¡Hola chiquillos, verán, no saben cuánto agradezco sus comentarios! Sigan mandándome sus peticiones, hay unas en verdad increíbles que quiero tomar y mezclar (así funciona mi cerebro). En cuanto al anterior capítulo, pienso hacer una continuación pero no ahora, quiero seguir escribiendo más alternativas y luego regresar sobre mis pasos y darles más capítulos.

Me ha sorprendido la cantidad de reviews y follows, no paren por favor, hagan feliz a esta alma podrida que seguirá llenándolos de lemon en todas sus presentaciones mientras haya público lector. No sean tímidos, escríbanme sus comentarios –en anónimo o como sea-, mientras haya más habrán más ideas :D

No soy dueño de Frozen, ni de ninguno de los personajes que aparecen aquí (excepto tal vez algunos random y sin mayor importancia).


Red N° 2

El misterio de los Lafrevre

Anna Sorensen era nueva proporcionando sus servicios a la familia Lafrevre, una de las familias más poderosas por esos años, considerados parte de la nobleza del país. Vivían cerca de la zona montañosa, en donde no se podía encontrar viviendas a más de cinco kilómetros a la redonda; además de que los territorios en donde se encontraba el castillo de la familia, naturalmente, siempre estaban desolados por los continuos ataques de lobos y las intensas nevadas que ocurrían todo el año. Era un invierno eterno. Era casi un suicidio que alguien saliera sin más de ahí, así que el personal del castillo prácticamente vivía con la familia por elección y obligación. Sin embargo, tenían permiso y deber de salir una vez al mes por tres días; no más ni menos. Absolutamente todo el personal abandonaba el castillo y, por lo tanto, los cinco Lafrevre se quedaban solos. Nadie sabía el porqué de estas circunstancias, pero tampoco era un tema a debate ya que la familia de por sí era conocida por sus excentricidades, ya sea por las ostentosas fiestas que organizaban durante invierno o las ropas que de pronto decidían usar. Solían decir que vivían adelantados a su época y los placeres de la vida siempre iban en un primer plano, sin importarles el derroche desmedido de dinero.

Quizá la señorita Sorensen era una de las personas más jóvenes que había pisado el castillo. Quizá incluso era la más curiosa de todas, pues aunque las circunstancias que la llevaron a trabajar a ese lugar no fueron las más apropiadas, en algún momento de su instancia se sintió indudablemente atraída hacia la forma de vida de todos en el castillo. Durante el día y hasta la media tarde cuando el sol empezaba a ponerse, las ventanas permanecían cerradas y el personal trabaja así, sin hacer mucho ruido, ya que al parecer la curiosa familia tenía más afición a la vida nocturna. No eran seres de la mañana. Cuando el sol estaba más anaranjado, sus rayos ya no quemaban y era como la llama de una vela a punto de extinguirse, el duque de Lafrevre se levantaba con su esposa y pasaban muchas horas en el estudio, en donde solían tomar té y hacer el trabajo de ese día. Anna casi nunca los veía, apenas había topado unas cuantas palabras con el duque cuando fue su primer día en el castillo, además de eso, su vida era en la cocina y ayudando a limpiar habitaciones.

Ciertamente, en el poblado en el que vivía Anna –que se encontraba a las faldas de la montaña y era el más cercano al castillo- solían contar muchas historias acerca de los Lafrevre. Entre las más alocadas estaban aquellas que decían que, en realidad, el linaje de la familia estaba maldito desde hace muchos siglos atrás y era por eso que nunca dejaba de nevar; solían decir que eran inmortales y que, incluso la más pequeña de los tres hermanos, no había envejecido ni un ápice desde que el pueblo tenía memoria. A veces los consideraban demonios, vampiros, hechiceros, pero por ser parte de la nobleza todos callaban ya que, si eran personas importantes, quizá había algo guardándose muy en lo profundo en donde nadie debía meter sus narices. Además claro, los Lafrevre hacían donaciones importantes de alimentos y dinero a muchos aldeanos, así que si se veían beneficiados ante su benevolencia, ¿por qué pagarles con algo que no fuera gratitud?

Anna tenía sentimientos encontrados, cuando su familia se quedó sin dinero y su padre falleció durante uno de los inviernos más fríos que asolaron el pueblo en el que vivía, sabía que tenía que conseguir un empleo que pudiera dar sustento a su madre y su hermano pequeño; y si bien conseguir el trabajo en el castillo iba a poder solventar casi cualquier gasto, también significaba que tenía que dejar a su familia. Terminó por empacar en un baúl el par de vestidos que su madre le había confeccionado y más ropa de invierno, se ajustó unas botas, un gorro y, antes de salir el sol cuando el otoño iniciaba, tomó el primer carruaje que la llevaría cerca de los territorios Lafrevre. Conseguir el empleo después fue lo más sencillo, pues estaban faltos de personal desde que un cocinero se había perdido en la nieve y dos mozos habían sido atacados por unos lobos.

Adaptarse fue muy fácil ya que estaba acostumbrada a los cambios bruscos. Lo único que no le agradaba mucho era sentirse como si estuviera trabajando para nadie, ya que era realmente muy extraño toparse con algún miembro de la familia. Usualmente, mientras el personal estaba durmiendo, los Lafrevre estaban despiertos; y viceversa. Sólo había dos personas, Kai y Gerda, los jefes del personal, que parecían nunca dormir y eran quienes atendían a la familia por las noches.

A Anna le dejó de importar todas esas situaciones al transcurrir una semana, luego la conoció a ella, a Elsa Lafrevre, la hija mayor de los duques, quien se había estado escondiendo magistralmente de todos, contrariamente a sus dos hermanos. Se vieron por primera vez el décimo día después de que Anna dejó a su familia, se encontraron cerca de las cocinas cuando ella se estaba retirando a dormir y Elsa recorría con un sigilo casi espectral los corredores oscuros, mientras leía un libro. Anna no entendía cómo era posible que lo hiciera, siendo que apenas podía ver a un palmo de distancia si no fuera por la vela que llevaba bien sujeta en una de sus manos; Elsa en cambio, parecía que se encontraba a plena luz del día. Anna se había congelado en su sitio, incapaz de volver la mirada y dejar de observar como una completa idiota a la mujer que se encontraba frente a ella, y es que esa acción estaba resultando más imposible que sobrevivir a los lobos. Elsa era, por mucho, la mujer o el ente más precioso que había visto en su vida, incluso más bella que las otras dos Lafrevres: la más pequeña de las hijas y la madre —que era tremendamente hermosa—, pero aquella rubia con los ojos azules y profundos como el mar revuelto, tenía algo infinitamente más atrayente que estaba haciendo que Anna perdiera la cordura. Era como si sus iris la atrajeran y estuvieran comiéndola viva, desnudándole el alma poco a poco sin derecho a negación. Y Anna no se negaría jamás a esa chica. Entonces, cuando Elsa le sonrió esa vez y levantó ligeramente una ceja, el mundo que Anna se había creado en el castillo se volvió nebuloso. Los días se volvieron insípidos y las noches parecían más atrayentes, a veces, quería trabajar durante esas horas y dejar el turno de la mañana, pero sabía que era imposible. Su encuentro, aunque fue el más efímero, no dejó que Anna durmiera bien los siguientes días. Era como si la hubieran envenenado y, estaba casi segura, que si el amor a primera vista existía entonces ver a Elsa esa noche era lo más cercano a aquello.

La buscaba en sueños, corría por pasillos remotos; sin final. Y Elsa estaba en cada vuelta, en cada cruce, mirándola con la seriedad de sus facciones que hacían que el corazón de Anna diera saltos dentro de su pecho, a punto de salirse de su lugar. Quería verla de nuevo, quería encontrarse con su piel de porcelana que parecía esculpida por todos los dioses nórdicos, con sus ojos de hielo que perforaban sus emociones, con aquellas manos delgadas que parecían tan gráciles y firmes bajo esos guantes tan pálidos como su piel. Quería enredar los dedos entre los cabellos de plata de aquel ser maravilloso, retorcerse ante su toque. Quería que Elsa la viera, la viera realmente la próxima vez y le volviera a sonreír y levantar esa ceja insinuante; pero para eso tenía que haber una "próxima". Así que cada noche a partir de ese día, regresaba sobre sus pasos hasta que era la última en quitarse de la cocina, buscaba entre las sombras por si de pronto sus ojos no podían captar algo, pero Elsa no apareció de nuevo. Era como si la mujer se hubiera evaporado, como si fuera un fantasma entre los muros de piedra en el castillo.

Para el día veintiuno, cuando la salida mensual se acercaba, Anna fue llamada por Gerda, el ama de llaves. La tarea que se le dio la dejó completamente anonadada pero extremadamente feliz; las instrucciones eran limpiar las habitaciones de Kristoff, Rapunzel y Elsa, los tres hijos de los Lafrevre, justo después de la doceava campanada que emitiría el reloj principal del castillo. A media noche. Ese día, Anna estuvo bastante fuera de sí, la cocinera en jefe la había reñido varias veces, principalmente porque había dejado que se quemara casi todo el almuerzo del personal. Anna ni siquiera había prestado atención a ese hecho, así que cuando la dejaron sin comer no le pudo importar menos pues su nerviosismo podía más que cualquier cosa. Iba a estar en la habitación de Elsa esa noche, ¿nadie podía entenderlo?

Así, cuando la última campanada se dejó oír y casi todo el personal se había retirado hace mucho tiempo a sus aposentos, Anna vistió con el vestido verde más bonito que tenía y recogió su cabello en un solo moño que adornó con una cinta. Quizá parecía más emocionada de lo que se suponía que debería estar, entendiendo el hecho de que sólo iba a limpiar unas habitaciones, pero estaba tan excitada por la situación que no le hizo caso a su cerebro diciéndole que se pusiera a pensar como una chica más de los servicios y no como si estuviera yendo a una cita acordada con el príncipe del país.

Primero ordenó la habitación de Kristoff, el único hijo varón de la familia. Luego la de Rapunzel, que parecía tener la edad de Anna. Ninguna habitación estaba realmente sucia, a excepción de las camas desordenadas. Del mismo modo, ninguno de los Lafrevre se encontraba presentes mientras Anna se encargaba de las habitaciones, y tampoco tenía idea de dónde se podrían encontrar a esas horas. Dejó hasta el final la alcoba de Elsa, sobre todo porque quería disfrutar el momento antes de poder retirarse a dormir esa noche. Para su gran sorpresa, cuando entró a la habitación, se encontró con que estaba en una completa oscuridad y ninguna vela estaba encendida, como con las alcobas anteriores.

Anna sacó unos fósforos largos de uno de sus bolsillos del delantal blanco y empezó a encender las velas que se sostenían en un candelabro justo en el escritorio que se encontraba frente a la cama de Elsa. Olía a menta y la frialdad que se percibía en el ambiente era aún mayor que en las otras habitaciones. Justo arriba, había un retrato de la familia que parecía haberse pintado recientemente, no por la frescura de los materiales -ya que lucía desgastado y muy antiguo- pero sí por los rostros de las personas. Era como si se hubieran congelado en el tiempo, pues a pesar de que la pintura parecía tener al menos cinco décadas de antigüedad, todos los Lafrevres lucían exactamente igual que como estaban en la actualidad.

-¿Necesitas que me retire?

Sorensen pegó un gritó, dejó caer los fósforos y volteó enseguida para encontrarse de lleno con los ojos escrutadores de Elsa que se encontraba sentada en la esquina derecha de su cama. El corazón se le iba a salir por diversos motivos ese día, ¿cómo había llegado la joven rubia a ese lugar, cuando estaba muy segura que no había nadie en la alcoba cuando entró? ¡La había visto admirar como una boba la pintura!

-¡Señorita Lafrevre! Dios, siento haber entrado así a su habitación, se supone que no debía haber nadie, es decir, no fui informada y… Sólo tengo que limpiar y… ¡No, no se tiene que ir! Yo sólo… Siento haber gritado, me ha asustado un poco.

Elsa sonrió de medio lado sin demostrar realmente un signo de felicidad, pues sus ojos seguían igual de serios que siempre. A continuación, se levantó y limpió un inexistente polvo de los pliegues de su vestido que parecía igualar el tono de sus ojos.

-Sorensen, ¿no es así?

A Anna le tomó dos segundos saber que se refería a ella.

-Sí, sí, Anna Sorensen, señorita Lafrevre. Soy… nueva en el castillo.

-Lo sé, señorita Sorensen. Hace mucho que no teníamos caras nuevas en este lugar y la suya es… Una que no se puede olvidar con facilidad. Espero que su estadía sea de lo más placentera.

Elsa hablaba con palabras justas y acertadas, su voz era un suave murmullo que parecía rebotar en cada muro de la habitación; apenas gesticulaba y sus manos estaban unidas al frente, descansando en su vientre. Para Anna, era toda una princesa; y no podía creer que esa princesa estuviera hablando con ella como si se tratara de un casual día de campo. Y lo que era más importante: la recordaba, sabía su nombre. No la había olvidado. Su encuentro no había sido del todo casual.

-Todo el personal es bastante atento –mintió Anna, sintiendo que su garganta se cerraba por el nerviosismo- mi estadía ha sido muy grata.

Elsa dio pasos al frente y el corazón de Anna dio un brinco. Los oídos se le taparon y su pulso se volvió en una carrera frenética. La cercanía del motivo de sus sueños la estaba volviendo loca. Lafrevre tomó un libro que se encontraba al lado de Anna y lo resguardó entre su pecho y su brazo derecho; luego se inclinó y recogió los fósforos que Anna había soltado. Volvió a sonreírle cuando se los entregó.

-¿Está lista para salir del castillo al fin de mes? Normalmente los nuevos se emocionan ante este hecho –Elsa dijo, dando un paso hacia atrás mientras se relamía el labio inferior. Anna no pudo apartar la vista de esa acción.

-Yo… -¿cómo decía que ahora que la veía frente a ella no quería apartarse ni un segundo de ese lugar?- Sí, es… sí. Mi familia debe estar feliz de verme de nuevo.

Elsa asintió.

-Bien, eso es bueno, señorita Sorensen, pero no se detenga por mí. Estaré leyendo en una esquina. Usted puede seguir con su trabajo, no la entretengo más.

Dicho esto, Elsa cumplió con sus palabras y se resguardó en un rincón para leer. Anna empezó a ordenar la cama que parecía no haberse usado jamás y, por momentos, era como si Elsa no estuviera ahí, a pesar de que la pelirroja podía sentir claramente cómo una mirada se clavaba en su espalda, haciendo que una corriente viajara por su espina dorsal y le brindara más nerviosismo extra. Cuando terminó, dio una inclinación en donde estaba sentada Elsa y se mordió los labios, esperando que la rubia dijera algo, pero como esto no sucedió, Anna se dio la vuelta y empezó a caminar a la salida, tragándose el nudo grueso que venía cargando en la garganta dese hace un rato.

-¿Señorita Sorensen? –la llamó Elsa justo antes de que cerrara la puerta, pero antes de que Anna pudiera abrirla de nuevo, Lafrevre llegó tan rápido hacia ella que Anna creyó que había corrido más ágilmente que un lobo.

-¿Sí, señorita Lafrevre? –inquirió Anna con un hilo de voz. Elsa había puesto la palma de la mano en donde la de Anna descansaba. La estaba tocando, y a pesar de que la rubia llevaba guantes, Anna podía sentir el cosquilleo que le producía el frío de su piel contra la suya. ¿Frio?

-Gracias –dijo en un tono solemne Elsa-. Tome esto como una muestra de gratitud.

Anna bajó la vista y se encontró con que Elsa le extendía una barra de chocolate envuelta en un papel. Tragó saliva. No parecía un producto muy barato.

-¡Gracias! –casi gritó- pero… no se tiene porqué molestar, es mi trabajo después de todo señorita Lafrevre.

-Insisto, tómelo Sorensen —Elsa insistió, acercándose a su rostro- Jamás seré capaz de terminarlo sin un poco de ayuda.

Anna lo tomó, las piernas le temblaban terriblemente. Los ojos de Elsa no se apartaban de ella y, un instante después, la rubia se alejó y le dio las buenas noches. Anna hizo una media reverencia y salió en estampida del lugar hacia su habitación compartida con Leia, una chica que ayudaba en los establos.

Llegar a la habitación no menguó su nerviosismo. Sentía la mirada de Elsa sobre ella, una extraña sensación que se le pegaba al cuerpo. Como una enfermedad. Leia dormía profundamente, emitiendo ronquidos muy altos que, en otro momento, habrían hecho que Anna la despertara y le riñera; pero en ese momento la pelirroja no podía pensar, no estaba segura si podría dormir siquiera.

Se quitó el vestido y los zapatos, hasta quedarse con la bata de dormir. Antes de acostarse se lavó la cara y se miró en el espejo roto que se encontraba en su mesita de noche. La flama de la vela le daba un aspecto amarillento y cálido; aún con la media oscuridad podía ver perfectamente el rubor que aún no bajaba. Sentía calor. Mucho calor, a pesar de que afuera nevaba. La mano en donde Elsa la había tocado se sentía terriblemente caliente, como si el frío de la rubia la hubiera quemado. No le estaba molestando en absoluto; pero estaba haciendo que no dejara de pensar en la chica y la sensación recorriera por todo su cuerpo. Una sensación extraña, diferente, una que, de cierta forma, la avergonzaba.

Se acostó a dormir antes de volverse loca en ese momento. Ni siquiera los ronquidos de su compañera pudieron despertarla, así que su cuerpo fluctuó pasivamente hasta que su pecho dejó de correr y se estabilizó; hasta que las sensaciones de hormigueo desaparecieron. Y cuando estaba más tranquila y la nebulosa de sus sueños la llevaron a escenarios distintos, sintió el roce de sus sábanas siendo despojadas. Los ojos azules de Elsa la volvieron a mirar como esa noche y las manos pálidas, desprovistas de los eternos guantes blancos, palparon suavemente su estómago. Anna observó a Elsa, completamente tranquila, como si en su sueño estuviera a salvo de cualquier nerviosismo o torpeza natural; levantó la palma de su mano derecha y llevó un mechón de pelo de la chica tras su oreja. Lafrevre le sonrió y Anna sonrió también en respuesta. Elsa se veía casi humana, desde esa distancia, Anna podía ver algunas pecas que se escondían en su rostro y un tono rosáceo en sus mejillas; podía sentir la sangre circulando en sus venas. Se encontró preguntando si la Elsa real se vería así o sólo se encontraría con esos fríos ojos, casi plateados, que parecían venir de otro mundo. Aquellos sólo desbordaban amabilidad y ternura.

"Bésame", había dicho Anna en un susurro que viajó y se instaló en los oídos de su compañera. Antes de que Elsa pudiera cumplir, Anna se acercó lo suficiente para rozar sus labios con los de ella. A Lafrevre sólo le bastó con dejar caer más la cabeza para que sus labios se encontraran completamente unidos. Las dos cerraron los ojos.

Anna nunca había besado a alguien. Nunca le había agradado un chico como para querer regalarle su primer beso, creía que todos olían mal, siendo que en su pueblo la mayoría se dedicaba a la cría de renos; y era horrible pensar que una chica le gustara, podían llevarla a la horca. Entonces apareció Elsa y su mundo se vino abajo. Nada le importaba ya.

Elsa hizo el primer movimiento, despegando levemente los labios de ella y volviendo a unirlos, dejando que se deslizaran suavemente. Anna respiraba hondo, y luego dejaba salir despacio el oxígeno. Hubo más movimientos suaves por parte de Elsa, casi idénticos al primero, Anna sólo seguía el ritmo, confundiéndose a veces hacia la dirección que debía seguir. Era fácil y no al mismo tiempo. Pero luego, con las respiraciones más agitadas y sin querer despegarse una de la otra, Anna abrió la boca para coger un poco de aire, acción que Elsa aprovechó para hacerse con su boca. Su lengua lamió los incisivos de Anna y luego bajó hacia el labio inferior de la chica, para atraparlo entre sus dientes suavemente. Anna abrió los ojos y un ruido bastante extraño y ronco salió de su garganta; no tenía idea de lo que hacía Elsa con ella, pero definitivamente le estaba gustando, así que cuando volvió a cerrar los ojos y sus labios se quedaron entreabiertos, dejó que Elsa raspara su lengua por todo el perímetro de sus labios, tocando cada parte, pidiendo permiso para entrar. Anna enredó los dedos en el cabello de la rubia, y la obligó a acercarse más a ella; la obligó a hundir su lengua en su boca para que bailara con la suya cuanto quisiera. Sentía el roce de Elsa en su paladar y luego la punta de su lengua enredándose entre la suya. La cálida humedad de su saliva se unía con la fría de Elsa; sus labios chocaban y despegaban para volverse a unir con más ahínco que antes. Respiraban fuertemente, no alcanzaba el aire ni la vida para demostrar algo en ese beso aclimatado.

Anna sentía que parte de su cuerpo estaba vibrando, las piernas de Elsa estaban fuertemente atrapando sus caderas, inmovilizándola. Y sus manos se deslizaban como serpientes por su cuello, sus senos y costillas; cada toque haciendo que su temperatura corporal subiera más y más grados; había algo que se estaba formando en su vientre y bajaba hasta su sexo; Anna empezó a mover los muslos, haciendo que su cuerpo rozara con su ropa y le brindara un poco de tranquilidad a esa explosión formándose en ella; pero nada bastaba, quería que Elsa —encima de ella— empezara a moler sus caderas, que apagara el fuego que la estaba quemando viva. Quería sentirla por todas partes.

Elsa la seguía besando de la misma forma, atrapando su lengua entre sus labios y succionando cada parte de su boca. Le estaba robando el alma. Anna tenía cerrado fuertemente los ojos, tenía todas las emociones encerradas y lo que Lafrevre hacía con ella sólo estaba empeorando su situación; era una muñeca dispuesta a lo que sea.

La mano de Elsa empezó a descender, a amasar sus pechos y a tocar sobre la ropa. Cuando llegó al punto en el que Anna creía tener una caldera a fuego vivo, oprimió con la palma entera y Anna emitió un grito de éxtasis cuando una corriente se libró dentro de ella y recorrió cada punto de toda su anatomía. Elsa volvió a hacer el mismo movimiento otra vez, y otra vez. Hasta que lo único que salía de la garganta de Anna eran gemidos y sus caderas se movían por sí solas, arremetiendo con la mano maestra de Elsa.

Elsa dejó de besarla para empezar a dejar un rastro húmedo por su mandíbula y luego succionar y lamer por todo su cuello, dándole pequeñas mordidas que hacían que Anna buscara desesperadamente clavar los dedos en algo; abrazó a Elsa, su cuerpo entero rozaba con el de la rubia mientras los dientes de la chica se burlaban de su clavícula y regresaban en donde su cuello y oreja se unían. Elsa abrió la boca, Anna sintió su aliento chocando contra su yugular, entonces ahogó un grito cuando Elsa la mordió fuertemente y el dolor se extendió por cada fibra de su ser.

Abrió los ojos en toda su extensión y una luz muy brillante chocó con sus ojos.

Había amanecido y una Leia asustada la sacudía de un brazo para que despertara.

Anna se sentó en la cama aún jadeante, asustada. Las sábanas de la cama estaban hechas girones y estaba sudando, su ropa entera estaba húmeda.

—Anna, ¿una pesadilla? —Leía preguntó con inocencia.

—¿Eh? —respondió tratando de enfocar pero aun sintiendo demasiado fresco aquel sueño— ¿qué? Ah, sí, sí. Una horrible pesadilla.

Leia pareció tranquilizarse.

—Me pasaba cuando llegué apenas aquí; es normal, después te acostumbrarás a estar sin tu familia. Los Lafrevre no son tan horribles como los pintan, extraños, sí, pero no horribles. Además, pagan muy bien; y no hablemos de la comida, comemos como reyes. ¿No crees?

Anna asintió. Tenía las manos aferradas a la cama y un cosquilleo muy vago se extendía aún por su vientre. El dolor que había sentido en el cuello había desaparecido por completo. Era sólo un sueño. Leia le sonrió y salió de la habitación como cada amanecer. Ella aún podía quedarse un rato más, de cualquier forma los Lefrevre nunca desayunaban, así que se levantó y se quitó la bata de dormir, quedándose completamente desnuda. Sintió el aire frío envolviéndola completamente y cerró los ojos, reviviendo el extraño sueño. Si tan sólo el aire fuera Elsa…

Se acercó a su espejo y se observó en él antes de remojar la cara en el agua fría que Leia le había dejado. También se llevó las manos húmedas por el cuello para refrescarse un poco; le ardió levemente cuando sus dedos palparon cerca de la yugular. Un poco sorprendida, se miró de nuevo en el espejo, enfocando esa parte de su cuello y, para su gran sorpresa, encontró un enrojecimiento casi inexistente. Su cerebro empezó a dar vueltas.

Quizás la había picado algún bicho.

Quizás.


Sobre esta historia: tendrá continuación y muy posiblemente será un g!P. ¿Qué es lo que prefieren? Espero que les agrade el inicio y espero sus respuestas.