Hola a todos de nuevo, traigo el capítulo dos para su lectura. Con esto espero que empiece a quedar un poco claro hacia dónde es que se dirige la trama. Les digo de antemano que no esperaba tal aceptación, así que las reviews anónimas las contestaré debajo del capítulo. Muchas gracias por pasarse a leer.
Ah, otra cosa, ya se irán haciendo más largos los capítulos, ahora mismo es porque estoy en etapa de introducción a la historia. Jojo, sin más, les dejo con la lectura.
Capítulo 2
El apellido maldito
Meses después de graduarme en Australia, supe enseguida qué es lo que quería Hotaru Fujino cuando lo encontré esperándome en el umbral de mi departamento, con los años cerniéndose a su piel y sus ojos; parecía una sombra de lo que había sido con anterioridad. Ese día, por segunda vez, me dijo que estaba dispuesto a darme su apellido si iba con él a Japón. Me ofreció su fortuna, un futuro seguro, lo que él no sabía es que jamás me interesó todo lo que tuviera que ver con su familia y su apellido maldito. En Japón no podía esperar nada bueno, en Japón me querían muerta y yo había hecho lo posible por mantenerme alejada de todos.
Si bien me negué al instante, Hotaru no desistió en su propuesta en todas las semanas que estuvo conmigo. Me confesó que la abuela Fujino tenía cáncer terminal y que no tardaría mucho en fallecer. Toda la fortuna quedaría en sus manos y en las de Nagi, su hermano menor, pero siendo que no confiaba mucho en el hombre —igual que yo—, quería asegurarse que al menos la industria no moriría en lo consiguiente si dejaba a cargo a sus hijas. A Nagi le bastaba con que tuviera dinero seguro sin tener que trabajar, en caso contrario vendería sus acciones o la empresa automotriz entera. A él no le interesaba nada de eso.
Me lo pensé, lo pensé mucho, había dejado claro una y otra vez a Hotaru que le agradecía por todo lo que había hecho por mí todos esos años, pero también le aseguré que le devolvería todo el dinero que gastó en mis estudios, alimentos, salud y vivienda. Tan sólo quería desaparecer de su vida, pero él se resistía magistralmente alegando que no me dejaría a la deriva porque había amado a mi mamá más que a nadie, y a mí, por ende, por ser su hija. Una que no llevaba su apellido.
Yo sé apenas de él, me crió como a una más de su familia cuando mamá falleció. Le debía mucho y nada a la vez, pues así como lo quería como a un padre, también lo odiaba tanto o más que a nadie porque nunca creyó, o no quiso hacer nada, cuando le dije que el accidente automovilístico que tuve con mamá no había sido sólo por el destino. Alguien lo causó, y ese alguien sólo pudo haber sido Murasaki Fujino, la mujer que había odiado a las dos Kuga desde que supo de nosotras. La misma que me persiguió con sus matones hasta que me refugié a miles de kilómetros de ella y casi fui olvidada por su familia, pero... siendo realista, Murasaki no pudo pensar y envenenarse sola, tras todo este enredo había una persona más, claro estaba, ¿había de mencionar a Nagi?
Cansada del acoso de Hotaru y sus insistencias, cansada de huir y ser reducida a basura por los Fujino, acepté la propuesta pero me negué rotundamente a recibir su apellido; acepté no porque me interesara la herencia o el poder. Esta vez ya no era una niña, esta vez me interesaba la venganza, y si bien Murasaki moría, no se iría sin antes pagar lo que le había hecho a mamá. Ella y Nagi pagarían sus crímenes. El «accidente» que no me asesinó, para su desgracia, les iba a costar la vida a ellos. Y yo sería su verdugo.
Mi vuelo a Japón tardó más de lo debido, nos retrasamos porque el clima se puso mal. Hotaru nos recibió a Mai —mi mejor amiga— y a mí horas después en uno de los aeropuertos de Tokio, llevaba una gabardina negra y unas gafas oscuras como si se escondiera. Nos subimos a su automóvil negro y, camino al departamento que me había arrendado, me informó que los documentos estaban listos para que pudiera ya ejercer mi papel en la compañía; también había hablado ya con Murasaki, quien no se mostró nada contenta con la idea de su hijo, habían discutido hasta el cansancio, pero a él ya no le interesaba, me aseguró que no iba a dejar que nadie se interpusiera ante mí, cosa que no creí pero actué como si le creyera incluso que los cerdos volaban.
De ser sincera, yo no tenía idea de cómo manejar y tomar decisiones en una compañía de tal magnitud. Si bien había estudiado algo con relación a los automóviles y todo lo que tuviera un motor, no significaba que supiera cómo administrar aquello que los fabricaba. Hotaru me tranquilizó diciendo que me ayudaría en todo lo posible, y sabiendo cómo era, estaba seguro que aprendería lo necesario en cosa de un parpadeo. Tampoco creí eso, pero no iba a aprender a administrar, así que eso era lo último que figuraba en mi lista de prioridades en el Japón.
Mai no estaba de acuerdo con nada de lo que ocurría, era la única que sabía de mis verdaderas intenciones y se había opuesto hasta el cansancio con argumentos creíbles y reales. Yo no cedería a sus súplicas, a pesar de que me apena haberla inmiscuido, pero no pude hacer nada para impedirlo, ella quiso hacerlo. Incluso planeó todo con más determinación que yo, para cuando tuvimos que abordar ese avión, Mai, proveniente de Japón y sabia en todas sus costumbres, ya tenía un empleo asegurado como guía de turistas en su ciudad natal. No viviría conmigo, pero estaría al tanto de todos mis movimientos y yo, al menos, no me sentiría sola en esta ciudad de cemento encerrada con todos los Fujinos dispuestos a comerme en el primer parpadeo.
Pasó una semana antes de que volviera a ver a Hotaru mientras me acostumbraba a la vida oriental, todo me era extraño. Realmente era como reescribirme, sabía japonés porque era mi idioma materno, pero viví más de dos décadas fuera de este extraño lugar, así que no tenía idea de sus creencias o siquiera costumbres.
Hotaru aún tenía intensas discusiones con la anciana Fujino y su hermano, ni bien terminaban algo cuando empezaban a pelear por otra cosa; el asunto no tenían patas ni cabeza y amenazaba con seguir así incluso después que tomara el puesto. Luego entonces me contó el centro del problema, que no sólo era el hecho de que todos creían que era una usurpadora, sino que también existía otro dilema el cual no había pensado hasta entonces. Hotaru tenía otra hija, Shizuru, y ella era la verdadera heredera de su patrimonio. Eso incluso yo lo sabía pero mi cerebro la había dejado de lado gracias al hecho de que la joven Shizuru había brillado por su ausencia en mi vida desde siempre.
No es que Hotaru quisiera dejar a Shizuru en la calle, después de todo era hija de su primer y único matrimonio, ya que nunca se casó con mi madre porque ella nunca quiso —creo que temía, al igual que yo, involucrarse por entero con esa familia que la había obligado a llevar una vida en el exilio—. El caso era que la anciana Fujino se negaba a que su nieta legítima tuviera que compartir su porción de pan con la hija bastarda de su hijo, por lo tanto, y más tarde tuvo que aceptar Hotaru, que aceptaría con todas las leyes mi ingreso a la compañía sólo si después el consejo de accionistas elegía a una de nosotras como la mejor administradora. Es decir, la que ganara se llevaría todo el paquete y la otra renunciaría a todo sus derechos como heredera. Era todo o nada, claro está, yo tenía todas las de perder, pero Hotaru confiaba irremediablemente en mí y si bien no le gustaba que sus dos únicas hijas estuvieran en una insana competencia, tuvo que aceptar al menos para que me aceptaran medianamente por todos.
Realmente no me importaba perder, yo estaba en Japón con el único propósito de vengarme, este teatro tan sólo guardaría las apariencias de mi verdaderas intenciones. Shizuru podría quedarse con todo más tarde, ella lo merecía, sin embargo no negaría que molestarla con todo esto sería lo mejor, era mi forma de devolverle sus palabras que me ridiculizaron hasta el cansancio. Shizuru, pobre Shizuru, ella también pagaría si se metía en mis planes.
—Natsuki, ¿estás bien? ¿Quieres una pastilla? —Hotaru me ofreció un vaso con agua y se sentó a mi lado con una cara preocupada.
—No, no pasa nada. Siéntate y deja de preocuparte.
Estábamos en su oficina, justo salíamos de la reunión con la junte general de la empresa. La noticia estaba dada, y tal como esperábamos todos, nadie estaba de acuerdo con mi ingreso en la industria automotriz. Medio consejo se puso a discutir con los dos al mando, era imposible que ganara con esas posturas, sin embargo me sentía tranquila de momento. Murasaki estaba tan concentrada en su enfermedad y en su nieta, que posiblemente no se le ocurriría hacer nada contra mí, lo que debía preocuparme después era Nagi que no se presentó en ningún momento, de antemano hizo saber que estaba en contra de las idioteces de papá y no daría marcha atrás con esa postura. Claro estaba que prefería a Shizuru al mando porque ésta le depositaría unos cuantos miles cada mes y lo mantendría de vago como siempre, en cambio yo, quería acabar con él y todo lo que le pertenecía. En eso al menos estaría de acuerdo el consejo conmigo, ya que odiaban a Nagi tanto como a mí y razones ya no les faltaban para sacarlo a patadas; pero se detenían por culpa de la Fujino mayor, que amaba a su hijo pequeño tanto como para dejarlo hacer y deshacer desde que nació.
—Shizuru no estaba enterada de nuestras decisiones, Natsuki. Disculpa sus palabras, sólo... se ha sentido amenazada. Ella no es así. —Se disculpó Hotaru por su hija. Yo sólo sonreí de medio lado ya que no conocía a otra Shizuru que no fuera esa.
—Siempre se ha sentido amenazada por mí, no tienes que disculparla Hotaru, tú hija y yo tenemos de amistad lo que un perro y un gato.
—Nunca me ha gustado su eterna pelea, no tiene sentido.
—Oh, claro que lo tiene. Yo me sentiría como ella si mi padre hubiera escondido una familia aún estado casado con mi madre, ¿eso te parece poco?
—Yo amaba a tu madre, Natsuki, me casé con la mamá de Shizuru por acuerdos políticos que nunca sirvieron para nada.
—Eso no significa que lo que hiciste es bueno, eso no deshace tus culpas.
—Nunca vas a estar de mi parte...
—Nunca me interesó estarlo —dije con tranquilidad, estaba cansada de estas cosas.
Mi encuentro con Shizuru fue el más corto y tempestuoso que tuve con alguien. Ella no me soportaba y yo no la soportaba a ella, quizá si en el pasado ella no me hubiera tratado como lo hizo ahora podríamos estar en mejores términos, no como las hermanas más afectivas, pero al menos no estaríamos asesinándonos con las miradas.
Hasta hoy, la última vez que vi a Shizuru fue cuando tenía quince años, la última vez que visité Japón para luego no volver hasta ahora. Ese día Hotaru, después de por fin entender que nosotras dos jamás nos llevaríamos bien, tuvo la grandiosa idea de llevarme a la mansión Fujino a despedirme al menos de su hija. Shizuru me despidió con una cachetada, yo la despedí con otra, de milagro no terminamos en el suelo matándonos como auténticos animales. Para Hotaru nos despedimos con una reverencia, era mejor que el hombre siguiera viviendo sus fantasías, daba igual, no pensaba ver a su demonio jamás.
Y hoy, rompiendo mis planes, en la primera persona que se posó mi vista fue en ella. ¿Cuántos años tenía ahora? Recordaba que era mayor que yo, a pesar de lucir más fresca que nada, porque he de admitirlo, yo parecía más anciana de lo que en verdad soy. Supongo que la amargura y la frustración hacen estragos en el cuerpo.
Mi querida Shizuru fue la única que no habló mientras todo el consejo de ancianos discutía sobre moral y ética, políticas de la empresa y demás cosas que no servirían para desaparecerme de nuevo, casi creí que la joven Fujino estaba de acuerdo con su papá... Hasta que se retiraron todos y entonces sacó las garras, como debía hacer una señorita. Delante de los extraños era una bella damisela, con su familia era el demonio de Tazmania. No me quiere aquí, yo no la quiero a ella. Volvemos al pasado. Desde mañana nos veríamos todos los días, así que era mejor ir preparándome algunas tácticas para que esto no se convirtiera en un auténtico infierno.
Por lo demás, no tenía planeado nada, excepto dejar que las cosas se sucedieran con tranquilidad. De lo único que tenía que preocuparme ahora es de familiarizarme con el entorno japonés, sus monedas y sus personas, porque andaba más perdida que en una selva. De menos Hotaru me había asignado un automóvil que me serviría para aprender a llegar sola a la empresa, sin tener que estar custodiada por un chofer fornido que se creía guardaespaldas.
Esa noche esperaba dormir tranquila, esa noche empezaba mi venganza.
Oigan, en serio que no me acostumbro al editor de esta página. Mi cerebro lo califica en extremo difícil hasta que pueda usarlo con mayor agilidad y precisión, disculpen si la edición quedó muy jodida.
Ahora las reviews:
Anónimo 1 (lol, perdona, no sé cómo llamarlos): definitivamente, ¡aquí se odian y correrá sangre! Vale, no, no sé XD pero hay que intentarlo (¿?). Infinitas gracias por leer :)
Anónimo 2: jaja me encantó lo que dijiste, verás... esperaré a responderte cuando la historia vaya tomando forma, pero te adjudicaré la razón cuando dices que el ShizNat es inseparable. ¡Dios bendiga a la reina Shizuru (¿?)! Gracias por pasarte, un saludo :).
Dany: ¿fácil usarla? Pero soy una cabezota :( cuando ya no vean tan mal la edición sabrán entonces que he aprendido al fin. Lomalodesernueva. Muchas gracias por leerme, espero tenerte por aquí prontamente.
Shaka: yo estoy feliz de que te parezca interesante. ¿Acaso todas sintieron el odio de Shizuru saliendo por sus poros? XD He dado al clavo, sé que sabrán perdonarla. Muchas gracias por leer este intento de historia, a decir verdad nunca había escrito fanfiction, escribo originales y es totalmente distinto.
Inuka17: ¡cha chaaan, incesto modo activado (¿?)! XD oigan, pues no se lo están tomando mal, me alegra jaja, pero ya verán cómo se va desenredando el asunto. Gracias por pasarte, saludillos desde aquí :D.
Anónimo 3: te gusta, a mí me gusta que te guste. Me doy por bien servida, gracias por dejar una review :)
Disculpen si de pronto me olvidé de alguien, ahora mismo son las únicas reviews con las que me topé. Nos estamos viendo.
Sekai-D
