Hola, ¿qué tal esta semana? Espero que la hayan pasado bien, he de decir que estoy estresada con tantos deberes encima, sin embargo he tratado de no demorarme taaanto con la actualización. No es por nada, pero al parecer mientras más presión ejerza la universidad en mí, más inspirada estoy con las cosas que no tienen nada que ver con ella. Eso es un grave problema :(

Quiero disculparme de antemano porque estoy pasando de volada por aquí, no podré responder las reviews que amablemente me han dejado, pero prometo que lo haré apenas publique el siguiente capítulo. Muchas gracias por sus palabras.

Sin más…


Capítulo 4

La librería de K.Y

Reito arrugó una bola de papel —posiblemente de los reportes mal elaborados que Natsuki me acaba de entregar para dárselos a él—, y luego me lo arrojó como si pretendiera sacarse con eso un premio. La bola me pegó justo en la frente y cayó a mi falda para luego desaparecer bajo el escritorio. Levanté una ceja ya de por sí enfadada y, lo más seria posible, tomé un bolígrafo de mi escritorio; le apunté a la cara, pero antes de hablar me interrumpió con esas sonrisitas que me irritaban tanto.

—Hey, Shizuru, quita esa cara larga —dijo, y a continuación me quitó el bolígrafo de la mano—. Kuga-san hace lo que puede, además estos reportes no son importantes, aún no entiendo por qué se los pides. Ella debería estar haciendo otras cosas, no tareas que tu secretaria podría hacer en diez minutos.

—La pruebo. —Lo asesiné con la mirada—. ¿Cómo esperas que pueda hacer algo más importante si ni siquiera puede escribir una oración correcta? ¿Sabes los dolores de cabeza que me ha causado? He tenido que llevarme a casa todas estas cosas sólo para darme cuenta enseguida que usa un traductor barato para hacer estas sencillas cosas.

—No hagas escriba entonces. —Resolvió Reito tan idiotamente como siempre—. O enséñale a escribir.

—¡Ni en sueños!

—Entonces deja de torturarte, en unos meses podrá hacer tus reportes a la perfección, pero si quieres que en verdad te ayude con todo ya que tu padre no está cooperando, ¿a qué esperas para decirle que te acompañe a las juntas directivas, a las instalaciones, a conocer de dónde sale todo este embrollo? Kuga-san es ingeniera, podría ayudar sin problemas a los del área de mecánica. Y sabe de diseño, ¿es qué no lo sabes?

—No sé nada de ella. —Me defendí—. Y no quiero…

—Saber nada, señorita orgullosa, lo sé. Pero intenta darle una calculadora, números, su idioma y sabrá qué hacer con todos tus automóviles. Dale un lápiz y oblígala a escribir lo que te acabo de arrojar y tendrás una migraña permanente.

Reito sonrió de medio lado, sabiendo de antemano que me había ganado. Me hundí en mi lugar y dejé de mirarlo, exasperada. Escuché sus pasos dirigiéndose a la puerta y abrirla, sólo entonces volteé a verlo.

—Puedes empezar con invitarla a tomar un café. —Soltó de la nada—. Sé que se junta con la gerente de relaciones públicas todos los días para almorzar. —Ambos miramos por el muro de cristal hacia la oficina de Kuga, no estaba, era dicha hora.

—¿Por qué no la invitas tú y dejas de molestar? —Le sonreí mordazmente para no arrojarle nada a la cabeza.

—… Tal vez lo haga. Luego no te quejes.

Terminó por salir de la oficina no sin antes darme un último vistazo, lo ignoré dándome media vuelta en la silla giratoria. Lo que hice enseguida fue algo de lo que no me siento orgullosa. Revisé todo el historial de Kuga Natsuki que papá guardaba celosamente en un archivo del sistema de la empresa.

Estaba harta de que el idiota de Reito me dijera que hiciera las paces con ella, al menos hasta que alguien resultara ganadora y la perdedora tuviera que abandonar toda esperanza en este lugar. Argumentaba otras niñerías, como el sentimiento de hermandad y camaradería que… ¿Acaso no sabía que esa mujer jamás sería mi hermana así mi padre fuera el suyo? No se trataba de la sangre, se trataba de mí y mi dignidad. No podía hacer las paces con ella, era impensable, el sólo verla hacía que tuviera convulsiones de ira. Además, ¡era tan insoportable! Tenía que aguantar todos los días su mirada al otro lado, como si no entendiera el sentido de la privacidad. Como si no le importara cuánto la detestaba o… Vamos, que todos sabíamos que me provocaba.

Revisando, encontré incluso el historial académico de la intrusa. No estaba mal, pero no estaba perfecto. En diez minutos ya sabía hasta sus alergias. La cosa iba en que no me había servido de nada todo eso, tal vez y sólo tal vez, pudiera que Reito tuviera razón. Tal vez debía hacer que Natsuki participara más o colapsaría antes de siquiera poder sacar de ahí. Tampoco era mi intención que no hiciera nada mientras yo me partía en dos.

—Kuga… san —la llamé, cuando estuve en la cafetería de la empresa y todos los que estaban ahí se quedaron viéndome como si no me conocieran ya.

Natsuki, sentada en una mesa con tres chicas más, no volteó a verme cuando la llamé. Las otras tres me miraban perplejas y le hicieron unas disimuladas señas con la mano.

—Kuga-san —volví a llamarla, comenzado a enfadarme porque sabía que me ignoraba al propósito—. Tenemos que hablar...

Al fin volteó, tenía el ceño fruncido, no de molestia, pero sí de extrañeza.

—Pues hablemos, Fujino-san. —Sonrió y a mí casi me da un tic en el ojo izquierdo.

Conté hasta tres, sabiendo de antemano que todos nos miraban como si esperan que en cualquier momento nos fuéramos de bruces al suelo y comenzáramos a pelear. En los últimos días de lo único que se habían enterado todos es de nuestro odio mutuo. O mi odio hacia ella, daba igual, ella no aportaba nada bueno.

—Pensaba que podíamos hablar a solas. —Miré a los lados, enseguida varios fingieron demencia, como si no hubieran escuchado nada—. Es… es sobre algo que quiero enseñarle.

—¿Enseñarme? —Volvió a sonreír.

—Si me acompaña…

—¿Por qué no te sientas y comes algo? Apenas terminemos te acompañaré donde sea. La comida de aquí es buena, ¿no chicas? —inquirió a sus amigas. Las chicas parecieron captar algo que yo no pude y movieron la cabeza afirmativamente, más asustadas que complacientes.

—Verás… Kuga-san—le dije, tratando de mantener la calma—, ya he comido, hace un rato. Puedo esperarte en mí oficina después, cuando haya acabado de… —¿Eso qué engullían era realmente comida? —Almorzar, claro.

—Ahí me tendrás entonces.

Dos horas después seguía en mi oficina esperándola. ¿¡Y acaso esperaban que la amara y viviéramos felices para siempre como una familia perfecta?! Ese pedazo de humano era tan...

—Perdone la demora Fujino-san —anunció su llegada cuando yo estaba a punto de levantarme y retirarme a descansar—. Verá, Kansaki Reito me ha pedido que lo acompañara a conocer al personal que me puede ayudar con...

El tonto de Reito había empezado a hacer de las suyas, ¿acaso no podía quedarse sin hacer nada apenas unas piernas bonitas visitaban su oficina? ¿Qué era lo que me estaba diciendo Natsuki?

—Quiero que me acompañes a conocer a los chicos que se encargan de diseñar algunos automóviles, tal vez... —Natsuki olvidó su permanente ceño fruncido para optar por una postura tranquila—. Tal vez puedas ayudarlos.

—Aún tengo que entregarte los reportes de compras.

—Olvídalos, no son importantes. —Intenté disimular una sonrisita o la chica sabría que la estaba tomando por tonta desde hace días.

—Bueno, pero son las cuatro de la tarde, supongo que su turno ha terminado, ¿no?

—No ahora, mañana. Ya me iba, tal vez deberías hacerlo, tienes una cara horrenda, ¿no has dormido acaso?

Abrió la boca para decir algo y enseguida formó una mueca perversa, justo me di cuenta de lo que había dicho sin pensar. ¿No había sonado preocupada, o sí? Joder. No lo estaba, pero en serio se veía mal. Si mi padre la veía pensaría que la estaba colapsando y... Bueno, tal vez lo hacía pero no quería salir mal parada por culpa de esa idiota.

—Estoy bien. No te preocupes.

—No estoy preocupada. —Me apresuré a decirle, tomando casualmente mi saco para empezar a ponérmelo—. Será más fácil hacer que te vayas si de pronto tu cansancio te deja sin poder hacer nada, ¿no crees? ¿Por qué me preocuparía si quiero verte a kilómetros de distancia de aquí?

No recibí respuesta alguna de Natsuki, para mi disgusto, me seguía mirando neutralmente. Me acomodé el cabello y levanté una ceja.

—En algún momento intenté que esto funcionara, Fujino; pero creo que todo es en vano. Eres igual de cruel que tu abuela, tu tío y el propio Hotaru. Eres igual que ellos, igual de fríos, interesados y calculadores.

—No metas a mi familia en esto. —Di dos pasos hacia ella, amenazante—. No tiene nada que ver con ellos, no importa si has venido a llevarte todo, ¿entiendes? Pero te has metido en mi camino, Kuga. Yo no soy mi padre, ese que te permite hacer y deshacer a tu antojo. Te voy a sacar de esto, vas a salir de mi vida.

—Nunca estuve en tu vida, Shizuru —rió socarronamente y yo me ericé al escuchar mi nombre saliendo de sus labios—. Pretendía hacer las paces contigo, pero míranos, estamos firmando el acta de guerra, ¿quieres pelear por esto? Pues pelea tendrás, hermanita.

Y dicho esto, Natsuki se retiró con ese gesto cínico que detesté desde ese instante. Esta era la guerra.

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Fujino Shizuru es de esas mujeres fatales que todos, absolutamente todos, temen en algún momento de su vida. Es una chica con clase, letrada, es hermosa y sabe defenderse. Por supuesto, también es una bruja, digo, haciendo gala a lo que puede hacerte si te descuidas. Puede brindarte su sonrisa más exótica y derretirte en dos segundos, o puede asesinarte con una mirada y no sabrías qué es lo que pasó. Al menos, yo, Kuga Natsuki, me creé hace mucho una coraza hermética que impidiera que personas como Shizuru me dañaran más de lo debido. Sabía dónde estaba el peligro con ella, y si bien la estuve aguantando días enteros, era cuestión de tiempo para que la bomba explotara y la castaña me declarara la guerra a punta de espada.

Por otro lado, parecía ser que la señorita no se daba cuenta en qué momento empezaba a tratarme como basura. Cuando estábamos rodeadas de gente siempre era muy formal y educada, vamos, que las apariencias le iban muy bien. Su sonrisa hipócrita lo era todo y más. Cuando estábamos a solas yo era algo menos que un ente jodiéndole la vida; empezaba a tutearme y su paciencia se arrojaba al precipicio. Me daba gracia, hasta que se ponía seria y notaba en sus ojos un aura asesina; se oscurecía, se llenaba de ira. A veces olvidaba cuánto la enfadaba.

Para su beneplácito, yo no estaba interesada en sus asuntos políticos, pero gracias a su hostilidad tenía que aguantarme por el mero hecho de que amaría, desde ese instante, molestarle la vida. A menos claro, me pidiera disculpas de rodillas, pero vamos, eso no sucedía ni en mis sueños más elaborados. Shizuru prefería darse un tiro antes de dejarse vencer por mí.

Para la segunda semana en la empresa automotriz ya había empezado a ayudar a los chicos de diseño. Entraba a algunas reuniones pero me salía apenas empezaban a hablar de ingresos. Shizuru seguía tras de mí, pero al menos ya no me pedía los nada importantes reportes que me hizo entregarle por días enteros. A veces la veía hablar por horas enteras con Kanzaki, en su oficina, otras veces nuestras miradas se encontraban y las manteníamos hasta que una se cansara y decidiera ponerse a trabajar. La mayoría de las veces era yo la que soltaba una sonrisa, Shizuru bufaba y prefería ponerse a jugar con sus numeritos y demás.

Fue un fin de semana, con Mai haciendo la cena, cuando me encerré en mi habitación con la intención de descansar un poco. Me recosté en la cama individual y miré al techo, estuve evitando temas importantes toda la semana. Tenía miedo. No veía a Hotaru desde hace días y cada día se me hacía más tedioso que el otro. Tampoco había averiguado más sobre los Fujino; y Nagi parecía estar perdido en alguna parte del mundo, mal gastando todo el dinero de Murasaki.

Cerré los ojos esperando poder dormir un rato, cuando la imagen de Saeko gritando mi nombre antes de ser embestidas por otro automóvil llegó a mí. Me senté aturdida, era como escuchar el mismo sonido de algo haciéndose trizas en mi interior. Aquel ruido metálico que me acompañaría hasta el día en el que mi cuerpo desapareciera de este mundo.

Lloré, bajito, como lo hacía siempre que recordaba algunas cosas. Lloré porque ese día me había enfadado con mi madre porque no me dejó conducir a mí, porque lo último que le dije era que estaba cansada de ella y sus cuidados extremos. Si yo hubiera conducido esa vez… Tal vez Saeko aún siguiera viva. Entonces, ¿ella habría pensado en vengarse? ¿En ensuciarse las manos y la consciencia tal y como lo haría yo? O hubiera dejado que todo se pudriera ahí en ese rincón, aún creyendo que eso fue sólo un accidente, cosa del azar. Del destino.

Pero los frenos no servían. No fue nuestra culpa, ¿entonces de quién?

Marqué el número de la tarjeta blanca que Mai me había entregado con anterioridad. Para mi sorpresa, contestó una voz dulce y melodiosa que me pareció más el de una muñeca Barbie que el de un asesino a sueldo.

—Buenas noches, librería Izumi, ¿en qué puedo ayudarle? —dijo y yo reí por lo bajo, ¿me había equivocado de número?

—Hola, buenas noches, estoy buscando a... —Miré la tarjeta—. K.Y, tengo una tarjeta y me interesan sus servicios, ¿puede comunicarme con él? —Traté de parecer serena y segura, y si mi voz ya de por sí era extraña, ahora sonó el doble de gruesa y sin sentimientos.

Hubo un silencio profundo en el que creí que la chica había colgado.

—Ella —dijo—. Está al habla.

Distinguí el mismo timbre de voz pero ahora ya no lucía tan femenino, era más bien algo que fluctuaba entre lo serio, discreto y chillón.

—Oh, verás, quisiera...

—Aquí no. —Interrumpió—. Tendrás que encontrarme.

K.Y me dio una dirección en donde se suponía tenía que estar una librería con el nombre de Izumi, no imaginaba a una chica con pinta de bibliotecaria siendo pues, por las noches, una máquina para matar. De todas maneras después de que hubiera cenado, le inventé un pretexto a Mai —que ya casi vivía conmigo— para salir y que no me siguiera. Después fui donde K.Y.

Tardé al menos dos horas en encontrar el lugar, era pequeño, muy pequeño, apenas tenía una puerta de poco menos de un metro de ancho, arriba de ésta había unas luces de neón que rezaban Izumi, pero estaban apagadas ya que estaba cerrado. Cuando abrías la puerta, después de llamar por un intercomunicador, había un pasillo de unos tres metros y al final, una entrada en donde se podía apreciar claramente una luz amarillenta que resaltaba gracias a la penumbra. Era una librería pornográfica, luego me di cuenta. Y tras la caja registradora, resguardada por varias filas de libros, se encontraba una pelirroja que sonreía con algo que no pude descifrar.

—No necesitas saber mi nombre, pero puedes llamarme Kumo. ¿Quieres hacerlo aquí o prefieres algo más... casual?

¿Hacerlo? Entrecerré los ojos, aún viendo por el rabillo del ojo las solapas de los libros... ¿Acaso se refería a...?

—¿Eh?

La chica, que luego supe era K.Y, salió de su resguardo y se apretujó a mi cuerpo actuando una sensualidad que me descolocó, ¡no había ido hasta ahí por una chica fácil! Enseguida la separé de mí y saqué de mis bolsillos la tarjeta, como si así consiguiera que la bestia no le hiciera nada al domador.

—Busco tus otros servicios —le dije segura, acentuando cada palabra y aún sosteniéndola de un brazo por miedo a que siguiera tocándome.

—Ya lo sé. —Rió—. Pero si aceptabas iba a tener mi pago y una noche de sexo con una desconocida, ¿no está bien aprovechar las oportunidades?

—¿Eres K.Y? —Ignoré sus insinuaciones.

—Lo soy. —Aseguró desinteresada.

Mis ojos la escanearon, saber de ella me tomó meses. Con anterioridad tuve que contratar a un detective privado que pudiera localizar a personas como la que tenía enfrente, resultaba que K.Y nunca había fallado a los que la contrataban, sus servicios eran caros, pero lo lograba, sea cual fuera la dificultad. Hacer que Mai diera con la extravagante pelirroja fue todavía más difícil, pero era ella la que tenía que encontrarla, al menos para que estuviera tranquila y no sospechara de las verdaderas intenciones que tenía con los Fujino. De esta manera, Mai tendría confianza en mí y no echaría a perder mis planes con sus asuntos de moral y humanidad. Me sentía tan sucia cuando pensaba en eso.

—Entonces... ¿a quién quieres fuera de tus planes? —Preguntó K.Y luego que nos hubiéramos acomodado en ese lugar.

Después de la sala con las hileras de libros, detrás de la caja registradora, había una habitación más pequeña en la que se encontraba un escritorio adornado con una lámpara vieja y oxidada, dos sillas —en donde estábamos sentadas— y un montón de cajas que aún contenían libros de títulos varios. No conocía ninguno, y no es que fuera lectora casual de pornografía, pero ni siquiera había escuchado hablar de alguno, como de esas veces en las que se pone de moda un título atrevido y fuera del canon, ¿era una especie de botín que contenía los fetiches más extraños?

La oscuridad ahí era aún más lúgubre, tal vez K.Y lo hacía al propósito. Bajé la vista, temiendo de lo que pudiera salir de mi boca y luego pudiera arrepentirme. Más allá, arriba de hombro izquierdo de mi interlocutora, se encontraba una máscara de teatro, blanca y sin rostro. Así eran los muertos.

—Quiero que desaparezcas a los Fujino —dije—, al menos a uno de ellos con seguridad.

K.Y se tapó la boca y ahogó una risa, era tan rara.

—Eso va a salir muy caro, cualquier Fujino te saldrá muy caro. Déjame adivinar, Kuga Natsuki, ¿quieres acabar con Shizuru Fujino?

Dejé de observar la máscara para mirarla de lleno, ¿Shizuru? Yo no quería asesinar a Shizuru. ¿Cómo sabía mi nombre?

—¿Cómo...?

—Estás en los periódicos.—Alcanzó uno que tenía a mano y me lo arrojó. Mi foto estaba en primera plana—. Eres noticia, la hija no legitima de Hotaru Fujino compitiendo con la otra heredera, ¿no es interesante? No pensé que fueras de armas tomar.

—No me interesa Shizuru. —Arremetí dolida por siquiera pensar en acabar con la castaña—. Quiero que acabes con Nagi Fujino. Y con nadie más.

—¿Nagi? ¿Por qué él?

Me levanté de mi asiento y abrí la mochila escolar que llevaba en mi espalda. Saqué un fajo de billetes y se lo extendí a K.Y. Ella sonreía casi con diversión.

—No te interesa. Esta es una parte, te daré otra cuando haya avances. Y cuando termines tu trabajo, tendrás el pago último. Me vale muy poco cómo lo hagas. Sólo sé discreta y no vayas rápido. ¿Entiendes? Lo último que necesito es que sospechen.

—Sí, capitán.

Antes de salir, K.Y me arrojó un libro de color rojo escarlata, el título estaba en letras doradas, sin nada más estrambótico. Decía «Al amanecer». Miré con interrogación a la pelirroja y ella sólo se encogió de hombros.

—Disfrútalo. —Fue lo que dijo.

Basta decir que huí de ahí enseguida, tal cual lo haría un ladrón. O un asesino. Cuando llegué a casa Mai estaba dormida y me había preparado una taza de chocolate caliente. No lo bebí, en cambio, me acosté al lado de mi amiga pelirroja e hice que me abrazara entre su sonambulismo de media noche.

Extrañaba a Saeko; extrañaba a mamá.


Nos leemos, chayito~

Sekai-D

Pd: si alguien ha notado mi pseudo dislexia (¿?), mil disculpas. Trato de mejorar.