He revivido, queridos lectores, trayéndoles una nueva actualización de este fic. De a poco vamos adentrándonos en la acción y pronto se develarán más secretos y misterios, y se explicarán muchas cosas… Ahora los dejo con el cap, espero sea de su agrado =)
IMPORTANTE: Los personajes no son míos, ya lo saben ^^U pertenecen a mangaka Rumiko Takahashi. Este fic ha sido escrito como hobbie sin fines de lucro, con el simple fin de entretener a quienes lo lean ;)
ACLARACIONES Y SIMBOLOGÍA:
Todos los conceptos que utilizo en la historia son de mi plena invención, no tienen nada que ver con tradiciones de verdad. Los nombres de los lugares y algunos apellidos tienen significados en japonés, los que incluiré en paréntesis, para que los sepan.
—…blablá…— son los diálogos.
/…blablá…/ son los flash back o racconto (más de esto último, creo), y están narrados en tercera persona.
"…blablá…" son los pensamientos.
La Llave
Capítulo XI
"Rosa Oculta"
Amaneció nuevamente, pero esta vez el clima era frío, las nubes grises cubrían el cielo ocultando el sol y las gotas amenazaban con comenzar a caer en cualquier momento.
InuYasha se encontraba mucho mejor: sus heridas estaban cerradas y cicatrizando rápidamente y su ánimo era aún mejor; Sango seguía apartada de todos, aunque parecía acercarse a InuYasha buscando su atención, pero el hanyou siempre la ignoraba; Miroku procuraba mantenerse acercado al grupo, especialmente impedir que Sango se alejara, pero le estaba costando trabajo hacerlo, especialmente al intentar complacer a su "novia" Hana para que no se diera cuenta de su cambio.
— ¿Y Kirara dónde fue? ¿Cuándo volverá? — Preguntó Hana, rompiendo el silencio que reinaba mientras comían su desayuno.
— Eso no es de tu incumbencia, pseudo Hechicera — respondió tajante InuYasha, dándole un mordisco a su rebanada de pan.
Miroku miró al hanyou con el ceño fruncido, llamando la atención de todos.
— ¡Few! ¡¿Y a ti qué te pasa que me miras así, monje?! — Soltó el observado, molesto por la atención.
— Sólo creo que esa no es forma de tratar a una dama — Miroku cerró los ojos y soltó un suspiro de cansancio —. ¿Podemos hablar, de hombre a hombre?
InuYasha dio un respingo, soltó un bufido y masculló entre dientes poniéndose de pie para salir por un sendero lejos del campamento. Miroku lo siguió, con paso decidido, el peli plateado lo esperaba sentado bajo un frondoso árbol, con los brazos cruzados abrazando su espada y los ojos cerrados.
— ¿Y qué es lo que quieres ahora? — Masculló, con un bufido, como queriendo evitar esa conversación. — Si me vas a sermonear sobre cómo tratar a una dama, ahórrate las palabras: no me interesa saber tratar bien a esa mujer.
— Estás equivocado — Miroku se sentó a su lado, cruzando sus piernas y abrazando su báculo —. No me interesa que la trates mejor, sino que me ayudes a descubrir sus planes.
InuYasha abrió sus ojos de par en par, sorprendido con las palabras del monje. ¿Acaso se había despertado del hechizo, dándose cuenta de la verdad? Si era así, ¿por qué le seguía el juego a la detestable Hana…?
— ¿Crees que confiaré en ti, sabiendo la oscura verdad que oculta ella? ¿Cómo sé que no estás indagando qué tanto sé yo, para luego acabarme? — Preguntó el hanyou, levantando una ceja.
— Tienes toda la razón en desconfiar y dudar, pero créeme — Miroku lo miró a los ojos, revelándole su sinceridad —: sé que estaba bajo un hechizo y el enorme daño que causé… no sólo a la misión, sino también al corazón de Sango. No quiero seguir equivocándome, pero no sé cómo hacerlo sin que se percaten que he descubierto la verdad. Escuché a Hana hablando con Refnig, y tengo miedo de que las cosas empeoren.
Miroku miró el cielo, suspirando con tristeza; InuYasha se quedó perplejo observándolo unos segundos y comprendió que era verdad, esos ojos eran los mismos que le demostraron confusión hacía unos días atrás, cuando tuvieron esa plática sobre sus dudas. Bufó levemente, como molesto.
— Eres un idiota, tenías todo para acabar con esto desde hace tiempo, pero te dejaste confundir y luego, hechizar por esta tipa y arriesgaste todo…
— Lo sé, y no sabes cuánto me arrepiento — Miroku suspiró cabizbajo, visiblemente afectado con las palabras de su compañero —. Por eso ahora quiero enmendar la situación, pero necesito saber cuál es la verdadera situación antes de actuar de alguna forma, temo cometer algún otro error…
— Bien… — InuYasha se pasó las garras por el mentón, pensativo. — Kirara fue a buscar a Yoi para ver si nos podía ayudar a anular el hechizo que te confundía, pero como eso ya ha pasado, creo que debemos pedir su consejo en otro asunto.
— ¿Qué otro asunto? No sé qué más puede estar afectando nuestra situación, es decir… Sango está así por culpa mía, ¿no?
— Te equivocas, a Sango le ocurrió algo más — replicó InuYasha, alzando la mirada al cielo al recordar a la extraña niña albina —. No sé exactamente qué, pero ella no es ella, si entiendes lo que quiero decir.
— Comprendo a qué te refieres, algo está interfiriendo con su esencia…
— Sí, pero no sé de qué forma. Me preocupa, porque no la siento igual… es decir, su aroma sigue siendo el mismo, pero algo cambió. Me perturba, porque está tratando de acercarse a mí, como si quisiera olvidar lo que siente por ti…
Ambos se quedaron en silencio unos momentos, pensando en qué podrían hacer para que las cosas volviesen a ser como debían. De pronto, un rugido rompió el silencio, advirtiéndoles la llegada de Kirara; la felina descendió hasta ellos y de su lomo bajó Yoi, quien miró extrañado a Miroku e InuYasha.
— ¿Qué sucede aquí? ¿Quién es este hanyou, Miroku? — Preguntó el anciano, observando con cierta desconfianza a InuYasha.
— Es una larga historia, pero en resumidas cuentas es un excelente compañero de viaje y quien más claro tiene el panorama en estos momentos — respondió el monje, poniéndose de pie y acercándose al anciano —. No sabes cuánto me alegra verte, Yoi.
Miroku abrazó al recién llegado como si fuese su padre, cálidamente, y luego le sonrió, como si todo fuese a ser mejor con él cerca.
— No puedo decir lo mismo, esperaba que nuestro reencuentro fuese en otras circunstancias — Yoi se separó del abrazo y contempló detenidamente a Miroku —. Explícame, porqué estoy aquí.
Miroku intercambió miradas con InuYasha, inhaló y se decidió a comenzar la historia.
— Verás… fuiste llamado por Sango e InuYasha porque yo estaba hechizado, y querían saber cómo romper ese hechizo; sin embargo, ya reaccioné al escuchar a Hana hablando con Refnig. Hana es una hechicera que viaja con nosotros, nos había salvado a Kirara y a mí pero he descubierto que me había hechizado para que me enamorara de ella… — Miroku exhaló, aún abatido con lo sucedido. — Sin embargo, ahora…
— Creemos que le ha pasado algo a Sango — interrumpió InuYasha, con la mirada fija en Yoi —. Desde hace un par de días que se comenzó a comportar extraña: se ha acercado a mí buscando olvidar a Miroku, pero la siento diferente, como… vacía…
Yoi abrió los ojos, asustado, y se quedó pensativo unos segundos antes de pedirle a InuYasha que prosiguiera:
— Cuéntame, joven hanyou, ¿has asociado a algo que Sango esté así?
— Hace un par de días, justo antes de notar este cambio en Sango, vi a una niña escapar del bosque junto a Kagura en su pluma. Presiento que su cambio tiene que ver con eso, pero no sé como — concluyó InuYasha, encogiéndose de hombros.
— ¿Esa niña… — Yoi pasó saliva, un poco nervioso — era blanca como la nieve y tenía un espejo? — El anciano fijó su mirada en el oji dorado, él asintió con la cabeza. — Oh no… es Kana, la nada. Roba almas a través de su espejo y manipula a sus víctimas. La leyenda dice que fue neutralizada hace miles de años, pero hace un tiempo Náraku usó su poder para recrear un demonio con sus características. Lo más probable, me temo, es que haya sido ella y que en estos momentos, el alma de Sango se encuentre en manos de Náraku…
InuYasha y Miroku tragaron saliva, intercambiando miradas preocupadas. Entonces, sí eran ciertos sus temores, las cosas estaban mal…
— ¡¿Qué diablos se supone que está haciendo ese maldito de Yoi con ellos?!
El grito de Refnig cortó el aire, mientras Kagura se abanicaba con desdén y Kana esperaba en un rincón con el semblante ausente. Náraku torció los labios en una mueca de fastidio.
— No es bueno, Yoi posee demasiados conocimientos… — murmuró, observando a sus secuaces. — Sin embargo, siempre podemos hacer algo para usar su presencia a nuestro favor. Si descubre que el alma de Sango fue arrebata, y es lo más probable, podemos intervenir para que no descubran como recuperarla.
Todos soltaron una leve carcajada, aprobando la idea de su señor; sin embargo, no estaban seguros de poder conllevar esta situación, Yoi era un hechicero muy poderoso y más que eso, sabio y con mucho conocimiento. Debían tener cuidado con lo que harían de ahora en adelante.
— Lo que me intriga es qué clase de magia está usando para evitar ser espiado — murmuró de pronto Refnig, observando la escena en la nebulosa que se dibujaba frente a ellos —. No había visto algo así, no podemos escuchar su conversación…
— Es magia antigua y poderosa — respondió Náraku, con furia —. Una que no sé cómo contrarrestar. No puedo descubrir qué es lo que saben, que es lo que piensan ni mucho menos qué les está diciendo el anciano. Fue muy astuto pedir su ayuda… creo que ahora nuestra información dependerá de lo que sea capaz de averiguar Hanako…
Los presentes asintieron con la cabeza, dejando la tarea en manos de la joven pseudo hechicera…
Kirara corrió por entre los árboles hasta llegar al claro en donde se encontraba el campamento, visualizó a su dueña y se encaminó hacia ella, pero se detuvo en seco durante un segundo, miró a Miroku e InuYasha que iban tras ella y maulló.
— Está bien, Kirara, es Sango — murmuró InuYasha, como dándole permiso a la minina para acercarse a la Hechicera.
— ¿Qué fue eso? — Preguntó ella, con las cejas fruncidas. — ¿Por qué tiene que pedirte permiso?
La gata y el hanyou intercambiaron miradas, dudando. ¿Qué le dirían?
— No es eso, mi querida niña — la voz de Yoi los salvó de la incómoda situación —. Es por mi llegada… ¿No habías pedido mi ayuda?
Sango observó perpleja al anciano, para luego dibujar una sonrisa en su rostro y abrazarlo con fingido cariño, olvidándose por el momento de la situación con Kirara. InuYasha suspiró, aliviado, y Miroku se acercó a Hana para evitar levantar más sospechas.
— ¿Y de qué hablaste con esa bestia? — Preguntó la muchacha, dirigiendo la mirada hacia su pareja. — No quiero causarte problemas, si él llegase a hacerte daño…
— Sólo le pedí que fuese más caballero contigo, me molesta cuando te trata mal — respondió el monje, sentándose al lado de la joven.
Luego de un par de horas en las que el grupo descanso y puso al tanto a Yoi de lo que había ocurrido en ese tiempo, Sango se preparó para seguir el viaje. Arregló sus pertenencias, agradeció a Yoi su visita y se despidió de los demás.
— Es hora de que continúe mi viaje, debo acabar con esto lo antes posible — concluyó, haciendo una leve reverencia a sus amigos —. Agradezco su compañía, ayuda y apoyo, pero debo seguir sola, como bien se lo expliqué a Miroku antes. No puedo seguir arriesgándolos en un camino que tal vez no tenga retorno.
— Few, ¿y tú crees que no te vamos a seguir? — InuYasha bufó, molesto. — Sabes que ninguno dejará que sigas sola, menos con todo lo que ha pasado.
— No voy a entrar en discusiones contigo, ya tomé la decisión — repuso la Hechicera, tomando sus cosas.
— No es algo que vayamos a discutir, eso lo tenemos claro — ahora fue Miroku el que habló, calmadamente, poniéndose de pie y arreglando su equipaje —. Te acompañaremos, te guste o no, así que está decidido, como bien dices.
Sango resopló, moviendo su flequillo con resignación. Todos se alistaron, incluido el recién llegado Yoi, y emprendieron el viaje con InuYasha ya mucho mejor: la aventura debía continuar, como habían dicho.
La noche había caído sobre las montañas, la luna llena brillaba sobre los árboles, mientras algunas nubes volvían a cubrir el cielo, oscureciendo aún más el lugar.
El grupo dormía tranquilamente, protegidos por un campo creado por Yoi, quien había insistido en que era lo mejor. Incluso a Kirara la había vencido el sueño, quedándose dormida en el regazo de Sango. Hana era la única que estaba despierta, atenta, esperando algo.
Un rayo cayó cerca de donde se encontraban, pero sin provocar ruido para no alertar a los demás. Hana se levantó, miró a su alrededor para comprobar que todos dormían y, sigilosamente, se dirigió al lugar del impacto. Refnig la esperaba, envuelta en una nube de polvo y preparada para atacar si alguien diferente a su cita se acercaba.
— Puedes estar tranquila, todos duermen y no despertarán — anunció la hechicera, despejando el polvo con un movimiento de su mano —. He puesto un hechizo somnífero sobre el campamento.
— Bien, es una medida extra de seguridad que no está de más — Refnig aceptó la idea, observando a la muchacha mientras guardaba su espada —. Ahora, debes estar alerta con ese anciano mal nacido.
— ¿Te refieres a Yoi? No tienes porqué preocuparte, no ha hecho nada más que escuchar las aventuras que hemos pasado este tiempo…
— No te confíes, ese tipo es más astuto de lo que aparenta — la demonio escupió al suelo, molesta —. Su llegada altera los planes de nuestro señor. Así que, escucha con atención, deberás seguir al pie de la letra nuestras órdenes.
— Como digan, siempre lo hago — murmuró ella, con fastidio.
— No ha sido así exactamente el último tiempo, pero esperamos que esta vez lo hagas — con una carcajada, la oji azul miró el cielo, escudriñando las nubes amenazantes —. Así que se dirigirán al suroeste de la montaña, al templo Guren [N.A.: Flor de loto en japonés] para el anochecer de mañana, y ahí estaremos esperándolos para el siguiente paso. Terminaremos esto pronto.
Y sin esperar respuestas o preguntas, alzando su espada al cielo, Refnig desapareció en otro rayo al instante que comenzaba a llover. Hana se cubrió del agua con su brazo y corrió hacia el campamento. Al llegar, descubrió que el campo protector también los protegía de la lluvia. Se acercó al fuego de la fogata y lo avivó, para luego sentarse a secar sus ropas y su pelo, pensativa. ¿Terminar esto pronto? Esa frase le causó escalofríos, tenía miedo de que eso significara acabar con todos ellos… Sabía que sí eran capaces de matarlos a todos, incluyéndola a ella. No temía morir, pero era distinto con él… Dirigió su vista hacia el monje, que dormitaba sentado contra la corteza de un árbol, a un par de metros de ella. Sacudió la cabeza, alejando esos pensamientos de su mente: no permitiría que eso pasara, costara lo que le costara…
"Unas horas más tarde…"
La lluvia había amainado un poco, pero seguían cayendo gotas rebeldes desde las nubes, y de vez en cuando el agua se precipitaba sobre ellos sin piedad. El grupo se protegía como podía, mientras apresuraban el paso para llegar pronto a un lugar un poco más resguardado en donde pudiesen descansar un poco y preparar el almuerzo.
Sango se disculpó un momento y se alejó del grupo, diciendo que iría a buscar un poco más de agua. Al poco rato, Miroku fue en su busca, argumentando que se estaba demorando más de la cuenta; Hana insistió en acompañarlo, pero Yoi se lo impidió, pidiéndole que le contara dónde había recibido su aprendizaje de hechicera.
Mientras ellos charlaban sobre el tema, el Monje se encaminó por el sendero en la dirección que había tomado su acompañante; al poco rato la divisó, sentada junto a unos arbustos que ocultaban una rosa, contemplando la flor ensimismada.
— ¿Sango, te encuentras bien? — Preguntó el oji azul, acercándose con cuidado.
La muchacha parecía estar en un extraño trance, con los ojos mirando hacia el vacío, sin expresión; sus labios entreabiertos parecían pedir un poco de aire, mientras su postura era muy relajada, como si estuviera reposando. El Monje se acercó a ella y, suavemente, le tocó el hombro, para anunciarle su presencia; la muchacha cerró los ojos y luego los abrió bruscamente, como reaccionando a algún peligro, lo observó atentamente un segundo y, con la mirada llena de duda, preguntó:
— ¿Miroku? ¿Dónde estamos? Yo… no recuerdo mucho, no sé… — Sango tomó tiernamente las manos de su compañero, pero pareció recordar algo y las soltó violentamente. — No, tú y Hana…
— No, Sango, escucha — Miroku la interrumpió antes de que sus pensamientos y recuerdos la atormentaran de nuevo —. Yo no tengo nada con Hana, descubrí que todo fue un hechizo y sólo quiero enmendar mi error…
Sango se quedó boquiabierta contemplando los ojos del Monje, pero de pronto su expresión cambió a una de desconfianza y escepticismo, mientras su mirada se llenaba nuevamente de nada.
— No creo ni una sola palabra de lo que dices — murmuró, alejándose de él —. Eres un aprovechado que no quiere perder pan ni pedazo. No intentes darme más excusas y terminemos este viaje lo antes posible.
Y, dichas estas palabras, la Hechicera se puso de pie y se encaminó hacia donde se encontraba el grupo. Miroku quedó atónito con la reacción de la muchacha, pero pensó que debía ser parte del extraño comportamiento que describió InuYasha. Luego miró la rosa y sonrió con nostalgia al recordar uno de esos momentos especiales…
/ "Hace 500 años, en algún momento…"
Caminaban por el bosque, bajo una lluvia atenuada por los frondosos árboles que rodeaban el camino. De pronto, Sango se detuvo y se quedó observando un costado del camino, bastante ensimismada; Miroku se acercó a ella, con curiosidad.
— ¿Qué observas, pequeña? — Le preguntó, buscando algo inusual con su mirada, aunque no pudo distinguir nada fuera de los arbustos que bordeaban el camino.
— Una excepción, una maravilla en este lugar — respondió ella con una sonrisa, señalándole con el dedo un montón de hojas y ramas espinadas que parecían cubrir algo —. Es extraño que crezcan aquí, pero aún más raro que esté sola…
Miroku, luego de escudriñar unos segundos el manojo de ramas que le señalaba la Hechicera, pudo contemplar la maravilla de la que hablaba: una rosa, solitaria y hermosa, de un color rosa pálido, casi blanco, resaltaba escondida con un brillo especial.
— Es hermosa — murmuró él, sin despegar la vista de ella —. Como tú: única y maravillosa en un lugar tan hostil y contaminado…
La Hechicera sonrió con rubor en las mejillas por las palabras del chico, quien le depositó un tierno y suave beso en la frente y luego la abrazó por la espalda, mientras observaban un poco más la belleza de la naturaleza.
— Será nuestra rosa… tu rosa — dijo el monje luego de un rato, sacando de entre sus prendas un pergamino y un amuleto y colocándolos entre las ramas a los pies de la rosa —. Y la protegeremos para que podamos volver a verla después… para que siempre esté segura y siga creciendo, a pesar de lo que el mundo le depare.
Ella asintió, observando cómo Miroku murmuraba unos rezos y luego creaba una barrera de protección. Luego siguieron su camino, aún debían recorrer un buen tramo…
Fin del Racconto…/
Se levantó y emprendió el caminó de regreso con sus compañeros, un poco cabizbajo y ensimismado por lo ocurrido; sin embargo, al llegar trató de actuar lo más normal posible para no despertar sospechas en Hana.
Luego de comer, guardaron sus pertenencias y volvieron a encaminarse rumbo al suroeste por la montaña, a paso raudo pues, según Hana y Sango, debían llegar ahí antes del anochecer, a un templo que era crucial para su misión. La lluvia parecía haber recobrado la vida luego de su descanso, pues caía más fuerte que antes sobre la montaña; no obstante, ahora estaban protegidos por las frondosas cortezas de los árboles del bosque que cubrían el resto del camino hasta su destino. Pronto llegarían al templo. Pronto, enfrentarían más obstáculos y peligros…
Bien, es el final de este cap, espero pronto estar actualizando porque ya tengo muchas ideas en mente sobre cómo sigue esta aventura…
Muchas gracias nuevamente a Artemisa Neko-chan, tus reviews me dan ánimos para seguir escribiendo :D
Y a los demás, si les ha gustado o no, ¿me lo harán saber? Dejen un review, no sean malitos… ¿ya?
Nos estamos leyendo en la siguiente entrega de este fic, ¡hasta pronto!
