Capítulo 2: Wammy's House

En el año 1977 ya teníamos a varios alumnos en el orfanato. No eran demasiados, tan sólo unos siete, pero tampoco es fácil encontrar a mentes brillantes huérfanas, así que pensándolo de ese modo eran ya suficientes, quizás incluso demasiados. Evidentemente recibir nuevos residentes en el internado nos llenaba de alegría, pero nunca será plato de buen gusto pensar en los horrores que muchos de ellos han llegado a soportar a tan temprana edad.

En lo que se refiere a la administración, era simple. Los alumnos recibían clases especiales, con los profesores más sobresalientes, según sus distintas capacidades. Esto es, si uno era brillante en música, se le instruía para ser el más sobresaliente en dicho campo; si otro era un sorprendente matemático, se le entrenaría en todo lo referente a las matemáticas,... El internado disponía de cuarenta habitaciones, algunas individuales y otras compartidas, con sus respectivos baños incorporados en el interior; una cocina con un amplio comedor, una sala común, una sala de juegos, una sala de música, una biblioteca y una enfermería. Ya fuera del edificio principal también existía un patio exterior, un invernadero, un gimnasio, una piscina, varias canchas (baloncesto, fútbol, tenis,…) y un club de tiro que se añadió posteriormente. Además estaba el edificio secundario, donde se encontraban las aulas, laboratorios y demás para impartir las distintas clases.

Respecto al profesorado y al servicio, debo admitir que no reparé en gastos y contrataba únicamente a los mejores, aunque me costara grandes sumas de dinero; al fin y al cabo, estábamos cuidando y educando a las mejores mentes y éstas se merecían lo mejor. Tanto los profesores como el servicio se desplazaban al internado todos los días lectivos, solamente Roger y yo vivíamos allí internos. Lo que me recuerda que se me olvidó mencionar que el bueno de Roger nunca había llegado a casarse (aunque tenía a varias pretendientes por ahí) y por tanto no tenía ningún lazo fuera del trabajo. Aun así cada uno de nosotros era libre de viajar o llevar una vida fuera del orfanato siempre y cuando el otro se quedara cuidando de los niños.

De este modo, yo mismo podía permitirme el viajar por distintos países de Europa a convenciones científicas donde poder mostrar mis nuevos inventos, encontrar patrocinadores, y ese tipo de cosas para seguir adelante con mi faceta de inventor. Así fue como en una convención en Italia, en el 78, conocí al joven Arthur Lawliet, un científico inglés con ascendencia rusa, con el que mantuve una corta amistad. Resulta que compartíamos stands próximos y además el mismo hotel (aunque esto último no era extraño, pues casi todos nos alojábamos en los mismos hoteles cuando íbamos a las distintas convenciones europeas). Así fue como, en nuestros encuentros durante las cenas, nos conocimos más en profundidad y tuve el placer de conocer a su encantadora mujer, Jennifer Elisa Akiyama, una joven profesora de literatura medio-japonesa medio-francesa medio-italiana a la que Arthur había conocido tres años atrás en París, ciudad en la que en aquel momento residían ambos.

En los siguientes años mantuvimos cierto contacto mediante correspondencia. Así supe, por ejemplo, que habían concebido a un hijo. Un niño que tuve el placer de conocer varios años después, en el 84, en otra convención, esta vez francesa, en la que el matrimonio y yo nos reencontramos.


Y hasta aquí el capítulo dos. Espero que os esté gustando. En el próximo saldrá L :'3