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Los personajes de Naruto, pertenecen a MASASHI kISHIMOTO, yo los tome prestados para hacer el fic...Si el manga de Naruto fuera mio Hinata aparecería en mas de un capítulo Muahahahaha...
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ERES MI PRISIONERA
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CAPÍTULO 2
*O*O*
Madara se detuvo con brusquedad, levantó el cuerpo del hombro y lo arrojó sin ceremonias sobre el piso frió. Hinata se sentó y elevó los ojos desbordantes de lágrimas hacia él. Tenía el cabello revuelto por el rudo trato recibido. Las lágrimas habían trazado surcos de suciedad a los costados de su cara; apretó con fuerza los labios para que no le temblaran. ¿Que había pasado con Kiba? estaba asustada por su amigo y solo le rogaba a Kami Sama que el estuviera bien... La lozana hinchazón de los pechos era visible aunque ella apretase con fuerza los trozos de la chamarra con ambas manos. Madara pensó que nunca había visto a una mujer tan deseable.
—Lleva a la muchacha a mi cuarto Y vigílala. —dijo con tono seco a Sasori.
—¡Señor! —exclamó Sasori con voz aguda.
Madara le respondió en tono áspero:
—Ya me has oído. Llévala a mi cuarto y enciérrala.
—¡Sí, señor! —respondió Sasori, con rigidez y sin expresión alguna en su rostro.
El Uchiha, le echó una mirada ceñuda antes de girar sobre los talones y alejarse.
Sasori se apresuró a obedecer las órdenes, preguntarse qué era lo que su líder tenía en mente, pues si bien le gustaban las mujeres no era posible la violación. Y sin duda tendría que ser una violación, pues evidentemente la muchacha era la inocencia personificada. Si bien era una hermosa obra de arte, tenía un rostro encantador y un cuerpo seductor, era poco más que una niña y, además, estaba aterrada. ¡Y por añadidura, era una dama! No era la clase de mujer a la que Madara pudiese tumbar despreocupadamente y desechar cuando se cansara... ¡pues la familia reclamaría sangre! ademas era una Hyuga perteneciente a la villa de Konoha, era obvio que vendrían por ella.
¡Sasori pensó en lo que podría sucederle a todos si los capturaban, rescataban a la joven Hyuga y descubrían que había sido desflorada! Estaba seguro los matarían de inmediato. Más aún: tal vez lo mataran en el acto. Sasori meneó la cabeza, pues aunque la muchacha fuese la obra de arte mas hermosa que haya visto, ¡ninguna mujer valía tanto como para morir por ella! ¡Veinticuatro horas antes, el mismo Madara habría estado de acuerdo! Pero, como Sasori sabía por experiencia, una vez que a Madara se le metía algo en la cabeza, no había quien lo detuviese.
Sasori desato a la chica y la encontró fría e inmóvil como una estatua de mármol blanco y le remordió la conciencia cuando tuvo que arrastrarla, casi, hasta donde se hallaba el cuarto del Uchiha. La muchacha se detuvo petrificada en la entrada y Sasori sintió que le temblaba el brazo.
—No lo ha-haga, por favor—dijo Hinata, en un suspiro, mirándolo con ojos desorbitados.
—Son órdenes del Líder, mujer—repuso Sasori, incómodo, lamentando que un ser tan perfecto terminara en manos del temido Madara.
La muchacha le apoyó una de sus pequeñas manos en el brazo y Sasori se sobresaltó.
—Por favor, no me deje aquí, se lo ruego.
La voz se le quebró y Sasori trago saliva, incapaz de toparse con esa mirada hechicera, ella era hermosa y especial.
—No puedo hacer nada, mujer. Lo siento. No seria buena idea desobedecer a Madara. Le apoyó una mano debajo de la cintura y la instó a entrar. A desgana, Hinata dio unos pasos dentro y se volvió a mirarlo. El temor que vio en esos ojos inmensos conmovió a Sasori, cosa que era extraña en el, que siempre se ha considerado así mismo un ser inexpresivo y sin corazón,
—Mire —dijo, desesperado—. Madara Sama, no es un buen hombre de eso estoy seguro, pero tampoco es un miserable. nunca vi que le hiciera daño a una mujer. No le ocurrirá nada o por lo menos eso creo.
—Hmn—
—Tendré que ponerle este grillete, le recomiendo que no intente usar su Chackra, si lo hace el collar enviara corrientes eléctricas a todo su cuerpo y el dolor sera insoportable— Sasori puso el grillete de hierro en el cuello de Hinata, la miró, impotente, retrocedió y salió, echando cerrojo a la puerta.
Hinata, No podía creer que estuviera sucediéndole semejante pesadilla. Sollozó con un sonido ronco y seco. "Pero las lágrimas no me servirán aquí, donde no hay nadie que pueda ayudarme", se dijo. Irguió los hombros y examinó el lugar en busca de posibles vías de escape, sin poder usar Chakra iba a ser mucho mas difícil escapar. En la oscuridad, apenas pudo distinguir la forma de una caja de fósforos sobre la mesa. Raspó uno con manos temblorosas y encendió con él una vela.
El cuarto era pequeño, había una cama, una mesa redonda y dos sillas.
Ansiaba desnudarse y aliviar su cuerpo maltratado en un baño caliente, ponerse un camisón seco y meterse en la cama. Pero no había perspectivas de baño ni de camisón. Y aunque se los hubiesen puesto delante, Hinata habría vacilado en usarlos. No dudaba de cuáles eran las intenciones de Madara Uchiha al tenerla encerrada en el cuarto y se proponía mantenerlo a distancia hasta que sus amigos fuesen a rescatarla o hasta que ella pudiera escaparse. Si el hombre llegaba y la encontraba recién bañada y metida en la cama, por cierto que su destino quedaría sellado. Aunque era inocente, eso lo sabía.
Se arriesgó a quitarse la chaqueta y los pantalones húmedos y lo colgó a secar sobre una silla. Lo dejaría allí durante la noche y se lo pondría en cuanto llegara la mañana. Cubierta sólo con la camisa desgarrada, tembló y se apresuró a llegar al improvisado futon, quitó la pesada manta y se envolvió en ella para conservar el calor. Tomó una almohada de la cama y se instaló lo más cómoda que pudo en ese espacio reducido. No tenía intención de estar dormida cuando el Uchiha regresara al cuarto.
Hinata se retorció y se revolvió en la cama, esforzándose por no dormirse. Repasó mentalmente los sucesos del día hasta llegar al hombre aterrador que la tenía prisionera. Sin quererlo, recordó el rostro apuesto, los hombros anchos y el modo en que la había sujetado y besado. Claro que era un criminal, inadecuado para una dama como ella... Pero... Ese beso había despertado en Hinata algo muy profundo, algo que la hacía preguntarse con cierto terror estremecido qué pasaría si el hombre volvía a tomarla en brazos y la besaba, o aún más. Si bien ella no sabía exactamente qué era ese "más", sabía que tenía relación con la manera en que el ojinegro le había acariciado los pechos. El recuerdo de esa caricia íntima la excitó y avergonzó a un tiempo. No se entendía a sí misma, ni tampoco ese anhelo contenido a medias por algo que no conocía. Unos ojos azules como el cielo llegaron a su mente, ella amaba a Naruto, pero entonces ¿porque esos pensamiento inapropiados para con otro hombre? aunque también era verdad que después de la guerra, él rubio le había dejado muy claro que solo la veía como una amiga.
Se apresuró a apartar los pensamientos de un tema tan triste y se concentró en trazar un plan para escapar; por más que se esforzó no consiguió dar con nada que tuviese la menor posibilidad de éxito. Por fin, desalentada, dejó caer la cabeza sobre la almohada, cabeceó y se durmió.
Se despertó sobresaltada, a punto de caer del lecho improvisado por una violenta sacudida. Adormilada, miró alrededor y, por un momento, no supo dónde estaba. La vela chisporroteaba y lanzaba un débil resplandor por el cuarto. Atrajo la atención de Hinata un movimiento en un rincón de la habitación. Una figura alta, masculina, arrodillada y de espaldas, revolvía uno de los cajones. ¡Madara Uchiha! Tenia el cabello mojado pegado al cráneo y la ropa empapada. Otra violenta sacudida, seguida por el resonar ahogado de un trueno hizo que Hinata comprendiera la situación: se había desatado una tormenta y pareciera que afuera hubiese un combate pero, contra quienes se estaban enfrentando? tal vez la había ido a rescatar. Hinata rezó una plegaria de gratitud a Kami Sama: si él tenía que luchar contra alguien, no tendría tiempo para ocuparse de ella.
Madara encontró lo que buscaba. Se volvió a medias hacia la prisionera y empezó a quitarse la ropa mojada, sin mirar en su dirección. Era como si hubiese olvidado que existía. Hinata lo observó entre las pestañas, fingiendo que dormía.
El pecho de Madara resplandecía a la luz de la vela . El contorno de los músculos de los brazos y del pecho resaltaron a la débil luz cuando se quitó la camisa y dio media vuelta mientras comenzaba a quitarse los pantalones empapados.
Hinata sintió un fuerte calor en las mejillas al observarlo desnudarse, tomar una toalla áspera de la cama y empezar a secarse vivamente. De espaldas parecía un magnifico animal macho, el cabello largo, negro azabache, sus hombros anchos, sus caderas angostas, las piernas largas y musculosas. La espalda y los hombros estaban bronceados y el contraste con la piel más clara era sorprendente. Un furioso rubor cubrió el rostro de Hinata, mientras sus ojos perla vagaban fascinados por las nalgas de Madara. Eran musculosas y prietas, a diferencia de las suyas, más redondeadas. Imaginó que serían duras al tacto... Se apresuró a cerrar los ojos, profundamente avergonzada de sus propios pensamientos. Era la primera vez que veía a un hombre desnudo y la dejaba perpleja el hecho de que pudiese contemplarlo sin desmayarse de la impresión. Sin duda, debía de haber en ella algo malo, en estos momentos debería estar en el mundo de los sueños.
Madara se puso unos pantalones secos, los abrochó y se dio la vuelta para ponerse la camisa. Miró en dirección de la silueta inmóvil de la muchacha, acurrucada en el piso. Rió entre dientes y se acercó sin prisa. ¡La chica intentaba hacerle creer que dormía!
Hinata vio que se aproximaba y se apresuró a cerrar los ojos. Al notar que el hombre se inclinaba hacia ella, trató de fingir una respiración regular. El corazón le golpeaba con tanta fuerza que estaba segura de que él debía oírlo y adivinar que no dormía. Se concentró en la respiración, pero se sobresaltó con violencia al sentir que los brazos del hombre la rodeaban. La alzó en brazos, lo que la obligó a aflojarse, en desesperada ficción de sueño.
Madara rió entre dientes y la llevó en brazos hasta la cama. La apoyó con delicadeza sobre el colchón, se irguió y la miró. ¡Parecía tan joven e indefensa, con los ojos cerrados con fuerza como para no verlo y el cabello negro azulado derramado por la almohada...! Tenía los labios entreabiertos, apenas húmedos, y las curvas provocativas de su cuerpo se veían con toda claridad a través de la camisa rasgada, que era lo único que llevaba puesto. Al contemplarla, sintió que recorría todo su cuerpo el deseo más intenso que hubiera sentido en mucho tiempo. Se le secó la boca al imaginarse en la cama con ella, dando rienda suelta a su lascivia sobre la piel suave de la muchacha. Un estallido de truenos lo serenó y, de mala gana, recordó el problemita que tenían afuera y las vidas que dependían de su propia destreza. Se inclinó, la tapó con las mantas y se enderezó.
—Será otra vez, mujer—dijo con suavidad y a Hinata le ardieron las orejas.
Entonces, ¿él sabía que estaba despierta? Si así era, ¿por qué la había dejado en paz, sin molestarla, en su propia cama? Hinata reflexionó un rato en estas cuestiones y en el hombre que las provocaba. Cuando al fin se durmió, el alba ya rayaba el cielo.
Al despertar, muchas horas después, el cuarto todavía estaba sumido en la oscuridad, como durante la noche. Se preguntó fugazmente por qué y luego recordó: la tormenta y el combate. Debió de haber sido bastante intenso.
Sin duda alguien ya había estado en el cuarto, porque había agua fresca en una jarra tapada, un cesto con rosquillas y miel, y una tetera con té. Su ropa Ninja estaba plegada con cuidado, apoyado a los pies de la cama. Hinata se puso la ropa a toda prisa. Se sentó a la mesa, asombrada por su falta de apetito. Al fin y al cabo, hacía muchas horas que no comía y la noche anterior no había cenado.
Pasó los tres días siguientes en la cama, alternando entre un sueño inquieto y la descarga de sus entrañas en un recipiente de barro que le dejaron al efecto. Creyó que moriría y hacia el final del primer día oró con fervor que así fuera. ¡Cualquier cosa con tal de escapar de esta desgracia!
Él Uchiha no entraba con frecuencia en el cuarto y siempre era para devorar una comida rápida o unas pocas horas del descanso que tanto necesitaba. La primera noche, Hinata estaba dormida cuando él llegó; al despertar, lo encontró tendido junto a ella como un leño exhausto. Estaba completamente desnudo y la muchacha sintió que la piel del hombre le quemaba donde entraba en contacto con la suya, incluso a través de su ropa. Con cautela, intentó alejarse, pero el brazo de Madara estaba apoyado sobre su pelo y no podía soltarse sin despertarlo. Inquieta, permaneció echada sobre las almohadas, observándolo con ojos afligidos. Como el hombre siguió durmiendo, poco a poco se tranquilizó y, al fin, se durmió junto a él.
Cuando despertó, el Uchiha aún dormía; una de sus manos rodeaba, como al descuido, un pecho de Hinata, y tenía la rodilla entre los muslos de ella. Lo íntimo de la posición hizo jadear a Hinata, que trató, desesperada, de liberarse, sacudiéndolo con movimientos frenéticos.
—¡Quédate quieta, mujer! —gruñó el hombre, mirándola con el entrecejo fruncido y los párpados enrojecidos.
Hinata se sometió, temerosa de lo que podría hacerle si desobedecía Madara volvió a cerrar los ojos. Pero escasos minutos después, Madara se levantó y se estiró, exhibiendo como al descuido su desnudez viril. En verdad horrorizada, esta vez Hinata cerró los ojos. El aspecto del hombre por delante era mucho más aterrador que por detrás.
El pelinegro maldijo y se vistió de prisa. Tenía los hombros caídos y los ojos inyectados en sangre. Para su propia sorpresa, Hinata descubrió que sentía lástima por él, pero las palabras que Madara dijo a continuación disiparon todo sentimiento compasivo.
—La próxima vez que me acueste contigo no quiero que tengas puesto esa ropa. Si eso ofende tu pudor, haz que Sasori te dé una de mis camisas de noche. Te advierto que, si no estás desvestida cuando vuelva, te desnudaré yo mismo. ¡Y créeme que no me disgustará hacerlo!
La miró, burlón; Hinata se subió las mantas hasta el cuello, sin atreverse a mirarlo por temor a provocar su violencia, Él Ninja renegado salió cerrando de un portazo, de bastante malhumor, y Hinata se asusto, lo mejor era no desobedecerle: no tenía sentido provocar un enfrentamiento si podía evitarlo. Revolvió los cajones y encontró una pulcra pila de camisas de noche y se puso una. Era demasiado grande para ella: las mangas le colgaban casi hasta las rodillas. Pero debía admitir que era mucho más cómodo que su propio ropa desgarrada y mugriento y, mientras tuviese cuidado de cubrirse hasta la barbilla con las mantas cada vez, que entrara alguien al cuarto, no se quejaría.
El Uchiha no volvió al cuarto hasta bien entrada la noche y para entonces Hinata ya se había acostumbrado al insólito sentada en la cama, apoyada en una montaña de almohadas y bebía con cuidado una taza de té. Cuando el Uchiha entró, aturdido de fatiga, Hinata lo miró con ojos muy abiertos y asustados e hizo un movimiento como para bajarse de la cama.
—Mi elegante señorita, si pones un pie fuera de esa cama, lamentarás haber nacido —le espetó—. Considera que gozas de una postergación hasta otro momento.
Hinata se quedó donde estaba y observó, preocupada, cómo el hombre apagaba la vela y se desnudaba. Apenas distinguía la figura en la penumbra, y cuando se acostó, Hinata se sobresaltó y trató de apartarse porque le rodeó la cintura con uno de sus brazos duros. Luego lo sintió estremecerse, como si tuviese frío. Tal vez había dicho la verdad y sólo la quería para mantener el calor: era una posibilidad que no podía desechar. Dejó que la acercara a él en medio de la cálida penumbra y que rodeara con brazos y piernas su cuerpo rígido. Como no hizo más que abrazarla, poco a poco Hinata se relajó. La proximidad de ese cuerpo todavía la asustaba... y la turbaba de un modo extraño.
El Uchiha se quedó dormido casi de inmediato, con una respiración profunda y regular. Hinata se apoyó en un codo y contempló el rostro bronceado tan cercano a ella, sobre la almohada. Para un hombre tan masculino tenía unas pestañas demasiado largas. La boca era sensible. Al verlo dormido, sintió una extraña atracción hacia él y se preguntó qué sentiría si deslizaba los labios por la mejilla... Perturbada por el rumbo de sus propios pensamientos, se apoyó otra vez en las almohadas y cerró los ojos. Un rato después estaba dormida.
Cuando despertó, comprobó que por fin brillaba el sol y que estaba sola en la cama. Se levantó de un salto, corrió hacia la ventana y se asomó. El sol tibio le bañó el rostro y el aire dulce inundo sus fosas nasales. Hinata ansió salir a disfrutar de ese aire tan puro pero eso era imposible, ella era una prisionera.
Hinata estaba contemplando el paisaje cuando el propio Madara Uchiha entró. Al verlo en ese momento, Hinata no comprendió qué la había conmovido de él cuando dormía. Despierto, era el mismo monstruo arrogante y desagradable que la había apresado, abusado de ella, traicionado Konoha y provocado la cuarta guerra Ninja.
—Hoy estás pálida, mi señora —dijo Madara, con un matiz burlón en la voz.
—Us-usted me ha se-secuestrado, como qui-quiere que este— se atrevió Hinata a contestar.
—¡En tu lugar, yo cuidaría la lengua, dulce! Como pronto descubrirás, hay destinos peores.
Se acercó hasta la cama, quitándose entretanto la camisa. Hinata, humillada, se mordió el labio, contemplando la flexión de los músculos en la ancha espalda. Estaba a merced del Uchiha. Quiso odiar al Uchiha, pero no lo consiguió, Hinata Hyuga era demasiado dulce, compasiva y tierna incapaz de odiar a nadie, ni siquiera al hombre que la privo de la libertad.
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Espero les haya gustado... Yo quiero un Madara desnudito en mi cama hahahaha Hina se pasa de suertuda :)
En este capitulo no hubo acción pero les prometo que en el siguiente si... ademas de una pequeña escena de shikamaru y los demás... Kiba no muere, amo demasiado al equipo 8, shino y kiba son hermosos con Hinata por eso los adoro :)
GRACIAS POR LEER...
