.
-Ana solo ha estado de visita, mamá- Le había recordado él. Y tenía toda la razón. Mientras las otras sobrinas y el sobrino habían pasado mas tiempo allí, la menor de las chicas siempre había declinado dormir en aquel lugar. Catalina se había preguntado en alguna ocasión si es que la muchacha no se encontraría a gusto y las posibles razones para ello. Solo había encontrado una, pero era poco consistente, porque igualmente podría aplicarse a las casas de las bisabuelas comunes o a su propia residencia en la dehesa trujillana. Una razón con nombre compuesto y apellido de conquistador, por lo que su presencia no parecía suficiente motivo para que Ana no quisiera permanecer mas que unas horas en Beni Enzar. Hasta aquel mes de julio.
-Todo estará perfecto.- Carlos le salió al encuentro por el pasillo. No necesitaba decirle nada para que él supiera de sus cuitas y preocupaciones. Aún así, ella insistió en las cavilaciones que le rondaban.
-Sigo pensando que quizás estuvieran mejor los dos solos en cualquier otro lugar. Los padres podemos llegar a ser un incordio...
-No exageres.- Carlos la tomó del brazo y caminó a su lado. Con sus babuchas completamente planas, Catalina le sacaba media cabeza, pero aún así su aplomo le daba una presencia imponente al mago extremeño.- José Ignacio quiere compartir con ella vivencias... mostrarle cosas valiosas de su infancia y adolescencia. Y de su formación como mago, no lo olvides.- Añadió él con calma.
Su formación como mago... El primer Pizarro sufita en generaciones. El primero absoluto por el lado de ella, sin contar con los Moltó, aunque éstos habían sido mayoritariamente cabalisticos, como el fundador de la dinastía, un judío que regresó a casa a pesar de los decretos de expulsión, conoció a una joven bruja de primera generación, hija de campesinos de la Albufera, se enamoraron y de ellos derivó aquella rama de la familia, que acabó apellidándose por el apodo del antepasado. Ese era su hijo José Ignacio.
