La saga Ghostgirl es de Tonya Hurley y ATLA de Mike y Bryan. Lástima que no me pertenezcan.

Aviso: Este cap se dividirá en dos partes, las cuales subiré al mismo tiempo :3


Capítulo 13. |La caída de la casa fantasmal [Parte 1]


Los ojos de los otros, nuestras prisiones;

sus pensamientos, nuestras jaulas.

Virginia Woolf

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Katara llegó temprano a la gran fiesta de pijamas de Suki, al enterarse de que iba a realizarse no dudó en pasar por allí. Cuando atravesó la puerta sin más, se topó con el cuerpo derrumbado de Toph en el sillón del salón, con una franelilla verde y shorts, unas gafas oscuras y aspecto cansado y flojo.

—Vaya, mira a quién tenemos aquí, nada menos que a la bella durmiente—dijo Toph, sin apenas levantar la cabeza.

—Bonitas gafas—dijo Katara para romper el hielo.

—Por lo que se ve soy la única con resaca post-posesión—espetó Toph, mirándola por encima de las gafas—. ¡¿Qué pensabas hacer con las animadoras?! ¡Qué bueno que te detuve antes de que cometieras una estupidez!

—Quería intentarlo, pensé que si me unía podía llamar la atención de…—comenzó Katara en su defensa, pero pausó al ver la ceja alzada de Toph—. Toph, no me pongas esa cara, sabes que siempre quise…

—Lo sé, siempre quisiste ser popular, pero conmigo no lo vas a lograr, ya he visto suficiente—dijo Toph seria.

—¿Y eso qué quiere decir?—preguntó Katara con nerviosismo.

—Quiere decir que se acabó. No me usarás más—dijo Toph, que confirmaba así el peor de los temores de Katara.

—¿No eras tú la que se quejaba de ser la eterna dama de honor?—le recordó Katara—. Tú misma me dijiste que odiabas ser el centro de atención, y te libras de eso siendo fantasma.

Toph guardó silencio, sabiendo que lo había pasado en grande pero sin querer admitirlo.

—Vamos Toph, ayúdame con esto, eres la única que puede verme y con la única que podré conseguir lo que siempre anhelé…

—Ser popular no es genial, créeme.

—Toph, no sólo quiero eso, quiero… quiero olvidarme de que estoy en coma, y que quizás no sobreviva—Katara bajó la cabeza—. Tengo muchísima vida por delante, y tengo miedo de irme, Toph—su voz se quebraba—. Quizás no logre ser popular, o tener muchos amigos, pero quiero vivir, quiero…

—Estar con Aang.

Katara se quedó en silencio. Si su estado fantasmal le permitiera llorar, ya lo hubiera hecho. Sabía que su vida pendía de un hilo, una frágil, y por lo menos deseaba disfrutar el poco tiempo que le quedaba para disfrutarlo como siempre quiso: sentirse popular y estar con Aang.

Toph se mordió el labio, dudando. Su reputación caía en picada sólo al pensar que podía ser animadora por Katara. Sabía lo que significaba para ella el meollo de ser popular y Aang, pero se le dificultaba ayudarla. No sólo por su orgullo, sino por ella misma; siempre quiso dejar de ser "la hermanita gótica de Suki" y que todos hablaran de ella y la miraran tanto, y ser fantasma fue un deseo hecho realidad. Pero ella también quería vivir, porque sabía que si la posesión duraba mucho tiempo… ella no duraría nada.

Escuchó unos tacones bajando por las escaleras y vio a Katara levantar la cabeza y correr a esconderse detrás del sofá. Toph quiso reír. Katara aún no se daba cuenta de que no la podían ver.

—Mounstruo, las chicas viene en camino y necesito que te desaparezcas un tiempito. No quiero verte aquí mientras nos divertimos y tú nos infectas la fiesta—señaló Suki con los brazos cruzados.

Toph ahora si pudo reír.

—Oh, lo siento princesita. Pero esta es mi casa y la fiesta será en tu habitación, no en toda la casa, así que me quedo—sonrió con superioridad cuando Suki se quedó en silencio pensando una manera de echarla. En eso, a Toph se le ocurrió una idea para que Katara disfrutara un poco.

Toph suspiró. A veces pienso que soy muy bondadosa.

—¿Recuerdas que mamá te regañó por la burla que me hiciste ayer?—le preguntó Toph a su hermana.

—Cómo no recordarlo si lo estás mencionando.

—Tengo una forma de que ella no te vuelva a regañar por eso.

Suki la miró con un destello de felicidad en sus ojos.

—¿Te irás?

—No. Invítame a tu fiesta.

Suki tuvo que apoyarse en el sillón porque casi se desmaya. Katara asomó la cabeza por encima del sofá y miró con esperanza a Toph.

—¿Estás bromeando…?

—Sólo invítame, déjame ahí como una plasta de mierda, pero déjame ahí. Quizás me vaya a dormir a la mitad de la fiesta, y luego le diré a mamá que te deje en paz.

Suki lo meditó y suspiró: —De acuerdo. ¡Pero si se te ocurre…!

—No haré nada malo, tranquilízate.

Suki asintió y subió las escaleras.

Toph miró a Katara: —A veces pienso que soy demasiado bondadosa contigo—sonrió.

Katara chilló y la abrazó: —Gracias.

—Ya, ya. Pero espero esa fiesta te sirva de lección: ser popular, no es vivir la vida.

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Entre tanto, las Mengs llegaban a casa de Suki para la fiesta de pijamas arrastrando equipaje para un mes: maletas, maletitas y baúles Vuitton. Después de llamar al timbre, se entretuvieron recitando la rima que Toph le dijo a Suki.

Si me das una P-U-T-A ¿qué diceeeee…?—canturreó Meng Anderson.

Putaaaa…—completó Meng Thomas.

En la planta de arriba, Katara y Toph se preparaban para intercambiar cuerpos.

—Irás a Hawthorne Manor, la Residencia Muerta—le dijo Katara restándole importancia—. Ya sabes dónde es. Y trata de que no asustarte mucho, ¿sí? Teníamos que hacer algunos deberes esta noche y quizás hagan algunas cosas raras…

Toph asintió.

—Hay una chica, se llama Mai…—empezó Katara.

—Mai—repitió Toph.

—Bueno… asegúrate de no cruzarte en su camino, ¿de acuerdo?—recalcó Katara un poco temerosa de dejar ahí a Toph con Mai.

—De acuerdo—le aseguró Toph.

—¿Prometido?—dijo Katara, apoyando sus manos sobre los hombros de Toph y mirándola de hito en hito.

—Que sí, no me cruzaré en su camino. Me estás asustando—dijo Toph liberándose de ella.

—De todas formas van a estar todos tan ocupados que creo que ni siquiera se darán cuenta de que estás allí—pensó Katara en voz alta.

—Sí, claro, y tú no te asustes tampoco de lo que puedas ver esta noche—dijo Toph a la vez que salía por la ventana y se esfumaba en la despejada noche otoñal.

Katara escuchó a las amigas de Suki y tomó aire. Debo parecerme más a Toph, y hacer lo que ella me dijo: quieta, observando, y si me invitan a algo lo acepto. Katara se mordió los labios de la emoción. ¡Me sentiré popular de todos modos!

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En Hawthorne Manor, Mai se dirigió a la Asamblea Muerta, congregada para la reunión de «intimidación».

—Muy bien, entonces, ¿cómo exactamente vamos a hacer creer a los compradores potenciales que la casa es inhabitable?—ladró Mai mientras giraba la cabeza por completo y empezaba a repartir misiones—. Jet, tú ocúpate de la fontanería.

—Sí, haz que la casa huela como los pues de Britney Spears después de salir descalza de unos lavabos públicos—añadió CoCo.

Deadhead Jet hizo la señal de paz, indicando que podían contar con él.

—Bud, ocúpate de que la estructura de la casa sea inestable—espetó Mai mientras Bud levantaba el pulgar y asentía.

—¡Ya sabes! ¡Inestable como Paula Abdul, ni un pelo menos!—chilló CoCo divirtiendo a todos, pero sobre todo a sí misma, con sus ingeniosas referencias a la cultura pop.

—¿Dónde está nuestra pequeña estudiante alemana de intercambio?—preguntó Mai dispuesta a dar su última asignación.

Una niñita en descomposición levantó la mano muy despacio, mientras unas larvas diminutas le brotaban sin cesar de cada poro de su cara.

—Rotting Rita, tú a la brigada de infestación—anunció Mai.

—¡Sí! ¡Eso queremos! ¡Gusanos pululando como paparazzis alrededor de Brangelina!—exclamó CoCo en un tono enfebrecido.

Mai abrió las puertas telequinésicamente y todos salieron en tropel de la habitación. Se percató de que Katara no estaba presente.

—¿Dónde está Water?—preguntó.

Piccolo Yue se echó a temblar y emitió un silbido por la garganta mientras se apresuraba a pasar de largo.

—Yue, ¿por qué anda tu flautín tan desafinado?—inquirió Mai con autosuficiencia—. ¿Es que sabes dónde está Water?

—Ella me pidió que… esto… que le escribiera yo los apuntes…—improvisó Yue.

—Pues escríbele esto: ¡Más le vale presentarse!—amenazó Mai encarándose a Yue e intimidándola por completo—. Lo digo muy en serio.

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En la otra punta de la ciudad, era el timbre de otra puerta el que sonaba. La señorita Wacksel, una extraña, repelente y excéntrica agente inmobiliaria a la que le había sido asignada la venta Hawthorne Manor, se encontraba en el porche y estaba a punto de enseñar la casa a los Martin, una pareja joven e inquieta en busca de una ganga que esperaba adquirir la reliquia como una inversión asequible para reformar. Hacía viento y mucho frío, y a cada minuto que pasaban en el porche, más desagradable se volvía.

Hacía tiempo que Wacksel sospechaba que la casa podía no estar deshabitada del todo, pero intentó poner buena cara ante los jóvenes.

A su espalda, un enorme y viejo cartel de «Se vende» chirriaba mecido por el viento.

Piccolo Yue se había encaramado a las ramas de un retorcido árbol seco y trataba desesperadamente de dar con alguna señal de Katara. Las melancólicas notas que brotaban de su garganta se mezclaron con el aullido del viento, proporcionando a la señorita Wacksel una lastimera música de fondo con la que comenzar la visita.

—¿Y por qué llama al timbre si aquí no vive nadie?—preguntó el marido, que no veía el momento de entrar.

—Tiene toda la razón, señor Martin –dijo la señorita Wacksel con nerviosismo—. No hace falta llamar, tengo llave.

Dominando el temblor de la mano, introdujo la vieja llave maestra en la cerradura, pero a cada intento ésta le era escupida de nuevo a la mano.

Aquí no vive nadie, se repetía una y otra vez, luchando empedernidamente con la cerradura y la llave. De haber podido ver a Silent Smellerbee tapando el ojo de la cerradura con el dedo desde el otro lado de la puerta, es posible que la señorita Wacksel hubiese dado por concluida su jornada laboral. Pero se trataba de una mujer obstinada, y pensar en la comisión que obtendría por el viejo caserón era un gran aliciente.

—Esta casa tiene tanta… personalidad—dijo ella tratando de tranquilizar a los cada vez más impacientes recién casados, cuando conseguía por fin introducir la llave en la cerradura y hacerla girar antes de que Smellerbee pudiera meter el dedo hasta el fondo.

Silent Smellerbee, la primera línea de defensa de Muertología, había fallado. En un abrir y cerrar de ojos se esfumó de allí y reapareció en lo alto de la escalera antes de que la pareja tuviese tiempo de entrar. Acto seguido, empezó a regurgitar una plasta negra como el alquitrán que le subió desde el estómago a la garganta, y de allí se escurrió escalones abajo, colándose en cada grieta de la madera que hallaba a su paso.

—Listo—suspiró la señorita Wacksel mientras abría la pesada puerta de castaño e invitaba a la pareja a entrar. Una ráfaga de aire gélido los envolvió al instante, prácticamente cortándoles la respiración.

—Qué curioso, hace más frío aquí dentro que fuera—observó la señora Martin.

—Es que no dejamos la caldera encendida hasta más avanzado el otoño—informó Wacksel mirando a su alrededor en busca de una ventana resquebrajada o quizá alguna otra fuente natural del frío—. De todas formas, en estas casas viejas siempre hay corriente. Es parte de su encanto, querida. Nada que una manta o un abrazo extra no puedan solventar—dijo con una sonrisa forzada.

El trío atravesó el vestíbulo, que descansaba al pie de las escaleras, de camino al salón, y al hacerlo empezaron a resbalar y a patinar sin control.

—Vaya, ya no fabrican ceras como las de antes—dijo Wacksel tratando nerviosamente de recuperar el equilibrio y el de los otros—. Perpetuas.

Tan pronto hubieron recuperado los tres el equilibrio y pudieron escapar, continuaron por el salón, donde admiraron los altos techos, la chimenea de fábrica de ladrillo, las paredes de escayola y la madera repujada, que seguían prácticamente intactas. Los detalles, tonalidad y artesanía de las molduras, el pasamanos y el enlosado eran impresionantes.

—Ya no se construyen casas así—dijo el señor Martin, calculando de forma solapada las ganancias que obtendría de revender la casa al precio actual del mercado.

—Desde luego que no—Wacksel asintió con la cabeza mientras deshacía con el pie pequeños montoncitos inadvertidos de serrín de Ming, la manostijeras, que se amontonaban en las esquinas.

Justo en ese momento, al señor Martin le pareció ver que se desplazaba un mueble.

El movimiento fue tan gradual que no estaba seguro de si eran sus ojos los que le estaban jugando una mala pasada o si es que la deslucida silla negra bordada con rosas rojas en efecto se había movido. Enseguida, los tres se percataron de que la habitación se hacía cada vez… más pequeña.

Bud, posicionado bajo el entarimado del suelo, había desplazado una de las vigas maestras, haciendo que la casa se inclinara levemente. Ante el lento reptar de los muebles hacia ellos, resultó innegable que algo sobrenatural ocurría en la casa, pero la señorita Wacksel le restó importancia, tomándoselo a broma.

—¿Cómo le llaman a eso los amarillos?—preguntó demostrando cuán políticamente incorrecta era en verdad—. ¡¿Jo Del… Feng Shui… o algo así?!—exclamó mientras se apresuraba a conducir a la escamada pareja al baño de arriba.

Lo único que alcanzaban a ver del baño era la cortina de la ducha, que aparecía corrida delante de la bañera de porcelana con patas. A estas alturas, la imaginación les había desbordado por completo y estaban obsesionados pensando qué se agazapaba tras la cortina. Mai empezaba a estar algo preocupada, porque ya deberían de haber salido despavoridos, y lo cierto era que los chicos no tenían un plan alternativo. No contaba con la avaricia desmedida ni de Wacksel ni de la pareja.

Con una señal, avisó a Pipsqueak, Jet y Bud, que tenían asignado el show del baño, de que empezaran con lo suyo. Wacksel se acercó despacio, con tiento, como caminando sobre cáscaras de huevo. Con la respiración contenida, agarró la cortina y la abrió de un tirón. No había nada. La pareja se aproximó con cautela, temblando, para echar un vistazo. De pronto, un líquido marrón asqueroso salió expulsado del sumidero de la bañera, empapando a la pareja de cieno hediondo de pies a cabeza.

Tras empalmar sus "cañerías" a la fontanería, Pipsqueak, Jet y Bud habían procedido a bombear sus aguas residuales tuberías arriba hasta el baño, creando así un nefasto hedor.

La señorita Wacksel se llevó a los Martin a la cocina en volandas para que pudieran limpiarse, temiéndose que el incidente iba a dar al traste definitivamente con la venta.

—¿No decías que querías algo para reformar?—dijo el señor Martin, esforzándose por sonar optimista y que su mujer no se tomara demasiado a pecho tener la cara, el pelo y la ropa cubiertos de porquería.

Wacksel respiró larga y hondamente, agradecida por el socorrido comentario del marido. Mientras se adelantaban, la pareja no pudo evitar admirar la ebanistería artesanal. El marido abrió uno de los armarios, y una nube cegadora de bichos irritados emergió del interior e invadió la cocina. Rotting Rita estaba escupiendo alimañas de cada uno de sus orificios, incluidos sus lechosos ojos velados.

En un abrir y cerrar de ojos, la señorita Wacksel echó mano a su bolso de cuero sintético y extrajo de su interior un bote de insecticida tamaño viaje.

—Parecen termitas—dijo la señora Martin completamente asqueada mientras daba palmetazos a las diminutas criaturas que revoloteaban a su alrededor.

—Las apariencias engañan—dijo Wacksel matando bichos a diestro y siniestro con su aerosol.

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Toph se encontraba volando muy alto por encima de hileras de tejados cortados con el mismo patrón, hasta llegar a una fabulosa y tétrica estructura que se cernía como un nubarrón sobre las demás casas, indistinguibles del barrio. Flotó de ventana en ventana, asomándose a cada una de ellas, hasta que localizó una mochila sin deshacer, una agenda y un portátil tirados sobre una colcha de cenilla.

—Esto tiene que ser suyo—dijo Toph.

Entró en el dormitorio de Katara atravesando una vidriera alargada y estrecha que se extendía del suelo al techo en el hastial superior del tejado. Había visto la casa desde fuera en muchas ocasiones, y lo mejor que se podía decir de ella es que era vieja. Ahora, sin embargo, contemplada desde otro estado, se le pareció transformada, rutilante de intensos y ricos colores, muebles ornamentados e historiados candelabros y arañas que lloraban cristales tintados como piedras preciosas.

—Siento que he muerto y subido al cielo—se dijo, admirando la decoración.

Toph se tiró en la enorme cama con dosel y aterrizó junto a la montaña de trastos de Katara—. Parece que ya que creen que está muerta, le asignan una habitación en una mansión embrujada—dijo mientras hurgaba entre las cosas de Katara—. Es increíble, aún así ella hace caso y se queda aquí, sin saber que Sokka está en su casa esperándola…

Sokka.

Toph sonrió.

De pronto, un fuerte ruido proveniente de la planta de abajo llamó su atención. Toph se levantó de la cama y fue a ver qué pasaba.


Al fin, después de eternidades xDD: ¡Holis! Aquí termina la 1era parte :3 espero les haya gustado, y de inmediato, ¡pasen a leer la 2da parte! Disfrútenla c:

Nie.