Capítulo III: Tributo.

"Acepten la posibilidad de una muerte inminente. Y entiendan, en su corazón, que no hay nada que pueda hacer para salvarlos". Suzanne Collins. Los Juegos del Hambre.

Me quedo parada intentando encajar esas palabras en mi mente, sintiendo aún los vestigios de la súplica, de los ruegos silenciosos de mis labios. Trato de hacer girar los engranes, de analizar, de entender. Quiero entender.

Dos palabras se repiten hoy.

Pero ya no son el mismo par que me atormentaba.

Ahora es mi nombre.

Mi nombre.

Y luego lo comprendo.

Mis pies entumecidos, mis manos sudorosas, mi cara sin reacción, y por dentro el "yo" que se colapsa.

No escucho cuando arrastro mis pies sobre la tierra, ni cuando mueven los labios y yo veo las caras borrosas.

Sólo puedo ver a mi hermano Alain que lucha por soltarse de unas manos que no conozco, incrédulo. Casi creo que está reprochándome que le haya "mentido". Pero no lo escucho.

"Avanza, no llores". Me digo. "Avanza".

Subo un pie a la vez en las escaleras y trato de no llorar, de contener las lágrimas pero no lo logro. Comienzan a salir silenciosas.

Traición.

¿En serio?, ¿traición?

Intento verlo como una especie de justicia divina, pero no lo consigo.

"No llores, no llores".

El silencio en mis oídos y el nudo en la garganta ahogándome.

"Sabes cómo hacerlo: levanta la pierna, apoya el pie, impúlsate, sube. La otra pierna, vamos, ¿cómo rayos se hace esto?".

Me limpio las lágrimas con el dorso de la mano e intento no ver a nadie para que no se percaten de mi desprecio hacia ellos. Yo los saludaba, yo soy parte de ellos, era, soy. No sé en qué momento se deja de ser.

Aunque, ¿en verdad los odio?

No puedo saberlo, no ahora que lucho por ver las caras del Distrito, ahora que sí me importa que me vean. Cuando el sonido empieza a colarse en mis oídos y estalla. Rompe contra mí. Cuando mis lágrimas han dejado de salir. Y mi espalda se tensa al lado de Khalil Cooper.

Me importa que recuerden mi cara, que sepan lo que pienso de ellos.

Me importa porque busco a mi familia, a Alain que ya no lucha para correr hacia mí, que se da por vencido y me mira con incredulidad, veo la carita de Ainara de lejos, sostenida por Said. Todos incrédulos. Mi hermana llora.

Entonces me enderezo, derecha frente a la gente que me ha elegido. Orgullosa con el alma pisoteada, pero el alma no se ve ¿cierto?, no verán que mientras los observo con reproche mi cuerpo quisiera desplomarse, y abandonarme. Que mis mejillas están tiesas de miedo. Mi estómago contraído, mi sangre ha dejado de fluir. ¿No lo verán?

¿Se percatarán de mi corazón?

¡¿Qué maldita suerte es esta?!

Quisiera poder ver a mis padres, que me acunen como cuando era niña, que me digan que esto no es verdad. La familia unida. El pan de media luna acompañado de té. La merienda que sabe a seguridad y cariño para mí. La casa que es nuestro refugio. Las lecciones de mi papá, sentarme al lado de mi abuelo. Quisiera que estuvieran aquí. Por lo menos que me despidieran.

Sin embargo, esto está planeado para que yo me reúna con ellos. Y trato de alegrarme de ser yo y no Said. Trato de rogar que la suerte de Alain no le abandone.

Trato pero no puedo.

Me derrumbo internamente al ver a Said de lejos conteniendo a Ainara para que no venga hacia mí.

Y luego llega el momento en el que Cooper pide voluntaria para ocupar mi lugar. A pesar de saber la respuesta, de presenciar el silencio aplastante de la Plaza (roto sólo por el llanto de Ainara), ruego, imploro que haya alguien que se ofrezca. Que sea lo suficiente suicida para hacerlo, que escuche a mi familia llorando por mí, que vea debajo de mi máscara de orgullo y escarbe hasta los escombros que me han quedado.

Silencio.

-¡Por favor!- suplica Ainara de lejos mientras mi hermano intenta apartarla- Por favor...por...

Me rompo, el orgullo se va, la rectitud, la altivez todo cae.

La alcaldesa toma el micrófono.

-Un gran orgullo para nosotros que nos represente la señorita Violet Hamilton, estamos seguros de que sus capacidades brillarán por nosotros.

Ahora sí, silencio absoluto.

¿Capacidades?

Pero no me detengo a pensar más en sus palabras porque mi corazón ha dejado de mandarme oxígeno. Sigue hablando de orgullo y desprendimiento, palabras que ya no puedo interpretar hasta que el micrófono cambia de manos, de nuevo a Cooper, el pomposo que ya odio con todo mi ser porque fueron sus manos las que me han elegido, porque no dio el suficiente tiempo para que alguien se alzara voluntaria por mí.

¿Cuántas papeletas este año?

Pesan más que mis cuarenta y dos.

Pesan más que una de Alain.

¿Cuántas me habrán elegido?

-Ahora, ha sido un momento muy emotivo y lleno de honor-aclara, pero no veo el honor en escogerme-, ahora, anunciaré al afortunado tributo varón de estos Vigésimo Quintos Juegos del Hambre

Ainara esconde la cara en el hombro de mi hermano, igual que yo lo hacía con mi padre. Entonces sí me alegro de que Said sea más responsable que yo, de que él se quede con ellos, agradezco que sea fraternal y los ame demasiado. Agradezco que mi hermano ya sea un adulto y no tenga dieciocho años. Sólo ruego que Alain pase estos años como Said, sin el peso de mi destino en los hombros.

Silencio de nuevo, no el mismo de la lástima hacia mí, de la culpa que se lee en sus ojos. Es de nuevo el silencio de los ruegos por no ser el elegido, por no subirse a ocupar un lugar al lado mío. Es el silencio de las candidatas mujeres que agradecen no ser yo y regresarán a comer nueces a sus casas mientras intentan apartarse de la memoria este día y mi cara para siempre.

Es el silencio que sabe a tantas cosas.

Es el silencio que anuncia ensordecedor y se vierte entre nosotros.

-Damián Thomson

El silencio que se ríe a carcajadas.

El silencio de los salvados.

Esto podría no esperarlo, pero sé que la suerte se vuelve a reír de mí. Maravilloso. Lo merezco yo, pero... ¿Él lo merece?

Él lo quería así que de alguna forma esto no es tan malo, sin embargo su cara de sorpresa me dice que no lo esperaba. Si me asesina en la arena lo comprenderé.

Damián se ve más enérgico cuando camina hacia acá, no llora, no se queja, a pesar de saber lo que yo sé, de que esto es nuestro estigma y la gente nos ha dado la espalda. Él está más que tranquilo. Sube las escaleras y los encara, no me dirige ninguna mirada. Cooper continúa con el protocolo pidiendo un voluntario para Damián.

Y la respuesta es más que obvia. Nadie subirá acá por él, nadie quiere ocupar el lugar de un condenado. Todos queremos vivir. Yo quiero vivir. Quiero acariciar a Ainara, peinar su cabello, abrazarla. Quiero volver a sostener la mano de Alain, enseñarle lo que me enseñó papá, quiero abrazarme de mi hermano Said. Tomar la cena con ellos.

Reírme.

Respirar.

Quiero vivir.

...

Los agentes de la paz nos llevan sin necesidad de esforzarse. Por mi parte la derrota me guía, el abandono, las lágrimas que vuelven a salir después de ver a mis hermanos de lejos. Damián parece ir orgulloso y no creo que haya volteado siquiera a ver a su padre. En realidad no ve a nadie.

Nos conducen al interior de un edificio que hace de contención a quienes suelen ser azotados y detenidos por agravios al Distrito, por incumplimiento de la Ley. La puerta de madera de roble se abre y nos traga. Nunca antes había estado aquí.

...

Solía jugar en la pradera cuando era niña, antes de perder a la mitad de mi familia.

Trepaba los árboles más rápido que nadie. Y jugaba con otros niños del Distrito a ver quién conseguía más dientes de león. Las cortaba con mucho cuidado para que no se deshicieran entre mis dedos, guardándolos en el hueco de mis manos.

Siempre terminaba primera.

Luego íbamos a conseguir flores de rue en los alrededores del Distrito. Las localizábamos entre la maleza guiándonos por su agrio olor. Luego veíamos las pétalos: amarillos y tersos. ¿Cómo algo que se veía tan maravilloso podía oler tan mal?

Sin embargo, los usos superan su olor, lo supe tiempo después, cuando tuvimos que emplearla.

Cuando comenzaron a intensificar los castigos, los azotes en público.

El abuelo contaba que antes de estar constituidos en Distritos, antes de Panem, el mundo no estaba tan deshecho como quieren hacernos creer. Me decía que sólo estaban un poco en desacuerdo. Pero esto se contrarrestaba con el hecho de la libertad, de poder ir y venir al lugar que quisieran. Él cuenta que conoció el mar, que se adentraba al agua y que ésta nunca se acababa. Nunca. Montañas nevadas y desiertos, que son la contra parte al mar: la arena es infinita y se te mete por los ojos, las orejas, la mente. Todo es arena. Decía. Un mar de arena infinito, y sigue, sigue, sigue. Me decía.

Conoció a mi abuela antes de que estallaran los primeros conflictos. Sólo recuerdo que él dijo nunca antes haber estado más seguro de su futuro.

No conocí a mis abuelos paternos. Papá cuenta que murieron en la guerra, pero nunca pudo decir cómo. Lo callaron antes de darme más recuerdos.

Poco a poco empiezan a borrarse sus caras de mi mente, no así el olor. El olor del campo en primavera, de las noches entre los árboles, del agua en la siembra, el olor de la guerra, del pan recién hecho, de las manos curtidas. Del amor.

De niña amaba que me abrazaran, que me ayudaran a entender el mundo.

Ese que hoy se me viene encima.

...

Camino arrastrando los pies y miro a mi alrededor el pasillo que se extiende enfrente, deben ser veinte metros cuanto menos. Los veinte metros que seguro han hecho los demás tributos sintiendo el corazón desbocado y la boca seca. Pero antes no estaba el factor "Traición" de por medio.

Hay cuatro agentes de la paz guiándonos a Damián y a mí y, a pesar de ser seis personas haciendo ese recorrido, ninguno habla.

Las paredes tienen un color verde que en otras ocasiones solía identificar con las tardes entre los árboles, sintiendo el viento que anuncia el verano. Hoy no. Hoy sólo me saben a muerte. Cosa irónica porque mi abuela decía que el verde es vida.

Veo de reojo a Damián. Cuerpo erguido, cara altiva. Es curioso porque, de haberlo pensado en otro momento podría decir que es guapo. Hoy sólo pienso que esas ganas de arrojarse a la muerte dan asco. Me son repulsivas considerando que el hecho de estar aquí, abriendo la puerta de la habitación donde se despedirán de mí, me renueva las ganas de llorar.

Dos agentes de la paz se quedan a custodiar la habitación en la cual entro. A mi espalda Damián entra en otra.

Cierro la puerta y el nudo en mi garganta se deshace y mis manos tiemblan. Es una desesperación que ni puedo parar. Apenas logro ver, entre mis lágrimas, que la habitación tiene sólo un sofá viejo y cuadros de los anteriores tributos, ahora muertos.

Recuerdo a unos cuantos de ellos y sus muertes. Hemorragia, asfixia, contusiones. La chica de hace dos años apenas tenía edad para entrar en la Cosecha: murió quemada, un tributo del Distrito 7 le prendió fuego mientras dormía. Los gritos me erizaron la piel y no pude parar de llorar por ella hasta que me dormí. Su visión acude con más fuerza a mí. El chico de mi Distrito murió en el Baño de Sangre, explotó apenas puso un pie en la arena.

Siempre han sido terribles los Juegos para nosotros. Pero ahora me ahogan. Ahora seré yo y no tengo idea de cómo moriré.

Ni de si será Damián quien acabe conmigo.

Me siento en el sofá, abrazo mis piernas y hundo mi cara en ellas.

La desesperación no me permite respirar.

Pero después de un rato, de sentirme así, me fuerzo a serenarme un poco porque dentro de cualquier momento la puerta se abrirá y mis hermanos vendrán a despedirse. No quiero que me vean así, por mucho que mis ojos digan otra cosa.

...

La puerta se abre y los veo entrar, sus rostros van desde la estupefacción hasta el llanto.

Said sostiene la mano de mis hermanitos.

Ainara corre y se arroja a mis brazos llorando.

Alain suelta la mano de Said y ambos avanzan a abrazarme.

Nos quedamos unos minutos así y yo lucho por no quebrarme de nuevo.

-Usa todo lo que aprendimos con papá- susurra Said y sé que sabe que estoy asustada.

La lucha cuerpo a cuerpo, la identificación de sustancias tóxicas y el cuchillo ¿de qué servirán contra hachas, mutos, fuego y tributos mil veces mejor preparados que yo?

La estrategia es posiblemente mi mejor arma. El legado de los rebeldes me fue enseñado unos años por mis padres y abuelos, los siguientes por Said.

Sin embargo, a pesar de todo eso, me siento indefensa y sé, en mi interior, que lo mejor que puedo hacer es aceptar mi futura muerte.

-Violet...- me dice entre sollozos mi hermana- Violet...yo...no es justo.

Su carita desesperada me parte el alma.

-Te juro que yo no voté por ti, yo no voté por ninguno- me confiesa Alain con voz ahogada.

-Lo sé.

"Pero yo sí voté por Damián".

Alain mostró más entereza que yo.

Said me vuelve a abrazar con más fuerza y me susurra un "Me encargaré de ellos mientras regresas".

Y sé que lo hará, aunque sea verdad sólo la mitad de lo que dice. Me aferro a él y a su abrazo protector y al mismo tiempo veo, en la pared de enfrente, a la tributo muerta de hace cinco años, de mi primera Cosecha. La recuerdo muy bien porque tuvo una muerte horrible, todos las tienen, pero esa cara me es más dolorosa porque jugaba con ella a recolectar flores en la pradera. Y porque ese año la salvación me sabía a ignorancia y alivio a pesar de ser mi amiga la que moría en la arena en las garras de un muto que le destrozó la cara.

Ella y no yo.

Pero ahora soy yo.

Los agentes de la paz abren la puerta y obligan a mi familia a marcharse, prácticamente los arrastran mientras Alain y Ainara me gritan que me aman, mientras Said me dice que confía en mí. Él confía en mí.

-¡Los amo!- les grito e intento ir hacia ellos pero me detienen un par de manos- ¡Los amo!

Cuando se pierden de mi vista mi corazón duele y las lágrimas acuden de nuevo a mí.

...

Me obligan a ponerme en marcha, me limpio el rostro y respiro hondamente mientras tiran de mí. Cuando salgo veo también a Damián aunque se ve un poco quebrado, quizá la visita de su familia le hayan hecho reconsiderar el querer morir, sin embargo, no servirían mucho sus ganas puesto que el destino ya corre velozmente en contra nuestra.

Volvemos a caminar el tramo del pasillo que ahora me sabe un poco a aceptación.

-Lindo color- dice Damián.

Su voz ahora me parece un tanto sarcástica.

-El verde es vida- me atrevo a decirle aferrándome a las palabras de mi abuela.

-Vida, sí, claro

Cuando volteo a verle mi estómago regresa más aliviado, era como si se hubiese ido a alguna parte durante la Elección. La culpa sigue allí mas puedo ignorarla un rato más, la presión de ser la Tributo es más fuerte. Pero el hecho de saber que él tiene un pensamiento parecido al mío me hace creer que no estoy sola.

No hasta que salgamos a la arena.

Salimos del edificio y ya no hay gente en las calles. Seguro se han ido a celebrar que se han salvado. Todas las familias menos dos de ellas. La de Damián y la mía.

¿Cómo pasarán esta noche?, ¿cenarán alrededor de la mesa viendo mi lugar vacío?, ¿podrán cenar?

Caminamos rumbo a la estación de trenes. Por la parte del Distrito que constituye el Fidem. Las casas se alzan imponentes, al menos para mí, podrían ser hasta diez veces mi casa con un aspecto nada enfermizo. Las puertas y ventanas están cerradas. Yo lo atribuyo a la vergüenza de mandarnos a la muerte, pero no estoy segura de si es eso o que quieren festejar en privado la suerte que los acompaña. Me preguntó cuál de todas estas casas es la del chico que camina a mi lado.

-Y helos allí, perdiéndose de un maravilloso desfile.

Habla Damián.

-De un momento a otro ya somos unas celebridades y se lo pierden- volteo a verlo y me sonríe, de esa manera en que la sonrisa no es creíble porque los ojos no lo hacen igual- lo orgullosos que deben sentirse, ¿quién fue a despedirse de ti?

-Mis tres hermanos: Said, Alain y Ainara.

-Said es el mayor, ¿no?

-Sí, está él, luego voy yo, Alain y por último mi hermana Ainara.

-Antes creía que Said y tú eran novios, hasta que charlé con Alain.

El hecho de enterarme de que él haya hecho migas con mi hermano me desconcierta.

-¿Quién te visitó a ti?

-Mi padre. Se puso colérico cuando le dije lo que te conté a ti.

Y es todo lo que dice, al parecer sus ánimos de charlar se han acabado.

Llegamos a lo que debe ser la estación. Lo sé porque hay un tren rodeado de cámaras y personas excitadas por nuestra aparición. El contraste del momento: nuestro Distrito nos avienta a la arena y nos cierra las puertas y el Capitolio manda personas para no perderse nuestra partida.

Allí se encuentra Cooper con su costosa sonrisa y pomposo traje. Mira a las cámaras y prácticamente nos presume a ellas como diciendo "yo los traje aquí, son míos".

¡Cómo se reirá el Capitolio con los insípidos tributos del Distrito 11!

Las luces se enfocan en nuestras caras y sé que la mía se verá débil después de haber llorado demasiado. No así la de Damián que lucirá como un tributo atractivo y fuerte aunque el provenir de este Distrito lo mande directamente abajo en las apuestas.

Subimos al tren después de que las cámaras han consumido todas mis energías y me sorprendo de las riquezas que hay alrededor.

Apenas logro sentarme cuando el tren avanza por las vías.

Frente a mí veo a Cooper caer cansado y agobiado, lo cual me parece extraño porque en la estación parecía gozar los reflectores. Quizá sea el hecho de que le damos vergüenza. O yo, por lo menos porque Damián, si no proviniera del Distrito 11, sería alguien con grandes oportunidades de patrocinio.

En cambio, para todos es bien sabido que los de nuestro Distrito caen primero, junto con los del 10 y 12. La pobreza y el hambre nos quiebra. Sin embargo, hace años que no ocurre el hecho de que los tributos sean...mayores, por decir de alguna forma. Generalmente son de quince años hacia abajo. Es demasiado triste ver morir a niños. Por lo menos este año no será así.

Calculo que esta habría sido la última Cosecha para Damián. O de igual forma lo será.

Él se ha sentado al lado mío y mira en la misma dirección que yo. A la mesa cubierta de comida, de frutas y guisados que jamás he visto. Aunque las frutas sí me son conocidas porque en el Distrito 11 las cosechamos.

No obstante, parece ser que ninguno de los dos tiene hambre. Ir al Capitolio me remueve el estómago y me dan ganas de vomitar. Espero no hacerlo frente a ellos dos.

-¿Y bien?- Dice Cooper- ¿Los afortunados elegidos no comerán?

-¿Afortunados?, ¿crees acaso que me siento afortunada de morir?, ¡En verdad debes estar bromeando!- le suelto porque lo odio desde que lo viera por primera vez hace cinco años, pero le odio más por leer mi nombre- Esto da asco.

Sé que ambos me ven, siento sus miradas cuando me levanto y salgo del compartimiento.

Llego a un pasillo pero no sé a dónde ir.

_FIN DEL CAPÍTULO_

Agradezco infinitamente a quienes han estado conmigo hasta aquí y espero que sigan haciéndolo hasta el final.

Siempre serán bienvenidas sus opiniones pues me ayudan a crecer. La crítica fortalece. Y me encanta saber lo que piensan.

Asimismo, aprovecho para invitarlos a leer mi otro fanfic "El silencio de las serpientes" que tiene nuevo capítulo.

Un abrazo.

"Y que la suerte esté siempre de su lado".