Aquí Near, lamento la tardanza de este capítulo. He tenido contratiempos que me impidieron avanzar.
Quisiera aprovechar para hacer unas aclaraciones: ya tengo escrito algunas historias pero unas están sin terminar y otras tienen muchos errores así que por eso tardo (además de soy una basura porque yo mismo me corrijo lol). Intento brindarles calidad antes que cantidad y espero que realmente se aprecie. Estoy tomando nota de sus peticiones, créanme, me gusta mucho que comenten, así que no sean tímidos y dejen todas sus ideas y críticas.
Muchas gracias por todas sus opiniones y comentarios, me siento sorprendido con todos, ¡y apenas vamos en el capítulo dos! Ahora tres, como sea.
Este capítulo es una mezcla de una petición y mi propia creación. No estoy haciendo a Anna una adicta al sexo como fue pedido jaja pero espero que queden conformes con esto. Siempre intento apegarme a las características de las chicas.
N/A: Identificaré las historias con "redes": Red N 1... 2… y así, cuando escriba las segundas partes pondré esto en la parte de abajo en la "red" que corresponda.
Red N° 3
Por cierto, este capítulo puede contener algunas escenas de pseudo violación y angustia, así que lean bajo su propio riesgo.
Parte I
Psicoterapeuta
Su familia no la entendía, los doctores tampoco lo habían hecho; ella misma se sentía incapaz de comprender y aceptarse, así que un psicoterapeuta que quería analizar a fondo sus facultades mentales y emocionales jamás lograría hacer lo que en dieciocho años de su vida había pasado como un suceso sin remedio. De ningún modo ayudaría, menos a ella, que estaba aterrada ante la idea compartir varios minutos de su vida con un desconocido, como para pensar seriamente en arrojarse del auto mientras estaba en movimiento y así no llegar a la cita programada. Entonces cuando el auto estacionó, su padre la sacó del automóvil y la llevó casi con camisa de fuerza hasta el último piso del pequeño edificio. No había salida, a menos que quisiera romperse los huesos con una caída libre de seis pisos.
No quería terapeutas, no quería amigos ni gente a su alrededor. ¡No quería a nadie! ¿Por qué no lo querían entender? ¿Por qué nadie…?
Entonces la conoció.
—Buenas tardes, señorita Arendelle. Soy Anna Andersen y seré su psicoterapeuta, es un placer tenerla al fin con nosotros.
Elsa, que había estado esperando tras esa puerta de madera gruesa a un hombre aburrido, con canas a los lados de la cabeza y unas gafas de media luna casi cayendo sobre el puente de su nariz mientras sostenía en sus gestos un aire abatido, se encontró de frente con una joven pelirroja que quizá era apenas mayor que ella, con una amplia sonrisa en el rostro y aun aire infantil y vibrante que, creyó, era imposible en una persona normal; era imposible que fuera la psicoterapeuta. Quizá se trataba de la secretaria y el verdadero doctor se encontraba tras ella, pero había dicho claramente que ella sería el médico en esa situación así que, honestamente, Elsa se encontraba totalmente anonadada y por un segundo, olvidó completamente que su padre seguía a sus espaldas y compartía unas últimas palabras con la pecosa pelirroja antes de salir por la puerta y dejarlas solas.
Solas.
El aire se hizo denso y la habitación, adornada con algunas pinturas que proyectaban las cuatro estaciones del año y un cálido tono ocre, se hizo mil veces pequeña hasta que Elsa se sintió demasiado inexistente frente a la mujer que le sonreía sin atreverse a sentarse al fin. Ambas se miraban, Arendelle apenas enfocando y tratando que sus ojos no salieran de sus órbitas al saberse completamente sola y sin futuro en ese lugar; Anna, por el contrario, tenía una media sonrisa solidaria y amistosa. El mundo brillaba para ella.
-¿Quieres sentarte? El sillón es tuyo, puedes subir los pies si quieres, siéntete cómoda.
Elsa parpadeó sin entender, todo ahí parecía no tener un significado. Todo era un código, empezando por esos ojos azules claros que la observaban, esperando alguna reacción de su parte.
-Yo no quería esto –dijo sin más, atropelladamente y con un tono que no pertenecía a su voz.
-Tus padres creen que es lo mejor, pero no tienes que hacerlo si no quieres, Elsa. Esta es tu decisión, ¿por qué no pruebas con una sesión y luego podrás elegir si te resulta provechosa o no?
Elsa entrecerró los ojos, barajeando las posibilidades que tenía frente a ella. Como último recurso, y porque sabía que su padre no iría por ella sino hasta dentro de al menos una hora, se terminó dejando caer en el sillón negro, de piel, para luego cambiar su gesto asustado a uno más duro hasta que su caparazón se hubiese cerrado por completo. No hablaría, no pensaba regresar después de ese día. No quería volver a ver a esa chica.
-Entonces… -Anna Andersen se sentó con las piernas dobladas en su silla y se inclinó hacia adelante, como si con este hecho pudiera hacer que su voz se escuchara mejor. Se relamió los labios sin mirarla y tardó unos segundos antes de sonreírle de nuevo-. ¿Cómo te ha ido hoy? Escuché que estás en tus vacaciones de verano y te preparas para la universidad, también oí otras cosas un poco más tristes, ¿cómo es eso de que dejaste de ir a las prácticas de atletismo…?
Elsa tuvo fiebre ese día. No una fiebre normal, de enfermedad, sino una más profunda, etérea y sin nombre. Pensó y repensó cada uno de los segundos que pasó con Anna, la manera en que gesticulaba, en que su flequillo caía por los lados y esa fascinante forma que tenía para hacer parecer que nada era complicado; para hacer que Elsa se mantuviera concentrada en ver cómo sus labios se curvaban y su lengua sobresalía de ella cuando, de pronto, recordaba que tenía que apuntar algo y el gesto de concentración llegaba por unos segundos. El primer día había sido un choque, traumático y sin retorno. Pero todo se desequilibró de verdad cuando días después se negó a asistir de nuevo a otra cita y un mensaje llegó a su bandeja de entrada. Un mensaje sencillo y amistoso que la mantuvo en otra fiebre pasajera de ira, mediocridad, desprecio a sí misma y un salvaje descarrilamiento de sus emociones que terminó en ella encarando a su padre, diciéndole que regresaría, que quería otra cita con Anna.
"Espero que todo se encuentre bien. Fue un placer haberte conocido; lamento por todo lo que has pasado. Ten un buen día. Anna Andersen".
Elsa releía el mensaje sin saber cómo Anna había obtenido su número, aunque supuso que tenía que ver con que ya tenía muchos de sus datos.
En la segunda cita tampoco habló mucho, pero la felicidad de Anna cuando la vio entrar de nuevo por esa puerta valió para que su corazón diera dos saltos mortales y se sintiera como una liebre en la explanada más grande del mundo. Con cada cita, se prometía que no volvería a asistir; pero lo siguió haciendo, porque se había vuelto adicta a la voz de su psicoterapeuta, a sus gestos, sus sonrisas, a cada onza de su cuerpo que parecía brillar de un color diferente con cada conjunto de ropa que llevara encima. Y para tenerla siempre atenta a ella, Elsa se había proclamado la peor persona del mundo con sus contantes monosílabos y sus desagradables palabras cada vez que Anna hacía el intento de acercarse.
No es que quisiera que Anna supiera de ella, no, no. Estaba yendo para su placer personal, porque jamás se había sentido tan atraída hacia una persona. Estaba segura que sea como sea, la joven pelirroja jamás la entendería y seguiría brindándole aquellos conceptos psicológicos que no le interesaban. Siendo sinceros, Anna solo estaba tratando de llegar a ella para curarla, cobrar su dinero y luego retirarla por la puerta más cercana. Que Elsa no estuviera aportando algo significaba que Anna no estaba haciendo bien su trabajo.
-Elsa, en verdad no puedo ayudarte si no pones algo de tu parte –Anna había metido un mechón de cabello tras su oreja derecha, mientras juntaba sus piernas. Ese día llevaba una falda negra con corte recto que dejaba ver parte de sus muslos- No entiendo por qué insisten en regresar cuando claramente no quieres estar aquí.
Elsa se puso a la defensiva enseguida, cruzando los brazos. Por supuesto, Anna no tenía idea de que la rubia tenía un flechazo por ella y, sinceramente, Elsa tampoco era muy consciente.
-Si no vengo, mis padres no dejarán de molestarme. Lo han hecho desde que puedo entender –mintió y Anna lo supo.
-Estoy muy segura que puedes brindarme algo más, Elsa. Todo lo que hemos platicado en una decena de sesiones es menos de la cuarta parte de lo que realmente ocurre aquí. Necesito que me digas qué hacer, no puedo seguir cobrándole a tu padre por varias horas que no nos llevarán a ninguna parte.
-¿Eso es lo que quieres, no? ¿Por qué debería importarte?
Anna abrió los ojos con sorpresa y se irguió en la silla.
-¿Perdón?
-Deja de pretender que realmente te interesa ayudarme, lo único que quieras es el botín y yo te lo estoy dando. A nadie le interesa saber cómo llevo mi vida, lo único que les preocupa es que no pueda encajar en sus canones de sociedad perfecta por mi maldita anormalidad; todos parecen preocuparse más por eso que por sus propias asquerosas vidas, así son todos, señorita Andersen, y realmente no espero que pueda intentar comprender lo que pienso porque usted no ha vivido ni una décima de lo que yo he tenido que pasar desde que nací.
Anna, que se había quedado sin habla, intentó darle coherencia a todo lo que su paciente le decía.
-Tus padres nunca me dijeron exactamente por qué tomarías la terapia, Elsa. Sólo hablaron de tu ansiedad. Yo no te estoy juzgando, sólo intento ayudarte en lo que sea que te esté atormentando. Y créeme que esto es lo más importante que he podido sacarte desde que vienes a las citas. No me tienes que creer nada si no quieres, pero ten en cuenta que sólo soy el autobús que te llevará a aceptarte sin pensar en la "sociedad". Si quieres creer que te uso para obtener dinero, puedes estar segura que eso no es cierto, pues si bien es mi trabajo también sé cuándo un paciente no quiere mi ayuda y entonces no es necesario que regrese. Te lo dije al inicio.
-¿Entonces por qué has enviado el mensaje? ¿Acaso no querías que regresara?
-No, no, sí. Espera, no quería forzarte a regresar, y estaba segura ya no lo harías, por eso decidí enviarte el mensaje. Quería… -Anna pareció vacilar. Suspiró y dejó su libreta de apuntes a un lado, luego miró a Elsa directamente a los ojos- Sólo quería ser tu amiga, ¿vale? Pero las reglas son que no puedo serlo si soy tu psicoterapeuta. Así que aquí estamos, y tienes todo el derecho de salir por esa puerta y creer lo que quieras de mí en este momento.
Elsa se levantó del sillón sin decir una palabra. Miró por un instante a Anna y salió de la habitación. Sentía la molestia traspasarle el pecho y el cerebro. Molestia sin sentido. ¿Por qué Anna?
Nunca había tenido amigos, nadie había querido acercársele, siempre la habían considerado extraña desde muy pequeña. Y ella había estado bien, por un tiempo, hasta que su madre empezó a llorar por las noches y su padre se desesperó porque en su colegio empezaron llamarla de mil formas, siempre haciendo énfasis a su precaria situación emocional. Entonces un día hace unos años, después de las clases de atletismo, todo empeoró. Elsa recordó todo lo que había sucedido en el trayecto a casa, mientras ignoraba las preguntas inocentes que su padre le lanzaba cada tanto. Su mente estaba en otra parte. Estaba cansada de todo, de ser la anormal, la rara, la reina de hielo, el monstruo, la muda.
Ese día, cuando se terminó de bañar y todos en la casa se habían ido a dormir, Elsa tomó su teléfono celular que sólo le servía para llamar a sus padres y para jugar mientras esperaba en las paradas de autobuses a que la fueran a recoger en el colegio o a sus citas con Anna. En su bandeja de entrada se encontró con el mensaje de la chica, lo leyó un par de veces antes de dirigirse al buscador de internet y escribir en la pantalla táctil el nombre completo de su doctora: Anna Elizabeth Andersen. La búsqueda le arrojó una centena de resultados buenos y un millar más de resultados mediocres. Al parecer su joven psicoterapeuta era popular y escribía una columna de salud en un periódico, algo que, de otra forma, Elsa jamás hubiera sabido. Encontró por ahí su biografía, y haciendo cálculos supo que Anna tenía exactamente 25 años, siete más que ella. También supo que se había graduado muy joven y que tuvo una corta carrera en obras de teatro.
No sabía por qué estaba haciendo eso, buscar información acerca de Anna. Quizá era porque así podía compensar lo que tenía planeado hacer, una forma de saber una de la otra. Aunque luego podía arrepentirse pero seguiría siendo la chica que acosó a su doctora. Sin importar el caso, su dedo pulsó la opción de imágenes y la pantalla de su celular se llenó de varias fotografías de Anna. Elsa se sorprendió al encontrar unas muy buenas y que, posiblemente, habían sido tomadas cuando la pelirroja se dedicaba al teatro. Una en particular le llamó la atención y no tenía nada que ver con Andersen en trajes de oficina o caracterizada como un personaje de la época victoriana. Era, más bien, una simple imagen de su doctora en traje de baño, posiblemente en algunas vacaciones hacia las playas soleadas de alguna ciudad menos fría que en la que vivían. Se veía muy bien, pensó Elsa en algún momento, y sin darse cuenta había contorneado cada parte del cuerpo de la joven mujer. No es que antes no lo hubiera hecho con alguna artista o algo por el estilo, pero la cosa iba más en que nunca lo había hecho cuando se trataba de una persona que realmente podía ver cualquier día de la semana. Alguien muy real.
Sin más dilación, dejó a un lado su celular y se sobó los ojos cansados. Las figuras que se formaban en el techo de su habitación, contrastando con las luces de la calle que se filtraban por la cortina de su ventana y la oscuridad, la mantuvieron distraída un momento. Pensó en Anna, en todo lo que le había dicho esa tarde y en lo grosera que se había comportado con ella cuando la mujer sólo trataba de ser amable. Pensó en Anna y en cómo se mordía el labio inferior cuando pensaba y escribía notas, pensó en Anna y en la manera que doblaba las piernas, en su sonrisa y la forma en que la miraba cuando llegaba a las citas. Pensó en Andersen y cada uno de sus movimientos, su voz que se filtraba por cada parte de ella y llenaba de susurros serenos sus pensamientos. Y por último, pensó en esa pelirroja y sintió cómo su respiración se volvió lenta y pesada.
Su corazón golpeó con fuerza en su pecho, rápido y pidiendo a gritos salir. Una corriente, como si se tratara de olas gigantes, la envolvieron y fueron descendiendo poco a poco hasta su vientre y luego más abajo. Elsa cerró los ojos y vio a Anna muy cerca de ella, enredada entre sus sábanas y buscando con una de sus manos el cuerpo de Elsa. Dejó que un suspiro saliera de ella cuando la pelirroja jugó con el dobladillo de su camisa de dormir, y el aire se perdió en alguna parte cuando esos mismos dedos siguieron avanzando y se metieron bajo la camisa ahora ignorada. Elsa se encogió por instinto, apretó el abdomen y una pequeña descarga se reveló contra ella, justo en su coronilla. Anna siguió avanzando, sintiéndose una serpiente buscando a su pequeña presa, se deslizó cerca de ella y sonrió, apretando los labios en su mentón como si disfrutara de todas sus reacciones. Elsa emitió un jadeo cuando el cuerpo de Anna cambió de posición y ahora se encontraba a horcajadas arriba de ella. Sus ojos la veían directamente a pesar de la oscuridad, a pesar de que Elsa no quería que la vieran porque sentía que todos sus esquemas estaban siendo violados sin que las palabras pudieran salir de su garganta completamente muerta.
A Anna no le importó, parecía que nunca le importaban las barreras. Elsa tenía miedo, mucho miedo recorriéndole cada poro del cuerpo; y vergüenza, vergüenza por lo que empezaba a formarse en cada rincón de sus entrañas. Una tormenta, un huracán gigante que nunca se había sentido tan vivo y con ganas de arrasar todo a su paso. Anna se acercó a ella, Elsa pudo sentir la inclinación de su delgado cuerpo y su aliento caliente golpear su rostro. Luego sintió algo húmedo recorrer el lóbulo de su oreja izquierda, antes de recibir un pequeño tirón que hizo que jadeara. La lengua de Anna avanzó sin problemas por su cuello, provocando que Elsa tuviera que buscar como un pez sin agua algo para sostenerse; pero Andersen siguió avanzando sin compasión, mordiendo y chupando cada punto sensible en su cuello y clavícula.
Su respiración se agitó, sentía mariposillas por todo el estómago. Y lo que era más difícil, todo eso había salido de la nada y la estaba excitando a un nivel que nunca creyó que podía suceder. Ni siquiera cuando respiraba hondo y empezaba a navegar por páginas pornográficas para liberar la tensión que, había dicho su doctor, era necesario desaparecer cada cierto tiempo. Pero antes todo había sido con extremo cuidado, pudor y sentimientos de pena y frustración, en cambio esto, con Anna empezando a palpar con las manos sus costillas, era completamente distinto. Elsa casi deseó que fuera real, pero tan rápido como había llegado la idea, sus ojos se habían abierto como si su alma hubiera sido amenazada y su cuerpo peleara por detenerla dentro.
Estaba pensando en Anna. Su respiración estaba agitada y sus manos aún sostenían con fuerza las sábanas. Elsa respiró varias veces, tratando de entender por qué había sucedido eso, tratando de encontrar pretextos que fueran menos mediocres que los que se había puesto la vez que decidió seguir asistiendo a las citas con la psicoterapeuta.
Se sentó en la cama, tratando de regular todo su sistema. Se quitó las sábanas de encima con un manotazo y miró hacia su regazo. Evidentemente, seguía excitada. A quién engañaba.
Negó una y luego dos veces. No quería, no podía. No debía. Se levantó de la cama, hecha una furia luego del susto principal. Encendió su computador y esperó a que cargara mientras pensaba en los errores que había cometido al dejar que Anna Andersen la impactara de tal forma. Nadie había podido. ¿Por qué ahora? ¿Por qué ella? ¿Todo era un tema sexual? Porque si era así se podía arreglar rápido y con sencillez. Tecleó en el buscador desesperada, miles de páginas pornográficas de todos los estilos aparecieron en la pantalla. Dio clic en la primera opción y se puso los auriculares, no importaba realmente, sólo quería terminar con eso ya para demostrarse así misma que la doctora no era nadie en su vida. Apenas un tema de qué hablar.
El video empezó a reproducirse, un tipo con cuerpo de trompo y casi calvó empezó a montar a una pelinegra, así y sin demora, como si le hubieran cortado a toda la escena y la hubieran llevado al punto clímax en donde la chica gritaba que le dieran más duro por detrás. Elsa estaba excitada, sí, pero esa escena provocó que frunciera el ceño y se preguntara si realmente quería verlo. Tardaba apenas unos minutos, supuso que no perdería nada pero, dando un vistazo a la página, se encontró con más opciones. Quería reír con los títulos, casi todos empezando con "zorra" o "follando en…". Dio clic de nuevo en otro video y siguió haciéndolo porque encontró que, en vez de ayudarla con su estado, sólo estaban haciendo que ocurriera lo contrario. Dándose casi por vencida y sintiéndose muy patética, abrió una nueva ventana como si se tratara de una investigación de alguna clase y dejó que cargara el video; antes de leer el título para al menos reírse un rato, la toma empezó y su pequeño y torpe corazón se hizo pequeño y luego empezó a latir de nuevo, desbalanceándose como venía haciéndolo toda esa noche. Se trataba de un video simple y de mala calidad que había empezado con una chica bastante joven mirando fijamente a la cámara y luego se había empezado a desnudar mecánicamente. Quizá nada había valido, pero Elsa dejó el video por dos sencillas razones: la chica era pelirroja y, además, tenía un increíble parecido con Anna. No lo era, claro, y quizá era su imaginación haciéndola ver alucinaciones en todas partes, pero no importó porque ahora la mujer tenía toda su atención.
Leyó el título, también simple. La chica se iba a masturbar. Elsa puso su mejor cara de estudiante ejemplar y miró con atención a la pelirroja. Parecía que se trataba de una profesora y quería enseñar el procedimiento. Cuando estaba completamente desnuda y sentada en la orilla de la cama, abrió las piernas y enseñó su sexo a la cámara. Grande fue la sorpresa de Elsa a notar la humedad en su entrada, es decir, la chica parecía un robot como para encontrarse en ese estado. Aunque ahora que lo pensaba, ella también lo parecía, no era nadie para criticar.
Obviamente, tratándose de pornografía, la cámara enfocaba más a los genitales de la chica que a su rostro, cosa que no le importó a Elsa ya que le bastaba con que se dejara ver un poco de ese cabello cobrizo. Anna, Anna, Anna. Ya no se iba. La mano de la chica descendió y empezó a tocarse el clítoris sin orden alguno, Elsa pensó en lo que sería ver a Anna hacer eso y enseguida algo en ella se encendió como un fósforo. Su mano izquierda también descendió y palpó en su entrepierna, por encima de los pantaloncillos. Estaba caliente. Y cuando la chica del video empezó a suspirar y gemir bajito, como si lo hiciera en los oídos de Elsa, su mano aumentó el ritmo y la garganta se le secó al instante. La pelirroja apretó uno de sus senos con una mano y luego siguió con los masajes mientras su otra mano se arrastraba por toda su intimidad, jugueteando con los fluidos para esparcirlos por toda su entrada. Elsa gimió, mordiéndose para no emitir sonido alguno, la chica hundió uno de sus dedos en su abertura y empezó un ritmo lento que estaba dejando sin aire a Elsa. Unió otro dedo al baile, y la rigidez robótica que había mantenido al inicio desapareció cuando sus caderas empezaron a moverse mientras se penetraba a sí misma y jadeaba.
Elsa cerró los ojos, con la imagen anterior perforándole el cerebro y lo que se sentiría estar dentro de la pelirroja, penetrándola con la misma lentitud con la que sus delgados dedos se movían. Escuchaba a la chica en los auriculares, fuerte y clara. También escuchaba el ruido húmedo que producía sus dedos golpeando cada vez con más fuerza dentro de sí misma. Elsa no lo aguantó más, metió su mano dentro de sus pantalones y tomó su miembro ahora completamente erecto y duro.
Una de las chicas que siempre la molestaba, Denisse, se había acercado a ella después de su clase de deportes y luego la empujó hacia los casilleros de los vestidores. Al menos cuatro de sus compañeras más enormes la rodeaban y se reían del gesto de dolor y miedo en su rostro, como si en verdad les divirtiera. Hasta ese día nadie la había atacado, se limitaban a burlarla y esconderle sus cosas. Elsa supo que iba a pasar algo muy malo cuando Denisse la tomó del cuello de la blusa y, con una risotada, dijo algo como "veamos por qué la reina de hielo nunca se desnuda frente a nosotras". "Quizá tiene un tercer pezón", había dicho Giselle, "o una enorme cicatriz que cubre tres partes de su cuerpo" había optado otra. "¡Tatuajes! Seguro que ni sus padres lo saben", sugirió la última.
No era nada de eso. Denisse lo comprobó cuando casi rompió su blusa de deportes y sólo encontró su pálida piel frente a ella, sin rastros de imperfecciones o tatuajes. Elsa, a pesar de estar en etapa de desarrollo, lucía como una chica común y corriente sin demasiados atributos pero tampoco con una seria escases de ellos. Denisse no estaba conforme, ella quería ver que Elsa Arendelle era una basura, y así no encontrara nada ese día, iba a dañarla porque, a esa edad, era lo único divertido en el colegio. Las chicas también supieron que algo era anormal cuando Elsa empezó a forcejear con su compañera que le llevaba más de una cabeza, dos se hicieron hacia atrás ante la incomodidad de ver a la rubia siendo despojada de su ropa mientras gritaba y las lágrimas empezaban a salir a borbotones de sus ojos. Elsa sentía que el mundo se le venía abajo, nunca había sido violada de esa manera, a tal punto de querer que el mundo se destruyera en ese momento. Toda su intimidad, su secreto escondido por años, estaba siendo despojado de la manera más denigrante que podría haber existido. Se sentía mediocre y débil, y el llanto que siempre había escondido bajo una seriedad impenetrable ahora había sido descubierto. Su dignidad estaba siendo masacrada. Denisse no se iba a detener en ese punto. Todas lo sabían. No bastaba sólo la playera, así que empezó a halar los pantalones de algodón de Elsa mientras esta le propinaba manotazos. Se requirió exactamente tres personas para que al fin pudieran bajarle el pantalón, aún sin lograr sacárselos. Y entonces todo paró. El tiempo se había congelado, incluso los gritos de Elsa.
"Es un monstruo", había dicho Denisse con los ojos desorbitados. "¡Voy a vomitar!" dijo la que la sostenía de los hombros y enseguida se apartó como si la piel de Elsa tuviera un ácido muy corrosivo. La tercera, que había querido que tuviera tatuajes en vez de "aquello", soltó una risita nerviosa y miró a las compañeras que habían decidido no participar. "¿Ella es un chico?", dijo con confusión.
Nadie supo qué contestar.
-Mamá, ¿puedes darme mi historial clínico? –Elsa le preguntó a su madre una noche, dos semanas después de la última vez que vio a Anna.
-C-claro –respondió sorprendida su madre-, perdona la pregunta, ¿para qué es?
Elsa comenzó a alejarse de ella para ir a esconderse de nuevo a su habitación y hundirse en su vergüenza. Aún se sentía culpable por sus pensamientos acerca de Anna.
-Voy a dárselo a la doctora Andersen.
Contestó con simplicidad. Pero la verdad era que nadie había leído todo ese aburrido expediente de hojas y hojas antes y ahora se estaba muriendo de miedo ante la reacción de la psicoterapeuta. Elsa iba a entregar su secreto como se debía por primera vez. Ella iba a ir de nuevo a su cita y ahora terminaría la terapia.
Tengo una pregunta que quizá debí considerar en un inicio. ¿Prefieren que el formato de mis historias esté tal y como está o prefieren que los publique por separado para que no haya tanto enredo? Háganme saber.
Pregunta dos, ¿quieren que publique una nueva historia o que continúe una de las ya existentes?
Como siempre, sus críticas son apreciadas.
