Ghost Girl


Summary: ¿Alguna vez te has sentido invisible? Pues Katara experimentará un suceso que la marcará de por vida. Enserio, lo más patético que te puede pasar en la vida es entrar en coma por culpa de un osito de goma, haciendo que no solo te crean muerta, sino que te sientas la olvidada antes de eso. Kataang AU.

Disclaimer: La saga Ghostgirl es de Tonya Hurley y ATLA de Mike y Bryan. Lástima que no me pertenezcan. .

Nota: Katara no está muerta, solo está en coma, y la llevaron a Muertología debido a que si no sobrevivía después de la operación, nunca despertaría y moriría. Así que le enseñaran a ser una muerta perfecta. Ahí, conoce a Piccolo Yue, una chica que murió al tropezar y tragarse su flauta en un desfile.

Las canciones, y algunas otras cosas del libro, las cambié. Para que quedaran con la historia.

¡Muchísimas gracias a Nefertari Queen, Maidijunior, Emilia-Romagna y a katitabender por los reviews!

A algunas les contesté, pero pondré aquí lo que en realidad quería escribir:

Nefertari Queen; ¡Me alegro que quieras seguir leyendo la historia! ¡Enserio! ¿Pasarse en clase leyendo mi historia? ¡Qué honor! Jajajajaja. Disfruta este cap. Tus dudas quizás se disipen ;)

Maidijunior: ¿No crees que sería feo de mi parte hacer a Suki mala? Porque lo pensé bastante... tan tierna que es XD. con Toph... quería antes que ella fuera la que se ahogó, pero ya que Katara y ella son mejores amigas, y a Katara no lo queda NADA bien el gótico, preferí hacer un Kataang, siendo Katarita, nuestra ahogadita XD.

Emilia-Romagna: ¿Enserio? Porque me la pasé todo el día pensando cómo sería Toph gótica, cuando me doy cuenta... Scarlet es la reina del sarcasmo... ¿Qué cambios haría? ¡Nada! Solo el nombre XD. ¡Me alegro que te haya gustado! Disfruta este ;)

katitabender: ¡Pues actualizaré cada día para que disfrutes a lo máximo de esta historia! ¡No sabes cuanto me alegra que te guste! Pues, es mi primera historia centrada en Katara y Aang, y... espero te siga gustando. ¡Disfútalo! ;D

¡Disfruten! X3


Capitulo 2-Despertar

Un torbellino de pensamientos sobre Aang giraba de manera frenética en la mente de Katara cuando se despertó con el suave zumbido de los ventiladores que soplaban en las mesas de la enfermería. Muy despacio, abrió un ojo y luego el otro, y se percató de que a pesar de la intensidad con que lucía la luz blanca no le molestaba mirarla directamente.

Parpadeó unas cuantas veces y se incorporó hasta quedar medio tumbada, con el cuerpo apoyado sobre los codos. Observó donde estaba, en una cama blanca, cuarto blanco, paredes blancas… Katara bufó. La enfermería. Sintió que se mareaba un poco, pero lo achacó a la emoción de los acontecimientos.

—Genial, me pide que le eche una mano. A mí. ¿Y voy yo y que hago? Me desmayo —se reprochó.

Todos aquellos cambios por los que tanto había luchado, razonó Katara, no se habían transformado en quien ella era en realidad por dentro. ¿Qué era lo que decía Horacio? ¿Qué "podemos cambiar el cielo pero no nuestra naturaleza", o algo así? Tú eres tú y tu circunstancia. El triste hecho de que un poeta romano de hace dos mil años comprendiera mejor su vida que ella misma era… decepcionante, como mínimo. Y lo que era más raro todavía, ¿A qué santo se le ocurría pensar en eso precisamente en ese momento?

¡Seguro que ha sido un bajón de azúcar!, pensó recordando el sermón que le metió Sokka porque se le había olvidado de desayunar en su afán por no perder el autobús e incluso después, en el instituto, con tanto encontrón premeditado con Aang.

Katara volvió la cabeza de un lado a otro y se dio cuenta de que se encontraba completamente sola. No le sorprendió, puesto que a decir verdad no esperaba que nadie la hubiese echado en falta. Volvió a mirar hacia todas partes buscando a su hermano, alzó una ceja al no encontrarlo. Qué raro. Luego, al bajar la mirada, comprobó que no estaba tan sola como pensaba. Allí estaba el Osito de Goma en frente de ella, inocente y sin vida, tan provocador como la muñeca parlante de aquel viejo episodio de La dimensión desconocida. No presentaba el típico color rojo opaco, sino ese rojo transparente que adquieren después de haberlos chupado un tiempo.

Permaneció mirando la gominola durante un buen rato, inexplicablemente recelosa de ella, se llevó la mano a la garganta y tosió. La tenía allí delante, en el suelo, pero todavía podía sentirla en la laringe.

—Esto sí que es… curioso—dijo Katara, perpleja por completo.

Justo cuando empezaba a recordar todo lo ocurrido, se oyó un anuncio por megáfono.

«Katara Water, preséntese por favor en la sala 1.313», requirió la voz apagada.

Reunió sus cosas y salió al pasillo desierto, cabe decir que de bastante buen humor.

Como esperaba que la acosaran con preguntas de camino a secretaría, casi le decepcionó comprobar que el aviso pasaba desapercibido, pero claro, todos estaban en clase, así que continuó como si nada. Se preguntaba una y otra vez el paradero de su hermano, bufó resignada. De seguro estaba en clases o ayudando a Suki a meterle cuernos a Aang. En vez de seguir pensando en eso, miró hacia los lados buscando esa dichosa sala.

¿La sala 1.313?, se preguntó. Todavía aturdida por los desencuentros con Aang y el osito de goma.

Al doblar una esquina y adentrarse en uno de los largos pasillos, una lectura del Annabel Lee de Edgar Allan Poe inundó el corredor desde una de las aulas del fondo.

Era su clase de Literatura de segunda hora, el lugar donde supuestamente debía estar ella, que ya había comenzado. Las palabras resonaron en el pasillo vacío, su eco rebotando contra los suelos recién encerados y pulidos del primer día de curso.

Pero nuestro amor era más fuerte

Que el amor de nuestros mayores,

Que el de muchos más sabios que nosotros.

Y ni los ángeles del Cielo, allá arriba,

Ni los demonios, en las profundidades del mar,

Podrán jamás desgajar mi alma

Del alma de la hermosa Annabel Lee.

Por alguna razón, parecía conocer el camino a la extraña sala, a pesar de no haber estado allí antes. Se vio arrastrada hasta una puerta sin numerar situada al fondo del pasillo.

Abrió, y se encontró con una escalera que descendía hasta una zona del sótano, que más que asustarla la desorientó. Mientras bajaba, vio las descascarilladas tuberías expuestas que recorrían el techo, sobre su cabeza, y el suelo de cemento a sus pies. Katara respiró hondo y se pinzó la nariz como medida preventiva, pensando que ya había aspirado suficiente contaminación por ese día en la pasarela.

—Qué horror—se dijo a sí misma con voz quejumbrosa, pinzándose la nariz. Sus pisadas golpeaban el suelo en silencio.

Las tuberías parecían brillar por la condensación de agua, pero, curiosamente, no goteaban y no olía a moho ni a humedad. Se retiró los dedos de la nariz para volver a tomar aire y enseguida se dio cuenta de que no había necesidad de seguir pinzándosela.

Mientras avanzaba por el estrecho corredor de tuberías, conductos de aire y cableado, vio una luz que iluminaba el camino y se detuvo. Era brillante, aunque pálida, como la luz de la luna. Parecía provenir de detrás de la vieja caldera, que estaba fría por encontrarse apagada. Se asomó y vio una habitación en una esquina. En el cristal de la puerta aparecía grabado el numero 1.313.

Katara empezaba a inquietarse, no tanto a causa de la siniestra oficina y la fría luz que de ella emanaba, sino más bien porque comenzaba a retrasarse en el horario que se había impuesto. Este pequeño rodeo estaba consumiendo buena parte del tiempo que había planeado destinar a "conocer" a Aang. Y aun así, sintió más curiosidad que irritación cuando cayó en la cuenta de a qué podía venir esto.

—¡Seguro que es aquí donde hay que inscribirse para las clases avanzadas! ¡Menudo día, las cosas no podrían salir mejor!—se dijo distraídamente mientras franqueaba la puerta y se dirigía al mostrador con la exuberancia de Sharpay Evans en High School Musical.

Lo primero que vio fue un viejo transistor y unos jarrones de flores marchitas que descansaban sobre una mesa. Lo primero que oyó fue la canción Bring Me To Life de Evanescence sonando a volumen muy bajo. No se sabía toda la letra, pero al escucharla en ese momento, flotando en el aire húmedo, en una habitación tan silenciosa, fría y vacía, le costó creer que hubiese llegado a ser todo un éxito. Incluso en los setenta.

How can you see into my eyes like open doors
leading you down into my core
where I've become so numb
without a soul my spirit sleeping somewhere cold
until you find it there and lead it back home*

Qué mal rollo, pensó Katara mirando a su alrededor y haciendo tamborilear los dedos sobre el mostrador, con la esperanza de que alguien la oyera.

—Hola, eh, ¿me ha llamado alguien? ¡Soy Katara Water!—gritó por fin hacia el fondo de la oficina tratando de que alguien le hiciera caso.

Una secretaria con un moño medio deshecho y una blusa de encaje de cuello alto surgió como por encantamiento de debajo de la mesa.

—Oh, lo siento, no era mi intención gritar. No se me ha ocurrido mirar hacia abajo—.

—Ni a ti ni a nadie, cielo—ironizó la secretaria.

Sin mirarla a los ojos, la secretaria le tendió un portapapeles con un montón de hojas.

—Toma, rellena esto y no olvides…—la secretaria dejó la frase a medias y tiró de Katara hacia sí, como si fuera a darle un valiosísimo consejo—…devolverme el BOLÍGRAFO—.

El extraño proceder de la secretaria desconcertó a Katara, pero luego pensó que de haberse tratado de una "persona afable" no estaría encerrada en el sótano de un instituto, trabajando sola, prácticamente a oscuras.

Antes de que Katara tuviera tiempo de formular su primera pregunta, la secretaria cerró la ventanilla de golpe. Katara ordenó las hojas en el portapapeles y fue a sentarse junto a una chica de largos cabellos blancos ataviada con un vestido de volados hasta la mitad de los muslos celeste cielo. Katara habría jurado que la chica no estaba allí cuando entró, pero se había sentido tan preocupada en ese momento que ahora no podía estar segura del todo.

Se puso a revolver entre los papeles un momento y luego se volvió e intentó contactar visualmente con ella, aunque sin éxito.

—Hola. Soy Katara—dijo a modo de tentativa, ofreciéndole la mano. Pero… nada.

La chica pareció hacer oídos sordos, o al menos desinteresados, ante el saludo y continuó mirando hacia abajo, con la nariz pegada a su libro. Katara estaba demasiado acostumbrada a que la trataran con desdén, no obstante ¿También iba a hacerlo una chica nueva? ¿Es que las cosas iban peor de lo que imaginaba?

Decidió echarle arrojo y extendió su mano aún más, pero la chica prosiguió con la lectura sin prestar la menor atención a la muestra de bienvenida de Katara Water.

Katara pensó que quizá conociese ya a alguien en el instituto. Tal vez se había incorporado en verano y ese "alguien" le había hablado de Katara. No, no podía ser; no le cabía en la cabeza que alguien hablara de ella en verano, ni siquiera para hablar mal.

Un débil silbido sacó a Katara de su ensoñación. Sonaba como un solista de flauta ensayando en la sala de música. Katara miró a su alrededor incapaz de adivinar de dónde provenía el sonido. Se metió un dedo en la oreja y lo hizo girar, para ver si así cesaba. Pero no lo hizo, de modo que trató de ignorarlo con todas sus fuerzas, concentrando de nuevo toda su atención en los formularios. En lo alto de la primera página se podía leer "Nuevo alumno".

—¡Ah, así que sí voy a poder apuntarme a clases avanzadas para el curso que viene!—anunció orgullosa en voz alta, deseando poder impresionar de ese modo a la chica.

Tan entusiasmada estaba, que empezó a rellenar los formularios a toda prisa, sin apenas leer las preguntas.

Mientras sus finos dedos se deslizaban a la velocidad de la luz sobre las preguntas, empezó a sentir un recelo creciente al leerlas en alto:

—Nombre y apellidos, fecha de nacimiento, lugar de nacimiento, sexo… ¿Sexo?... ¡Sí, por favor!—dijo en voz alta, tratando una vez más de llamar la atención de la chica, aunque infructuosamente— ¿Donante de órganos?—leyó Katara, ya no tan ligera—.

Vaya, pues sí que lo quieren saber todo.

Continuó rellenando el formulario lo mejor que pudo hasta que llegó al final de la hoja, lo que coincidió también con el límite de su paciencia. En la última casilla se podía leer "C. M.".

—¿C. M.?—dijo en voz alta Katara, completamente fuera de sus casillas— ¿Cobro en metálico? ¿Y por qué voy a tener que pagar por las clases avanzadas? Esto es un instituto público—.

Dejó la casilla en blanco y entregó los formularios y el bolígrafo a la secretaria, quien su vez le hizo entrega de una etiqueta con el nombre de Katara prendida de una diminuta goma elástica.

—Aquí tienes tu identificación—le espetó la secretaria.

—Ah, gracias—contestó Katara, no muy segura de por qué necesitaba una nueva identificación, aunque demasiado intimidada para preguntar.

Tiró de la etiqueta para liberarla de la garra fría y tenaz de la secretaria y se la puso en la muñeca. Le apretaba muchísimo, pero se la dejó puesta y no dijo nada.

La secretaria estampó los formularios de Katara con un sello de "entrada" y a continuación se aproximó a un archivador de acero inoxidable de grandes dimensiones.

—Muy bien. Otra cosa… Necesito que me confirmes…—hizo una pausa, se volvió y con indiferencia abrió un enorme cajón—…que ésta eres tú, y que pongas aquí tus iniciales—.

Katara se quedó paralizada. No podía creer lo que veía. Allí estaba. Su cuerpo, mudo y gris y ataviado aún con la ropa del primer día de curso, yacía inmóvil sobre la camilla de metal ante sus propios ojos. Quiso desmayarse, pero estaba petrificada.

Por vez primera sintió el frío de la habitación recorrer su piel. Se cogió de la muñeca y apretó los dedos buscándose el pulso. Nada. Se llevó las palmas al pecho tratando de sentir su corazón, que para entonces debería de estar desbocado. Pero no detectó latido alguno. Aterrada y temblando, se acercó al cadáver y lo tocó cautelosamente con un dedo en ambas piernas, aguardando una reacción. Pero nada tampoco. Y la última gota: un paquete abierto de ositos de goma sobresalía de su bolsillo, y el culpable, el asesino, aparecía en una bolsa de zip prendida a su pecho. No se trataba de un truco. ¡Era ella!

—C. M. Causa de la muerte—la instruyó la secretaria señalando la gominola y esbozando una sonrisita. No, ella no podía estar muerta, ¡simplemente no podía!

Katara retrocedió tratando de alejarse del cuerpo, tropezó y golpeó un enorme ventilador eléctrico de metal que había sobre la mesa. Éste se precipitó sobre su antebrazo y le atrapó la mano entre las hojas.

Observó impotente cómo, uno a uno, sus dedos eran seccionados justo a la altura de los nudillos por las guadañas giratorias. Sus falanges salieron despedidas en todas direcciones, salpicando la habitación. Apretó los ojos y esperó a que la vencieran el dolor y la nauseabunda calidez de la sangre al brotar. Pero no ocurrió.

Desconcertada, hizo acopio de valor y, abriendo los ojos muy despacio, miró. Su mano, que debiera de haber estado destrozada, mutilada y despedazada, aparecía completamente intacta. La levantó y la contempló del derecho y del revés, hipnotizada.

La chica de la sala de espera se aproximó a Katara en el instante en que ésta trataba con desesperación de asimilar la realidad de aquel momento surrealista.

—Nada puede hacerte daño nunca más—dijo la chica con indiferencia—Soy Yue… Y tú, bueno, tú…—dijo Yue mientras se agachaba para ayudar a Katara a levantarse.

—No, por favor, no lo digas…—suplicó Katara.

—…estás muerta—le susurró Yue a Katara directamente al oído.

Sus palabras surcaron el oído de Katara y se internaron en su mente como una violenta ráfaga de viento gélido, y con ella, la neblina del olvido comenzó a disiparse.

Al mirar entonces a su alrededor fue como si alguien hubiese pulsado el botón de "retroceso" de su día. Todo se le apareció bajo otra perspectiva, casi como la de una tercera persona, y pudo percatarse de detalles que antes le pasaron desapercibidos.

Todo era tan obvio. La llamada por megafonía, el frío sótano, la sala de espera. Miró a su alrededor y empezó a fijarse en cosas en las que antes no había reparado, como la coloración anormalmente violácea de las uñas de la secretaria, las cámaras de depósito de la parte de atrás, las lámparas de exploración. Y, cómo no, el osito de goma.

Katara gritó con tantas ganas que de su boca no emanó sonido alguno. Fue un grito de otro mundo, un grito que sólo podía estar motivado por el terror en estado puro.

El eco de las palabras "estas muerta" retumbaba en su mente y sacudía su alma cuando salió despavorida de la sala y se precipitó escaleras arriba. Era mentira, era todo una mentira, una pesadilla, una ilusión creada para atormentarla y castigarla por su soledad. Sí, eso debía ser. No podía dejar a su hermano solo, a su Aang, ¡a su nueva vida en el instituto! Ella descubriría qué fue lo que pasó, y lo haría deprisa, antes de que sea demasiado tarde.


*¿Cómo puedes ver en mis ojos como puertas abiertas? /Llevándote hasta mi núcleo donde me he convertido /en una persona tan insensible /Sin alma mi espíritu está durmiendo en algún frío lugar /Hasta que lo encuentras ahí y lo llevas de vuelta a casa. (Esa asombrosa canción la puso en un fic Nefertari Queen, El ABC Kataang. Pasen a verlo si no lo han hecho, ¡está genial! Yo ya públicaré el segundo cap de mi ABC)

¿Y qué tal? ¿Interesante? ¿No? Nah bueno, mi idea era ambientar la equivocación de Katara al ir a inscribirse a esa clase. Para mí que quedó claro de que están haciéndole creer que morirá, o que ya murió, así de simple. Ya verán… Muajajajajajajaja! (risa malévola mal hecha) Muajajajajaja!(?)

Lo único que adelantaré es que el siguiente cap se trata de la opinión de Sokka hacia la inconsciencia de Katara, la cirugía, el Baile de Otoño y sus clases.

¡Nos veremos en el próximo cap! Se despide: Nieeee~