Ghost Girl


Summary: ¿Alguna vez te has sentido invisible? Pues Katara experimentará un suceso que la marcará de por vida. Enserio, lo más patético que te puede pasar en la vida es entrar en coma por culpa de un osito de goma, haciendo que no solo te crean muerta, sino que te sientas la olvidada antes de eso. Kataang AU.

Disclaimer: La saga Ghostgirl es de Tonya Hurley y ATLA de Mike y Bryan. Lástima que no me pertenezcan. .''

Nota: Llegó lo que todos han estado esperando… ¡Toph y Katara se conocen! *aplausos y rosas lanzándose al escenario* Y de aquí en adelante, decidirán sobre hacer la… *redoble de tambores* ¡Posesión! (bueno, después) Jejeje, ¡difruten! Puro Toph y Katara :D

Recordatorio: Cambiaré canciones, ya saben ;P

Sin más, disfruten. Que esto va a estar bieeeeen bueno xD

¡Importante!: ¿Quieren ver a nuestro calvito? Aquí aparece xP y más dulce~ (y sexy *baba*)

Ahora sí, lean e.e


Capítulo 7- Una nueva amiga y… ¿Él sabe quién soy?

Hola, hola, ¿Me recuerdas?
Soy todo lo que no puedes controlar,
en algún lugar más allá del dolor
debe haber una manera de creer
que podemos quebrar.

Evanescence, What you Want.

Katara decidió sacar partido de este "periodo de gracia". El "momento bombilla" que experimentara en la cafetería con Yue resultó, cuanto menos, motivador. Tenía planeado convertir su peor desventaja —estar en coma— en ventaja y servirse de ella para acercarse a Aang.

Si de verdad no podía verla, tampoco podía poner reparos en que ella invadiera su espacio vital. En resumidas cuentas, podía ir donde quisiera y hacer cuanto se le antojara sin ser detectada. Podía "meterse" en la vida de Aang, literalmente.

Se tapó la boca al descubrirse tan… ¿Cómo se dice?, suelta. Ella no podía ser tan… eso, suelta. Porque simplemente, aunque fuera una fantasma en coma, no podía parecer psicópata, revisándole la vida a Aang.

¿Quién me vería? ¡Nadie!... pero aún así… yo no soy del tipo Suki… que se la pasa, aunque yo no esté muy segura, espiando a Aang…—pensó, recordando cómo veía a Suki perseguir a Aang discretamente.

Según ella, allá donde fuera Aang, Katara iría también: a su taquilla, en cuyo interior ella se aposentaba (no tan incómoda como cabría pensar); a la sala de estudio, donde lo observaba quedarse dormido desde la silla de al lado, la cabeza apoyada en su hombro hasta que él despertaba sobresaltado al gélido contacto; a las taquillas del vestuario —de los chicos—. Sabía que era así como remataba el día, con un entrenamiento de fútbol y un poco de pesas y, si Dios quiere, una ducha.

Se aseguró de llegar antes que él para conseguir un buen sitio. El coma se ponía mejor en lo que a gratificaciones instantáneas se refiere. Suspiró, sintiéndose muy atrevida al querer ver más de cerca a Aang; pero valdría la pena, porque de todos modos, él no la veía.

Katara aguardó pacientemente fuera del gimnasio por razones que ni ella misma podía explicar del todo. Podía haberse colado por la rejilla metálica de ventilación o incluso haber traspasado las puertas del vestuario, así, sin más, pero no lo hizo. En su lugar, siguió de cerca a unos musculitos que llegaban temprano a entrenar. Entró en el vestuario con una mezcla de temor y curiosidad. Después de todo, para ella aquel era territorio virgen.

No es que quisiera verle desnudo, per se, pero sí que quería ver algo más de él.

Aang llegó y dejó caer su bolsa de deportes Adidas blanca y negra sobre el banco.

Katara se sentó junto a ella y aguardó, como una primeriza espera el comienzo de su primer concierto de rock. Quería ver bien de cerca sus brazos, sus hombros, su torso. El factor bochorno se había desvanecido, pero se quedó quieta. Tan solo quería ver cómo era en un ambiente más informal e íntimo.

—¿Y qué tiene de malo, de todas formas?—se preguntó en voz alta—Como si fuera a enterarse—ya habían "dormido juntos" en la Sala de Estudios—O casi…—se sintió obligada a precisar para que constara.

Ni siquiera el olor a calcetines sucios, vaporosos y enmohecidos y a sobaco sudado lograron disuadirla, aunque a punto estuvieron de hacerlo.

Aang abrió la cremallera de su bolso de gimnasia, se volvió hacia el candado de combinación, hizo girar el rodillo un par de veces y lo abrió de un tirón. Quizá fuera el sonido de la cremallera al abrirse, pero de pronto se puso extremadamente nerviosa cuando él cruzó los brazos delante del cuerpo y se sacó la sudadera con capucha por la cabeza, dejando a la vista la camiseta interior de tirantes. La llevaba tan ajustada que podía distinguir cada curva de sus perfectos abdominales, bellamente esculpidos.

Era alto, delgado y fornido, ancho de torso y espalda, suficiente para desmayar a cualquier chica. Sus brazos eran fuertes, aunque no voluminosos, de esos en los que una puede sentir segura y cómoda. Nada deseaba más que apoyar la cabeza sobre su pecho, pero temió que, al hacerlo, tal vez él volviera a sentir su fría presencia y se apresurara a ponerse de nuevo la sudadera.

Ajeno a todo, Aang continuó desvistiéndose, para deleite de Katara, que le miraba con ojos desorbitados. Estaba tan acostumbrada a fantasear con él, que casi sintió la necesidad de cerrar los ojos para poder experimentar lo que acontecía ante ellos. Aang se quitó los zapatos y, al agacharse, los músculos de los hombros se flexionaron de tal forma que en ese instante deseó verse envuelta por ellos. Sacó los pantalones del chándal de la bolsa y se desabrochó los botones de los vaqueros. Katara estaba completamente ida.

—¿Bóxers o slips?—se preguntó haciendo rebotar nerviosamente las piernas sobre la puntas de los pies.

La respuesta no se hizo esperar. Al resbalar sus pantalones hasta el suelo y sacar él la pierna izquierda y luego la derecha del gurruño que ahora formaban los holgados vaqueros en torno a sus tobillos, quedaron al descubierto sus bóxers a cuadros.

Desahogados pero, por fortuna, no tan anchos como los tipos hip-hop. Eran sencillos y modestos, se diría que austeros, incluso. Justo como Aang.

El clima se rompió cuando vio a un par de deportistas acercarse a la taquilla contigua a la de Aang y escuchó un sonoro quejido.

—¡Inspección de suspensorios!—oyó que gritaba Lee Grayson, un arrogante jugador novato de lacrosse, a la vez que le estampaba el antebrazo, sin previo aviso, a Duke Wolfe en la entrepierna.

Duke, desnudo, se dobló en dos y se agarró la entrepierna, plantándole su enorme y pálido trasero de oso lleno de granos delante de las narices de Katara. Fue como si la peor pesadilla de toda chica se hiciera realidad. Se había abierto las Puertas del Infierno. Pensó que jamás la dejarían disfrutar de un instante de placer sin tener que padecer a cambio una eternidad de sufrimiento. A cambio de un poco de Aang, tendría que soportar un mucho de Duke. La metáfora no le pasó desapercibida a Katara.

Y fue peor. Mientras se agarraba la entrepierna se le escapó una leve e involuntaria ventosidad de gas sulfuroso. Por primera vez se alegró de estar en coma, dado que su trasero olía tan mal como feo era su aspecto… ¿Se puede ahogar uno dos veces?

Se sintió fatal por Duke; lo mismo que Aang, por la cara que puso, pero Lee siguió andando y riéndose. Katara, asfixiada, salió pitando por la ventana que permanecía abierta encima de la taquilla de Aang, agitando el húmedo vapor que llenaba la estancia lo suficiente como para que Aang se diera cuenta. Este se estremeció levemente, parpadeó, sacudió la cabeza y concluyó que la aparición que creía haber visto no era más que la poscombustión del pedo de Duke. Aang se inclinó delante de Duke y le ofreció ayuda, dándole una bolsa con hielo que traía por si acaso. Duke sonrió y se sentó; apreciando su ayuda.

Katara estaba disgustada, aunque no descorazonada. Aguardó fuera a que finalizara el entrenamiento, con la esperanza de poder regresar a casa en coche en Aang. A casa con él. Aang salió del gimnasio en dirección al aparcamiento, se echó la bolsa al hombro y extrajo de su bolsillo las llaves de su Viper descapotable gris. Antes de que tuviera tiempo de abrir el coche, Katara ya se había acomodado en el asiento del acompañante. Echó mano al cinturón de seguridad, cayó en cuenta de que ya no lo necesitaba y lo soltó despreocupadamente.

—¿Qué, a tu casa o a la mía?—le preguntó Katara a Aang con sarcasmo mientras él se abrochaba el cinturón.

Obviamente, Aang no podía oírla, pero no por ello él volteó hacia su lado, jurando que escuchó algo, sonrió y Katara hizo lo mismo. Lo estaba pasando en grande con toda la situación. Iba de copiloto en el deportivo de Aang, circunstancia que sin duda habría disparado el coeficiente de celos entre las demás chicas a niveles astronómicos. Y en el caso de Suki, era muy probable que a niveles homicidas.

Sí, cualquier chica habría dado la vida por ocupar su lugar—la única diferencia era que, en su caso, ella había tenido que dar su vida, en sentido literal, para conseguirlo, aunque estuviera en coma—.

Katara desechó por el momento tan dolorosa revelación para seguir desempeñando el papel de "novia".

Aang, sonriendo, extendió el brazo derecho, el mismo que ella había admirado en el vestuario, sobre el respaldo del asiento del acompañante mientras conducía. Katara imaginó que lo hacía sobre sus hombros, se enderezó un poco y se recostó contra él. Estaba ocurriendo de verdad. Al aproximarse un poco más, pareció que el antebrazo y la mano de él descendían un tanto, estrechando el hombro de ella y pegándose a su pecho. Jamás le había tenido tan cerca ni había gozado de tanta intimidad con alguien.

Echó la cabeza atrás disfrutando de la brisa, pero un silbido rompió bruscamente el clima romántico y los ojos de Katara se llenaron de temor.

—¡Por Dios, Yue!—gritó a la vez que se volvía al asiento trasero.

Allí estaba Piccolo Yue, mirándola como un padre que acabase de encender las luces del sótano para interrumpir una sesión maratónica de besos y revolcones.

—¿Qué pasa? De alguna forma tengo que comunicarme con él, ¿no?—le dijo a Yue en su tono de voz más persuasivo—Bueno, ya sabes, a lo mejor esto del coma consigue unirnos—.

—Ya veo, ¿así que crees que estar en coma va a ayudarte en el terreno sentimental?—refunfuñó Yue—Estás desobedeciendo las reglas, Kat. Y eso, está mal—.

Como Katara no dio muestras de ceder, Yue suspiró y desapareció tan rápido como había aparecido. Estaba claro que Katara no cedería ni con cariño.

Cuando el coche se detuvo junto a la cera delante de una mansión, Katara se percató que el acceso al garaje estaba vacío. Aquella no era su casa. Se trataba, no obstante, de una casa por delante de la cual Katara había pasado con el coche de su hermano en sobradas ocasiones, sólo para ver su rutilante deportivo gris aparcado delante tardes, e incluso a veces noches, enteras.

No, no era un caserón cualquiera. Era la casa de Suki.

Y por si no fuera suficiente, allí estaba Suki para confirmarlo: bajó a toda prisa el largo y cuidado paseo de pizarra para recibir a Aang y frenó de golpe contra la puerta del acompañante.

—¡Date prisa, mis padres están a punto de llegar!—dijo, instando a Aang a salir del coche a la velocidad de la luz y correr tras ella paseo arriba. Aang resopló fastidiado y la siguió.

La idea no es que fuera muy brillante, pero Katara los siguió. Camino arriba se fue hasta delante de la casa, a toda prisa, ajena la agitada bandada de pájaros que ahora revoloteaba sobre su cabeza. Llegó a la puerta una milésima de segundo tarde.

De nuevo, vio como Suki, inconscientemente, le daba con la puerta en las narices.

—Esto ya lo he vivido antes—se dijo, suspirando.

Giró en redondo para irse y observó como los pájaros se alejaban, aunque no sinantes dejar caer una lluvia de excrementos justo encima de su cabeza. Cerró los ojos yesperó resignada el impacto. Pero éste no se produjo. Los excrementos la atravesaron departe en parte y fueron a estrellarse sobre el porche de la entrada a la vez que, en sulugar, batía contra ella una inesperada ola de optimismo.

—Pues claro—se recordó a sí misma—¡Soy un fantasma!—exclamó, entristecida. Si tan solo… me mirara… sin tan solo pudiera verme…

Katara pensó en clase de Orientación y en los primeros capítulos de su libro de texto Guía del Muerto Perfecto, mientras se volvía de nuevo hacia la puerta de entrada de la casa de Suki. Los había hojeado nada más y no había tenido tiempo de practicar, pero la desesperación a veces engendra confianza, y Katara era, después de todo, un espíritu entusiasta.

—¿Cómo era?—se preguntó retóricamente—Invisibilidad. No, tonta, no. ¿Mutación? No técnicamente…—no acordarse hizo que creciera su frustración—¿Intangibilidad? Sííí. Eso es. ¡Atravesar cosas!—.

Katara se colocó en posición, con valentía, de cara a la puerta. Sus conocimientos básicos sobre las propiedades de los sólidos, por no hablar de su experiencia como fantasma, la ayudarían a travesar la puerta, o al menos eso esperaba.

—De acuerdo—empezó—Cuanto más denso es el objeto, más juntas están las moléculas y menor es su capacidad de movimiento. Pero ¿y si me quedo atascada?—dijo—Sería un desastre. Un gran desastre—.

Pasara lo que pasara, Katara concluyó que aquél no era el mejor momento para teorizar sobre los aspectos más sutiles de la densidad molecular.

De modo que hizo acopio de valor y empezó a concentrarse.

—Sé que puedo hacerlo…—dijo, y evocó las palabras del gran filósofo Bruce Lee: "Vacía tu mente, libérate de las formas, como el agua", eso profesaba. Naturalmente que él no entraba en al temario de Muertología, ni aún menos era profesor de ciencias, pero era lo mejor que podía conjurar para salir del apuro. Además, él, estaba muerto, pero ella en coma.

—Sé la puerta, sé la puerta, sé la puerta…—recitó Katara a la vez que extendía la mano abierta hacia la puerta de madera maciza y cristal de plomo.

Para su sorpresa; las puntas de los dedos, seguidas inmediatamente de los nudillos, la palma de la mano, el codo —el brazo entero— ¡Estaban atravesando la puerta! Luego la pierna. La cosa iba de maravilla. Hasta que llegó al hombro. Y ahí se atascó. Medio cuerpo dentro de la casa y medio fuera. Estaba atrapada, atrapada en una puerta.

Katara forcejó para rematar la faena, pero sin éxito.

"Mierda" fue la palabra que se le ocurrió que definía mejor su situación, plantada como estaba en un charco de excremento fresco de pájaro. Mierda, sí. Permanecer medio atrapada en una puerta para el resto de la eternidad no era una perspectiva demasiado atractiva, que se diga, y el inconveniente del asunto esté de la intangibilidad era que tenías que entrar y salir pero que muy rápido.

—¡Esperemos que la cosa vaya poniéndose más fácil!—gruñó Katara mientras tiraba lentamente del resto de su cuerpo hacia al otro lado de la puerta.

Katara subió las escaleras y buscó a Aang y Suki. Escuchó unas voces gritando al otro lado de la puerta en el pasillo y se dirigió hacia ella. Este allanamiento de hogar se le antojó, al igual que la visita anterior al vestuario, más que excitante. Era como leer el correo electrónico de otra persona. Aún así, el sentimiento de culpabilidad no era tan profundo como para echarse atrás. Asomo la cabeza a través de la puerta, que en esta ocasión presentó menos batalla.

La era un auténtico santuario de Suki a sí misma. Tan exento estaba de modestia que daba miedo, repleto de cómo aparecía de fotografías suyas y otras no tan favorecedoras de sus amistades. Ella eclipsaba al resto, intencionadamente. Después de todo, era su habitación. Aang estaba gritándole a Suki, seguido de ella.

—¡Estoy harto! ¡Harto! ¡Eres muy insensible! ¿Cómo pudiste hacerle eso a Duke? Además, ¿no recuerdas haberle tirado la puerta a Katara en la cara, mientras estábamos saliendo del salón? ¡Por culpa de tu insensible corazón ella se ahogó! ¿No viste a Sokka como estaba?—le gritó Aang, pronunciando, aún así, con delicadeza el nombre de ella y lo que le pasó.

—Se acordó de mí—susurró Katara, sintiendo que otra puerta se abría para ella. Tenía la cabeza asomada a la puerta como la de un alce en la pared de un cazador.

Suki abrió los ojos de par en par al escuchar el nombre de su amante y uno desconocido —para ella—.

Entre tanto, Katara atravesó la puerta del todo y se sentó en la cama de Suki, presenciando con esperanza la conversación.

—¿Quién metió a esa chica en esta conversación? ¿Eh, Aang?—inquirió Suki, poniendo sus brazos en jarra. Aang resopló.

—Hablábamos de tu… ¡Insensible corazón!—exclamó, perdiendo la paciencia.

—¿Mi qué? Pero si yo no soy tan insensible… les doy mi refresco dietético a las chicas…—se defendió Suki.

Aang rió sarcástico: —¿Hablas enserio? ¡Se los das cuando no quieres más! ¡Y cuando lo botas a la basura, lo sacas y así se los das! ¡Eso ni siquiera es higiénico!—.

—¡Ya cállate! ¡Tú no eres nadie para decirme lo que hago o no! ¡Y un novio no le falta al respeto así a su novia!—le señaló Suki. Aang se frustró.

—¡Pues una chica como tú no debería ser tan insensible!—.

—¡Si la defiendes tanto, deja que yo te tire la puerta en la cara y te vayas con ella!—esa fue la gota que derramó el vaso.

Aang se sentó en la cama —justo al lado de Katara— y se dispuso a colocarse los zapatos. Suki se enfureció.

—¿Te irás? ¡Tú no puedes dejarme! ¡No puedes! ¡Soy Suki Bei Fong, oíste!—Aang la ignoró y bajó escaleras, dispuesto a irse. Katara sonrió discretamente cuando escuchó el sonido del motor del auto de Aang.

—¡Aang! ¡Arrrghhh! ¡Es un tonto! ¡Defendiendo a una muerta!—y esa fue la gota que derramó el vaso de Katara.

Incapaz de soportar su tristeza, salió al pasillo, corrió hasta el baño contiguo y cerró la puerta de un portazo, sollozando de forma incontrolable.

—¡Nadie me quiere! ¡Me tratan mal y él se va!—gimoteó, hundiendo la cabeza en el lavado y olvidando que si estaba viva. Dejó de sollozar un momento recordando cómo Aang la defendía. Sonrió internamente.

Katara levantó la cabeza para mirarse al espejo. Estaba tan acongojada y distraída, que no supo que si las gotas que se deslizaban por la empañada superficie eran el reflejo de sus lágrimas o no, como tampoco se percató de la nube de vapor de ducha que llenaba la estancia.

Extendió la mano hacia la cortina de la ducha y se aferró a ella como una niña a su mantita inseparable. Enterró el rostro en el plástico opaco y respiró tan hondo como pudo. Era una chica en coma que probablemente moriría y estaba sufriendo el peor ataque de pánico de su vida. Y no porque tuviera miedo a morir, sino porque sabía que no volvería a vivir nunca más.

Durante un segundo, la cortina húmeda se le quedó pegada al rostro como una bolsa para cadáveres, y entonces, su rostro la atravesó y se asomó al cubículo de la ducha.

Aparcó las lamentaciones por un momento y se fijó en un bote de champú con la indicación "Para cabellos apagados y sin vida".

—Apagada… Sin vida…—dijo en tono de derrota absoluta.

Lo siguiente que vio entre la asfixiante neblina fue a alguien que en ese momento se daba una ducha. De haber podido sonrojarse, lo habría hecho. Con el pelo negro largo hasta la cintura, mojado y jabonoso pegado a la cara, Toph se enjuagó lo que quedaba de champú y abrió los ojos muy despacio, para encontrarse con la cabeza de Katara asomada a la ducha a través de la cortina.

Toph gritó con todas sus fuerzas a la vez que trataba de cubrirse con brazos y codos, sorprendiendo a Katara, que respondió gritando también.

Katara hacía cuanto podía para liberarse de la cortina, pero a cada giro y a cada tirón que daba, sólo conseguía enredarse más en ella. Aterrorizada, Toph se percató de lo que a todas luces parecía un reguero de sangre que se escurría por uno de los lados de la bañera esmaltada de blanco y descendía hasta el desagüe. No pudo evitar pensar en la escena de la ducha de Psicosis. Se miro de arriba abajo en busca de heridas, se encogió en un rincón de la bañera y esperó el golpe mortal. No era más que el resto de su lápiz de labio rojo Decadente Urbano, pero Toph, aficionada a los cines cutres de sesión doble, era propensa a dramatizar, ocultándolo lo más posible.

Entre tanto, Katara, que había conseguido zafarse de la cortina, se apartó tambaleando de la ducha en el mismo instante en que Sokka entraba como un rayo en el baño para comprobar el motivo de tanto escándalo. Éste sorprendió a Toph saliendo de la ducha, desnuda, y no se percató de la presencia de Katara, quien, encaramada al inodoro, temblaba de miedo. Sokka abrió los ojos de par en par al ver a Toph.

—¿Y tú qué haces aquí?—preguntó Toph a la vez que echaba mano rápidamente a una toalla negra y se envolvía en ella. Estaba sonrojada. Sokka la había visto, pero eso no la preocupó más de lo que ya estaba con Katara.

—Oí gritos—farfulló él, bajando la cabeza, avergonzado.

Sokka se esforzaba por no "fijarse" en Toph, pero le costaba hablar. Era la primera vez que la veía sin maquillaje, ni ropa, ni abalorios. Estaba desnuda en todos los sentidos. Vulnerable. Apenas había llegado a la cita de tutoría con ella y ya metía la pata.

—Tú no… ella—espetó Toph.

—¿Ella, quién?—preguntó él.

Señaló a Katara, pero él sólo vio el inodoro.

—¡Ella!—dijo Toph con un tono de frustración total en su voz.

—Yo—dijo Katara completamente desesperanzada. Hasta mi hermano ni me nota, qué lindo.

Toph se percató de que Sokka no podía ver a Katara, así que volvió a soltar un grito, esta vez de frustración e impotencia, y salió corriendo. A Sokka le confundió su extraño comportamiento, pero miró de nuevo el inodoro, sintiendo que Toph decía algo cierto. Suspiró y se miró al espejo, observando sus sonrojadas mejillas.

—¡Diablos! ¡Otra vez no! ¡Metí la pata, mirándola desnuda! Genial, ahora no querrá ni hablarme. Y Katara, si estuviera bien, me golpearía—.

Suspiró y se fue del baño, dejando a Katara anonadada. Mi hermanito… ¿estará sintiendo su corazón?


Toph entró corriendo en su dormitorio y cerró la puerta de un portazo. Se enfundó como pudo en un short negro a cuadros grises y una franelilla blanca con cuervos negros y reanudó su precipitada carrera en dirección al vestidor contiguo, cuya puerta cerró también de golpe para protección extra.

La habitación parecía un reservado del club punk y new waves neoyorquino CBGB, con poemas, dibujos y letras de canciones pintarrajeados en la pared. La taza del inodoro y el tocador estaban forrados de adhesivos de grupos de música, todos con algún mensaje. Toph escuchó unos golpecitos en la puerta.

—¿Qué quieres?—preguntó ante la puerta cerrada.

—Puedes verme—susurró Katara.

—Un momento, sé quién eres—respondió Toph ocultando su nerviosismo, y abrió la puerta un poco.

—¿De verdad?—preguntó Katara, gratamente sorprendida de que alguien la reconociera.

—Eres la hermana de Sokka—dijo Toph, cerrando los ojos un momento al recordar lo del baño con Sokka—La que se ahogó y está en coma—.

—¡Sí! ¡La misma!—respondió Katara, emocionada. Al parecer, el coma sí que le había granjeado cierta popularidad.

—¿Qué? ¿Entonces vienes a vengarte por lo mala que fui contigo?—se quejó Toph, abriéndole la puerta y dejándola pasar.

—¿Tú? ¿Mala conmigo? ¡Claro que no!—le aseguró Katara, sacando su lado oculto: El dulce.

—¿O por mi mierda del periódico?—preguntó Toph, pasando el periódico por debajo de la puerta.

—¡¿He salido en el periódico del colegio?!—preguntó Katara, asombrada.

Bajó los ojos al diario y leyó con avidez. Su vida entera había quedado reducida a dos oraciones junto al ordinario icono online de "foto no disponible".

Katara Water, estudiante de Hawthorne High, se ahogó el día de hoy tras un incidente absurdo con un osito de goma. Se ha celebrado un acto en su memoria. Ahora yace el Hospital Earth, en estado de coma.

—¿Eso es todo?—preguntó Katara, abatida.

—No he tenido tiempo de entrar en detalles—balbuceó Toph, convencida de que no había ninguna necesidad de mencionar la escasa asistencia al acto —al cual fue Sokka y Aang—, ni que el personal del anuario no dispusiera de fotografías archivadas bajo su nombre, ni que nadie había contestado a sus solicitudes de comentarios.

Toph suspiró y se acostó en su cama, mirando el techo. Katara la observó detenidamente. Vaya, ella es muy bonita. Creo que es obvio viniendo de la hermana de Suki. Y es… más linda que yo…

Katara se sentó en el piso, enfrente de la cama de Toph. Ésta la miró. La cara de Katara lucía muy entristecida.

Katara miró a su alrededor y se fijó en los viejos carteles de películas de culto, como Harold y Maude, La noche de los muertos vivientes y Delicatessen, que colgaban de las paredes y entre los cuales aparecía unos pintorescos marcos caja que ponían los pelos de punta debido a las grotescas figurillas que exhibían en su interior. Un CD con una grabación de William Burroughs leyendo el Libro tibetano de los muertos y un planificador de funerales ilustrados por Edward Gorey descansaban sobre el escritorio negro profusamente tallado.

—Vaya, me parece que te gusta mucho esto…—dijo Katara mientras olvidaba su depresión y examinaba sus cosas.

—Soy gótica, obvio—murmuró Toph para sí.

La situación se estaba haciendo más y más surrealista, pero Toph casi había superado del todo su miedo. Casi. Incapaces de contenerse, las dos chicas empezaron a lanzarse preguntas simultáneamente.

—¿Cómo es estar en coma?—preguntó Toph.

—¿Cómo es ser la hermana de Suki?—preguntó Katara.

La pregunta de Katara dejó estupefacta a Toph.

—¿Estás bromeando, verdad?—preguntó Toph.

Katara prosiguió con una pregunta algo más apropiada.

—¿Cómo es que me ves? Ninguna otra persona viva puede hacerlo. Bueno… exceptuando perros y bebés, tal vez—dijo.

—¿Y yo qué sé?—respondió Toph con sarcasmo.

—Tiene que haber alguna razón lógica—dijo Katara sin dejar de pasear la mirada por la habitación—¿Qué tienes tú que haga posible que me puedas ver?—examinó el crucifijo celta y otras reliquias góticas diseminadas por la habitación.

Luego se fue hasta el vestidor de Toph, que era un enorme armario diáfano equipado con una araña antigua chorreante de lágrimas de cristal coloreadas. Había una silla tapizada en terciopelo negro salpicado de lo que parecía diminutos lunares blancos, que examinados de cerca resultaron ser, de hecho, pequeñas calaveras. Y había un viejo espejo veneciano adosado a la puerta, del que colgaban amontonadas varias joyas antiguas.

El vestidor se encontraba repleto de ropa, bolsos, joyas, bufandas y demás, todo vintage. En su mayoría negro, si bien aquí y allá una explosión de color verde conseguía destacar en el siniestro mar de de lentejuelas y encajes. Se parecía más a una boutique de moda de vanguardia o, quizá, al camerino punk-gótico-cabaretero de The Dresden Doll, que al vestidor de una chica de instituto.

—Todo con moderación—dijo Toph al observar como Katara admiraba —y se estremecía de miedo— su colección.

Toph se acercó y sacó una raída camiseta del grupo Liking Park, que combinó con una falda corta escocesa y unas mallas de color negro iridiscente.

—¿Dónde y cómo has conseguido todo esto?—preguntó Katara con un tono de voz casi acusatorio. Ella era —y sigue siendo— maternal, obvio.

—De mis víctimas—respondió Toph, conteniendo una risa.

Katara se asustó levemente.

—Trabajo en Clothes Minded, la tienda vintage de la ciudad, en verano—dijo Toph mientras se vestía, detectando la incomodidad de Katara.

—Qué bonito—dijo Katara al tiempo que deslizaba su mano sobre un vestido verde claroscuro, levemente decorado con brillo.

—¿Te gusta?—dijo Toph, emocionada, pero se detuvo al instante—Sí, bueno, no está mal—.

Katara hurgó entre unas blusas de chiffon negras, unos tops vintage de colores verdes, y luego exploro una sección de camisetas vintage mientras Toph se vestía del todo.

—Eso de que puedas verme, ¿será porque… no sé… bueno… porque eres… diferente… o algo así?—le preguntó Katara, dudosa.

—Continúa, que ni me importa—le dijo Toph, sarcástica.

—No te quería ofender, en serio. Es que si consigo descifrarlo, me ayudará con… bueno, con una cosa que tengo que hacer—dijo Katara tratando de calmar a Toph un poco.

—Además, ¿qué haces aquí? Podrías estar en cualquier otro lugar—preguntó Toph con recelo.

—He venido por… por tu hermana—respondió Katara.

—Pues no te entretengo… ¡Al fondo del pasillo a la derecha!—dijo Toph sin vacilar.

—No soy la Parca, tampoco—dijo Katara echando por tierra las esperanzas de Toph de que su hermana fuera eliminada de un plumazo.

Toph resopló, enderezándose. —Entonces, ¿cómo es que no estás en el backstage de algún concierto o en el Cielo o algo así? No sé, en un sitio chulo—preguntó—Estás desperdiciando tú… otra vida, si es que sobrevives… no sé—.

Katara se sintió ofendida, pero lo descartó olímpicamente.

—¿Pero qué dices? ¡He visto el vestido que Suki llevará al baile!—.

—¡¿Nooo, en seriooo?!—se mofó Toph dando saltitos con fingido entusiasmo—¡Qué envidia!—dijo, rodando los ojos.

—¿Con quién iras ?—preguntó Katara haciendo caso omiso de su aire de suficiencia.

—¿Ir? ¿A dónde?—preguntó Toph, confundida.

—Al Baile de Otoño—dijo Katara con vehemencia.

—Por si no te has dado cuenta, yo no formo parte de ese rebaño de cabezas huecas que son los estudiantes de Hawthorne High—le espetó Toph.

Katara desistió.—Pero… ¿Irá Aang?—preguntó, esperanzada. Toph rió sarcásticamente y sopló su flequillo.

—Yo creo que no… ¿No escuchaste los gritos? ¡Esto se pondrá bueno!—rió Toph, sentándose en su cama, mientras se apoyaba en su brazo hacia atrás y reía más.

—Oh… sí… qué bien…—dijo Katara, y se dejó caer sobre las sábanas de satén rojo sangre de Toph.

—Espera… ¿Quieres ir con él?—preguntó Toph. Katara no respondió—Ya veo… Y eso que estás… ya sabes… en coma—Toph sopesó un poco lo que le podría hacer.

Sonrió como sabía hacer: Maquiavélicamente.

—¿Cuánto tiempo llevas en coma?—preguntó, cruzando las piernas y ladeando la cabeza a un lado. Katara la miró.

—Como uno, dos días. Quizás tres—respondió, extrañada. Toph sonrió y negó con su dedo índice, risueña.

Katara no pudo estar más confundida.

—Dos semanas—agregó Toph, provocando que Katara la mirara con los ojos desorbitados.

¿Qué había dicho?

¿Llevaba ya dos semanas en coma?

¡Imposible!

—¡No puede ser! Pero si hace tres días que fui a Muertología…—Toph ignoró eso.

—Pueees sí. Sokka me habló de ti hace una semana y media. El acto en tu memoria se hizo dos días después, Aang y Suki discutieron hace 5 días y me reuní con Sokka para hablar de la tutoría hace…—Katara la interrumpió de golpe.

—¡¿Tutoría?!—Toph chasqueó la lengua. Metió la pata—¡¿Cómo que tutoría?! ¡¿Estás siendo la tutora de mi hermano?!—inquirió Katara, sorprendida a más no poder.

Genial—pensó Toph soplando su flequillo.

—¡Responde!—instó Katara.

Toph se mordió el labio.

—¿Aang tiene otra compañera para Física?—volvió a preguntar Katara.

—Bueno, tutora, en realidad. Su profesor aceptó que hiciera un examen para pasar de inmediato con C o más, sin compañera. Y… acepté… ser… su… tu-tutora—dijo Toph, viendo como Katara bajaba la cabeza, deprimida—Escucha, él dijo que no quería incomodarte, según él, pasaría la materia para ti—.

Katara la miró.

Su vida no podía ser más hermosa.

El coma no podía ser más fantástico.

Y Toph no podía ser tan fabulosa.

—¡Gracias!—ella abrazó a Toph, sorprendiéndola. Toph asintió con la cabeza y la separó de ella, incómoda.

—Ajá—.

Pasaron unos minutos, y ninguna hablaba. Katara sacaba felicidad infinita por los poros, tanta que sintió unas tremendas ganas de gritar. Y ya que nadie más la oiría, así lo hizo. Toph se tapó los oídos, diciéndole —más bien ordenándole— que se callara.

Katara se calló y recordó lo que había dicho Sokka, en el baño: —¡Diablos! ¡Otra vez no! ¡Metí la pata, mirándola desnuda! Genial, ahora no querrá ni hablarme. Y Katara, si estuviera bien, me golpearía—. Ella no pudo sonreír más.

—Y tú… ¿Aceptaste ser la tutora de Sokka? Porque él es pésimo en todo—sonrió Katara. Vaya que lo estaba disfrutando cuando vio a Toph sonrojarse furiosamente. Su piel blanca facilitaba la vista de hasta una pizca de color carmesí.

Toph apartó la vista de Katara, tratando de que no note su sonrojo. Demasiado tarde.

—Por lástima, solo eso. Yo apenas y sé matemáticas—.

Katara rió. —¿Irás al baile con él?—.

Toph resopló, pero no contestó. Se levantó de su asiento y agarró a Katara de la muñeca, arrastrándola al baño.

—Toma asiento—dijo ignorándola, y la sentó en el retrete, junto al lavabo. Abrió el cajón de cosméticos y se puso manos a la obra de inmediato.

—¿Qué haces?—preguntó Katara, mientras Toph revoloteaba a su alrededor.

—Necesitas un lavado de cara. Para ser fantasma, y que nadie te haya notado, eres linda, sólo necesitas verte mejor—dijo Toph a la vez que colocaba un instrumental sobre un trapo junto a Katara como si fuera un cirujano preparándose para una operación a vida o muerte.

Esta se mostró concentrada y resuelta, una chica con una misión, mientras reordenaba los tonos cosméticos y aprovechaban para aplicarse pintalabios carmesí mate en los labios y se cepillaba su larga melena de pelo negro liso y su flequillo perfectamente desalineado. Crujió sus nudillos y se preparó para alistar a Katara.

—Pero… tú eres más hermosa—.

Toph, antes de siquiera mover un en dedo, se detuvo bruscamente.

La ignoró y desplegó su legión de brochas y pinceles, que guardaba en el interior de un estuche de cosméticos, y los extendió ante sí para tenerlos más a mano.

Katara esperó su respuesta mientras ayudaba a Toph sujetándose el pelo hacia atrás.

Antes de seguir preguntando, Toph se había puesto a aplicar simultáneamente el lápiz a los ojos de Katara.

—Yo no soy hermosa—mencionó Toph, respondiendo a la pregunta de Katara.

—¡Claro que sí! Tu pelo negro marca perfectamente tu piel blanca, tu sonrisa es hermosa, tus ojos preciosos ¡y tu cuerpo es tan natural! No veo exageración. Además, tienes una linda personalidad. Mi madre…—pausó, tomando aire—…decía que los góticos o emos no eran malos, sino especiales; con una visión diferente y única de la vida, y eso los hacía especiales—finalizó Katara, observando cómo Toph terminaba de aplicarle el lápiz de ojos.

—Muy linda tu madre. Repito, no soy hermosa, sólo porque la linda de Suki me absorbió lo lindo que tenía—dijo Toph, sonrojándose por el halago de Katara.

—Con razón Sokka se sonroja al verte…—sonrió Katara. Toph la miró.

—Tú hermano no me gusta. Deja de fantasear y quédate quieta, después hablamos de eso—dijo, mandándola a cambiar el tema. Katara notó como sus mejillas se pintaron ligeramente de carmesí.

Decidió hacerle caso.

—Oye, ¿y no te doy, no sé, como algo de cosa o un poco de miedo?—preguntó Katara, mientras Toph escudriñaba su extensa paleta de sombras para ojos, cuidándose mucho de escoger la combinación correcta de tonalidades. Aplicó la sombra sobre el párpado de Katara mientras ésta mantenía un ojo completamente abierto a la vez que hablaba.

—¿Y , no te doy yo algo de cosa o de miedo, incluso?—preguntó Toph.

—Bueno, supongo que algo de cosa sí me da que no te dé miedo—dijo Katara, sonriendo.

—Sí, a mí me pasa lo mismo—dijo Toph con una sonrisita mientras se preparaba para el siguiente procedimiento.

Toph introdujo una espátula pequeña en un recipiente morado, la embadurnó de cera caliente y procedió a aplicarla cuidadosamente sobre la ceja de Katara. Al cabo de unos segundos, aplicó un pequeño pedazo de tela sobre la cera, la presiono con los dedos y se la retiró de un tirón, esperando una reacción de dolor de Katara, pero ésta ni siquiera parpadeó.

—He ahí una de las grandes ventajas de estar en coma—agregó Katara a la vez que Toph se echaba a reír y asentía conforme.

Ésta continuó el acicalamiento, pelo incluido, y Katara disfrutó con cada una de sus atenciones. Lo mejor de todo fue comprobar que Toph estaba realmente encantada con su compañía. Katara no estaba acostumbrada a recibir tantos cuidados; después de todo, había pasado buena parte de su vida bajo la custodia de su padre, luego su abuela, y terminando por su hermano.

Al cabo de un rato le interrumpió el viejo reloj de Toph, del cual surgió un cuervo negro que graznó dos veces, en lugar del consabido "cucú".

Katara vio que se le hacía tarde y se levantó para irse.

—¿A dónde vas? ¡No he terminado todavía!—chilló a su espalda Toph, que no había culminado su retrato.

—Llego tarde a una reunión de residencia… ¡Nos vemos en el instituto mañana!— contestó Katara gritando—¡Y gracias!—.

Katara emprendió una marcha frenética por la acera, internándose en la oscuridad, en dirección a la luna, mientras los mismos pájaros negros que habían sobrevolado su cabeza aquella tarde volvían a revolotear en torno a ella.

¿Una reunión de residencia? ¿Al instituto mañana? Quizá la muerte o coma no sea tan genial después de todo—pensó Toph mientras observaba, desde la ventana de su dormitorio, cómo Katara desaparecía en la oscuridad, y se preguntaba qué mierda le acababa de pasar.

Toph se encogió de hombros y se acostó en su cama de satén roja sangre. Luego se puso a pensar en el halago de Katara.

Hermosa… ¿yo? Debes estar bromeando, de todos modos… no serviría tratar de mostrarlo mucho… para eso está Suki—pensó, cerrando los ojos.


Aang dejó el último ramo de flores en la habitación del hospital, suspirando con cansancio. Había —después de su enojo causado por Suki—, comprado hasta muy tarde muchos ramos de flores, queriendo dejar colorida y llamativa la habitación.

Cualquier chica se emocionaría por ello, viniendo de él.

Se dirigió a la cama y observó cuidadosamente el cuerpo yacido ahí. El cabello castaño de la chica caía delicadamente sobre la almohada, como si fuera una mancha de chocolate; su piel se veía ligeramente pálida y sus labios estaban pálidos y secos. Y para rematar: sus ojos no se habían abierto para mostrar su bello color azulado, en dos semanas.

En esas dos semanas se encargó de alegrar —al menos un poco—, la estancia de la chica en el hospital, llevando flores, chocolates y contándole lo que ha hecho en esos días, queriendo que ella escuchara. Al parecer Sokka y Gyatso eran los únicos que lo escuchaban para librarlo de dudas.

Suspiró y retiró delicadamente un mechón salvaje de la cara de la chica, observándola. Se sentó en la silla que estaba justo al lado de la cama y apoyó su cabeza en sus dos manos, con los codos en los muslos.

La cirugía de la chica empezaría en dos días, y estaba nervioso. Había decidido, para saltarse de más nervios, terminar con Suki por la chica; para que ella esté feliz. Suspiró y optó por saludarla.

—Hola Katara, ¿cómo te encuentras hoy? Te cuento que parece que sentí como si alguien hubiera estado siempre a mi lado… y creo que eras tú. Me alegra saberlo… ¿sabes?—le dijo Aang, contento.


¡Hola! Cuanto tiempo… no actualicé de inmediato debido a mi internet… se había ido… y no saben cuánto lloré xD

Espero hayan disfrutado de este cap, porque desde aquí empezará la inseparable amistad de hermanas entre Toph y Katara (la amistad que adoramos *-*), el inicio, INICIO (xD) del amor de Aang hacia Katara y los problemas con la posesión. ¿A que les gustó, eh? xD

Ya sabeeeeeeeen, dejen reviews comentado que parte les gustó para reírme como loca(?) y disfruten, ¡Que esto se pondrá bueno! :D

Les dice Chau:

Nie~ ;)

P.D: A 1.654.597 fangirls locas por Aang (y por el Kataang) les gustó la última parte y en donde él se desnuda *-*. xD *baba*