IMPORTANTE: Los personajes no son míos, ya lo saben ^^U pertenecen a la mangaka Rumiko Takahashi. Este fic ha sido escrito como hobbie sin fines de lucro, con el simple fin de entretener a quienes lo lean ;)
ACLARACIONES Y SIMBOLOGÍA:
Todos los conceptos que utilizo en la historia son de mi plena invención, no tienen nada que ver con tradiciones de verdad. Los nombres de los lugares y algunos apellidos tienen significados en japonés, los que incluiré en paréntesis, para que los sepan.
—…blablá…— son los diálogos.
/…blablá…/ son los flash back o racconto (más de esto último, creo), y están narrados en tercera persona.
"…blablá…" son los pensamientos.
La Llave
Capítulo XIII
"Adiós…"
La montaña se estremeció debido a los estruendos generados por la batalla, mientras que árboles, rocas, ramas y otros escombros salían despedidos con fuerza. Las pocas aves que vivían a esa altura y algunas otras criaturas, se alejaron rápidamente de la destrucción, presintiendo que eso no era algo natural y propio del lugar.
Náraku había comenzado a desesperarse, utilizando uno de sus últimos recursos: se había transformado en un demonio con forma de araña, pero sus patas se transmutaban en tentáculos para atacar a su adversario. Por su parte, Miroku esquivaba con cierta dificultad los ataques, pero lograba provocar daño en su oponente sin mucho esfuerzo, con pergaminos y conjuros en los que su rosario era una parte fundamental.
De pronto, un rayo interrumpió el acalorado enfrentamiento, sorprendiendo a ambos luchadores.
— ¿Qué demo…? — Náraku alzo la vista, viendo a la manipuladora de los rayos acercarse con la espada en alto. — ¡Por fin has recobrado el conocimiento! ¡Ahora, ayúdame y acaba con este monje de una buena vez!
La aludida soltó una carcajada, cargando su espada con más rayos y lanzándolos, para sorpresa de ambos adversarios, hacia el demonio, dañando considerablemente su nuevo cuerpo.
— ¡Sí, acabaré con esto de una buena vez! — Exclamó la muchacha, volviendo a levantar la espada. — ¡Pagarás el haber usado así mi alma!
Y todo comenzó a tener sentido. Seguramente, tras la caída de la demonio y la purificación y posterior sello del ōgi osore, el alma fuertemente prisionera de la antigua hechicera Genfir había sido liberada. La demonio ya no era la demonio, pero entonces ¿por qué podía dominar sus habilidades con tanta facilidad?
— ¡No te distraigas! — Miroku aprovechó las cavilaciones de Náraku para lanzar un certero conjuro directo, provocándole aún más daño.
El gigantesco y atemorizante cuerpo del demonio comenzó a caer a pedazos, desmoronándose cada vez más con cada ataque recibido de sus oponentes. Furioso, intentaba defenderse o regenerarse, pero sin la fuerza que le brindaba el ōgi osore, sus intentos eran en vano. De pronto Náraku sonrió, elevándose un poco más por la falda de la montaña y lanzando escombros contra los otros dos: acababa de recordar algo importante.
Aprovechó la ardiente batalla para acercarse a sus compañeros y librarlos de la molesta Kagura. Corrió veloz, esquivando con magia los escombros que caían desde el campo de batalla, hasta llegar a unos metros del árbol en el que reposaba el herido hanyō.
— ¿Intentarás acabar conmigo para que no los moleste más? — Preguntó la mujer de rojos ojos, mientras ocultaba su rostro tras el abanico.
— Claro que sí — respondió la Hechicera, preparándose para atacarla.
— No será necesario — la mujer sacó una de las plumas de su peinado y la lanzó al aire, montándose en su gigante medio de escape —. No pienso correr la misma suerte que Kana. Tampoco me interesa mucho lo que ocurra con Náraku, así que si lo derrotan será mejor para mí. ¡Les deseo suerte!
Y dichas estas palabras, emprendió el vuelo raudamente, desapareciendo a lo lejos. Sango, InuYasha y Yoi quedaron boquiabiertos por unos instantes al ver como se alejaba la manipuladora del viento; luego, volvieron al presente al sentir como más escombros caían demasiado cerca.
— ¿Se encuentran bien? — Preguntó la castaña, acercándose al herido platinado para evaluar su daño.
— Few, esto no es nada — respondió él, aunque dio un respingo de dolor cuando ella rozó el agujero en su abdomen.
— ¿Tú estás bien? Estaba preocupado por ti — murmuró Yoi, observando atentamente a la muchacha.
— Sí, tranquilo — Sango sacó de entre sus ropas un ungüento verduzco y se lo entregó al anciano —. Yo puedo con esto, por algo nos eligieron, ¿no? Ahora, unta esto en las heridas de InuYasha, para que no se vayan a infectar. Crearé un campo para protegerlos de la batalla e iré a acabar con esto.
El anciano asintió, tomando el ungüento entre sus manos con cuidado; InuYasha bufó y refunfuñó al sentir su olor y reclamó un tanto más por no poder participar de la lucha, pero obedeció a la mirada amenazante de Sango luego de que ella colocará el campo protector alrededor de ellos. Kirara acompañó a la chica, manteniendo su forma de tigresa, lista para atacar o emprender el vuelo en cualquier momento. Por fin, había vuelto la verdadera Sango. Por fin, todo acabaría, de una forma u otra.
Dejaron de atacar cuando se percataron de donde estaban: cerca del bosque, al otro lado de la montaña, sobre una estructura construida en piedra que representaba a una joven con el ōgi osore entre sus manos. Era el otro lado del Templo Guren, el lugar en donde ese mal había sido sellado por primera vez, y esa figura era la de Ihasmye hacía 1000 años. No podían contaminar ese lugar, no podían pelear ahí.
— ¿Se detendrán por esta estúpida figura? — Náraku escupió veneno al suelo, cerca de la estatua de piedra, el que se purificó casi al instante, él simplemente rió. — Sus dones purificadores pronto cesarán, cuando termine de contaminar este lugar.
— No se detengan por eso — la voz de Sango llamó su atención, todos alzaron la vista hasta ella, que llegaba a su lado volando en Kirara —. Es cierto que es un lugar sagrado, pero se construyó con un único propósito: sellar y destruir el ōgi osore.
— Sango… — Miroku sonrió al ver que se encontraba sana y a salvo, y que además volvía a tener su propia esencia. Ella le devolvió la sonrisa con cariño.
La tierna escena fue interrumpida por las carcajadas de Náraku, que se acercó a ellos lanzando miasma de veneno.
— ¡Sí, joven Hechicera! ¡Aliéntalos a pelear hasta que sus energías se acaben! — Volvió a reír, sin dejar de lanzar veneno. — Recuerda que mi existencia está ligada al ōgi osore: primero debes destruirlo para poder acabar conmigo, y por lo que puedo apreciar, sólo has sido capaz de sellarlo. ¿Acaso no eres quien puede destruirlo…?
— ¡Cállate! — Exclamó Sango, sabiendo que Náraku tenía razón.
— Sólo estoy diciendo la verdad… Deberías saberlo.
Sango, molesta con las palabras del demonio, le lanzó un poderoso ataque que desintegró casi por completo su cuerpo, dejando intacto sólo la cabeza, que se burlaba de ella con carcajadas, esquivando sus otros ataques mientras los trozos de su cuerpo que habían caído alrededor comenzaban a regenerase.
Miroku miraba la escena, un tanto confundido. Si Sango no era quién podía destruir el ōgi osore, ¿entonces quien? Iba a acercarse al lugar del enfrentamiento, cuando la espada de Genfir lo detuvo.
— Quédese aquí — ordenó con suavidad la muchacha, sin quitar la espada del frente de Miroku.
— Pe-pero…
— Yo distraeré a Náraku, le diré a Sango que venga con usted y así podrán culminar su misión.
El ojiazul asintió, observando cómo Genfir volvía a alzar su espada hacia Náraku y lo atacaba con fuerza, luego se acercó a la Hechicera y le dijo algo al oído, para seguir atacando al demonio después de que Sango se acercará a Miroku, con la mirada un poco preocupada.
— ¿Qué sucede? — Miroku se acercó a ella, un poco desconcertado por su expresión. — ¿Náraku tiene razón?
Ella lo observó detenidamente unos segundos, luego agachó la mirada y asintió con la cabeza.
— Lo es, lo sabía desde el principio — ella llegó a su lado, sin dirigir la mirada hacia él —. Mi aizu es el de "Guía" y "Purificadora"… nunca podría destruirlo.
— ¿Y entonces, qué haremos? — Miroku se acercó a ella e intentó encontrar su mirada, pero no pudo.
Sango evitaba verlo a los ojos, sabía que si lo hacía develaría la realidad y tenía miedo de hacerlo. Sin embargo, él intentó nuevamente encontrar sus mirada y avanzó otro paso más, adentrándose en el territorio sagrado del Templo. Sintió una cálida y pacífica energía recorrer su cuerpo y como si algo nuevo naciera dentro de él. De pronto, en su pecho comenzó a brillar su aizu de "Guradián", para luego transformarse.
— Sango… ¿qué es esto?
La muchacha lo observó y fijó su mirada en el nuevo aizu que estaba tomando forma, mordiéndose el labio inferior. Entonces, sus sospechas si eran reales.
Los rayos caían sin descanso sobre el agotado y malherido cuerpo de Náraku. Él respondía lanzando nubes de veneno, miasma y remolinos con ácido que atacaban a la joven guerrera, quien los esquivaba a veces con facilidad, otras con cierta dificultad. Algunos ataques eran certeros y herían a la joven, pero no le importaba: su existencia era efímera y sólo le preocupaba darles el tiempo suficiente a los dos Elegidos para que destruyesen ese mal y así, poder descansar en paz.
De pronto, un remolino de veneno y ácido mezclados surcó el aire, posicionándose sobre ella y amenazando con caerle encima en cualquier momento. Ella rió, tratando de apartarse; sin embargo, el tornado la seguía, sin separarse, como una sombra. Frunció el ceño, ¿acaso se había dado cuenta de sus planes e intentaba eliminarla para ir por sus amigos? Agitó la espada y, llamando más rayos, los lanzó hacia la amenaza, pero sólo consiguió desintegrarla por un momento, pues casi al instante se volvió a formar sobre su cabeza.
— ¡JAJAJAJAJA! — La risa de Náraku cruzó el aire. — ¡Creíste que podrías mantener una lucha lo suficientemente larga contra mí, pero no es así! ¡Eres un ser insignificante que sólo alargó su existencia un poco más de la cuenta! ¡Morirás pronto!
— No pretendo vivir por mucho tiempo, créeme — respondió ella, desafiándolo con la mirada —. Pero, dime ¿de verdad piensas que tú lo harás? ¿Ése es tu verdadero anhelo? Supongo que sí, por algo ligaste tu miserable existencia al ōgi osore… acaso, ¿le temes a morir?
— ¡Náraku no le teme a nada! — Gritó enfurecido, lanzando con euforia el tornado sobre la chica, que lo esquivó sin dificultad.
— Eres tan predecible cuando te enojas… — volvió a irritarlo, sabiendo que así ganaría más tiempo.
— ¡No te creas tan inteligente, niña! — Volvió a lanzar otro tornado, esta vez más cargado con veneno, que fue a dar justo a la falda de la montaña tras ser desviado por la espada.
— ¡Já! ¡Así jamás vas a acabar conmigo, eres tan débil!
Fue la gota de derramó el vaso. Náraku se enfureció, comenzando a transformar su cuerpo: lo hizo más grande, amenazante y peligroso, con espinas y tentáculos que se lanzaban sin previo aviso hacia la chica, quien ágilmente esquivaba los ataques que podía, rogando en su interior que los muchachos se apresuraran.
No lo podía creer. Volvía a buscar los ojos de la muchacha, sabía que ella comprendía lo que pasaba, pero no los encontró: ella no sacaba su vista del aizu que iba, poco a poco, definiendo su nuevo significado. Él era el "Guardián", su misión era protegerla a ella, jamás había recibido otra indicación. Sin embargo, al parecer ahora debía comenzar otra misión, definida por el nuevo aizu en su pecho, que ya había mostrado su nueva forma.
Bajó la mirada hasta ese nuevo símbolo y tragó saliva, confundido.
— ¿"Llave"? — interpretó la figura, dudando. Siempre pensó que la Llave era ella, la Hechicera Sango, no él. Buscó nuevamente su mirada, encontrándola temerosa.
— Lo lamento… yo…
Ella ni siquiera sabía qué decir. Volvió a agachar la mirada, buscando una explicación, algo a lo que aferrarse para seguir adelante con esa misión, pero ya no sabía ni siquiera si sería capaz de enfrentar lo que vendría. Apretó los puños, molesta y negó bruscamente con la cabeza, dejando a Miroku aún más confundido.
Entonces él comenzó a sentir la presencia del ōgi osore, demasiado fuerte y unida a su ser, y comprendió. Hacia mucho tiempo – tanto que apenas lo recordaba – había escuchado la historia de Ihasmye y la leyenda de cómo se debía destruir el ōgi osore:
"Y el alma de la Hechicera estaría unida para siempre con el ōgi osore, hasta que volviese a reencarnar. Y cuando eso ocurra, el ōgi osore podrá ser destruido por quien sea la Llave que puede abrir la puerta que separa ambos mundos y lleve, junto a su propia existencia, ese mal lejos de nuestro mundo, para siempre…"
Así que, si él tenía el aizu de "Llave", significaba que era el único capaz de llevar el ōgi osore hasta el otro mundo, esa era su nueva y última misión. Se acercó más a Sango, quien se encontraba aún con la mirada gacha, y la tomó de los hombros, para que lo mirara.
— Sango…
La muchacha lo miró a los ojos y descubrió que él ya sabía lo que pasaría si decidía continuar con su misión. Unas lágrimas se rebelaron en sus orbes castañas, mientras Miroku le regalaba una sonrisa tierna, llena de amor y seguridad. Quizá, la última que le dedicaría, y sólo para ella…
— No llores, por favor… quiero que me regales una sonrisa, quiero verte feliz… esa es la imagen tuya que quiero recordar para siempre. Si así deben ser las cosas, mi último deseo es que me prometas que serás feliz.
— ¡No puedo! — La castaña negó con la cabeza, soltando un par de lágrimas más. — ¿Cómo podría, sin ti a mi lado? Después de tanto luchar, de darnos fuerza pensando en nuestro futuro… ¿cómo? Yo preferiría morir contigo…
— No, tú debes seguir adelante, por los dos — Miroku limpió con su pulgar las lágrimas de Sango, sin quitarle la mirada cariñosa de encima —. Una vez, tú me pediste que confiara en ti, que había llegado tu momento, pero que algún día lograríamos volver a vernos… Por favor, esta vez yo te pido que confíes en mí. Nunca te dejaré sola, lo prometo. Pero sólo puedo dar el siguiente paso si sé que estarás bien.
La Hechicera se perdió en el mar azul de la mirada del monje. Si ése era su destino, grabaría para siempre esa mirada en su interior. Si él prometía seguir a su lado, no dejarla sola, ella lucharía para que su sacrificio no fuera en vano, para mantener el mundo a salvo…
— Está bien — murmuró, regalándole una sonrisa sincera, cariñosa —. Seguiré adelante por los dos. Sólo prométeme que, de verdad, siempre estarás conmigo.
— Siempre — prometió Miroku, sonriéndole de vuelta a la muchacha. Luego, rozó la punta de su nariz con la de ella y pegó sus frentes, acortando la distancia de sus rostros —. ¿Sabes algo? Te amo.
La besó tierna, cariñosa y cálidamente, impregnando todo su ser con el sabor dulce de sus labios, guardándolo en sus recuerdos para jamás olvidarlo. Ella, sonrojada por el acto, pero demasiado feliz para negarse, correspondió el beso, permitiendo que él fuese el único dueño de sus labios, el único degustador de su boca, el único que llegaría a su corazón. Hubiesen podido seguir así por siempre, pero la fuerte presencia del ōgi osore alertó a Miroku, trayéndolo de vuelta a la realidad: ahora, debían separarse. Alejó lenta y cuidadosamente a Sango de su boca, sin separar sus miradas y le sonrió, entregándole confianza y seguridad para lo que seguiría. Luego, levantó la mirada hacia la pelea que se llevaba a cabo a lo lejos, negó con la cabeza y, con determinación, miró la entrada al Templo que resguardaba al mal que debía destruir, y comenzó a andar.
— Miroku… — La voz de la castaña atrajo su atención, él la miró antes de continuar. — Yo… también te amo.
Él le volvió a sonreír y siguió su camino, adentrándose hasta el altar en el que se encontraba sellado el mal que debía eliminar. Se acercó a la pequeña esfera que era el origen de tantos problemas, estiró sus manos atravesando el campo protector que había dejado la castaña y tomó el objeto entre sus manos, siendo envuelto por una extraña luz blanca como respuesta al acto y desapareciendo del lugar. Ahí acababa su misión…
Observó cómo desaparecía en el Templo, aguantando las lágrimas y recordando su promesa, dirigió su mirada hasta Náraku y Genfir, quienes peleaban arduamente, la chica eléctrica parecía tener ciertas dificultades en esos momentos en los que el demonio había develado todos sus poderes. Llamó a Kirara con un gesto y se elevó hasta el lugar de la pelea, llegando al lado de su amiga justo en el momento en el que sentía cómo tanto la esencia maligna del ōgi osore como la de Miroku desaparecían. Levantó su báculo mágico y lo apuntó a Náraku, quien acababa de reflejar en su expresión el miedo y la desesperación.
— Llegó la hora, Náraku. Ahora, desaparecerás tal y como lo acaba de hacer el ōgi osore.
La castaña no le dio tiempo de responder y lanzó un conjuro que dio en medio del demonio, haciendo que se retorciera de dolor. Genfir lanzó unos cuantos rayos, hiriéndolo aún más. Náraku lanzó maldiciones e insultos hacia las dos muchachas, intentando regenerarse sin mucho éxito. Alzó por última vez sus tentáculos y los dirigió velozmente hacia sus oponentes, sin darles tiempo de reaccionar…
— ¡VIENTO CORTANTE!
El ataque desintegró los tentáculos y viajó hasta destruir por completo el cuerpo de Náraku. Nuevamente, sólo quedó su cabeza flotando, pero esta vez su cuerpo no se regeneraba. Tosió un par de veces, riéndose sin mucho ánimo.
— Al parecer, nunca podrán acabar completamente conmigo, aunque el maldito monje haya cumplido su misión, sacrificándose… ¡POR NADA! — El demonio soltó otra carcajada, aunque con cierto esfuerzo.
— ¡FEW! ¡¿CRESS QUE NO SOY CAPAZ DE DESTRUIRTE?! — La voz de InuYasha les indicó que el hanyō estaba cerca, bajo ellos, mirando desafiante al demonio, con el ceño fruncido y, al parecer, mucho mejor. — Si erré, fue a propósito. Quiero ver tu cara y que sepas que yo acabé contigo. ¡Viento Cortante!
El ataque se dirigió veloz y certeramente hasta la cabeza flotante de Náraku, quien puso una extraña expresión de sorpresa y miedo mezclados. Al momento que el demonio desaparecía, también comenzaba a desvanecerse la figura de Genfir, quien les dedicó una tranquila sonrisa.
— Adiós. Ha sido un gusto pelear a su lado, y habernos vuelto a reencontrar. Ahora podré descansar en paz. — Dichas estas palabras, la antigua hechicera se desvaneció en un halo de luz blanca.
Sango la observó desaparecer y sintió la paz con la que se marchaba. Esa paz con la que quizá ella nunca volvería a contar, por lo menos no en su corazón. Descendió en Kirara y se quedó ensimismada mirando el Templo, que desaparecía poco a poco. Iba a dejarse caer de rodillas cuando sintió unos brazos rodeándola.
— No debes caer — sintió como InuYasha apretaba los puños, pero mantenía el abrazo, cálido —. No podemos darnos el lujo de caer, rendirnos y compadecernos de lo que nos ha pasado. Miroku y Genfir se han ido, pero sólo físicamente. Y por ellos, debemos seguir.
Ella asintió para luego ocultar su rostro en el pecho de InuYasha. Podía ser altanero, con poco tacto para decir las cosas y hasta inmaduro, pero acababa de mostrar un lado que no le conocía. Y supo que la apoyaría, junto con Yoi y Kirara. Encontrarían una nueva misión que cumplir.
¡Bien! Sé que no es el final que esperábamos (me costó decidirme, pero era lo que venía pensando desde hace tiempo). Pero habrá un epílogo, espero que con eso no quieran matarme por lo que ocurrió en este cap.
Nuevamente, agradecimientos a Artemisa Neko-chan por su fidelidad, tus ánimos siempre son de ayuda! Y también a aquellos que leen, aunque no dejen reviewa... ¿saben que nunca están de más, aunque sea un "malvada, no me gustó!"?
Saludines desde Chile!
