Y después de un largo tiempo he vuelto.

Y como compensación les traigo un capítulo largo dedicado a Rb. Black por estar siempre pendiente y darme ánimos de seguir esta historia. Muchas gracias, Rebe, eres toda una motivación para seguir.

Espero que lo disfrutes.

.III.

Capítulo V: Enemigo

"La gente empieza a señalarnos con entusiasmo al reconocer el tren de tributos que entra en la ciudad. Me aparto de la ventanilla, asqueada por su emoción, sabiendo que están deseando vernos morir". Suzanne Collins, Los Juegos del Hambre.

En el preciso instante en que el tren se detiene, siento una mezcla brumosa y espesa agitándose en mi estómago, no sé si es por lo que Damián acaba de decirme o por el hecho de haber llegado al Capitolio, al lugar que será el precedente de tantas muertes, de la mía.

Cooper le ha encomendado a Damián asesinarme.

¿Justicia?

Cierro los puños en señal de impotencia, me pican los ojos, quiero llorar pero decido que estoy sola y no es porque mi familia se haya quedado en el Distrito 11, no es la nula posibilidad de no volverlos a ver. Es el saberme completamente independiente a Damián desde ya, el conocer sus intenciones mucho antes de los Juegos, es la culpa que se va, esa culpa por haber escrito su nombre en la papeleta porque es un traidor. Y si llegara a ganar los Juegos todo el Distrito 11 lo odiará por asesinarme. Es un hecho que tenemos que pelear y matar, pero hacerlo con tu contrincante de Distrito es el peor de los actos.

No suelto ninguna lágrima más. De ahora en adelante, desde ya, haré todo lo posible, por encima de quien sea para volver a casa, aún con mis bajas posibilidades.

Se me relaja la mandíbula. Estiro mis dedos y respiro profundamente. Me saco el pijama de seda y me planto el vestido turquesa de la cama y abrocho los botones que tiene al frente, cuando termino de ponérmelo, me doy cuenta que me llega hasta el piso, seguro calculaban que la tributo femenino de este año sería más alta. Culmino con ponerme las sandalias que me han dejado a un lado, son del mismo color del vestido y agradezco que sean conservadoras en comparación con la moda que he visto del Capitolio.

Sin embargo, también pienso que han sido elegidos con demasiada sencillez debido a que nadie apuesta por nosotros y no han hecho ningún esfuerzo por promocionarnos.

Me dejo el cabello suelto tal y como está. Si no apuestan por mí no les daré el gusto de esforzarme en mi aspecto. Tan sólo lucharé ferozmente por ser la ganadora de este año con mis propias manos, aun cuando no reciba el apoyo de patrocinadores, aún y cuando Damián quiera asesinarme expresamente por órdenes de Cooper.

Me siento en la cama esperando a que alguien me llame, tomo una almohada y no resisto gritar de coraje. No termino de hacerlo cuando alguien llama a mi puerta.

En esa fracción de segundo decido actuar como todo el mundo y no confiar en nadie.

Vuelven a tocar y justo cuando me incorporo la puerta se abre.

Por ella entra Cooper. Cada traje que usa es mejor que el anterior, éste inclusive tiene luces plateadas, recamado en diamantes del tamaño de nueces. Lleva maquillada la cara, parece que se pintó la boca y los ojos con carbón, esto le da un aire mucho más tenebroso.

¿En verdad son tan asquerosos todos los del Capitolio?, ¿en verdad están tan podridos?

Siempre he pensado que son más un cascarón vacío, que sus prendas es lo único que tienen. Pero justo lo que viste Cooper alcanzaría para alimentar a mi familia de por vida. Para comprar carne fresca, para que Ainara tuviera una chaqueta más abrigadora para el invierno.

Despega esos dos trozos de carne ahumada que deben ser sus labios y comienza a hablar con voz ronca, noto el esfuerzo que hace por parecer amable.

-Violet, estas son las reglas- dice con un pequeño graznido al final de la oración- nada de hacer otra escenita de histeria frente a las cámaras, no nos interesa tu vida en particular, pero sí es prioritario que por lo menos uno de ustedes sobreviva a la Arena.

Supongo que lo dice porque si uno de nosotros gana a él lo mandan a otro Distrito, uno que no sea tan pobre, ni tan poco preparado como el nuestro, uno que no tenga hambre y el orgullo por los Juegos esté en su sangre.

No en el nuestro, en el Distrito 11 sólo hay ojos hundidos por la miseria, rodillas huesudas y cadáveres en las calles. En mi Distrito hay niños descalzos y no hay ancianos, los asesinaron cuando yo era pequeña. Los asesinaron al lado de mis padres.

Cooper continúa con sus instrucciones mientras yo me mantengo impasiva debido a la decisión que tomé de pensar primero, hacerme una faceta de que ya nada me interesa y actuar después sólo a mi favor de ahora en adelante.

-Saldremos a los reflectores, sonreirás y si quieres decir algo dirás que estás demasiado agradecida por tenerme como representante.- Las luces de su traje parecen brillar conforme las palabras salen de su boca- saludarás, y alabarás todo cuanto vean tus ojos, dirás que estás deseosa de entrar a la Arena, de ser famosa, de dejar tu huella en la historia de todo Panem.

Conforme termina de decir todo esto, un nudo de indignación se forma en mi estómago, le hubiese deformado la cara ahora mismo, le hubiera gritado que es un cerdo. Sin embrago, me contengo, muerdo el interior de mi labio hasta que pruebo el sabor alcalino de mi sangre.

No contesto nada.

Cooper sonríe autosuficiente, parece que esperaba que yo dijera algo.

-Buena bestia- me dice antes de salir.

En cuanto se va me entran unas ganas enormes de despedazarlos a todos: a Damián, a Cooper, al Capitolio entero. Tiemblo de rabia.

Respira, Violet, respira. Piensa.

Muy bien, ya los dos han puesto las cartas sobre la mesa, es obvio que el favorito de Cooper es Damián, y ambos pretenden que actúe de acuerdo a su conveniencia.

Creí que esto no podría estar peor.

`La puerta vuelve a abrirse, pero esta vez no tocan.

Dado a que el anterior fue Cooper y Damián ya ha dejado claras sus intenciones, quien entra es una persona que no conozco.

Es un chico vestido de color verde limón. Lleva amordazada la boca y no entiendo por qué no se la quita. No habla, no emite sonidos, sólo me hace señas para que salga.

Ya deben estar todas las cámaras enfocadas para nuestro descenso, comienzo a escuchar los gritos de alegría, los gritos de júbilo, la algarabía de conocer en vivo nuestras caras, porque para este nivel ya debieron de haber hecho una semblanza de nuestras vidas antes de los Juegos.

Siempre son historias conmovedoras por parte de los Distritos más pobres, y aguerridas por parte de los más ricos. Para nuestro Distrito, las semblanzas son demasiado tristes. Chicos que no tienen cómo sostener a sus familias, que se han quedado solos debido a las purgas que se hicieron de los rebeldes(aunque esto nunca lo mencionan, no les es conveniente), chicos con el sufrimiento marcado en la cara. Y por parte de los Distritos más ricos, se observan historias del orgullo familiar, de la tradición de los Juegos: los tributos profesionales.

Feroces rostros, musculosos, sagaces, miradas perspicaces. No hay hambre. Son chicos entrenados desde su infancia para este momento. Para matar.

Mi semblanza seguramente estará marcada por la pobreza, pero mi cara no mostrará sumisión. Intento convencerme de que realmente no somos los más débiles, no yo por lo menos. Me falta alimento y masa muscular pero lo he de compensar con lo que mi familia me enseñó antes de morir, y con lo que Said siguió enseñándome.

Muy bien, puedes con esto, puedes luchar si se da el momento, puedes esquivar, ¿verdad?, de chica era buena recolectando en los árboles, espero que eso me sirva, soy sigilosa y ello siempre me ayudó a robar raíces inclusive en frente de los Agentes de la Paz, distingo entre miles de plantas y ello me ayudará a alimentarme sea la Arena que sea, mis abuelos nos trasmitieron esos conocimientos a Said y a mí, y aún después de su muerte dejó libros que pude seguir hojeando, muchas veces más por melancolía y tristeza que por conocimiento.

Puedo cubrir entonces la parte de la alimentación que es muy importante e inclusive algunos medicamentos, pero no todo lo necesario, para ello necesitaría patrocinadores pero de antemano sé que no los tendré, mucho menos del Distrito que me eligió para morir.

Mis pensamientos cambian abruptamente en cuanto veo a Damián al final del pasillo. Se encuentra encaramado en uno de los trajes más caros que he visto en persona, ello comparándolo con las vestimentas de Cooper este año y los anteriores que ha ido al Distrito.

También es color turquesa pero está muy lejos de hacer pareja con mi vestido. A pesar de lo bien que pueda verse me asquea.

Cuando llego a su lado intento no mostrar ninguna emoción. Me hace darme cuenta de que siempre ha sido Damián el elegido por nuestro representante y me pregunto si es realmente el hecho que yo no le agrade a Cooper la razón por la que me quiere ver muerta. Tiene que haber algo mayor a eso. Tiene que haber algo mucho más poderoso y no sólo su podrida humanidad que se quiere dar un festín con mi muerte.

Entiendo la estrategia. Me han descartado desde el inicio. La atención se irá en Damián y lo muy bien que se ve. Imagino los rostros de la gente de nuestro Distrito cuando lo vean.

Sin embargo esto siempre le ha quedado a Damián, aunque no en tales proporciones, siempre ha estado en una posición alta pero su estrategia…

Conseguirá por lo menos un patrocinio. No sé si quieran arriesgarse con él. Nuestro Distrito nunca ha ganado.

-Te queda perfecto tu traje mortuorio, Damián- le digo seriamente.

-A ti se te ve decente en ese vestido- me sonríe y yo no me dejo engatusar- debido a que venimos del mismo Distrito deberíamos sonreírnos uno al otro, por lo menos en las cámaras, ¿no?- estando así de cerca puedo percibir que ha usado un perfume olor tierra y bosque, huele a casa.

-Claro, deberíamos, pero da el caso de que no seré una hipócrita, no cuando sea lo último que vean de mí

Parece que le he golpeado el estómago por la cara que pone, pero no tarda mucho en reponerse, justo en eso escucho la voz graznante de Cooper detrás de mí. Volteo a verle, está mostrando su sonrisa zalamera, y me encandila.

-Mis muchachos, ¡qué agradable verlos con sus merecidos atuendos!- extiende los brazos como si fuera a abrazarnos- Damián, ¡te ves guapísimo!, Violet tú…- al decir esto frunce el ceño- tú te ves… decente.

Me hierve la sangre.

No sé qué es lo que intenta, no sé cuál es su estrategia, sea lo que sea espero que no funcione.

-Preparados, estamos a punto de salir a las cámaras- dice Cooper y sonríe de manera forzada- Damián no olvides guiñarle a las muchachas, eso te traerá audiencia.

Damián asiente, sonríe también.

A mí se me encoge el estómago, siento que de un momento a otro voy a caer en un precipicio pero no quiero que mi familia me vea derrotada, no quiero que Alain se siga sintiendo culpable por cómo resultaron las cosas para mí. Así que en el último momento, justo antes de que la puerta se abra y nos arroje a los lobos, levanto la cabeza, me enderezo y después todo es ruido.

Estoy afuera.

No creo estar entre humanos, al menos no lo parecen. Veo tantas personas y demasiadas cámaras. Ruido ensordecedor y no comprendo lo que dicen.

¿Nos aman?

¿Nos odian?

¿Piden fervientemente mi cabeza?

No lo sé. Sólo veo que nos encontramos en un andén atestado de gente y todas las cámaras apuntan a nosotros. Las seres de aquí tienen colores de piel que nunca había visto, la niña de allá está totalmente verde, el hombre que dirige la pantalla que ahora me enfoca tiene un cuerno en la frente, aquella mujer que está tocando a Damián tiene una boca demasiado grande y relieves en los hombros.

Me observo en la pantalla y veo que estoy demasiado tensa, que no disfruto estar entre todos ellos, inclusive parece que los odio (lo cual es cierto). Nunca me preparé mentalmente para esta clase de gente. Una cosa es verlos en pantalla desde el Distrito 11, verlos disfrutar y poner "el ejemplo" de lo que nosotros pudimos ser, y otra muy diferente es tenerlos frente a frente intentando alcanzarme con sus manos, señalando, riendo, gritando.

Por primera vez siento miedo de ellos.

-¡Tributo 11!- grita un chico- ¡ya quiero verte dentro!

No alcanzo a enfocar, estoy quedándome sin aire, tengo pánico, cámaras, gritos, Damián sigue sonriendo con coquetería, Cooper tiene cara de autosuficiencia y yo empiezo a ver un rostro en la pantalla lleno de terror.

Levanto la vista y observo que más allá de esas cabezas, mucho más allá de la punta de edificios, hay montañas.

Montañas en las que se debe respirar el olor de los árboles, aunque no son los mismos que en mi Distrito intento enfocar que en ellas hay vegetación. Y eso me hace recordar a casa, el sabor del pan de media luna, las frutas reventando en mi boca. Me hace pensar en mi pasado con mi familia, todos alrededor de la mesa platicando lo que nos había sucedido, riendo.

Puedo observar que las montañas rodean el Capitolio, debimos viajar demasiado puesto que en mi Distrito el clima es agradable y aquí sopla un viento frío. Aunque no estoy muy segura que se deba estas montañas, quizá sean ellos. Quizá sea sólo yo.

Siento que alguien me toma del brazo, forcejeo para que me suelte y en una fracción de segundo observo la cara de Damián.

-Tu familia aún debe estar viendo esto, Violet- leo en sus labios- aún hay alguien que t espera en casa.

Lo miro. Y luego los engranes comienzan a girar.

Alain, Ainara y Said aún pueden verme, y mi cara de pánico será su misma cara. Mis sentimientos serán los suyos, lo que yo deje ver ellos verán.

¡Cielos, Violet!, ¡qué carajos sigues haciendo!

Damián me suelta y vuelve a sonreír a las cámaras, continúa con sus coqueteos y lo que me ha dicho parece no haber pasado.

Yo, por mi parte, recompongo mi cara, ahora parece que sólo estoy algo mosqueada, hago todo lo posible por sacarme el miedo. Y en mi exterior lo consigo. Sin embargo, el miedo de no entender la estrategia de Damián y Cooper se instaura muy dentro. El no entender a mi compañero de Distrito. El odio que siento hacia él y la confusión que me genera. No lo comprendo. ¿A qué juega?, ¿por qué acaba de ayudarme?, ¿me ayudó?

….

Cooper y sus ayudantes se suben a un coche, Damián y yo continuamos a pie por las calles atestadas de gente que intenta vernos más de cerca.

El carro va lentamente al lado de nosotros, no entiendo por qué ellos están arriba y nosotros nos desgastamos en el trayecto a donde sea que vayamos.

-Esto es lo más parecido a la fama que tendrás antes de tu muerte- le digo a Damián.

Por la ventanilla Cooper nos señala su boca, instándonos a sonreír. Yo forzó los labios y le sonrío con sarcasmo.

-Esto es maravilloso, ¿no, Violet?- me contesta mi excompañero de Distrito en un susurro mientras sigue saludando- los gritos, el júbilo, los colores, las deformaciones de sus caras, lo asquerosamente bien alimentados que están.

-Deja de intentar lo que sea que estés intentando- le suelto con enojo- deja de seguir aparentando después de lo que mes has dicho en el tren.

Damián voltea a verme y sonríe. Aunque no comprendo si es a mí o a alguien detrás de mí.

-Violet, Violet, Violet…- dice adoptando el meloso tono de Cooper, por poco más y se pone a graznar como todos ellos- ¿es que no lo has entendido?

Antes de asimilar sus palabras algo me golpea la mejilla izquierda desencadenando un dolor agudo en ella. Me detengo mareada por el golpe. Volteo en esa dirección y veo a la gente cambiada, sus ánimos no son los mismos.

Intento captar lo que dicen. Miro al piso para ver qué es lo que golpeó mi cara. ¿Es… es un hueso?

Me toco la mejilla con expresión de dolor, seguro las cámaras han captado eso.

La gente está gritando algo. No entiendo su graznido.

Volteo a mi derecha, a Damián. Su rostro ha cambiado a una expresión de temor.

-Violet, estás…sangrando.

Yo lo ignoro, quiero saber lo que gritan.

-¿Qué dicen?- pregunto a nadie en particular.

Cuando volteo hacia Cooper el coche ya no está, sólo quedan los Agentes de la Paz.

-Gritan… "Traidores".

Un rugido de las masas se alza sobre nosotros, todos gritando cosas como "Muerte a los traidores".

-¡Cómanse eso!- alguien grita, ¿la voz de un niño?- ¡Coman, muertos de hambre!

Comienzan a arrojarnos más huesos. Damián se mueve hacia mí, los Agentes de la Paz nos rodean y usan sus escudos. Escucho como algunos huesos más se impactan contra el montículo que ahora somos. Tiemblo, no sabía que nada de esto sucediera. Cierro fuertemente los ojos hasta que Damián me toca el brazo y me señala al piso.

El aire se me escapa y no puedo evitar mirarlo horrorizada.

Un cráneo humano.

¡Un cráneo humano!

Voy a vomitar.

Es en ese momento que comienzo a sentir el dolor lacerante de la herida en mi mejilla y un brazo también comienza a punzarme.

-¡No!, ¿qué es esto?, ¿qué son ellos?- le pregunto consternada a Damián- ¿Dónde está Cooper?

-No tengo idea

Los Agentes de la Paz no dicen nada. No hay ninguna expresión en sus rostros. Pasan unos minutos hasta que ellos se retiran de nosotros. Las personas se disuelven poco a poco como si sólo hubieran asistido a la presentación de los tributos, como si sólo eso hubiese pasado.

Veo seres que sonríen mientras se van de la escena, caminando, subiendo a sus coches. Por su actitud, parece que deben estar hablando de lo que harán para cenar.

Aparece un coche a nuestro costado. No puedo evitar ver y escuchar cómo cruje el cráneo cuando las llantas le pasan por encima. Intento contactar mi mirada con la de Damián pero él ya no me mira.

Damián le sonríe a Cooper.

-¡Vaya personitas del Capitolio!- le dice riendo- ¡Sí que saben dar una bienvenida!

Por el tono en que lo dice, Cooper se permite continuar con su "broma".

-Me contaron que la del Distrito 12 estuvo mucho mejor, habían charcos de sangre por toda la calle.

Me tiemblan las manos, estoy a punto de tener un ataque de crisis. Volteo a mi alrededor y la gente se ha marchado. Un grupo de personas con las bocas amordazadas se acercan y comienzan a recoger los huesos en costales negros.

Cooper se dirige a mí.

-Tranquila, Violet, tranquila, es sólo una bienvenida, pura utilería- agrega esto último señalando los huesos del piso- este año, por ser especial, hemos dado un espectáculo distinto a cada Distrito, pero todo es falso. Tranquilízate, niña.

El dolor en mi mejilla no se siente nada falso.

Cooper, aún en el auto (junto con su grupo de maquillistas), le pasa un pañuelo a Damián.

-Toma, límpiala.

Damián acepta el pañuelo y, cuando está a punto de tocarme con él, yo me aparto. Y no sé por qué obedezco el impulso de escupirle la cara.

Es un canalla. Es un bastardo.

Damián no se inmuta, toma el pañuelo y se limpia la cara con él. Me mira de una manera intensa y yo le sostengo la mirada llena de cólera.

Cooper ríe a espaldas de él.

-La fierecilla ha sacado las uñas, toma, Damián- le ofrece otro pañuelo- límpiala.

Nuestro representante me mira severamente, estoy a punto de plantarle un derechazo a Damián cuando habla.

-Tu familia estará al pendiente de cada grabación, ¿no, Violet?

-Deja a mi familia en paz, Damián

-Si yo fuera uno de ellos, no me gustaría ver a mi querida hermana herida, ¿no crees?

Antes de que reaccione se acerca y me limpia la mejilla.

-Así está mejor, fierecilla- se mofa Cooper pero esta vez ya no veo su rostro, sólo se escucha su voz desde el interior del carro- una cosa más, antes de que intentes asesinar a Damián debo decirte que está totalmente prohibido agredir a un tributo antes de los Juegos, y creo que para eso están los Agentes de la Paz aquí.

Ninguno de los interpelados dice nada, mucho menos yo.

Me muerdo tanto la lengua que me hago sangre, bajo la cabeza totalmente humillada.

El cráneo ya no está, de hecho todos los restos se han ido, las personas amordazadas se los han llevado en sus costales negros.

En la calle sólo estamos Damián, Cooper y su grupo aún en el carro, cuatro Agentes de la Paz que no dicen nada y yo.

Cuando levanto la cabeza de nuevo veo la calle totalmente desolada, ya no hay rastro de los colores que llevaban cada uno de esos seres, de los habitantes del Capitolio. En su lugar puedo observar con más detenimiento los edificios del Capitolio. Son increíblemente lujosos, a mi alrededor los edificios incrustados en el suelo se alzan con grandes ventanales. Todas las puertas están cerradas, las paredes están llenas de la propaganda de los Juegos, en una de esos carteles puedo distinguir el rostro de Damián y el mío y encima de las letras que señalan el inicio de los Juegos hay otras sobrepuestas, unas que no pertenecían al cartel.

Se lee lo mismo que hace rato la muchedumbre nos gritaba. Son las mismas palabras que me hicieron creer que aquí mismo nos despedazarían: "Muerte a los Traidores".

Una mano me gira la cabeza en su dirección. Es Damián.

-Suéltame- le digo sin fuerzas.

Para toda respuesta sólo consigo un beso en la mejilla izquierda, justo en la herida.

Estoy a punto de propinarle un puñetazo cuando mis ojos distinguen el flash de una cámara.

Comienzan a aparecer más y más personas cargando sus cámaras.

Han vuelto.

Seguro esperaban a que recogieran los huesos.

Seguro no pueden mostrar eso a todo Panem.

Estoy completamente convencida de que la "bienvenida" de cada Distrito no se ha mostrado más que aquí, en el Capitolio.

Damián me toma de la mano y yo me zafo.

Un portazo se escucha y veo a Cooper descender del auto con su gran sonrisa, mientras tanto, otro auto llega y los Agentes de la Paz suben en él y se marchan en dirección opuesta a los tipos que cargan las cámaras.

-Sonríe, fierecilla- remarca nuestro representante- danos algo bueno para vender.

Me es imposible sonreír, hay demasiadas cosas trabajando en mi cabeza, todo un sistema de engranajes se ha puesto a rodar.

Primero la Cosecha y yo siendo elegida. Yo pensando cómo puedo vencer en los Juegos, Damián dándome su apoyo. La inyección en mi cuello. Damián traicionándome. Cooper sonriendo. El Capitolio.

La gente emocionada.

La gente riendo y los huesos.

¿Por qué nos dejaron marchar a pie?

Al final pienso en el beso en mi mejilla.

¡¿Qué clase de estrategia están ideando a mi costa?!

Los tipos de las cámaras toman unas cuantas tomas más de nosotros y se van.

Bien, es todo.

-Suban al auto, ya les dimos suficiente entretenimiento por hoy, ya mañana recibirán al Distrito 10, ellos terminarán de hacer mejor el caldo- Cooper se toca el mentón como pensando, al final dice:- serán unos Juegos del Hambre muy divertidos.

-Vamos, Violet, subamos-me indica Damián.

Cuando mis padres murieron, recuerdo que Said nos jaló de vuelta a la casa, recuerdo que ese día yo cargué con Ainara que no paraba de llorar extendiendo sus manitas, abriendo y cerrando sus puños, queriendo que alguien más la cargara. Un alguien que ya no existía.

Said arrastraba a Alain y yo caminaba como autómata, ajena a los gritos, llorando en silencio rumbo a nuestra casa. Said nunca lloró frente a nosotros.

Esa tarde, después de la ráfaga de balas, de la caída agonizante de los ancianos y de mis padres, abrí la puerta de lo que fue nuestro hogar, caminé hasta la habitación en la que solían dormir mis padres y deposité a Ainara en su cuna.

Mi hermano mayor abrazó con fuerza a Alain y yo los observé desde la puerta de la habitación como ajena. Ainara siguió llorando en su cuna.

Mis padres y abuelos murieron y yo aún tenía esa imagen en la retina. Cómo se les doblaron las rodillas, los gritos de súplica por seguir viviendo. Los recuerdo hincados, con sus ojos aun mirando al cielo.

Los rostros mojados de lágrimas por vivir. El intento de papá por taparme los ojos, pero aun así miré. Aun así vi cómo reventaron sus cráneos, el aire contenido en cada uno de nosotros cuando escuchamos el sonido de los pájaros dejar los árboles, vi cómo cayeron al piso sus cuerpos aun retorciéndose. Vi las manos apergaminadas de mi abuela entrar en contacto con la tierra por última y eterna vez.

Y la agonía que precedió a la siguiente ráfaga de balas.

Recuerdo a mis padres corriendo hacia ellos, recuerdo a Said deteniéndonos con fieros intentos para sus brazos aún infantiles.

Me veo a mí, pequeña, indefensa cargando a Ainara camino a casa. Alain forcejeando con Said.

Ese día quedamos huérfanos pero no entendía nada hasta que el hambre secó mi estómago y tuvimos que apañárnoslas solos. Lo entendí cuando Ainara no dejó de llorar por las noches hasta que Said y yo la acunamos en nuestros brazos.

Lo supe cuando Alain se instaló en el rincón de su cuarto.

Lo supe cuando ya nadie más me abrazó con la misma ternura que los abuelos o mis padres.

Lo supe cuando sus voces dejaron de hacer eco en mis oídos.

El auto se detiene frente a un edificio de color melón, hemos tardado aproximadamente una hora en llegar. Durante ese trayecto me dediqué a permanecer callada mientras el equipo de Cooper, el mismo Cooper y Damián hablaban del color para los trajes que debieran llevar en las entrevistas.

"El rosa hace que mis pestañas resalten" y "estoy completamente seguro que mi sonrisa debería de combinar con mis pantalones". Fueron el tipo de charlas que dominaron el trayecto.

Me limité a ignorar a todos adentro y me enfoqué en mirar por la ventana. Me concentré tan poco en lo que veía que después de un rato sólo había manchones adornando el paisaje para mí.

Y luego el auto se detuvo.

-¡Por fin llegamos al Centro de Preparación!, ¡Muero de hambre!- Cooper sale del auto y todos los demás le seguimos, se me retuerce el estómago- nuestro piso es el número 11.

El edificio es un hervidero de gente multicolor, tanta hay que por un momento no noto que el color de éste es azul eléctrico. Por un momento pienso que nos atacarán de nuevo, pero nadie nos mira.

Entramos en él, Damián va detrás de mí y yo detrás de Cooper y su séquito de falsas personas.

-Oye, Violet- susurra Damián a mi oído- creo que deberíamos considerar seriamente tener un amorío tú y yo- mi estómago está a punto de vomitar, no digo nada- es decir, mira, ninguno de ellos parece humano, no sé quién es chica y quién no, ¡cómo podría enrollarme con alguno de ellos sin saber lo que son!

Sigo avanzando, esta vez más rápido. Descubrí que la única estrategia efectiva con todos ellos es guardar silencio.

Llegamos a un par de puertas que se abre cuando Cooper presiona un botón en la pared y nos deja ver un espacio muy pequeño delimitado por cristales increíblemente limpios.

Entramos instados por Cooper.

El piso comienza a moverse hacia arriba, elevándonos. Me asomo aterrorizada por los vidrios y veo que todo se hace cada vez más pequeño.

Cooper y su equipo ríen a mis espaldas. Damián sólo está callado.

-Se llama elevador, Fierecilla- escucho que dice nuestro representante aún con rastro de risa en su graznante voz- y nos lleva al piso 11.

No le contesto ni me vuelvo a él. En su lugar sigo viendo la explosión multicolor que se hace cada vez más pequeña.

Tengo un nudo en la garganta desde que salimos de las calles del Capitolio.

Esta cosa se detiene, volteo y las puertas ya están abiertas, todos salen, Damián y yo al final.

Frente a mis ojos hay una estancia enorme, nunca me había topado con algo así. Sillones color chocolate, paredes repletas de cuadros de los vencedores de anteriores Juegos del Hambre, tres pantallas encendidas con imágenes de los festejos de este año. Una alfombra color amarillo brillante, y al final hay puertas que espero que lleven a otras recámaras.

Pero al centro de todo hay una mesa repleta de comida. El olor me llega directamente, recordándome el hambre que no sabía que sentía.

-Por cierto, antes que nada, tu habitación es la de la derecha, Fierecilla, y la tuya la de la izquierda, Damián.

Asentimos lentamente. Decido ir a verla después de comer.

Luego todos caminamos hacia la mesa.

-Adelante, chicos, adelante, comamos una de sus últimas comidas.

¡Y ya!, ¡Cooper aguándonos el momento!

Pero decido no decirle nada y tomo un plato.

Esta comida es mucho mejor que la del tren y es aún más.

Nos sentamos a la mesa, y me sirvo de todo lo que está a mi alcance: pato con frambuesa, crema de guisantes, panecillos de calabaza, pudín de hígado y algo que dicen se llama chutney de mango.

Me como todo con los dedos, no me importan los modales. Sé que nadie deja de verme. Damián tiene la decencia de usar los cubiertos pero a mí dejó de importarme cómo me vieran.

-No podía esperar menos de ti, Fierecilla- dice Cooper riendo.

La mesa estalla en carcajadas.

Me levanto con lentitud de la mesa, tomo el plato que estuve usando. Los ojos de todos se centran en mí y yo lo estallo contra la alfombra.

Increíblemente el plato no se rompe, sólo desperdiga los restos de comida unos cuantos metros.

Colérica camino casi corriendo hacia la puerta que me indicó Cooper, mi mano intenta varias veces abrir la perilla pero fallo. Estoy teniendo un ataque de histeria, estoy a punto de llorar. Humillante.

Sencillamente humillante.

Carcajadas a mi costa y provocadas por mí.

-Basta…- susurro sin voltear a verlos- basta.

Luego, siento a alguien a mi espalda, una mano gira la perilla por mí. La puerta se abre.

Me niego a voltear. Sé quién es aún sin verlo.

Damián.

Entro y cierro la puerta.

Tengo unas irrefrenables ganas de vomitar. Busco una puerta, un baño antes de humillarme más a mí misma vomitando mi habitación.

Comienzo a llorar, aun cuando me dije que no lo haría, aun cuando me prometí ser fuerte. Desesperada encuentro una puerta, la abro con dificultad. La abro y descubro con alivio que es el baño.

Menos mal porque ya me encuentro expulsando todo de mí, lágrimas y comida incluidas.

Tengo espasmos, me he arruinado completamente antes de morir, las arcadas son demasiado fuertes.

Cuando termino, me siento en el piso del baño y comienzo a temblar.

Y no puedo evitar que las lágrimas sigan saliendo de mis ojos.

Me veo de nuevo recargada mirando a mis hermanos abrazarse desesperadamente, me veo a mí llorar por las noches y gritarle a mi almohada. Nos veo de nuevo en esa terrible época de mi vida.

De alguna manera todo se repite. Me he quedado sola de nuevo, los he dejado solos.

Huérfanos otra vez.

Entre todas las llaves que hay en este baño, hallo la manera de llenar la blanca tina que me sirvió de respaldo. El agua es una mescolanza de aceites, agua y perfume.

Me desnudo y me meto en el agua. En casa nunca tomamos baños así. Si quisiéramos agua caliente tendríamos que calentarla en el fogón, lo cual es básicamente nunca debido a que no hay carbón para nosotros. Así que cuando nos bañábamos siempre era con agua fría.

Me calmo. Y pierdo mi mirada en mis dedos que comienzan a verse como las manos de mi abuela muerta.

Dejo de sentir dolor.

Salgo desnuda de la tina aun escurriendo agua y dejo un rastro hasta uno de los muebles de la habitación, busco entre los cajones algo que me sirva para ponerme y encuentro más pijamas de seda de diferentes colores. Hoy me asqueo de tanto lujo.

Sólo paso los dedos por encima mojándolos con los restos de agua de mis manos.

Destiendo la cama y me meto, así como estoy bajo las sábanas y cobijas.

Miro al techo por un largo rato. Y decido que hoy no quiero pensar en lo que ha pasado. Decido que hoy quiero imaginar que sigo en casa.

La oscuridad me envuelve y mis ojos intentan adaptarse. Ya no lloro, el ataque de ansiedad ha pasado. Ya no siento.

Cuando estoy por cerrar los párpados, mi puerta cruje un poco y la perilla comienza a girar.

La puerta se abre por un instante y se cierra rápidamente. No sin antes dejar entrar a alguien.

En cuanto la puerta se cierra sé quién es.

Damián.

-Tengo que hablarte- susurra.

_FIN DEL CAPÍTULO_

¿Y bien?, ¿qué les pareció?

¿Qué le dirá Damián?

¿Qué ha pasado?

Un beso a quien sigue siendo leal a pesar de mi tardanza y a quien le ha dado una oportunidad.

Leales y nuevos lectores: ¡un abrazo a ustedes!