¡Y como todos lo pidieron (o muchos)! Aquí está la segunda parte de "El elevador". La verdad es que quería publicar una historia nueva, pero luego de la relectura me di cuenta que cuando lo escribí no andaba en mis cinco sentidos, así que espero que disfruten de esta parte de la historia que ya conocen. Probablemente la última de esta Red.
Esto será esponjoso amor y Elsanna en todo su esplendor. Y sexo, sobre todo sexo (naaa, no hay tanto). Están advertidos. Aviso que tuve que hacer una vergonzosa excursión al sexo lésbico. Lo siento, I tried, pero estas cosas siempre son complicadas y he fracasado. Por cierto, ¡no puedo quitarme de la cabeza a Elizabeth Lail! Ya saben de dónde salió la inspiración, pero no le digan, seguramente me caería una demanda.
Gracias por todos sus cometarios, a los que no leían este tipo de historias, lamento pervertirlos, es por su bien jaja. No les digan a sus padres.
Gracias por los MP también.
N/A: Frozen sigue sin pertenecerme, si fuera mío, ya saben lo que ocurriría. Disney probablemente trataría de desaparecerme o sería quemado en la hoguera.
Red °1
Parte II
El elevador
Las siguientes semanas, Anna evitó olímpicamente a Elsa. Se la había pasado de la universidad a su departamento y viceversa, sin atreverse a salir más de lo necesario. Algo que era, por mucho, muy raro en ella. Era una chica que no podía quedarse encerrada por mucho rato, y era exactamente lo que estaba haciendo para no encontrarse con una realidad que la estaba acosando el último mes. Después de lo ocurrido en el elevador –que era algo que quería olvidar- primero se había sentido sorprendida consigo misma al saberse vulnerable a caer fácilmente en un pasajero amorío, luego enfada, porque no había tomado las medidas necesarias y suficientes; porque, en serio, había tenido sexo en un elevador, con una casi desconocida y, por demás, ¡había dejado que Elsa se viniera en ella! ¡Dentro! Lo cual le estaba sonando muy horrible cada vez que lo recordaba, a pesar de que la rubia había jurado que no podía dejarla embarazada. Era cosa de su moral y orgullo, que había decaído un mil por ciento por culpa de la insufrible Winter. ¿Podía sentirse al menos usada? ¿Arrojarle toda la culpa a Elsa? ¿Era correcto sentirse violada y ultrajada? Quizás así se empezaría a sentir menos mediocre, descuidada, torpe e insensata. Vamos, ella tenía mucha culpa pero no lo aceptaría, no por el momento. Era mejor sentirse el rehén.
Luego estaba esa frustración que emergía cerca de su estómago y salía disparada hacia su garganta en un gruñido, porque mientras ella se comía las uñas sobre un evento que habría quedado en el olvido para cualquier persona, ella estaba rompiéndose la cabeza tratando de ordenar sus escasas ideas acerca de lo que ocurría con ella y esas cosas extrañas que hacían ebullición en su cabeza, pecho y en un lugar muy profundo, parecido al alma que era inexistente y borrosa: sentimientos. Tenía sentimientos, no es que fuera una insensible, no, no, todo lo contrario, el problema es que tenía demasiados. Todos juntos e incendiarios; explotaban a la primera oportunidad. Tenía toda una vasta ración de sentimientos arremolinados, de distintos tipos y colores que se iban propagando por cada fibra de su ser y se configuraban en una sola persona. La persona que venía ignorando desde hace un mes. La persona que seguía odiando. Porque lo seguía haciendo, ¿no?
Tal vez no.
Fue un viernes, luego de haberse quedado sin raciones de comida basura y tener que ir al supermercado a llenarse de productos para una semana, cuando pasó lo que venía retrasando muy conscientemente. El elevador se había averiado de nuevo, pero ahora colgaba un lindo cartel rosa para que nadie volviera a pasar lo que ellas. Anna tuvo que subir las escaleras con todas sus compras lo cual, de por sí, ya era un dolor en el culo. Entonces cuando rondaba el piso tres y aún faltaban cuatro más para poder morir en paz, supo que alguien venía bajando, así que antes de que pudiera dar media vuelta y correr en una huida rápida y eficaz –haciendo alarde de su pateticidad-, Elsa Winter se encontró de frente a ella, apenas tres escalones más arriba. Ambas se quedaron completamente estáticas, muy probablemente pensando en que debieron prepararse más para ese encuentro. Quizás un ensayo frente al espejo hubiera servido para que sus lenguas no se quedaran completamente rígidas o sus gargantas no se sintieran secas; pero ahí, mirándose a los ojos como si hubieran visto a su futuro corriendo muy lejos de ellas, ninguna supo cómo reaccionar. Ni siquiera sabían si debían decir "hola y adiós". ¿Alguien había escrito un manual acerca de cómo comportarse en una situación parecida?
Como siempre, fue Elsa quien rompió el silencio.
-Hola.
Anna se removió en su lugar y parpadeó, empezando a sentir que los brazos se le dormían gracias al peso de toda la compra que sostenía.
-¿Ho-hola a mí? ¡Oh! Hola –dijo rápidamente, sintiendo cómo sus mejillas iban tornándose de un calor peculiar. La molestia, el miedo, la frustración y todos los malos sentimientos empezaron a evaporarse con sólo ver los azules ojos que la observaban como si una extraña felicidad surcara el pequeño estrechamiento en ellos.
Una de las bolsas de papel en donde guardaba unas latas amenazó con romperse, lo cual terminó con ella haciendo malabares para evitar que los productos se vinieran abajo y recorrieran tres pisos de distancia. Elsa casi saltó los tres escalones que las separaban y se apresuró a llegar a ella para ayudarla a sostener la bolsa. Su mano fría rozó la de Anna y ésta tuvo que tragarse un gruñido que había salido de la nada, de pronto siendo consciente que debería odiarla y no mirarla como si se tratara del ente más bello sobre la faz de la tierra.
-Puedo sola –encaró, ante el contacto que empezaba a quemarle.
-Estas cargando tres bolsas, Anna. Déjame ayudarte.
-¿Qué? ¿Ahora vas a ser el príncipe de la brillante armadura? –se soltó del agarre de Elsa y empezó a subir las escaleras.
-Sólo quiero… -Elsa se llevó la mano a la cara y se frotó las sienes con fuerza- ¿Quieres olvidarlo?
Anna paró enseguida, con los ojos abriéndose en toda su extensión. Oh, no, Elsa Winter no iba a hablar de eso en medio de una escalera, después de cuatro semanas tratando de olvidar los traumas. No, definitivamente no estaría hablando con ella, ni de eso ni de nada.
-¡No se te ocurra!
-¿Por qué? ¿Podemos empezar de nuevo?
-¿Empezar? De qué carajo hablas, Elsa, nosotras nunca empezamos, ¿entendiste? ¿Y sabes qué es lo mejor? No será necesario. Jamás.
Anna la miró con los ojos inyectados en furia y una de las latas escapó por la abertura que se había hecho bajo la bolsa de papel. Elsa atrapó la lata con su pie cuando fue rodando hasta ella. Suspiró cansada e hizo una flexión para recoger el producto de Anna: eran piñas enlatadas.
-Mira, estas semanas…
-No…
-Déjame hablar, ¿quieres? No me interesa tu odio hacia mí, sólo quiero estar en paz sin que tengamos que asesinarnos cada vez que nos encontremos. Porque va a ocurrir, Anna, siempre. Y vas a tener que soportarme por dos años más en la universidad, y ve tú a saber cuántos años más en este lugar, así que acostúmbrate.
La mandíbula de Anna se tensó. Era ahora o nunca. Iban a aclarar esa mierda de situación y cada quien iría a su casa, se olvidarían del asunto y vivirían felices por un rato.
-Habla –dijo, aún estaba a la defensiva- tienes un minuto.
-Vaya, gracias, su alteza –Anna miró mordazmente a Elsa por su cometario pero no dijo nada-. Escucha, siento lo de tu cachorro, ¿está bien? Hice una estupidez muy grande, pero juro que no me di cuenta. He tenido problemas de la vista toda mi vida pero nunca me había sentido más culpable de conducir sin gafas hasta ese día. Desde entonces las uso cada vez que me subo al auto. Olaf me enseñó una lección. También me disculpo por comportarme como una maldita cuando intentábamos razonar lo del veterinario. Esa vez tenía muchas expectativas, Anna. Quería llevar a mi madre la sinfónica por su cumpleaños, pero no pude hacerlo y era por eso que… -Elsa volvió a suspirar- era por eso que me puse mal. Quería hacer algo bien después de ser una mediocre hija, pero sólo empeoré las cosas.
Anna desvió la mirada y arrugó la nariz, analizando lo que Elsa le decía. El enfado que tenía estaba convirtiéndose en una empatía poderosa que no quería aceptar.
-Fue mi culpa –Elsa continuó-. Admito mi culpa. Cuando saliste esa vez después de lo ocurrido, estaba tan asustada que sólo quería disculparme cientos de veces, pero luego empezaste a gritar y… Sentí que había asesinado a alguien. Anna… -Elsa rió- Estuviste a punto de romperme la nariz, obviamente me iba a defender al menos poniéndome a la defensiva.
Anna balbuceó algo inentendible y luego negó con la cabeza. Se aclaró la garganta y miró a los ojos a Elsa.
-Yo… Mi padre me regaló a Olaf unas semanas antes de que falleciera. El cachorro era un recuerdo constante de él.
Elsa abrió la boca y miró anonadada a la pelirroja. Se sintió horriblemente culpable, aún más.
-Oh… Anna, lo siento tanto. No sabía, yo… dios, dios, hice que Olaf se fuera. ¡Soy una persona terrible!
Anna se mostró sorprendida ante el tono de Elsa.
-No pasa nada, creo. Está con mi madre. Lo puedo ver cada vez que quiera. Normalmente es cada semana. Su patita ha sanado completamente.
-Tienes todo el derecho a odiarme, lo siento tanto. Yo no…
Ambas sonrieron de medio lado, pero con el ceño un tanto decaído. Había un silencio profundo, pero por primera vez, no era ese incómodo y agrio que se instauraba en ellas cada vez que estaban una al lado de la otra. Anna casi podía ver la neblina de malos entendidos disipándose, y no sabía si eso le debía o no preocupar.
-Supongo que es bueno aclarar las cosas. También lamento arruinado el cumpleaños de tu madre.
-Hemos hecho un día de campo y le he cocinado la cena. Y creo que le ha gustado más que tener que acompañarme.
Se quedaron un momento más ahí, sólo mirándose. Luego, con un flechazo de realidad, Anna volvió a borrarse la cara de idiota que tenía y se puso una fachada seria, subiendo un escalón para no estar tan cerca de la rubia. Recordó el verdadero problema ahí, pero Elsa no había hablado de nada de lo que había ocurrido en el elevador. Era como si deliberadamente lo estuviera ignorando y no estaba segura de cómo sentirse al respecto.
-Para que quede claro, sigo odiándote –dijo; y para su sorpresa, Elsa no borró esa sonrisita de su rostro.
-Puedo vivir con eso, supongo. Esto es tuyo –le extendió la lata de piñas en almíbar e inclinó la cabeza en una pequeña reverencia-. Nos vemos, Andersen.
Anna se había quedado sosteniendo la lata y mirando como Elsa bajaba las escaleras. Una sensación de ansiedad empezó a rondar su cuerpo.
-¡Elsa, espera! –gritó, mucho antes de que su cerebro estuviera pensando coherentemente-. Puedes… ¿Puedes ayudarme a llevar esto? –preguntó en un tono agudo, refiriéndose a las bolsas que peligraban en sus brazos- No llegarán a salvo a este paso.
Y era verdad, aún faltaban varios pisos y una de las bolsas ya estaba rota. Elsa, que había vuelto la espalda para mirarla, abrió la boca un poco sorprendida ante su pregunta, pero sólo asintió un par de veces antes de volver a subir los escalones y apresurar las manos para ayudar a Anna con su carga. Su pecho se infló un poco al sentirse capaz de ayudar a Andersen. Era algo que no se podía ver todos los días, quizás, en algún punto del día, se había quedado dormida y esto era sólo un sueño. De cualquier forma, ¿no tenía que llegar a una entrevista de trabajo? Bueno, sueño o no, dejó botada la entrevista y sonrió de forma eficiente cuando las manos de Anna rozaron con las de ella justo en el momento que se pasaban los artículos.
-No… No interrumpo nada, ¿o sí? Estabas bajando, recuérdame darte propina por esto –Anna anunció, un poco avergonzada cuando empezaron a subir.
-Nada importante. La propina empieza a ser efectiva en el octavo piso, estás en el siete así que estás libre de compromiso, pero puedes invitarme a una taza de chocolate caliente y me sentiré muy compensada.
Anna arrugó el ceño. ¿Elsa Winter estaba flirteando con ella? Y borrando todo aquello de la pizarra, ¿qué carajo estaba haciendo ella exactamente? Todo lo que pasara, sería totalmente su culpa, después de todo, ¿quién en su sano juicio metía a su archirrival de toda la vida en su habitación? ¡Podía esperar una estocada por la espalda! A veces lograba ser tan idiota.
Después de creer haberse quedado sin pulmones, al fin llegaron al séptimo piso. Anna inhalaba y exhalaba como si hubiera corrido una maratón, Elsa, por el contrario, parecía estar normal, a excepción de la capa fina de sudor que se había formado en su frente. Anna gruñó ante esto, ¿siempre tenía que parecer perfecta incluso en esos casos en los que ella no podía guardar ni un poco de compostura femenina? A veces creía que la naturaleza había hecho maravillas con el cuerpo de Elsa, y sólo había jugado sólo una mala pasada con una parte de su anatomía, pero luego recordaba lo que era capaz de hacer y las ideas se le borraban y su rostro se teñía del mismo color que su cabello. Era injusto. Todo era injusto.
Caminaron hasta el departamento de Andersen, quien abrió la puerta con rapidez y casi estuvo a punto de arrebatarle las cosas a Elsa, antes de recordar que le debía una taza de chocolate caliente a pesar de que ya no tenían frío gracias al ejercicio. ¿Quizás lo quería en otro momento? ¿Pero acaso se iba a permitir otro momento? Tener más momentos de debilidad la iban a llevar a la locura.
Elsa dio un paso al centro del departamento y miró a su alrededor. Todo lucía como Anna. Las pinturas colgando en las paredes pintadas de rosa con detalles verdes, el sofá con la mesita de café llena de revistas de modas y… ¿motocicletas? Bueno, siempre podía encontrar algo nuevo. También había una televisión y videojuegos. Era acogedor y cálido. Sobre todo cuando se percató de que la pequeña cocina empezaba a llenarse de olores que hacían que sus papilas gustativas se encendieran con alegría.
-Así… Espero que el chocolate no te dé un exceso de calor. Hemos subido un millón de escaleras –Anna habló desde la cocina, Elsa vio cómo se movía de aquí para ahí, buscando algo entre las alacenas-. Por cierto, no hay problema si dejas las compras en la mesa.
Elsa miró entre sus manos y se dio cuenta que seguía sosteniendo todo. Caminó hacia Anna, que realmente no estaba muy lejos de ella, y dejó las compras en la mesa de la cocina.
-El clima está frío afuera. En un rato empezará a enfriar.
Anna siguió en lo suyo, ignorándola por completo. Y Elsa suspiró un poco cansada, ya no sabía qué hacer para agradarle. Quizás jamás lograría tener un poco de su atención, buena atención y no sólo las ganas de discutir en todo momento. Había estado tratando de no hablar acerca de todo lo que había ocurrido en su acalorado encuentro hace semanas, porque sabía que podía ser un tema demasiado sensible para su compañera, pero cada vez que lo pensaba, Elsa se sentía menos fuerte pues su garganta quería gritar y su cerebro pedía aclaraciones. "Sólo sexo", había dicho Anna. ¿Por qué no le bastaba con eso a ella? ¿Era posible que todo lo anterior hubiera servido simplemente para que la pelirroja la odiara más? Pero era imposible, pues en todos esos años Anna jamás la había invitado a algo que no fuera a salir de su vista. Ninguna había demostrado nada. Se odiaban. O eso creía hasta hace unos días. Y si bien Elsa había aplacado bastante bien sus sentimientos el último par de años gracias a que ambas se ignoraban, ahora que todo había chocado a la misma velocidad que un avión, ¿qué podía hacer? ¿Qué podía hacer cuando todas las noches se despertaba temblando con la sensación de las manos de Anna Andersen recorriéndole todo el cuerpo? ¿Qué podía hacer cuando empezaba a buscar en la universidad todas esas sonrisas que nunca le había dedicado a ella? ¿Qué podía hacer cuando la veía entre tanta gente y la chica veía a todos pero jamás se detenía en ella?
¿Era posible sentirse patéticamente enamorada de alguien que la odiaba? Porque eso era, estaba totalmente colada por esa pelirroja y no había nada en ese mundo que pudiera borrar esos torpes sentimientos que empezaban a ser demasiado notorios. Era tan ridículo, que si Anna lo había notado ya, lo sabría en lo consiguiente porque Elsa no pensaba dar un paso atrás, así le costara ser arrojada por el séptimo piso hacia una muerte rápida y, posiblemente, con mucho dolor.
-Toma –Anna le extendió la taza de chocolate y se llevó la suya a los labios.
-Gracias –dijo en un susurro, saliendo de sus líos mentales. Probó el líquido caliente y sus ojos se abrieron un poco. Era la cosa más deliciosa que había bebido-. Creo que estoy probando el cielo –dijo con una risita.
Anna se sonrojó, pero escondió sus mejillas llevándose de nuevo la taza a la boca.
-Soy una experta en hacer chocolate –dijo después de un rato, para luego dejar su espalda reposar en el lavamanos-. Lastimosamente creo que es lo único que sé hacer bien.
-¿Mala cocinera?
-La peor.
-Me encanta cocinar, puedo cocinarte pasta si… -Elsa cerró la boca- Uhm… claro, si quieres. Era sólo una tonta invitación.
Anna dejó su taza al lado de ella y su boca se convirtió en una línea recta. Elsa vio cada uno de sus movimientos y se preparó para lo que seguía. De pronto, estar parada no era la mejor opción ahora que sus rodillas empezaban a fallarle, no es como si tuviera otra opción, Anna nunca la había invitado a sentarse. Seguía siendo una intrusa, después de todo.
-¿Por qué?
-¿Por qué? –inquirió, no estaba segura a que se refería Anna.
-¿Por qué haces esto?
-No sé de qué hablas.
Anna suspiró y se llevó las manos a la cabeza, intentando guardar un poco de paciencia.
-¿Por qué me ayudas a subir las compras? ¿Por qué me pides chocolate? ¿Por qué quieres invitarme a comer? ¿Por qué…?
También dejó su taza, en la mesa. Anna estaba frente a ella con esos ojos que la derretían y con un claro síntoma de querer explicaciones, ¿acaso no era ella la que también las deseaba? ¿Por qué tenían que complicarse todo?
-Me pediste que te ayudara a subir las compras, Anna. No te negaste a invitarme y yo creí… creí que sería bueno invitarte a comer. Era algo casual.
-Deja de creer –Anna dijo malhumorada-. No quiero que creas nada, ¿entiendes? No puedes simplemente desaparecer cuatro semanas y después tratarme de ese modo. No lo acepto, Elsa. No quiero aceptar nada tuyo y juro que tú debes estar en esta misma posición porque…
-No desaparecí esas cuatro semanas… -Elsa se defendió, elevando un poco su tono de voz. ¡Era verdad!-. Me ignoraste todo este tiempo, Anna. Cada vez que corría hacia ti, tú sólo te esfumabas. Quería verte, dios, tenía tantas ganas de verte que la mitad de nuestros amigos creyeron que tenía una enfermedad mortal y ahora quería redimir mis culpas contigo.
Anna, que se había estado acercando a ella, levantó un dedo acusatorio y cerró los ojos.
-¡Estaba cabreada! Porque eres horrible. Y haces que me vuelva en esta difusa masa de emociones que se pelean una con otra.
-¿Y crees que soy un monstruo sin sentimientos, Anna? Desde que llegué a este edificio supe de ti, pero tu maldito perro se cruzó en nuestros caminos y terminamos odiándonos ridículamente, simplemente porque nadie quería aceptar que las dos somos unas idiotas ciegas que…
-¡Basta! No hagas que te odie más, Elsa Winter. Tengo muchas razones para hacerlo y no pienso…
-¿Me odias en serio?
Anna dio un paso hacia atrás, pero Elsa la sostuvo del brazo y sus rostros estuvieron tan cerca que sus narices casi chocaban.
-Te detesto.
-Bien, pero tus acciones me confunden, y me confunden tanto que también hacen que me odie a mí misma porque me es imposible negar un momento más lo que siento por ti.
-Elsa…
-Tres años… -Elsa levantó la mano que tenía libre y acarició su mejilla, una sonrisita se escapó de sus labios-. Simplemente ignorando todo porque era demasiado vergonzoso que los demás se dieran cuenta que estaba ridículamente enamo…
-¡No lo digas! –chilló ahora Anna, sintiendo un escalofrío cuando los dedos de Elsa se deslizaron por su cuello y su aliento chocó contra sus labios.
-¿Por qué? ¿Por qué sigues negándolo después de todo lo que ha pasado?
Anna, por un momento cohibida, cerró los ojos y le llevó toda su fuerza de voluntad arrastrar los brazos hacia arriba para apartarla de un solo empujón. Sus dientes casi castañearon en la espera de lo que diría.
-¿Por qué debería confiar en ti? ¡Por qué debería creerte! ¿Crees que simplemente correré hacia tus brazos cuando nuestro único encuentro cercano era para tener sexo? ¡Por favor, no soy una niña Elsa! Estuve un mes en ascuas porque creí que de un momento a otro esa horrible marca en la prueba de embarazo daría positivo y entonces mi mundo se volvería de cabeza porque, del alguna u otra forma, ibas a estar en él! Y huyo de eso, exactamente. Porque no aguanto ese horrible sentimiento que crece por todas partes y me hace sentir que sólo quiero volar y… No quiero pensar en ti, no quiero quererte ni de asomo. Estoy tan cansada de caer y confundirme tantas veces. Y eres tan confusa, casi aleatoria.
Elsa, que se había cruzado de brazos como una forma de autoprotección cuando creyó que Anna explotaría en cualquier momento, abrió la boca un par de veces ante la confesión. ¿Anna creyó que quedaría embarazada? Pero si la había tranquilizado diciéndole… Y luego había dejado cuando… ¡Y Anna decía que era ella la confusa y aleatoria!
-¿Desapareciste un mes porque creíste que, de alguna forma, ibas a tener un hijo mío? –Era de lo más hilarante.
Anna enrojeció profundamente.
-Sí, bueno, ¡eso esperas cuando tienes un pene sin protección dentro de ti!
Elsa abrió la boca ante las palabras sin vergüenza de Anna. La chica estaba furiosa. No lo pudo aguantar, rompió en una risa histérica, algo que a Anna no le pareció ni en lo más mínimo.
-¡Eres insoportable! –rugió Andersen, empezándola a empujar para que saliera de su cocina.
-¡Hey, Anna, lo siento, lo siento! –Trató de calmarse-. Cielos, ¡es tu culpa! ¡Eres tan bocazas a veces! ¡Anna! Por favor, perdón, es sólo que era hilarante.
-¡Hilarante mis narices!
-Pero te dije que eso era imposible –Elsa la tomó de los hombros y respiró, tratando de que Anna la imitara en su renovada tranquilidad-. Me han hecho muchos estudios, ¿ya? Al igual que… Muchos. Demasiados. Anna, ¿en serio crees que quería aprovecharme de ti ese día? Yo no iba a seguir, fuiste tú la que…
-¡Calla!
-Pero… Agh, como sea. A lo que voy… ¿En serio desapareciste por eso? –Anna iba a hablar pero Elsa negó, robándole la palabra-. Y una última cosa y luego, lo juro, te dejaré en paz y desapareceré de tu vista por siempre si esa es tu decisión... ¿Fue sólo sexo para ti? ¿Nada más? ¿Fui la única que sintió más que eso? ¿La única que ha pensado mil veces en ti?
Anna sólo quería salir disparada de ahí. ¿En serio tenía que responder algo como eso? Ya había quedado lo suficientemente en ridículo esos últimos minutos como para que Elsa siguiera torturándola de esa forma. Luego miró a los ojos de la chica y no supo qué decir, eran dos fuerzas muy poderosas chocando entre sí y, cualquier parte que ganara, traería consecuencias a la otra. Así que, ¿quién debería ganar? ¿Había sido sólo sexo para ella? Bueno, esas habían sido sus palabras textuales en el calor del momento; ¿pero era algo que realmente pensaba?
Iba a ser sincera. ¿Era lo menos que Elsa merecía, no? Se había casi declarado. Parecía tener muy claros sus sentimientos, que ahora que los podía analizar con más tranquilidad, la estaban asustando y emocionando a límites extremos. Todo había sucedido muy rápido, o quizá era algo que tenía que pasar después de tanto tiempo en espera. La siguiente vez que habló, su tono no sonó como el que Elsa conocía, ese tono agresivo y hosco que solía usar sólo con la rubia. Esta vez había sonado como Anna, la verdadera chica que se escondía tras ese muro de contención y que brillaba con el mundo, menos con Elsa Winter.
Elsa no pudo sentirse más enamorada.
-No quiero dañarte –dijo, bajando la cabeza. Elsa aún la sostenía de los hombros pero su agarre se había reducido hasta casi parecer un roce-. Ese día había bebido demasiado para mis estándares.
-Oh…
-No voy a negar que… Sentí cierta atracción hacia ti. Eres hermosa –en otro momento, Elsa se habría sonrojado, pero justo ahora sentía que su corazón se encogía y que en unos segundos tenía que empezar a recoger los pedazos rotos de su corazón-. Siempre me lo pareciste, y despedías este aire casi perfecto… Que me resultaba como un gran dolor en el trasero –Anna rió, levantando la cabeza para mirar a Elsa directamente a los ojos.
-Pero no sientes nada… -terminó la rubia.
-En verdad, yo no sé qué decir, me has dicho sólo cosas lindas hace un momento pero siento que es... Es como un raro sueño. Yo, nosotras, las reglas decían que teníamos que seguir odiándonos hasta el final de nuestros días, hasta llegar a ser unas ancianas que ya no recordaban el motivo del enfado. Y ahora estamos aquí diciéndonos cosas que en otro lugar y momento nos hubiera parecido un chiste muy malo. Lo siento, Elsa.
Anna lanzó su última estacada. Elsa dejó caer los brazos a los lados. Había perdido, ¿no? Bueno, realmente nunca había sido una ganadora.
-V-vale –dio un paso hacia atrás, escondiendo su rostro-. …Entiendo, no puedo forzarte a nada. Yo no sé lo que creí. Entonces… Supongo que es mejor que me vaya- dio media vuelta, la presión en su pecho se hacía constante. No eran esas ganas de llorar, ¿o sí? Porque sería el colmo. Nunca se había sentido así-. Yo… gracias por el chocolate. Gracias por… Por las aclaraciones. Las necesitaba para estar en paz.
Caminó hacia la puerta, sentía la mirada de Anna encima de ella. Iba a salir y olvidar a la pelirroja. Seguirían ignorándose el resto de sus vidas y fingirían que aquello jamás pasó. Ya no podían odiarse, pero el destino sólo era curioso y al parecer jamás quiso unirlas realmente.
-Elsa, aún no he terminado de hablar.
Anna seguía manteniendo ese tono de voz melodioso que a Elsa le encantaba, así que dio media vuelta sobre sus talones y la enfrentó con las pocas energías emocionales que le quedaban. Estaba rogando para que su semblante se viera firme aún. Anna le dedicó media sonrisa a la lejanía, con la cabeza un poco inclinada hacia la derecha como si de esa manera pudiera alcanzar un mejor ángulo de ella. Lo siguiente que supo, fue que la pelirroja se había acercado tan rápido, que su cuerpo se tambaleó cuando sus brazos la envolvieron y los labios de Anna estuvieron cerca de su oreja.
-Nunca dije que no siento nada –dijo en un susurro-. Pero odiaba sentir ese algo, así que por eso he huido como una vil cobarde esas cuatro semanas.
El pecho de Elsa empezó a latir. Sus brazos, aún a los lados, casi revolotearon tratándose de aferrar a la cintura de Anna.
-¿Qué quieres decir?
-Que no fue sólo sexo; pero podemos arreglar las cosas con un poco de eso –bromeó en serio Anna-. Siempre que quieras, claro.
Se despegó de ella y le lanzó una sonrisa que derritió a Elsa en su sitio e hizo que sus mejillas recuperaran su color.
-Oh… Eso es… ¿Es otra invitación?
-Al menos que quieras pasar a una cita convencional, luego el zoológico, quizá tres tazas de chocolate más, el cine y luego, algo más cómodo que un elevador y la oscuridad total.
-¿Me estás invitando a salir?
-Pensé que tú lo hiciste conmigo hace rato –volvió a abrazarla, esta vez dándole un beso en la mejilla. Elsa se preguntó qué había pasado con la Anna que la quería asesinar hace un momento.
-Esto me confunde. No vamos a llegar a ninguna parte así.
-Podemos llegar a mi habitación ahora mismo y luego pensar en los informes y características de nuestra relación –Y ésta ya no era tan adorable, no cuando sus labios se movían con esa rapidez centelleante y ahora mordían el lóbulo de su oreja.
-¿Es políticamente correcto? -Elsa dejó escapar un jadeo.
-Lo nuestro es más que político.
-¿Y luego prometes aceptar mi pasta italiana?
-Y maratón de películas.
-Y chocolate.
-Y chocolate.
Aceptaron, por fin de acuerdo en algo.
Anna sonrió grandemente, sintiendo que no había vuelta atrás y, de cualquier forma, ¿quién quería un pasado cuando el futuro se hacía notablemente tentador? Tomó de las manos a Elsa y la llevó a su habitación que, literalmente, se encontraba muy cerca. A un paso. La puerta se cerró tras ellas y lo único que supo después fue que Elsa la estaba besando despacio, casi como si no estuviera segura de lo que ocurría. O como si aún temiera a la incertidumbre. De cualquier forma, Anna tuvo que suspirar mentalmente y llevar los pantalones en esa relación, al parecer Elsa no era del tipo "sólo hazlo" cuando las cosas empezaban a calentarse. Para su tranquilidad, ella sí. Elsa aún tenía que coger confianza. Aprovechó que la rubia se separó un momento para caminar a su cama y dejarse caer.
-¿Voy a tener que ir por ti? –Anna dijo al techo. Elsa parpadeó y negó, el sonrojo no desaparecía de sus mejillas.
-Sólo… Estoy un poco oxidada.
-¿Oxidada? –Anna rió, no le había parecido que la rubia estuviera nada oxidada.
-Yo… Creo que no es momento para hablar de mi fracaso en el amor –Elsa sonrió con vergüenza.
Anna se sostuvo con los codos y levantó la cabeza para verla desde su posición. La chica seguía de pie, a unos dos metros de ella. Había algo que no cuajaba en ese momento.
-Podemos… ¿Quieres…? Tal vez debamos empezar de otra forma –intentó tranquilizarla.
-¿Qué? ¡N-no! Es decir… Yo de verdad quiero hacer esto, Anna; pero quiero que sepas que no estoy aquí simplemente porque me quiero acostar contigo y...
-Lo sé.
-… Porque… Espera, ¿lo sabes?
-Me lo dejaste muy claro. Fui yo la que inició esto. Creo que he sido yo la que siempre inicia esto, pero no tienes que seguirme siempre, Elsa. Puedo esperar, podemos esperar.
-Pero quiero seguirte… Siempre.
Anna la miró. Elsa le devolvió el gesto. Las dos se ahogaban en un vaso con agua. La pelirroja bajó la mirada. ¿Por qué no podía decir cosas lindas como Elsa? ¿Era tanta la costumbre de hablarla con ironía y odio?
-Tal vez debas irte.
El rostro de Elsa cambió drásticamente, el dolor se cristalizó en sus ojos. ¿Se había perdido de algo?
-Sólo… ¿sólo eso? ¿Quieres que me vaya y ya?
-No, no quiero que te vayas. Dije que tal vez tengas que hacerlo. Son demasiadas emociones por hoy.
-Si no quieres que me vaya no me iré. No quiero irme. ¡He estado corriendo tras de ti! Tan sólo quería que supieras que, independientemente de lo que ocurra o no, te quiero. Y sé que no sientes lo mismo, que quizá sólo te atraigo físicamente aunque, de verdad, no sé por qué, he estado toda mi vida escondiéndome porque soy una especie de fenómeno. Pero quiero quedarme, contigo. Aquí.
Elsa dio los pasos que hacían falta y, al contrario de lo que esperaba Anna, no se acostó a su lado, sino que se posicionó ahorcajadas de ella, aún con la vista fija en sus ojos. Anna sintió que la garganta se le secaba y un remolino de calor se enredaba en todo su vientre, ¿era posible que una persona la excitara tanto con una simple acción? Elsa ahuecó sus mejillas y acarició con lentitud desde sus pómulos hasta sus labios; había una sonrisa que se formaba en la rubia y Anna no podía sentirse más embelesada con la imagen. Los ojos de Elsa siempre le habían parecido los más brillantes y azules, siempre en constante cambio, pequeños remolinos de tormenta.
-Eres hermosa… -Elsa dijo-, perdona, siempre quise decírtelo, pero siempre parecías querer comerme con los ojos, no en el sentido bueno, pero de igual forma, nunca me molestó.
Anna se mordió el labio inferior y su ceño se relajó. Bueno, Elsa podía llegar a ser demasiado adorable para su propio bien.
-¿Tenías que escoger esta posición para decírmelo?
Elsa se acercó a ella e hizo rozar su nariz con la suya.
-No, pero era un buen comienzo.
Su boca se unió con la de Anna en un ávido beso. Sus labios se buscaban hambrientos y no tardó ni cinco segundos cuando sus lenguas se encontraron. Si Andersen hubiera sabido que entre Elsa y ella había toda esa energía y química sexual, quizá hace mucho, mucho que habría intentado romper con el ridículo montaje de odio que se habían cargado por años.
La lengua de Elsa se sumergió en su boca una vez más, raspando con suavidad cerca de sus dientes y luego su paladar; sus manos que antes acariciaban sus mejillas descendieron para tocar otras partes de su cuerpo, y justo cuando la rubia empezó a amasar sus pechos, Anna se encontró con que estaba completamente encendida y sin punto de retorno. Las manos de Elsa parecían expertas en todos esos menesteres, pero estaban matándola con lo delicada que estaba siendo como si de un momento a otro fuera a romperla. Se separó un solo momento de sus labios.
-Ya sabes, puedes tocar, Elsa. No voy a romperme.
Elsa la miró con una sonrisa. Sus ojos brillaban y se habían dilatado considerablemente. Era impresionante ver cómo es que cambiaba tanto cuando se encontraba excitada. Y, al parecer, Anna era experta logrando eso en ella.
-Quería ser gentil –argumentó, apretando un poco más las manos, justo encima de los pezones de Anna, para luego acercar su boca a la oreja de la pelirroja y besar justo abajo- Pero dime lo que te gusta y obedeceré en un santiamén.
Anna respiró profundamente, sintiendo la húmeda lengua de Elsa recorrer parte de su cuello.
-Sólo no me trates como si fuera nuestra primera vez –rió un poco- es decir, podemos dejar eso para San Valentín o algo así.
-¿Prefieres… duro y contra la pared? –Elsa bromeó, pero no evitó que la columna de Anna se erizara ante el tono de su voz ronca.
-Antes de ti, juro que era una santa.
Elsa se despegó de ella para verificar si estaba bromeando. Sus movimientos se detuvieron en seco. Anna tenía una sonrisa tonta en el rostro, obviamente nada era verdad.
-Esa sonrisa hace que no te crea ni tu madre.
-¡Deshonor! ¡No eres capaz de creerme!
-Bueno, un elevador y los acontecimientos siguientes me hacen dudar.
Anna se inclinó hacia adelante y la abrazó, rodeando con sus brazos la cintura de Elsa. Su cabeza terminó descansando en su pecho.
-Yo estaba a punto decir "creo que este no es el momento para hacerlo", porque creo que hemos parloteado demasiado. Pero justo en este momento en el que te abracé de la forma más cariñosa que tal vez hayas tenido de mí, me di cuenta que en realidad estás muy despierta.
Elsa, que estaba a punto de abrazarla también, se detuvo por completo y su sonrisa cándida se fue al drenaje. Otro sonrojo furioso y perdió la cuenta de las veces que había ocurrido en la última hora. Anna tenía un punto. Cuando la chica se había inclinado para abrazarla, por la forma en la que Elsa se encontraba sobre ella, el paquete que guardaba en la entrepierna fue muy notorio cuando el estómago de Anna chocó contra su cuerpo.
-Sí, bueno, no pude evitarlo, su majestad -informó, evitando dar la cara.
Anna levantó la cabeza y le dio un beso en la mandíbula y luego otro cerca de su clavícula. Su rostro había cambiado a uno más serio. En realidad era imposible mantener todo ese juego por mucho tiempo cuando sentía a Elsa encima de ella. Si la rubia no hacía nada en ese instante, Anna se empezaría a frotar contra ella.
-Ven por mí… -susurró con suavidad.
Elsa deslizó sus manos hacia abajo y haló la parte inferior del sweater de Anna. Salió sin complicaciones y casi se llevó consigo la blusa. Anna sintió la frialdad golpear su estómago cuando todas las prendas habían salido y Elsa empezó a quitarle el sujetador, haciendo que sus dedos rozaran toda su espalda. Su respiración empezó a agitarse desde ahí. Las uñas de Elsa rastrillaron un momento después de desabrochar la prenda íntima, y sus labios se abrieron paso a su cuello. Anna levantó la cabeza para que Elsa pudiera seguir mordiendo y chupando a su antojo, los escalofríos recorrieron toda su columna y le dejaron la piel de gallina cada vez que la rubia hacía más presión. Sus manos viajaron como barcos a otros destinos, volvieron a encontrarse con sus senos y los redondearon. La boca de Elsa comenzó a descender, los dedos fueron reemplazados por sus dientes, y cuando Anna sintió la lengua de Elsa rodeando sus pezones, su espalda se arqueó y se dejó caer en la cama, jadeando cada vez que los dientes de la rubia se enterraban en su piel, sin llegar a lastimarla. Una de sus manos cogió con fuerza las sábanas blancas y la otra atrapó el cabello de Elsa, incitándola para que siguiera. En algún punto Elsa ya no se encontraba sentada encima de ella, pero sí estaba posicionada en el medio de sus piernas ahora abiertas.
-Elsa… -gimió-. No te detengas.
-No pienso hacerlo –respiró la rubia, empezando a quitarle los jeans-. Sólo déjame sacarte toda esta ropa.
Anna levantó las caderas y Elsa aprovechó para halar el pantalón y luego arrojarlo en alguna parte oscura de la habitación. Las piernas tonificadas de Anna quedaron al descubierto. Elsa se maravilló un rato con la imagen, en el elevador nada se había visto tan claro, todo fue tan rápido que apenas había tenido tiempo de obtener la vista de lo que ocurría. Sólo sintieron.
Acarició con una mano el muslo izquierdo de la pelirroja y sintió las vibraciones que emitía su cuerpo. Anna era hermosa. Anna, Anna, Anna y siempre Anna.
-¿Tienes frío? –Elsa preguntó, separando con la otra mano las piernas de la chica. Anna contuvo la respiración y trató de olvidar por un segundo todas las sensaciones deliciosas que las manos de Elsa podían causarle. Negó rotundamente. ¡Tenía todo menos frío!
Elsa asintió y siguió avanzando. Andersen era una especie de escultura griega que merecía ser tocada con la más devota pasión y el compromiso. Las uñas de Elsa se arrastraron por su vientre, pudo sentir las pequeñas contracciones que causaba. No sabía que Anna era tan sensible a cualquier toque.
Antes de inclinarse a besar el estómago de la chica, Elsa se quitó la chaqueta y la blusa, quedándose sólo con el sostén negro que se había puesto antes de salir de su departamento esa mañana. Los ojos de Anna no disimularon nada cuando se clavaron en el inicio de sus pechos y luego descendieron más abajo. Elsa no se podía ver más terriblemente sexy en ese momento.
-¿Buscas algo? –Elsa pidió con una sonrisa.
-Bueno, estaba tratando de decidir entre todas las posibilidades.
-Sólo relájate –Se inclinó para besarla lentamente-. Tengo un trabajo pendiente.
-Ah, sí, ¿cuál? –dijo Anna, apenas cumpliendo con las palabras dentro del beso.
-Ya verás –anunció Elsa, y dicho esto se alejó de nuevo, como si planeara todo el juego en su cabeza. Anna estuvo a punto de reírse de la repentina felicidad de la rubia si no fuera porque sintió una onda de placer cubrir su vientre. Su garganta emitió un gritito de sorpresa.
-Joder, ¡Elsa! –espetó, y antes de poder decir algo más los dedos de sus pies se encresparon ante más oleadas.
Winter estaba jugando con ella, claro. Estaba palpando con su mano izquierda todo su sexo, haciendo presión sobre su clítoris. Anna no sabía que estaba tan húmeda hasta que la mano de Elsa empezó a resbalar con facilidad sobre su ropa interior. Cerró los ojos, el aire se fue deslizando poco a poco de ella. Sintió los besos húmedos de Elsa sobre su piel, primero en sus costillas, luego en estómago, mordiendo de vez en cuando y trazando círculos hasta llegar a su vientre. Su mano seguía moviéndose con firmeza, pero el ritmo variaba y la estaba dejando un poco fuera de sí. Anna gimió con fuerza y sus piernas se enrollaron en la espalda de Elsa cuando la boca de la chica surcó su centro y sus manos se trasladaron a sus caderas.
-Elsa, Elsa… -Suplicó, apretando de nuevo las sábanas, ¿qué podía hacer si no retorcerse?
Elsa abrió la boca y usó sus dientes para rastrillar en toda la extensión de la parte más sensible de Anna. Quería desnudarla ya, pero también quería escuchar cómo es que la pelirroja pedía por más. Las caderas de Anna se movieron instintivamente hacia adelante, Elsa usó su lengua para hacer presión cerca de su núcleo. Anna estaba caliente y húmeda. Tan húmeda. Y en la acción estaba quemando sus sentidos. Sin más dilación, Elsa se separó unos segundos de ella y le quitó la última prenda, Anna estaba totalmente denuda ahora. Y jadeante.
Sus labios se encontraron con el pequeño botón de placer de Anna. La pelirroja se retorció ante el contacto. No estaba mal cuando pensó que Elsa podría hacer maravillas con esa boca. ¡Y la lengua! La lengua que se movía como una serpiente.
-¡Ah! ¡Cristo!
Anna curvó la espalda. Elsa estaba abriendo sus pliegues, uno por uno y adentrándose en ella. Winter chasqueó la lengua y esparció sus fluidos, había encontrado algo que definitivamente le gustaba más que una caliente taza de chocolate. Probó un rato más, buscando con su lengua los puntos que volvían loca a la pelirroja. Succionó y chupó, y bajó descaradamente hasta su entrada, rondando todo el perímetro para luego volver a subir. Anna sentía que estaba a punto de explotar, la lengua de Elsa parecía no detenerse en ninguna parte, y cuando al fin lo hizo y atrapó con los labios su clítoris, algo muy profundo empezó a formarse como si se tratara de un torrente a punto de explotar.
-Más rápido, Elsa. ¡Ah! ¡Sí!
Oprimió en el mismo lugar, y empezó a besarla, al igual que un beso francés con su boca. Su lengua se hundía y limpiaba toda su humedad, para luego llenarla de nuevo. Y como acto final, su dedo índice, que antes se encontraba deteniendo las caderas de Anna, ahora se encontró cerca de la entrada de la chica, su núcleo que goteaba incesantemente, y luego lo hundió despacio. Si era posible, Anna se retorció más y una de sus manos se lanzó al cabello de Elsa para hacer que su cabeza, su lengua, sus dedos o lo que sea, se hundiera más en ella.
Elsa empezó a penetrarla. Sentía perfectamente cómo las paredes de Anna empujaban y atrapaban al intruso. A penas fue consciente de lo excitada que estaba también, apenas fue consciente de lo mal que quería follar a Anna en ese momento. Su pene estaba completamente duro y erecto, totalmente listo para entrar en la pelirroja, y en su lugar sólo estaba apretándose dolorosamente contra sus pantalones que seguían en su sitio. Trató por todos los medios controlarse y se concentró sólo en Anna. En Anna repitiendo su nombre como una mantra. En Anna y su cavidad húmeda y apretada que pedía por más.
Un dedo y luego otro, moviéndose al compás y fuera de él, retorciéndose y buscando una parte rugosa, siempre palpando y chocando cada vez con más fuerza dentro. Su lengua se resbaló con más rapidez sobre su clítoris. Ambas jadeaban, la respiración de Elsa chocaba con el vientre de Anna. Un segundo, dos, y la pelirroja despegando la espalda completamente de la cama, el orgasmo llegando a ella en una explosión en cadena que siguió y siguió con espasmos que no paraban porque Elsa seguía jodiéndola tan profundo…
-¡Elsa! Ah, dios, cielos, ¡Elsa!
Elsa sonrió, levantando la cabeza de su sitio y empezando a subir hasta el rostro de Anna. Se relamió antes de poder hablar. Sabía a Anna, todo sabía a ella en ese momento. Sus dedos, sin embargo, seguían penetrando a la chica, volviéndose más erráticos y tardando más en salir.
-Haz traído contigo a todo el cielo, Anna. Pero no estoy segura si ellos estarían de acuerdo con esta escena.
-¡Oh, cállate! –murmuró la pelirroja, respirando entrecortadamente y bebiendo en grandes proporciones el poco oxígeno que sentía que llegaba a sus pulmones. Una sonrisa adornaba su rostro cuando Elsa besó su mandíbula y luego sus mejillas, para luego besarla en los labios.
-¿Ahora eres la única que puede gritar, gemir y hablar? Eso se llama abuso de poder, señorita Andersen.
-Eres la persona más horrible que conozco –Anna dijo, con los ojos casi cerrados.
-No te pareció eso hace sólo un momento…
-Abuso de poder, ya lo haz dicho…
Elsa asintió con humor y dejó que sus dedos dejaran por fin a Anna. Esperó a que la chica abriera los ojos por un momento para aprovechar y levantar una ceja seductoramente, luego llevarse a la boca los dos dedos que había usado dentro de ella. Lamió como si se tratara de una golosina.
-Esto es raro… -dijo más para sí misma Anna.
-¿Raro…? ¿Raro enfermo? –Elsa preguntó. Empezándola a besar de nuevo.
-Sí… No… -Elsa metió su lengua dentro de ella. Anna jadeó, realmente nunca había sentido su propio sabor. Y de alguna forma, combinado con los besos de Elsa, hacía que todo se encendiera de nuevo dentro de ella. Bueno, al menos la rubia lucía como si fuera capaz de aguantar mil horas más-. Nunca había hecho esto…
-Hay muchas cosas que no habías hecho, Anna. Soy un ente extraño –Elsa mordisqueó sus labios y besó sus comisuras.
-Me refiero a que… va a sonar horrible y sé que no es el momento porque… ¡Joder, Elsa! ¿En serio? –Las manos de la rubia empezaron a descender de nuevo-. A lo que iba, yo nunca…
-Tu nunca…
-Yo nunca había hecho nada parecido con nadie antes. No tengo mucha experiencia sexual, en serio.
Y ahí, por fin las manos de Elsa se detuvieron.
-Bueno, siempre hay un remedio para eso.
Anna levantó los brazos y los enredó en el cuello de Elsa, la acercó más a ella y besó despacio en sus labios. Sus piernas también se enredaron en las caderas de la chica, haciendo que su pelvis se uniera a la suya. Sintió el miembro de Elsa sobre ella, de nuevo, pero ahora estaba más que despierto y ella estaba desnuda. Elsa tragó saliva cuando Anna empezó una especie de danza seductora con sus caderas, y estas empezaron a moler lentamente con las de ella. La presión en sus pantalones ya era insoportable.
-¿Segundo round? –Anna preguntó, usando sólo una mano para palpar su pene, buscando todo el eje aún con el impedimento de la ropa.
-Segundo, tercero, cuarto y los que quieras –jadeó en sus labios.
Anna sonrió con autosuficiencia. Iba a ser un largo, largo día. Al menos ahora sabían tenían todo el tiempo del mundo.
Así, perdonen mis errores. Háganme saber si les gustó! Y qué es lo que desean a continuación.
Entonces, ¿segundo round?
Siento que hablo demasiado, al menos espero que se diviertan leyendo.
XP
