IMPORTANTE: Los personajes no son míos, ya lo saben ^^U pertenecen a la mangaka Rumiko Takahashi. Este fic ha sido escrito como hobbie sin fines de lucro, con el simple fin de entretener a quienes lo lean ;)

ACLARACIONES Y SIMBOLOGÍA:

Todos los conceptos que utilizo en la historia son de mi plena invención, no tienen nada que ver con tradiciones de verdad. Los nombres de los lugares y algunos apellidos tienen significados en japonés, los que incluiré en paréntesis, para que los sepan.

—…blablá…— son los diálogos.

/…blablá…/ son los flash back o racconto (más de esto último, creo), y están narrados en tercera persona.

"…blablá…" son los pensamientos.


No era como lo había imaginado, había pensado en luz, pero al final de un camino, no envolviéndolo todo. Sin embargo, era una sensación agradable, cálida en su piel. Se sentía bien, incluso tranquilo, hasta acogedor. Demasiado, pero ni siquiera pudo preocuparse por eso. Ya nada importaba…

"Sé lo mucho que han sacrificado por el mundo. No permitiría que fuese en vano. Jamás…"

Y todo se volvió aún más blanco y brillante, si eso era posible…

La Llave
Epílogo

"Quizá"

"Tiempo después…"

Barríala entrada del lugar, como cada mañana desde hacía 3 años. Una vez que culminó su misión, volvieron al templo en el que Miroku había ejercido como monje. Aunque no había sido el mejor de todos, sus maestros lo querían pues era una maravillosa persona. Kaede y Mushin no podían creer que él no hubiese vuelto con ellos, pero cuando escucharon la historia, comprendieron que todo era verdad. Su Miroku se había sacrificado para detener ese mal. Realmente había cumplido el gran destino que ellos presentían que tenía.

Tras unas largas súplicas y argumentos por parte de ambos maestros, Sango, InuYasha y Yoi habían decidido quedarse en el lugar, ayudando en todo lo que pudiesen, en un intento de compensar la falta de Miroku.

De esa forma, habian pasado años. Ella enseñaba a los jóvenes aprendices algunas cosas sobre magia básica, protección principalmente, y ayudaba con las tareas del templo como mantenerlo limpio y ordenado. InuYasha había decidido entrenar a los discípulos en habilidades físicas, como los monjes de antaño que sabían pelear, así tal cual lo hacía Miroku. Además, estaba enamorándose de una joven sacerdotisa que había llegado hacía poco menos de un año, devolviéndole la sonrisa al hanyō y las ganas de hacer una vida lo más normal que pudiera.

Yoi se unió a Kaede y Mushin como maestro del templo, traspasando sus conocimientos a los nuevos discípulos que deseaban hacerse monjes, enseñándoles la verdadera importancia de mantener un equilibrio en el mundo y cuál debería ser el objetivo verdadero de un monje o sacerdotisa, confortando así su cansado corazón.

Y ella… bueno, ella intentaba aparentar que era feliz, pero InuYasha y Yoi podían ver en su mirada que algo le faltaba. Miroku había dejado un vacío que nunca podría llenar en su corazón. Suspiró al recordar esa mirada azul que tan feliz la hacía.

— ¡Oh, vamos! ¡No puedes estar cansado!

— No es eso, es sólo que es el quinto templo que visitamos hoy…

Las voces parecían ser de un niño y un adulto, le llegaban desde las escaleras que daban al templo. Una brisa movió y esparció las hojas que acababa de juntar con la escoba. Volvió a suspirar, barriendo nuevamente mientras sentía como las voces se iban acercando.

— ¡Pero quiero ser un monje, como tú! — Volvió a exclamar la voz del niño.

— Ya te dije que no soy un monje — al parecer, esa discusión ya la habían tenido varias veces.

— ¿Cómo que no? Cuando te encontré, vestías hábitos de monje… — El menor parecía emocionado. — ¡Tal vez un demonio fue quien borró tu memoria!

— ¿Demonio, eh? — El mayor soltó una risa que paralizó por un segundo el corazón de Sango. — Tienes una gran imaginación, cosas como esas no ocurren…

No, no ocurrían, por lo menos no desde hacía 3 años. Tampoco lo que esa risa significaba para ella. Volteó para ver el final de la escalera que era el acceso al templo, con el pecho apretado y el corazón a mil por hora.

— Deberías alentarme, Hōshi, la imaginación es importante…

— También lo son las matemáticas y gramática, pero no te gusta que te aliente en eso…

— ¡Eso es aburrido!

Las cabezas comenzaron a ser visibles a medida que subían por los ecalones, confirmando su presentimiento. Dejó caer la escoba con un estruendo, mientras nuevamente la brisa rebelde repartía las hojas por el patio y le revolvía el cabello que ahora llevaba suelto.

— ¡Sango! ¡No creerás a quién acabo de sentir…! — InuYasha acababa de llegar saltando a su lado, mirando atónito también al par que acababa de llegar al final de la escalera. — ¡…No es posible…!

Pero ahí estaban, esos ojos azules devolviéndoles una mirada confundida pero calmada a la vez, como siempre. Ambos lo miraban también, sin siquiera pestañear, sin poder creer lo que veían. Aún sin los hábitos de monje, con el pelo más largo y deosrdenado y esa extraña cicatriz en la frente, era demasiado parecido a él. ¿Cómo era posible? Seguramente de nuevo estaban soñando…

— ¿Hōshi…? — El niño de oscuros cabellos y mirada marrón rompió por fin el silencio, que ya era bastante tenso y comenzaba a asfixiarlo.

— Yo… ¿la conozco? — Preguntó el aludido, sin moverse ni un milímetro.

— ¡Claro que la conoces! — Exclamó InuYasha, molesto con la aparente indiferencia del oji azul. — ¡Ustedes dos…!

— InuYasha, no sigas — murmuró Sango, interrumpiéndolo —. Es imposible que sea él. Sólo se parece demasiado, pero no lo es, él está en el otro mundo…

Sus castaños ojos se entristecieron al enfrentar la realidad, mientras bajaba la mirada y recogía la escoba para volver a sus labores y olvidarse de eso. Era simplemente imposible. Pero esa mirada triste junto con esas palabras fueron como un cuchillo en el corazón de Hōshi, enterrándose profundo y sin consideración hasta lo más profundo. Por un momento quiso abrazarla, decirle que sí era ése al que había perdido, pero ni siquiera sabía si eso era verdad.

— ¿Y si ella es tu ángel, Hōshi? — El pequeño tiró suavemente las ropas del más alto, llamando su atención. — Quizá sí la conoces, deberías acercarte y comprobarlo…

— ¿Comprobarlo, cómo? — Parecía confundido, ¿acaso había de verdad una forma de comprobarlo?

— El corazón y el alma a veces recuerdan mucho más que el cerebro.

— Sabias palabras para alguien tan pequeño — InuYasha se acercó al pequeño y le extendió su mano —. Enano, escuché que querías conocer el templo. ¿Te doy un recorrido?

— ¡Hey, no me llames enano! — El pequeño le sacó la lengua, pero de todas formas tomó su mano y comenzó a alejarse con él, haciéndole un gesto de ánimo a su amigo mayor.

La castaña se había alejado unos metros, llevando las hojas hasta el contenedor de basura que correspondía, dándole la espalda al muchacho. Después de tanto, no quería esperanzarse, su corazón ya estaba demasiado dañado y sólo deseaba descansar.

— Es una hermosa mañana — la voz de él la sorprendió, se encontraba a su lado y ni siquiera lo sintió.

— Eh… sí, claro — contestó, desviando nuevamente la mirada.

— Por favor, no me evite — las palabras provocaron que su interior se estremeciera, como un aviso.

— Yo no…

Pero cuando sus miradas se volvieron a encontrar, no supo qué decir. La escoba volvió a caer y ella se apresuró a recogerla, al igual que él. Ambas manos entraron en contacto y una corriente eléctrica los recorrió hasta el pecho, llenándolos con una calidez reconfortante. ¿Acaso sería…?

— No quiero traerle malos recuerdos, pero… ¿a quién le recuerdo? — Preguntó él, sin soltar su mano.

— A una maravillosa persona, pero no puede ser… tu nombre es Hōshi, no eres él… — Ella volvió a agachar la mirada, con esa sombra de tristeza nuevamente atravesándola.

— Este nombre me lo puso mi pequeño amigo, en honor a los antiguos monjes — aclaró el oji azul, con una sonrisa un tanto tranquilizadora —. Ya debe imaginar el por qué.

— ¿Porque te encontró vestido con hábitos? — La pregunta de la castaña fue respondida con un movimiento afirmativo de la cabeza.

— La verdad, no sé qué pasó — ahora la sombra de tristeza se apoderó de los ojos de él —. No recuerdo mucho, sólo una dulce voz y unos ojos castaños hermosos, como los suyos… y después, simplemente sentí que había perdido todo. Ni siquiera mis recuerdos estaban.

Ella acarició su mejilla en un impulso por darle un poco de cariño, sentía en el fondo de su ser que él sí era quien ella esperaba. O por lo menos eso quería creer.

— No sé quién es esa persona tan especial, pero me gustaría ser él — volvió a hablar él, con un poco de congoja —. Por lo menos así tendría algo.

— Pero tienes a ese pequeño amigo tuyo…

— No es lo mismo, sigo sintiéndome vacío.

El silencio volvió a apoderarse nuevamente de la situación. ¿Por qué las cosas no eran más simples?

"No dejaría que sus sacrificios fueran en vano. Jamás."

Las palabras que escuchó en su interior segundos antes de que Miroku desapareciera para siempre de su lado hacía 3 años, volvieron como un flechazo a su mente en ese momento. ¿Acaso era otra oportunidad?

— ¿Está segura que no soy yo?

Ella levantó su vista, esta vez hacia el cielo, observando un ave surcando circulos sobre el templo.

— La verdad, no lo sé. No sé ni siquiera qué pensar — respondió con un suspiro, cerrando sus ojos.

— Podríamos intentar, no sé… — él se rascó la nuca, buscando una forma de expresar sus deseos. — Tal vez, ¿descubrirlo?

La castaña bajó la vista para encontrarse nuevamente con ese par de zafiros y le sonrió, provocando que él le devolviera una sonrisa también, marcando sus hoyuelos en las mejillas.

— Podríamos intentarlo — dijo, apoyando la escoba que aún se encontraba en su mano, contra el tronco de un árbol —. Pero tendrás que demostrarlo. Empezaremos cuanto antes.

— ¿Dónde me lleva? — Preguntó el muchacho al ser arrastrado por la chica hacia el interior del templo.

— Primero, mi nombre es Sango, deja de tratarme de "usted" — aclaró ella, sin soltarle la mano mientras seguía caminando a paso rápido —. Segundo, comenzarás tu entrenamiento hoy mismo.

— ¿Entrenamiento? — Ahora él estaba más confundido que antes.

— ¡Claro! Si eres esa persona tan especial, tu pequeño amigo tiene razón — ella le sonrió mirándolo de reojo, luego alzó la voz, casi gritando —. ¡Maestro Mushin, anciana Kaede, tenemos un nuevo discípulo!

— Diculpa, Sango, pero ¿me dirás el nombre de esa persona? — Hōshi la miró con los ojos brillantes.

— No hasta que tú mismo lo descubras — Sango soltó una risa fresca, sin dejar de avanzar.

Siguieron caminando, con el sol brillando sobre ellos, la brisa a sus espaldas tratando de alcanzarlos y toda la vida por delante. Después de todo, nada es imposible, y si la vida – el destino, o incluso una legendaria Hechicera – te daba otra oportunidad, era mejor aprovecharla. Y quién sabe, quizá sí podría ser quien ella esperaba. Quizá, sí era su monje, a pesar de todo. Y si no fuese él, quizá podría darle otra oportunidad a su corazón de encontrar la felicidad. De una u otra forma, era una nueva oportunidad.


Bien, lo sé, no es la gran cosa, pero no quería que el corazón de Sango se quedara solo y vacío... darle una esperanza es mejor, sea o no su amado. De cualquier modo, tiene que seguir viviendo, esa fue la promesa que hizo. Así que por fin ¡TERMINADO! Espero nos leamos en otra historia, ¡hasta la próxima!

Agradecimientos a todo el que leyó alguna vez el fic, sé que me demoré mil en terminarlo y actualizar, pero la paciencia de agradece. Especial gratitud a mi querida Artemisa Neko-chan, fiel lectora que me impulsó a continuar. Espero que te guste ;)

Con cariños y abrazos~

Yumipon.